Foto de un almendro en flor, en la ruta senderista del Tarazonica (antigua vía del tren de Tudela a Tarazona). 8 de marzo 2023. Foto: Fulgencio.
He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra…
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos
descansan bajo la tierra
Antonio Machado. Poema II. Soledades.

OTRO RETRATO DEL VIAJERO MACHADO. POEMA II. Soledades.
Comentario de Fulgencio Martínez
Podríamos
escoger otros retratos más entrañables, o poética y éticamente más
“machadianos”. Pero no podemos substraernos a comentar brevemente el poema II, de Soledades, ya que nos da un elemento de juicio para continuar
el comentario del poema I. (“El
viajero”).*
He andado muchos caminos (…)
Nos
encontramos con un texto donde aparece una “novedad”: el poema juzga, nada
menos, que a la humanidad, perfila el retrato de dos tipos de hombres,
establece un juicio de valor, nos da una moral concreta, unos contenidos: nos
enseña lo que, para Machado, son los valores y contravalores: lo noble, lo vil,
lo bueno, lo malo… Todo eso propio más de la fuente de una moral cerrada que de
la fuente de una moral abierta; en términos de Bergson. O más propio de la
moral como contenido que de la moral como estructura (por tanto, de la
fenomenología que hemos considerado en nuestro trabajo). Por otra parte, diría
con claridad la diferencia moral, la esencia buena del “ethos” del hombre, al establecer la línea divisoria de lo auténtico
frente a lo inauténtico, y, a más, la preferencia de Machado por el pueblo (la
oposición de lo pretendidamente aristocrático o burgués frente a lo popular; o,
mejor, como, en Juan de Mairena (II),
repensará dicha oposición: del “señoritismo” frente a pueblo, para quien no hay
valor más alto que el ser hombre. El dicho popular castellano “nadie es más que
nadie” expresa esa filosofía que, en el plano dialéctico y moral, transforma la
igualdad en el valor superior. Quien me
trata como a un igual en humanidad me reconoce en mi máxima dignidad).
Desde la poesía en el texto, choca este poema II
cuando temáticamente lo esperamos como en la órbita de la continuación de
viaje…, de aquel viajero del poema I. ¿Habla, en retrospectiva, de lo visto en
el viaje? ¿Se relacionan y oponen sus sintagmas “he visto” con el “él ha visto”,
del poema anterior? (Los verbos de percepción, tan importantes en Soledades y Campos de Castilla… Y el ver, tan diferente del oír/escuchar: este
más espiritual y abierto).
El poema nos habla de dos estilos de vivir: uno
azacaneado, falso, entristecido, soberbio, propio de los borrachos del vino de
su importancia y vanidad; otro estilo de vivencia (y de conciencia) de los que
no tienen prisa (pues la prisa distrae de lo esencial), de los que saben que
siempre es todavía, almas sencillas que parecen vivir en la inconsciencia, que
juegan, “laboran, pasan y sueñan, / y en un día como tantos, / descansan bajo la tierra”. Nos choca
entrever, en esto último, rasgos que, en parte, están más cerca del retrato de
Manuel Machado (la abulia, el juego, la indiferencia ante la muerte).
Siguiendo con nuestro catálogo de las dudas que nos
sobrevienen fuera de una lectura a la que estábamos habituados; sorprende la
dicotomía de juicios de valor: “buena gente” (a los que no se juzga, sino con
los que se simpatiza de antemano), y otros que el poema sí condena, “mala gente (…) / que va apestando la tierra”. ¿Son caminantes también, pero son los
que no se cuestionan nada?…; ¡no!, porque los segundos (los buenos), tampoco.
Son los que instrumentalizan la conciencia, y en su fariseísmo, se juzgan
superiores: el poema sería su denuncia como falsos buenos, sedicentes hombres
mejores. Esos importantes, ”pedantones al
paño”, “caravanas”, caras vanas “de tristeza” (leemos fonéticamente), representan lo vano, también
lo fantasmal; de ahí podría ser que lo inauténtico. Si el hombre sencillo, que
juega y labora, es intrahistórico y apenas atiende más que a sobrevivir; el
otro es triste vanidad e importancia.
