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viernes, 13 de marzo de 2026

"Abrazar el vuelo", de Ada Soriano. Comentario de Fulgencio Martínez / Ágora N. 38. Nueva Col. Abril-Mayo 2026 / Bibliotheca Grammatica / Poesía

 


 

 Abrazar el vuelo, de Ada Soriano

 

 

La poesía escrita por mujeres tuvo una renovada atención crítica en los años 80 del siglo XX, con la irrupción de dos grandes poetas a principios de esa década: Blanca Andreu y Ana Rossetti. Como estela de ellas, la antología Las diosas blancas. Antología de la joven poesía española escrita por mujeres (que apareció en 1986, en la editorial Hiperión, al cuidado y selección de Ramón Buenaventura) y al inicio de los 90, Almudena Guzmán. Entre lo mucho destacable de ese momento de la poesía española, fue un elemento externo a lo poético: su repercusión mediática, fuera del circuito habitual de los libros de poesía, muy restringido en nuestro país. A distancia, sin embargo, observamos que el énfasis en aquel entusiasmo por la poesía y por la poesía "escrita por mujeres" se encontraba más bien en el adjetivo "joven".

    Después de ese tiempo, hemos atravesado otro (creo que afortunadamente comenzando a periclitarse) en que el acento cambió y se destacó, ante todo, el sustantivo "mujer". La poesía seguía entribada, utilizada para la reivindicación de una tribu (jóvenes, mujeres...) y los antejuicios sociológicos, ideológicos o simplemente las etiquetas de marketing editorial anulaban o neutralizaban cualquier juicio crítico.

    Hemos vuelto con más serenidad a descubir que en ese periodo y llegando a nuestros días presentes, grandísimas poetas y escritoras elaboraban una poesía y una literatura de calado permanente y de calidad incalculable e inutilizable para cualquier causa o eslogan. Cada uno de los lectores puede poner aquí cinco o seis nombres que elija entre un excelente grupo de mujeres poetas. En mi caso, diría: por supuesto, Dionisia García, de la generación de medio siglo, pero que atraviesa en su obra, viva hasta hoy, todos los momentos de la poesía de los últimos cincuenta años. Y añado también, por afinidad lectora, los nombres de Ángela Serna, Ángela Mallén, salmantina una y sevillana la otra Ángela y ambas residentes en Vitoria, en el País Vasco; y Ada Soriano, oriolana, quien colaboró en varias ocasiones en una colección de cuadernillos del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert con el título tan hernandiano Alimentando lluvias (recuerden los versos de la Elegía a Ramón Sijé).

    La edad de unas y otras importa desde luego, pues dice del contexto vital y formativo (y os aseguro que cada día más me importa como lector el contexto para "leer" un texto), pero ya no nos dicen nada las etiquetas externas colectivas, juveniles o séniors, como ocurre con las poetas antes referidas. La edad, y lo diría incluso de la misma condición de mujer de cada escritora -como por otra parte en los hombres- es un índice individual, a tener en cuenta para cada una de ellas, sin la predominancia del marco colectivo que desenfocaba su obra y particularidad personales. Estas poetas son grandes porque ante todo son poetas que destacan, en mi opinión, dentro de una meseta de poetas de calidad (tanto hombres como mujeres), que han publicado desde el inicio de la democracia (1978) hasta hoy, como reflejo quizá de un país de cultura más abierta que el de otras épocas y de una más extensa clase media cultivada. Lejos de los centros (Madrid, Barcelona) y las élites cerradas editoriales, esos cuatro nombres que he citado (con referencia a Murcia y Fuente Álamo-Albacete; Álava, Salamanca y Alcolea del Río-Sevilla, Orihuela) valen como ejemplos de otros posibles nombres.

 

Conocí la poesía de Ada Soriano a partir de la lectura de dos libros, Cruzar el cielo (2016, Celesta) y Dondequiera que vague el día (2018, Ars poetica). En esos libros de Ada Soriano se puede captar ya la esencia de una voz poética refinada, maestra en la escucha de los signos del mundo exterior (preferentemente, luminosos, diurnos) y del contraste, claroscuro, entre ellos y un mundo interior de la poeta inquieto y a menudo trémulo o angustiado.

    Me llegó inmediatamente, un verano, en 2023, un nuevo libro de Ada, Línea continua, del que tuve ocasión de hacer un comentario detallado, que publicó Ágora.1 Este libro nos pareció una obra de madurez, expresión de una compleja y madura sensibilidad, donde Ada Soriano se maneja como pez en el agua en un estilo sencillo, simbolista e impresionista a la vez, donde lo personal y privado está trascendido en una línea de misterio y vaguedad que la poeta acierta a comunicar a los lectores. Sentimos con la autora lo que está sucediendo en el libro: Una constante desazón, expresada con versos cortos, frases de punta, sincopadas a veces, y con palabras sencillas (apenas hay un léxico fuera del discurso cotidiano). 

