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martes, 28 de abril de 2026

Hermana de la Caridad. Relato de Alma Pagès. Ágora 38. Nueva Col. Relatos.

 

 


 

Hermana de la Caridad

 

RELATO DE ALMA PAGÈS

 

 

En mis tribulaciones soy causa de mi ruina,

como la mariposa que ama el fuego y se quema.

Ben Sahl de Sevilla

 

 

¡Mea culpa! ¡Mea culpa! ¡Mea maxima culpa! Sin despertarse del todo, la hermana María de la Soledad detiene los golpes de pecho. La voz de su confesor le atruena el cerebro: Hermana, ¡Dios la ha perdonado! Si no lo acepta, ¡pecará de soberbia!

          ¡Dios me ha perdonado! Repiten sus labios. ¡Dios me ha perdonado! Siente como se le relaja el cuerpo y la respiración se sosiega. La sombra de una sonrisa le ilumina el rostro. Y en ese duermevela regresa al jardín. Aún es la niña Reyes. Insomne en su lecho infantil, deja que el aroma a azahar le impregne la piel. La brisa nocturna juega con la inquietud que la sacude. Al fin, el sueño la atrapa.

       Le cuesta despertarse. Debe de ser tarde. El temor a que su madre la encuentre en la cama la hace levantarse y arreglarse a toda prisa.

          Baja a la cocina. Justa está batiendo la yema de un huevo con azúcar, la añade al café con leche y le planta el tazón delante con un: ¡Enterito te lo tomas, niña! Reyes toma un mojicón que moja, desganada. Está bueno, piensa y sin pensarlo, se come dos más. Justa la observa con cariño. Cuando Reyes termina, le levanta la barbilla y le canturrea: ¡Ay mi niña! ¡Mi niña, que mocita va a ser!

          ¿Mocita? ¡Real hembra será! La voz aguardentosa del hombre hace que Reyes se encoja. Desde pequeña le tiene miedo. El hombre continúa: Ha estáo buena la cosa. La señora quería dar limosnas y en la catedral no había ni un pobre. Va y me pregunta, Satur, ¿dónde están los pobres? Y yo le digo, señora, arrecogíos en el corral, papando moscas. Se pasa el pulgar por la garganta, en gesto rápido, macabro y estalla en una carcajada siniestra. Guerra a sexo y fuego, remacha, soez.

          Reyes escapa. En la salita de arriba se escuchan las voces de su madre, de su hermana, de la modista. Discuten, como siempre. Una boda es algo muy complicado y la de Merchita va a ser sonada.  La voz de su madre resuena en el patio: ¡María de los Reyes! ¡Sube a probarte!. Obedece. La modista trastea la tela, escudriña el cuerpo ya no tan infantil. Doña Eugenia, la niña está creciendo, deja caer con respeto. ¡Tonterías!, sentencia la madre. Y luego a su otra hija: María de las Mercedes, date prisa que vamos a llegar tarde.

           A Reyes se le hace raro que su hermano venga de la guerra, herido –aunque no grave, ¡gracias a Dios!–, en el hospital de campaña donde se estrenaba como oficial médico. Recuerda, confusamente que, hace un tiempo, su madre decidió que ni ella ni sus hijas saldrían de casa. Justa y Satur traían víveres y noticias que a ella no le dejaban oír. Su hermano desapareció y todos los días el rosario se rezaba para que Dios lo protegiera. Todo cambió cuando se produjo el glorioso alzamiento y empezó la guerra. Tras unos días extraños, la ciudad floreció, curas y militares tomaron las calles, en la catedral se saludaba brazo en alto. Ellas volvieron a salir. Su hermana se prometió, se casará en la catedral.  Y ahora regresa Alfonso María. Su madre vuelve a sonreír, orgullosa.

          En la estación, la gente se arremolina esperando la llegada del tren. Cuando su hermano aparece, alto, delgado, una manga de la guerrera aún abultada por el vendaje, el sol se recrea en el color oro viejo de su pelo, en la luz traviesa de sus ojos azules. Baja al andén entre aplausos y gritos de ¡Arriba España! Su madre se esponja, discretamente, en su luto de viuda. Recibe a su hijo con lágrimas en los ojos. Merchita y ella esperan impacientes para fundirse en un abrazo con el héroe.

          Reyes se refugia en el estudio. Faltan dos días para la boda, la casa está patas arriba y a ella solo le apetece esconderse en un rincón tranquilo. Se siente rara, como si su cuerpo esperara algo y eso la desazona.

