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jueves, 22 de octubre de 2026

BALADA TRISTE DE RESENTIMIENTO (UNA MIRADA MÁS ALLÁ DE LA PELÍCULA "LA BOLA NEGRA"). Por Fulgencio Martínez / Comentarios sobre cine

 

                                                                                            Glenn Close
 

BALADA TRISTE DE RESENTIMIENTO (UNA MIRADA MÁS ALLÁ DE LA PELÍCULA LA BOLA NEGRA)

 

Unamuno en sus últimos meses de vida nos dejó unas reflexiones manuscritas que tituló "El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y la guerra civil españolas".(1) Hay una nota muy sintomática, en la cual alude al libro de Spengler La decadencia de Occidente; título que el ex-rector de Salamanca (doblemente destituido en el otoño del 36) por el régimen "nacional" y por el "republicano", denomina El hundimiento de Occidente.

    Este sí que es El hundimiento de Occidente. La gran guerra no la ganaron ni unos ni otros; la perdieron todos trayendo dos barbaries, la comunista y la fascista. (2) 


     Don Miguel no está refiriéndose sólo a la "guerra incivil" entre españoles, sino también a un tiempo de Europa, la Europa posbélica surgida de la Primera Guerra Mundial.

        No estoy seguro (y en este punto discrepo de don Miguel, como buen alumno suyo que me considero) acerca de que las guerras no se ganan y se pierdan, al menos "puntualmente", que diría un pobre diablo. De toda la vida, en las guerras hay un ganador y un perdedor. Otra cosa es que, con el tiempo y el desgaste que se adhiere a todo, y, por qué no decirlo, con una pizca de generosidad, cuando no de instinto de supervivencia, el ganador rebajado de su omnipotencia se muestre generoso con el vencido, y de acuerdo o en desacuerdo, pero en la práctica obligado por los hechos, acepte pasar página. Eso ocurrió en España, en un momento previo a la Transición: el ganador de la guerra "generosamente" se hace a un lado, renuncia a su conquista del poder. (Ni este hecho, disolución de las Cortes franquistas; ni la propia Transición pacífica, liderada por el Rey Juan Carlos I y por Adolfo Suárez, con apoyo del comunista Carrillo, ni el propio consenso de los partidos mayoritarios -incluido el PSOE de Felipe González- para la plasmación de una Constitución democrática, son puestos en valor hoy en la escuela y en la Universidad españolas. En todos esos puntos veo un rasgo de grandeza).

 

Después de ver la película "La bola negra", filmada por dos directores ("Los Javis"), con la contribución y respaldo del Ministerio de Cultura -según consta en sus créditos iniciales- (3) he reflexionado si debería comentar aquí el mal encaje cinematográfico de las tres historias que narra, la artificiosidad a la hora de la escenografía, los olvidos y contradicciones del guion; o, yendo a los temas que esboza, la banalización de la guerra, mezcla de tintas fuertes (hospital, bombardeo) y rosas (desnudos masculinos sin tasa). Y más aún, tres asuntos centrales. 

    1. La homofobia (tema que se une en la película, superficialmente, con la presentación de una o varias historias de amor homoerótico, es decir, de un sentimiento verdadero de amor, como pudiera ser de amor hetero; la película sería más creíble si solo nos diera esos casos de amor, sin la sujeción de estos a la tesis contra la homofobia, que resulta una plasta en la película hasta el final, con mensaje: "acechan todavía"). 

    2. La advertencia contra el fascismo: el de ahora, no solo el de los nacionales: franquistas o falangistas, la película no distingue; como no distingue entre falangistas, ejército nacional e Iglesia católica; de ahí que aun avisando de que al protagonista amante de Lorca le iban a matar los de Falange, se olvida de ello, y es el ejército "facha" quien se responsabiliza del fusilamiento -por otra parte, un contrafáctico, según la Historia, pues Rodríguez Rapún no murió de ese modo, y menos fusilado por su amigo, su "erastes" o mejor "eroumenos" Sebastián (nombre símbolo del homosexual pasivo), quien en definitiva no era un buen facha, sino un mal facha, o un no-facha, por eso era bueno -en cambio, los buenos rojos son siempre buenos, no se convierten en buenos por decaer de ser buenos rojos, o sea, comunistas violentos y totalitarios como los fascistas. Fascista igual a malo en sí; comunista-socialista igual a bueno en sí. Si uno acepta este esquema la película tendría sentido; si no, todo es un camelo. Me temo que muchos espectadores lo han comprendido así (?), sobre todo jóvenes (recuerden lo dicho sobre la Escuela, y más la de la "raza", la pública, o la de la secta de izquierdas). 

