UNA SELECCIÓN
DE ENTRADAS DE ENCRUCIJADAS. A SALTO DE MATA 2, DE JOSÉ LUIS ZERÓN
HUGUET
Textos
y selección de José Luis Zerón Huguet
Presentación
de Juanjo Martín Ramos
Encrucijadas. A salto de mata 2
José Luis Zerón Huguet
Ed. Polibea, 2025
Continuación de A salto de mata (Fragmentos de un diario, 2008-2016) (Ediciones
Frutos del tiempo, Elche, 2023), con el que Zerón Huguet quedó finalista
de los Premios de la Crítica de la Comunidad Valenciana en 2023, el autor
compila, en esta nueva entrega titulada esta vez Encrucijadas,
numerosos recuerdos, intuiciones, anécdotas personales y muchas recomendaciones
literarias, musicales y artísticas y, como novedad, añade algunas notas
relacionadas con acontecimientos políticos o cívicos, en un discurso en el que
se entremezclan reflexiones meditadas con impulsos instintivos, argumentos
firmes con otros más vacilantes, sobre un estilo en el que la seguridad y la
duda conviven, no como contrarios, sino como aliados.
Como en A salto de mata, Encrucijadas también se estructura en
cuatro partes: La primera -"Mirar, escuchar, leer"- tiene mucho que
ver con la literatura y las artes, y recoge críticas, reseñas breves, apuntes
sobre libros, cuadros, piezas musicales y breves reflexiones de corte estético.
En el segundo bloque -"Los puentes que cruzamos"- abundan las
anécdotas personales, las estampas literarias, los recuerdos, las meditaciones
sobre la naturaleza o el entorno en el que transcurre la vida del autor. La
tercera sección -"Lampos"- reúne una serie de brevedades (cercanas al
arte del aforismo): anotaciones gnómicas, lamparazos poéticos, chispazos
conceptuales y líricos.
Como novedad, la cuarta parte, la más breve -"La crecida (2019)"-,
concebida como una separata, narra la riada de 2019, una de las más
catastróficas que ha sufrido la comarca de la Vega Baja, y en ella se da
cuenta, desde una perspectiva muy personal, del desastre y los días
posteriores, cuando las aguas bajaron y la ciudad de Orihuela trató de volver a
la normalidad.
Zerón Huguet sabe, y da cuento de ello en estas páginas, que la vida es
peripecia fugaz, pero a través de su mirada sabe fijarla en una palabra que
recibimos no sólo como testimonio, sino como invitación a un viaje compartido
del que no podemos sino sentirnos testigos y cómplices privilegiados.
Juanjo Martín
Ramos, editor de Polibea
Selección
de Encrucijadas
ME asombra, me subyuga, me
inquieta y me perturba el cine de Béla Tarr. Sin embargo, lo que más me atrae
de sus películas no es la circularidad asfixiante y neurótica, ni el formalismo
exacerbado, ni esos personajes lánguidos que hablan poco y, cuando lo hacen,
parecen sibilas u oráculos. Tampoco es el onirismo, la metafísica a partir de
una materia extenuada, la poética de los objetos domésticos más humildes e
insignificantes, el apego al plano secuencia, ni la coreografía estática en la
que tiempo, personajes y espacio se mueven en una lenta e impasible danza. No
es la idealización del animal, ni que el universo esté por encima del ser, ni
la trascendencia —pues no hay verdad, y si la hay, es inalcanzable—. No es el
aire apocalíptico o la sensación de inminencia fatídica, ni la espera de quien,
sintiéndose condenado al vacío, no desespera, sabiendo que lo que adviene es la
nada... Lo que verdaderamente me fascina es el tratamiento del audio en sus
películas. Grifos que gotean, silbidos, canturreos, el ronroneo de las
máquinas, susurros de los elementos, música de verbena o de pasacalles —ya sean
notas mínimas o repetitivas hasta el paroxismo—, ruidos percutientes, molestos,
disonantes, chirriantes, pegajosos, horadantes, que intervienen tanto en la
conciencia de los personajes como en la del espectador
ESCRIBE Edvard Munch, en El
friso de la vida: «No creo en el arte que no se haya impuesto por la
necesidad de una persona de abrir su corazón. Todo arte, la literatura como la
música, ha de ser engendrado con los sentimientos más profundos. El arte son
los sentimientos profundos». Estos días, encuentro afirmaciones parecidas
leyendo los Diarios de Odilon Redon y las Cartas a Theo de Van
Gogh. La poesía y el arte tienen un fuerte sustento emocional, sí, pero la
emoción también se fragua desde el pensamiento. No hay que olvidar que es una
manifestación intelectiva antes de llegar a ser emoción.
