
Elefantes de nube, de Alberto Chessa: el arte del aforismo
Por Javier Puig
A Chessa le gusta el juego, el dúctil manejo de las palabras; pero un juego serio, el que se funda en un objetivo nada baladí, a la vez que propicia una inteligente sonrisa. Muchas de sus afirmaciones suponen una denuncia, una subversión. Se trata de desvelar las convenciones, la mentira instituida en los lugares comunes.
El aforismo es un terreno resbaladizo en el que Alberto Chessa logra mantenerse en un muy digno equilibrio. Lo pudimos comprobar en su anterior colección, Un solo punto suspensivo, editado en 2021, y ahora en esta nueva entrega que es Elefantes de nube (La nube de piedra ediciones, 2025). A estas piezas, casi siempre brevísimas, el autor murciano las llama bordones.
Y digo que el aforismo es un terreno resbaladizo, porque lo es tanto para el autor como para el lector. La brevedad de su enunciado exige una máxima concentración en lo dicho, pero también, a mi modo de ver, una capacidad para que esa formulación literaria contenga el germen de una ampliación en el lector. Todos los aforismos pueden ser discutidos −incluso las máximas, las sentencias, y hasta las llamadas reglas de oro−, pero también suscritos, matizados o ampliados. Por otra parte, el mal lector de aforismos pasará por ellos acelerado, ansiando el enlace con el siguiente, acostumbrado a aspirar a la elocuencia por acumulación. En uno de sus bordones, dice el poeta murciano: “Un aforismo no es un aforismo hasta que no se demuestre lo uno y lo contrario”. O: “Escribir aforismos es como hacer largos en una bañera”. Son formas hilarantes de expresar una visión muy libremente desprejuiciada.
Los aforismos de este libro están agrupados por afinidad, pero no clasificados en distintos apartados. La gran mayoría ocupa entre una y tres líneas, pero hay algunos más extensos, que presentan un cariz ligeramente distinto. Incluso, también, esparcidas y minoritarias, se incluyen unas pequeñas composiciones en verso que, a simple vista, por su formato, recuerdan algo a los haikus, pero que, en realidad, son otra forma de aforismo, esta vez incluyendo el juego de la rima.
Y es que a Chessa le gusta el juego, el dúctil manejo de las palabras; pero un juego serio, el que se funda en un objetivo nada baladí, a la vez que propicia una inteligente sonrisa. Muchas de sus afirmaciones suponen una denuncia, una subversión, pero no hay, sin embargo, agresividad, rencor, en esas agudezas que desmaquillan tantas vetustas, endebles y consensuadas afirmaciones. Se trata de desvelar las convenciones, la mentira instituida en los lugares comunes. Es indagar en la propia percepción, en el personaje del que nos investimos, en la transparencia del recubrimiento imaginario que exponemos y falsamente nos salva: “La soledad se finge… aun estando solo. Y también se exhibe… ante nadie”. Siempre la búsqueda de lo queda oculto entre los pliegues de nuestra explicación, el retorcimiento de la rectitud nacida de la inercia.
Hay en el autor una ironía fina que deja una huella, contra todo pronóstico, poco amarga. Hay bordones que podrían ser discutidos por algunos defensores de los valores preclaros y que, sin embargo, yo encuentro que, aplicados a determinadas situaciones, pueden demostrar ser una gran verdad: “No se puede admirar sin vanidad”. Afirmaciones así pueden ser rechazadas por los pusilánimes del pensamiento, y es que cuestionan realidades que se han concebido desde la comodidad de las certezas precipitadas y nunca puestas en tela de juicio. Sin embargo, al leer a Chessa no siento esa desmoralización con la que me amenaza La Rochefoucauld, quien sabe desprestigiar cualquier buen sentimiento desde la desvelación de los motivos más ocultos. Al contrario, su visión es liberadora. Y no hace falta para ello que, alguna vez, el autor reafirme una virtud, como en esta ocasión la de agradecimiento: “No dar las gracias es un gesto de debilidad”. Otras veces, se permite el placer −que podría ser tan sospechoso− de situarse −y de situarnos− como espectadores incólumes, nada emparentados con los seres despreciables: “¿A cuántos necios ha prestigiado el silencio?”. “Es tan impertinente que hasta callado te quita la palabra”.