    3. Y del otro tema, de Federico García Lorca, mejor "silemus", mejor callar, por indignación. No quisiera hablar porque me prevengo, quizá en exceso, contra mi propia manía o subjetividad como lector de poesía, y aun algo poeta que me creo. Los lectores, y los poetas más, tenemos "nuestro Lorca". De todo lo que se ama, con pasión, somos poco dados a admitir que otros tienen otros puntos de vista tan valiosos o más que el nuestro.                                                                                    

Tras repensar las imágenes que he visto en la película La bola negra, me quedo con dos momentos, ambos situados  en mi querido Ateneo de Madrid. El primer momento representa la charla de una hispanista norteamericana (magnifica interpretación de la actriz Glenn Close) ¡en la biblioteca del Ateneo, en donde yo pasé tantos ratos mirando libros y preparando Oposiciones! (Aprovecho aquí para meter una morcilla en el artículo y volver a pedir a la dirección ateneísta que vuelvan a comprar periódicos plurales, que no solo tenga El País en la mesa de lectura; eso es un síntoma de raquitismo intelectual). Dejo a mis lectores que extraigan sus conclusiones de la charla de la experta en Lorca. En un segundo momento, ya en la cafetería ante la Galería de Retratos, la hispanista, que no hispanófila, se confiesa al chico, nieto (ay los nietos...) de aquel mal facha; no buen facha, o no facha, pues era marica y no puede haber maricas fachas, como tampoco puede haber homofobia entre los rojos -cosa que se contradice también con los hechos y con la época, donde el propio Lorca era censurado en las publicaciones rojas-. Ya tienen bastante los rojos con la fachofobia  y con la hispanofobia, en general. (4). Esa sería una conclusión consoladora.

    Pues bien, nuestra experta en Lorca, Glenn, digamos, confiesa que en realidad entró a estudiar a Lorca por venganza. ¿Cómo? Sí, literalmente, dicen los guionistas, "por venganza", resentimiento contra el mundo o contra una parte del mundo, quizá los fachas universales. ¿Y por qué? Porque su hermano frustrado homosexual, quizá perseguido o victimizado, se suicidó, no se informa en qué circunstancias.

    La película presenta tres tiempos (el de la antes de la guerra, el de la guerra y el ahora); es este último tiempo del presente actualísimo el que informa y dirige el punto de vista de la película. Ello no sería de criticar (un buen relato se construye a veces desde el presente), pero en este caso, en la narrativa de "La bola negra", el punto de vista del presente anula y desvirtúa (no en lo ideológico, que también, pero más grave desde la verdad y la tensión narrativas) las dos historias anteriores; incluso el valor de la ficción dentro de la ficción, la pieza de teatro supuestamente de Lorca, que da título a la obra, y que podría rendir mucho más cinematográficamente, narrativamente, si encajara mejor y no con escenas de videoclips y tomas, en escenas corales, donde se nota mucho que los personajes están posando para la cámara. 

    El resentimiento, bien lo vio Unamuno en sus notas citadas, no es solo de los españoles. La película de los Javis, sufragada en parte por mi bolsillo a través del Ministerio de Cultura de mi país, trata en el fondo de un tema global y de un tesis global, convertida en caballo de batalla por el woke internacional. (Lástima, cuando yo creía que trataría del hombre de carne y hueso, o sobre el drama de España, recurrente, o histórico, incluso con enfoque presentista). No. La peli es una propaganda mixta, pero sobre todo, de alcance mundial o premundial. (A ver si llega al mundo islámico, a Marruecos, a Arabia, y más allá, a Cuba, a la Rusia de Putin, a Afganistán...).

    Por lo que dice la católica irlandesa norteamericana y se ve en la película (aunque esta quiera darnos lección de cosas de españoles), la sed de venganza es universal. Por cierto, el IRA, la ETA siguen vivos al día de hoy... En el Ateneo tuvo ocasión Glenn de mostrar algo de piedad por las víctimas de tanto asesinato, además de mostrar su justo sentimiento de venganza, resentimiento diría el vasco. Aquel que miró más allá de los hunos y los hotros. Excepción casi, en un presente bizco al que algunos quieren ciego.