Lo
he dicho muchas veces en debates, entrevistas, mesas redondas, etc. Ocurre, por
tanto, que hoy muchos artistas y poetas creen que basta con expresar las
emociones y los sentimientos en bruto, sin procesarlos, y olvidan que en todo
acto creativo es tan imprescindible el gesto emotivo como la labor tamizadora
de la razón. En el lado opuesto, también hay una tendencia actual y muy
posmoderna que peca de excesivo intelectualismo, desdeñando los sentimientos
más profundos y la pulsión intuitiva. Creo que toda manifestación creativa
depende de un equilibrio paradójico entre la intuición y la razón, y el
lenguaje poético, especialmente, hace posible tal convivencia aparentemente
imposible. Recuerdo el célebre verso del «Credo poético» de Unamuno: «Piensa el
sentimiento, siente el pensamiento», o la frase de Pessoa en El libro del
desasosiego: «La mayoría piensa con la sensibilidad y yo siento con el
pensamiento»
HE sacado de la biblioteca
el IV tomo de las Obras Completas de María Zambrano (Galaxia Gutenberg,
Círculo de Lectores), atraído especialmente por los escritos autobiográficos y
diarísticos de la filósofa. Al hojearlo, me encuentro con un texto titulado
«Presencia de Miguel Hernández», publicado en El País el 9 de julio de 1978.
Sin embargo, fue enviado un año antes a la revista francesa Entretiens
con el título «Breve noticia de Miguel Hernández», aunque no llegó a ver la luz
en esta publicación. Conocía de este hermoso texto algunos fragmentos citados
por hernandistas, pero hasta hoy no había tenido la oportunidad de leerlo en su
totalidad. Creo que es la semblanza de mi paisano más bella y profunda que he
leído, aunque no esté exenta de cierta idealización.
Sin
embargo, me surge una duda: me pregunto por qué, siendo tan amiga de Miguel
Hernández, María Zambrano tardó tanto en escribir ampliamente sobre él por
primera vez. La autora de Claros del bosque se unió a la cadena de homenajes a
la figura de su querido amigo oriolano tras la muerte de Franco. No puedo
evitar ser malicioso y pensar que María Zambrano actuó con ventajismo al
reivindicar tardíamente a Miguel, quizá porque no creyó firmemente en su
poesía. La misma autora reconoce que comenzó a escribir este texto años antes
de publicarlo, a instancias de un amigo. Pero insisto, ¿por qué no lo publicó
entonces, cuando el homenajeado era menos conocido?
Es
probable, dado el extenso corpus bibliográfico sobre el autor de El rayo que
no cesa, que alguien ya hubiera reflexionado sobre lo mismo que yo y lo
hubiera plasmado por escrito. Si es así, lo ignoro o no lo recuerdo. Le
preguntaré a Aitor, que lo sabe todo sobre Miguel Hernández.
MI admirado Thoreau me
resulta antipático cuando pro clama sin tapujos la supremacía de la prosa sobre
la poesía, incluso si se trata de una poesía de altura. A la poesía le reprocha
su insignificancia, su incapacidad para conquistar grandes territorios. Thoreau
encuentra lo sublime en el potencial de la prosa y su largo recorrido, mientras
que la lírica se le queda pequeña con sus humildes incursiones y raquíticas
conquistas. Pero Thoreau, me temo, confundía sublimidad con ampulosidad,
intensidad con énfasis, cantidad con calidad.
Por
otra parte, es curioso que un poeta romántico como Edgar Allan Poe,
indiscutible representante de la poesía sublime, fuera al mismo tiempo un
esmerado crítico con una sólida base lógica, demostrada especialmente en sus
dos célebres ensayos El principio poético y Filosofía de la
composición. Precisamente el primero comienza con la famosa afirmación en
defensa de la brevedad de la poesía que Thoreau despreciaba. Para Poe, la
poesía solo puede ser breve si aspira a una validez absoluta, y este principio,
como señala certeramente Mario Praz en El pacto con la serpiente,
«justificará la predilección por el fragmento en muchas generaciones de poetas
posteriores y la identificación de la poesía con la brevedad».
