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lunes, 9 de junio de 2025

ERNESTO CARDENAL. "POESÍA COMPLETA". Por José María Piñeiro. Avance de Ágora N. 33. Nueva Col. Verano 2025 / Ensayo literario

 

                                                               El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal. Fuente: Revista Carátula

 

ERNESTO CARDENAL. POESÍA COMPLETA

 

 

por José María Piñeiro

 

 

 “Cardenal es un cantor que al cantar relata. Su poesía, que aprovecha los registros previos 

de un Pound y la inspiración oceánica de un Neruda, no se detiene en la producción metafórica.”

 

 

Me costaría mucho iniciar este comentario sobre la publicación reciente de la obra poética completa de Ernesto Cardenal sin la exposición mínima de una alusión personal.

En el año 81 yo soñaba con ser poeta y místico, con ser hermano del universo y serlo desde las potencialidades del verbo literario al amparo más o menos remoto de la divinidad… Estando, entonces, en contra de todo, de la moda, de la sociedad, de la tele, del mundo, de la propia familia, ingresé como postulante en el convento franciscano de Santa Ana del Monte, en Jumilla (Murcia). En realidad, no tenía la vocación habitual del religioso, pero no se me ocurrió otro lugar en el que practicar la fraternidad  sin tener que desprenderme del placer de la lectura poética.

          Suponía, más o menos confusamente, que en un convento la contemplación, la lectura y quizás, la escritura, podrían ser aceptadas como probables actividades conjuntas. Fue, precisamente en aquellos días, ya no recuerdo cómo ni a través de quién, que conocí la obra y la figura de Ernesto Cardenal. Dar con este poeta en aquel momento, precisamente, me llenó de esperanza y de entusiasmo: había alguien, permítaseme la hipérbole, “parecido” a mí. Cardenal era aquel raro personaje que combinaba en su persona el ser religioso con la práctica de lo seglar, la ideología comunista con el apoyo de fondo de una teoría sacral: la teología. Los ideales de justicia y de fraternidad universal se veían estimulados, yo lo veía así, al contar con la acción comprometida, la obra literaria y el testimonio de un hombre como Cardenal.

Y aunque, más adelante, los franciscanos me sugirieron que mi camino no se encontraba allí, entre los muros del convento, y yo abandonase, en consecuencia,  aquella comunidad con viaje de regreso algo estupefacto a la vida normal, la imagen de Cardenal sí me acompañó en mis imaginaciones de plenitudes y luchas espirituales, convirtiéndose en referente de mis sueños más especiosos de juventud. 

 

 

 


 

La aparición de esta edición de su obra poética completa, ha sido como esa piedra que se hunde en el estanque de la memoria y produce una sucesión de ondas concéntricas. Al adquirir el libro y comenzar a leerlo, no es que haya viajado en el tiempo, meramente, sino que he visto confirmado un universo poético y el testimonio de una experiencia que se me antojaba visionaria. Su poesía está ahí, inalterable, vinculada a una época fascinante, repleta de acontecimientos sociales, políticos y culturales, regresando evocativamente con toda la potencia reveladora que siempre lleva en sí la destreza poética y vital de quien se ha atrevido a vivir mundos disparejos.  

 

 

                                                                Ezra Pound
 

Cardenal es un cantor que al cantar relata. Su poesía, que aprovecha los registros previos de un Pound y la inspiración oceánica de un Neruda, no se detiene en la producción metafórica. Ese no es su objetivo. Haberlo hecho implicaría que lo estético hubiese primado sobre las preocupaciones sociales de su poesía. Cardenal tiene todo el siglo XX comprendido en sus visores para contarnos, de ese modo panorámico, qué es lo que ha sucedido en el mundo. Su odre perceptivo está lleno de alusiones y citas, de relaciones francas con el hecho. Es tal la urdimbre de la que dispone Cardenal que la imagen poética se desprende por sí sola de tal cantidad alusiva. En este sentido, Cardenal cumple con las filosofías marxistas al registrar desde la empresa poética de la imagen el hecho histórico directo, tal y como un Walter Benjamin hacía del mismo modo con motivos tales como los pasajes comerciales, los dioramas o los entramados urbanos parisinos. No era necesario localizar el desciframiento de la historia en el análisis socio-económico de los distintos sucesos sino pormenorizarlo, localizarlo en referentes concretos y reales.   

