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martes, 24 de febrero de 2026

UNA SELECCIÓN DE ENTRADAS DE "ENCRUCIJADAS. A SALTO DE MATA 2", DE JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET / Textos y selección de José Luis Zerón Huguet. Presentación de Juanjo Martín Ramos / Ágora N. 37. Nueva Col. Marzo 2026 / El Mono Gramático

 



UNA SELECCIÓN DE ENTRADAS DE ENCRUCIJADAS. A SALTO DE MATA 2, DE JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET

 

                                              

Textos y selección de José Luis Zerón Huguet

 

Presentación de Juanjo Martín Ramos

 

 

 

Encrucijadas. A salto de mata 2

José Luis Zerón Huguet

Ed. Polibea, 2025 

 

 

Continuación de A salto de mata (Fragmentos de un diario, 2008-2016) (Ediciones Frutos del tiempo, Elche, 2023), con el que Zerón Huguet quedó finalista de los Premios de la Crítica de la Comunidad Valenciana en 2023, el autor compila, en esta nueva entrega titulada esta vez Encrucijadas, numerosos recuerdos, intuiciones, anécdotas personales y muchas recomendaciones literarias, musicales y artísticas y, como novedad, añade algunas notas relacionadas con acontecimientos políticos o cívicos, en un discurso en el que se entremezclan reflexiones meditadas con impulsos instintivos, argumentos firmes con otros más vacilantes, sobre un estilo en el que la seguridad y la duda conviven, no como contrarios, sino como aliados.

            Como en A salto de mata, Encrucijadas también se estructura en cuatro partes: La primera -"Mirar, escuchar, leer"- tiene mucho que ver con la literatura y las artes, y recoge críticas, reseñas breves, apuntes sobre libros, cuadros, piezas musicales y breves reflexiones de corte estético. En el segundo bloque -"Los puentes que cruzamos"- abundan las anécdotas personales, las estampas literarias, los recuerdos, las meditaciones sobre la naturaleza o el entorno en el que transcurre la vida del autor. La tercera sección -"Lampos"- reúne una serie de brevedades (cercanas al arte del aforismo): anotaciones gnómicas, lamparazos poéticos, chispazos conceptuales y líricos.

            Como novedad, la cuarta parte, la más breve -"La crecida (2019)"-, concebida como una separata, narra la riada de 2019, una de las más catastróficas que ha sufrido la comarca de la Vega Baja, y en ella se da cuenta, desde una perspectiva muy personal, del desastre y los días posteriores, cuando las aguas bajaron y la ciudad de Orihuela trató de volver a la normalidad.

            Zerón Huguet sabe, y da cuento de ello en estas páginas, que la vida es peripecia fugaz, pero a través de su mirada sabe fijarla en una palabra que recibimos no sólo como testimonio, sino como invitación a un viaje compartido del que no podemos sino sentirnos testigos y cómplices privilegiados.

 

Juanjo Martín Ramos, editor de Polibea

 

 

 

                                              

Selección de Encrucijadas

 

ME asombra, me subyuga, me inquieta y me perturba el cine de Béla Tarr. Sin embargo, lo que más me atrae de sus películas no es la circularidad asfixiante y neurótica, ni el formalismo exacerbado, ni esos personajes lánguidos que hablan poco y, cuando lo hacen, parecen sibilas u oráculos. Tampoco es el onirismo, la metafísica a partir de una materia extenuada, la poética de los objetos domésticos más humildes e insignificantes, el apego al plano secuencia, ni la coreografía estática en la que tiempo, personajes y espacio se mueven en una lenta e impasible danza. No es la idealización del animal, ni que el universo esté por encima del ser, ni la trascendencia —pues no hay verdad, y si la hay, es inalcanzable—. No es el aire apocalíptico o la sensación de inminencia fatídica, ni la espera de quien, sintiéndose condenado al vacío, no desespera, sabiendo que lo que adviene es la nada... Lo que verdaderamente me fascina es el tratamiento del audio en sus películas. Grifos que gotean, silbidos, canturreos, el ronroneo de las máquinas, susurros de los elementos, música de verbena o de pasacalles —ya sean notas mínimas o repetitivas hasta el paroxismo—, ruidos percutientes, molestos, disonantes, chirriantes, pegajosos, horadantes, que intervienen tanto en la conciencia de los personajes como en la del espectador

 

ESCRIBE Edvard Munch, en El friso de la vida: «No creo en el arte que no se haya impuesto por la necesidad de una persona de abrir su corazón. Todo arte, la literatura como la música, ha de ser engendrado con los sentimientos más profundos. El arte son los sentimientos profundos». Estos días, encuentro afirmaciones parecidas leyendo los Diarios de Odilon Redon y las Cartas a Theo de Van Gogh. La poesía y el arte tienen un fuerte sustento emocional, sí, pero la emoción también se fragua desde el pensamiento. No hay que olvidar que es una manifestación intelectiva antes de llegar a ser emoción.