    Coincidíamos con un gran estudioso de la poesía de Ada Soriano, el poeta José Lupiáñez, que acertó con las claves de Línea continua en su texto de presentación de ese libro el 1 de junio de 2023 (el texto está publicado también en Ágora.2).

    He de mencionar otros dos títulos de cuadernillos o libros de la poeta oriolana: el cuaderno citado, Alimentado lluvias (Diputación de Alicante, 2000 y 2023), que alude ya a una referencia elegíaca que será un cierto modelo para la voz elegíaca de la poeta, en otros libros, y sobre todo en el más reciente: Abrazar el vuelo;  y por otra parte, Principio y fin de la soledad (Univ. Alicante, 2011, reconstruido por la autora en 2022). Este libro, que hemos conocido en su versión de 2022, nos indica un rasgo propio de la obra de Ada Soriano: la reelaboración y escolio (pues toda nueva elaboración es un comentario, nota o apunte crítico o explicativo del texto primitivo, y en ese continuo tejer y tejer la creación salta como una categoría nueva, un nuevo poema, a la vez que se mantiene un rescoldo vivo del primer fuego). Esa labor, diríamos, prometeica, de fundidor-herrero-orfebre, de artesanía en fin, es tan propia de Ada Soriano como de muchos grandes poetas. Lo propio no es lo único exclusivo, sino aquello a lo que uno (o una) accede, la cima que alcanza por su pie.

 

Abrazar el vuelo anuncia ya desde el título una propuesta de ascensión. En consonancia con cierto léxico y temas del último Miguel Hernández. No insistiré más en la hermandad entre esta poeta y el autor del Cancionero y romancero de ausencias y de los Poemas póstumos: no se trata aquí de abordar un estudio de las afinidades -que no simples influencias- de un poeta y otro. Señalar solamente, la presencia de lo elegíaco (en el caso de Ada Soriano, vertida en las figuras del padre y del hermano ausentes), de lo espiritual (con matices incluso religiosos, en el sentido de religión como "religio", vínculo de lo humano con lo sobrehumano y divino, y en caso de Ada Soriano, especialmente en sentido de mirada que se levanta y dialoga con ese "Dios" -tal como se expresa ya en el primer poema de Abrazar el vuelo, un excelente poema tan poderoso y destacado, que hace pender sobre él todo el libro, que de algún modo es la respuesta al "silencio", entendible como amenaza o caricia, de esa mirada divina. Y, por último, muy unido a esas dos notas señaladas, la apuntada ya propensión al vuelo, el anhelo de la trascendencia, que, como en la poesía del gran fray Luis de León, implica inevitablemente también el llanto o planto por la miseria, la finitud y la caída.

    El libro que comentamos se estructura en cinco partes (la última, con un solo poema: "Epílogo"). Las cinco carecen de sobrenombre o título, y señalan solo con números romanos consecutivos.

    De los paratextos del libro, destacamos la dedicatoria "A mi hermano y a mi padre", indicando ya uno de los temas centrales de la obra -la elegía- y los motivos y figuras centrales de la inspiración de Ada Soriano en Abrazar el vuelo. No hemos conocido al pintor Teodomiro (nombre artístico de Manuel Soriano Lidón), el hermano prematuramente arrebatado.3 Tampoco al padre de la autora. La figura del padre transciende a lo elegíaco en esta poesía, y se convierte en un símbolo cósmico (también, de algún modo, trasciende así la figura del hermano).

    El otro paratexto es una cita del poeta W. H. Auden, que nos parece decisiva para la lectura del fondo del libro: "Nosotros, condenados a morir, / imploramos un milagro". La imposibilidad de la fe no obsta para remontar el vuelo de la plegaria. Sobre todo, ese término "condenados", del sintagma "condenados a morir" nos obliga no solo a aceptar lo obvio, sino a plantear una mínima alegación. La poesía surge, pues, en ese pequeño umbral o resquicio entre lo natural y aceptado y la protesta metafísica, el deseo o la (también natural) propensión al vuelo -o en palabras más redondas, unamunianas: a la inmortalidad.

    La sección I del libro es, sencillamente, magistral. Hemos hablado ya del poema primero, "Epifanía", el cual admite terceras o infinitas lecturas. De ellas sacamos su importancia para el conjunto del poemario, cuyos poemas se convierten, desde él, en comentarios o diversos modos de dialogar con el ojo y la mirada divinas. Esos modos son también el vivir de la poeta, tanto como los poemas, pues ella nace bajo el signo de esa mirada poderosa (¿tal vez compasiva, protectora, o tal vez lo contrario, maldita?)