          La entrada de la novia del brazo de su hermano, seguida por Reyes llevando las arras, quedará en la memoria de la ciudad. Tan jóvenes, tan bellos, tan rubios. ¡Ángeles del cielo!, grita una señora, emocionada. Estalla una ovación.

          Cuando Fonsi la saca a bailar, Reyes se ruboriza. Estás preciosa, hermanita. Toda una mujer. Y sus ojos azules brillan con una luz desconocida que la sacude e intimida.

          Merchita regresó eufórica de su viaje de boda, encantada de Roma, de la audiencia que les había concedido Pío XI. La casa es un bullir de visitas; se reza el santo rosario, se dan meriendas, se comentan noticias de la guerra que continua su marcha lejos de la ciudad, casi como si no pasara en España.

          Reyes se hizo mujer poco antes de cumplir los catorce años. Justa le recitó la lista de prohibiciones para “esos días”: no lavarse la cabeza, no lavarse los pies, no tocar las flores, no hacer mahonesa y las generales para el resto de su vida: vestir decentemente, no provocar, hablar solo si te preguntan, sonreír siempre. Y cuidado, mucho cuidado, los hombres sólo buscan una cosa y eso ¡nunca! Hasta el día de la boda. Reyes añora la niñez. Ser una señorita se le antoja algo asfixiante.

          Luego, por sorpresa, la muerte de su madre. El dolor, el desconcierto, el luto. Sólo sale de casa, acompañada de Justa, para ir a misa. Luego, juega en el jardín, con sus muñecas, salta a la comba, lee los libros que le escoge su hermano. Por las tardes borda o dibuja hasta la hora del rosario. Por fin, llega Fonsi. Durante la cena, su hermano le cuenta chascarrillos y sucedidos del hospital, con sus ojos de un azul casi transparente clavados en los de ella, felinos. Ella se deja caer en esa mirada, hechizada, rendida, confusa. ¡Es su héroe! El tiempo, entonces, pasa volando.

         El olor del azahar reina en la noche, le impregna la piel, el cabello, sumiéndola en una ensoñación inquietante que la atrae tanto como la asusta.

          Por eso, cuando la voz apasionada de su hermano le susurra al oído palabras que no logra entender, cuando sus manos ardientes parecen rasgarle la piel y su cuerpo felino se posesiona de ella, Reyes se niega a despertar. Es un mal sueño, se dice, es un mal sueño.

          Pasan los días. Pasan las noches. Justa se preocupa: Señorito Alfonso, la niña está rara, casi no come, está como alelá. La réplica es tajante: No te preocupes, Justa. Es cosa de la edad. Satur, que escucha desde el jardín, lía calmoso un poco de picadura, se relame con gesto obsceno y murmura: ¡pero qué jodío!

          El mal sueño parecía no tener fin. Hasta que su hermano se presenta a media tarde en la salita donde ella esta leyendo. Taladrándola con sus ojos azules, heladores, más que decir aúlla: Me ha dicho Justa que vomitas por las mañanas. Reyes asiente. Vamos a tu habitación, brama. Después de reconocerla, Fonsi la mira, tan furioso que ella se encoge aterrada. Con voz metálica, inhumana, le espeta: Estás embarazada. Y con ojos sombríos añade: Tiene solución. Si haces lo que te digo sin preguntas estúpidas, tiene solución.

       Llegaron al hospital de noche. Una peritonitis. Yo me encargo, grita su hermano a la monja que, asustada, sale del quirófano. Hace que Reyes se desnude y se tumbe en la camilla. Será rápido, le susurra casi amenazador. Le aplica cloroformo. Reyes va cayendo en un agujero negro. Al abrir los ojos la angustia la envuelve como un sudario. Y esa sensación de vacío en el vientre.

          Ha llorado mucho. Ha rezado mucho. Se ha confesado sin asincerarse. Sabe que Jesús la comprende, que Él sabe y la perdona.

          Su hermano recibe su decisión de entrar en religión con gran frialdad. Le clava una mirada furiosa y asustada. Su voz atruena, tajante: Sí, es lo más conveniente. Has de expiar tu culpa.

          La hermana María de la Soledad se levanta, se arrodilla sobre la frialdad de las baldosas, los brazos en cruz.  ¡Jesús, Señor mío, Tú eres amor! Y yo le amaba. ¡Mea culpa! ¡Mea culpa! ¡Mea maxima culpa!  