Lo he dicho muchas veces en debates, entrevistas, mesas redondas, etc. Ocurre, por tanto, que hoy muchos artistas y poetas creen que basta con expresar las emociones y los sentimientos en bruto, sin procesarlos, y olvidan que en todo acto creativo es tan imprescindible el gesto emotivo como la labor tamizadora de la razón. En el lado opuesto, también hay una tendencia actual y muy posmoderna que peca de excesivo intelectualismo, desdeñando los sentimientos más profundos y la pulsión intuitiva. Creo que toda manifestación creativa depende de un equilibrio paradójico entre la intuición y la razón, y el lenguaje poético, especialmente, hace posible tal convivencia aparentemente imposible. Recuerdo el célebre verso del «Credo poético» de Unamuno: «Piensa el sentimiento, siente el pensamiento», o la frase de Pessoa en El libro del desasosiego: «La mayoría piensa con la sensibilidad y yo siento con el pensamiento»

 

HE sacado de la biblioteca el IV tomo de las Obras Completas de María Zambrano (Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores), atraído especialmente por los escritos autobiográficos y diarísticos de la filósofa. Al hojearlo, me encuentro con un texto titulado «Presencia de Miguel Hernández», publicado en El País el 9 de julio de 1978. Sin embargo, fue enviado un año antes a la revista francesa Entretiens con el título «Breve noticia de Miguel Hernández», aunque no llegó a ver la luz en esta publicación. Conocía de este hermoso texto algunos fragmentos citados por hernandistas, pero hasta hoy no había tenido la oportunidad de leerlo en su totalidad. Creo que es la semblanza de mi paisano más bella y profunda que he leído, aunque no esté exenta de cierta idealización.

Sin embargo, me surge una duda: me pregunto por qué, siendo tan amiga de Miguel Hernández, María Zambrano tardó tanto en escribir ampliamente sobre él por primera vez. La autora de Claros del bosque se unió a la cadena de homenajes a la figura de su querido amigo oriolano tras la muerte de Franco. No puedo evitar ser malicioso y pensar que María Zambrano actuó con ventajismo al reivindicar tardíamente a Miguel, quizá porque no creyó firmemente en su poesía. La misma autora reconoce que comenzó a escribir este texto años antes de publicarlo, a instancias de un amigo. Pero insisto, ¿por qué no lo publicó entonces, cuando el homenajeado era menos conocido?

        Es probable, dado el extenso corpus bibliográfico sobre el autor de El rayo que no cesa, que alguien ya hubiera reflexionado sobre lo mismo que yo y lo hubiera plasmado por escrito. Si es así, lo ignoro o no lo recuerdo. Le preguntaré a Aitor, que lo sabe todo sobre Miguel Hernández.

 

MI admirado Thoreau me resulta antipático cuando pro clama sin tapujos la supremacía de la prosa sobre la poesía, incluso si se trata de una poesía de altura. A la poesía le reprocha su insignificancia, su incapacidad para conquistar grandes territorios. Thoreau encuentra lo sublime en el potencial de la prosa y su largo recorrido, mientras que la lírica se le queda pequeña con sus humildes incursiones y raquíticas conquistas. Pero Thoreau, me temo, confundía sublimidad con ampulosidad, intensidad con énfasis, cantidad con calidad.

Por otra parte, es curioso que un poeta romántico como Edgar Allan Poe, indiscutible representante de la poesía sublime, fuera al mismo tiempo un esmerado crítico con una sólida base lógica, demostrada especialmente en sus dos célebres ensayos El principio poético y Filosofía de la composición. Precisamente el primero comienza con la famosa afirmación en defensa de la brevedad de la poesía que Thoreau despreciaba. Para Poe, la poesía solo puede ser breve si aspira a una validez absoluta, y este principio, como señala certeramente Mario Praz en El pacto con la serpiente, «justificará la predilección por el fragmento en muchas generaciones de poetas posteriores y la identificación de la poesía con la brevedad».