Ojo que no duerme,

insomnio de mi insomnio,

ojo sin párpado,

errático y salvaje,

quieto ahora frente a mí

en este instante, 

mi hora de nacimiento

 

            (fragmento. p 11. "Epifanía". Abrazar el vuelo. Ed. La Garúa, 2026) 

 

    Poemas como "Junto a la cama de mi padre" y "Partida" reflejan el dolor por la pérdida "en vivo" del padre. "Ascensión", uno de los mejores poemas del libro y sintomático del léxico de Ada Soriano, sustenta el recuerdo dolorido del hermano, transfigurado a través de una visión extática:

Bajo el techo de una iglesia,

ya cerrada y en penumbra,

vi a mi hermano

más joven que nunca,

más vivo y sereno que nunca,

aun no estando.

Me habló.

La mirada puesta en mis ojos,

la mirada puesta en los ojos.

A ti también te habló

bajo aquella bóveda de formas

intangibles y colores desvaídos.

Brotó el corazón de las cenizas,

se entregó en cuerpo y alma,

cuerpo y alma religados

que su madre retuvo,

pues se elevó ante el asombro

de su padre.

 

                (p. 13. op. cit).

 

 

     En otro poema, como "Tiempo", de menos intensidad dolorosa, se da curso a la espera, donde cabe la esperanza de la vuelta dada la amplitud del tiempo que implica también lo que "no vemos": la poeta le pide "Tiempo, busca el paso apresurado de mi hermano, / el paso lento y largo de mi padre". Ese magno poema sintetiza muy bien ambos motivos de elegía, a la par que alude a la luz, a lo aéreo, como perspectiva, a la semántica del vuelo y la ascensión y el cielo del título del libro, y resignifica y concreta ese simbolismo -que tocante con la espiritual "hambre de Dios" y de inmortalidad (cantadas por otros poetas existenciales, como Blas de Otero, Eugenio de Nora, Gabriela Mistral o Miguel de Unamuno) aterriza en el deseo de reencontrarse con los muertos queridos. Posiblemente, como en el origen de la poesía y la religión: el culto a los muertos y el consiguiente amor vivo aún por ellos es un motivo capital para las ceremonias y las palabras dichas con el corazón, sin finalidad ni utilidad más que testimoniar esa herida viva. El poema que nos ocupa culmina con este excelente verso, que incluye una paradoja cordial: "lejana luz que nos acerque". 

Tiempo,

dame una amplitud de miras, 

una perspectiva aérea, 

otra luz, 

                otra luz... 

Lejana luz que nos acerque.

 

    La sección II solo incluye tres poemas, evocadores del padre, curiosamente, a través de gestos cotidianos, fijados en la memoria, o como en el primer poema, titulado "Habitual", en el silencio. ("Tu silencio era reverencial, / de tan inmenso"). O, en el timbre de la voz (como en el poema "Síndrome de Sthendhal"), que "cambiaba el olor del aire / de la noche". Este trino, o Triduo, se cierra con el poema "Estatura", donde la poeta se reconforta en el recuerdo del abrazo del padre.

    En la tercera sección los motivos de la pintura, la poesía y el arte en general mueven la pluma de la poeta. Destaca la écfrasis de cuadros de amigos pintores, como Manuel Pailós o Guillermo Bellod. Y también el poema "Buenos días a medianoche" -quizá el mejor de esta parte del libro- dedicado a poetas mujeres que han significado un impulso para la siembra de esta poeta. "Hermanas espirituales", las llama Ada Soriano.

    La cuarta sección retoma de nuevo la altura de la primera. Está dedicada complemente al tema poético de la despedida. Nos ha interesado particularmente este tema, siempre conexo con lo elegíaco. Cada poeta (desde Jorge Manrique a Leandro Fernández Moratín) lo ha modulado a su modo. De nuevo, solo tres poemas en este canto cuarto. "Destellos", "Viento de poniente", y "La verja".

Observemos el tono, en el comienzo de "Destellos": 

Eternidad que pasas quedamente,

mira cómo el mundo se deshilvana

y se enhebra con urgencia.

 

    En este nuevo Triduo poemático, el libro y la voz de la poeta alcanzan su clímax.

    El segundo poema, "Viento de poniente", comienza con este versos de despedida "alada":

Jamás volveré a veros.

Ya no ocuparéis nuevamente el valle (...)

