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jueves, 19 de marzo de 2026

Ha muerto el continuador de Faulkner. Artículo de Gastón Segura / Dossier António Lobo Antunes, "in memoriam". Ágora-Papeles de Arte Gramático N. 38. Nueva col.

 

                                                                             António Lobo Antunes. Fuente: Hoja del Lunes, de Alicante

 

 

Ha muerto el continuador de Faulkner 1

 

 

Por Gastón Segura

 

 

Miren que lo han pretendido muchos, no digo convertirse en sus divulgadores, esos sumamos legión; no, me refiero a aquellos que intentaron seguir la traza tortuosa que William Faulkner imprimía a sus relatos como un lamento irreparable de quejas y rencores que, en su atrabiliaria miseria, se emborrascaba de leyenda, y, la verdad, ninguno que haya conocido lo consiguió, salvo António Lobo Antunes; como ya sabrán, fallecido hace unas cuantas de semanas.

          Todavía recuerdo cuando supe por primera vez de su existencia. Fue una noche de hace unos cinco lustros, en una de aquellas Mandrágoras (1997-2001) que dirigía, para la televisión estatal, Félix Romeo, entre un obtuso decorado de sofás rescatados de un chamarilero y neones de colorín para darle un toque de estridente actualidad, cuando apareció, sentado sobre una de aquellas aparatosidades de felpa un hombre rubianco, de mirada fatigada y de un laconismo renuente, tras la credencial de novelista portugués. Y contra cuanto normalmente me sucedía y me sucede, que apenas escucho un par de termodinámicas y pretendidamente ingeniosas respuestas del entrevistado, pierdo cualquier gana por saber qué publicó y por supuesto de cuanto le quede por publicar, aquel hombre mereció mi atención, pues se expresaba con la desgana propia de quien ha palpado demasiadas piltrafas de humanidad como para no verter, línea tras línea, la larga y repetida cuenta de los sórdidos errores de sus congéneres desde los días en que Dios, creado el mundo y sus criaturas, se retiró a descansar.

          De inmediato, no solo memoricé su nombre, sino cuando tropezaba con uno de sus títulos recién editado, pasaba las manos por sus cubiertas como si en el manojo de hojas que encuadernaban se encontrasen los arcanos más veraces y pesarosos de nuestras almas. Y, por supuesto, las páginas de cuantos de estos tomos fui leyendo a salto de mata, nunca me defraudaron, porque sus personajes atorados, como la mayoría de nosotros, en un renuncio estruendoso del pasado, deambulaban por la tristeza o, aún peor, por un hastío sin redención posible. Era algo tan faulkneriano como el otro elemento casi constante de sus novelas: las posesiones africanas y sus guerras de independencia, donde Lobo Antunes había servido como oficial médico en Angola, y donde descubrió el problema de la sumisión del negro, a la vez provocador de la mala conciencia cuanto enemigo acechante en las entrañas de la selva, y de cuya presencia en la memoria de tantos combatientes como él mismo, Portugal ya no podría desprenderse ni aunque hubiese abandonado aquellas inmensidades australes como un vetusto imperio, y tan derrotado que su dictadura, de casi medio siglo, se desplomó una madrugada de abril, con una alegría tan contagiosa y popular que dejó estupefactos a los jerarcas de este lado de la raya.

          De modo que lo racial con sus aversiones y sus culpabilidades, o el desmoronamiento de un Estado de altisonantes proclamas sobre una escombrera de pobretería y analfabetismo, o las consiguientes utopías de un signo u otro condenadas luego, por el trantrán inexorable de los calendarios, al desván polvoriento de los ayeres traicionados, siendo asuntos constantes en Lobo Antunes, no se me antojaron sino la traslación a este lado del Atlántico de aquel derrumbe del Dixie, que tanto había subyugado a William Faulkner como para dedicarle toda su narrativa, excepto esas dos primeras novelas, que si no fuera porque viene impreso su nombre en la portada y por su conocida y fracasada experiencia como piloto de combate, nadie se atrevería a atribuirle.

          Claro que con los argumentos y sus devaneos, sean sórdidos o esplendentes, no basta; se precisa de un tipo peculiar de expresión, y como en Faulkner, Lobo Antunes recurrió a la voz —normalmente a varias— que nos van desvelando en su decir un corazón arrepentido u ofuscado que se retuerce acosado por sus heridoras claudicaciones o por sus secretísimas crueldades, e incluso que busca astutamente nuestra caridad en la justificación obsesiva de sus fechorías. De ahí que Lobo Antunes mantuviese su desinterés por las peripecias y su preferencia por los sentimientos como los grandes motores de toda narración; es decir, como los verdaderos impulsores del personaje; a fin de cuentas, dueño absoluto de una novela cuando merece llamársela cabalmente así. Y entre los sentimientos, sin duda, Lobo Antunes reparó siempre en los más pérfidos por su ineludible y avergonzadora flaqueza y por su mácula indeleble para lo que resta de vida. ¿No les suena todo esto a cuánto nos estremeció en Mientras agonizo (1930), en Luz de agosto (1932), en ¡Absalón, Absalón! (1936), en Desciende Moisés (1942)…?

