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lunes, 21 de septiembre de 2026

"Elefantes de nube", de Alberto Chessa: el arte del aforismo. Por Javier Puig. Dossier Alberto Chessa, 3 publicaciones. Avance de Ágora N. 42. Otoño 2026

 

 Elefantes de nube

 

Elefantes de nube, de Alberto Chessa: el arte del aforismo

 

 

                       Por Javier Puig

 

 

A Chessa le gusta el juego, el dúctil manejo de las palabras; pero un juego serio, el que se funda en un objetivo nada baladí, a la vez que propicia una inteligente sonrisa. Muchas de sus afirmaciones suponen una denuncia, una subversión. Se trata de desvelar las convenciones, la mentira instituida en los lugares comunes.

 

El aforismo es un terreno resbaladizo en el que Alberto Chessa logra mantenerse en un muy digno equilibrio. Lo pudimos comprobar en su anterior colección, Un solo punto suspensivo, editado en 2021, y ahora en esta nueva entrega que es Elefantes de nube (La nube de piedra ediciones, 2025). A estas piezas, casi siempre brevísimas, el autor murciano las llama bordones.

          Y digo que el aforismo es un terreno resbaladizo, porque lo es tanto para el autor como para el lector. La brevedad de su enunciado exige una máxima concentración en lo dicho, pero también, a mi modo de ver, una capacidad para que esa formulación literaria contenga el germen de una ampliación en el lector. Todos los aforismos pueden ser discutidos −incluso las máximas, las sentencias, y hasta las llamadas reglas de oro−, pero también suscritos, matizados o ampliados. Por otra parte, el mal lector de aforismos pasará por ellos acelerado, ansiando el enlace con el siguiente, acostumbrado a aspirar a la elocuencia por acumulación. En uno de sus bordones, dice el poeta murciano: “Un aforismo no es un aforismo hasta que no se demuestre lo uno y lo contrario”. O: “Escribir aforismos es como hacer largos en una bañera”. Son formas hilarantes de expresar una visión muy libremente desprejuiciada.

          Los aforismos de este libro están agrupados por afinidad, pero no clasificados en distintos apartados. La gran mayoría ocupa entre una y tres líneas, pero hay algunos más extensos, que presentan un cariz ligeramente distinto. Incluso, también, esparcidas y minoritarias, se incluyen unas pequeñas composiciones en verso que, a simple vista, por su formato, recuerdan algo a los haikus, pero que, en realidad, son otra forma de aforismo, esta vez incluyendo el juego de la rima.  

          Y es que a Chessa le gusta el juego, el dúctil manejo de las palabras; pero un juego serio, el que se funda en un objetivo nada baladí, a la vez que propicia una inteligente sonrisa. Muchas de sus afirmaciones suponen una denuncia, una subversión, pero no hay, sin embargo, agresividad, rencor, en esas agudezas que desmaquillan tantas vetustas, endebles y consensuadas afirmaciones. Se trata de desvelar las convenciones, la mentira instituida en los lugares comunes. Es indagar en la propia percepción, en el personaje del que nos investimos, en la transparencia del recubrimiento imaginario que exponemos y falsamente nos salva: “La soledad se finge… aun estando solo. Y también se exhibe… ante nadie”. Siempre la búsqueda de lo queda oculto entre los pliegues de nuestra explicación, el retorcimiento de la rectitud nacida de la inercia.

 