 

    Definitivamente, la poesía ha cumplido así su sino: trascendencia y memorabilia, doble luz -que pedía Antonio Machado para los versos- la de lo particular y lo universal, lo sentimental y lo metafísico, lo concreto y aun local (el valle del Segura, Orihuela) y el símbolo de un existencialismo (valle de lágrimas, existencia, vida humana terrestre), que, para mi modesto saber, es una nota clarísima de esta poeta perteneciente al ya avanzado siglo XXI.  

    "Epílogo", único poema de la sección quinta y final, no es la clausura del duelo, sino la pira de la fe siempre encendida: culmina así con estos tres grandísimos versos: 

porque el duelo no es un trámite

sino un rememorar

a los pérdidos en la senda. 

        (p. 52. op. cit).

 

    Nos congratulamos tanto por el contenido como por la belleza material de la edición de Abrazar el vuelo, editado en Barcelona por La Garúa, que se presenta con una ilustración en cubierta de Teodomiro.

 

 Fulgencio Martínez

 

 

 

_______ 

Notas:  

1. Cf: Aproximación a Línea continua. Fulgencio Martínez:

 https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2023/07/aproximacion-linea-continua-de-ada.html

2. Cf:  Línea continúa. José Lupiáñez:

https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2023/06/linea-continua-de-ada-soriano-por-jose.html

3. Remitimos al libro homenaje a Teodomiro, Un secreto de libertad; del que informamos en Ágora. Cf:

 https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2024/03/exposicion-de-teodomiro-manuel-soriano.html

También al video con la presentación del libro y de la exposicion Un secreto de libertad, de Teodomiro:

 https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2024/04/video-de-la-exposicion-de-pinturas-de.html

jueves, 12 de marzo de 2026

TRES VIAJES. De Cartas para los hijos de mis hijos (3). Relato de José Gálvez Muñoz / Avance de Ágora N. 38 Nueva Col. Abril-Mayo 2026 / Relatos

 

 

 

Cartas para los hijos de mis hijos (3)

 

TRES VIAJES

 

 

Aquellos días yo tenía dos amigos. Como podéis imaginar era muy feliz por ello. Teníamos cuando hablo... creo que trece o catorce años.

Íbamos juntos a todo. Jugábamos al futbolín y al frontón con la mano. También a darle patadas a un taco de goma: todos contra todos; intentando acertar a meterlo en una portería hecha con las carteras del colegio. Andábamos mucho... siempre estábamos andando. También pensábamos y hablábamos mucho... Nos alegraba enormemente cuando creíamos haber alcanzado alguna verdad.

Yo estaba muy contento con mis amigos.

Una noche, en la calle Nicolás de las Peñas (antiguo gobernador civil y jefe provincial del Movimiento) ahora rebautizada como Cronista Carlos Valcárcel (padre de un  antiguo dirigente de la Región y del Partido Popular)…, como decía: una noche fría y húmeda, con aroma a caña de río quemada, entramos en una panadería y compramos un pan casero redondo recién hecho y nos fuimos a ver fútbol al campo José Barnés, muy cerca de allí.

Ya en las gradas nos dispusimos a ver otro de los partidos a los que con cierta frecuencia asistíamos. Eran partidos de aficionados, trabajadores de las empresas de los polígonos industriales sobre todo. El espectáculo era tan emocionante como el mejor partido del Real Murcia pero mucho más cercano y vibrante.

El pan estaba aún caliente, la corteza bien tostada, al partirlo con las manos crujía y aún humeaba levemente... Íbamos partiendo trozos y comiéndolos enseguida, felicitándonos por lo rico que estaba. No hacía falta nada para acompañarlo. Era una pieza grande, pero nuestras ganas de pan recién hecho... eran aún mayores.

El frío húmedo del ambiente, el pan, y el partido se combinaron aquella noche e impregnaron para siempre nuestra memoria.

Fue por aquella época cuando planificamos nuestros viajes a las casas de los tres. Sí...yo tenía dos amigos e íbamos a viajar juntos.

El primero fue uno largo hasta las profundidades de la provincia de Cuenca. Era un pueblo castellano antiguo, cuyo nombre no recuerdo. La casa de la familia de Álvaro daba a la plaza y tenía un amplio vestíbulo. En el centro de aquella plaza, en una posición elevada, había un gran roble rodeado de bloques de piedra.

En esos días descubrimos el placer del descanso. Álvaro nos convenció de que una de las actividades más placenteras allí era tumbarse “a la bartola” en el ribazo, junto a la carretera, boca arriba, sobre las plantas mullidas y entre los árboles que las sombreaban. Haciendo por   pensar poco... o mejor nada, dejando discurrir suavemente el tiempo. No olvidé nunca esta revelación.