 

                                                                     Walter Benjamin
 

Las comparaciones resultan incómodas, según reza el dicho, mas no por ello dejan de ser ilustrativas según los casos. Si comparamos a Neruda con Cardenal, podemos captar las especificidades narrativo-poéticas del autor nicaragüense, a pesar de que ambos poetas, puedan ser conceptuados como los poetas modernos de la épica hispanoamericana.

Ante la torrencialidad de Neruda, se destaca la multilinealidad de Cardenal. Este no busca, como hemos dicho, la excelencia metafórica como prioridad de su canto extensivo. Lo que Cardenal hace es algo semejante a lo que Susan Buk explica sobre la forma de interpretar la realidad del filósofo judío Walter Benjamin: considerar la sucesión de hechos perceptibles y motivos reales como el proceso histórico mismo, como la objetivación, a través de imágenes, del despliegue de la historia. La realidad es ya en sí un magma de posibilidades. El verbo poético de Cardenal no especula ni inventa: ante el material que lo real le ofrece y es, lleva a cabo una lectura de la consecución de hechos que lo constituyen, haciendo emerger con ese golpe de transparencia lo que en la superficie agitada de la vida se encuentra.

No sólo el novelista sino también el poeta pueden modificar el talante de lo dicho según la perspectiva a través de la cual activen su ficción, en este caso no tanto de acciones como de imágenes. Resulta curioso de lo que nos habla Cardenal en Getsemaní Ky, teniendo en cuenta que fue el poemario escrito estando interno por primera vez en un monasterio cartujo. En vez de contarnos los esfuerzos penitenciales de la vida en comunidad o informarnos sobre los trasiegos de su pensamiento en busca de la divinidad, Cardenal nos habla de las inmediaciones del monasterio, de lo que puede avistarse desde las celdas, del tipo de paisaje que se extiende alrededor, de la presencia de semáforos y de luces encendidas de lejanas marquesinas al atardecer, de los coches lejanos que pasan con chicas y música. No nos habla de las incidencias de una vida interior, no se detiene en especificarnos primores místicos, sino que se interesa por los objetos y espacios con los que convive. Objetos y motivos profanos que al ser citados en el poema adquieren un grado curioso de contraste y de curiosidad informativa. Aquí Cardenal es más un poeta que un mero religioso pues ese amor a los crepúsculos, a las luces remotas, al paso de algún desconocido por las proximidades, se convierten en motivos tan puramente azarosos  como en material significativo de quien observa el exterior desde un recinto hermético.

 

 

La integridad ética e ideológica obligó a Cardenal a mantener un complicado equilibrio entre la aventura política y los desasosiegos místicos. Cardenal fue, de este modo, contundentemente consecuente tanto en términos literarios como en relaciones  vitales y la cadena de sus poemarios atiende y refleja con tensa literalidad la realidad que en el momento le asaltaba. Si en Salmos, réplica moderna de los salmos bíblicos, el poeta, entre la angustia y la esperanza alza la voz a favor de los más dañados y olvidados - Somos los desplazados, somos los refugiados que no tienen papeles-, (qué insólitamente actual suenan estos versos), en trabajos posteriores como Oración por Marilyn y otros poemas, se inmiscuye en las rutinas y miserias de la vida cotidiana del norteamericano medio y sus realidades inmediatas. 

La mirada de Cardenal abarca todo lo que le rodea, pero cuando se fija en los espacios urbanos de las grandes ciudades el carácter épico se vela por la enumeración de peculiaridades, es un material que no se presta a la evocación mística sino a la catalogación de ambientes decadentes o caóticos de la modernidad seglar.

