HOJARASCA
GINÉS
ANIORTE
HOJARASCA
LA FEA BURGUESÍA
MURCIA, 2025
A
veces el otoño y sus aires arrastran de aquí para allá esas hojas secas y forma
montones que, al pisarlos, parece que quebrásemos sus nervios. Con Hojarasca,
obra de Ginés Aniorte, editado por La Fea Burguesía, Murcia, 2025,
estamos en presencia de esos restos que el verano, tiempo de plenitud,
deja. En este caso, “hojarasca”, está
formada por los versos y poemas que han sido descartados, cuya lectura, años
después, produce la extraña sensación de que, quizá su supresión, podría haber
sido un error.
Son
los textos quienes conforman el libro. Puede que no fue su tiempo o el autor no
los estimó como debiera y, ahora, lejos de ese interés, orden, manera que
delimitan, encontramos que podrían haber sido publicados. Por tanto, helos
aquí, en toda su entidad, como esa hojarasca que, tras ir de aquí para allá, se
amontan en algún rincón, como si fuesen ellos mismos y no el capricho del autor
quienes los ha reunido.
De los textos aquí reunidos
se dice:
“Hojarasca”, como su
nombre pretende sugerir, contiene aquellos poemas que, a lo largo de los
últimos veinte años, se fueron cayendo de mis libros de poesía anteriores como
se caen las hojas de los árboles.
Ginés
Aniorte ha decidido poner en orden los inéditos que fueron excluidos, quiere
darlos a conocer. Sus lectores podrán recorrer esos ángulos oscuros para
entender definitivamente aquellos libros de los que fueron eliminados, razón
por la que se convierten en piezas necesarias para completar el mosaico.
Tras
el poema “El mar de los fracasos”, que sirve de introducción para unificar,
quizá justificar, suceden las cuatro secciones que contiene este texto, la
primera: Aquellos, los de entonces,
se refiere a la infancia, familia, aficiones y actitudes que, de algún modo,
permiten aproximarnos al que fue, y al mismo tiempo reconocer la dependencia,
así lo expone en los aforismos que le dan entrada: El sueño del pasado está siempre cumpliéndose. Más: Lo perdido, al cantarlo, es más nuestro que
antes.
El
primer aforismo es más enigmático, el sueño del pasado, abre el libro, manera
de evocar el conjunto de posibilidades o proyectos que somos, afirma que está
siempre cumpliéndose, ¿significa que somos lo que hemos querido ser? Imagino
que no, se propone afirmar que, de un modo u otro, ese sueño, nunca deja de
serlo, por tanto, su presencia es constante, no precisa cumplimiento alguno, se
trata de una carencia permanente que nos acompaña.
En
cuanto al segundo, podemos considerarlo una paradoja. Perder algo, echarlo de
menos es una constante, y es verdad que, al contarlo, puesto que lo hemos
salvado del olvido, sin duda se convierte en nuestro. Ginés, rescata para él y
para nosotros en esta primera parte las luces y sombras de la infancia, la
presencia de la familia, los días señalados, los sucesos que conforman la
historia del padre y la madre. Comparte aficiones, miedos, juegos, primeras
experiencias. Recuerdos hermosos, sagrados, conforman el relato. Poemas
narrativos que encierran la emoción de la infancia. Hay uno que quisiera
destacar, lo titula “El mar”, cuenta que su abuela murió sin ver el mar. Elijo
estos versos: El mar no aportó nada a la
familia; / al fin y al cabo, nadie / fue pescador ni obtuvo / del mar un
beneficio. / Tampoco pidió ella jamás que la llevaran, / y ambos pudieron ser
el uno sin el otro. / Como yo puedo ser, lector, sin conocerte, / y tú, sin
conocerme. / Pero ¿qué habría dicho me abuela al ver el mar? / Y yo, de ti ¿qué
habría pensado / si alguna vez te hubiese conocido?
