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viernes, 11 de septiembre de 2026

Mi señor es fuerte. Aleluyas de un perro sin amo. La poetría de Acedo. Musa epigramática / Avance de Ágora N. 42 / La republiqueta. Revista de Humor acediano.

 

                                                                            Fuente: Tik Tok

 

 

Mi señor es fuerte.

Aleluyas de un perro sin amo

 

 

Perro que nunca alzó la vista

delante de quien le tira un hueso.

Perro de un cuervo o de unas babuchas. 

 

Mi señor es fuerte, no tengo amo 

   humano.

Así lo cree y se humilla ese Perro

   de establo.

 

   Perro que nunca alzó la vista

   delante de quien le tira un hueso...

 

     

Andrés Acedo

Musa epigramática

10 de septiembre 2026 








jueves, 10 de septiembre de 2026

Sobre "Parábola del barro", de Alberto Chessa: un poemario asequible y profundo. Por Javier Puig / Dossier Alberto Chessa / Ágora N. 42. Nueva Col. Otoño 2026

    

 

 

Publicamos la primera entrega del dossier dedicado a las tres últimas publicaciones de Alberto Chessa (Murcia, 1976), aparecidas entre 2025 y 2026: El libro de aforismos Elefantes de nube. Bordones (La nube de piedra ediciones, 2025) y dos poemarios: Parábola del barro (Huerga y Fierro editores, 2026) y Sonetontos con ton y son (Arch-letras libros, 2026).

Javier Puig, Francisco Javier Díez de Revenga y Fulgencio Martínez escriben en estas entregas que se reunirán en el próximo número de Ágora

 

 

                           

Sobre Parábola del barro, de Alberto Chessa: un poemario asequible y profundo

 

     Por Javier Puig

 

El nuevo poemario de Alberto Chessa, Parábola del barro (Huerga y Fierro, 2026) insiste en unos presupuestos poéticos que han venido definiéndose con toda claridad en sus últimas entregas. Los poemas de este libro presentan un tono pausado, coloquial, reflexivo, siempre bien aderezado con hallazgos poéticos de primera magnitud, con logros expresivos que se fundan en una intención claramente indagatoria de la vida y de aquella palabra que puede acercarse a describirla.

          El poemario se abre con “El llanto en el banco”, un poema que, como tantos otros, se centra en el valor de una anécdota, en la significación que queda trazada en el encuentro entre la realidad exterior y la conciencia propia. Encontramos aquí esos versos que buscan la expresión llamativa, y también diáfana, a partir de un juego con el lenguaje que no lo es en vano: “El gimoteo de alguien −una mujer sin duda− / que decidió llorar de par en par, / llorar, sí, llorar a balcón abierto”. Es la imagen rotunda de un hecho cuya mirada prosigue su camino revolviéndose sobre sí misma. Lo narrativo, una concreta interpelación de la realidad, son el arranque de un tono que alberga un sentir que se recorre a través del pensamiento.

          El inicio del poema siguiente, “El placer de los demás”, enlaza con el anterior, como si ambos hubieran de presentarse siempre juntos. Y es que están, desde luego, muy emparentados. Tanto en uno como en otro el poeta asiste a una revelación de la intimidad en el silencio de la noche. En un caso, el dolor; en el otro, el placer; dos manifestaciones irreprimibles, como si fueran las dos caras de una misma moneda, dos signos opuestos de la condición humana esencial. En ambos poemas ya encontramos ese ritmo casi suspendido que será consustancial a todo el libro, y que se forma con la médula de unas atónitas miradas, de unas vivencias captadas en el rastro de un hondo detenimiento.

          En esta segunda pieza, hallamos esa indagación de lo explicativo a través de unas palabras que juegan a subvertir los significados consabidos: “Y mejor que aplaudir, lo que en verdad apetecía / era desentrañar la esencia del placer, / descifrar para siempre las sílabas del roce, / la grafía en el aire de besos y caricias, / el jeroglífico de la penetración”. Es decir, el intento −siempre parcialmente fallido− de conversión en palabras exploratorias que definan una expresión humana primordial, el manojo de señales que la realidad nos presenta y que puede atenderse u obviarse.