Había también allí, como en muchos otros pueblos, un castillo casi derruido pero no lo suficiente como para perder su nombre. Como éramos adolescentes por aquellos días, tramar una transgresión se convertía en una necesidad. Así que compramos una buena botella de vino blanco y nos la zampamos sin ton ni son, casi de un trago, a la sombra de aquel castillo. Esto agudizó mucho el ingenio y facilitó, para mayor entretenimiento de los amigos, la exageración en la narración de nuestras historias... Después vino el dolor de cabeza.

 

                                                    Suelta de una vaquilla en fiestas de San Mateo en Cuenca
 

Estando aún allí y por fortuna ya recuperados de la borrachera, se celebraron las fiestas del pueblo. Cerraron las calles que daban a la plaza mayor, abrieron las puertas de las casas y formaron parapetos en su interior. Cuando todo estaba preparado soltaron una vaquilla o un toro pequeño, no recuerdo bien. Los más valientes la desafiaban en la plaza, otros la conducían a los vestíbulos parapeteados de las casas y allí... solo Dios sabía lo que podía ocurrir. Nosotros nos colocamos prudentemente tras los protectores de la escalera que subía al primer piso y vimos entrar a la vaquilla que daba cabezazos a diestro y siniestro contra las defensas del comedor y de una de las habitaciones, pero apenas intentó hacerse con la escalera que no obstante defendimos con pundonor en la distancia. 

Otro día, contentos y satisfechos, dejamos esa Cuenca para siempre.

 

                


 

Al siguiente verano nos encaminamos al pantano “El Vicario”, muy cerca del pueblo Las Casas, en la provincia de Ciudad Real. Llegamos tras una terrible tormenta a un verdadero paraíso...campos inmensos de cereales, establos con vacas, un cortijo con un gran patio, un pantano y una barca con remos.

Fueron unos días grandiosos. Jaime, el padre de José Luis vino con el hermano pequeño de la familia, también Jaime, y estuvieron con nosotros. Nos reímos mucho con las ocurrencias de unos y otros. Comimos todo un saco de cortezas de cerdo y bebimos alguna cerveza. En aquellos tiempos la sociedad era muy permisiva con el tema del alcohol y los adolescentes, se consideraba iniciático en el camino a la edad adulta.

En la barca que os he contado disfruté una experiencia deliciosa e inesperada. Vino a vernos una prima de José Luis de nuestra misma edad o algo mayor. Tras un buen paseo por donde estaban las vacas nos acompañó a nuestra barca. Era verano y hacía calor a pesar de que íbamos con los bañadores. En cierto momento me dijo si le podía poner un poco de crema en la espalda.  La espalda de aquella chica... me ha parecido siempre lo más hermoso y suave que he acariciado nunca. Después ella me puso a mí.

Otro día fuimos a cazar. Nos preparamos para ello concienzudamente pero, cuando ya estábamos para coger las escopetas, nos formaron en línea y nos dieron buenas piedras e inesperadas instrucciones.

La orden era muy clara, había que avanzar en línea, chocando con fuerza una piedra contra la otra al tiempo que emitíamos gritos amenazantes. Esta labor era de la máxima importancia para el éxito de la cacería porque permitiría ahuyentar las posibles presas hacia la línea de fuego de los tiradores.

Entre carcajadas aceptamos el papel que nos había tocado. También nos reímos bastante con un niño señorito y rubito...  tan orgulloso con su traje y escopeta y nosotros:  con las piedras. Os voy a recomendar una película que tiene que ver con lo que digo: La Regla del Juego, de Jean Renoir.

Al otro verano, ya el último juntos, encaminamos nuestros pasos a mi campo en la Parroquia de la Matanza. Mi padre nos acogió con los brazos abiertos y una buena sonrisa, y preparó unos camastros en la barraca que estaba algo alejada de la casa principal.

Ellos ya conocían el Campo, pero tener la barraca para nosotros solos era un lujazo. Nos íbamos haciendo mayores y empezábamos a dejar muchas cosas atrás. Nuestros juegos se iban haciendo, como más tranquilos... Con las bicicletas exploramos y descubrimos nuevos caminos de tierra. También pasamos muchas horas en la piscina y por supuesto en el campo de fútbol, aunque ninguno de los tres éramos grandes futbolistas.

La barraca nos cobijó aquella noche que transcurrió en vela casi completa, en la tarea de arreglar el mundo, discrepando entre nosotros a la luz de los candiles de aceite.

Cuando tuvimos que despedirnos... sabíamos que al siguiente verano ya seríamos otros. A pesar de los buenos deseos el paso de los años, la distancia y el devenir de la vida nos irían alejando. Hace mucho que apenas los veo, pero sé que están bien.

