CERVANTES
POR UNA ALUMNA DE TERCERO
Yo amé a Cervantes sin saberlo entonces.
Daba tercer curso y pocos años en mi haber sumaba.
En la Calle Mayor tenía sus estancias la Escuela.
Éramos dueñas en el aula de un ventanal grande
por donde sentíamos brillar la mañana,
compañeras ancladas al pupitre de madera
donde el libro de Lengua posaba boca arriba,
en su portada Don Quijote y Sancho Panza, a su vera,
cabalgaban a Rocinante y Rucio
a la vez que, en sigilo, pasaban a ser parte de los míos.
Nos aguardaban dentro, en las asombrosas páginas,
aquel batallar frente a gigantes
-de molinos de viento y de pellejos de vino enmascarados-,
a punto de ser vencidos y arrojados a los pies del mundo…
¡Ah, caballero andante que ansiaba ser valiente
queriendo proteger al débil y aplicar justicia
para ser merecedor ante el mirar de su preciada dama.
A los veinticinco leí todo El Quijote,
ternura, risas y viajes me embargaron,
fui aventurera junto al Ingenioso Hidalgo y su escudero,
pudiendo, en similares tragos,
beber de la locura y la cordura.
El efecto sigue a pesar de la lluvia
caída sobre mis bastantes días.
Me complace si citan al Quijote
en sus libros autores extranjeros o en el cine,
reverencian a Cervantes ellos, yo me inclino,
alegrarse con lo bueno de otro amar es.
En el estuche de mi memoria
aquellas lecturas y su creador
siempre en vanguardia…
Saber de Aldonza Lorenzo o Dulcinea,
tener el chocolate con su nombre en casa.
Disentir con el cura del pueblo, Pedro Pérez,
duro dos veces, como piedra doble.
Entender con Marcela aquel libre albedrío.
Admirar la ascensión a altas alcurnias
de mujeres en condición precaria,
diciéndonos verdades desde abajo.
Seguir recorriendo siglos de caminos polvorientos
como aprendiz incansable de palabras,
por si aún tiempo hubiera de desfacer entuertos.
Visité Madrid y, con afán, aquella calle
donde todavía se sostiene en pie su humilde casa.
Sonreí al ver, en un ayer reciente,
en la plaza del manchego pueblo
las familiares efigies
que me adentraron de nuevo
en aquel tiempo novicio
con el rayo de sol sobre el pupitre
y sobre él el libro
en el que Don Miguel de Cervantes
se introducía en los personajes míticos
que ilustraban la portada
de aquel fértil ejemplar de Lengua
de mi tercer curso.
Rosa Campos
Rosa Campos Gómez (Calasparra, Murcia). Colabora con el Grupo poético de Cieza La sierpe y el Laúd.
Licenciada en Historia del Arte y CAP en Geografía e Historia (UMU). Curso de Educación Literaria y Comunicación Intercultural (UNED).
Reside en Cieza (Murcia). Editora en Editorial Almadenes. Imparte talleres de texto, dibujo y pintura.

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