          En “¿Qué sé yo?” el poeta insiste en esa actitud interrogativa, en la asunción de una ignorancia que habría que remontar, si fuera posible: “Trato de comprenderte ahora, / como se comprende la noche, / igual que comprendemos el verano, / o la lluvia, / o una canción”. El verbo comprender está aquí exprimido en un intento de utilizar la lengua para penetrar, a través de sendas insólitas, en aquello que nos niega su definitiva claridad. Aunque, de vez en cuando, esa incertidumbre parezca aliviarse con alguna pequeña certeza que al menos pueda orientarnos hacia la luz: “… Amar es en esencia / descubrir lo que amamos”. Es un paso atrevido en el camino del conocimiento.

 

          Tras los cinco primeros poemas, entramos en la sección titulada “Intermedio primero. Contrahuella”. Aquí continúan las preguntas, esos interrogantes afilados que sirven para precisar el propio nivel de desconocimiento, como las de “Cuestión”: “¿He sabido vivir? ¿Sabré vivirme / cuanto quede?”. O esa otra meditación existencial que es “Declaración”: “Yo no sé si a vivir también se aprende / o, al contrario, la vida es poco menos / que una suma de olvidos. Yo no sé / si cuando amamos a alguien, ese tal / existe por sí mismo o es apenas / el otro que completa los nosotros”. Como se ve, vivir y amar parecen dos condiciones inextricables.

          En alguna ocasión, ese tono discursivo, de charla intimista, se instala deliberadamente en lo prosaico, desde una seguridad en el resultado último, en que esos versos forzados derivarán en otros de una significativa relevancia. (A esa versificación caprichosa se opone, en un gran número de poemas, una métrica nada azarosa que felizmente prescinde de la rima). Esta particularidad se expone en poemas como “O esto o aquello”; o en “Sunt lacrimae rerunt”, en el que se despliega una noticia del periódico para terminar avanzando con versos tan meditativos y emocionales como estos: “Y de nada valdrá llorar por todo / lo que perdemos, todo cuanto vamos dejando / de ser. / Las cosas -lo sabemos- / tienen sus propias lágrimas”.

          De “Chivatazo”, destacaría estos versos: “Hay un tropel de mundos que no sé / y sin embargo sí me saben ellos, / Algo de mí se hospeda en otra parte”. He aquí una intuición recurrente en Chessa, y que también está presente en sus aforismos, ese vislumbre de lo misterioso, de los posibles sentidos de aquello que vemos y recibimos y que, tras sus destellos, resulta invisible, desconocido.

          Este otro poema, ya desde su largo título, “Yo no sé qué soy; tan solo sé que he sido”, insiste en ese peso, en ese resultado incognoscible de la identidad que vamos desarrollando. Avanza, como otros, en un tono autorreflexivo que se hace incluso más explícito con el desvío de un verso a una nota a pie de página: “Y esta pregunta / se podría desgajar en otras dos, son estas: / ¿Aprenderé a vivir alguna vez? / ¿Acabaré algún día con los que ya no soy / pero tampoco hoy me dejan ser quien sea?”. Por otro lado, “Jose” es una elegía que a mí me recuerda inmediatamente a algún poema de Luis Rosales, por ese tono de fraterna cercanía a la peculiaridad, a la amable extrañeza que puede albergar un ser humano. En otros casos, los poetas que me vienen a la mente son Ángel González o Gil de Biedma. Es lo coloquial que busca lo profundo y lo encuentra en la discreta osadía del lenguaje.

 

          La siguiente sección, “Segundo intermedio. Escrivir en tiniebra”, se compone tanto de poemas en verso como en prosa. En ellos volvemos a encontrar intentos de definir lo mayoritariamente inaprensible: “No seremos eternos, / pero nacemos de continuo”; “Amar es inventar al otro”; “El aire es sabio: / sabe ocultarse, / ocultar que sabe”.