          Entonces; ya me dirán si no debo considerar a António Lobo Antunes el más esforzado continuador de una forma de relatar practicada incesante y, a la vez, proteicamente por William Faulkner. Una manera admirable, pues si empleaba cuantos recursos el arte narrativo acababa de ensayar durante el recién nacido s. XX, lo hacía con la singular habilidad de retrotraer al relato a la más elemental experiencia del contar; aquella que paladeamos al pronunciar los primeros libros bíblicos o los grandes poemas épicos que los precedieron, donde el decir memorioso es tan ineludible como la exigencia de un auditorio turbado por los hechos que se van a evocar, dado que el argumento, por variadas vicisitudes que presente, no será sino la conciencia de los desdichados límites del hombre y de cuantos quebrantos acarreó todo intento por superarlos; ¿o acaso conocen otra preocupación más genuinamente humana?


 

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Nota del Ed. 1. El artículo originalmente se publicó en El Imparcial (15-3-2026).

https://www.elimparcial.es/noticia/294983/opinion/ha-muerto-el-continuador-de-faulkner.html

Lo publicamos por cortesía de su autor, Gastón Segura Valero, quien hizo una modificación actualizadora sobre el original publicado en el periódico. 

António Lobo Antunes murió el 5 de marzo de 2025, en Lisboa, a los 83 años de edad. Fue uno de los grandes maestros de la prosa portuguesa.  Autor, entre otros libros traducidos al español, de La última puerta antes de la noche y En el culo del mundo, un relato autobiográfico sobre su vivencia como médico en Angola.




Gastón Segura Valero, escritor, articulista y editor. Ha publicado recientemente la novela Saga nostra, editada por Drácena.  

Nació en Villena (Alicante), en 1961. Se licenció en Filosofía por la Universidad de Valencia. En febrero de 1990 se instaló en Madrid con el propósito de ser escritor. También ha publicado, entre otros libros, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, 2011; y las novelas Stopper, 2008; Las cuentas pendientes, 2015; Un crimen de Estado, 2017; Las calicatas por la Santa Librada, 2018; Los invertebrados, 2021; además de la compilación del blog Los cuadernos de un amante ocioso, 2013. 

Escribe habitualmente en El Imparcial.

miércoles, 18 de marzo de 2026

NOTICIA Y BREVE COMENTARIO DEL LIBRO "HISTORIA DEL ATENEO DE MADRID", DE VÍCTOR OLMOS. Artículo de Fulgencio Martínez. Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático N. 38. Nueva Col. Bibliotheca Grammatica /Ensayo e historia

 


Victor Olmos

Historia del Ateneo de Madrid.

  Doscientos años de cultura.

Ed. Almuzara, Córdoba. 2024 

 

NOTICIA Y BREVE COMENTARIO DEL LIBRO HISTORIA DEL ATENEO DE MADRID, DE VÍCTOR OLMOS

 

Victor Olmos (Madrid, 1935), periodista e historiador, ha publicado Historia del Ateneo de Madrid en septiembre de 2024 (editorial Almuzara). El libro es un compendio de otro más amplio del mismo autor: la trilogía que lleva el hermoso título: Ágora de la Libertad. Historia del Ateneo de Madrid (Ediciones Ulises). Ahí se dividía en tres volúmenes la materia -nada menos que la historia del Ateneo, desde sus inicios en 1820, con el primitivo Ateneo, luego refundado por los liberales románticos en 1835, hasta las vísperas de la celebración del segundo centenario de la Docta Casa (2020).1

 


 

    No conocíamos ninguna de estas obras. Como lector he tenido la suerte de encontrarme en una biblioteca pública (en Huesca) con el primer título, Historia del Ateneo de Madrid: un compendio de lectura sabrosa, que recorre sin cansar al lector la historia bicentenaria de una institución madrileña que está unida tan vívidamente a la literatura, al arte, las ciencias, y también a la política: a la cultura, en su universalidad, de este país llamado España.