Si en Neruda el poder de alusión metafórico crea una masa orgánica de elementos en agitada ebullición, en Cardenal la sencillez de lo contado sigue la flecha de los hechos y en consecuencia, su frondosidad depende de la constancia de su mirada. La totalidad que Neruda recoge crea una densa red de asociaciones dentro del reino fulgurante de la imagen. La totalidad que Cardenal refleja es una consecución  de la vida misma. La realidad humana emerge de su fenómeno y necesita de un médium que articule sus variedades más procelosas. Se me dirá que el compromiso ideológico de Cardenal determina el material poético elegido y cómo es contado, pero es que, teniendo en cuenta la plasticidad suprema que ya otorga el don de la poesía, podríamos decir que tal determinación no malogra tal producto.

En Cardenal no es la lucubración lingüística o la experimentación metafórica lo que articula la dirección de su capacidad poética sino el alcance, tan llano como proverbial, de la mirada. Cardenal refleja en sus poemas lo que ve, y lo que percibe es exactamente lo que ve, porque el orden de los sucesos no se produce en márgenes fugitivos sino que se ofrece en la revelación de la evidencia que esa mirada capta y comprende.

Todo detalle es válido para ser dicho en el poema, no hay nada prosaico, o si lo hay es necesario que se integre en el flujo de los versos que refleja en sí la multidireccionalidad de la realidad y sus prioridades sociales.  El carácter político de los poemas de Cardenal se manifiesta de este modo: no es tanto lo que los poemas acusan o contra lo que protestan sino la cantidad y tipo de material del que forma parte ese proyecto de la liberación del mundo lo que signa el material, objeto del poeta. La inclusión de todo escenario como elemento de interés en el poema de Cardenal se justifica por este grado de acaparamiento ideológico pero también cósmico, pues los más mínimos detalles de los azares mundanos competen a la justicia divina. Y Cardenal sabe ser oportunamente equilibrado ante la multiplicidad de objetos y temáticas que vienen a instalarse en sus poemas como un todo polícromo. Como, por ejemplo, cuando, hablando de probables vidas extraterrestres, relativiza competencias cognoscitivas, contextualizando puntualmente la figura del Hijo de Dios: Jesús no supo de estrellas, / sólo de lirios del campo / y supo poco de evolución. O bien, cuando en el espléndido homenaje a su maestro espiritual, Coplas a la muerte de Merton, utilizando como referente estilístico la famosa pieza de Manrique, lanza al aire con cierta retranca una provocación hermenéutica: ¿Son los evangelios ciencia-ficción?

La peculiaridad de Cardenal es su asunción de una interpretación marxista de la vida, sin desembarazarse de la empresa universalista y humanista del pensamiento cristiano. Al contrario: observa a este como elemento de convergencia del proyecto político. Casi podríamos decir que Cardenal asume dos utopías en una: la comunista, a través de la teología de la liberación y la cristiana a través de la fe católica. La poesía sería, en su caso, el modo personal y universal de liberar la fusión de ideales y mundos que ambas posiciones implican, la forma más perfecta y harmoniosa de acceder al corazón de la historia y de la esperanza, la mayor de las resoluciones dialécticas.

Cabría decir que para su ética, ser ministro del Señor y serlo del ministerio de cultura en su país, casi vendría a ser lo mismo. Implicaba un tipo semejante de responsabilidad: una responsabilidad ante los otros, ante los compatriotas o los hermanos en la fe.

De un modo simple pero no exento de lógica, alguien se podría plantear ¿cómo se “come” el ser comunista y sacerdote católico, a un tiempo? Su propia vida y las circunstancias que vivió durante su adscripción a la revolución sandinista, explicarían el aparente mejunje, difícil de digerir en ámbitos europeos, pero su poesía es una ilustración inmediata de sus devenires personales, de las tesituras vitales por las que atravesó. Ante el compromiso político la poesía es un medio de protesta como lo es de expresión de la comunidad universal cristiana.

 

Las fuentes de la poesía del poeta nicaragüense

 

 

 

                                                                                Pablo Neruda
 

 

Volviendo a las fuentes inspiratorias de su poesía: Neruda ofrece a Cardenal la base sustanciosa de una poesía que se atreve a convertirse en una épica del territorio hispanoamericano en búsqueda de su revolucionaria autodefinición. Pound, presta a Cardenal, por otro lado, el modo en que adaptar la escritura como filtro del caos aparente del mundo y de la historia. Neruda presta a Cardenal el verbo, Pound la elección y administración de motivos. La musa basal en Cardenal es nerudiana. Pound le obliga a una omnisciencia desdeñosa de la multiplicidad que, sin embargo, es acogida en el seno del poema, convertido en himno de la historia caótica.

