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viernes, 12 de abril de 2024

5 poemas de Espacio para una urna, de Fulgencio Martínez. Avance de Ágora n. 26. Co-lección Ágora Poesía.

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 5 poemas de Espacio para una urna, de Fulgencio Martínez

 

 

  Entonces este libro no sería,

 por vez primera, urna en que reposen

cenizas del fracaso embellecido,

     Guillermo Carnero (Perfil perdido)

 

 

Decimos lo que decimos
para que la muerte no tenga
la última palabra.

¿Pero tendrá la muerte
el último silencio?

Hay que decir también el silencio.

Roberto Juarroz (Poesía Vertical XIII)

 

 

EPITAFIO DE POETA

 

Hermano, sobre los ríos secos

y la vanidad sin sed ni mundo,

quiero decirte mi verdad más clara:

en mí anidó, siendo niño,

una fábula repetida

cada noche en mi imaginación.

 

 

Por ella pude abrir los ojos

al interior de mi sueño

y conocer mi vida en flor

y apuntando el fruto,

verde aún, pero mío.

 

Ese cuento me diera

vida en la vida

me inspiró el fruto

del poema

que aún madura en mí,

sin temor a la muerte

cada hora más celosa

de mi silencio,

ya que no consiguió quitarme

la razón de mi existir, las palabras.

Solo la vida

que, en verdad, queda en ellas.

 

 

21 de diciembre 2023

 

 

 

 

FUNCIÓN DE VIDA

 

 

A los más siniestros hospitales de este mundo

las familias envían flores bajo la atenta

indignación del cadáver. No hay que irse al otro

para encontrar la desolación, el sin sentido.

 

Sin embargo, de niño, en mi pueblo, eran

distintas las costumbres y diferentes los ritos.

Nos dejaban entrar a la escena a las niñas y a los niños,

cuando tras los óleos y los cánticos

el sacerdote había dado la espalda y sentenciado al reo,

y el último pájaro volado de su garganta;

y a todos, vecinos y extraños, y familiares,

incluidos los críos, a todos sin excepción

nos permitían ver el cuerpo muerto.

 

Entonces, invariablemente sucedía

que uno de aquellos mayores nos riñera

con la palma de la mano abierta,

significando la intención de darnos un guantazo

porque era evidente que no eran bienvenidas las gracias

y las bromas infantiles en aquella cámara ardiente;

que estábamos, allí, sólo para contemplar

un instante la despedida del ser querido

y para testimoniar cómo caen y se renuevan las hojas…

 

 

Éramos parte de aquella función de vida.

Tan natural como un círculo de estrellas

que van dispersándose en el cielo nocturno

cuando el tiempo corre con su blanca bandera.

Así nuestros ojos de niño veían las almas en fuga

y se aterraban en la menor distancia

del cuerpo detenido

bajo una corona de fuego floreada.

Era el espejismo inmóvil lo que producía el temor

que se desahogaba en tacos, chistes irreverentes

y anécdotas libidinosas

en boca de los adultos, y en nosotros los niños

en risas inocentes, en chispeo de crótalos y palmadas,

en un gozo general como un revoloteo libre y festivo.

 

Parecíamos un cuadro flamenco o un alerón

donde paran los pájaros a resguardarse

y a silbar cuando la lluvia muerde en los hombros

de los viandantes apresurados.

Éramos definitivamente igual que los músicos

en una ceremonia fúnebre regia, pero más alegres aún,

con más inocente inconformidad, desafinada.

Éramos parte de una función no de muerte

sino de vida, en un país que recuerdo

en el que las nubes eran nubes y las águilas

eran serpientes, pero donde aún había ese calor

de un tiempo consagrado a lo humano.

 

Pero siempre, indefectiblemente, había alguien

que protestaba llamando al orden y a la seriedad.

Recuerdo que no nos importaba, y reanudábamos

indiferentes nuestros juegos en la calle,

esa vez ya, con los hijos del padre muerto.

 

 

 

 

 

TODO ESTÁ EN EL CIELO Y EN LA TIERRA

 

 

La fuerza de una casa no está en sus cimientos

sino en el tiempo que se vive en ella.

Las casas abandonadas, o aquellas que transcurren

habitadas durante pocos meses o semanas al año,

se ajan con presura, se resquebrajan

a paso de lebrato sorprendido, y mueren

antes de criar afectos. Sin el calor

del río próximo

que sube su mano mansa a sus habitaciones,

la casa semivacía es un desierto en ciernes:

una plaza que ya ha sido entregada.

 

Mira a tu lado y comprende

que todo está en el cielo

y en la tierra. Llega con tus brazos

adonde puedas tocar algo: cualquier cosa:

astilla, o piel, allí está todo

el cielo: lo moldeas con tus dedos, lo salvas,

le das cobijo a su vivir desamparado.

 

Igual es el proyecto de construir

una casa estable para tu perdida existencia,

una casa en un lugar no lejos de un río,

no demasiado lejos en el tiempo

que se acaba.

 

 

 

 

 

DESCRIPCIÓN DE UNA VIDA

 

 

Son los lugares tránsito a otros lugares.

Y las vidas cambian su destino,

o, no sé, lo llevan a otras,

siguen siendo sombras y luego estelas. 

Diciembre me alumbró

y cada diciembre muero y renazco.

No encuentro un filo adonde cogerme

mas no sé si gano o pierdo

cuando me pierdo o me gano. Avanzo

tenso, por una tormenta de hormigas,

como un funambulista por un fino alambre,

sin mirar a los dientes de la cuerva

que me sonríe allá abajo, compadecida.

Toda mi vida es una esfera y se mueve

sin solución hacia la extrema nada.

 

 


 

SON ÁNGELES

 

 

En las flores viven seres muertos, antepasados.

No vayas al bosque de noche

y tengas rojas pesadillas.

No cantes en el silencio del arroyo

noctívago, ni en la mano lleves luz

porque asusta a los búhos que cazan a oscuras…

No lleves prisa, si vas a un bosque de noche.

No traigas una trampa,

ni traigas un mapa, ni una corvilla

para segar el muérdago venenoso.

 

Si vas de noche a un bosque, a un callejón

desconocido, lento, infinito

y serpenteante como el vacilar en el estómago

de una nuez alucinógena;

si vienes a un bosque de noche,

conviene que sigas las voces de tu cuerpo,

que reces mentalmente en un latín desacostumbrado,

recibido por ti ex profeso de los ángeles

y, sobre todo, se aconseja no preguntar

a esos seres salvíficos si son de veras

ángeles de purísima luz o son demonios

que pasan a este lado en las alucinaciones

fingiendo arrepentimiento para perderte,

 

voluntad de enmienda y buenas obras

de caridad, como esa de guiar al extraviado. 

Sola la fe aleja a los lémures y a los lobos.

Acuérdate de esto

si vienes a la fogata en mitad de la noche.