MARINA Tsvetaeva definió
lo poético como la máxima intensidad y añadió que no puede ser excesivo lo
lírico, pues lo lírico en sí mismo es excesivo. Concuerdo con ella. Aun la
poesía más despojada, reflexiva y sobria de dicción resulta excesiva. La
desmesura es la condición absoluta de la poesía, entendiendo como excesivo una
suerte de afán codicioso por penetrar en la realidad hasta llegar a su sentido
más hondo e íntegro, una necesidad extrema de desvelar sus contradicciones, sus
crueldades, su fealdad, su sinsentido y también la belleza y el miste rio de
sus maravillas y prodigios. Esto provoca una férrea alianza del arte y de la
vida. La poesía es extrema porque, como escribió Saint John Perse, «el amor es
su hogar, la insumisión su ley»
FRENTE a «el infierno son
los otros» (Sartre) o «el infierno somos nosotros» (Milton), o «la angustia
está en nosotros» (Kierkegaard), propongo «el paraíso se encuentra en nosotros»
de Anselm Kiefer, o al menos «en nosotros están el infierno y el paraíso» de
Wilde. Y pido que nos dejen soñar, que nos dejen sentirnos vivos y capaces de
decidir nuestro destino; que nos dejen creer en las causas justas; que nos
dejen indagar en las realidades que sub yacen en la realidad comúnmente
aceptada; que nos dejen mirar el mundo de manera reflexiva y fecunda; que nos
dejen asombrarnos con las pequeñas maravillas de la vida cotidiana sin que nos
sintamos culpables ni ingenuos; que nos dejen ser valientes y voluntariosos
para poder cuestionarlo todo y, así, avanzar y cambiar hacia rumbos mejores;
que nos dejen experimentar el placer de existir, aunque caminemos en la cuerda
floja; que no nos recluyan en un cómodo nihilismo. Sobre todo, que podamos
resistirnos a ser meras víctimas de la manipulación informativa, de la demagogia,
de la religión del consumo y de la desidia propia… En fin, que seamos capaces
de ser más creativos, aun ligados a las quimeras vitales
ESTOY leyendo con gran
placer La noche más profunda de Coradino Vega, una deliciosa biografía
novelada del escritor rumano Mihail Sebastian y del crispado ambiente político
y cultural que vivió Rumanía en el periodo de entreguerras y durante el
estallido de la Segunda Guerra Mundial. Cuando leí el diario de Sebastian,
sentí la misma perplejidad que me transmite ahora esta excelente novela.
Resulta difícil de entender que personas de gran calado intelectual como
Ionescu, Cioran, Eliade o Petrescu (incluso E. Ionesco) se deslumbraran por el
matonismo de los legionarios de la Guardia de Hierro y pensaran que ellos
encarnaban (como en España la Falange, en Alemania el nazismo y en Italia el
fascismo) el resurgimiento de Europa, erigiéndose en legítimos custodios de las
mejores esencias de Occidente. Mientras una gran parte de los mejores
intelectuales y creadores rumanos se convertían en voceros de ideologías tan
graves como simplistas, Sebastian resistía, cada vez más aislado, al igual que
Berenger, quien se negaba a metamorfosearse en un perisodáctilo en la pieza
teatral El rinoceronte del mencionado Ionesco. Sebastian también se
quedó solo y vulnerable ante el avance de la in tolerancia y el fanatismo de
sus amigos y colegas, y como judío se salvó de milagro de morir en las cámaras
de gas. Desde luego, me identifico con Mihail Sebastian: menos apasionado,
osado y hasta puede que menos brillante que los intelectuales rumanos más
conocidos de su tiempo, pero sí más lúcido y, a la postre, más valiente que
ellos por no seguir a la grey.
Yo
también recelo de las ideologías cuando estas tratan de imponerse. Desconfío de
las causas con mayúsculas que no ven más allá de las propias apariencias, de
los activismos que terminan pasando de moda, pero que, mientras están vigentes,
coartan el debate y se ideologizan, apartándose de la realidad social. Causas
que terminan siendo engullidas por el bucle del consumismo. Me asusta la
proliferación de eufemismos o neolenguajes ideados por los dueños del sistema
para manejarnos mejor. En definitiva, me dan miedo las masas y medito mucho
antes de emitir un juicio de valor. Y si me decido a implicarme en la defensa
de una causa justa es porque creo firmemente en ella y no porque esté
condicionado por el discurso dominante. Lo admito: nunca seré un buen activista
porque no tole ro las aglomeraciones, ni los tópicos propagandistas, ni las
consignas, ni los gritos de arenga, ni la obediencia disfraza da de rebeldía,
ni las pancartas, ni el ruido tragicómico de las manifestaciones. No sé si soy
un egregio (en el sentido más etimológico del término: fuera del rebaño), un outsider,
o solamente alguien que duda porque reflexiona. Pero mis hechos han demostrado
(o eso creo) que no soy un insolidario, ni tampoco un individualista cobarde y
egoísta.
EN el proceso de
racionalización permanente por parte de la ciencia, empeñada en explicar el
cosmos, se produce un efecto contrario al esperado. Cuanto más se desvela, más
fascinante resulta el enigma. ¿Acaso no es más misteriosa y terriblemente bella
en su desolación la Luna, ahora que sabemos que es un astro muerto cubierto de
polvo, rocas y cenizas? ¿No es ahora, que ya ha sido estudiada a fondo y
poseemos miles de imágenes de su superficie, cuando se vuelve mucho más
imponentemente misteriosa que cuan do apenas sabíamos nada de su naturaleza? Lo
mismo ocurre con el Sol, los planetas de nuestro sistema solar, las estrellas
lejanas y las galaxias.