 

MARINA Tsvetaeva definió lo poético como la máxima intensidad y añadió que no puede ser excesivo lo lírico, pues lo lírico en sí mismo es excesivo. Concuerdo con ella. Aun la poesía más despojada, reflexiva y sobria de dicción resulta excesiva. La desmesura es la condición absoluta de la poesía, entendiendo como excesivo una suerte de afán codicioso por penetrar en la realidad hasta llegar a su sentido más hondo e íntegro, una necesidad extrema de desvelar sus contradicciones, sus crueldades, su fealdad, su sinsentido y también la belleza y el miste rio de sus maravillas y prodigios. Esto provoca una férrea alianza del arte y de la vida. La poesía es extrema porque, como escribió Saint John Perse, «el amor es su hogar, la insumisión su ley»

 

FRENTE a «el infierno son los otros» (Sartre) o «el infierno somos nosotros» (Milton), o «la angustia está en nosotros» (Kierkegaard), propongo «el paraíso se encuentra en nosotros» de Anselm Kiefer, o al menos «en nosotros están el infierno y el paraíso» de Wilde. Y pido que nos dejen soñar, que nos dejen sentirnos vivos y capaces de decidir nuestro destino; que nos dejen creer en las causas justas; que nos dejen indagar en las realidades que sub yacen en la realidad comúnmente aceptada; que nos dejen mirar el mundo de manera reflexiva y fecunda; que nos dejen asombrarnos con las pequeñas maravillas de la vida cotidiana sin que nos sintamos culpables ni ingenuos; que nos dejen ser valientes y voluntariosos para poder cuestionarlo todo y, así, avanzar y cambiar hacia rumbos mejores; que nos dejen experimentar el placer de existir, aunque caminemos en la cuerda floja; que no nos recluyan en un cómodo nihilismo. Sobre todo, que podamos resistirnos a ser meras víctimas de la manipulación informativa, de la demagogia, de la religión del consumo y de la desidia propia… En fin, que seamos capaces de ser más creativos, aun ligados a las quimeras vitales

 

ESTOY leyendo con gran placer La noche más profunda de Coradino Vega, una deliciosa biografía novelada del escritor rumano Mihail Sebastian y del crispado ambiente político y cultural que vivió Rumanía en el periodo de entreguerras y durante el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Cuando leí el diario de Sebastian, sentí la misma perplejidad que me transmite ahora esta excelente novela. Resulta difícil de entender que personas de gran calado intelectual como Ionescu, Cioran, Eliade o Petrescu (incluso E. Ionesco) se deslumbraran por el matonismo de los legionarios de la Guardia de Hierro y pensaran que ellos encarnaban (como en España la Falange, en Alemania el nazismo y en Italia el fascismo) el resurgimiento de Europa, erigiéndose en legítimos custodios de las mejores esencias de Occidente. Mientras una gran parte de los mejores intelectuales y creadores rumanos se convertían en voceros de ideologías tan graves como simplistas, Sebastian resistía, cada vez más aislado, al igual que Berenger, quien se negaba a metamorfosearse en un perisodáctilo en la pieza teatral El rinoceronte del mencionado Ionesco. Sebastian también se quedó solo y vulnerable ante el avance de la in tolerancia y el fanatismo de sus amigos y colegas, y como judío se salvó de milagro de morir en las cámaras de gas. Desde luego, me identifico con Mihail Sebastian: menos apasionado, osado y hasta puede que menos brillante que los intelectuales rumanos más conocidos de su tiempo, pero sí más lúcido y, a la postre, más valiente que ellos por no seguir a la grey.

Yo también recelo de las ideologías cuando estas tratan de imponerse. Desconfío de las causas con mayúsculas que no ven más allá de las propias apariencias, de los activismos que terminan pasando de moda, pero que, mientras están vigentes, coartan el debate y se ideologizan, apartándose de la realidad social. Causas que terminan siendo engullidas por el bucle del consumismo. Me asusta la proliferación de eufemismos o neolenguajes ideados por los dueños del sistema para manejarnos mejor. En definitiva, me dan miedo las masas y medito mucho antes de emitir un juicio de valor. Y si me decido a implicarme en la defensa de una causa justa es porque creo firmemente en ella y no porque esté condicionado por el discurso dominante. Lo admito: nunca seré un buen activista porque no tole ro las aglomeraciones, ni los tópicos propagandistas, ni las consignas, ni los gritos de arenga, ni la obediencia disfraza da de rebeldía, ni las pancartas, ni el ruido tragicómico de las manifestaciones. No sé si soy un egregio (en el sentido más etimológico del término: fuera del rebaño), un outsider, o solamente alguien que duda porque reflexiona. Pero mis hechos han demostrado (o eso creo) que no soy un insolidario, ni tampoco un individualista cobarde y egoísta.

