Alfredo Rodríguez. Fuente: Renacimiento
Segunda parte de la conversación con el poeta Alfredo Rodríguez. Para leer la primera entrega cf: https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/07/dialogo-con-el-poeta-alfredo-rodriguez.html
CONVERSACIÓN CON ALFREDO RODRÍGUEZ.
EL AUTOR ANTE SU OBRA
El segundo libro en el que quisiera reparar es Alquimia ha de ser. Publicado en Renacimiento, en el año 2014, dos años más tarde de la publicación del poemario De oro y de fuego. Creo que representa una voz que recoge algunos temas de libros anteriores pero que apunta a una dirección que será ya identificativa de tu poética. El avance en la poesía como alquimia está anunciado ya en el título del poemario, y en las citas de Rimbaud y del poeta leonés Antonio Colinas. Además, ambos nombres de poetas representan tu decantada vocación por la poesía simbolista, europea y en especial francesa e italiana.
Podrías comentar lo que representa para ti Alquimia ha de ser, al día hoy…
Alfredo Rodríguez: En este libro que inicia mi llamada “trilogía de la alquimia” ‒bueno, quizá en toda mi obra en general‒ trataba de hallar una forma de explicar el misterio que se celebra en el acto de la creación poética. Eso es lo que me arrastra siempre. Porque la poesía es eso: un misterio y también una verdad, la que recibimos en su lectura o escritura. Y lo que se transmuta, o debe transmutarse, con la poesía en ese proceso alquímico, es la realidad misma que nos rodea, lo cotidiano, lo visible, lo tangible. En poesía ha de darse siempre una transubstanciación de la palabra. Como dice el maestro Antonio Colinas, la palabra poética ha de aspirar a convertirse en una palabra de transmutación y de transubstanciación. Y el poeta, como otro alquimista que es, ha de buscar una superior integración de la vida, una transformación de lo cotidiano. Eso es el llamado ‘arte del bien decir’, de embellecer la expresión y de dar al lenguaje eficacia bastante para deleitar, conmover o emocionar. Por ello habría de darse siempre en poesía una elección cuidadosa de vocablos brillantes y expresivos, insólitos y musicales.
El libro está dedicado a dos personas que forman parte esencial en tu biografía. Eso me da pie para preguntarte y para que los lectores conozcan aquello que quieras contestar sobre su biografía, y aun para pedirte una pequeña reflexión, en tu caso, sobre la relación entre tu obra poética, diarística y ensayística y tu devenir personal. Tú has nacido en Pamplona, Navarra, hasta qué punto eso marca…
A. Rodríguez: Sí, esas dos personas de que hablas son Mamen y Óliver, mi mujer y mi hijo. Bueno, lo son todo para mí y por eso el libro está dedicado a ellos. En cuanto a mi vida, pues es muy sencilla. En ella se ha ido produciendo siempre a lo largo de los años como un desdoblamiento personal: por un lado está el Alfredo Rodríguez-persona normal, que acude cada día a su trabajo en una multinacional del motor y lleva una vida familiar muy tranquila, y luego está el Alfredo Rodríguez-poeta, que no tiene nada que ver con el anterior, que es un hombre absolutamente apasionado (el poeta Vicente Gallego me definió una vez durante una presentación en Valencia como el hombre más apasionado que él había conocido en su vida) y entregado a una actividad poética que guarda una energía salvadora ‒que otros quizá han perdido‒, enfocada a su mundo espiritual y creativo.
En cuanto a mi condición navarra, Pamplona es mi ciudad, he nacido y he vivido toda mi vida en ella y eso configura un destino y en ese destino está la poesía. Me veo y me siento cada vez más seguro como poeta, porque siento que lo que me integra, el centro, la piedra angular de mi existencia, está siendo cada vez más claramente mi obra poética. Pero hay que tener en cuenta que soy un navarro con sangre extremeña por los cuatro costados, y además nunca he renegado de mis orígenes. Así que ahí hay una mezcla explosiva entre la sensualidad estética del Sur y la energía interior del Norte, ambas necesarias para convertir ese vendaval creativo en medida y en belleza.