Ya hemos dicho que Cardenal es metafóricamente menos puro que Neruda. Y es que según su ideario político, la percepción del devenir histórico no puede sino registrar a este como devenir caótico. En la poesía de Cardenal nos encontramos con una convivencia de consignas publicitarias y alusiones culturalistas, menciones a religiones históricas junto a expresiones de espiritualidades arcaicas y arcanas, referencias a la Coca-Cola o la televisión y citas de frases de santos, fragmentos de literaturas y evocaciones de dioses extraterrestres….

El pandemónium que es la masa ingente y fenoménica de lo real, la persistencia de espiritualidades modernas junto a otras milenarias, el espectáculo, en definitiva, de símbolos,  culturas e hibridaciones que es en sí la modernidad, no deja de ser recogido en el poema que Cardenal abre y cierra al azar, como entregándose a tal multiplicidad, aunque identificando siempre un contexto. Para Cardenal, lo caótico no es en sí un objetivo salvo en la evocación de los principios astrales del universo: lo político y lo religioso llenan el espacio humano de significaciones peculiares y de razones.

Cardenal culmina su obra poética con una serie de  poemarios místico-cósmicos: Cántico cósmico, El telescopio en la noche oscura, o Versos del Pluriverso. A lo largo de estos poemarios últimos, Cardenal intenta mantener cierta coherencia narrativa, evitando enfrentamientos demasiado directos con los conceptos y teorías de la ciencia. El mundo terminológico de la física teórica provee a Cardenal de un generoso abanico de motivos intelectivos que utiliza en su evocación de los orígenes tanto físicos como teológicos del origen del universo, logrando articular un sugestivo himno en el que conceptos de vanguardia y especulación mística se sopesan mutuamente en pos del misterio y de la belleza.     

Decía José Ángel Valente que la poesía es una aventura. También lo es la vida. Y yo quisiera creer que el Ernesto Cardenal sacerdote, misionero, político, místico o marxista indica las variantes prácticas del Ernesto Cardenal poeta, las reacciones vitales de quien se implicó de tan poliédrica, coherente y esplendente manera con la vida. 

 

 

 


José María Piñeiro (Orihuela, Alicante, 1963). Ensayista, crítico literario y poeta. Autor de Suma de auras (Frutos del tiempo, Elche, 2023). En 1985 fue uno de los fundadores de la prestigiosa revista Empireuma, junto con Ada Soriano y José Luis Zerón Huguet. Ha publicado también el libro de aforismos y fragmentos de reflexiones estéticas: Ars fragminis (2015, Ed. Celesta). En poesía, ha publicado, entre otros poemarios, Las raíces del velo (2019, Ed. Celesta), Profano demiurgo (2013) y Margen harmónico (2010). Fue Premio Andrés Salom de Ensayo breve en 2011. Colaborador habitual de Ágora con su serie Breviarios.

 

viernes, 28 de marzo de 2025

PAUL CELAN: LA DELICADEZA POÉTICA. Por Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan. Ágora N. 32. Nueva Col. / En homenaje a Joaquín Garrigós Bueno

 

 

                                                                                              Paul Celan

 

  PAUL CELAN: LA DELICADEZA POÉTICA

                Por Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan

 

 

Este duelo es, sin duda, el proceso mismo de creación. El artista colocó por tanto la experiencia del shock en el corazón de su trabajo.