 

 Fulgencio Martínez

Huesca, jueves 22 de octubre de 2026 

 

 

Notas

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1. Para el libro El resentimiento trágico de la vida, de Unamuno, recomiendo la edición en Pre-Textos, de 2019, preparada por los hispanistas franceses Colette y Jean-Claude Rabaté.

2. p. 59. Op. cit. // Antes en p. 55, es consciente (más allá de su destitución como Rector de la Universidad de Salamanca), del intento de ambos bandos de someterlo por "cancelación" (diriase hoy): "Me insultan los rojos sin secreto -tacañería-; me destituye Madrid, me destituye Burgos. Y luego me destituyen mis compañeros". "Cancelar" persigue como fin más perverso y refinado ese extrañamiento entre los propios.

3. Algo que lleve el respaldo del Ministerio de Cultura (?) es "bueno" por ser útil a su propaganda. Ergo... (Sí, no sabemos qué cómite otorga las ayudas del Ministerio en cosas de cine; al menos, en literatura, sabemos los nombres de los jurados y comisarios políticos). 

4. Sobre la afirmación de que los españoles desconocíamos la homosexualidad de Lorca y la de Cernuda, homosexualidad de la que nos ilustra Glenn, vamos a los textos, como este de Lorca, de la conocida Oda a Walt Whitman, el gran poeta de la democracia americana, por cierto, homosexual, del que aconsejo la inmejorable traducción de Borges de su Canto a mí mismo. 

miércoles, 21 de octubre de 2026

A propósito del centenario de García Calvo. Por Gastón Segura. Avance de la revista Ágora-Papeles de Arte Gramático. N. 43 / Artículos

 


A propósito del centenario de García Calvo

 

Por Gastón Segura

 

 

El autor del artículo “acerca” el pensamiento de Agustín García Calvo a “las conceptualizaciones de Martin Heidegger y de María Zambrano”, y “a las inquietudes motrices de la poesía de Robert Graves”. El poeta-pensador ácrata, gramático, filólogo clásico y traductor de Shakespeare nació en Zamora, el 15 de octubre de 1926, y murió en esa ciudad castellanoleonesa en noviembre de 2012, a los 86 años.

 

 

En los pasados idus de octubre, don Agustín García Calvo hubiese cumplido los cien años. Y no solo por este aniversario, sino por el egotismo siniestro que ha corroído, desde los smartphones y otros ductilísimos chismes, la última década hispana y aun la occidental, vale la pena recordar su figura, que fue, hasta el último aliento, una muestra palpitante de la jovialidad y la acracia esparcidas durante aquella —luego tan traicionada— Transición; al punto que su mención suscita siempre un pensar juvenil y, ante todo, radical. O sea, una manera de inquirir sin concesiones y saludable y, si me apuran, necesaria para cualquier sociedad, como rechazada, abierta o disimuladamente, por las autoridades de cualquier época y sin excepciones de facción o credo.

          Y es que García Calvo fue nuestro Diógenes de Sínope. Y, para rabia de muchos, tan aupado sobre indiscutibles estrados —una cátedra por la Universidad de Sevilla, en 1959, renovada un lustro después en Madrid— como avalado por sus proezas literarias; basta con señalar sus casi monumentales traducciones rítmicas de la Ilíada, en 1995, o del lucreciano De rerum natura, en 1997, que, además, tituló De la Realidad, enalteciendo así un concepto nuclear de su singularísima indagación más que política, ontológica.

          Estos trabajos descansaban sobre una primera y constante preocupación, abordada ya en su tesis doctoral, Prosodia y métrica antiguas (1951), cuando era un joven filólogo e imberbe poeta, y en buena medida concluida con el enorme Tratado de rítmica y prosodia y de métrica y versificación (2006), ensayo que le opuso —si no sublevó por denunciador de estruendosas impericias— a tanto poetastro de esos que persiguen pingües becas y otras venales sinecuras por las mullidas galerías del Estado. Quizá por eso, cuando pienso en García Calvo, me surge de inmediato la larguirucha estampa de Robert Graves, y no solo por aquello tan evidente —su común y profundo conocimiento del Mundo Antiguo— sino por su compartida concepción del arte poético. Ambos reclamaban la poesía como palabra cantada; o sea, sujeta a un elemento esencial y embrujador: la melodía. Graves lo había aprendido de niño acompañando a su padre, mientras recogía canciones populares galesas, y García Calvo aún fue más lejos, pues desde sus años sevillanos, se prodigó en recitales, para demostrar que el poema no se lee, se escucha embaucado por su melopea; situación que el pueblo, desde la más remota antigüedad, aprecia —incluso, exige— del género. Aunque siendo la musicalidad la virtud común y originaria de toda poesía, sus ritmos —es decir, sus metros— son una peculiaridad de cada lengua y, en consecuencia, frutos de su particular prosodia; pues de ella nacieron espontáneamente, cuando sus hablantes intentaron armonizar un puñado de palabras. Y como quiera que ese primer canto resultante no pertenecía a nadie, al contrario, emanaba del habla compartida, no podía ser sino el espíritu común hecho sonoridad.                                                                                                                                  

