El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal. Fuente: Revista Carátula
ERNESTO CARDENAL. POESÍA COMPLETA
por José María Piñeiro
“Cardenal
es un cantor que al cantar relata. Su poesía, que aprovecha los registros
previos
de un Pound y la inspiración oceánica de un Neruda, no se
detiene en la producción metafórica.”
Me costaría mucho iniciar este
comentario sobre la publicación reciente de la obra poética completa de Ernesto
Cardenal sin la exposición mínima de una alusión personal.
En el año 81 yo soñaba con ser poeta y místico, con ser
hermano del universo y serlo desde las potencialidades del verbo literario al
amparo más o menos remoto de la divinidad… Estando, entonces, en contra de
todo, de la moda, de la sociedad, de la tele, del mundo, de la propia familia,
ingresé como postulante en el convento franciscano de Santa Ana del Monte, en
Jumilla (Murcia). En realidad, no tenía la vocación habitual del religioso,
pero no se me ocurrió otro lugar en el que practicar la fraternidad sin tener que desprenderme del placer de la
lectura poética.
Suponía,
más o menos confusamente, que en un convento la contemplación, la lectura y
quizás, la escritura, podrían ser aceptadas como probables actividades
conjuntas. Fue, precisamente en aquellos días, ya no recuerdo cómo ni a través
de quién, que conocí la obra y la figura de Ernesto Cardenal. Dar con este
poeta en aquel momento, precisamente, me llenó de esperanza y de entusiasmo:
había alguien, permítaseme la hipérbole, “parecido” a mí. Cardenal era aquel
raro personaje que combinaba en su persona el ser religioso con la práctica de
lo seglar, la ideología comunista con el apoyo de fondo de una teoría sacral:
la teología. Los ideales de justicia y de fraternidad universal se veían
estimulados, yo lo veía así, al contar con la acción comprometida, la obra literaria
y el testimonio de un hombre como Cardenal.
Y aunque, más adelante, los franciscanos me sugirieron
que mi camino no se encontraba allí, entre los muros del convento, y yo
abandonase, en consecuencia, aquella
comunidad con viaje de regreso algo estupefacto a la vida normal, la imagen de
Cardenal sí me acompañó en mis imaginaciones de plenitudes y luchas
espirituales, convirtiéndose en referente de mis sueños más
especiosos de juventud.

La
aparición de esta edición de su obra poética completa, ha sido como esa piedra
que se hunde en el estanque de la memoria y produce una sucesión de ondas
concéntricas. Al adquirir el libro y comenzar a leerlo, no es que haya viajado
en el tiempo, meramente, sino que he visto confirmado un universo poético y el
testimonio de una experiencia que se me antojaba visionaria. Su poesía está
ahí, inalterable, vinculada a una época fascinante, repleta de acontecimientos
sociales, políticos y culturales, regresando evocativamente con toda la
potencia reveladora que siempre lleva en sí la destreza poética y vital de
quien se ha atrevido a vivir mundos disparejos.
Ezra Pound
Cardenal es un cantor que al cantar relata. Su poesía,
que aprovecha los registros previos de un Pound y la inspiración
oceánica de un Neruda, no se detiene en la producción metafórica. Ese no
es su objetivo. Haberlo hecho implicaría que lo estético hubiese primado sobre
las preocupaciones sociales de su poesía. Cardenal tiene todo el siglo XX
comprendido en sus visores para contarnos, de ese modo panorámico, qué es lo
que ha sucedido en el mundo. Su odre perceptivo está lleno de alusiones y
citas, de relaciones francas con el hecho. Es tal la urdimbre de la que dispone
Cardenal que la imagen poética se desprende por sí sola de tal cantidad alusiva.