Walter Benjamin

 

 

I

 

Recuerda Paul Celan, en sus años parisinos, el tiempo que vivió en Rumanía. Había nacido en Chernivtsi, por entonces ciudad rumana que había formado parte del Imperio austrohúngaro hasta la Primera Guerra Mundial y que luego sería ucraniana. Recuerda que allí en Rumanía hizo amistades con quienes compartió, a pesar de la distancia, intereses comunes y un afecto que nunca se desvanecería. Recuerda Celan ‘aquello que fue’ y que nunca logró nombrar: la shoah, el genocidio de millones de personas por la sola razón de ser judíos. Imagino a Paul Celan en las tardes grisáceas de un París que va saliendo de la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial mientras pasea por la orilla del Sena. Observa las aguas frías, verdinegras, piensa en lo que ha escrito: en lo mucho que ha traducido, en sus poemas (comenzó a escribir durante sus años rumanos, aunque esos poemas hayan quedado como una rareza puesto que los editores solo publican aquellos escritos en alemán una vez acabada la guerra), en lo que ha traducido del ruso, como por ejemplo la poesía de Ossip Mandelstam, del inglés, del francés y de algunas otras lenguas. Son recuerdos de una vida que queda ya solo en la memoria y en lo escrito. En “Copos negros” lo dice: “mensaje me trajo también a mí, una hoja de las laderas ucranianas” para rematar: “me sangró, madre, el otoño, me quemó la nieve: / busqué mi corazón para que llore, encontré el aliento, ay, del verano, / era como tú”. Es el recuerdo de una niñez en que el trauma aún no ha hecho mella y sin embargo, los copos son negros al escribir el poeta desde el presente del desencanto: un recuerdo que fija en palabras cuando está lejos de Rumanía, lejos de sus años de estudiante, de la convivencia despreocupada con otros, sus más duraderos amigos, con quienes compartió siempre lecturas e intereses.

Recuerda, o piensa, Celan que vivió pocos años en Rumanía pero que el rumano era su segunda lengua, que de los años vividos en París, sin embargo, apenas le queda nada más que poemas escritos en alemán. Se atrevió Celan a escribir en rumano; por ahí andan esos poemas que pudo, y supo, no escribir en alemán, su lengua literaria. Celan, como algunos más nacidos a inicios del siglo XX en la Europa central que se estaba desmoronando, dominaba varios idiomas: alemán, rumano, francés, ruso; aquello fue un breve sueño ilustrado de personas para quienes las lenguas ni eran barreras ni indicaban origen ni pertenencia. (Fue breve la ilusión, apenas un fulgor: el espejismo de un cosmopolitismo que iba desvaneciéndose hasta llegar al centro del horror: una lengua, un pueblo, un líder).

 

Ya su primer libro da vueltas en torno al recuerdo: Amapola y memoria (1952). En el título aparece y se repite en un poema: “nos amamos el uno al otro como amapola y memoria”: el amor, el recuerdo, la delicadeza de la flor de pétalos frágiles (bien lo sabe quien ha tenido una entre sus manos y ha sido testigo de la facilidad con que se desprenden), los recuerdos de la infancia, de los días con la madre: “Diente de león, tan verde es la Ucrania, / Mi rubia madre no volvió a casa”. De aquí procede la sensación desagradable pero aún comunicable de que el mundo que lo rodea es un desierto: “y al encuentro partí de las ruinas del cielo con la visera bajada. // Pues muertos están los ángeles y ciego quedóse el Señor en la región de Acra”. He ahí lo que dice en el primer poema del libro; pocos años más tarde José Ángel Valente diría: “Cruzo un desierto y su secreta/ desolación sin nombre”, aunque Valente lo dijera, según reza el título del libro, A modo de esperanza, la que ya no tenía Celan.

En el discurso que pronunció en Bremen habla de su infancia. Dice allí: “El paisaje del que yo vengo […] era un lugar en el que vivían hombres y libros. Allí, en aquella antigua provincia de la monarquía de los Habsburgo, ahora relegada al margen de la historia”; aún le parece pertinente recordar dónde nació y dónde pasó su infancia. El recuerdo también es de Francia, recién llegado a ella, a la que coloca ya fuera del tiempo: “Piensa conmigo: el cielo de París, el gran cólquico otoñal…/[…] Estábamos muertos y podíamos respirar.” El presente se vuelve memoria por arte de la poesía.