En cuanto a lo otro que me preguntas, solo tengo un diario y es un diario sobre la vida de poeta o sobre temas poéticos. Y ensayos propiamente dichos no tengo, salvo que cuentes como ensayos los muchos prólogos que he escrito. Pero sí tengo publicados, y en abundancia, lo que yo llamo “trabajos de lector”: libros de conversaciones con poetas y antologías en verso y prosa también de poetas. Así que puede decirse que en mi obra hay un dominio numinoso de la poesía. La poesía es la esposa legítima, aunque incurra en el devaneo de mis trabajos de ediciones antológicas de mis maestros y libros de conversaciones.
¿Cómo se inició tu vocación literaria y en concreto poética? ¿Dónde publicaste tus primeros escritos o versos? ¿Qué recuerdas de las personas, poetas, profesores, escritores, periodistas, de esos años formativos?
A. Rodríguez: Bueno, empecé a escribir poesía, como casi todo el mundo, en la adolescencia: poemas de amor olvidables o prescindibles, como diría el ínclito García Martín. Se los solía llevar a un profesor de literatura en bachillerato, cuyo nombre ni recuerdo. Que me perdone… Sí recuerdo que a mi pobre madre no le gustaba que perdiera el tiempo ahí. Publiqué, lo primero, varios relatos poéticos, o largos poemas en prosa (no sabría bien cómo definirlos), en un periódico universitario de Pamplona que se repartía gratuitamente por todos los bares (cuando no existía internet ni los móviles, y la gente aún leía publicaciones en papel) y se llamaba “El planeta de la nueva generación”. Te hablo de los años 90. Por aquel tiempo también cantaba en un grupo de rock y hacía las letras. Eso duró años, entre el 92 y el 97, y en casa gustaba aún menos. A la vez escribía poemas, pero en privado, sin darlos a conocer públicamente.
Todo eso cambió radicalmente al conocer en persona y quedar fascinado con el poeta José María Álvarez, a finales de 2003, en su casa de Cartagena, después de un tiempo de cartearme con él y de muchos años de lectura de su obra. Luego, en abril de 2004, me invitó al festival poético Ardentísima que él dirigía. Y fue en el viaje de vuelta en tren, solo, desde Murcia a Pamplona, cuando decidí hacer pública mi vida de poeta (“o todo o nada”, me dije a mí mismo), y ya empecé a publicar en revistas de poesía, como la navarra “Río Arga” y otras, participaba asiduamente en tertulias poéticas semanales, y di el salto a la autopublicación con Salvar la vida con Álvarez, mi primer libro, que había resultado finalista del premio Adonáis, y era una especie de antología de todos los poemarios que tenía por ahí pergeñados. Tenía casi 35 años, así que puede decirse que empecé a publicar tardíamente.
Las figuras familiares han influido e influyen en las vidas de cada uno de nosotros, a partir de una cierta edad madura, las empezamos a ver a la luz de cómo las seguimos viendo y queriendo pero también, creo, como no las supimos ver, aunque sí amar, a su debido tiempo, en nuestro primer decurso joven… Esa doble luz a veces nos cambia no solo la imagen de esas figuras sino la de nosotros, quiero decir, nos vuelve más comprensivos, ¿o qué? ¿Qué piensas?
A. Rodríguez: Bueno, mis padres casi siempre han permanecido al margen de mi intensa vida poética. Ya sabes, el desdoblamiento personal del que te hablaba antes. Ellos sólo querían que estudiara. Era muy buen estudiante y me licencié en Derecho, una carrera que fue sin duda el gran error de mi vida. Una auténtica estafa a todos los niveles. Pero eso es otra historia. En cuanto a mis cuatro hermanos, tampoco han manifestado nunca un gran amor por mi poesía. Suelen guardar silencio, no sé si por falta de interés o por incomprensión. De todos modos, uno escribe para hacerse libre, y no para depender de la aprobación, el aplauso o el rechazo de nadie. No podemos obligar a nadie a leernos, ni podemos pretender gustarle a todo el mundo.
Además de las figuras de la historia más familiar e íntima, también amigos, poetas, personas te habrán enseñado y, sobre todo, tendido una confirmación de que ibas por un camino que tú habías decidido recorrer. Esa especie de maestros, y en lo humano y personal, de buenos compañeros de viaje, ¿cuáles han sido para ti? ¿Qué te han aportado, o de qué te han evitado?
