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domingo, 26 de junio de 2016

REIVINDICACIÓN DE LA ILUSTRACIÓN CRÍTICA ESPAÑOLA. CARTA A MANUEL GARCÍA VIÑÓ




CARTA A MANUEL GARCÍA VIÑÓ.
REIVINDICACIÓN DE LA ILUSTRACIÓN CRÍTICA ESPAÑOLA. MI POSICIÓN ANTE LA POESÍA Y LA LITERATURA, SOBRE LA CUESTIÓN PALESTINA Y EL INGLÉS, Y OTRAS COSAS QUE VERÁ EL CURIOSO LECTOR


Primero, decirte que busqué un libro tuyo en la biblioteca regional de Murcia: Novela española actual, de 1986, creo.  Libro que mantiene su vigencia en la actualidad. Me considero un aprendiz en la novela, en el relato, en general, tanto en la práctica (tengo un librito inédito de relatos, al que algún día le daré una mano final, aunque cada cierto tiempo lo rehago); como en la crítica y el estudio. Me he ido siempre más hacia la poesía. Estudié filosofía, aunque he sido y soy un lector ferviente de literatura. Hace un par de años terminé Filología Hispánica por la Uned, que era un ansia mía de antes: disfruté con el estudio de mis poetas y mis novelistas, y me voy poniendo al día en crítica y en filología, poco a poco. Mi formación filosófica parte más de Derrida y de los franceses, y en el fondo, de Heidegger (La esencia del arte y otros ensayos suyos sobre Rilke, Hölderlin es lo que más aprecio).

Me resulta curioso pero quizá el énfasis que pongo en reivindicar el compromiso en poesía con lo histórico, y con el presente-futuro (poner el foco en el futuro) quizá haga que se piense que tengo una visión unilateral -¿tal vez marxiana o marxista de la literatura o de la poesía en concreto?-  Ya están muchos compadres con la etiqueta al canto. No. A mí me gusta toda la buena poesía, aunque disfruto de la grande (Hölderlin, San Juan de la Cruz, Pessoa, Quevedo... a quien adoro en todo, y mucho por su poesía satírica, en mi blog hay una sección quevediana: billete contra el gobierno), y amo a Góngora, pero sobre todo la poesía oral, el habla, el Arcipreste de Hita, Villon, y toda esa mala hierba encantadora.

Pero la poesía hoy, y más la española, pienso yo, ha de dejar un rato al menos su egocentrismo lírico, esos "mundos interiores" que tanto nos entretienen o nos gustan. Decía yo, como sin querer, en un libro (Prueba de sabor, que está en Renacimiento):
 
                             "De la esclavitud silenciosa /que sufren los trabajadores/ bajo la nueva tiranía/ del poderoso Don Dinero/ poco se escribe.
                         ¿No se escribe porque no se lee / o quizá, porque como tema/ de una poesía/ hoy no interesa....

                          Ten por seguro /que nos quieren/ mano de obra sumisa/ mal pagada y contenta.
                          Que el poeta hable/ de sus mundos interiores./ La poesía no debe ser política...
          
                           Otro cantar quisiéramos....”

 
Vivo una cierta contradicción, pues, aunque me parecen buenos poetas aquellos que hablan desde su torre de marfil, considero que en la poesía es imprescindible la tensión erótica, es decir, la lucha con lo real por parte del sujeto poético:  con cualquier forma de entender una realidad- obstáculo que supera al poeta individual.
Ese eros-lucha se da en grado máximo en la gran mistíca, donde hay celos, quejas, hasta ese toque humano de reproches y de chantaje emocional: “¿adónde te escondiste/ amado y me dejaste/ con gemido... “  Hay erotismo a raudales en ese forcejeo y rendirse reprochándose y chantajeándose, y ocultarse. Ya sabemos, desde Denis de Rougemont, lo que da el obstáculo en la novela y en el eros de occidente; sin eso no hay pasión erótica, solo poemas de amor sentimentales, válidos, sí, pero no de aquella estirpe.