 

EN el proceso de racionalización permanente por parte de la ciencia, empeñada en explicar el cosmos, se produce un efecto contrario al esperado. Cuanto más se desvela, más fascinante resulta el enigma. ¿Acaso no es más misteriosa y terriblemente bella en su desolación la Luna, ahora que sabemos que es un astro muerto cubierto de polvo, rocas y cenizas? ¿No es ahora, que ya ha sido estudiada a fondo y poseemos miles de imágenes de su superficie, cuando se vuelve mucho más imponentemente misteriosa que cuan do apenas sabíamos nada de su naturaleza? Lo mismo ocurre con el Sol, los planetas de nuestro sistema solar, las estrellas lejanas y las galaxias.

El misterio está ahí: la imagen del misterio y una serie de certezas e hipótesis sobre el mismo. Sin embargo, el acercamiento de la ciencia ha demostrado que el universo es mucho más sublime de lo que habíamos imaginado. Los mitos, así como la razón instrumental, languidecen ante su formidable naturaleza, de modo que cada hallazgo encierra un misterio o varios. El lenguaje de las matemáticas resulta insuficiente para expresar lo que en realidad es inefable; es decir, no se puede representar una verdad inalcanzable para la explicación racional del mundo.

 

MI hijo y yo volvemos a pasear por la finca La Caseta («El África»). La noche es húmeda y un poco fresca. José Luis, que es muy friolero, lleva puesta la capucha de la sudadera y un pasamontañas que le cubre el rostro. El cielo está cubierto y presenta un color anaranjado, creado por el reflejo de la luz de la ciudad. Hay una claridad lechosa. Esta noche han iluminado la Cruz de la Muela (dicen que más de mil personas subirán en romería; la multitud ya debe de estar concentrada allí arriba). Al norte, el cielo está despejado y se ve con nitidez la luz fantasmagórica de la cruz en la cima de la montaña. Dos liebres cruzan el camino como una exhalación y desaparecen entre la vegetación. Los ladridos de los perros se extienden en la lejanía. Suena, lenta y lastimeramente, el canto de dos alcaravanes que parecen haber iniciado un diálogo, y de vez en cuando se escucha el agudo voceo de un pavo real. El viento crea gamas de glissandos.

Al llegar a la caseta, escuchamos un sonido siniestro, como el de una máquina diabólica de otro mundo; proviene de la carretera de Hurchillo. Pasado un minuto aproximadamente, el sonido se hace más reconocible: lo provoca el camión de la basura. Pero, al momento, otro ruido nos pone en vilo cuando observamos la higuera frondosa situada en un lateral de la alquería. Parece como si un motor se acercara a toda velocidad por los huertos situados en la parte trasera de la casa semirruinosa. No creemos que sea un vehículo, pues no se ve luz alguna, pero el sonido resulta inquietante. Enseguida comprendemos que es un efecto creado por el rumor del agua de una acequia.

Mi hijo se asombra de la naturaleza engañosa de las percepciones, y yo le digo que aquello que nos parece un mundo unitario es, en realidad, una armonizada interrelación de diferentes mundos sensibles que nunca podrán entablar una plena comunicación. Los perros tienen un olfato mucho más sensible que el nuestro; dicen que un millón de veces más. El delfín se orienta mediante ultra sonidos, las serpientes ven el calor de sus presas median te rayos infrarrojos, y los pájaros y las abejas pueden percibir lo ultravioleta. Leibniz dijo que cada mónada refleja el universo entero desde una perspectiva particular.

          José Luis apunta que le agobia no poder sintonizar con otras longitudes de onda, que nunca podremos comunicarnos con los pájaros, reptiles, insectos, etc., y que a lo sumo solo podemos entender cómo funciona ese lenguaje verbal, tan recóndito como insólito. Yo también experimento esa sensación angustiante de no poder ac ceder a otros planos de la realidad que no están en otros mundos, sino en la propia arquitectura natural. Acordamos que esta imposibilidad de alcanzar la fusión entre el observador y lo observado constituye el ejemplo más claro de la realidad como un fenómeno vaporoso. A pesar de ello, concluimos que la percepción es una aventura fascinante, pues en sí misma es la aventura de vivir.

Le hablo a José Luis del filósofo británico Sir George Berkeley, conocido como el obispo Berkeley. Consideraba que no existían los objetos, sino la percepción que se tenía de ellos. Sostenía este filósofo que todo conocimiento empírico se obtiene a través de la percepción directa y que el conocimiento del mundo puede purificarse y perfeccionarse eliminando el pensamiento, o sea, desintelectualizando las percepciones humanas, de modo que si lográramos captar las percepciones puras, seríamos ca paces de conocer los secretos más profundos del mundo natural y del mundo humano.

       —Pero ese filósofo era un idealista —apostilla mi hijo con escepticismo.