 

  

  

 

Alma Pagès es poeta y narradora, gestora y destacó como ateneísta brillante en el Ateneo de Madrid. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, ha publicado, en poesía, los libros Un cuento oscuro (2017, Poetas de Cabra), Cuaderno de Aro/Trobar clus (2007) y Laetana / Poemas que olvidé escribir de joven (2011). Es autora de la novela A la manera de James (2012) y ha sido incluida en diversas antologías poéticas, como Donde no habite el olvido (Edición de José María Herranz. Legados, 2011) y La escritura plural. 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura (Ars Poetica, Oviedo, 2019, edición y selección de Fulgencio Martínez, con prólogo de Luis Alberto de Cuenca). En 2020, publicó un nuevo poemario: Signo de agua (Los Libros del Mississippi).

Alma Pagés ha publicado poemas y relatos en varias revistas literarias de España (Contrapartida, Alambique, Ágora...) y de México (Contrapunto y La palabra y el hombre). Ha colaborado en el libro colectivo Madrid a Miguel Hernández (desde el Café Gijón).




 

jueves, 12 de marzo de 2026

TRES VIAJES. De Cartas para los hijos de mis hijos (3). Relato de José Gálvez Muñoz / Avance de Ágora N. 38 Nueva Col. Abril-Mayo 2026 / Relatos

 

 

 

Cartas para los hijos de mis hijos (3)

 

TRES VIAJES

 

 

Aquellos días yo tenía dos amigos. Como podéis imaginar era muy feliz por ello. Teníamos cuando hablo... creo que trece o catorce años.

Íbamos juntos a todo. Jugábamos al futbolín y al frontón con la mano. También a darle patadas a un taco de goma: todos contra todos; intentando acertar a meterlo en una portería hecha con las carteras del colegio. Andábamos mucho... siempre estábamos andando. También pensábamos y hablábamos mucho... Nos alegraba enormemente cuando creíamos haber alcanzado alguna verdad.

Yo estaba muy contento con mis amigos.

Una noche, en la calle Nicolás de las Peñas (antiguo gobernador civil y jefe provincial del Movimiento) ahora rebautizada como Cronista Carlos Valcárcel (padre de un  antiguo dirigente de la Región y del Partido Popular)…, como decía: una noche fría y húmeda, con aroma a caña de río quemada, entramos en una panadería y compramos un pan casero redondo recién hecho y nos fuimos a ver fútbol al campo José Barnés, muy cerca de allí.

Ya en las gradas nos dispusimos a ver otro de los partidos a los que con cierta frecuencia asistíamos. Eran partidos de aficionados, trabajadores de las empresas de los polígonos industriales sobre todo. El espectáculo era tan emocionante como el mejor partido del Real Murcia pero mucho más cercano y vibrante.

El pan estaba aún caliente, la corteza bien tostada, al partirlo con las manos crujía y aún humeaba levemente... Íbamos partiendo trozos y comiéndolos enseguida, felicitándonos por lo rico que estaba. No hacía falta nada para acompañarlo. Era una pieza grande, pero nuestras ganas de pan recién hecho... eran aún mayores.

El frío húmedo del ambiente, el pan, y el partido se combinaron aquella noche e impregnaron para siempre nuestra memoria.

Fue por aquella época cuando planificamos nuestros viajes a las casas de los tres. Sí...yo tenía dos amigos e íbamos a viajar juntos.

El primero fue uno largo hasta las profundidades de la provincia de Cuenca. Era un pueblo castellano antiguo, cuyo nombre no recuerdo. La casa de la familia de Álvaro daba a la plaza y tenía un amplio vestíbulo. En el centro de aquella plaza, en una posición elevada, había un gran roble rodeado de bloques de piedra.

En esos días descubrimos el placer del descanso. Álvaro nos convenció de que una de las actividades más placenteras allí era tumbarse “a la bartola” en el ribazo, junto a la carretera, boca arriba, sobre las plantas mullidas y entre los árboles que las sombreaban. Haciendo por   pensar poco... o mejor nada, dejando discurrir suavemente el tiempo. No olvidé nunca esta revelación.

Había también allí, como en muchos otros pueblos, un castillo casi derruido pero no lo suficiente como para perder su nombre. Como éramos adolescentes por aquellos días, tramar una transgresión se convertía en una necesidad. Así que compramos una buena botella de vino blanco y nos la zampamos sin ton ni son, casi de un trago, a la sombra de aquel castillo. Esto agudizó mucho el ingenio y facilitó, para mayor entretenimiento de los amigos, la exageración en la narración de nuestras historias... Después vino el dolor de cabeza.