En Amapola y memoria encontramos uno de los poemas más famosos, con razón, de entre todos los que escribió: “Fuga de la muerte”. Todos hemos repetido: “la muerte es un Maestro Alemán” y hemos sentido el temblor del horror por lo que ocurrió en Auschwitz, aunque nunca hayamos visitado aquel lugar de la infamia y la deshumanización (quizás por ese no haberlo visitado lo sentimos con mayor estremecimiento). No creo que los sentimientos del lector tengan importancia a la hora de leer un poema; en este caso, por el contrario, sí que pienso que son importantes; lo son porque el propio poeta, más allá de su convencimiento de que solo desde el rigor estético y moral puede alguien escribir poesía que sea merecedora de tal nombre, busca la simpatía cordial del lector. Es un poema que semeja una oración, casi una salmodia, escrita en primera persona del plural: busca implicar a quien lo lee y hacerlo partícipe de la experiencia de un modo que va más allá de la lectura: “Negra leche del alba te bebemos de noche”. El verso impacta por su carácter visual donde el contraste entre la luz y la oscuridad queda irresuelto: el oxímoron crea una potencia poética que lleva a pensar en lo que esconde. Aun si no supiéramos que el poema representa lo que ocurrió en el campo de exterminio, aun si no supiéramos que sus padres fallecieron en uno de ellos, la fuerza poética, repito, llega al lector y lo conmueve, como lo espanta también el sintagma: “la muerte es un Maestro Alemán”, reminiscente de los maestros cantores de la tradición musical alemana, no solo los de Wagner, también los de Bach, acaso el ejemplo más depurado de belleza musical en cuyas composiciones no hay una sola nota vulgar. Maestros también son los poetas de la tradición alemana: Johann Wolfgang Goethe, Friedrich Hölderlin, y tantos otros, como lo fue Martin Heidegger en la filosofía.

    Recuerda Celan y siente también deseos de, al menos, avanzar hacia un futuro, desconocido, sí, y quizás más amable: “Hacia la isla, junto a los muertos […] // así reman los forasteros, los libres, / los maestros del hielo y de la piedra”. A pesar de las dificultades sueñan un futuro distinto.

    El poeta recuerda porque ese es su destino. No parece interesarle lo que decía Heidegger de que el poeta es quien usa las palabras verdaderas. Para Celan el poeta recuerda lo que fue, aunque aquello que fue no logre articularlo; el que recuerda y el que se enfrenta a los mandarines de su época y los combate con el rigor expresivo, la audacia creadora y la osadía moral, esa que a tantos faltó para enfrentarse a los totalitarismos del siglo XX.

 

 

II

 

El ser humano es esta noche, esta nada vacía, que lo contiene todo en su simplicidad.

G.W.F. Hegel

 

 

Tuvo problemas con la lengua y la tradición literaria alemana, a las que consideraba vehículos de la barbarie nazi. Sin la obra de los autores alemanes, el nazismo no habría sido posible: eso afirmaba Celan en un comprensible acto de negación. No estaba solo en la tarea. Theodor Adorno, uno de los filósofos más influyentes después de la Segunda Guerra Mundial, dijo que “[e]scribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Hay diferencias entre los dos (hay también una desconfianza del uno para con el otro y la distancia que genera el desencuentro) pues para Adorno, reconociendo que lo que ha llevado hasta Auschwitz es una corriente de la alta cultura alemana, no hay otra salida que la negación de todo el pasado (aunque, quizás, olvida que dentro de ese pasado hay filósofos que igualmente han podido llevar hasta allí a la sociedad alemana) mientras que para Celan la salida no está en la negación y en el silencio sino en el verso de Friedrich Hölderlin: “¿para qué poetas en tiempos de miseria?” En un mundo en que ya no hay dioses, o estos se han escondido asustados por la sevicia humana, ¿de qué sirven los poetas, sus mensajeros, sus interlocutores? No tiene sentido ya la poesía porque no hay vates que revivan la conexión con la divinidad (una divinidad, aclaremos, que es una recreación libre de lo que fue la religión en los tiempos de la Grecia clásica: una invención, pues, para tiempos despojados de trascendencia). Después de Auschwitz lo humano ha revelado su monstruosidad, la que proviene de un mundo en el que lo sagrado ha desaparecido (al igual que los dioses hölderlinianos). Queda entonces la negación de Adorno o la pregunta de Hölderlin.