El
misterio está ahí: la imagen del misterio y una serie de certezas e hipótesis
sobre el mismo. Sin embargo, el acercamiento de la ciencia ha demostrado que el
universo es mucho más sublime de lo que habíamos imaginado. Los mitos, así como
la razón instrumental, languidecen ante su formidable naturaleza, de modo que
cada hallazgo encierra un misterio o varios. El lenguaje de las matemáticas
resulta insuficiente para expresar lo que en realidad es inefable; es decir, no
se puede representar una verdad inalcanzable para la explicación racional del
mundo.
MI hijo y yo volvemos a
pasear por la finca La Caseta («El África»). La noche es húmeda y un poco
fresca. José Luis, que es muy friolero, lleva puesta la capucha de la sudadera
y un pasamontañas que le cubre el rostro. El cielo está cubierto y presenta un
color anaranjado, creado por el reflejo de la luz de la ciudad. Hay una
claridad lechosa. Esta noche han iluminado la Cruz de la Muela (dicen que más
de mil personas subirán en romería; la multitud ya debe de estar concentrada
allí arriba). Al norte, el cielo está despejado y se ve con nitidez la luz
fantasmagórica de la cruz en la cima de la montaña. Dos liebres cruzan el camino como una exhalación y desaparecen entre la vegetación. Los ladridos de los
perros se extienden en la lejanía. Suena, lenta y lastimeramente, el canto de
dos alcaravanes que parecen haber iniciado un diálogo, y de vez en cuando se
escucha el agudo voceo de un pavo real. El viento crea gamas de glissandos.
Al
llegar a la caseta, escuchamos un sonido siniestro, como el de una máquina
diabólica de otro mundo; proviene de la carretera de Hurchillo. Pasado un
minuto aproximadamente, el sonido se hace más reconocible: lo provoca el camión
de la basura. Pero, al momento, otro ruido nos pone en vilo cuando observamos
la higuera frondosa situada en un lateral de la alquería. Parece como si un
motor se acercara a toda velocidad por los huertos situados en la parte trasera
de la casa semirruinosa. No creemos que sea un vehículo, pues no se ve luz
alguna, pero el sonido resulta inquietante. Enseguida comprendemos que es un
efecto creado por el rumor del agua de una acequia.
Mi
hijo se asombra de la naturaleza engañosa de las percepciones, y yo le digo que
aquello que nos parece un mundo unitario es, en realidad, una armonizada
interrelación de diferentes mundos sensibles que nunca podrán entablar una
plena comunicación. Los perros tienen un olfato mucho más sensible que el
nuestro; dicen que un millón de veces más. El delfín se orienta mediante ultra
sonidos, las serpientes ven el calor de sus presas median te rayos infrarrojos,
y los pájaros y las abejas pueden percibir lo ultravioleta. Leibniz dijo que
cada mónada refleja el universo entero desde una perspectiva particular.
José Luis apunta que le agobia no
poder sintonizar con otras longitudes de onda, que nunca podremos comunicarnos
con los pájaros, reptiles, insectos, etc., y que a lo sumo solo podemos
entender cómo funciona ese lenguaje verbal, tan recóndito como insólito. Yo
también experimento esa sensación angustiante de no poder ac ceder a otros
planos de la realidad que no están en otros mundos, sino en la propia
arquitectura natural. Acordamos que esta imposibilidad de alcanzar la fusión
entre el observador y lo observado constituye el ejemplo más claro de la
realidad como un fenómeno vaporoso. A pesar de ello, concluimos que la
percepción es una aventura fascinante, pues en sí misma es la aventura de
vivir.
Le
hablo a José Luis del filósofo británico Sir George Berkeley, conocido como el
obispo Berkeley. Consideraba que no existían los objetos, sino la percepción
que se tenía de ellos. Sostenía este filósofo que todo conocimiento empírico se
obtiene a través de la percepción directa y que el conocimiento del mundo puede
purificarse y perfeccionarse eliminando el pensamiento, o sea,
desintelectualizando las percepciones humanas, de modo que si lográramos captar
las percepciones puras, seríamos ca paces de conocer los secretos más profundos
del mundo natural y del mundo humano.
—Pero ese filósofo era un idealista
—apostilla mi hijo con escepticismo.
—Sí lo era. De hecho, su aportación
filosófica fue conocida como idealismo subjetivo.