Su recuerdo me viene junto al de otras cosas buenas de mi vida... imágenes de una época, la del comienzo, la de la amistad incondicional, la de los buenos amigos que ayudan a entender y a disfrutar la vida.

 

José Gálvez Muñoz

 

 

 

            José Gálvez Muñoz (primero, por la izqda.,), foto de grupo en Collioure. 

 

 

 José Gálvez Muñoz es médico reumatólogo, jubilado del Servicio Nacional de Salud. Ha dedicado sus años jóvenes al estudio y creación de literatura médica, ahora dedica su tiempo y humanidad al cultivo de la escritura, de la filosofía, el arte y la literatura y su divulgación. Reside en Murcia.

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

UN TALLER SOBRE LA SUSTANCIA DEL TIEMPO Y LA RENOVACIÓN. Por José María Herranz (Texto de presentación en el Ateneo de Madrid de "Sendas de invierno", de Fulgencio Martínez, jueves 5 de marzo de 2026)

                                        

               José María Herranz, en un momento de su presentación del libro Sendas del invierno. A su dcha., el autor, Fulgencio Martínez (centro),                                     y Javier Lostalé, quien intervino a continuación.
     
         

 

 

 

UN TALLER SOBRE LA SUSTANCIA DEL TIEMPO Y LA RENOVACIÓN

 

(presentación en el Ateneo de Madrid de Sendas de invierno, de Fulgencio 

Martínez, jueves 5 de marzo de 2026)

 

                         por José María Herranz [1]

 

 

 


Buenas tardes a todos ustedes. Ante todo, quiero agradecer al Ateneo de Madrid y a Joaquín Pérez Azaústre, presidente de la sección de literatura, la cesión del espacio para la presentación de este nuevo poemario de Fulgencio Martínez. Antes de comenzar, para aquellas personas que no conocen la trayectoria de Fulgencio Martínez López, diré que es el autor de Sendas de invierno, tercer poemario de la serie Exposición temporal (nombre con el que ha recogido su obra en poesía de los años 2021 a 2024), publicado en la editorial “Ars poética”. Además de profesor, ensayista y poeta, Fulgencio Martínez es conocido en el ámbito nacional por ser el director y editor de la prestigiosa revista literaria de creación y ensayo Ágora-Papeles de arte gramático. También es autor de un ensayo sobre la filosofía y poesía de Antonio Machado, publicado en Brasil. Antólogo, promotor y activista cultural, de hondo compromiso humanista, e intelectual comprometido, mucho más allá del arte como artificio.

          Una de las definiciones de “taller” es el conjunto de colaboradores de un maestro, en la práctica de un oficio o artesanía. Que el poeta es un actor más, un agente, de la propia poesía, es algo que los que practicamos el oficio de la lírica tarde o temprano descubrimos. Por ello todos los poetas necesitamos maestros y maestras, su paideia, y yo añadiría que esto es necesario también en el arte de vivir, pues el pupilaje siempre será necesario, debemos aprender las enseñanzas de otros superiores a nosotros en algún aspecto para poder mejorarnos. En suma, la práctica de la humildad y el espíritu humanístico son consecuencias de esa aceptación de la paideia, de esa disciplina educativa que se está perdiendo -o se ha perdido por completo, quizá- en los tiempos actuales, en un proceso iniciado hace muchos años ya, el de la destrucción del pensamiento y el espíritu crítico, junto a la ruina del orden mítico del pasado, la implantación del neoliberalismo como forma de vida triunfante en la actualidad, y la sustitución de todos los cultos por la religión del dinero y la devoción por el nuevo sacerdocio de la plutocracia.

          Pues exactamente eso -un taller- es lo que ha hecho el poeta Fulgencio Martínez con esta tercera entrega de su “exposición temporal”, según su propia definición, un taller supervisado y corregido por la poeta maestra y amiga Dionisia García, importante autora de la denominada “generación del medio siglo”, cuyos poemas destilan sencillez y conocimiento de las grandes cuestiones humanas, del modo correcto de vivir. El taller, pues, ennoblece la obra poética, enriqueciéndola, ya que en realidad la poesía se construye desde la voz, y la voz poética no pertenece a la persona concreta, al poeta autor, sino que es tomada por él para escribir la poesía, por lo que podría considerarse que toda obra poética, aun viniendo firmada por un autor o autora particulares, es escrita en realidad por la Voz Poética, por la voz del misterio, de la gran dama, y requiere de anonimato, para que finalmente pertenezca al conjunto de los lectores, sus destinatarios. El oficio de la poesía tiene algo de religioso, ya que el poeta oficia con la Voz un rito que da a luz los poemas, para ofrecerlos al público en una comunión de misterio, conocimiento y belleza. De ahí el sentido de “taller”, ya que, aunque la dirección de un taller sea de uno o varios maestros, el trabajo es colectivo puesto que la sustancia con la que trabaja, la palabra, es universal.

