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martes, 17 de febrero de 2026

"Yodo en los labios", de Juan Pablo Zapater. Comentario de Fulgencio Martínez / Avance de Ágora N. 37. Nueva Col. Marzo 2026 / Bibliotheca Grammatica / Poesía

 


Stendhal, el gran novelista francés, se inspiró en el proceso de cristalización de la sal para crear su certera y hermosa metáfora que describe el enamoramiento. Supe del libro Del amor (1822) de Stendhal y de la teoría de este sobre la cristalización como un estado de encantamiento que se produce de repente, un salto de una forma a otra forma, que altera la misma estructura molecular-psicológica del enamorado, por otro libro, al que llegué en mis años juveniles: Estudios sobre sobre el amor, del filósofo José Ortega y Gasset, editado en la célebre colección de bolsillo de Austral, de Espasa-Calpe. El libro de Ortega se publicó en 1939, y recoge artículos publicados en prensa entre los años 1926 y 1927. Hay una edición moderna, de 2018, muy recomendable, en la colección de bolsillo de Alianza Editorial, que reúne, bajo el título "Del amor", el ensayo homónimo de Stendhal y el artículo de Ortega "Amor en Stendhal" entresacado del volumen orteguiano citado.

    La lectura del libro de haikús, Yodo en los labios, de Juan Pablo Zapater, recién publicado en este 2026 por La Garúa, me ha traído el recuerdo de esas páginas formativas. Pero, Yodo en los labios no solo me ha hecho pensar en la poesía, en el amor, pues ambos van tan unidos en este libro, como luego abordaré; también en la condición de la sensibilidad, o para ser más exactos, en las condiciones modernas de la sensibilidad.

    La poesía es un estado de enamoramiento de lo real. Para darse cuenta de ello, basta pasar las primeras páginas de Yodo en los labios. Qué lejos se halla esta poesía de inventar mundos paralelos o mundos exóticos. Y por eso, con acierto de intención, el poeta valenciano Juan Pablo Zapater, su autor, recurre a la forma "haiku", de origen chino y de espléndida tradición japonesa; una tradición de poesía que, muy al contrario de la pretensión de impresionarnos con algo exótico, chic o rebuscado, es lo más natural, la mirada más "inmediata" y natural a las cosas desde la sensibilidad de un gran poeta. Este puede que haya nacido y vivido hace 400 años en Japón, como el maestro Basho, o como un haijin más moderno, en el siglo XX, casi contemporáneo de nuestra sensibilidad: Usuda Aro. Y un gran autor de haikús puede ser un autor español vivido junto al Mar Mediterráneo, como Vicente Gallego o como el autor de Yodo en los labios: Juan Pablo Zapater. Precisamente Usuda y Vicente presiden con sendos haikus la primera parte del libro que comentamos. No quisiera postergar la mención a mi autora de haikús preferida, Susana Benet, sin duda una de las más exquisitas poetas en este estilo y género poético. También es quien firma el prólogo de Yodo en los labios (y no es casualidad su presencia en el libro de Zapater).

    En el prólogo de Susana Benet se recogen algunas claves que sitúan el género poético del haiku y la peculiaridad de su escritura por Juan Pablo Zapater:

        No es precisa ninguna formación previa sobre el haiku (...) para saber apreciar lo que ofrecen estas páginas. No hay artificiosidad en ellas, no hay pedantería. Zapater regala instantes vividos y vivientes que conservan y evidencian el poder del asombro. (p. 7. op. cit.)