En
ese momento, cuando alcanzamos la carretera de regreso a casa, pienso que soy
el padre de un adolescente grave, meditabundo, introvertido, enclenque pero
sano, inteligente y talentoso, aunque mal estudiante, inconsciente todavía de
las dentelladas del tiempo, aparentemente descuidado pero constante en sus
aspiraciones; un chico que se parece mucho a quien yo era a su edad y que, un
día no muy lejano, cuando paseemos por estos caminos, me hablará desde su
madurez, acortando su paso con deferencia para que yo pueda seguirle.
SUEÑOS intensos toda la
noche. Invento una ciudad con retazos de todas las ciudades que he visitado: la
ciudadela de la conciencia y de la muerte, la emulación del paraíso, fundada
por Caín y su horda. Un amplio espectro arquitectónico y paisajístico: palacios
suntuosos entre descampados, iglesias con grandes escalinatas pobladas de
gente, estatuas de bronce y mármol, jardines umbríos con plantaciones
prodigiosas, callejas que ascienden en cuestas casi imposibles, castillos
ruinosos, niños callejeros que corren por las orillas de un río manso rodeado
de chalés, olmos, álamos, hojarasca… Enjambres de calles antiguas con casas
palaciegas desembocan en gran des avenidas, edificios singulares y parques
despoblados, fábricas infernales, carreteras comarcales entre bosques,
autopistas desoladas, un conjunto de rascacielos en un prado de montaña, una
central de energía eléctrica en lo alto de una rambla, un laberíntico trazado
de túneles y canales, barrios comerciales, galerías con soportales, zonas
residenciales, arrabales sucios y barrios vetustos cuyos habitantes miran con
desconfianza al desconocido. Se mezclan la ciudad monumental y turística con el
esplendor decadente de la arquitectura clásica y la feroz mente contemporánea,
con sus enormes estructuras urbanas y los espacios basura.
En algunas escenas voy solo y
relajado, disfrutando del paisaje; en otras, me acompaña Ada, y ella tiene
miedo porque no conoce la ciudad y cree que nos hemos perdido. Y está en lo
cierto, pero trato de calmarla haciéndole creer que sé por dónde andamos y que
pronto encontraremos la estación del ferrocarril para tomar el tren que nos
llevará a casa. Lo cierto es que estamos perdidos, pero estoy seguro de que
pronto encontraré un lugar familiar que me devuelva la tranquilidad; sin
embargo, cada vez nos adentramos en lugares más desconocidos y saltan las
alarmas. Hay momentos en que la luz es luminosa, amarilla e intensa, pero el
sol se siente amargo. En otros, el día está agrisado y triste, y a veces se
hace de noche y la luz es tenue y anaranjada.
También sueño con playas desconocidas.
Playas hermosas entre acantilados o remansos de agua entre las rocas. Apenas
hay bañistas. Para llegar a alguna de es tas playas, camino (me acompañan Ada,
mis hijos y una presencia desconocida) por el arcén de una carretera. Al fondo
se ven edificios y construcciones futuristas. La luz es muy intensa, casi
cegadora
SALGO a la calle. Almadías
de nubes grises y granas levantan una respiración de lluvia. La mañana está
nublada y sopla un viento erizado de polvo que moldea las nubes. Presiento que
el acontecimiento está aquí, y no es la lluvia —que tal vez caiga esta tarde,
no ahora—. Es algo indefinido que está a la vuelta de la esquina y que no
tardará en manifestarse. Pero, probablemente, no ocurrirá nada; así, el suceso
en sí es esta misma sensación de inminencia: la incertidumbre de estar vivo…
MI tendencia a la
abstracción a veces me juega malas pasadas, planteándome interrogantes
imposibles y haciéndome imaginar compulsivamente mundos que existen en este,
pero a los que nunca podremos acceder. Esa incapacidad para llegar al fondo de
la realidad, penetrar en las fisuras insondables del mundo visible y atisbar lo
que queda fuera de nuestro alcance por ser demasiado vasto o demasiado
diminuto, me asusta y me atrae al mismo tiempo. Estas especulaciones mentales,
lejos de calmar me, me llenan de tristeza y desesperanza, pues al final siento
la esterilidad de mi esfuerzo y la certeza absoluta de mi frágil ignorancia y
mi ridícula pequeñez.
Desde
mi infancia, me han inquietado aquellos gran des interrogantes que las
religiones, los sabios iniciados y, hoy en día, la ciencia intenta responder.
Ya de niño, intenté compartir esas preocupaciones con mi familia y amigos, pero
solo obtenía incomprensión, desdén o advertencias sobre la inutilidad y los
peligros de tales obsesiones. Esto me hizo sentirme aislado por un tiempo, como
si estuviera perdido en medio de una mayoría indiferente y una minoría de
iniciados que jamás revelarían el secreto de sus conocimientos.