          El penúltimo poema, “Ocurrencia final”, es una suerte de poética: “Pero antes de irruir en el papel, / ¿de dónde viene esa palabra? / ¿Quién nos la dicta? ¿Quién -incluso- de uno mismo? / ¿Por qué con esas letras y esa música?” Y sigue con las preguntas: “¿No será acaso la palabra una parábola, / parábola del barro que nos hace y deshace…?” “Parábola del barro, pues. Parábola / que cuenta y canta el miedo al dejar de ser héroes”.

         

          Alberto Chessa llena este poemario de preguntas, de intuiciones, de estratagemas poéticas para desvelar los secretos de la realidad, para crear algunas afirmaciones que puedan resultar verosímiles, dilucidadoras: “Amar es inventar al otro”. Se busca la aproximación: “Más que al acierto, aspiro al acertijo”. Sus versos están sostenidos por una música homogénea, por un tono de apariencia ligera que guarda el resultado de las incursiones más intrépidas. La originalidad de la mirada, su sosiego, nace de una versatilidad del sentimiento, del asedio a los más esenciales pormenores de la vida. Parábola del barro es pues, a la vez, un poemario asequible y profundo, osado en algunas apariencias prosaicas, leal a una música interna, a un léxico nada forzado, desde el que se puede alcanzar la hondura y la belleza desde una actitud comunicativa.  

 

 

 

La cercanía de lo extraño', de Javier Puig – Entreletras

 

 Javier Puig (Barcelona, 1958). Poeta, narrador y crítico literario y cultural. Ejerce su magisterio literario desde Alicante, y Orihuela en concreto. Detrás tiene una obra poética ya considerable, y un amplio trabajo de curiosidad y comentario de la actualidad cultural que se ha concretado en más de quinientos artículos sobre literatura pero también sobre cine. Es colaborador del periódico digital Mundiario. Ha publicado, en poesía, recientemente el poemario En la espesura de lo invisible (ed. Ars poetica, Oviedo, 2026), y con anterioridad, Estancias en la finitud (2020, Elche, Frutos del Tiempo) y En la mirada (2023, Ars poetica). Además, publicó en 2025 un libro de relatos (La cercanía de lo extraño, 2025, Frutos del Tiempo).

 

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Más información editorial sobre el poemario Parábola del barro, de Alberto Chessa, en web de Huerga y Fierro Editores:

 https://huergayfierro.com/parabola-del-barro/

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

NOVENTA AÑOS DESPUÉS. (Sobre el libro "Lorca después de Lorca", de Noël Valis, ed. Renacimiento). Por Francisco Javier Díez de Revenga / Dossier Federico García Lorca, 90 años. Avance de Ágora-Papeles de Arte Gramático N. 42. Otoño 2026 Nueva Colección

 

 

 


 

  NOVENTA AÑOS DESPUÉS

 

    por Francisco Javier Díez de Revenga

 

 

La editorial Renacimiento de Sevilla acaba de publicar el libro de la catedrática de la Universidad de Yale Noël Valis, Lorca después de Lorca, magno ensayo que supera las cuatrocientas páginas, un clásico en su versión original, publicada por Yale University Press en 2022 Lorca after life, es decir Lorca después de la vida. Porque lo que realiza la autora en su documentadísimo estudio es reunir toda clase de testimonios sobre la fama de Federico García Lorca después de su muerte, debido no solo a su obra sino a la celebridad o trascendencia de su figura y personalidad, a su significación como poeta y dramaturgo, cuya popularidad en vida ya había sido sobresaliente.

Son muy reveladoras las relaciones que establece la ensayista con otros grandes poetas y escritores de diversa celebridad y la trascendencia posterior de su significación. Incluso se remonta al destino de algunos poetas que murieron también en actos de violencia, como es el caso de Garcilaso de la Vega, caído en acción de guerra, o el del gran poeta de la época de Felipe IV, el conde de Villamediana, excelente poeta barroco y personaje insurrecto y atrevido, que fue asesinado en una calle de Madrid, y aún no se han resuelto las causas de la muerte de quien presumía que sus amores eran reales…

Dividido en dos partes, el volumen responde, en la primera, a algunas interrogaciones muy inquietantes, como ¿por qué importan los poetas muertos?, o todo lo referente a la tumba de Lorca y la relación del poeta con el pueblo, que en el caso de Federico se complica porque su consagración como poeta popular o poeta del pueblo es muy complicada y controvertida y no fácil de asumir, como muy bien detalla Valis aportando todo tipo de pruebas.