 


          En tanto, la poesía del s. XX había emprendido, impulsada por las vanguardias, un camino que la fue alejando del viejo sendero del canto hasta caer en una prosificación de fulgurantes artificios y de muy escasa melodía, cuanto la enfrentaba a la poética de Graves y de García Calvo, enraizada en un decir popular por parte del zamorano, mientras la querencia hacia el Romanticismo era muy ostensible en los primeros poemas del mertoniano, y sobre estas no tan lejanas diferencias, ambos coincidían muy a menudo en su gusto y gracioso manejo de fórmulas arcaizantes. Por supuesto, la crítica, tan ávida de la rauda novedad, los tachará de atrabiliarios. Indudablemente, bajo ese baldón, sus obras solo iban a encontrar dificultades para editarse, ante lo que ambos, curiosamente, reaccionaron de un modo similar: crearon una empresa propia con la que divulgar impresas sus creaciones; Graves, muy tempranamente, en 1927; García Calvo, tras su regreso del destierro en París, sobre 1979. Y si la persistencia de Graves, en la «autopublicación» de sus poemarios, le granjearía con los años el formidable elogio de Auden[1], o lo que es lo mismo, el reconocimiento de toda la poesía anglosajona; García Calvo, al meditar en la lengua como una herencia histórica y en el canto como un fruto del decir comunal, atisbará los resquicios imprescindibles y sugeridores para su rechazo del Estado, de la Religión y del Futuro; o sea, de todo aquello que formulará en las paginas de su obra ensayística —también publicada en Lucina, su editorial personal— tras el abrumador concepto de Realidad.

          Pues, como su semántica indica, Realidad es una circunstancia y configurante, y no solo del exterior, sino también de la conciencia, al constituir nuestra personalidad, en tanto que esta es proyección, en el porvenir, de un yo anhelado. Pero esta Realidad no es como suponemos la Totalidad, pues hubo un momento de nuestras vidas cuando experimentamos un universo previo, libérrimo y deslumbrante, apenas recordado luego. Sucedió durante aquellos años cuando aún estábamos adquiriendo las palabras y el mundo todavía no había sido categorizado —o si prefieren, clausurado— por el lenguaje; entonces es cuando nos encontrábamos ante la Totalidad resplandeciente e innominada. Por la añoranza de este momento infantil, abierto a la alegría y al juego —algo tan nietzscheano—, García Calvo ansió instalar su pensamiento en los presocráticos albores del s. V a.C., cuando la Física —como él prefería llamar, acorde con esa edad deseada, a la Filosofía— no había emprendido aún la categorización del todo; o sea, la constitución de la Realidad con su inexorable esclerotización del poetizar primitivo —y para don Agustín, genuinamente veraz— de la vida.

          Al sopesar esta concepción confinante de la Realidad, el pensamiento de García Calvo se nos perfila cercano a las conceptualizaciones de Martin Heidegger y de María Zambrano, y, además, a las inquietudes motrices de la poesía de Robert Graves; que no son otras que la exaltación de aquella divinidad original —la gran Diosa Blanca—, destronada durante el final de la Primera Revolución Agrícola para desdicha de los hombres, pues quedamos, a juicio del visionario de Deyá, desarraigados para lo porvenir de la Totalidad cósmica, de la que la Gran Madre era soberana y celebración.