Decía que vivo en una cierta contradicción (aparente) porque me parecen buenos poetas pero no me interesan nada.
No llego al punto de decir aquello que decía Quintana: que si leemos la poesía española no nos enteramos nada de la historia de España. Precisamente, algunos poemas de Góngora (tan puntuales y periodísticos, “A la mamora…”, por ejemplo) o de Quevedo, lo desmienten. Me interesa, sobre todo, la poesía del siglo XVIII (algunos poemas de Jovellanos y Meléndez, y el genio de Leandro F. Moratín... coincido en esto con mi maestro y amigo Guillermo Carnero, aunque él toma la parte de la forma y no -en apariencia- entra a su calado filosófico y político).
Como ves, reivindico la ilustración crítica y lo hago de forma crítica con la herencia ilustrada, pero mucho más con la burguesía literaria (ay esa generación del 27 cuánto ha dañado la literatura española, y más porque los tipos eran grandes, grandísimos poetas. Por cierto, con Cernuda tengo muchísimo amor, sobre todo con el Cernuda del exilio, y con un libro Desolación de la quimera. Pero Las nubes es magistral. Menos, con Alberti, y sobre todo, con Machado, Antonio (su hermano era un genio particular, pero Antonio es el maestro y la genialidad tanto filosófica como poética del siglo XX español). Y admiro y me guía Miguel Hernández.
Miguel Hernández es un caso único. No burgués -como García Lorca, al que aprecio muchísimo, pero Miguel va más allá: solo el verso de Miguel más humillado que bello, pone lo bello burgués a cien metros bajo tierra. La dignidad humana, la justicia son los nuevos valores estéticos y los de siempre, desde Platón. Lo bello es y era lo bueno y justo. Ante todo esto, lo burgués queda en su sitio, nos tiene contaminados por el gusto, vale, pero nuestro pensamiento va más allá.
En novela no te puedo decir con igual o algo parecida opinión meditada. Hay una cuestión teórica a la que siempre he dado vuelta: ¿por qué Sartre, en su ¿Qué es la literatura?, excluye a la poesía de la llamada al compromiso?
Es la novela, el teatro y el ensayo los que asumen la función histórica del compromiso. Eso es un resto burgués: la poesía siempre nos queda como reino aparte estético, es más: incluso el dogma -seguido por poetas "comprometidos", aun hoy, como es, según él, García Montero, el prejuicio -digo- de separar obra y hombre. Lo ético, el compromiso está bien -dicen- para la vida personal, civil, para el hombre; la obra ha de ser aséptica, lo ideológico, lo político, lo ético la desvirtúa estéticamente; es más: según dogma del 27 y siguientes hasta hoy una obra con ideas, ideales, ética con opiniones y todo lo que quieras poner según instinto del escritor es, a priori, apoética. Es mentira: es el esteticismo burgués que deja al arte una función desvitalizada, deshumanizada y descontextualizada.

Más política e ideología que hay en Dante o en Homero...imposible. Son obras grandes porque no se les puede quitar su ideología. No como decía Eliot: que nos daría igual que fuera esa u otra ideología, pues el efecto estético las envuelve. No. Es al revés.

¿Cómo deshacernos de la crítica burguesa y de sus mundos y pensamientos únicos? Hay que leer ciencia (Einstein), hay que leer otras visiones críticas. Como me dijo Guillerno Carnero, a propósito de los románticos alemanes (Friedrich Schlegel) e ingleses: tuvieron la suerte de estar acompañados por los mejores críticos. La crítica es lo que da y hace el valor literario y crea las perspectivas. Él se quejaba de que su generación, la del 70, no tuvo crítica en España. Hoy comienzan a verse, con perspectiva, algunos logros de esa generación desde la óptica histórica europea, del mayo del 68 y los aires de cambio en todo que trajo...

Me gustaría recibir algunos de tus libros sobre la novela. Yo te enviaré también algunos libros míos de poesía.

Como adelanto, te envío esto que está inédito y quizá, si no hay censura, se publique este año. Le llamo Cancionero y rimas burlescas, es un cancionero de mi ortónimo Andrés Acedo, un libro diferente que ha sido ilustrado con poemas visuales, y es de poesía amarga y satírica sobre el tiempo que vivimos.