    Junto a la "inmediatez", expresión que he mencionado antes y que he extraído de las breves y enjundiosas páginas del prólogo de Susana Benet ("Las imágenes que nos propone posen un fino realismo, una gran inmediatez", p. 6, op cit), el vitalismo ("El haiku se ocupa solo de la vida", dice Susana Benet, citando al profesor Rodríguez-Izquierdo); Benet destaca en las composiciones de Zapater la condición de viveza e intensidad ("instantes vividos y vivientes") y, sobre todo, pues este es el fin que ha de producir un buen haiku, el asombro: ese golpe del asombro es como el golpe de la mano en la madera, de un sonido en la conciencia, de un ser vivo (árbol, ola, mar) ante la contemplación, o, en lo retrospectivo e interno, de la presentización de un recuerdo nítido en la memoria, un recuerdo de infancia o de una realidad vivida ausente y cargada de emoción desde la ausencia. El asombro es como el golpe que despierta en la música y en la filosofía zen. De ahí, tal vez el nexo entre la poesía, el haiku y el zen.

    ¿Pero estamos en condiciones actualmente de recibir esa paz o esa inquietud de relámpago de la poesía? 

    Susana Benet incide también, en las primeras líneas del prólogo a Yodo en los labios, en la importancia del tiempo, del presente pero también de la pasado (el pasado de la evocación) en los haikús en general, y especialmente en los haikús de este libro de Zapater. La sensibilidad dispersa ha de ser atrapada, como una mosca, por esa trampa lírica que es el haiku, para que se produzca la virtualidad de este, el asombro. (No confundir con épater, con epatar, anecdótico y adjetivo).

        En el caso de este libro de Juan Pablo Zapater, percibimos que sus versos están vivos, aunque algunos de ellos jueguen con el tiempo y nos hablen de sensaciones, imágenes y emociones de momentos ya pasados. Pero también lo hacen de su presente, logrando que todo se interconecte en un atractivo fresco. (p. 5)

        Ese discurso, interconexión de tiempos, presente-pasado que es presente, es lo que hace también al libro de Zapater "una especie de diario". (dice S. Benet).

        Para mi gusto, este es uno de los grandes aciertos de esta obra.

        La misma prologuista, que nos ha servido la mejor introducción y análisis de este libro, presenta brevemente su estructura: el libro se compone de dos partes, la primera titulada "Yodo en los labios", como el título general de la obra; y la segunda, "Los tallos ciegos". Ambas partes recogen colecciones de haikús diferentes, en la primera predominan el mar y las huellas como símbolo; en la segunda, el jardín y las flores. En ambas el paso de las estaciones, más demorado en la segunda parte, y de fondo, el sentir dolorido del tiempo.

        La clave del libro, quizá por propia deformación, la encuentro personalmente en el último haiku, uno de mis preferidos:

        Plantar un árbol

        que no verás crecer.

        Eso es el tiempo.

                 (p. 134)

 

YODO EN LOS LABIOS

En la primera parte, hay una secuencia de haikus extraordinaria, que se sucede como una secuencia casi cinematográfica (los haikus se enlazan unos a otros, de forma natural y narrativa, pero a la vez se potencian unos a otros en su sentido poético; de lo que luego daremos ejemplo con dos haikús consecutivos):

    Esa primera secuencia arranca de un todavía difuso amanecer (ejemplar la cita pórtico, de Usuda Aro: ("Desde lo oscuro / acometen las olas / la fresca playa").

    El protagonista es el mar, desde luego. Símbolo romántico de lo infinito, de la aventura odiseica, también símbolo del más allá de la muerte, y de lo ignoto, para los simbolistas y para Antonio Machado. El mar tiene muchas caras y muchas escrituras vertidas ante su arriscada imagen, difícil de encerrar en palabras y en poesía. Así empieza Juan Pablo Zapater, con este hermoso haiku metapoético, si me perdonan la pedantería. Es un momento crucial, porque nos presenta al mismo poeta, su figura reflexiva que pronto va a abrir la sensibilidad a lo real presente. Más que lo metapoético, que está en un segundo plano, menos interesante sin duda, cobra importancia aquí lo figurativo y performativo:

        El mar no cabe 

        en diecisiete sílabas.

        Cabe su instante.  