 

                                                    Suelta de una vaquilla en fiestas de San Mateo en Cuenca
 

Estando aún allí y por fortuna ya recuperados de la borrachera, se celebraron las fiestas del pueblo. Cerraron las calles que daban a la plaza mayor, abrieron las puertas de las casas y formaron parapetos en su interior. Cuando todo estaba preparado soltaron una vaquilla o un toro pequeño, no recuerdo bien. Los más valientes la desafiaban en la plaza, otros la conducían a los vestíbulos parapeteados de las casas y allí... solo Dios sabía lo que podía ocurrir. Nosotros nos colocamos prudentemente tras los protectores de la escalera que subía al primer piso y vimos entrar a la vaquilla que daba cabezazos a diestro y siniestro contra las defensas del comedor y de una de las habitaciones, pero apenas intentó hacerse con la escalera que no obstante defendimos con pundonor en la distancia. 

Otro día, contentos y satisfechos, dejamos esa Cuenca para siempre.

 

                


 

Al siguiente verano nos encaminamos al pantano “El Vicario”, muy cerca del pueblo Las Casas, en la provincia de Ciudad Real. Llegamos tras una terrible tormenta a un verdadero paraíso...campos inmensos de cereales, establos con vacas, un cortijo con un gran patio, un pantano y una barca con remos.

Fueron unos días grandiosos. Jaime, el padre de José Luis vino con el hermano pequeño de la familia, también Jaime, y estuvieron con nosotros. Nos reímos mucho con las ocurrencias de unos y otros. Comimos todo un saco de cortezas de cerdo y bebimos alguna cerveza. En aquellos tiempos la sociedad era muy permisiva con el tema del alcohol y los adolescentes, se consideraba iniciático en el camino a la edad adulta.

En la barca que os he contado disfruté una experiencia deliciosa e inesperada. Vino a vernos una prima de José Luis de nuestra misma edad o algo mayor. Tras un buen paseo por donde estaban las vacas nos acompañó a nuestra barca. Era verano y hacía calor a pesar de que íbamos con los bañadores. En cierto momento me dijo si le podía poner un poco de crema en la espalda.  La espalda de aquella chica... me ha parecido siempre lo más hermoso y suave que he acariciado nunca. Después ella me puso a mí.

Otro día fuimos a cazar. Nos preparamos para ello concienzudamente pero, cuando ya estábamos para coger las escopetas, nos formaron en línea y nos dieron buenas piedras e inesperadas instrucciones.

La orden era muy clara, había que avanzar en línea, chocando con fuerza una piedra contra la otra al tiempo que emitíamos gritos amenazantes. Esta labor era de la máxima importancia para el éxito de la cacería porque permitiría ahuyentar las posibles presas hacia la línea de fuego de los tiradores.

Entre carcajadas aceptamos el papel que nos había tocado. También nos reímos bastante con un niño señorito y rubito...  tan orgulloso con su traje y escopeta y nosotros:  con las piedras. Os voy a recomendar una película que tiene que ver con lo que digo: La Regla del Juego, de Jean Renoir.

Al otro verano, ya el último juntos, encaminamos nuestros pasos a mi campo en la Parroquia de la Matanza. Mi padre nos acogió con los brazos abiertos y una buena sonrisa, y preparó unos camastros en la barraca que estaba algo alejada de la casa principal.

Ellos ya conocían el Campo, pero tener la barraca para nosotros solos era un lujazo. Nos íbamos haciendo mayores y empezábamos a dejar muchas cosas atrás. Nuestros juegos se iban haciendo, como más tranquilos... Con las bicicletas exploramos y descubrimos nuevos caminos de tierra. También pasamos muchas horas en la piscina y por supuesto en el campo de fútbol, aunque ninguno de los tres éramos grandes futbolistas.

La barraca nos cobijó aquella noche que transcurrió en vela casi completa, en la tarea de arreglar el mundo, discrepando entre nosotros a la luz de los candiles de aceite.

Cuando tuvimos que despedirnos... sabíamos que al siguiente verano ya seríamos otros. A pesar de los buenos deseos el paso de los años, la distancia y el devenir de la vida nos irían alejando. Hace mucho que apenas los veo, pero sé que están bien.

Su recuerdo me viene junto al de otras cosas buenas de mi vida... imágenes de una época, la del comienzo, la de la amistad incondicional, la de los buenos amigos que ayudan a entender y a disfrutar la vida.

 

José Gálvez Muñoz

 

 

 

            José Gálvez Muñoz (primero, por la izqda.,), foto de grupo en Collioure. 

 

 

 José Gálvez Muñoz es médico reumatólogo, jubilado del Servicio Nacional de Salud. Ha dedicado sus años jóvenes al estudio y creación de literatura médica, ahora dedica su tiempo y humanidad al cultivo de la escritura, de la filosofía, el arte y la literatura y su divulgación. Reside en Murcia.