          Hay en el autor una ironía fina que deja una huella, contra todo pronóstico, poco amarga. Hay bordones que podrían ser discutidos por algunos defensores de los valores preclaros y que, sin embargo, yo encuentro que, aplicados a determinadas situaciones, pueden demostrar ser una gran verdad: “No se puede admirar sin vanidad”. Afirmaciones así pueden ser rechazadas por los pusilánimes del pensamiento, y es que cuestionan realidades que se han concebido desde la comodidad de las certezas precipitadas y nunca puestas en tela de juicio. Sin embargo, al leer a Chessa no siento esa desmoralización con la que me amenaza La Rochefoucauld, quien sabe desprestigiar cualquier buen sentimiento desde la desvelación de los motivos más ocultos. Al contrario, su visión es liberadora. Y no hace falta para ello que, alguna vez, el autor reafirme una virtud, como en esta ocasión la de agradecimiento: “No dar las gracias es un gesto de debilidad”. Otras veces, se permite el placer −que podría ser tan sospechoso− de situarse −y de situarnos− como espectadores incólumes, nada emparentados con los seres despreciables: “¿A cuántos necios ha prestigiado el silencio?”. “Es tan impertinente que hasta callado te quita la palabra”. 

          En estos aforismos, encontramos un saludable desnudamiento de la moral, porque se denuncia la mendacidad y también la imposibilidad de acceder a ella si se la persigue espuriamente, si uno se la arroga desde las estratagemas de la mentira: “La enfermedad del narcisista se llama YO. Y ni siquiera se cura con minúsculas: cuando el narcisista dice yo en vez de YO, a su narcisismo suma hipocresía”. Chessa se inclina por el misterio antes que por la seguridad de los refugios instituidos: “Rezarle a Dios ha de ser confortante. Pero nada tan misterioso como rezar a diario sin saber a quién se reza”, que me recuerda a aquel machadiano: “Quien habla solo espera hablarle a Dios un día”.

          Los aforismos de Chessa muy rara vez se quedan en un puro relleno poco inspirado, en una ocurrencia que solo implica el sentido del humor y no la revisión de nuestros conceptos. Alguna vez se ríe para no sentirse desamparado ante alguna máxima exigente y oscura: “Sé tú mismo. Pero ¿quién?”. Leyendo la mayoría de estos aforismos he sentido como si me estuvieran abriendo una puerta hacia nuevas interpretaciones de la realidad, unas tan plausibles como inopinadas. Aquí se utiliza la palabra como medio de cuestionar el pensamiento, de crear nuevas iluminaciones, de desmentir turbios consensos. Se propicia, en ese sentido, muchas veces, un resultado psicológico, filosófico, aunque se desconfíe de estos modos de asediar la realidad: “El pensamiento sigue buscando lo que el arte encontró”. Se trata de expresar las amargas verdades con el voluntarioso paliativo de la imaginación. Así, esa idea a la que recurre en varios aforismos, los que hablan de lo irreparable del tiempo vivido: “Para el nostálgico la vida siempre llega tarde”, o: “No trates de explicarte el pasado. Llegas tarde”. Y ya en su libro anterior: “Voy con una vida de retraso”.

          Si bien Alberto Chessa, como decía, apenas se permite la mera ocurrencia, el simple chiste que nada añade ni revela, sí que insiste en barajar alegremente las palabras, ese método clásico de concebir los aforismos, por el que vocablos, próximos o idénticos, pueden cambiar el sentido de unas frases construidas desde la lucidez: “Lo mejor que se puede hacer con un idiota es ignorarlo. Pero nunca ignorar que es idiota”. “Lo peor de un tonto perdido es que siempre te lo acabas encontrando”. Otras veces, es el cambio del signo de una frase previsible: “Me falta Dios cuando menos lo necesito”. Porque muy a menudo lo que encontramos es la ironía o la paradoja: “Puedo escribir los versos más alegres esta noche. Pero, entonces, ¿qué sería de mi reputación?”; o: “Estoy completamente seguro de todas mis dudas”.  

          En un poeta como Chessa no podían faltar los bordones dedicados a la poesía o la escritura: “Hay muchos novelistas que no tiene paciencia para escribir un verso”.  “Escribir es acercar una lupa al espejo”, “Hay una ironía poética de lo más excelente: aquello que el poema sabe, pero el poeta ignora”.

          La gran mayoría de estas líneas escuetas propicia una reflexión, una sonrisa, una perplejidad, una pregunta. Leyendo estos bordones nos preguntamos desde qué palabra se despliega, se ordena, el revelado de una idea, nueva o reformulada para adquirir mayor contundencia, una más certera aproximación. Elefantes de nube es la prueba de que, algunas veces, lo más pequeño puede albergar lo mayor. 