Le escribiré a Juan Zapato enviándole tu poema. Gracias por la confianza. Yo creo que tanto él, como los poetas que me gustan en Israel, son pacíficos y detestan la violencia antirrevolucionaria. Yo aquí en España veo también mucha hipocresía respecto a Israel, sobre todo en la progre... Es como los que dicen Euskalerría, Catalunya, Palestina como estados, pero nunca han sido tales; vale como utopías, y ahí todo derecho a luchar por ello, pero no tienen ningún derecho histórico sobre tierra o estado, pues, aparte de que jamás ha valido el derecho histórico (salvo para la muda constitución española aún actual, manipulada ab origine por las oligarquías nacionalistas que obtuvieran sus prebendas basándose en dicho supuesto, y que no les basta), si valiera el derecho histórico los romanos reivindicarían Palestina, Marruecos, Libia, etc, que eran provincias de su imperio, y los incas el Perú, y antes otros más atrás reivindicarían lo de éstos, etc). Pero es que, además, no hubo nunca un Estado palestino al que haya invadido o reprimido Israel. Eso por un lado. Luego, evidentemente, el dolor, el mal que se hace a inocentes, a niños es injustificable: no hay ninguna filosofía, ética ni menos religión ni política que lo justifique. Los judíos de Israel no son todos iguales, ni fanáticos ultrarreligiosos, que los hay, sí, y también entre ellos hay bandidos, usureros malos, inhumanos, y, por supuesto, mucha buena gente. El criptoantisemitismo español está también. En fin, que en estas cuestiones es difícil -además de lo ideológico pasional- de darle toda la razón a unos sobre otros. Yo, emotivamente, me considero judío español y árabe español, y donde español digo romano, no de la iglesia, sino romano de Catulo y de Horacio. ¿Sólo con que se dé cuenta el mundo que escribe en latín y suma y resta en números árabes? ¿Qué sería de Bill Gates sin la escritura alfa (bética) numérica? 

Los ingleses, por ejemplo, semianalfabetos aún hoy... que aún escriben mal el latín, y pronuncia i cuando escriben e... etc. A mis alumnos les diverte mucho que les diga eso y también que sé que los jodidos ingleses, alemanes, etc, que escriben en latín, hostias, nunca van a dar su brazo a torcer y a reconocer que lo leen mal y lo hablan peor. Si el monje que les enseñó a escribir en latín les hubiera dado dos leches...por leer mal lo escrito...no tendrían tantos problemas como tienen los chicos al aprender el inglés. "Peter", y dicen Piter, serán bizcos... Coño, que escriban Piter y dejen de marear.


Un abrazo, amigo Manuel


Fulgencio Martínez

martes, 10 de septiembre de 2013

LA CORRUPCIÓN SOSTENIBLE. Artículo de opinión de Manuel García Viñó.


                                                          Fuente: sincomponendas.org


El hábito de la corrupción se ha hecho ley, pero tiene que haber una barrera, para que los chorizos no se conviertan en gánsteres y el tinglado no se derrumbe sobre culpables e inocentes. ¿Cuál sería esa barrera en el ámbito de la cultura? El artículo de García Viñó, creador de La fiera literaria, repasa algunas actuaciones de la que fue ministra de Cultura del anterior gobierno de España, Carmen Calvo. ¿Moraleja? ¿Todo sigue igual con el actual ministro de Educación y cultura, Ignacio Wert, aunque el favoritismo mira ahora para la acera contraria? ¿La cultura sigue siendo un negocio en manos de una casta con extensiones políticas, no importa de qué color sea el gobierno?