    Frecuenté el Ateneo de Madrid en mi juventud y he vuelto a ser socio ateneísta desde primeros de este año 2026, por lo que la lectura del libro de Víctor Olmos tiene algo para mí de rito de iniciación, o si quieren, de confirmación. En efecto, me reconozco en la historia grande del Ateneo, tal como la relata en su libro el maestro Víctor Olmos: una historia de pasión intelectual y literaria, y a la vez una escuela de carácter, de tolerancia y de atrevimiento ("sapere aude" kantiano), de sentir el pensamiento y de pensar el sentimiento (que pedía Unamuno, el gran don Miguel, uno de los que dirigieron la Casa).

 

                    

                                                           Larra, primer carnet de socio del Ateneo
 

    En la historia grande hay por supuesto pequeñas miserias, pero prevalece el espíritu magno y liberal, el amor por el saber y el culto a las Musas como emblemas con los que todos nos podemos identificar.

    Así en la historia pequeña de cada uno de nosotros, buscadores de la verdad y la belleza, habrá pasajes de niebla pero se ha mantenido la luz en toda esa aventura que es el vivir y verse vivir y cumplir años. A mis 65, soy el que soy, y me siento ateneísta (de corazón, de mente y hasta de materia), y parte, una gran parte de ello, se lo debo a la lectura de este libro de Víctor Olmos.

    Diré, vaya delante la crítica, que me ha resultado un tanto pesada la historia administrativa. Digamos que no es culpa del historiador en absoluto. Culpa en todo caso de la idiosincrasia ateneísta, que no cambia en siglos (y en parte, eso es admirable), con el prurito de discutir y rehacer lo rehecho. También es que no me logro interesar por las disputas de poder, que a la base están en el relatos de los intentos de cambios de reglamentos, estatutos, nombramientos, etc.

    Si de mí dependiera..., me gusta la idea inicial (casi debería ser un intocable): que cada año se elijan los cargos representativos (por supuesto, en listas abiertas) y que ¡cada mes! (salvo el de agosto no laborable) se convoquen asambleas generales.

    Pero me doy cuenta de que yo también he entrado en la batalla, casi sin querer. 

    Tampoco he seguido con facilidad la historia económica de la institución, y sus vicisitudes, creo que, como la administración, muy bien registradas y exhaustivamente reflejadas en el relato del libro de Víctor Olmos. Relato que por encima de todo se mantiene (lo mantiene la escritura del autor) con voluntad de épica.

    Lo que, en serio, me parece un milagro (también en la Cultura los hay) es que el Ateneo haya podido sobrevivir durante dos siglos, y con una (relativa) independencia económica, pero, lo más significativo, con independencia de los poderes fácticos y de los oportunismos y los dogmatismos ideológicos que en cada época han soplado con fuerza sobre una institución privada (de interés público, cultural) como el Ateneo. 

    En parte, ese milagro es explicable por algo así como la fuerza, el karma, con la que lo impregnaron las grandes personalidades que forjaron su pasado, un pasado que prácticamente llega hasta ayer mismo y que se funde con el presente, enriqueciendo a este en nobleza, tolerancia hacia la ideas pero también en espíritu indomable. 

    Como consignó uno de los presidentes del Ateneo, el político conservador Antonio Cánovas (y por venir de un supuesto conservador o moderado tiene quizá más valor la frase): en el Ateneo "se podía decir lo que en otro lugar no estaba permitido", y, como ayer hoy: cualquier idea, aun "la más radical" se puede expresar y defender.

     Personalidades, como el fundador del Ateneo madrileño en 1835, el Duque de Rivas, o su primer socio (de cuota), Mariano José de Larra, Benito Pérez Galdós y la Condesa de Pardo Bazán en el siglo XIX; o Manuel Azaña, Miguel de Unamuno, Ramón del Valle Inclán, Fernando de los Ríos en el siglo XX; o más cerca a nosotros, en el XXI, Carlos Paris o el también filósofo José Luis Abellán. Son algunas de esas lumbreras que han abierto la senda que el Ateneo ha seguido hasta la fecha. Su actual presidente, Luis Arroyo Martínez, científico social, ha sido el instigador del libro que comentamos, con el propósito de acercar al lector a la historia del Ateneo de Madrid a través de una síntesis significativa y a la vez amena.

 

                                          Carlos Paris fue presidente del Ateneo de Madrid.

 

El libro de Víctor Olmos, en sus cuatrocientas páginas, está dividido en ocho Partes que contienen en total 57 Capítulos. A lo que hay que añadir una amplia Bibliografía y un índice onomástico (¡muy de agradecer en un libro histórico que también ha de servirle al lector de obra de consulta cuando quiera rápidamente dirigirse a un nombre o un dato!). El libro tiene, además, tres textos iniciales. (Dos paratextos: Presentación, por Luis Arroyo; Nota explicativa de la condensación de la trilogía sobre la historia del Ateneo publicada anteriormente por el mismo autor, Víctor Olmos; y la Introducción propiamente dicha al libro).