A. Rodríguez: El poeta joven busca sus maestros y sus afines, con los que comienza a participar en la vida literaria; después, aunque vaya por su cuenta, mantiene sus aliados, sus relaciones estéticas y personales. Los maestros que he conocido tenían una intensidad humana única, directa. Su vida era la literatura. Eran caracteres íntegros. Ahí, sin duda, el primero y más importante fue, y sigue siendo (a pesar de que nos dejó hace un par de años), el maestro José María Álvarez. Su obra y el trato directo con él cambiaron totalmente mi vida. Su amistad amplió los límites de mi propio mundo y acabó de formar mi voz y mi oído poéticos. Educó mi sensibilidad y me transformó en quien hoy soy. Su espíritu estético y su gusto por las delicias de la vida me fascinaron. Nadie me podrá arrancar la intensidad de una amistad y un magisterio que pocas personas han tenido la ocasión de vivir con tanta plenitud como yo. Después vendrían Antonio Colinas, que me acabó de moldear en profundidad y me acercó a Oriente, Julio Martínez Mesanza, que me hizo amar como nadie la Épica en poesía, Miguel Ángel Velasco, una especie de Rilke a la española que me deslumbró, José Carlos Llop, quizá el sucesor directo de Álvarez, y Vicente Gallego, alguien capaz de llevar al arte poético el íntimo sentido de la vida, y a la vida la dignidad y la mesura del arte. Creo que los únicos lectores para los que deberíamos escribir son los lectores del pasado, o sea, aquellos que cada uno considere sus maestros. De todas formas, los maestros no han de durarle a uno demasiado tiempo, porque a un poeta –para crear‒ le espera siempre la soledad. Pero el reconocimiento de ese magisterio, del que me gustaría no desmerecer, supone mi homenaje hacia sus vidas y sus obras.
Centrándonos ahora en el libro “Alquimia ha de ser” y en alguno de sus temas y versos que creemos los significan. El tema del tiempo y la creación son centrales en esta obra, que tiene una vocación de representación cósmica.
A. Rodríguez: Claro, el poema se dirige a los sentidos, pero su movimiento no se queda ahí: pretende combatir los estragos del tiempo. De esto ya hemos hablado…
A ti, esta mandala que llamas rueda del tiempo,
a ti, alma del mundo, mediadora,
disolución del cuerpo para borrar mi nombre,
el rocío te lava tu negrura,
con las bayas de muérdago
te hace ascender del lucero del alba.
Eres la plata líquida
entregada a los cuidados del Mundo,
la playa protegida donde varar mis naves.
A ti, águila que une los contrarios
en el latido perenne de Oriente,
redoma sobre el fuego.
Como la piedra hecha y acabada
con cuya piel se cubrirá el poeta
hasta borrar su rastro.
En las dulces aguas de tu matriz me recibes,
simiente de la Luz.
p. 21. Alquimia ha de ser.
Es un poema impresionante. Creo que en él asistimos a la creación. Podrías comentarme este poema que es, creo, la escritura del fulgor que está luego esparcido en todos los otros poemas del libro Alquimia ha de ser.
A. Rodríguez: Bueno, es un poema que va dirigido al propio arte de la creación poética, es decir, a la poesía entendida como arte que llega e inunda tu vida. La experiencia artística, la experiencia interior, la experiencia de la palabra poética, están presentes ahí y en todo este libro. Creo que es necesaria de nuevo una sacralización del arte, de la experiencia artística, que se ha banalizado del todo en nuestra época. Por eso los poemas han de ser obras de creación artística, literatura viva. No un vano relato de hechos cotidianos, una mera fotografía de la realidad cotidiana o intimista.
La llamada a la luz se funde con otro tema que gravita más, en mi opinión, desde la mitad del libro: el amor.
Recuerdo sólo el comienzo de un poema:
Dijiste que me amabas, lo veía en tus ojos,
bajo el dominio de la noche y el de la Luna
su reflejo invertido iluminaba.
Rocío de los alquimistas, aire
ígneo, estratos del alma. (…)
p. 34. Alqumia ha de ser.
O este otro, que se inicia con estos versos:
Invítala a venir,
por tener tan alto honor de besarla,
que no te esté negado nunca el supremo don
ni que ese triunfo deba ser precario.
Y sentirte enteramente feliz,
sin experimentar sorpresa alguna, (…)
p. 38. Alqumia ha de ser.
Este y otros poemas de esa serie me parecen magistrales, por su tono y por la sencilla belleza comunicativa que alcanzas, Alfredo. Puedes comentar la importancia para ti del amor en tu obra, no solo en este libro y en estos poemas.