                     La corrupción sostenible

                                                                 Artículo de MANUEL GARCÍA VIÑÓ               


¿Dónde está el límite? ¿Qué frontera separa las transgresiones que la escala de valores de este moralmente relajado momento histórico considera veniales, y acepta como parte de la cotidianeidad –amiguismo, nepotismo, favoritismo, nombramientos a dedo, concesiones al poderoso, práctica del do ut des, hurtos legales, marketing basado en una publicidad directa o (peor) subliminal para productos intelectuales deleznables, premios literarios y concursos televisivos amañados, plagios, silenciamientos, exclusiones, falsedades, etc -, qué frontera las separa, digo, de las que constituyen auténticos atentados contra la igualdad de oportunidades de los ciudadanos, por tanto, contra la justicia, o sea, verdaderos delitos? ¿Estamos ya tan confortablemente instalados en la mentira que, como temía el profesor Emilio Lledó, aceptamos convivir con la corrupción, como nuestros pulmones con el aire que respiran? ¿Quién señala la divisoria entre lo que prácticamente todos se permiten y permiten a otros sin remordimiento de conciencia ni protesta, y una situación de inmoralidad que puede afectar al funcionamiento de la sociedad y a la marcha del mundo, que ahora va directamente hacia el despeñadero? 


La sociedad actual vive inmersa en la mentira absoluta, dejó dicho Derrida. Y es así, en efecto, y por eso nadie denuncia, porque todos se saben carentes de autoridad moral para tirar la primera piedra. Cualquier partido -lo vemos continuamente-, si hace una acusación, la hace sabiendo que se va a encontrar con que el otro le puede replicar: “tú hiciste igual” o incluso “tú, más y peor”. Pero no le importa. Son las reglas del juego, de su juego. Lo que importa es salir del paso, en ese momento, ante una masa manipulada por los medios, que se lo traga todo. De hecho, la sociedad actual se ha acostumbrado a desenvolverse en la mentira como si ésta fuese la verdad.


El hábito se ha hecho ley, pero es indudable que tiene que haber una barrera. La barrera que impida que los chorizos se conviertan en gansters y el tinglado se derrumbe sobre culpables e inocentes. ¿Cuál sería esa barrera en el ámbito de la cultura? Temo que no se pueda precisar y también que ya se haya sobrepasado. Las acciones oficiales y oficiosas, y muchas particulares relacionadas con ellas, no sólo andan lejos de la excelencia que debería presidirlas, sino que se vencen sin disimulo del lado que, de no ser producto de un plan “consensuado” expresa o tácitamente, sería de juzgado.


Para ejemplificar lo dicho, relaciono a continuación algunas actuaciones de la anterior ministra de Cultura, Carmen Calvo, así como del presidente y la vicepresidenta del Gobierno en los comienzos de la etapa Zapatero, según las recogí en su momento en La Fiera Literaria.
 

-La ministra gestionó la celebración del cuarto centenario del Quijote , manejando muchísimos millones, como lo hubiese hecho la sociedad formada por un comerciante y el director de un colegio de los salesianos. Si de esta burda tacada no ha hecho aborrecer la genial obra cervantina –“un libro que no nació / para ser manoseado”, en versos memorables de don Álvaro Satén - y condenado a tres generaciones de jóvenes españoles, tendríamos que alegrarnos. Y –lo que más importa aquí-, a través de la Biblioteca Nacional y otros centros dependientes del Ministerio, favoreció, principal o exclusivamente, a los escritores afectos al grupo Prisa.


-La ministra (como, en ocasiones, el presidente del Gobierno) ha presentado a menudo libros editados por Alfaguara, del grupo Prisa.


-La ministra ha hecho nombramientos, como el de Rosa Regás, que ha demostrado en sus novelas desconocer la lengua en que escribe y el uso de la razón, para directora de la Biblioteca Nacional , que sólo se pueden explicar por el amiguismo o el pago de favores. Recientes encuestas demuestran que la BNE empieza a no cumplir los “servicios mínimos” y está al borde del colapso.


-En la última Feria del Libro de Madrid, el Ministerio de Cultura tenía dos casetas, una de ellas, exclusivamente dedicada a vender el Quijote de Alfaguara(Prisa).


-La ministra se trasladó a Nueva York, a costa del presupuesto, para presentar el Quijote de Alfaguara.


-La ministra propició que el Gobierno mexicano comprase a Alfaguara un millón de ejemplares de su Quijote , para regalarlos a los maestros, siendo así que otras seis editoriales españolas habían hecho ediciones de la obra cervantina.


