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sábado, 22 de octubre de 2022

Evocación de Eliodoro Puche por Martínez Valero. Artículo publicado en La Opinión de Murcia (21-10-22). Fulgencio Martínez/ Revista Ágora / actualidad literaria /octubre 2022

 

                                                                  Eliodoro Puche, poeta.

 

"Evocación de Eliodoro Puche por Martínez Valero", artículo de Fulgencio Martínez publicado en el periódico La Opinión de Murcia, el viernes 21 de octubre de 2022.


 https://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2022/10/21/evocacion-eliodoro-puche-martinez-valero-77512137.html

 

 


EVOCACIÓN DE ELIODORO PUCHE POR MARTÍNEZ VALERO

 

El miércoles 19 se presentó en la magna sala de actos del Instituto Licenciado Francisco Cascales el libro Otoño en Babel, de José Luis Martínez Valero (Águilas, 1941); obra publicada por La fea burguesía en junio 2022. En la presentación, Francisco Marín, editor del libro, aludió a la necesidad y oportunidad en que surgió la editorial La fea burguesía a principio de la pasada década; cuando la crisis económica del 2008 aún hacía languidecer la cultura y no se adivinaba el maletín de milagros del Presidente López Miras con el que promete, a partir de 2023, recuperar el dinamismo de la sociedad y por tanto, esperemos, también de la abandonada cultura. El catedrático José Manuel Vidal habló, con acierto, de la doble condición del libro presentado: memoria personal y testigo de una generación, la de los 60, que abrió camino a la libertad en este país.

Otoño en Babel lleva a su madurez una literatura de diseminación del autor a través de los géneros: poesía, narrativa, de memorias, de autoficción, ensayo, crónica e incluso reportaje de la ciudad.  En este sentido el libro continúa otros de Martínez Valero, como Sintaxis, publicado en la misma editorial que el libro que comentamos. Tres o cuatro momentos “estelares” destacan en la sucesión de diálogos e historias vividas que encierra Otoño en Babel. Pero voy a centrarme en la primera secuencia: Lorca, finales de los años 50. El poeta Eliodoro Puche, antiguo poeta modernista y ultraísta, socialista radical en los años de la II República, que después de la guerra padeció cárcel en su pueblo, y a partir del 45 vivió en libertad vigilada, casi como un recluso en su casa, recibe la visita de un par de muchachos, a los que presta algunos libros de poesía. Los dos adolescentes, el narrador y su amigo, serán pronto “señalados” por causa de esas visitas y lecturas. (La narración se sitúa en alguno de los últimos años de la década de 1950, 1956, 57 o 58, todavía anteriores a la "rehabilitación" del poeta lorquino. El narrador, identificado con el autor, nacido como el autor en 1941, es adolescente).

Otoño es la palabra predilecta en los poemas decadentistas, hermosos, de Eliodoro Puche, y un homenaje implícito al poeta encarcelado y silenciado hay en el libro de Martínez Valero. Babel hace referencia a la playa de Alicante, en Benalúa, antiguo puerto o puerta (Bab-el, en árabe) de entrada marítima a la ciudad levantina. Allí, a Alicante, se trasladan la familia del narrador y este, joven que vive sin mucha conciencia el motivo de exilio, como no podía de otra manera. Solo con el contraste en lo revivido por la escritura, salta esa causalidad, como una chispa, que ilumina un lugar de la memoria del autor y de la circunstancia de época narrada. El autor no desfigura la narración psicológica con retazos de crónica trazada a posteriori. Las ausencias en el texto, los silencios, lo no nombrado, como, por ejemplo, la muerte de Eliodoro Puche, en 1964, refuerzan la verdad del relato lírico. Como en la novela de Baroja los personajes aparecen y desaparecen según estén en el foco psicológico de los intereses del narrador y de la acción. Como la vida misma. Al fin, creo que uno de los grandes méritos del libro es el de recuperar sin mixtificaciones la figura del poeta Eliodoro Puche, quien sufrió, sobre la represión y la cárcel, un infame retrato del periodista César González Ruano que le dedicó al poeta de Lorca en 1946 (“Antología”) unas “afirmaciones sensacionalistas y de mal gusto” (en palabras de Francisco Javier de Revenga, en Eliodoro Puche. Historia y crítica de un poeta”, 1980). Lo que es el drama humano: el poeta fue revalorizado a finales de los 50 por un artículo del mismo crítico que antes le hubiera humillado. (A raíz de una visita de Ruano a Lorca y a casa de Puche en junio del 59, que tendrá eco local). Como en toda dictadura (en la de Franco como en la comunista de la época que se reforzaba en Hungría y pronto amenazaría Praga), formaba parte de la condena de alguien su muerte cívica, la destrucción de su prestigio y honor, así como su paternal reconocimiento si el verdugo se sentía finalmente “generoso” y el “muerto” suficientemente humillado y “reeducado”. Parece que Eliodoro Puche llevó con mucha dignidad, para vergüenza de los plumíferos del Régimen, ambos extremos: la deshonra pública y la reposición pública, igual que el olvido y la fama. Supongo que hoy sería igual su actitud.