En este sentido, Cardenal cumple con las filosofías marxistas al registrar
desde la empresa poética de la imagen el hecho histórico directo, tal y como un
Walter Benjamin hacía del mismo modo con motivos tales como los pasajes
comerciales, los dioramas o los entramados urbanos parisinos. No era necesario
localizar el desciframiento de la historia en el análisis socio-económico de
los distintos sucesos sino pormenorizarlo, localizarlo en referentes concretos
y reales.

Walter Benjamin
Las comparaciones resultan incómodas, según reza el
dicho, mas no por ello dejan de ser ilustrativas según los casos. Si comparamos
a Neruda con Cardenal, podemos captar las especificidades narrativo-poéticas
del autor nicaragüense, a pesar de que ambos poetas, puedan ser conceptuados
como los poetas modernos de la épica hispanoamericana.
Ante la torrencialidad de Neruda, se destaca la
multilinealidad de Cardenal. Este no busca, como hemos dicho, la excelencia
metafórica como prioridad de su canto extensivo. Lo que Cardenal hace es algo
semejante a lo que Susan Buk explica sobre la forma de interpretar la
realidad del filósofo judío Walter Benjamin: considerar la sucesión de hechos
perceptibles y motivos reales como el proceso histórico mismo, como la
objetivación, a través de imágenes, del despliegue de la historia. La realidad
es ya en sí un magma de posibilidades. El verbo poético de Cardenal no especula
ni inventa: ante el material que lo real le ofrece y es, lleva a cabo una
lectura de la consecución de hechos que lo constituyen, haciendo emerger con
ese golpe de transparencia lo que en la superficie agitada de la vida se
encuentra.
No sólo el novelista sino también el poeta pueden
modificar el talante de lo dicho según la perspectiva a través de la cual
activen su ficción, en este caso no tanto de acciones como de imágenes. Resulta
curioso de lo que nos habla Cardenal en Getsemaní
Ky, teniendo en cuenta que fue el poemario escrito estando interno
por primera vez en un monasterio cartujo. En vez de contarnos los esfuerzos
penitenciales de la vida en comunidad o informarnos sobre los trasiegos de su
pensamiento en busca de la divinidad, Cardenal nos habla de las inmediaciones
del monasterio, de lo que puede avistarse desde las celdas, del tipo de paisaje
que se extiende alrededor, de la presencia de semáforos y de luces encendidas
de lejanas marquesinas al atardecer, de los coches lejanos que pasan con chicas
y música. No nos habla de las incidencias de una vida interior, no se detiene
en especificarnos primores místicos, sino que se interesa por los objetos y
espacios con los que convive. Objetos y motivos profanos que al ser citados en
el poema adquieren un grado curioso de contraste y de curiosidad informativa.
Aquí Cardenal es más un poeta que un mero religioso pues ese amor a los
crepúsculos, a las luces remotas, al paso de algún desconocido por las
proximidades, se convierten en motivos tan puramente azarosos como en material significativo de quien
observa el exterior desde un recinto hermético.
La
integridad ética e ideológica obligó a Cardenal a mantener un complicado
equilibrio entre la aventura política y los desasosiegos místicos. Cardenal fue,
de este modo, contundentemente consecuente tanto en términos literarios como en
relaciones vitales y la cadena de sus
poemarios atiende y refleja con tensa literalidad la realidad que en el momento
le asaltaba. Si en Salmos, réplica
moderna de los salmos bíblicos, el poeta, entre la angustia y la esperanza alza
la voz a favor de los más dañados y olvidados - Somos los desplazados, somos
los refugiados que no tienen papeles-, (qué insólitamente actual suenan
estos versos), en trabajos posteriores como Oración
por Marilyn y otros poemas, se
inmiscuye en las rutinas y miserias de la vida cotidiana del norteamericano
medio y sus realidades inmediatas.
La mirada de Cardenal abarca todo lo que le rodea, pero
cuando se fija en los espacios urbanos de las grandes ciudades el carácter
épico se vela por la enumeración de peculiaridades, es un material que no se
presta a la evocación mística sino a la catalogación de ambientes decadentes o
caóticos de la modernidad seglar.