A. Rodríguez: Pues siento contrariarte, Fulgencio, pero no se trata de poemas de amor convencional, quiero decir, amor de pareja. Pero me gusta mucho que los veas así. Era exactamente lo que el simbolismo pedía: que sin ser oscuro o hermético el poema fuera ambiguo y plural (aún en el caso de la siempre más evidente poesía amorosa) y que esa ambigüedad ‒para gloria del lector‒ no fuera seca, sino rica de sonoridades, lo que vuelve a querer decir de más plurales sentidos. En el primero de los poemas a que haces referencia, aparece la Poesía personificada en la Amada a la que se dirige el sujeto poético en su canto. Y el segundo poema es una invitación a la llegada de la inspiración poética. Tal cual. En general, concibo la creación poética como algo que proviene de una especie de revelación. Creo que el trabajo de la poesía es, o debe ser, en buena parte un trabajo del inconsciente, de las fuerzas oscuras de nuestro ser: la Sombra que nos integra, como digo en uno de los versos. Un sombra que a veces es negativa, porque niega precisamente el amor. El poema como un espacio de encuentro o de reencuentro, un espacio de revelación (algo que se produce tanto en la escritura como en la lectura). De repente en la oscuridad de la conciencia acude a nuestra ayuda una palabra, nos ilumina de pronto en el poema. Y eso es lo que más me importa y me arrastra, justamente lo que desconozco: aquello que el poema mismo me revela o que permanece, al fin, como enigma. Es la esencial irracionalidad de la experiencia poética.
El amor tiene muchos nombres, como la poesía: te agradezco tu aclaración. Finalmente, me gustaría que comentaras qué significó Alquimia ha de ser, para tu futura obra.
A. Rodríguez: Este libro supuso, sin duda, un cambio en mi concepción de la poesía, que a partir de ese momento estará más cerca de la meditación y de la vida. Hay un sustrato filosófico también en sus versos, la hondura metafísica me parece que es mayor aquí, que en otros libros anteriores míos. A la manera de los viejos alquimistas medievales que trataban de convertir el plomo u otros metales innobles en oro puro a través de un complejo proceso, repleto de rituales y conjuros (la célebre transmutación de los metales impuros en oro, que constituía el fin de la alquimia), de la misma manera, digo, el poeta ha de convertir en belleza el cieno de la realidad que nos rodea cada día, el barro de la absurda realidad cotidiana. En ese sentido además hay en el libro un intento de recuperación de la palabra bella, suntuosa. Cada día estoy más convencido de ello, de que la poesía es un arte y nada más que un arte en sí mismo. Un camino de perfección, un camino que no perseguiría otra cosa que la consecución del oro espiritual.
Muchas gracias.
A. Rodríguez: A ti, Fulgencio, por tomarte tanta molestia, hombre, y por tanta amabilidad.
Continuará, queridos lectores, nuestra conversación con Alfredo Rodríguez en dos entregas más que se publicarán en el número o números de otoño-invierno 2026, y donde daremos noticia y entraremos en charla con sus libros más recientemente publicados. En nuestra “conversación” nos centramos en los hitos de su obra poética personal; sin embargo, no queremos dejar pasar inadvertida su espléndida y continuada labor de antólogo y editor literario de otros grandes poetas y prosistas, desde José María Álvarez, Antonio Colinas, Miguel Sánchez-Ostiz, hasta el más reciente, Javier Asiáin, del que la editorial Hiperión ha publicado este verano el libro de poemas La plegaria encendida (Antología esencial 2002-2026), con prólogo y selección de Alfredo Rodríguez.
17 de julio 2026
Entrevista de Fulgencio Martínez
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A lo largo de cuatro entregas presentamos las conversaciones con el poeta Alfredo Rodríguez, repasando algunos de sus principales poemarios. En la primera nos centramos en su libro De oro y de fuego (2012); en la segunda, en Alquimia ha de ser (2014). La tercera estará dedicada a Dragón custodiando el misterio (2024) y la cuarta a un poemario de próxima publicación, del que anticipamos en Ágora una selección de textos realizada por el propio autor.
Véase: https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/04/tres-poemas-ineditos-de-alfredo.html
Recuperamos, de este modo, una de las secciones más antiguas y queridas de la revista: Conversaciones con…, de la que recordamos, por ejemplo, las que publicamos entre Cristina Morano y Concha García o entre Fulgencio Martínez y Guillermo Carnero o Luis Alberto de Cuenca.