             (p.15)

 No solo describe, sino que realiza, es performativo este haiku. Pero vean que su realización -perfecta por cierto, según los cánones: 5-7-5- introduce la paradoja. También la radical insatisfacción del poeta, o el anhelo de perfección imposible. "Cabe su instante", es la conclusión que la sensibilidad extrae y que a partir de ese primer haiku se desarrolla en distintas fotografías o captaciones de vivencias inmediatas, que se suceden -lo hemos ya destacado- de forma magistral, acompasadas como una secuencia, desde el despertar del día, tras una noche de insomnio vivida en la casa frente al mar, hasta la inmersión en las aguas, y aun después, la indagación sobre las huellas en la arena, el tiempo de la infancia ido, etc...

Noche de insomnio,

las olas infinitas

tampoco duermen.

             (p. 16)

 

La luz primera,

llave de la mañana, 

umbral del mundo. 

        (p. 18)

 

    La secuencia continúa con otros haikús. Destaco este, excelente, de lo mejor de la colección, por su larga imagen que asocia dos "castillos" y dos contemplativos (el que mira sin ver ya la princesa y el que canta bajo la almena)

Junto a la orilla

un castillo de arena

sin su princesa. 

        (p.25)

 

Y el contemplativo entra en el mar:

Entras al mar

y vuelves a sentirte

pez en el agua.

     (p. 27)

 

Yodo en los labios, 

el sabor de las algas

dulce y salado. 

     (p. 28)

 

Vuelvo a ser niño,

floto en mitad de un sueño

sin hacer pie.

   (p. 38)

 

Y también estos dos bellísimos haikús, donde el poeta nos cede su mirada a distancia. Observen en el segundo la original introducción del término contemporáneo "avión" en un haiku de factura clásica.

Desde la arena

ladra el perro a la nube

que se le escapa.

    (p. 52)

 

Un avión borda

la tela azul del cielo

con hilo blanco.

    (p. 53)

 

El paso de las estaciones, del verano al otoño, es inminente:

Aires de otoño:

Las playas se desnudan

de sus sombrillas.

    (p. 67)

 

Las marinas que componen estos versos de la primera parte no han estado faltas de evocaciones, donde, como dijimos, se asocian tiempo presente y tiempo pasado vuelto presente. También las cosas -zapatos, sombrillas, pala, rastrillo de jugar en la arena - están cargadas de significación temporal y sentimental. 

Pala y rastrillo

tirados en la arena,

¿serán los míos? 

    (p. 37)

 

LOS TALLOS CIEGOS 

La segunda parte del libro, intitulada "Los tallos ciegos", nos devuelve de nuevo a la noche, otro de los símbolos. La noche como silencio e incertidumbre, pero también como anticipo de la extrañeza de que ahí fuera haya algo, un mundo que cantar, una realidad presente, maravillosa y a la espera de ser recogida en su instante, único, fugaz, por esta poesía. 

    Las citas que, a modo de epígrafe, abren esta nueva narración-secuencia lírica, que transcurrirá por el presente y el recuerdo de jardín y de flores (de distintos nombres, jacintos, lirios, que recuerdan el motivo poético de la fugacidad) son de dos grandes cultivadores del haiku contemporáneo: Borges y Susana Benet, a quien ya conocemos. La cita de Borges nos remite a la palabra-motivo: noche. ("La vasta noche"), la de Benet nos evoca la perplejidad de los jardines y los estanques donde se reflejan las ramas de un árbol. ("El viento agita / el reflejo de un árbol / dentro del agua"). Estamos ante un mundo de perplejidad, a modo del país de Alicia, o en ese mundo infantil de espejos, apariciones y sustos que es el tren de la bruja. Ambos mundos son el mismo mundo, como queda reflejado en el sintagma "Los tallos ciegos".

Ser un jardín,

recogerse de noche,

vibrar de día.

  (p. 77)

 

Esta segunda parte, que contiene más haikús (o haikai) que la primera, es también más compleja que aquella. El paso de las estaciones se torna ahora moroso, desde la primavera rezagada pero avasalladora, transformadora y vitalizante de todo:

Aunque invisibles,

hasta en los tallos ciegos

crecen las rosas.