          Y respecto al subtítulo, “Exposición temporal 3”, el autor manifiesta que este libro abarca temporalmente la producción poética del autor entre los años 2022 y 23. El título es el invierno, sus “sendas”, pero en realidad el texto señala dos temas que vertebran esta obra: por un lado, el paso y la fugacidad del tiempo, que todo lo desdibuja y deshace, y por otro la eterna renovación de la vida y la fuerza que impulsa lo existente hacia la belleza y el asombro de una nueva primavera, el símbolo de la renovación. La saga de esta “exposición temporal” la componen cuatro libros diferentes: Tiempo reunido, que abarca los poemas anteriores a 2022, Carta partida, que reúne los poemas de 2022, Sendas de invierno, con los poemas del 22 al 23, y el último libro, Espacio para una urna, con los poemas del 23 al 24. Este orden que el poeta ha dado a estos libros con su exposición temporal de su interior no es el orden de su publicación, ya que previamente al libro que hoy presentamos fue publicada Carta partida, la segunda entrega. El subtítulo que el poeta da a estos cuatro libros refiere una indagación sobre el paso del tiempo, la memoria y los significados.

          El título original de este poemario, según manifiesta el autor, fue “Sendas de invierno hacia la primavera”, reducido finalmente a “Sendas de invierno” por consejo de Dionisia García. En este libro, el paisaje y la atmósfera emocional son los del invierno, tentativamente dudando entre la muerte, el abandono existencial y la espera letárgica de un mejor tiempo que la primavera traerá. Fulgencio Martínez, “el que fulge, el resplandeciente”, además de poeta es un gran humanista, y presumo que también es deudor del barroco, pues su escritura debe mucho a los grandes maestros del siglo de oro, manifestando cierto pesimismo ante la profunda estupidez humana, su desgobernanza, y la vanidad y el empeño que todos mostramos en nuestra loca huida de la muerte intentando conjurar el paso del tiempo. En este libro, un buen puñado de poemas oscilan entre el invierno, la melancolía y la tristeza que inundan el corazón del poeta, y la esperanza anunciada prematuramente en una próxima primavera renacida. Es el mismo invierno el que a través de algunos de sus elementos simbólicos (el cierzo, los dedos del Moncayo), se expresa en la voz, con desnudez y crudeza, y que a pesar de ello encuentra pequeños signos de la cercana renovación primaveral (una flor que emerge, inesperada), sosegando así con el bálsamo de la vida su alma y la del lector. Es la gratuidad, ese abandono a los elementos naturales precisamente, la que brinda la fuerza para asombrarse y seguir viviendo. El asombro inesperado ante la belleza que emerge son claves en la poesía. Ciertamente la madurez, la vejez a medida que cumplimos años, consista en algo similar, conjurar al pesimismo y la muerte transformando nuestro corazón de nuevo en una gema soñada desde el amor, la esperanza y la ingenuidad que perdimos con la niñez y la juventud, pues la vida siempre nos devolverá un hálito de fuerza y regeneración si nos acercamos a las cosas con humildad y abandono, dispuestos a abrazar la belleza cuando nos sea mostrada, acaso fugazmente, acaso por la palabra que es poesía y espíritu. Precisamente, creo, esta es una de las enseñanzas asimiladas por Fulgencio en su “Sendas de invierno” de su maestra Dionisia García. A propósito del nombre “Fulgencio” diré que es un hermoso nombre para un poeta, ya que un escritor sólo podrá fulgir en las gemas y diamantes de su creación poética si acepta humildemente la autoridad de otros maestros y maestras -el taller de nuevo, la paideia-, ya que esas son las únicas vías por las que la Gran dama le prestará su Voz.

          El juego del arte, o el arte como juego, es otro de los temas abordados en el texto, arte necesario para dotar de sentido a la existencia humana y tender lazos y puentes entre los que nos precedieron y nos seguirán, constituyendo la gran familia humana, la historia de nuestra especie que intenta en la belleza su perfeccionamiento, quizá su redención. Un poema central del libro trata este tema, “Haciendo castillos en la arena y otras formas de juego”. Sin duda el arte es un juego gozoso, en el que el demiurgo juega a crear otras existencias, otras realidades, que acaso conecten con otro plano intuido, y que nos acercan a la plenitud de la belleza. De ahí el asombro infantil con que todos nos sorprendemos en estos juegos, y que nunca nos abandonan, esa es una de las funciones misteriosas del arte.