     La secuencia en capítulos y partes facilita la amenidad y logra captar con atención y claridad el decurso histórico de la Institución. Mérito literario del autor del libro es centrarlos en unos temas (bien internos o externos a la propia vida del Ateneo pero repercutidores sobre la misma). La historia política de la España del XIX, apenas extendido el espíritu liberal de las Cortes de Cádiz tropezaría pronto con un periodo de censura, de oscuridad (absolutismo): el primer Ateneo, fundado en 1820, a raíz de aquel espíritu de Cádiz, será clausurado, pero no apagado. Revive con la vuelta de Londres de los liberales, con Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas (primer presidente del Ateneo de Madrid tal como hoy se conoce).

    Víctor Olmos sabe ligar extraordinariamente bien los temas externos con los internos a la Casa, de modo que el lector apenas deja de interesarse, une cabos y ansía seguir leyendo, a ver qué pasa, qué nube o nubarrón nuevo caerá sobre ella, pero también qué nuevas energías, nuevos impulsos (de personas, de ideas) surgirán. Como La historia interminable de Ende.

     Hemos señalado ya algunos de esos temas "internos", que tejen la trama del libro. Pero añadimos ahora otros, quizá los más relevantes: la forja de la biblioteca del Ateneo, ese tesoro, que yo mismo he tenido ocasión de disfrutar, tanto en mis ocios como en mis horas dedicadas a preparar Oposiciones en Madrid. Una de las bibliotecas mayores del Reino, sin duda, cuyos primeros impulsos se debieron a la labor del bibliotecario del Ateneo, figura esencial en la misma institución (nos recuerda un poco a la famosa novela de Umberto Eco el énfasis, no exagerado sino realista, en esta figura destacada por el libro de Víctor Olmos). Ramón de Mesonero Romanos, Ramón Menéndez Pidal, Ana Santos son en el arco del tiempo, desde el siglo XIX hasta el actual, quienes han impulsado, junto a otros muchos, la gran biblioteca del Ateneo, un lugar que a Borges no le resultaría extraño.

    Las cátedras, que ya inició el presidente Antonio Cánovas del Castillo, llegaron a ser tan "populares" -especie de Universidad abierta- que la sociedad madrileña, tanto mujeres como hombres, acudían a aprender, en ellas, el saber de científicos, artistas, ingenieros, arquitectos, literatos de primera. No olvidemos en la historia del Ateneo el papel de la ciencia, representada por nombres como el premio Nobel Santiago Ramón y Cajal.

 

                                           Pedro Salinas, fue director de la sección de Literatura del Ateneo de Madrid
 

    El arte, la política, las ideas sociales, estaban también presentes en exposiciones, tertulias, revistas y boletines. La división en secciones del Ateneo favorecía el impulso de cada iniciativa de los ateneístas y su canalización. En la actualidad, existen más de 20 secciones, de lo más diverso en cuanto a ideología, ámbito de curiosidad, pero todas con el mismo espíritu de diálogo y búsqueda del saber, como fue desde el inicio de la sociedad liberal que creyó en una institución como el Ateneo de Madrid: Ateneo científico, artístico y literario. El Ateneo actual todavía es la última ratio de la Ilustración, de aquel espíritu de las Luces que se materializó, durante el siglo XVIII, en Sociedades de Amigos del País y en la Sociedad Económica Matritense, liberal, presidida por José Guerrero, con su posterior secuela: la tertulia del Parnasillo y la creación del primer Ateneo, en 1820, ejemplo y musa del Ateneo de Madrid (aquí, en España, no hemos sido tan anti-ilustrados como nos pintan, o nos pintamos a veces nosotros mismos).

    Lo demás que sigue, lo podrá leer el lector curioso.

 

Fulgencio Martínez

Dirige la revista Ágora-Papeles de Arte Gramático. Profesor de filosofía en prácticas y poeta publicado. 

 

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Notas

1. Ágora de la Libertad. Historia del Ateneo de Madrid (Trilogía). Víctor Olmos. Ediciones Ulises.
Tomo I (1820-1923). Tomo II (1923-1962). Tomo III (1962-2019).

Más información sobre este libro y sobre su síntesis: Historia del Ateneo de Madrid. Doscientos años de cultura, en la página:

 https://ateneodemadrid.com/historia/