Si en Neruda el poder de alusión metafórico crea una masa
orgánica de elementos en agitada ebullición, en Cardenal la sencillez de lo
contado sigue la flecha de los hechos y en consecuencia, su frondosidad depende
de la constancia de su mirada. La totalidad que Neruda recoge crea una densa
red de asociaciones dentro del reino fulgurante de la imagen. La totalidad que
Cardenal refleja es una consecución de
la vida misma. La realidad humana emerge de su fenómeno y necesita de un médium
que articule sus variedades más procelosas. Se me dirá que el compromiso
ideológico de Cardenal determina el material poético elegido y cómo es contado,
pero es que, teniendo en cuenta la plasticidad suprema que ya otorga el don de
la poesía, podríamos decir que tal determinación no malogra tal producto.
En Cardenal no es la lucubración lingüística o la
experimentación metafórica lo que articula la dirección de su capacidad poética
sino el alcance, tan llano como proverbial, de la mirada. Cardenal refleja en
sus poemas lo que ve, y lo que percibe es exactamente lo que ve, porque el
orden de los sucesos no se produce en márgenes fugitivos sino que se ofrece en
la revelación de la evidencia que esa mirada capta y comprende.
Todo detalle es válido para ser dicho en el poema, no hay
nada prosaico, o si lo hay es necesario que se integre en el flujo de los
versos que refleja en sí la multidireccionalidad de la realidad y sus
prioridades sociales. El carácter
político de los poemas de Cardenal se manifiesta de este modo: no es tanto lo
que los poemas acusan o contra lo que protestan sino la cantidad y tipo de
material del que forma parte ese proyecto de la liberación del mundo lo que
signa el material, objeto del poeta. La inclusión de todo escenario como
elemento de interés en el poema de Cardenal se justifica por este grado de
acaparamiento ideológico pero también cósmico, pues los más mínimos detalles de
los azares mundanos competen a la justicia divina. Y Cardenal sabe ser oportunamente
equilibrado ante la multiplicidad de objetos y temáticas que vienen a
instalarse en sus poemas como un todo polícromo. Como, por ejemplo, cuando,
hablando de probables vidas extraterrestres, relativiza competencias
cognoscitivas, contextualizando puntualmente la figura del Hijo de Dios: Jesús no supo de estrellas, / sólo de lirios
del campo / y supo poco de evolución. O bien, cuando en el espléndido
homenaje a su maestro espiritual, Coplas
a la muerte de Merton, utilizando como referente estilístico la famosa
pieza de Manrique, lanza al aire con cierta retranca una provocación
hermenéutica: ¿Son los evangelios
ciencia-ficción?
La peculiaridad de Cardenal es su asunción de una
interpretación marxista de la vida, sin desembarazarse de la empresa
universalista y humanista del pensamiento cristiano. Al contrario: observa a
este como elemento de convergencia del proyecto político. Casi podríamos decir
que Cardenal asume dos utopías en una: la comunista, a través de la teología de
la liberación y la cristiana a través de la fe católica. La poesía sería, en su
caso, el modo personal y universal de liberar la fusión de ideales y mundos que
ambas posiciones implican, la forma más perfecta y harmoniosa de acceder al
corazón de la historia y de la esperanza, la mayor de las resoluciones
dialécticas.
Cabría decir que para su ética, ser ministro del Señor y
serlo del ministerio de cultura en su país, casi vendría a ser lo mismo.
Implicaba un tipo semejante de responsabilidad: una responsabilidad ante los
otros, ante los compatriotas o los hermanos en la fe.
De un modo simple pero no exento de lógica, alguien se
podría plantear ¿cómo se “come” el ser comunista y sacerdote católico, a un
tiempo? Su propia vida y las circunstancias que vivió durante su adscripción a
la revolución sandinista, explicarían el aparente mejunje, difícil de digerir
en ámbitos europeos, pero su poesía es una ilustración inmediata de sus
devenires personales, de las tesituras vitales por las que atravesó. Ante el
compromiso político la poesía es un medio de protesta como lo es de expresión
de la comunidad universal cristiana.