       —Sí lo era. De hecho, su aportación filosófica fue conocida como idealismo subjetivo.

En ese momento, cuando alcanzamos la carretera de regreso a casa, pienso que soy el padre de un adolescente grave, meditabundo, introvertido, enclenque pero sano, inteligente y talentoso, aunque mal estudiante, inconsciente todavía de las dentelladas del tiempo, aparentemente descuidado pero constante en sus aspiraciones; un chico que se parece mucho a quien yo era a su edad y que, un día no muy lejano, cuando paseemos por estos caminos, me hablará desde su madurez, acortando su paso con deferencia para que yo pueda seguirle.

 

SUEÑOS intensos toda la noche. Invento una ciudad con retazos de todas las ciudades que he visitado: la ciudadela de la conciencia y de la muerte, la emulación del paraíso, fundada por Caín y su horda. Un amplio espectro arquitectónico y paisajístico: palacios suntuosos entre descampados, iglesias con grandes escalinatas pobladas de gente, estatuas de bronce y mármol, jardines umbríos con plantaciones prodigiosas, callejas que ascienden en cuestas casi imposibles, castillos ruinosos, niños callejeros que corren por las orillas de un río manso rodeado de chalés, olmos, álamos, hojarasca… Enjambres de calles antiguas con casas palaciegas desembocan en gran des avenidas, edificios singulares y parques despoblados, fábricas infernales, carreteras comarcales entre bosques, autopistas desoladas, un conjunto de rascacielos en un prado de montaña, una central de energía eléctrica en lo alto de una rambla, un laberíntico trazado de túneles y canales, barrios comerciales, galerías con soportales, zonas residenciales, arrabales sucios y barrios vetustos cuyos habitantes miran con desconfianza al desconocido. Se mezclan la ciudad monumental y turística con el esplendor decadente de la arquitectura clásica y la feroz mente contemporánea, con sus enormes estructuras urbanas y los espacios basura.

          En algunas escenas voy solo y relajado, disfrutando del paisaje; en otras, me acompaña Ada, y ella tiene miedo porque no conoce la ciudad y cree que nos hemos perdido. Y está en lo cierto, pero trato de calmarla haciéndole creer que sé por dónde andamos y que pronto encontraremos la estación del ferrocarril para tomar el tren que nos llevará a casa. Lo cierto es que estamos perdidos, pero estoy seguro de que pronto encontraré un lugar familiar que me devuelva la tranquilidad; sin embargo, cada vez nos adentramos en lugares más desconocidos y saltan las alarmas. Hay momentos en que la luz es luminosa, amarilla e intensa, pero el sol se siente amargo. En otros, el día está agrisado y triste, y a veces se hace de noche y la luz es tenue y anaranjada.

          También sueño con playas desconocidas. Playas hermosas entre acantilados o remansos de agua entre las rocas. Apenas hay bañistas. Para llegar a alguna de es tas playas, camino (me acompañan Ada, mis hijos y una presencia desconocida) por el arcén de una carretera. Al fondo se ven edificios y construcciones futuristas. La luz es muy intensa, casi cegadora

 

SALGO a la calle. Almadías de nubes grises y granas levantan una respiración de lluvia. La mañana está nublada y sopla un viento erizado de polvo que moldea las nubes. Presiento que el acontecimiento está aquí, y no es la lluvia —que tal vez caiga esta tarde, no ahora—. Es algo indefinido que está a la vuelta de la esquina y que no tardará en manifestarse. Pero, probablemente, no ocurrirá nada; así, el suceso en sí es esta misma sensación de inminencia: la incertidumbre de estar vivo…

 

MI tendencia a la abstracción a veces me juega malas pasadas, planteándome interrogantes imposibles y haciéndome imaginar compulsivamente mundos que existen en este, pero a los que nunca podremos acceder. Esa incapacidad para llegar al fondo de la realidad, penetrar en las fisuras insondables del mundo visible y atisbar lo que queda fuera de nuestro alcance por ser demasiado vasto o demasiado diminuto, me asusta y me atrae al mismo tiempo. Estas especulaciones mentales, lejos de calmar me, me llenan de tristeza y desesperanza, pues al final siento la esterilidad de mi esfuerzo y la certeza absoluta de mi frágil ignorancia y mi ridícula pequeñez.

Desde mi infancia, me han inquietado aquellos gran des interrogantes que las religiones, los sabios iniciados y, hoy en día, la ciencia intenta responder. Ya de niño, intenté compartir esas preocupaciones con mi familia y amigos, pero solo obtenía incomprensión, desdén o advertencias sobre la inutilidad y los peligros de tales obsesiones. Esto me hizo sentirme aislado por un tiempo, como si estuviera perdido en medio de una mayoría indiferente y una minoría de iniciados que jamás revelarían el secreto de sus conocimientos.