El
encuentro con el mar que nunca se produjo, la presencia de su inmensidad, su
horizonte celeste, se pone en paralelo con el desconocido lector. Ambos se unen
en ese: ¿qué habrían dicho? El misterio que resulta me, parece comparable a la
presencia del infinito que estas ausencias sugieren.
“Del
tiempo y sus afanes”, comprende la segunda parte. Reúne experiencias de adulto,
que contrastan con la del niño, preceden estas palabras: Sin pasado no hay vida que merezca la pena. (La memoria es el único
tesoro. Quien la repudia nada tiene.) Relata episodios conflictivos,
desencuentros. Ahora, el tiempo, pasa a ser el protagonista, la conciencia de
que su fugacidad, la confusión, el olvido, la pérdida, la ruindad constituyen
el espacio donde transcurre, desaparecen la ingenuidad, la inocencia, la eternidad
que residen en la niñez.
Esta
segunda parte constituye un homenaje a la memoria, quizá debería decir un
juicio, ese poner las cosas en su sitio que, por edad, madurez experiencia el
poeta se permite. Desahogo: Aguachirle el
tiempo es la memoria. Advierte del engaño de los ojos. Hojarasca se
convierte en un texto reflexivo, por supuesto no es un ensayo, aunque su
intención coincide y sobrepasa el curso sereno. Los títulos exponen con
claridad, la vida como dificultad: No me
llenes más mi copa; Confusión; Confesión; Buitre; El desvelado; Eterno retorno;
De corderos y lobos; Maleza; Moneda; Desconcierto; Preguntas: Fosa séptica;
Celos; Pesadilla; Por la herida: Selva; Tiempo de descuento; Conjetura.
Elijo
este último: Con mis imperfecciones y
tropiezos, / con tus abusos y mis faltas, / con los golpes que doy y he
recibido, / escribo yo poemas impecables / como este de ahora donde el metro se
atiene/ a aquello que el manual ha decretado / -salvo alguna asonancia
distraída, / un tedioso y monótono anacrusis / o el uso eventual de un
eneasílabo, / eso sí, con acento siempre en cuarta, / como dicta mi oído de
poeta inflexible / que, obstinado, persigue la cadencia / por encima de todo,/
inmolando a su costa, si es preciso, / los hondos pensamientos, la razón, / que
en estos tiempos últimos / cotizan a la baja, importan menos…
Asistimos
al taller del poeta, donde compone sus versos y expone el rigor formal del que
se sirve. No es Ginés un poeta tolerante con las asonancias y otras
“libertades”, conoce y razona el porqué. Analiza y contrasta los propósitos del
poeta y sus resultados, quizá marcado con un pesimismo que acompaña
determinados poemas. ¿Significa que hay un enfrentamiento entre razón y
creación o lógica y lírica? El lector es advertido de la alquimia que supone el
poema, asunto que le lleva a pensar que no
nos vuelve mejores, pese a todo el poeta escribe, se debate entre la
abundancia y la escasez. Hay algo que quizá conviene precisar, aunque este
debate sea clásico, no por ello deja de ser personal, el autor vive la angustia
de su existencia, haber elegido la poesía equivale a pasear sobre el abismo.
La
sección tercera es un poema, se titula “Ave Fénix”, dedicado a Bilal
Bed-Fadil, precede este aforismo: La
voz de quien amamos nos dota de sentido. Sin ella sólo somos meros
significantes.
La voz humana no es un
soliloquio, por el contrario, se dirige a otro, aunque puede que ese, a quien
nos dirigimos, sea uno mismo. El poeta, el pintor, el artista necesita un
alguien con quien dialogar, ya sea lector o espectador. No es sólo compañía lo
que busca. La presencia o la llegada de su interlocutor es la esperanza que
alienta al autor. El arte no fue originado para la soledad, el espacio sagrado
donde vive el místico, su entrega, trato con lo otro, que sublima y establece
un diálogo definitivo, aunque, a veces, este círculo cerrado, se refiera a la
ausencia de palabras, la nada, el vacío, pues se alcanza una profundidad donde
vocales y consonantes serían un mero ruido, sin sentido. En el tiempo, olvido y
recuerdo, somos parte de algo, podemos volver a empezar: A deshora comprendo que la suerte / es una rosa antojadiza / que a
veces se abre en pleno invierno, entre la nieve.