-La ministra, acompañada de la radio y la televisión pública, ha presidido actos de promoción de empresas privadas de edición, como Alfaguara y Planeta, agraviando comparativamente a otras editoriales y utilizando dinero público para favorecer los intereses de particulares. 


-La ministra ha ignorado despectivamente tres escritos que, proponiendo medios para arreglar la situación, sobre todo de los premios literarios –todos amañados-, le ha dirigido un centenar de intelectuales –escritores, periodistas, profesores, etc. – como Juan Goytisolo, Ricardo Senabre (Universidad de Salamanca), Carlos Rojas (Emory University), José María Martínez Cachero (Universidad de Oviedo), Ana María Navales (Universidad de Zaragoza), Manuel Mantero (Universidad de Georgia), Yannia Suárez (Universidad de la Habana ), María del Carmen Porrúa (Universidad de Buenos Aires), Juan Ignacio Ferreras ( La Sorbona ), Víctor Alperi, Jorge Grau, Víctor Moreno, etcétera, etc., mientras se codea continuamente, en actos públicos, con auténticos payasos de la pseudocultura, como Joaquín Sabina.


- El primer acto público en que intervino el señor Rodríguez Zapatero, a los pocos días de su investidura, fue la presentación, en el Círculo de Bellas Artes (feudo de Prisa), de una novela de Luís Mateo Díez, editada por Alfaguara, y aun no hace un mes que se ha volcado, acompañado de seis ministros, en el relanzamiento de El capitán Alatriste , de Arturo Pérez Reverte (Alfaguara), y en el lanzamiento de la película en ella basada, producida por una empresa cinematográfica de Polanco


En el fondo de todo esto, se trataba de que un gobierno que se decía de izquierdas favorecíam el neoliberalismo mediante su apoyo al mayor grupo mediático que existe en España y, a través del ministerio de Cultura, a la perniciosa industria cultural. El profesor José Vidal Beneyto ha hablado en alguna ocasión de resistencia cultural, esto es, de favorecer una situación en la que, aceptándose como mal menor las pautas del libre mercado en otras áreas, se librase de ellas a la cultura. Pero él mismo, colaborador conspicuo de El País, y que, cuando condena a los Lagardère, los Murdock, los Berlusconi, los Endemol, etc., se olvida de Polanco, se suma a las celebraciones de los “grandes logros”, al igual que hace continuamente la ministra, que se comporta y se expresa con un triunfalismo que no se corresponde con el presente desastroso de la cultura española, que todo el mundo reconoce. Lo he señalado muchas veces. La última, en mi libro El País: la cultura como negocio: si se consultan libros de filosofía, de biología, de antropología, de estética, de ciencia de la literatura, de sociología, de física teórica, etc., en su bibliografía no aparece un solo nombre español. Según las encuestas de la UE , los estudiantes españoles son los peores. Siendo esto así, sólo a un ignorante se le podía ocurrir afirmar que “España va bien”. Los políticos afirman, cada vez que les dejan, la importancia de las bases culturales de un país. Pero está visto que, en el fondo, no se lo creen.
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                                                                  M. García Viñó