 

Fulgencio Martínez

  


      REVISTA ÁGORA/ ACTUALIDAD LITERARIA

martes, 6 de septiembre de 2022

"OTOÑO EN BABEL", DE JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO. COMENTARIO DE JESÚS CÁNOVAS MARTÍNEZ. ÁGORA DIGITAL/ AVANCE DE ÁGORA-PAPELES DE ARTE GRAMÁTICO N. 14. /BIBLIOTHECA GRAMMATICA/ LECTURAS DE "OTOÑO EN BABEL"

 



OTOÑO EN BABEL, DE JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO. COMENTARIO DE JESÚS CÁNOVAS MARTÍNEZ

 

 Les ofrecemos a los lectores de Ágora otra nueva lectura del libro de José Luis Martínez Valero, realizada por el poeta y novelista Jesús Cánovas Martínez, quien recientemente ha publicado la novela El baboso, comentada en este mismo blog.

 

 

OTOÑO EN BABEL

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

Ed. La fea burguesía

https://lafeaburguesia.es/project/otono-en-babel/

 

 

Un joven, a la hora de la siesta, está echado en la cama. No duerme, piensa. Le aqueja cierta melancolía que apenas sabe definir. Una tela de araña, altamente imprecisa, neblinosa, se cierne sobre él. No entiende la trama de causas o motivos que han llevado a sus padres a tomar la decisión de pedir el traslado desde Lorca, donde la vida de la familia discurría plácida, hasta Babel, una ciudad apuntando policromía, a la orilla de la mar, que en aquel entonces dejaba entrever su futuro cosmopolitismo. Estamos en los primeros años de la década del 60 del siglo pasado. El joven enfrenta su segundo exilio. Y ese otoño, Otoño en Babel, quizá sea el más amargo de su existencia antes de que logre reconciliarse con Babel y consigo mismo.

 

El primer exilio fue cuando tuvo que dejar el micromundo de la localidad ribereña del mar Mediterráneo que le vio nacer. Aquel traslado le produjo dolor y tristeza y fue traumático, pero resultaba comprensible ya que era el único modo de que sus padres pudiesen ejercer en la misma localidad el cargo de Directores de Graduadas. Águilas quedaba atrás —el Castillo, el vuelo de las gaviotas a ras de las aguas, los balnearios que salpicaban la playa de Poniente, el yodo, la sal, el esparto, las tápenas, los scouts, la herencia de los ingleses, El Hornillo, el fútbol— y la infancia dejaba paso a la adolescencia: Lorca, ciudad guerrera y levítica, extendía sus brazos para recibir a la familia. El cambio fue traumático, de acuerdo, pero entendible, y el adolescente se adaptó a las nuevas circunstancias. Otro espacio, otro tiempo, nuevos amigos, personajes que pasan, paseos en bicicleta, Las Alamedas, la antigua Plaza de Colón con bancos de piedra. Es en Lorca donde el adolescente toma consciencia social, y no sin cierta ironía recuerda sus trabajos en El Barranquete. Había que dotar a aquellos casuchos donde convivían revueltos padres e hijos/as de tabiques que separaran habitáculos. A tal tarea incentivaba  un joven profesor de Religión, auxiliar del párroco, que daba buena nota en la Congregación Mariana donde por motivos espurios había entrado nuestro adolescente. Una mañana la señora de la casa les dijo que trabajaran en silencio para que no despertaran al nene. Sobre las doce despertó la criatura, pero el nene resultó ser un muchacho de veinte años, fuerte, alto, que dedicó a los currantes un sonoro bostezo y luego pasó a supervisar el trabajo. Quien vive en la miseria absoluta, ¿es consciente de su miseria? Y, aún más: ¿quiere ser rescatado de ella? Laten estas preguntas en el fondo de la narración. Sin embargo, el adolescente sabe, todavía sin haber leído Tiempo de silencio de Martín-Santos, que algo debe cambiar.