Con el tiempo, aquellas obsesiones
fueron mitigándose, pero a veces regresan para alterar mi paz. Siento miedo y,
sobre todo, angustia cuando me enfrento al abismo de mi ignorancia, un abismo
tentador y vertiginoso al que no puedo asomarme porque estoy confinado,
limitado, conde nado a la imposibilidad de volar, sumergirme, fusionarme o
transformarme. Me siento como un antiguo barco vara do en el mar de los
Sargazos. Como ser humano, no tengo la capacidad de acceder empíricamente a lo
que imagino o intuyo, a esa parte de la existencia, real o potencial, física o
metafísica, que permanece desconocida.
Esta
tarde, mientras esperaba el sopor dulce que me sumerge en el descanso, me
preguntaba: ¿Dónde estaba antes de nacer y adónde iré cuando todo termine? ¿Qué
es la nada, que yo visualizo como una ciénaga densa y os cura? También me
preguntaba cómo sería el mundo cuan do no había nadie para percibirlo, y cómo
puede haber existido si nadie lo observaba. Reflexionaba sobre el lugar
infinitesimal que detonó la inmensidad tras su estallido. Pensaba en el
significado de los cantos de las ballenas en las profundidades oceánicas, en
los abismos inexplorados del mar, y en la apariencia de los exoplanetas lejanos
o las sensaciones que tendría si pudiera entrar en el corazón del sol, en
Júpiter, o en las profundidades de un agujero negro. También me preguntaba cómo
pueden existir criaturas ciegas en grutas y cavernas, seres que no perciben
formas, colores ni luz. ¿O sí? ¿Quizá poseen sentidos inimaginables para
nosotros?
Meditaba
sobre la vida microbiana, en aquellos primeros paramecios que solo percibían la
luz pura, en la paciencia instintiva de las arañas al tejer sus redes, en las
feromonas que provocan comportamientos específicos en otros individuos de la
misma especie, como la increíble capacidad de las polillas para detectar el
olor de una hembra a veinte kilómetros de distancia. Me inquietaba saber que el
lenguaje animal, basado en códigos sensoria les, es indescifrable para
nosotros. Recordaba teorías como el ‘orden por fluctuación’ de Prigogine o el
‘orden procedente del ruido’ de Von Foerster, y otras muchas especulaciones que
nunca podré entender. Me sentía asfixiado por las limitaciones de mi propia
mente, desconectado del resto de seres vivos y de la materia, a pesar de que la
biología nos dice que todos los organismos vivos compartimos un antepasado
común. Me inquietaba pensar que la inteligencia y la creatividad son respuestas
desesperadas ante nuestro extravío en el mundo.
Pensaba
en la criatura que habita la crisálida, esa extraña entidad mitad larva, mitad
mariposa, en una existencia misteriosa entre la vida y la muerte; en nuestra
incapacidad para tener una mínima noción de lo que sienten los peces o los
espermatozoides en su carrera hacia la vida. Me vino a la mente la prodigiosa
naturaleza de las cucarachas, capaces de sobrevivir sin cabeza durante días. En
suma, reflexionaba sobre la naturaleza voraz y despiadada, el resultado de un
conflicto irresoluble entre Eros y Tánatos.
También
imaginaba los desastres que se producen dentro de nuestro cuerpo para que todo
funcione correctamente, y en los miles de millones de conexiones neuronales que
hacen posible que yo piense e imagine.
Y mientras divagaba, me daba por creer
que, tal vez algún día, la luminiscencia que produce nuestro cerebro al
alumbrar lo que llamamos inteligencia se transformará en una visión absoluta
que, si no nos mata, nos convertirá en dioses. Entonces, se producirá la gran
fusión entre el ojo que observa y el mundo observado, y el cerebro se
convertirá en un gran ojo que abarcará el Todo. Así, mi imaginación
especulativa se fue diluyendo en un sueño reparador de tres cuartos de hora
ME viene a la mente una
frase de Annie Dillard: «El universo del que manamos es un monstruo al que no
le importa si vivimos o morimos, ni tampoco si él mismo se va ralentizando
hasta detenerse. Es un mundo establecido y ciego, un robot programado para matar.
Somos libres y tenemos la capacidad de ver; lo único que humano y condenando la
aberración de una naturaleza que nos ha condenado a sufrir.
Pues
bien, a veces surgen prodigios como Stephen Hawking, fallecido ayer, que
otorgan un sentido al dolor y a la absurda existencia a la que estamos
condenados. Reconforta saber que hay personas como él que se enfrentaron al
monstruo y lo dominaron. Nos demuestran con su ejemplo que el mundo también
puede tener algún sentido, que la existencia no es simplemente absurda, y que
incluso desde el dolor y la deformidad más grotesca (la imagen de Hawking,
empequeñecido, inmóvil, obligado a comunicarse a través de un ordenador, era
tan impactante como conmovedora), es posible la creación y el conocimiento.