                  REVISTA ÁGORA DIGITAL SEPTIEMBRE 2013


martes, 7 de mayo de 2013

LA ROSA. Un relato de M. García Viñó. Ágora/ Relatos

                                                  LA ROSA

                                           Por M. García Viñó



La niña pasaba cada mañana camino del colegio y veía al jardinero afanado en su tarea. Cuando el ruido de los pasos de la niña le llegaba, él volvía la cabeza y la miraba. Ella también le miraba, pero ninguno de los dos decía nada. La niña tenía trece años y, desde hacía seis meses, vivía en aquel barrio, cuyas casas estaban casi todas rodeadas de jardín.
Había muchos jardines en el barrio, extenso y alejado del centro comercial de la ciudad, y sin duda también había muchos jardineros. Pero ningún jardín era como aquél y, seguramente, tampoco ningún jardinero se parecía a éste que cada mañana, cuando sonaban sus pasos, volvía la cabeza y la miraba.
La diferencia de este jardín con los demás estribaba en el hecho de que, en él, el colorido de las flores prevalecía sobre el verde de los arbustos y los árboles, con ser aquéllos espesos y éstos bastante corpulentos. Pero las flores eran muy grandes, de un tamaño tres o cuatro veces superior al normal en cada especie, y su color era intenso y brillante, de forma que atraía la mirada y afectaba el sentido de la vista de una manera absorbente, eclipsando el conjunto uniformado por el matiz imperante en el reino vegetal. También el jardinero era diferente. La impresión que daba a la niña era la de no ser un operario a sueldo, como tantos que recorrían cada semana varias docenas de hotelitos, podando, regando, sembrando, dando consejos y acarreando tierra o abonos, llevando de acá para allá trasplantes o semillas. Éste se comportaba como si fuese dueño del vergel que cuidaba, o un botánico a la busca de ejemplares raros y sorprendentes.Además, ocupaba siempre el mismo lugar, manteniendo idéntica postura, excepto cuando miraba a la niña.
Cuando llegó a vivir allí, la niña ya sabía por su madre y por algunas amigas que, un día ya no lejano, dejaría se ser súbitamente una niña y se convertiría en una mujer. Lo que nadie le anunció y le produjo sorpresa fue que, cuando el presentimiento, durante algún tiempo alertado en un tirón hacia fuera de los rosados botones de sus pechos, cuajó en calidez, en humedad, en calor entre sus muslos, todo empezó a ser distinto a su alrededor. El milagro se produjo en la soledad silenciosa de la noche y, por la mañana, notó que al aire era más denso y los perfiles de las cosas parecían ofrecerse como signos de una escritura descifrable. Esta mañana, cuando el jardinero, al oír sus pasos, volvió la cabeza hacia ella, la niña se detuvo y le dirigió una sonrisa.
El hombre se irguió del todo y soltó la azada, y la azada, al caer sobre la tierra húmeda, produjo, en el silencio inaugural, un trueno redondo, de largo y sibilante eco. La niña también dejó caer sus libros, dio un paso y apoyó las manos, cada una en una lanza, en la verja. Acentuó la sonrisa, porque un oleaje de estremecida dicha ascendía por la piel de su vientre y sus caderas, de su pecho y su garganta, y por los labios entreabiertos.

  - Tiene usted flores preciosas - dijo.

El hombre movió la cabeza como negando, pero no como negando la afirmación de la niña: su gesto expresaba asombro; parecía como si encontrara increíble que la niña, por fin, dijera aquello. La niña así lo entendió y lamentó haber pasado tantos días de largo, sin decir nada.


- Ven -dijo el hombre, ven a verlas.

Con la mano tendida, avanzó hacia la cancela, situada a un extremo de la verja, al ras del seto de la casa colindante. Y hacia allá, tras una breve indecisión, avanzó también la niña. Llegaron a la vez al lugar del encuentro. Sus miradas ya estaban unidas y ahora se unieron también sus manos.

En este instante, sólo en este instante al cabo de tanto tiempo, reparaba la niña en que el hombre vestía túnica, una túnica gris, ceñida a la cintura por una faja de esparto, de la que colgaban argollas para llevar las herramientas; y que era bastante mayor de lo que siempre creyó: casi un anciano, aunque fornido y esbelto.

  - Ven -repitió el jardinero.

Sin soltarle la mano, la condujo hacia el centro del jardín, hasta un lugar desde el cual no era posible ver las demás casas, ni la calle, ni la verja. Y la niña, aunque lo que quería era admirar las flores, no podía tener conciencia sino del calor y la suavidad del tacto de la del hombre, de su lento y cadencioso caminar, del abisal silencio.

  - Mira -­ señalando.
  - Mira.
  - Mira.

..............................................................................................

¿Cuántas veces lo dijo? Era como una orden que ella no pudo obedecer hasta que él la soltó y, empujándola suavemente por la espalda, la hizo acercarse hasta el borde de un parterre en forma de estrella de cinco puntas.

  - Éstas no son las mejores –dijo el hombre y, por primera vez, su voz no sonaba neutra. Vibraba en su tono un orgullo infantil que la niña encontró penoso y le hizo sentir lástima del jardinero. Sin reflexión, se dijo que aquel día también debería haber pasado de largo.