 

Ahora es diferente. Este nuevo traslado, le ahoga en la perplejidad. Ya no es un niño, ni un adolescente. Es un hombre joven y se hace preguntas. Lo normal es que la pregunta en sí misma conlleve la respuesta, pero no es el caso. Sentimientos imprecisos de culpa le trastornan. Malos tiempos son los que corren para promover cambios sociales en ámbitos provincianos y no provincianos; el muchacho quería tan solo ayudar, pero alguien podría haber sospechado que esa bonhomía, esa bondad natural que incipientemente ha mostrado, pudiera derivar en compromiso político. Tal vez. Ya ha escrito un manojo de poemas aunque al poco los ha purificado en la pira de la gloria; y sí, también ha conocido a Eliodoro Puche, a quien presenta con la imagen de un dios caído. Pero, él, ¿no será el causante de este repentino traslado decidido por sus padres? ¿Por qué han dejado la adusta y levítica Lorca por este erial, las Puertas de Elche extramuros de Babel? ¿Qué motivos tenían? ¿Por qué…? La tela de araña es opresiva. Desde su ventana ve pasar, con vocación de tierra, a numerosos pieds-noirs venidos desde Argelia, y contempla el secarral infinito que se extiende hasta la playa de Benalúa, destino de tranvías cargados de chicas dispuestas para el baño. Aún no lo sabe, lo sabrá años después, entre el grupo que visitaba a Eliodoro había un infiltrado.

 

Piensa el joven y se pregunta, y al no encontrar respuestas claras, hace una proyección hacia el futuro, y esas mismas preguntas las formula ante el hombre maduro que será de ahí a muchos años. Una herida extraña en el alma le sangra, quiere comprender, saber los porqués, los motivos, indagar en esa tela de araña cernida sobre su vida. Sabe el adulto que cualquier circunstancia necesita espacio, tiempo; sin estos dos parámetros sería imposible. Ahora bien, si la circunstancia posibilita la vida y, de algún modo, es la vida, también hay que convenir que esta última queda delimitada por aquella. El espacio era una ciudad, Lorca; el tiempo un bloque sobre su cabeza, que especialmente sentía al pasear en bicicleta. Para comprender, sabe el adulto, y ya que en él aún sigue abierta la antigua herida, que ha de recuperar el pasado; por eso recoge el testigo, la inquietud del joven, para cauterizar el dolor. Si la herida sangra, solo hay un modo de restañarla: haciéndola presente por la escritura, indagando en el oscuro antaño, sumando matices, hilando, entretejiendo la trama de lo que fue o podría haber sido. Otoño en Babel, de este modo, es un libro eminentemente catártico y expiatorio de una suerte de culpa. Se establece un diálogo entre los dos hombres, el joven y el adulto, con la finalidad de comprender y restañar esa herida demasiado prolongada en el tiempo. Cierto es que los dos hombres andan por la misma calle, pero también es cierto que por aceras, aunque paralelas, opuestas, quizá beligerantemente contrarias. Difícil la comunicación, por eso el narrador (¿quién?, ¿el joven o el adulto?) necesita de un tercer dialogante, imaginario en este caso si los dos anteriores no lo fueron, para asaltar las páginas del libro con preguntas que intentan canalizar el ejercicio de clarificación. ¿Solo tres dialogantes? No, la misma forma de la escritura pondera que estos pueden ser infinitos. Otoño en Babel se multiplica en perspectivas: cada capítulo está introducido por un resumen, en prosa o verso, de aquello que el narrador quiere contar, pero el juego con la elipsis y el vacío permite a cada lector participar, según adónde le lleva su propia subjetividad, en la reconstrucción del puzzle propuesto. La tesela camina en busca del mosaico que le dará sentido, pero el mosaico es algo vivo, moviente, en todo punto una suma de perspectivas que no se anulan la una por la otra, y que, sin embargo, por ser multiplicativas harán crecer la profundidad de su sentido.