 

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El artículo fue publicado originalmente en Mundiario, el 16 de febrero de 2026. Lo reproducimos por cortesía de su autor.

https://www.mundiario.com/articulo/cultura/elefantes-nube-alberto-chessa-arte-aforismo/20260216205754374972.html

 

Javier Puig (Barcelona, 1958). Poeta, narrador y crítico literario y cultural. Es colaborador del periódico digital Mundiario. Ha publicado, en poesía, En la espesura de lo invisible (ed. Ars poetica, Oviedo, 2026), Estancias en la finitud (2020, Elche, Frutos del Tiempo) y En la mirada (2023, Ars poetica). Además, publicó en 2025 un libro de relatos (La cercanía de lo extraño, 2025, Frutos del Tiempo).

 

 

 

Intertextualidad y rupturas dentro de la obra más reciente de Alberto Chessa. Por Fulgencio Martínez. Dossier Alberto Chessa, 3 publicaciones. Avance de Ágora N. 42. Otoño 2026

 

              Alberto Chessa

 

Intertextualidad y rupturas dentro de la obra más reciente de Alberto Chessa

 

                         Por Fulgencio Martínez

 

 

Alberto Chessa (Murcia, 1976) ha publicado en los últimos meses dos poemarios: Parábola del barro (Huerga y Fierro editores, Madrid 2026) y Sonetontos con ton y son (Premio Góngora y Quevedo de poesía satírico-burlesca, Arch-letras libros, Madrid, mayo 2026); y un libro de aforismos: Elefantes de nube. Bordones (La nube de piedra. Murcia, noviembre 2025).

 

 

Parábola del barro, del alfarero Alberto Chessa, es una pieza maestra en su conjunto. Poesía plena de nexos interiores (con esa coherencia, no superficial, que es un signo de la verdad poética de un texto), poesía cercana (de verbo y asunto cotidianos en sus mayores poemas), y, a la vez, abierta a la interpretación lectora (parábola), y a la comunicación (puesta en claro de un ser humano que es y no es exactamente, en todos sus términos, el que firma el libro y el que ha vivido o vive bajo el nombre de su autor). De entre sus virtudes, destacaría a bote pronto una: la polivocalidad, que plantea una fuga de perspectivas y de sugestiones que enriquecen el texto literario (poético, en este caso).

               Entraré, o mejor, reentraré en el libro contigo, lector, tratando de aportar un juego de interpretación, como quien cree llevar en mano un juego de llaves. Con otro libro, quizá, podría estar seguro de que nos sirve la copia de ellas que nos facilita su atenta lectura. Sin embargo, ante éste, me temo que sus puertas seguirán siendo inexpugnables. Tanto es lo que presupone su dominio, la inquieta piscina de signos a que sus poemas nos invitan, pero que resumen en uno: barro.

          En Parábola del barro el poeta sugiere dos temáticas principales, a mi entender. La primera, nuclear, gira en torno a la comunicación y, en concreto, a la que es propia de la poesía. La segunda, abierta, pende de la metáfora bíblica del barro y el alfarero, e indaga sobre el sentido del ser humano.

          No quiero hacer un ensayo, sino que voy a referirme a lo visto y gozado en los poemas de Alberto Chesa, en esta tarjeta poética que es Parábola del barro, cuya lectura se cruza con otro de los textos publicados recientemente por el autor, Elefantes de nube (Bordones), un libro de aforismos. En ese podemos encontrar estas pistas:

          “La cotidianidad, en poesía, no está para ser dicha, sino para ser desafiada. Lo contrario es no decir nada (de nada).” (p.39).

 

          “El yo es el resultado de otros muchos que nada tienen que ver con  él”. (p. 17)

          “No siempre elijo bien la voz con la que hablo a solas.” (ibidem).