    (p. 79)

 

Y este doblete de haikús que se refuerzan en su sentido poético, hasta el punto que (como hemos comprobado en su lectura seguida), un verso en uno, "En primavera", puede prestarse al inicio del otro que sigue:

 

En primavera                          La mano tierna     

los jacintos parecen              de un niño arranca un lirio.

recién pintados.                     Delito impune.

    (p. 108)                                      (p. 109)  

 

hasta el depresivo otoño, en los compases finales:

 

Las hojas secas

crujen a nuestro paso

con tonos tristes.

    (p. 132)

 

El poemario acaba, no obstante, con una apuesta, en el haiku que hemos ya citado y que cierra el libro y resume lo mejor de su indagación, sostenida por el poeta con aliento de gran poesía, que creemos quedará entre los poemarios de su generación. "Plantar un árbol / que no verás crecer. / Eso es el tiempo").

 

Fulgencio Martínez

Huesca, 17 de febrero 2026 

 

lunes, 16 de febrero de 2026

Mis campos de fútbol ( de "Cartas a los hijos de mis hijos", relato 2). Por José Gálvez Muñoz. Avance de Ágora N. 37. Nueva Col. Marzo 2026 / Relatos

 

                                                    Cruyff antes de sacar un córner, en La Condomina, durante el Real Murcia-FC Barcelona (4-11-1973) 

 

 

 

 

Cartas a los hijos de mis hijos (2)

 

Mis campos de fútbol

 

 

   por José Gálvez Muñoz

 

 

Enfrente de nuestra casa de la calle Mar Menor, en los bajos de un edificio ya algo antiguo, estaba la Academia de Don Miguel. Alrededor del edificio habían venido a parar, para nuestro disfrute y para provocar alguna que otra herida, montañas de escombros de las numerosas obras en marcha en el barrio de Santa María de Gracia, a mediados de los años 60.

Sin embargo, detrás del edificio había un pequeño descampado. Allí comencé, con apenas seis años, mi brillante vida de futbolista. Yo estaba entre los más pequeños. El partido no era más que una carrera continua detrás de la pelota. Era muy difícil centrarse, pero de vez en cuando conseguía dar una patada al balón.

Todo comenzaba con el ritual de pedir jugadores. Los dos capitanes se ponían frente a frente, a cierta distancia el uno del otro, e iban aproximándose colocando un pie justo detrás del otro hasta encontrarse. El último que conseguía meter un pie, ganaba. Primero elegían a los mejores o a los más amigos y para el final quedaban los más pequeños; los “palomica suelta”. Aprendí mucho de cómo correr con cierta soltura aquellos días.

Con lo que ya había entrenado comencé a correr entonces por los campos de fútbol del colegio. Desarrollé entonces una fina capacidad para adivinar a dónde iría el balón y para anticiparme a los adversarios. Pero como quiera que esta nueva habilidad se combinaba con cierta ansiedad creativa, que me ha acompañado siempre: una especie de amontonamiento de ideas y capacidades ante la necesidad perentoria de resolución, terminé por hacerme defensa lateral izquierdo y despejar sin contemplaciones y sin más complicaciones.

Mi siguiente experiencia en terrenos de juego también me enseñó cosas muy útiles. Y es que a veces se utiliza a las personas para ciertos fines. El caso es que un día fuimos a la Condomina para participar en una especie de Demostración Sindical de las que organizaba el Régimen, pero de niños. Durante semanas ensayamos con música cómo dar saltos sincronizados o formar perfectas figuras geométricas con nuestros cuerpos. La puesta en escena fue un éxito y yo lo hice lo mejor que pude. El blanco de los uniformes quedaba muy bien sobre el verde del césped. Las autoridades se mostraron satisfechas.