 

                                                                                      El autor de Otoño en Babel.

Otoño en Babel va más allá de la circunstancia de su autor, José Luis Martínez Valero. Cada lector queda invitado a la tarea de dotar de sentido a su propia vida, valga la anécdota que se nos propone, comprendiendo su circunstancia, aquella de la que no fue consciente pero lo condicionó, porque nuestra vida no es nada abstracto, sino que es algo que encarna en hechos concretos, demasiado rotundos en tantas ocasiones, aunque pudieran escapar a nuestra percepción del momento. El mosaico por siempre permanecerá inacabado, es cierto; pero, no obstante, enriquecido por la nueva mirada.

El hombre maduro a veces piensa que inventa su pasado, pero ¿acaso el joven no inventa su futuro? ¿Qué necesidad hay entonces de abrir esa extraña puerta donde pasado y futuro convergen en un punto de la memoria?

 

A un imposible sumas otro, ¿si, ahora, abriésemos la puerta del pasado, en esa oscuridad qué podríamos ver?

 

Es difícil averiguar lo que somos, ¿por qué pretendes hurgar en el pasado?

 

Con un aforismo, casi como un enigma o pregunta a resolver, así comienza Otoño en Babel de José Luis Martínez Valero, su última entrega, donde con una pericia ganada por el ejercicio de años de escritura conjuga los géneros, produciendo cierta mixtura alquímica (y digo mixtura, que no mixtificación) que trasciende cualquier tipo de encasillamiento. Otoño en Babel es un libro eminentemente autobiográfico que se podría encuadrar en el género de las Memorias, aunque el lector pronto se dará cuenta de que rebasa este calificativo, pues el autor no está por la labor de relatarnos unas memorias al uso. ¿Un libro testimonial? Sí. ¿Un libro con ribetes costumbristas? Sí. ¿Un libro de crítica social? Sí. ¿Un libro generacional? Sí. ¿Un libro que incide en el hecho de un cambio a las puertas de una sociedad? Sí. Pero, sobre todo, y desde mi punto de vista, un libro de creación, portador de una interesantísima indagación psicológica.

Me gustan los libros que te hacen confidente y te involucran en su trama, por sus páginas discurren a la par la calidez y cordialidad entre las confesiones de un autor que sientes muy cercano, pues se aproxima a ti como amigo, sin ánimo de condicionarte la mirada; quiere tan solo compartir contigo un diálogo íntimo. Emanan estos libros sinceridad, pues brotan del corazón más que de la cabeza, aunque rápidamente los intuyes dotados de una experiencia viva, donde el recuerdo (un recuerdo emotivo, fragmentario, dulcemente poético) enlaza con la memoria sentimental. Estos libros suelen hacer converger el tiempo futuro con el pasado en un presente cuasimítico que convoca lo que es, junto con lo que hubiera podido ser o será. La escritura, de este modo, es esencialmente rota, tal y como llegan los recuerdos, pero focalizada en un acontecimiento, un lugar, Babel, y un tiempo que convoca otros tiempos, el Otoño.

 

 

                                                           Jesús Cánovas Martínez

                                                            Ad astra per aspera.