Celan se sitúa en otro lugar: “el judío, ya sabes, no tiene nada que le pertenezca verdaderamente, que no sea fiado, prestado y no devuelto”. Lo de menos es la exageración pues el judío tiene una historia, una cultura y una lengua. Desde la total indigencia en que Celan se instala, construirá una poesía en que al idioma, prestado de los torturadores y asesinos nazis, lo someterá a un descoyuntamiento de tal envergadura que lo convertirá en la contrapalabra de quienes organizaron el genocidio, y de quienes crearon las condiciones para que la barbarie tuviese lugar. “Ninguna palabra ha enmudecido, ninguna frase, es simplemente una pausa, un blanco, un vacío”, este es el punto de partida, “un lenguaje, sí eso, sin ‘yo’ y sin ‘tú’, nada más que ‘él’, nada más que ‘lo’, comprendes, todo ‘ellos’ y nada más que eso”, para concluir, en otro escrito: “Es la contrapalabra, es la palabra que rompe el ‘hilo’, la palabra que no se inclina ante los ‘mirones y los figurones de la historia’ es un acto de libertad”. La poesía es entonces, según el poeta, no aquel discurso que dice la palabra verdadera como quería Heidegger (¿qué verdad podría venir de quien dio fundamento doctrinal al nazismo?) sino la que “rinde homenaje a la majestad de lo absurdo que testimonia la presencia de lo humano”.

Las voces que formaban parte del poema enmudecen, llevan al silencio a las palabras, y esto crea una poesía oscura: desde la lejanía o la extrañeza de las palabras nos manda su aliento la poesía, desde la lejanía en la cual busca su lugar y busca al Otro con quien establecer un diálogo. El diálogo, sin embargo, es difícil, casi imposible, por estar el lenguaje descuadernado. El poeta persevera en su tarea: “aún/ hay cantos que entonar más allá/ de los hombres” buscando, a pesar de todo, el dialogo con un tú, misterioso, ambiguo: “Tú/ la aún por descifrar”: a ese tú dirige su poesía. El desciframiento puede ser amoroso o moral o vivencial; no importa eso ahora sino que, en medio de la falta de sentido, hay alguien ahí a quien podemos dirigirnos aunque no sepamos quién es.

 

 

III

 

El arte no reproduce lo visible; al contrario, vuelve visible.

Paul Klee

 

El 26 de mayo de 1969 Celan escribe: “La poesía ya no se impone, se expone”, casi como un eco del dictum de Klee. La exposición es constatación de la fragilidad de lo dicho y de quien la escribe, al tiempo que desvela su delicadeza. Esta es evidente en sus cartas a su mujer Gisèle y a Ingeborg Bachmann, como también lo es en el discurso de Bremen al subrayar la raíz común de pensar (denken) y agradecer (danken); así como en la asunción de la muerte: “Lo que tejiste de lo más leve / lo llevo en honor de la piedra”. Nuestra experiencia de la muerte es muy distinta a la que nuestros padres y abuelos tuvieron de ella. Apenas nos roza hoy más que en breves y lejanos momentos. Para Celan la muerte fue una presencia inexorable: nació poco después de la Primera Guerra Mundial y vivió la Segunda y el exterminio judío. De tan familiarizado pudo hablar de ella en términos no arrebatados por el dolor, aunque también con dolor hablara de ella. No es fácil describir dónde aparece la delicadeza en una poesía cuyo descoyuntamiento lingüístico puede fácilmente ocultarla. Casi siempre va ligada al aliento: “sólo / pasó ciego un aliento entre/ el allí, el no-allá y el a veces”, y con mucha frecuencia a un tú misterioso: “Tú, / la aún por descifrar”. El desconocimiento del otro es el comienzo de la claridad poética y, sobre todo, de una delicadeza que se expresa de modos exasperados pero que también encuentra momentos de serenidad: “donde / mi más amargo sueño / desde el corazón durmió contigo, / en la cama de mi inseparable / nombre”. El nombre es uno mismo y es lenguaje, pero Celan sabe que el lenguaje hay que despojarlo de la retórica nazi para que vuelvan aquella y la transparencia. Mientras tanto el lenguaje herido hablará de aquello que es vulnerable por el solo hecho de ser judío: “uno contigo soy, / para hacernos presa”; “[t]oda una bota de cerebro / puesta bajo la lluvia: // será una marcha, magna, / mucho más allá de los márgenes / que nos trazan”. La diferencia entre el primer fragmento y el segundo está en la sensibilidad que, de manera inopinada, asoma en los dos versos. El ser los dos un único ser en la desgracia abre la consideración de que el Otro es no el lobo que acecha sino la presencia que acompaña en lo oscuro de la vida o cuando está junto a alguien, por ejemplo: “tu oración haces, tú nos yaces / libres”; “Rocío. Y yo yacía contigo, tú, en el vertedero”. Sorprende la presencia de un sentimiento que, tendemos a pensar, es propio de personas serenas, no tocadas por el dolor insondable que despierta la barbarie. Quizás en el caso de Celan sea un intento de trascender el horror. Su biógrafo dice que nunca pronunció la palabra shoah, que para referirse a ella decía ‘aquello que ocurrió’. No aconteció porque el acontecimiento presupone un elemento azaroso y para Celan en la lengua iba incubándose lo que estalló definitivamente en la tercera década del siglo XX.