Qué tarde he descubierto / que mi
sino no es el que creía, / que siempre puede un páramo convertirse en oasis /
que existen los milagros, que nunca es tarde.
“Inventarios”,
sección cuarta, cierra este libro. Precede este aforismo: El solo hecho de nombrar nos ennoblece. Con este otro finaliza: Y rendiremos cuentas por lo que dijimos. La
tipuana es un árbol que a veces sobrepasa los veinte metros, originaria de
América del Sur, tiene una flor amarilla que tapiza el suelo y abre el verano.
Al nombrar referimos el objeto, hablamos de su origen, tiempo de floración,
deja de ser una cosa para convertirse en sujeto, de tal modo que su nombre en
los meses de invierno quizá nos evoque el verde y el amarillo, naturalmente
este calor y las tormentas que preceden al principio del verano. ¿Por qué
ennoblece? Quizá porque responde a la pregunta, nos convierte en descubridores.
En cuanto a las palabras finales, testimonian que el escritor debe dar con la
palabra adecuada, no la torpe y tópica, sino aquella que alumbra, claro que
esta luz también alude a la verdad de lo dicho, compromiso ético, razón por la que
rendiremos cuentas.
Los
sustantivos que comprende esta sección cuarta, aparecen todos sin artículo que
los concrete, en plural, tal como si quisiera dar cuenta de las diversas experiencias
que sus nombres comportan, nombres que podemos comparar a las piezas de un
sistema, asteroides dotados de múltiples sentidos así: Fuegos, Sombras, Espejos, Lágrimas, Piedras, Aguas, Vientos, Rosas,
Heridas, Sueños, Nubes, Manos, Islas, Palabras, Miradas, Pasos, Luces,
Silencios.
Voy
a elegir de Piedras su primera
estrofa: La piedra irregular que es la
vida / y tienes que esculpir para ganarla. / La piedra que es mi pecho si no
escribo. / La que sabe que al cabo será polvo/ y sueña con ser polvo enamorado.
/ La que rompe el cristal y no es culpable. / La piedra en que cincelo mi
epitafio / y aquellas que Virginia, melancólica, / con tanta fe pusiera en sus
bolsillos.
La
piedra aparece en este primer verso como algo irregular que exige años para
conseguir que se parezca a aquello que deseamos. El cincel de nuestra voluntad
corrige sus irregularidades. La segunda piedra remite a la escritura, llamamos
pétreo a una masa que se caracteriza por la dureza, la insensibilidad ante los
acontecimientos, de ahí que el escritor se exija el escribir, el dar cuenta de
aquello que vive, su toma de posición. Aquí aparece una alusión al soneto de Francisco
de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”: Polvo serán, más polvo enamorado. Recuerda lecturas que constituyen
todo proceso de formación. Como resto de la infancia refiere la piedra que
rompe el cristal. La tercera, remite al epitafio y a Virginia Woolf y su
suicidio…
Ginés
Aniorte, propone un texto que reconcilia y enriquece, reúne poemas que parecían
olvidados y, con ellos, ha compuesto este libro. Importa poco, si las páginas
pertenecen o no a descartes. Este es uno de esos libros que marcan el camino
que nos lleva a nosotros mismos, ese desconocido que siempre es compañía.
José Luis Martínez Valero
José Luis Martínez Valero es catedrático
emérito de Literatura. Ha publicado recientemente Antología del 27 en Murcia (ed. La fea Burguesía). Su extensa bibliografía incluye, entre otros
libros: Poemas (1982), La puerta falsa (2002), La
espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres
monólogos (2007), Plaza de Belluga (2009), La isla (2013),
El escritor y su paisaje (2009), Libro abierto (2010), Merced 22
(2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017),
Sintaxis (2019) y Otoño en Babel (2022, ed. La fea burguesía,
Murcia).