En estos aforismos, encontramos un saludable desnudamiento de la moral, porque se denuncia la mendacidad y también la imposibilidad de acceder a ella si se la persigue espuriamente, si uno se la arroga desde las estratagemas de la mentira: “La enfermedad del narcisista se llama YO. Y ni siquiera se cura con minúsculas: cuando el narcisista dice yo en vez de YO, a su narcisismo suma hipocresía”. Chessa se inclina por el misterio antes que por la seguridad de los refugios instituidos: “Rezarle a Dios ha de ser confortante. Pero nada tan misterioso como rezar a diario sin saber a quién se reza”, que me recuerda a aquel machadiano: “Quien habla solo espera hablarle a Dios un día”.
Los aforismos de Chessa muy rara vez se quedan en un puro relleno poco inspirado, en una ocurrencia que solo implica el sentido del humor y no la revisión de nuestros conceptos. Alguna vez se ríe para no sentirse desamparado ante alguna máxima exigente y oscura: “Sé tú mismo. Pero ¿quién?”. Leyendo la mayoría de estos aforismos he sentido como si me estuvieran abriendo una puerta hacia nuevas interpretaciones de la realidad, unas tan plausibles como inopinadas. Aquí se utiliza la palabra como medio de cuestionar el pensamiento, de crear nuevas iluminaciones, de desmentir turbios consensos. Se propicia, en ese sentido, muchas veces, un resultado psicológico, filosófico, aunque se desconfíe de estos modos de asediar la realidad: “El pensamiento sigue buscando lo que el arte encontró”. Se trata de expresar las amargas verdades con el voluntarioso paliativo de la imaginación. Así, esa idea a la que recurre en varios aforismos, los que hablan de lo irreparable del tiempo vivido: “Para el nostálgico la vida siempre llega tarde”, o: “No trates de explicarte el pasado. Llegas tarde”. Y ya en su libro anterior: “Voy con una vida de retraso”.
Si bien Alberto Chessa, como decía, apenas se permite la mera ocurrencia, el simple chiste que nada añade ni revela, sí que insiste en barajar alegremente las palabras, ese método clásico de concebir los aforismos, por el que vocablos, próximos o idénticos, pueden cambiar el sentido de unas frases construidas desde la lucidez: “Lo mejor que se puede hacer con un idiota es ignorarlo. Pero nunca ignorar que es idiota”. “Lo peor de un tonto perdido es que siempre te lo acabas encontrando”. Otras veces, es el cambio del signo de una frase previsible: “Me falta Dios cuando menos lo necesito”. Porque muy a menudo lo que encontramos es la ironía o la paradoja: “Puedo escribir los versos más alegres esta noche. Pero, entonces, ¿qué sería de mi reputación?”; o: “Estoy completamente seguro de todas mis dudas”.
En un poeta como Chessa no podían faltar los bordones dedicados a la poesía o la escritura: “Hay muchos novelistas que no tiene paciencia para escribir un verso”. “Escribir es acercar una lupa al espejo”, “Hay una ironía poética de lo más excelente: aquello que el poema sabe, pero el poeta ignora”.
La gran mayoría de estas líneas escuetas propicia una reflexión, una sonrisa, una perplejidad, una pregunta. Leyendo estos bordones nos preguntamos desde qué palabra se despliega, se ordena, el revelado de una idea, nueva o reformulada para adquirir mayor contundencia, una más certera aproximación. Elefantes de nube es la prueba de que, algunas veces, lo más pequeño puede albergar lo mayor.
____
El artículo fue publicado originalmente en Mundiario, el 16 de febrero de 2026. Lo reproducimos por cortesía de su autor.
Javier Puig (Barcelona, 1958). Poeta, narrador y crítico literario y cultural. Es colaborador del periódico digital Mundiario. Ha publicado, en poesía, En la espesura de lo invisible (ed. Ars poetica, Oviedo, 2026), Estancias en la finitud (2020, Elche, Frutos del Tiempo) y En la mirada (2023, Ars poetica). Además, publicó en 2025 un libro de relatos (La cercanía de lo extraño, 2025, Frutos del Tiempo).