Al
final, no reparamos en su condición física, sino en su inteligencia. Nadie
cuestionó jamás su dignidad. De hecho, más allá de sus importantes
contribuciones como físico teórico, las valoraciones sobre su vida y obra a me
nudo rozan la exageración, al punto de compararlo con Einstein. Un hombre
confinado en una silla de ruedas, dependiente de un computador, no solo dio
ejemplo de una voluntad tenaz, sino que también nos mostró lo más remoto e
inmenso del universo, recordándonos que, sien do los seres humanos tan
insignificantes, también somos unos privilegiados podemos intentar es ser más
listos que él en todo momento para salvar el pellejo». También recuerdo a los
piquetistas, ese grupo de inconformistas inventado por Mircea Cărtărescu en su
portentosa novela Solenoide, un colectivo que clama contra el dolor y la
muerte, exigiendo dignidad para el ser.
CAMINO por el casco
antiguo de Orihuela, concretamente por la zona del Paseo, las calles Adolfo
Clavarana, Ruiz Capdepón, Arriba y Barrio Nuevo. Las calles están sucias:
papeles amontonados, contenedores de basura rebosantes, mondas resbaladizas de
frutas y excrementos de perro. Callejeo con la impresión de estar en un pueblo
fantasma, como un fruto podrido. Solo me cruzo con un par de in migrantes
magrebíes y un niño gitano al que le falta una mano. En el Barrio Nuevo, los
quicios y ventanas están sucios y desgastados, las fachadas desconchadas, los
balcones son inseguros y las terrazas están colmadas de ropa tendida. Suciedad,
malos olores, herrumbre y una luz oblicua que acrecienta la imagen obscena de
la mugre y el abandono.
Miríadas
de sombras, un aire enrarecido y una sensación de modorra veraniega. Las calles
próximas a la sierra (calle de Arriba, Barrio Nuevo) esconden los secretos de
la desolación y la supervivencia diaria. Calles que callan con gritos de
abandono. Turbia soledad. Fisgoneo en las es quinas y en los portales. De vez
en cuando, un destello de la vidriera de alguna casa envejecida me araña la
mirada.
Fijeza,
molicie y un frenesí que surge de lo más recóndito de mi memoria, porque yo
nací y viví seis años en estos barrios degradados, concretamente en la calle
que lleva el nombre de un escritor adolescente y trágico, Ramón Sijé. Mi abuela
paterna vivía en un vetusto edificio con cúpula azul (hoy derruido; su lugar lo
usurpa un edificio que también tiene sus años y una tienda de ropa en la planta
baja), junto a su hijo pequeño, Eduardo, su hija soltera (Finita) y la
asistenta que vivía con ellos toda la vida, a la que llamábamos «la chacha» y a
la que yo quería como a una tía, porque se comportaba como tal conmigo y con
mis hermanos. Me molestaba que le hablara de usted a mi abuela.
A
mi abuelo paterno nunca lo conocí, pues murió un par de años antes de mi
nacimiento. Tuvo nueve hijos (seis chicos y tres chicas) y trabajó arduamente
como contable para que a su prole y a su exigente mujer no les faltara nada.
Conformaban una familia burguesa y vivían en lo que entonces era una zona
privilegiada de Orihuela. Pero todo aquello se siente como si estuviera muy
lejos. Y es que está muy lejos; tan lejos, que solo existe en la parte más
nebulosa de mi memoria.
Metros de tristeza y exaltación a
medida que avanzo. Ahora veo a una joven. Una chica desaliñada, pero sensual en
sus andares. Su cuerpo esbelto y su rostro bello contrastan con su tez
descuidada y su ropa vieja y sudada. Cruzamos las miradas y hay algo (o se me
antoja) festivo y salvaje en sus pupilas oscuras.
Deambulo
huyendo de las sombras y de los solares y los umbrales oscuros; pero al mismo
tiempo celebro la decadencia de este lugar próximo a la peña y sus resonancias
ariscas.
Me
muevo con un andar sincopado por estos dédalos de insatisfacción, dejándome
acariciar por los resoles. A pocos pasos están los palacios, las casas
señoriales y más miseria. Me alborozo de tanta zozobra. La decadencia es
excitante y propulsiva. Me alejo de estos márgenes cuando asoman en el oeste
los primeros arre boles.