Pero estaba allí, la mirada fija en las flores: las rosas más grandes, más brillantes, más vivas que había contemplado nunca. Las había blancas, amarillas, rosas, rojas y… Y más rojas aún, de un rojo intensísimo, acardenalado, un color que no había visto con anterioridad a aquella noche, cuando resbaló espeso y caliente por sus muslos.

La niña sintió vergüenza, como si hubiese expresado en voz alta sus pensamientos; como si, de pronto, se hubiese quedado desnuda ante el desconocido con cuya mirada no se atrevía a enfrentarse; como si no fuesen aquellas flores anómalas, enormes, vivas, carnosas, repulsivas, sino el estallido de su feminidad, lo que manchase los bordes del parterre.

No se atrevía a moverse. Permaneció inmóvil largo rato, hasta que el hombre, tomándola de nuevo de la malo, haló de ella, conduciéndola hacia detrás de la casa.

  -En el invernadero –dijo- es donde están las mejores… Las mejores y la mejor, porque todavía es una sola.

De nuevo un balido infantil en el tono tristemente orgulloso. De nuevo el blando y silencioso caminar, el cálido y suave tacto, el planetario silencio, llenando la conciencia de la niña.

  -Entra.

Para empujar la puerta, la soltó, y entonces pudo ella reparar en el invernadero de cúpula puntiaguda, inmenso como una catedral de vidrio entre las copas de los árboles.

Fuera, había contrastes de sombra y luz, perfiles netos, variedad de colores. Dentro, todo se apelmazaba uniforme, sin matices ni vibraciones. Desde fuera, no había podido ver nada del interior del espacio acristalado. Desde dentro, veía las nubes, los árboles, las plantas, las flores, los setos, el sendero por donde caminara hacía un instante, pero bajo el aspecto terrorífico de ser su propia negación, su molde inverso. Cielo opaco, tierra maldita, escupiendo hacia sus ojos espantados la viscosa amarillez de su humor y su aliento cadavérico.

Evocó la niña el firmamento diáfano y azul de aquella lejanísima mañana de aire perfumado y denso, sus libros derramados en la acera; evocó el mantel a cuadros de la cocina de su madre, el tazón de leche del desayuno; el último vestido que había estrenado y sus muñecas colocadas sobre el techo del ropero… Pensó, creyó oír las risas de sus compañeras de clase, el zumbido de la cuerda del saltador, la voz de la maestra… Pensó y reconstruyó su vida toda, a partir de una caída del columpio en el parque infantil de una ciudad remota, deteniéndose en acontecimientos insignificantes, hacía tiempo olvidados; experi- mentando, al revivirlos, al sentirlos tan cercanos, una infinita nostalgia. 

La atenazaba el miedo a no volver a ver, a no volver a vivir nada de aquello; la atenazaba y le impedía ver que el jardinero le hacía señas. Hasta que el tacto de la mano de él, de nuevo asida a la suya, disipó su obnubilación, aunque no su miedo.

  - Allí están las mejores, la mejor...

La hacía avanzar hacia el fondo del invernadero, hacia la pared transparente tras de la cual podía verse, amarillo y difuso, un pequeño cementerio. Tumbas sin cruz, pero con muchas flores sobre las losas de rugosa piedra.

Rosas más grandes aún, monstruosas, deformes, palpitantes como medusas, y que parecían exhalar un quejido con cada pálpito. Rosas más rojas que la más roja que había visto en el parterre en forma de estrella de cinco puntas, rodeando un tiesto de cristal translúcido, dentro del cual se contorsionaba una rosa aún mayor, más brillante, más carnosa, más viva, negra...

  - Es mi obra maestra. Necesita un cuidado exquisito y un exquisito alimento. No puedo fallar… Ni la menor distracción me está permitida… He de regarla de noche, cada hora, con sangre de…

Cuando la niña empezó a gritar enloquecida, el hombre rompió a reír, a reír por momentos más recia y convulsivamente. Y sólo dejó de hacerlo para impedir que su nueva víctima cayera al suelo.