          Con el tiempo, aquellas obsesiones fueron mitigándose, pero a veces regresan para alterar mi paz. Siento miedo y, sobre todo, angustia cuando me enfrento al abismo de mi ignorancia, un abismo tentador y vertiginoso al que no puedo asomarme porque estoy confinado, limitado, conde nado a la imposibilidad de volar, sumergirme, fusionarme o transformarme. Me siento como un antiguo barco vara do en el mar de los Sargazos. Como ser humano, no tengo la capacidad de acceder empíricamente a lo que imagino o intuyo, a esa parte de la existencia, real o potencial, física o metafísica, que permanece desconocida.

          Esta tarde, mientras esperaba el sopor dulce que me sumerge en el descanso, me preguntaba: ¿Dónde estaba antes de nacer y adónde iré cuando todo termine? ¿Qué es la nada, que yo visualizo como una ciénaga densa y os cura? También me preguntaba cómo sería el mundo cuan do no había nadie para percibirlo, y cómo puede haber existido si nadie lo observaba. Reflexionaba sobre el lugar infinitesimal que detonó la inmensidad tras su estallido. Pensaba en el significado de los cantos de las ballenas en las profundidades oceánicas, en los abismos inexplorados del mar, y en la apariencia de los exoplanetas lejanos o las sensaciones que tendría si pudiera entrar en el corazón del sol, en Júpiter, o en las profundidades de un agujero negro. También me preguntaba cómo pueden existir criaturas ciegas en grutas y cavernas, seres que no perciben formas, colores ni luz. ¿O sí? ¿Quizá poseen sentidos inimaginables para nosotros?

Meditaba sobre la vida microbiana, en aquellos primeros paramecios que solo percibían la luz pura, en la paciencia instintiva de las arañas al tejer sus redes, en las feromonas que provocan comportamientos específicos en otros individuos de la misma especie, como la increíble capacidad de las polillas para detectar el olor de una hembra a veinte kilómetros de distancia. Me inquietaba saber que el lenguaje animal, basado en códigos sensoria les, es indescifrable para nosotros. Recordaba teorías como el ‘orden por fluctuación’ de Prigogine o el ‘orden procedente del ruido’ de Von Foerster, y otras muchas especulaciones que nunca podré entender. Me sentía asfixiado por las limitaciones de mi propia mente, desconectado del resto de seres vivos y de la materia, a pesar de que la biología nos dice que todos los organismos vivos compartimos un antepasado común. Me inquietaba pensar que la inteligencia y la creatividad son respuestas desesperadas ante nuestro extravío en el mundo.

Pensaba en la criatura que habita la crisálida, esa extraña entidad mitad larva, mitad mariposa, en una existencia misteriosa entre la vida y la muerte; en nuestra incapacidad para tener una mínima noción de lo que sienten los peces o los espermatozoides en su carrera hacia la vida. Me vino a la mente la prodigiosa naturaleza de las cucarachas, capaces de sobrevivir sin cabeza durante días. En suma, reflexionaba sobre la naturaleza voraz y despiadada, el resultado de un conflicto irresoluble entre Eros y Tánatos.

También imaginaba los desastres que se producen dentro de nuestro cuerpo para que todo funcione correctamente, y en los miles de millones de conexiones neuronales que hacen posible que yo piense e imagine.

          Y mientras divagaba, me daba por creer que, tal vez algún día, la luminiscencia que produce nuestro cerebro al alumbrar lo que llamamos inteligencia se transformará en una visión absoluta que, si no nos mata, nos convertirá en dioses. Entonces, se producirá la gran fusión entre el ojo que observa y el mundo observado, y el cerebro se convertirá en un gran ojo que abarcará el Todo. Así, mi imaginación especulativa se fue diluyendo en un sueño reparador de tres cuartos de hora

 

ME viene a la mente una frase de Annie Dillard: «El universo del que manamos es un monstruo al que no le importa si vivimos o morimos, ni tampoco si él mismo se va ralentizando hasta detenerse. Es un mundo establecido y ciego, un robot programado para matar. Somos libres y tenemos la capacidad de ver; lo único que humano y condenando la aberración de una naturaleza que nos ha condenado a sufrir.

Pues bien, a veces surgen prodigios como Stephen Hawking, fallecido ayer, que otorgan un sentido al dolor y a la absurda existencia a la que estamos condenados. Reconforta saber que hay personas como él que se enfrentaron al monstruo y lo dominaron. Nos demuestran con su ejemplo que el mundo también puede tener algún sentido, que la existencia no es simplemente absurda, y que incluso desde el dolor y la deformidad más grotesca (la imagen de Hawking, empequeñecido, inmóvil, obligado a comunicarse a través de un ordenador, era tan impactante como conmovedora), es posible la creación y el conocimiento.

