Inés Sánchez Mesonero
CARTA A JOAQUÍN
POR INÉS MESONERO
Era
París París te fuiste a dormir tarde, ¡Oh! Sumergirse en la almohada
En tu sueño de casa, en tu sueño auténtico, en tu
sueño de cera.
Y solo en la madrugada cuando los rayos del sol con
su límpido espectro
Irrumpieron por las ventanas con espadas en el
espejo
Con olor a gasolina, ruidos de motor y pasos
sonoros en la calle
Sólo entonces tu alma al husmear la luz se animó un
poco
Y tú la sacaste a tomar el aire como un perrito, a
pasearla por las calles desconocidas
En la madrugada blanca y clara de París.
En
estos últimos años estoy escribiendo más cartas de despedida de las que me
gustaría, y eso que solo las escribo a los seres queridos. Por suerte, no estoy
leyendo en voz alta estas palabras, porque últimamente se me está emborronando
demasiado el mundo de tanta lágrima.
El fragmento al principio forma parte del poema de Blecher
preferido de Joaquín, que él mismo tradujo hace unos años, y cuyo libro me
dedicó con estas palabras, que creo que resumen a la perfección nuestra
amistad:
“Para ti, Inés, que rezumas poesía,
un libro imprescindible. Con todo el afecto del traductor”.
Creo
que saludar de esta tierra a Joaquín con esta poesía es una buena manera de
desearle una buena vida etérea, y recordarnos que el futuro es ruidoso por
incierto, pero blanco y claro porque encuentra su equilibrio y la vida sigue.
Joaquín ahora está en un lugar lleno de sol y blanco, que todos desconocemos y
al que todos llegaremos.
Hace seis años, en un día de junio, cerca de la fecha
de su partida en 2024, conocí a Joaquín Garrigós, en la misma feria y en el
mismo parque en el que el Instituto Cultural Rumano le organizó un homenaje
durante la charla en la que debía participar él pocos días después de
despedirse.
Como en otras ocasiones, insisto en
que mi vida no sería la misma sin la labor de ACEtt, que tanto me ha aportado y
enseñado. Precisamente a partir de la lista de la asociación, habíamos quedado
en aquella Feria del Libro de Madrid, en el Retiro. A mí me daba mucho respeto
quedar con un señor tan mayor y para más inri, una eminencia de la traducción. Recuerdo
que era un día muy soleado y todo tenía un aura de oro. Paseábamos,
charlábamos sobre nuestra vida y me narraba la preciosa historia de la lengua y
la literatura rumanas, como haría en muchas ocasiones más tarde. En un momento
dado, me topé con un ensayo que quería desde hace tiempo, El himen y el hiyab.
Yo, avergonzada por pasarle un objeto con una palabra de esa parte del cuerpo
femenino en la portada, se lo enseñé de refilón. Al poco le pregunté cuál de
sus traducciones era su preferida y así fue como nos encaminamos a buscar Corazones cicatrizados, de Max Blecher. Cuál fue mi sorpresa, tras pedirle
que me leyera su fragmento más amado, cuando oí una narración sobre un hombre
moribundo, delgado, con el miembro débil y afeado por las curas de yodo. Se le
llenaba de emoción la boca al pronunciar el nombre de “Quitonce” y describir
esa escena tan cruda y dura, que para él era pura humanidad, que Blecher había
convertido en belleza mágica con sus pinceladas realistas.
Ahí
entendí que Joaquín no era un «señor mayor» cualquiera.
Como fui conociendo, era un hombre lleno de sabiduría, de experiencias de vida
y una pasión por la cultura rumana y la traducción que me hacían soñar siempre.
Para mí, Joaquín era como la hormiga que construye un
hormiguero, como la araña que teje hilo a hilo transparencias que brillan al
reflejo de la luz cuando caen gotas de agua en ella. Eso eres y serás para mí,
un collar de perlas translúcidas escondido bajo la camisa, que sacar y con el
que iluminarme en los días oscuros.
No
creo que me equivoque al afirmar que nos apreciábamos mutua y profundamente
tanto de amigos como de colegas. Era mi fuente más fiable para mis dudas
filológicas, mi mentor, el cual me animaba a seguir escribiendo poemas y
artículos y luchar porque mi nombre apareciera junto al suyo en los textos
sobre Blecher. Siempre muy generoso.
La labor que ha hecho como humanista, artista y
difusor de la lengua y la cultura es un gran legado que deja al mundo. Me quedo
eternamente agradecida de poder haber compartido estos cinco años de vida con
él en la tierra.
Y recordemos que la muerte solo es
muerte cuando es olvido, y tenemos la suerte de tener una gran herencia de
Joaquín. Gracias por todo. Te quiero y te voy a
echar mucho de menos.
Para
cerrar, dejo un fragmento de este poema cuya traducción del inglés me pidió,
pues aparecía en la antología de relatos de Ion Minulescu que iba a editar con
Báltica Editorial y, no solo deseaba que la traducción fuera directa al
castellano desde el inglés, sino también que yo me encargara de darle vida.
A menudo el Poniente ha cantado para mí,
ha habido voces en lagos y ríos,
y piadosos árboles han hablado, Dios, de ti:
y no lo oí. ¡Oh! Ábreme los oídos.
Muy feliz de haber
abierto ojos y oídos en tu compañía, Joaquín.
Inés
Sánchez Mesonero es traductora literaria,
correctora, redactora y profesora de idiomas. No solo eso, sino que también
imparte talleres de traducción de cómic, especialmente en institutos. Reside en
Zaragoza y sus lenguas de trabajo son el castellano, el italiano, el francés y
el inglés, aunque también ha estudiado portugués y rumano.
Su
campo de especialización es el cómic y el álbum infantil ilustrado; además,
trabaja con novela y poesía y en ocasiones participa en mesas redondas. Por
otra parte, forma parte del proyecto europeo de traducción literaria CELA, antes
como traductora del italiano y ahora como mentora, y, en sus ratos libres,
escribe poesía y relato y pinta con acuarela.