Las fuentes de la poesía del poeta nicaragüense
Pablo Neruda
Volviendo
a las fuentes inspiratorias de su poesía: Neruda ofrece a Cardenal la base
sustanciosa de una poesía que se atreve a convertirse en una épica del
territorio hispanoamericano en búsqueda de su revolucionaria autodefinición.
Pound, presta a Cardenal, por otro lado, el modo en que adaptar la escritura
como filtro del caos aparente del mundo y de la historia. Neruda presta a
Cardenal el verbo, Pound la elección y administración de motivos. La musa basal
en Cardenal es nerudiana. Pound le obliga a una omnisciencia desdeñosa de la
multiplicidad que, sin embargo, es acogida en el seno del poema, convertido en
himno de la historia caótica.
Ya hemos dicho que Cardenal es metafóricamente menos puro
que Neruda. Y es que según su ideario político, la percepción del devenir
histórico no puede sino registrar a este como devenir caótico. En la poesía de
Cardenal nos encontramos con una convivencia de consignas publicitarias y
alusiones culturalistas, menciones a religiones históricas junto a expresiones
de espiritualidades arcaicas y arcanas, referencias a la Coca-Cola o la
televisión y citas de frases de santos, fragmentos de literaturas y evocaciones
de dioses extraterrestres….
El pandemónium que es la masa ingente y fenoménica de lo
real, la persistencia de espiritualidades modernas junto a otras milenarias, el
espectáculo, en definitiva, de símbolos,
culturas e hibridaciones que es en sí la modernidad, no deja de ser
recogido en el poema que Cardenal abre y cierra al azar, como entregándose a
tal multiplicidad, aunque identificando siempre un contexto. Para Cardenal, lo
caótico no es en sí un objetivo salvo en la evocación de los principios
astrales del universo: lo político y lo religioso llenan el espacio humano de
significaciones peculiares y de razones.
Cardenal culmina su obra poética con una serie de poemarios místico-cósmicos: Cántico cósmico, El telescopio en la noche oscura, o Versos del Pluriverso. A lo largo de estos poemarios últimos,
Cardenal intenta mantener cierta coherencia narrativa, evitando enfrentamientos
demasiado directos con los conceptos y teorías de la ciencia. El mundo
terminológico de la física teórica provee a Cardenal de un generoso abanico de
motivos intelectivos que utiliza en su evocación de los orígenes tanto físicos
como teológicos del origen del universo, logrando articular un sugestivo himno
en el que conceptos de vanguardia y especulación mística se sopesan mutuamente
en pos del misterio y de la belleza.
Decía José Ángel Valente que la poesía es una
aventura. También lo es la vida. Y yo quisiera creer que el Ernesto Cardenal
sacerdote, misionero, político, místico o marxista indica las variantes
prácticas del Ernesto Cardenal poeta, las reacciones vitales de quien se implicó de
tan poliédrica, coherente y esplendente manera con la vida.
José María
Piñeiro (Orihuela,
Alicante, 1963). Ensayista, crítico literario y poeta. Autor de Suma
de auras (Frutos del tiempo, Elche, 2023). En 1985 fue uno de los fundadores de
la prestigiosa revista Empireuma, junto con Ada Soriano y José Luis
Zerón Huguet. Ha publicado también el libro de aforismos y fragmentos de
reflexiones estéticas: Ars fragminis (2015, Ed. Celesta). En poesía, ha
publicado, entre otros poemarios, Las raíces del velo (2019, Ed.
Celesta), Profano demiurgo (2013) y Margen harmónico (2010). Fue
Premio Andrés Salom de Ensayo breve en 2011. Colaborador habitual de Ágora con su serie Breviarios.