Al final, no reparamos en su condición física, sino en su inteligencia. Nadie cuestionó jamás su dignidad. De hecho, más allá de sus importantes contribuciones como físico teórico, las valoraciones sobre su vida y obra a me nudo rozan la exageración, al punto de compararlo con Einstein. Un hombre confinado en una silla de ruedas, dependiente de un computador, no solo dio ejemplo de una voluntad tenaz, sino que también nos mostró lo más remoto e inmenso del universo, recordándonos que, sien do los seres humanos tan insignificantes, también somos unos privilegiados podemos intentar es ser más listos que él en todo momento para salvar el pellejo». También recuerdo a los piquetistas, ese grupo de inconformistas inventado por Mircea Cărtărescu en su portentosa novela Solenoide, un colectivo que clama contra el dolor y la muerte, exigiendo dignidad para el ser.

 

CAMINO por el casco antiguo de Orihuela, concretamente por la zona del Paseo, las calles Adolfo Clavarana, Ruiz Capdepón, Arriba y Barrio Nuevo. Las calles están sucias: papeles amontonados, contenedores de basura rebosantes, mondas resbaladizas de frutas y excrementos de perro. Callejeo con la impresión de estar en un pueblo fantasma, como un fruto podrido. Solo me cruzo con un par de in migrantes magrebíes y un niño gitano al que le falta una mano. En el Barrio Nuevo, los quicios y ventanas están sucios y desgastados, las fachadas desconchadas, los balcones son inseguros y las terrazas están colmadas de ropa tendida. Suciedad, malos olores, herrumbre y una luz oblicua que acrecienta la imagen obscena de la mugre y el abandono.

Miríadas de sombras, un aire enrarecido y una sensación de modorra veraniega. Las calles próximas a la sierra (calle de Arriba, Barrio Nuevo) esconden los secretos de la desolación y la supervivencia diaria. Calles que callan con gritos de abandono. Turbia soledad. Fisgoneo en las es quinas y en los portales. De vez en cuando, un destello de la vidriera de alguna casa envejecida me araña la mirada.

Fijeza, molicie y un frenesí que surge de lo más recóndito de mi memoria, porque yo nací y viví seis años en estos barrios degradados, concretamente en la calle que lleva el nombre de un escritor adolescente y trágico, Ramón Sijé. Mi abuela paterna vivía en un vetusto edificio con cúpula azul (hoy derruido; su lugar lo usurpa un edificio que también tiene sus años y una tienda de ropa en la planta baja), junto a su hijo pequeño, Eduardo, su hija soltera (Finita) y la asistenta que vivía con ellos toda la vida, a la que llamábamos «la chacha» y a la que yo quería como a una tía, porque se comportaba como tal conmigo y con mis hermanos. Me molestaba que le hablara de usted a mi abuela. 

A mi abuelo paterno nunca lo conocí, pues murió un par de años antes de mi nacimiento. Tuvo nueve hijos (seis chicos y tres chicas) y trabajó arduamente como contable para que a su prole y a su exigente mujer no les faltara nada. Conformaban una familia burguesa y vivían en lo que entonces era una zona privilegiada de Orihuela. Pero todo aquello se siente como si estuviera muy lejos. Y es que está muy lejos; tan lejos, que solo existe en la parte más nebulosa de mi memoria.

          Metros de tristeza y exaltación a medida que avanzo. Ahora veo a una joven. Una chica desaliñada, pero sensual en sus andares. Su cuerpo esbelto y su rostro bello contrastan con su tez descuidada y su ropa vieja y sudada. Cruzamos las miradas y hay algo (o se me antoja) festivo y salvaje en sus pupilas oscuras.

Deambulo huyendo de las sombras y de los solares y los umbrales oscuros; pero al mismo tiempo celebro la decadencia de este lugar próximo a la peña y sus resonancias ariscas.

Me muevo con un andar sincopado por estos dédalos de insatisfacción, dejándome acariciar por los resoles. A pocos pasos están los palacios, las casas señoriales y más miseria. Me alborozo de tanta zozobra. La decadencia es excitante y propulsiva. Me alejo de estos márgenes cuando asoman en el oeste los primeros arre boles.