Unos “laboran,
pasan y sueñan”, y otros “miran,
callan y piensan / que saben (…)” Son estos una especie de jueces sobre los
demás, les achacan no valer, no pensar, ser masa. Sin embargo, no olvidemos que
solo hay ethos de la persona
individual, del hombre tomado de uno en uno… El hombre difícilmente puede
soportar no ser nada, pero solo se evidencia el ethos cuando se está abierto al peligro de la muerte, de no ser
nada; cuando el ser conciencia se asume sujeto del juicio. Los tristes y
vanidosos se crean un ser falso, una “cara vana”, para rehuir el juicio;
adornan su sentimiento de nada con la vanidad y la importancia; prefieren ser
“fantasmas” ante que juzgarse. Los sencillos, al menos, no se mienten ni fingen,
pero tampoco roen el hueco de la nada, “descansan” en una fe en la muerte.
Los vanidosos son, además, malos, “apestan la tierra”,
porque no solo son vanos y tristes, falsos consigo mismos, sino, porque además
juzgan a los otros sencillos. Los llamados jueces, al juzgar, en realidad no
ven al que juzgan. Piensan que estos no son nada (divagan como un espejo ciego, no ven, como el nosotros-jueces del
poema I; y, como en el poema “Un criminal” tienen preparado un clisé previo del
juicio. Ni Dios lo salva, o, “Va de remedio al palo”, dirá el ujier, leyendo en
el indiferente juez y en los rostros plebeyos de los jurados. Ujier que, allí,
es lector, juez del juez, conciencia del pueblo; y representa a la gente
sencilla del poema II. Machado deja ver ese punto siempre de un juez de jueces
para dar otra clave de conciencia). Pero “hoy es siempre todavía”, y cualquier
hombre por más simple que sea, es un hombre, un ethos, una conciencia que se enfrenta a su juicio. Laboran, pasan y
sueñan (sentido positivo del sueño) un sueño de transmisión en sentido primario
de este término. ¿Quién tendría anhelo de vivir si no…? Eso lo sabe el poderoso, sabe el explotador
que, incluso al más simple y desgraciado (según el código del “superior”), le
mueve ese anhelo de transmisión. Ganar el pan para sí y los suyos, ganarse la
vida y soñar… con un futuro, con algo mejor, es el primario y de por sí digno,
honrado código del hombre: “a mi trabajo acudo, con mi dinero pago…” (dirá el
“Retrato” machadiano).
El poema II
responde parcialmente al retrato del poema I de Soledades. Juzga a los juzgadores, a nosotros también, si nos
ponemos en el ahora actual y miramos con arrogancia (y sin sentido de la
transmisión) lo intrahistórico, lo pasado, lo muerto o simple desprovisto de
conciencia (incluso lo simple de la naturaleza, sin reconocer el saber vivir de
la encina, “que es vivir como se puede”). En Machado no hay, como en Heidegger
(y en otro sentido en Ortega y Gasset), el prejuicio por lo selecto; lo
auténtico no separa en dos tipos de humanidad, también la conciencia está en el
hombre caído en el “se”, en el Man
inauténtico; aun y todavía el hombre alienado es un hombre.
Como hemos
visto, choca lo que hay bajo la emisión de juicios de valor. Hay una
contraposición: y el sintagma “en todas
partes”, repetido en los dos momentos estructurales del poema (v. 5 y v.
15), refuerza esa dicotomía. Pero, literalmente, indica que en todas partes
encontró el poema estas dos formas de ser, en todas partes y clases de hombres.
Indica, también, que el poema no tiene una lectura de clase social o estrato
cultural. Por otro lado, la simpatía clara por el segundo estilo (que se suele
asociar al pueblo sencillo) es –no se puede negar– una elección ética. Porque,
sin complicar más las cosas, el primer tipo de hombre, “el que mira, calla y
piensa” estaría más próximo a la conciencia meditativa –como la que tenía
Machado, y a los aludidos en el poema I en el sintagma “Todos callamos”; y sin
querer entrar en la compleja relación con los dos tipos de conciencia, una luz
y otra paciencia, el yerro del primer tipo de hombre no es tanto el pensar,
como el pensar que sabe. (“y piensan / que saben (….)”.) Más radicalmente, en
un sentido fenomenológico, Machado simpatiza con la buena gente porque no es fácil
separar la conciencia inmediata y la conciencia vigilante, ni, menos, mantener
ésta alerta. El poema es tolerante con la mayoría de lo humano; y censura a
aquellos que censuran porque “piensan /
que saben, porque no beben / el vino de las tabernas”; es decir, que falsamente se distinguen de
aquellos que viven en el sueño.
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* Cf. Martínez, Fulgencio: El primer retrato de Antonio Machado El viajero. Poema I.
https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2016/05/el-primer-retrato-de-antonio-machado.html