 

 REVISTA ÁGORA DIGITAL/ SEPTIEMBRE 2022/ BIBLIOTECA GRAMMATICA

miércoles, 20 de julio de 2022

"Lorca-Babel-Murcia". Comentario de "Otoño en Babel", libro de José Luis Martínez Valero. Por Fulgencio Martínez /Ágora digital /Bibliotheca Grammatica/ julio 2022

 


                                          LORCA-BABEL-MURCIA

                                                          

                      Comentario de Fulgencio Martínez del libro Otoño en Babel

 

  Otoño en Babel: La editorial murciana La fea burguesía ha publicado en junio 2022 este nuevo libro de José Luis Martínez Valero (Águilas, 1941). Cada escritor (hablo de los que tienen una singularidad propia y no escriben para el mercado) se forja un ente de ficción que es el lector, su lector o receptor. Tan propio como extraño al escritor, tan necesario como susceptible de ser moldeado por este;  en fin, tan diverso y tan familiar (con un aire de familia con la escritura y el mundo del autor como si fuera uno más de los poemas, fábulas o personajes de este). Es, así, el lector una herramienta, un juez y un testigo, pero, ante todo -y casi lo que importa más a la postre para el hecho creativo-,  es un tú dialogante con el escritor. Una vez construido el “lector”, la obra se puede poner en marcha: incluso aunque lo material falte aún, y tarden en llegar el libro material, editado y publicado, y el lector material, de carne y hueso.

Hay autores (como es el caso de Martínez Valero) que crean en cada libro un nuevo tipo de lector propio. En los libros de poemas que este autor publicó desde los años 80 del siglo XX hasta el fin de la segunda década de este siglo XXI -valgan estos ejemplos: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Plaza de Belluga (2009), Puerto de sombra (2017)- se adivinaba un lector reflexivo, refinado, conocedor de esa parte de la poesía del 27 que rescataba en el poema la esencia de una vivencia. El lector, sobre esa base, apreciaba la incorporación paulatina, en la obra poética de José Luis Martínez Valero, de lo anecdótico (siempre presentado como elemento minimalista sobre el que girar la reflexión poética y filosófica, y en los últimos libros, y en algunos poemas de los primeros, incluso, social). El lector asumía, también, esa especie de distanciamiento que se da en la voz lírica, o mejor, el juego entre distanciamiento y acercamiento, pudor, en algún momento, entre el poeta y el tema y entre el lector y su creador. Como si admitiera el lector el pacto con el autor de que tras esa ironía suave había una voz muy humana y sincera. ¿Comprometida?  El tiempo ganado o perdido en leer me ha enseñado qué fútiles son los poetas y los poemas que previamente se declaran comprometidos: son estos poemas los que no dejan que el lector propio respire, le dan un clisé previo y un pin, y a otra cosa.

Sabedor de eso, los poemas de Martínez Valero invitando a la reflexión o simplemente narrando de forma minimalista una anécdota vívida, estaban llenos de compromiso y verdad, y por tanto perviven. Lo podéis comprobar en la selección antológica que incluye Luis Bagué en Composición de lugar (2016), antología publicada también en La fea burguesía, en su primer número de la colección de Poesía.

De esos poemas quiero ahora recordar el titulado “La estrella de David”, que pertenece al libro Plaza de Belluga. Allí se alude a “cierto miedo de ser señalado” como si uno llevara al descubierto esa estrella de David que marca al distinto, que marcaba al hebreo del gueto, y que, en otro contexto, como puede ser en “el tiempo de silencio” en los años en que se formó el poeta, fuera una conciencia crítica, que no podía sino estar visible al inquisidor. El miedo, pues, interiorizado, del que está libre y vigilado, es exorcizado al fin en el poema, cuya escritura libera al poeta y libera al mismo tiempo al lector. Ahí se cifra un mensaje comprometido y perfectamente codificable y descodificable en cualquier otra situación y en cualquier tiempo.

 

                                                                                              José L. Martínez Valero

 

José Luis Martínez Valero escribió y publicó, en 2015 y 2019, respectivamente, dos libros en prosa, que son antecedentes meritorios del que nos ocupa.