 

DOMINGO por la mañana. Veo en el pasillo un ciempiés que avanza con lentitud y aturdimiento, deteniéndose cada tres o cuatro pasos. Sus numerosas patas y su color parduzco, como sucio, con alguna raya amarilla, le dan una apariencia siniestra. Me resulta extraño verlo a la luz del día, avanzando con tanta parsimonia, porque tengo entendido que se mueven con rapidez y son de hábitos nocturnos. Decido no matarlo porque es un bicho bastante útil, pues acaba con plagas de insectos en el hogar, como moscas y polillas, y su mordedura, aunque causa dolor, por lo general no es peligrosa. Al parecer, son mucho más abundantes de lo que creemos; lo que pasa es que no se dejan ver y pocas veces ascienden a la superficie. El ciempiés acaba desapareciendo por una pequeña grieta de un rodapié.

Lo que me maravilla es pensar en la cantidad de vida que hay bajo las losetas y en todos los intersticios y recovecos de este piso aparentemente aseado. Estoy ahora mismo caminando sobre un sinfín de pasadizos que albergan una fauna inquietante. Hay una gran variedad de criaturas a solo unos centímetros de profundidad del suelo (ácaros, arañas, ciempiés, lepismas, colémbolos, hormigas, escara bajos, cucarachas y un sinfín de especies microscópicas); todo un mundo se agita y se retuerce bajo mis pies.

Un mundo recóndito, feraz, pululante y monstruoso que no hace ruido, que no se deja notar: un hervidero de bichos heteróclitos y misteriosos tan lejos y tan cerca de mí, allí en su mundo desiluminado. No es el subsuelo de los espacios urbanos o de los parajes naturales, sino los ínferos domésticos de la edificación que nos guarece. Conductos que llevan de una zona a otra, en los que nunca podré adentrarme; espacios trampa donde ininterrumpida mente se suceden los ritos de muerte y fertilidad, aunque no se escuchen alaridos ni llantos ni lamentos.

Es un mundo que prospera en el abrazo de lo atroz, una intemperie tenebrosa con sus guaridas rebosantes de larvas viscosas, huevos y crisálidas. Adentros que sus moradores solo abandonan con cautela durante la noche, porque se sienten a salvo de los peligros de la luz. Algunas de estas criaturas nunca salen al exterior y se alimentan de nuestros restos: trocitos de uña, pelos, migas de pan, escamas de la piel, caspa, sangre seca, restos de azúcar o de sal, etc. Otras, las más grandes, sí están entre nosotros, se rozan con nosotros cuando dormimos; por eso no las percibimos.

Salen sin que los veamos por grietas, respiraderos, tuberías, drenajes y umbrales microscópicos; salen a un mundo igualmente atroz, pero dotado de mecanismos ca paces de regular el miedo y la desesperación. Es una naturaleza incierta e inquietante de la que no solemos acordar nos para bien nuestro, porque, de ser conscientes de ella en todo momento, nos sentiríamos muy desguarnecidos.



                                                                   José Luis Zerón Huguet. Foto de A. López Pomares. Fuente:commons.wikimedia

 

José Luis  Zerón Huguet (Orihuela, Alicante, 1965), Su anterior libro fue el poemario Hable la luz (Olé Libros).  A finales de 2025 ha publicado Encrucijadas (Ed. Polibea), continuación del diario que publicó en 2023 A salto de mata (ed. Frutos del tiempo, Elche), obra que Ágora distinguió como el mejor libro en prosa de ese año, y que quedó finalista de los Premios de la Crítica de la Comunidad Valenciana.

Otros títulos de poesía de este autor son: Sin lugar seguro (2013), De exilios y moradas (2016), Perplejidades y certezas (2017) y Espacio transitorio (2018). Fue uno de los fundadores de la revista y editorial Empireuma, y ha organizado y participado en numerosas actividades culturales en su Orihuela natal.

Recientemente, el cineasta Carlos Escolano ha filmado la película "A salto de mata", basándose en textos del primer diario de José Luis, publicado en 2023, y de igual título. La película fue estrenada en el Auditorio La Lonja, de Orihuela, el 25 de enero de 2026.

 


 

 

Información editorial:

Para conocer más sobre el libro Encrucijadas, de José Luis Zerón Huguet:                             

 https://editorialpolibea.polibea.com/POLIBEALITERARIA/NOVEDADES_ZERON.html

 

 

Página de José Luis Zerón en blog de Ágora:

 https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/search?q=Jos%C3%A9+Luis+Zer%C3%B3n+Huguet

 

Para seguir las entradas "Notas de un diario, de José Luis Zerón Huguet" en blog de Ágora:

https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/search/label/NOTAS%20DE%20UN%20DIARIO.POR%20JOS%C3%89%20LUIS%20ZER%C3%93N%20HUGUET

 


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