En la segunda parte, se detiene, a la hora de fijar el sentido y la valoración de su fama posterior, en la homosexualidad del poeta, que la autora pone en relación con muy célebres escritores que gozaron de fama y se convirtieron en mitos, como es el caso del gran poeta norteamericano Walt Whitman, al que Lorca dedicaría su célebre Oda, que figura en Poeta en Nueva York, y que Noël Valis desentraña y comenta estupendamente en la parte final del ensayo, contrastando famas y celebridades.

Es tan certera en el uso de sus fuentes que incluso recoge su valoración como poeta sacrificado en una especie de «drama sacramental» y como poeta del pueblo, en las reacciones inmediatas a su muerte tan pronto fue conocida en la España republicana, a través de un periódico de Murcia, Nuestra Lucha, el 29 de agosto de 1936, que fue el primero del mundo mundial en publicar la tremenda noticia de la muerte de Lorca, como recoge puntualmente Valis en su libro.

La reacción de los que hacían el periódico murciano fue inmediata. Cuando todavía la noticia no era conocida nada más que por unos pocos, Nuestra Lucha, en una curiosa sección titulada «Picota», por la que venían desfilando personajes conservadores o generales sublevados (Mola y Franco, entre otros), publica al día siguiente, 30 de agosto de 1936, una columna, en la que ya se inicia la mitificación del poeta como héroe y como mártir: «Federico García, el buen Federico García Lorca, según las nuevas infaustas que nos angustian, ha muerto, fusilado por los traidores. Hubo siempre en él la señal de un destino sombrío, oscuridades de sangre y de tragedia. Terrible enunciación de sangre y de venganza de estos espantosos poderes a los que había arrebatado exaltada y patéticamente todos los secretos. Ha sido la muerte suya, muerte de héroe o de mártir que son términos iguales. Muerte noble, y no hay muerte noble sino en los términos de las vidas excelsas. La muerte del gran poeta, del trascendental poeta Federico García Lorca, ha sido un drama sacramental, instantáneo. Su alma desbordada debió salir, a borbotones, como las imágenes de las canciones y del Romancero gitano, amasado de sangre morena, en liberación de los despojos corporales».

          Pocos días después, el poeta murciano Rafael García Velasco, en su Elegía a Federico García Lorca (El Liberal, Murcia, 18 septiembre 1936) consagraría, todavía en caliente, el carácter de mito universal y popular de Federico, cuando cierra su romance con estos versos, recordados por Noël Valis en su libro, como muestra del icono popular en que Lorca se convirtió inmediatamente después de su muerte: «¡Ay, cómo lloran tu muerte / los gitanos y gitanas! / ¡Ay, cómo lloran y lloran / los pobres, tus camaradas!». Tal como señala Valis, en ese momento «Lorca ya forma parte del pueblo en un poema que apunta hacia el mito».

 

El artículo del profesor Díez de Revenga fue publicado en La Opinión, de Murcia, el lunes 17 de agosto de 2026. Lo reproducimos por gentileza de su autor.

 

 

 

Francisco Javier Díez de Revenga es Catedrático emérito de Literatura en la Universidad de Murcia. Escritor, ensayista, autor de libros de referencia sobre Miguel Hernández, Carmen Conde, Azorín, y sobre la Generación del 27. Publica semanalmente un comentario sobre libros de actualidad en el periódico La Opinión, de Murcia.

 

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Más información editorial sobre el libro Lorca después de Lorca, de Noël Valis, en web de Renacimiento:

 https://www.editorialrenacimiento.com/los-cuatro-vientos-serie-mayor/3438-lorca-despues-de-lorca.html