Daniel en Auderghem es una deliciosa obrita sobre la infancia, donde el poeta sitúa la inteligencia y la creatividad de las que a menudo carecemos los adultos. Inspirada en la actividad de sus nietos, la narración traslada un marco de actitudes favorables al desarrollo de la espontaneidad y la inteligencia infantil. Por encima de todo, es un “poema pedagógico”.

Lo que ocurre es que el autor tiene la gran habilidad, como pasa con los buenos autores, de hacer que casi olvidemos que se trata de literatura, de muy buena literatura.

Así también, en los siguientes libros. El lector ha de ir preparado ya a la ilusión óptica. Está ante literatura solamente, pero en Sintaxis (libro que es inmediato antecedente de Otoño en Babel) hay páginas de ensayo, de memorias, de poemas, incluso de crónica urbana y artística.

 

Otoño en Babel lleva a su madurez esta literatura de diseminación del autor a través de los géneros y del lector a través de los espejos que la prosa de José Luis Martínez le tiende. Una prosa doblemente cargada de lirismo y de evocación de hechos vividos y presentados ante la interpretación del vivir propio. Con la habilidad discursiva de no ocultar ese “ante”, esa línea frágil que separa los hechos y la recepción en tiempo real y en la interpretación consciente de la escritura. De modo que el libro es literatura, sí, pero es algo más. Es un libro de memorias, de evocación e historia de un tiempo determinado (este país, a finales de los años 50 y principios de los 60 del siglo XX), pero es algo más. Para ser solo libro de memorias al uso, le sobraría ese espacio frágil, esa pared, hiato o hueco, tal vez pantalla cinematográfica, donde el escritor proyecta un tiempo y nos invita a mirar a la vez que él mira e interpreta, y tal vez saca conclusiones semejantes pero nunca mecánicamente idénticas a las de su lector.

Tres o cuatro momentos “estelares” destacan en la sucesión de diálogos e historias vividas que encierra Otoño en Babel. (Anticipo, desde ahora, que el libro en cuestión, como los otros dos mencionados recientemente, podrían ser llamados “diálogos”, ya que se argumentan posiciones, se hacen preguntas y se dan respuestas y se mantiene abierto el asunto).

La primera secuencia: Lorca, finales de los años 50. El poeta Eliodoro Puche, antiguo poeta modernista y ultraísta, socialista radical en los años de la II República, que después de la guerra padeció cárcel en su pueblo, y a partir del 45 vivió en libertad vigilada, casi como un recluso en su casa, recibe la visita de un par de muchachos, a los que presta algunos libros de poesía. Los dos adolescentes, el narrador y su amigo, serán pronto “señalados” por causa de esas visitas y lecturas. (La narración se sitúa en alguno de los últimos años de la década de 1950, 1956, 57 o 58, todavía anteriores a la "rehabilitación" del poeta lorquino. El narrador, identificado con el autor, nacido como el autor en 1941, es adolescente).

                                                                                           Eliodoro Puche (joven)
 

Otoño es la palabra predilecta en los poemas decadentistas, hermosos, de Eliodoro Puche, y un homenaje implícito al poeta encarcelado y silenciado hay en el libro de Martínez Valero. Babel hace referencia a la playa de Alicante, en Benalúa, antiguo puerto o puerta (Bab-el, en árabe) de entrada marítima a la ciudad levantina. Allí, a Alicante, se trasladan la familia del narrador y este, joven que vive sin mucha conciencia el motivo de exilio, como no podía de otra manera. Solo con el contraste en lo revivido por la escritura, salta esa causalidad, como una chispa, que ilumina un lugar de la memoria del autor y de la circunstancia de época narrada. El autor no desfigura la narración psicológica con retazos de crónica trazada a posteriori. Las ausencias en el texto, los silencios, lo no nombrado, como, por ejemplo, la muerte de Eliodoro Puche, en 1964, refuerzan la verdad del relato lírico. Como en la novela de Baroja los personajes aparecen y desaparecen según estén en el foco psicológico de los intereses del narrador y de la acción. Como la vida misma. Al fin, creo que uno de los grandes méritos del libro es el de recuperar sin mixtificaciones la figura del poeta Eliodoro Puche, quien sufrió, sobre la represión y la cárcel, un infame retrato del periodista César González Ruano que le dedicó al poeta de Lorca en 1946 (“Antología”) unas “afirmaciones sensacionalistas y de mal gusto” (en palabras de Francisco Javier de Revenga, en Eliodoro Puche. Historia y crítica de un poeta”, 1980). Lo que es el drama humano: el poeta fue revalorizado a finales de los 50 por un artículo del mismo crítico que antes le hubiera humillado. (A raíz de una visita de Ruano a Lorca y a casa de Puche en junio del 59, que tendrá eco local). Como en toda dictadura (en la de Franco como en la comunista de la época, que se reforzaba en Hungría y pronto amenazaría Praga), formaba parte de la condena de alguien su muerte cívica, la destrucción de su prestigio y honor, así como su paternal reconocimiento si el verdugo se sentía finalmente “generoso” y el “muerto” suficientemente humillado y “reeducado”. Parece que Eliodoro Puche llevó con mucha dignidad, para vergüenza de los plumíferos del Régimen, ambos extremos: la deshonra pública y la reposición pública, igual que el olvido y la fama. Supongo que hoy sería igual su actitud.