DOMINGO por la mañana. Veo
en el pasillo un ciempiés que avanza con lentitud y aturdimiento, deteniéndose
cada tres o cuatro pasos. Sus numerosas patas y su color parduzco, como sucio,
con alguna raya amarilla, le dan una apariencia siniestra. Me resulta extraño
verlo a la luz del día, avanzando con tanta parsimonia, porque tengo entendido
que se mueven con rapidez y son de hábitos nocturnos. Decido no matarlo porque
es un bicho bastante útil, pues acaba con plagas de insectos en el hogar, como
moscas y polillas, y su mordedura, aunque causa dolor, por lo general no es
peligrosa. Al parecer, son mucho más abundantes de lo que creemos; lo que pasa
es que no se dejan ver y pocas veces ascienden a la superficie. El ciempiés
acaba desapareciendo por una pequeña grieta de un rodapié.
Lo
que me maravilla es pensar en la cantidad de vida que hay bajo las losetas y en
todos los intersticios y recovecos de este piso aparentemente aseado. Estoy
ahora mismo caminando sobre un sinfín de pasadizos que albergan una fauna
inquietante. Hay una gran variedad de criaturas a solo unos centímetros de
profundidad del suelo (ácaros, arañas, ciempiés, lepismas, colémbolos,
hormigas, escara bajos, cucarachas y un sinfín de especies microscópicas); todo
un mundo se agita y se retuerce bajo mis pies.
Un
mundo recóndito, feraz, pululante y monstruoso que no hace ruido, que no se
deja notar: un hervidero de bichos heteróclitos y misteriosos tan lejos y tan
cerca de mí, allí en su mundo desiluminado. No es el subsuelo de los espacios
urbanos o de los parajes naturales, sino los ínferos domésticos de la
edificación que nos guarece. Conductos que llevan de una zona a otra, en los
que nunca podré adentrarme; espacios trampa donde ininterrumpida mente se
suceden los ritos de muerte y fertilidad, aunque no se escuchen alaridos ni
llantos ni lamentos.
Es
un mundo que prospera en el abrazo de lo atroz, una intemperie tenebrosa con
sus guaridas rebosantes de larvas viscosas, huevos y crisálidas. Adentros que
sus moradores solo abandonan con cautela durante la noche, porque se sienten a
salvo de los peligros de la luz. Algunas de estas criaturas nunca salen al
exterior y se alimentan de nuestros restos: trocitos de uña, pelos, migas de
pan, escamas de la piel, caspa, sangre seca, restos de azúcar o de sal, etc.
Otras, las más grandes, sí están entre nosotros, se rozan con nosotros cuando
dormimos; por eso no las percibimos.
Salen
sin que los veamos por grietas, respiraderos, tuberías, drenajes y umbrales
microscópicos; salen a un mundo igualmente atroz, pero dotado de mecanismos ca
paces de regular el miedo y la desesperación. Es una naturaleza incierta e
inquietante de la que no solemos acordar nos para bien nuestro, porque, de ser
conscientes de ella en todo momento, nos sentiríamos muy desguarnecidos.
José Luis Zerón Huguet. Foto de A. López Pomares. Fuente:commons.wikimedia
José Luis Zerón Huguet (Orihuela, Alicante, 1965), Su anterior libro fue el poemario Hable la luz (Olé Libros). A finales de 2025 ha publicado Encrucijadas (Ed. Polibea), continuación del diario que publicó en 2023 A salto de mata (ed. Frutos
del tiempo, Elche), obra que Ágora distinguió como el mejor libro en prosa de ese año, y que quedó finalista de los Premios de la Crítica de la Comunidad Valenciana.
Otros títulos de poesía de este autor son: Sin lugar seguro (2013),
De exilios y moradas (2016), Perplejidades y certezas
(2017) y Espacio transitorio (2018). Fue uno de los fundadores de la revista y editorial Empireuma, y ha organizado y participado en numerosas actividades culturales en su Orihuela natal.
Recientemente, el cineasta Carlos Escolano ha filmado la película "A salto de mata", basándose en textos del primer diario de José Luis, publicado en 2023, y de igual título. La película fue estrenada en el Auditorio La Lonja, de Orihuela, el 25 de enero de 2026.
Información editorial:
Para conocer más sobre el libro Encrucijadas, de José Luis Zerón Huguet:
https://editorialpolibea.polibea.com/POLIBEALITERARIA/NOVEDADES_ZERON.html
Página de José Luis Zerón en blog de Ágora:
https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/search?q=Jos%C3%A9+Luis+Zer%C3%B3n+Huguet
Para seguir las entradas "Notas de un diario, de José Luis Zerón Huguet" en blog de Ágora:
https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/search/label/NOTAS%20DE%20UN%20DIARIO.POR%20JOS%C3%89%20LUIS%20ZER%C3%93N%20HUGUET