Años más tarde volví por segunda vez a La Condomina. Esta vez de espectador. Real Murcia-San Andrés. Era todo extraordinario a los ojos de un niño. Ver jugar en carne y hueso a jugadores de verdad no tenía parangón. Las camisetas, el sonido del balón, los encontronazos, las oportunidades, los árbitros de negro….

Aún volví una tercera vez a La Condomina, esta vez para resarcimiento de la primera. Fue en junio de 1977, pocos días antes de las primeras elecciones generales democráticas. Un gran mitin socialista llenaba el estadio. Aunque yo aún no podía votar, ver a los demócratas pisar del terreno de juego emocionaba hasta a los más escépticos.

Fue precisamente a inicios de esos años 70 cuando ocurrieron dos hechos relevantes para mi vida. A comienzos de ese verano, un día del Corpus, mi padre comenzó con dolor de abdomen y fiebre. Los días de fiesta no eran buenos para ponerse uno malo y Murcia no contaba con tan avezados clínicos como ahora. A lo largo del día se fue haciendo evidente que tenía apendicitis. Por las demoras del diagnóstico o por la severidad del proceso, el apéndice se perforó y el cuadro se agravó. Se intervino, pero ya había pus en el peritoneo. La cirugía fue complicada.

Afortunadamente comenzaban a funcionar aquellos días en España las famosas UVIS. Estuvo ingresado en la del Hospital la Vega muchos días. Mis recuerdos son los de un niño tomando algo con mi madre en su cafetería, que olía a hospital, o mirando por la ventanilla del autobús al edificio que quedaba al fondo, entre triste, preocupado, también esperanzado, a punto de rezar. Finalmente, mi padre salvó la vida.

La otra cosa que ocurrió aquel verano es que también por aquellos días estaba previsto que pasara un mes en la Residencia de los Maristas en Guardamar. Iba a hacer una especie de campamento de verano y aprender francés. Aunque siempre existió la sospecha de que pudiera ser captado por la Orden, allí estudiamos francés, jugamos a las cartas y al parchís, hicimos excursiones a las pinadas y a las playas cercanas y ¡jugamos al fútbol!

Como parece que no estaba en los planes de la Providencia que yo siguiera el camino de una Orden Eclesial ni el del fútbol de élite, pronto volví al campo de la almendra y a mi padre convaleciente. El cual con mucho baño de sol y violeta de genciana iba curando su anfractuosa herida abdominal.

En El Olivarico, nuestro campo, y gracias a la previsión de quien ya sabéis, había desde el principio y aún sigue estando, un pequeño campo de fútbol de tierra pisada entre pinos y limoneros. Casi todo estaba allí pensado para los niños. Así ese insólito terreno de juego espera que también vosotros os animéis a correr detrás de la pelota.

Fue allí donde hice mis últimos esfuerzos por enderezar mi carrera deportiva. Para ser sinceros, lo más deslumbrante era la indumentaria. Una camiseta de un blanco zinc luminoso, con largas mangas, anchos calzones y las medias bien estiradas el mismo color. El 11 de Paco Gento al dorso y las botas reglamentarias.  Sin embargo, siempre me ha inquietado un poco en el recuerdo aquella ostentación indumentaria de niño bonito. En ocasiones venían algunos niños de la Parroquia de la Mantanza a jugar con nosotros.

Otras veces, venían ellos con sus maestros a jugar o a celebrar el día de la Mona.  Lo cierto es que, ahora sabemos, esos niños ahora adultos, disfrutaron como nosotros de aquel mini-campo de fútbol,  recuerdan ahora con simpatía aquellos días y además con la satisfacción de los grandes futbolistas.

 

 

 

José Gálvez Muñoz es médico reumatólogo, jubilado del Servicio Nacional de Salud. Ha dedicado sus años jóvenes al estudio y creación de literatura médica, ahora dedica su tiempo y humanidad al cultivo de la escritura, de la filosofía, el arte y la literatura y su divulgación. Reside en Murcia.