Babel y por extensión Alicante es la cara luminosa, sensual, juvenil, de un tiempo de tranvías a la playa, de amistad de chicas y de chicos, de soledad y lecturas de literatura de vanguardia (novela francesa, latinoamericana, etc) frente a la ciudad de la torre, Murcia, anclada en la atmósfera eclesiástica, aunque en su Universidad el narrador, además de estudiar Lengua y Literatura, reforzará su vocación literaria y reemprenderá su dedicación a la escritura, iniciada en aquellos años de su adolescencia tan marcados por la sombra de una guerra y de la censura impuesta por los “vencedores”.

Alicante es, en esos primeros años de los 60, el encuentro del narrador con las realidades sociales e históricas: con unos españoles que volvían de Argelia, tras la descolonización de este país, los llamados pieds noirs.

La última escena que este lector destaca es, desde luego, la que puede dar el sentido del libro: el poeta, aburrido y enamorado platónico, aburrido en la ciudad dinámica y joven, decide anticipar su vuelta a Murcia, deseoso de que el azar le depare el encuentro con la chica que ama.

Águilas-Lorca-Babel-Murcia, con una escala en Alemania, cerca de Düselldorf, y unos años determinados, centrales en la centuria del siglo XX,  representan un trayecto al que el autor del libro nos invita a subir y que nos deja la libertad de que juzguemos, comparemos y llevemos en la memoria, sin temor a que un revisor uniformado nos detenga por viajar siendo menores de edad y nos mande con la pareja de la Guardia Civil o con dos pedagogos de guardia a estudiar la memoria oficial manu Boletín del Estado.

Ese trayecto configura algo así como una línea temporal, un tiempo narrativo en el libro, que se lee como una novela con el interés creciente de los sucesos narrados. Pero, también configura, dicho trayecto, una línea emotiva, de trasmisión cultural, intrahistórica profunda (la intrahistoria es también aquello que las generaciones reciben de sus maestros jóvenes y conservan como una virtud y un tesoro de agradecimientos). Las actitudes nuevas ante el mundo, la apertura al amplio y diverso desafío de la cultura, el hambre de conocimientos y experiencias fue un legado de la generación de José Luis Martínez Valero, el autor de Otoño en Babel. Él y otros profesores y escritores jóvenes, en los 70 y 80, iniciaron una alegre “revolución” y nos abrieron camino, a los nacidos en los 60 y 70, más allá del acartonado academicismo, de la repetición de los apuntes, y del pacato círculo de la retórica de un N0-DO, autocomplaciente y provinciano, que era el texto a aprender y a repetir sin un mínimo desvío en las Universidades, en los colegios, en los cines y en cualquier otra institución ocupada en aquel tiempo por el totalitarismo typical spanish.

  

Fulgencio Martínez

20-7-2022 

 

  REVISTA ÁGORA DIGITAL/ Bibliotheca Grammatica/ Julio 2022