          El libro se estructura en tres partes, constituyendo la tercera un único poema, “Terrain vague”.

          “La noche a mi puerta” es el título de la primera parte, en ella los poemas son más tristes, con la atmósfera pesimista que el invierno trae, el anuncio de la muerte y el sueño, pues el tiempo es la sustancia vaga y huidiza que barre la memoria, los recuerdos, desdibujándolos, haciéndonos dudar de si realmente lo vivido fue real en su gozo y su belleza, en todo caso. Incluso la desesperación llama a la puerta del poeta, como en el poema “la noche insiste”, intentando conjurar éste el final de la oscuridad, para poder vivir de nuevo en el amor. El paisaje es muy importante en esta parte primera, como personaje poético, ya que es un elemento más que lleva al lector a sentir y reflexionar sobre la fugacidad del tiempo, la proximidad de la muerte, la memoria sobre nuestra herencia y los ancestros, y la irrealidad de la propia vida aludiendo al sueño, en palabras de Calderón de la Barca. También utiliza el poeta el recurso del viaje con frecuencia para señalar la continua mutación de nuestras experiencias, sentimientos y recuerdos, así como para recalcar el paso del tiempo y sus consecuencias en nosotros mismos. La serenidad es un corolario, un hallazgo poético que también utiliza la voz, para aportar algo de paz ante este invierno de la propia vida que la naturaleza impone.

          En la segunda parte, cuyo título es “Poemas para despedir Europa”, aun continuando el mismo hilo temático, aflora claramente la esperanza de un nuevo y próximo renacer de la vida en la anunciada primavera, en elementos muy simples y sencillos -una espiga verde, una flor- que emergen entre la nieve o los campos yermos. Es aquí donde se sitúa el poema que da título al libro, “Sendas de invierno”, y en el que se expone poéticamente esta tesis. El poema “Mayo” homenajea también la música y los versos de los juglares pasados, en ese canto de esperanza. y el largo poema “Haciendo castillos en la arena y otras formas de juego” expresa el arte como juego o el juego del arte, y la herencia de nuestra especie humana, como ya he indicado anteriormente.

          Finaliza el libro con la última parte, que es también un único poema, “Terrain vague”, cuyo concepto alude al espacio urbano, baldío, quizá destruido por la guerra u otros avatares, bien por la actividad humana, comúnmente sin sentido o sin objetivos claros, y que deja a Europa como concepto social y político, como polis de nuestro humanismo perdido o fuertemente amenazado en nuestra época actual, en un lugar baldío y expectante donde quizá la belleza, el amor, la solidaridad y la justicia, puedan volver a emerger gracias al arte y la poesía, quizá si fuéramos capaces de construir nuestra alma individual y el alma colectiva de Europa, en la rueda búdica de la vida y la muerte, como el propio poeta nos dice. Así sea.

Muchas gracias.

 

Texto de José María Herranz Contreras

 

 



 
                                                 Tras terminar el acto, José María Herranz, y a su derecha, Eugen Barz, Javier Lostalé y Fulgencio Martínez

 

 

 

José María Herranz Contreras es autor de numerosos libros de poesía y relato. Poeta social, interesado también por lo sagrado y órfico de la palabra. Miembro de la editorial “Los libros del Mississippi”. Crítico literario en las revistas Entreletras y Proverso. Organizador y ponente de las jornadas de homenaje a Miguel Labordeta y los escritores de la O.P.I. celebradas en el Ateneo de Madrid en octubre de 2008.  Fue director del programa de radio mensual “Slam poética”, en “El rincón de las letras”, de Libertad FM. Ha realizado libros de artista conjuntamente con los pintores Rufino de Mingo y Pedro Monserrat Montoya.

Entre sus publicaciones destacan: Los mitos incendiados, 2025; hombre, 2025; Alquimia, 2023; Personajes, 2021; Arte de la danza, 2019; Las razones del lobo y Sofismas, 2009 (2ª ed. 2016, con prólogo de Luis Antonio de Villena y Aureliano Cañadas); Amargo despertar, 2012 (CD); Donde no habite el olvido, 2011 (antología poética de 41 voces españolas seleccionadas por José María Herranz); Oráculo de la amistad, 2004; Hijos de la miseria, 1980. Obtuvo el Premio Círculo de Bellas Artes en 2012.

 



[1] Agradecemos a José María Herranz su texto de presentación de Sendas de invierno. Lo publicamos íntegro, pues, más allá del libro presentado, creemos que contiene un interesante conjunto de cuestiones que afectan a la práctica y a la teoría poéticas. (Nota del Ed.)