Manuel García Viñó (Sevilla, 1928) es escritor, ha publicado novela, ensayos de crítica cultural y literaria, y poesía. Entre sus novelas: La pérdida del centro (1964), El puente de los siglos (1986); entre sus libros de poesía: Ruiseñores de fondo (1950, Rialp). Apuesta, en su creación novelística, por la novela metafísica, que expresa la inquietud de la existencia humana.
                             ÁGORA DIGITAL MAYO 2013                                           

domingo, 5 de mayo de 2013

Un artículo de Manuel García Viñó. Manifestaciones. Ágora / El Mono Gramático





                                                MANIFESTACIONES

Si ustedes frecuentan las tertulias, los debates y las mesas redondas radiofónicas y televisivas –e igualmente si atienden a la prensa escrita—comprobarán que los tertulianos, tanto como los políticos y los periodistas, se muestran partidarios del derecho de los ciudadanos a manifestarse. Lo curioso es que cuando los ciudadanos deciden recurrir a la convocatoria de una manifestación, los mismos –periodistas, políticos y cerebros pensantes de toda condición-- se muestran furiosamente contrarios a que lo hagan. Es una actitud curiosa y paradójica: le reconocen el derecho, pero con tal de que no lo ejerzan. Apenas el que ellos llaman pueblo soberano anuncia que va a ejercer el derecho que ellos mismos le conceden, los que se dicen representantes de ese pueblo y sus medios de comunicación se dedican a demonizarlos y a pronosticar que su acción será violenta. Esto es, condenable a priori.

“Violencia” es la palabra talismán de que se pertrecha de razón la gente de bien frente a los manifestantes, que constituyen, al parecer, un peligro que se ve venir. Gente de bien que no se para a pensar que si derribar una valla es un acto violento también lo es ponerla para impedir que la gente pueda caminar por una vía pública. Sobre todo cuando va acompañada por la brutal (violenta) actuación de la policía. 

Estos hechos significan un reflejo muy gráfico de esta falsa democracia, que no es sino una oligarquía de partidos. 

Naturalmente, si las manifestaciones incomodan a los neodemócratas o, mejor, pseudodemócratas, ¿qué decir de los escraches? ¡Santo cielo! ¡Venir –o ir— a perturbar la sobremesa o la siesta de una prócer o de un prócer! He observado que, en todas las protestas de los escrachados y sus partidarios se ha invocado la presencia de niños al otro lado de las puertas de las viviendas asediadas. Niños que se han asustado o, por lo menos, han visto alterada su tranquilidad. Y es que –no hay que decirlo -­ se trata de niños hechos de un material distinto al de aquéllos que ven interrumpida su triste cotidianeidad para ser puestos en la calle. Como decía Campoamor, todo es según el color del cristal con que se mira. 

Yo pienso que el próximo paso no debe ser un escrache, sino la toma de la Bastilla.

                                                                  M. García Viñó 
 



Manuel García Viñó es crítico de arte y de literatura, novelista, estudioso de la novela española contemporánea y poeta. Creó La fiera literaria, boletín del Centro de Documentación de la Novela Española. Entre otros ensayos polémicos que  diseccionan la fachenda del negocio cultural-, es autor del ensayo El País. La cultura como negocio (2006). 

Ha escrito, también, obras de referencia para el estudio de la novela española: La novela española del siglo XX,  Teoría de la novela, Novela española actual, La novela española desde 1939: historia de una impostura. Son clásicos sus estudios sobre el arte narrativo de Ignacio Aldecoa y sobre Bécquer y el esoterismo en sus leyendas.

A principios de 1960, comenzó a publicar crítica de arte en La estafeta literaria, una revista literaria prestigiosa del final del franquismo y principios de la llamada Transición. En las páginas de La estafeta literaria, asomó la información literaria más abierta en su momento (textos y entrevista, por ejemplo, a Jaime Gil de Biedma).   

La revista de Barcelona Anthropos dedicó un número extra al estudio del concepto y la práctica de la novela "metafísica" de García Viñó: "Manuel García Viñó. El realismo total, nuevo visión de la novela" (VV,AA.Ex.4 Anthropos editorial).

                ÁGORA DIGITAL MAYO 2013