En otra latitud otro gran poeta escribió mucho más tarde: “teníamos la experiencia pero perdimos el significado”. Muchos vivieron ‘aquello que fue’ pero no todos lograron poner en palabras qué significó. Tampoco en las vísperas la gente supo ponerle palabras a lo que iba degradando la Humanidad (como siempre ocurre). Celan empeñó su vida en recuperar el significado de lo que había ocurrido en la ominosa cuarta década del siglo XX. “Para qué poetas en tiempos de miseria”, el verso de Hölderlin (que se juramentó con Hegel y con Schelling en Jena para hacer de sus vidas una búsqueda de la libertad) viene a cuento. Para Celan, los poetas, él al menos, podían utilizar la poesía no tanto para denunciar el horror cuanto para romper la lógica que llevó hasta allí negándose a aceptar el significado. Para ello es preciso, así lo señala en “El meridiano” distanciarse del yo para liberarse de lo consabido. En el proceso de depuración, sin perder nunca el vínculo con el Otro, va adquiriendo la poesía una claridad que la transfigura “En lo inesperado, se atestigua / la aterida / claridad”. Ese pasmo la acerca a la transparencia, de la que en algunos poemas da testimonio y de la que dice: “Abriste los ojos – Veo vivir mi oscuridad. / La veo hasta el fondo: / aún allí es mía y vive”. Como acostumbra, Celan usa el oxímoron para revelar lo que de otro modo, probablemente, no veríamos: solo cuando nos centramos en pensar la oscuridad logramos ver que, en el fondo, esta es una transparencia que no se da ni se consigue, acaso en el mejor de los casos se revela ante nosotros en un acontecimiento. Nada nos hacía pensar que podía ser posible y, a pesar de todo (y ese todo es principalmente la barbarie), adviene la transparencia, o el mundo, como dice en “Playa bretona”.

La delicadeza es una aspiración frágil y fugaz en sus poemas, escondida en el oxímoron o en la desesperación. Fue un modo ético de afrontar la escritura: todo poeta era un judío y, como tal, estaba desposeído de todo. En la ausencia el poema es ensayo de vida que indaga en el desapego y en las fisuras del lenguaje revelando lo siniestro. A pesar de ello avanza el poema, como en un viaje en barco, hacia la luz. Una vez situado en el lugar inestable de la claridad (no siempre perceptible) podía el poeta, desde lo oscuro de la poesía, alzarse hacia la transparencia de lo que está más allá y que solo él logra comunicar.

 

 

 


Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan (Zaragoza, 1968) es profesor titular de literatura norteamericana en la Universidad de Valladolid. Colabora regularmente con “La sombra del ciprés”, el suplemento cultural de El Norte de Castilla y con la revista Turia.

Ha traducido a Henry James y a Walt Whitman. También ha compilado una antología de cuentos norteamericanos del siglo XIX en Menoscuarto. Es autor de En busca del fantasma de América (Eolas) y Donde los pájaros vienen a morir (Difácil).