La Diosa Blanca

          Así pues, es esa añoranza de aquella Edad de Oro, tan cantada en la Antigüedad, cuanto impulsa y subyace a la poesía —y hasta añadiría, a la existencia— de Robert Graves. Pero este empeño que pudiera ser interpretado como un delirio, no se nos antoja tal cuando atisbamos su extraordinario parecido con el propósito primordial de Mircea Eliade, empeñado durante toda su poligráfica obra en el rescate de aquella epifanía transtornadora de su juventud y, por demás, decisiva para el resto de sus días[2]. Y ya no nos caben dudas sobre esta semejanza cuando comprobamos que ambos, Graves y Eliade, desde postulados y procedimientos metodológicos distintos, emprendieron una genealogía de las religiones[3] hasta esclarecer ese conmocionador tiempo prístino, cuando la divinidad se manifestaba en su unicidad omnicomprensiva y sin embozo alguno. Una manifestación sagrada desmembrada —según este par de autores como, a su manera, también por los otros, anteriormente citados— en hechizantes y traviesos panteones, que pese a sus bellos y conmovedores destellos, se desvanecieron a su debido tiempo por el escrutinio de la razón —del λóγος—; o dicho de otro modo, por el minucioso catalogar surgido en la Hélade con la apoteosis de los herederos de Sócrates, durante el s. IV a.C.

          Momento egregio y caracterizador de Occidente, qué duda cabe; pero, como también habrán adivinado, inicio de la constitución de la llamada Realidad por García Calvo, o de la Metafísica, en tanto que «la historia del olvido del ser», por Heidegger, o de la razón discursiva por María Zambrano. Y bien invoquemos a este discurrir histórico y espiritual de nuestro mundo como Realidad, como Metafísica o como razón discursiva, su resultado es idéntico: la elevación de ese inconmovible edificio llamado ciencia —o la «cosificación» del ser (εἶναι)—, mientras el hombre, su inagotable constructor, era arrojado, con cada ladrillo que ponía, hacia una existencia «inauténtica»; cuya «redención», para este trío de pensadores, solo sería posible por una poetización de la existencia; o dicho de otro modo: por una resacralización del mundo.

          Y llegados a esta ucrónica e incómoda conclusión para los tiempos y los apetitos dominantes en la actualidad, advierto que, de todos estos autores, solo Robert Graves, cuando desembarcó en Deyá, en 1929, alcanzó esta tan vaticinada poetización de la existencia, y mucho antes de que la pregonara Martin Heidegger, aún sumido en la primero enrevesada y, luego, imposible continuación de Ser y tiempo (1927), e incluso de que María Zambrano concibiese la razón poética como un bálsamo para cualquier existencia, pues se hallaba recién licenciada de la Central y buscando huecos en las páginas de Revista de Occidente. Y no debe sorprendernos la precocidad de Graves, porque, al fin y al cabo, era, como dijo Auden, un poeta genuino y, como cuantos lo han sido, poseía el don de la clarividencia.

 



[1] Se trata de la célebre frase de W. H. Auden en The Chatto Book of Modern Poetry (1956), de C. Day-Lewis y J. Lehmann, donde dice en su introducción sobre Robert Graves: «Ningún poeta ha estado más preocupado que Graves por la probidad poética, por ser auténtico, cueste lo que cueste, para con su verdadero yo».

 

[2] Véase, sobre este asunto, mi artículo, «Mircea Eliade o la añoranza del paraíso»; Ágora, nº 32, mayo de 2025, pp. 156-66.

 

[3] Si Mircea Eliade pasa por ser el más popular de los historiadores de la religión del s. XX con cerca de treinta títulos sobre el asunto, algunos casi imprescindibles por su amplitud como Historia de las creencias y las ideas religiosas (1976-86), la obra de Robert Graves en este terreno se aproxima, en cambio, a la decena de títulos, donde por supuesto sobresale La diosa blanca (1948) o sus interpretaciones de los mitos griegos y hebreos, de 1955 y 1964, o los estudios sobre el cristianismo primitivo con Joshua Podro, The Nazarene Gospel Restored (1954) y Jesus in Rome (1957), que tan estimulantes resultan.

 

 

 

 


Gastón Segura Valero (Villena, 1961). Novelista, editor, articulista en El Imparcial.  Ha publicado recientemente Saga nostra  en la editorial  Drácena. Su obra literaria lleva,  de forma lograda, la crónica contemporánea a la ficción narrativa, con  títulos como:  Ifni: La guerra que silenció Franco, Las cuentas pendientes, Los invertebrados, Las calicatas por la Santa Librada, Gaudí o el clamor de la piedra.