 

En la mayoría de los poemas del libro de Chessa se parte de una anécdota, evocada, traída por la memoria (de quién); predomina el discurso narrativo en su inicio; pero lo importante ya, en ese arranque de los poemas como también en su desarrollo y final, son los signos evocadores (como, por ejemplo, en el primer poema: balcón, llanto). En esos signos se condensa el asombro poético, la perla que el autor da a su lectura. Vuelven en el poema, con cierta recurrencia, como ocurre con la palabra balcón: cuatro veces en el primer poema del libro, “El llanto en el balcón”.

          Sin embargo, tras lo narrativo y lo simbólico, hay un tercer tiempo, el de la reflexión e interpretación (que a veces se compendia en el segundo de las metáforas y símbolos expresivos de la emoción que transmite el poema).

          En ese tercer tiempo, como en un río profundo, el poeta pesca sus mejores hallazgos. Sorprende relativamente al lector con un giro hacia las profundidades del propio poeta, del mismo acontecer del poema o de la condición del existente. Y deja, al fin, el poema abierto (gráficamente, incluso, no se cierran los poemas con un punto y final).

          La condición de la memoria es constantemente puesta en tela de juicio, y con ese preguntar el propio yo que es múltiple. Las vivencias evocadas son reinterpretadas por quién, se podría preguntar el lector; como también el mismo poeta ha puesto en cuestión al sujeto que vivió la anécdota original.

          Es como si, tras la lectura de cada poema, debiéramos quedarnos con la sensación de que toda la vida, todos los signos mentados y escritos, son un continuum, un fluir abierto, maleable, deconstruible, reinterpretable, resumible, en fin, en la metáfora del barro, pero no sabemos por mano de quién (¿estamos en la posmodernidad o en la transmodernidad -a la que alude el poema "Ocurrencia final"; donde lo subjetivo ha muerto y con ello asumimos la posibilidad de otro que nos maneja?).

         

Incidiré ahora más en la intertextualidad dentro de la propia obra de Alberto Chessa. Parábola de barro, publicado en la colección Signos de Huerga y Fierro, y el libro de aforismos, Elefantes de nube. Bordones, editado por La nube de piedra, se enriquecen por la interpelación y complicidad de uno con el otro. El autor nos presenta en una obra aforística poemas breves (que llama bordones, con gran acierto). Y por otro lado, en su libro de poemas, Parábola del barro, desde casi el inicio pero sobre todo en el tercer tiempo, se incrustan versos que son aforismos, que son sentencias; también, prosas (como ha destacado el profesor Díez de Revenga en su artículo). (1). Algunos de esos fragmentos de prosa (¿prosa poética?, pero quizá ya no sea necesario etiquetarla así para la innovadora poética de Chessa), algunas de esas pequeñas prosas, decíamos, contienen algunas claves principales del poemario (también destacadas por el citado catedrático murciano). “Me llamo Barro, aunque mi piel se asombre” (p. 51, Parábola del barro), que parafrasea el verso de Miguel Hernández: Me llamo Barro aunque Miguel me llame. Precisamente Miguel, Alberto, Nadie, remiten a una de las preguntas esenciales del libro: quién escribe, bifurcada en otra: quién soy; y barro remite a la pregunta por lo que somos: greda, arcilla, barro, tierra (posibilidad, dynamis, potencia aristotélica para ser todo o casi todo); y si esto lo complicamos con la parábola del barro y el alfarero que remite a Jeremías, 18 (lo siento, es necesario traer ese referente), pues tendríamos la pregunta también acerca de qué es el ser humano, y en resumen los términos poliédricos y tan esquivos como resina que son las luces largas del libro Parábola del barro.

    Lo novedoso de la poética de Chessa consistiría en romper las fronteras y cápsulas entre prosa y poesía, entre poema y aforismo; los dos libros que comentamos de continuo se desbordan en una y otra comarca (en el fondo, la misma comarca poética: la de la “palabra exacta” para cada cosa, que diría Juan Ramón Jiménez). El resultado no deja de ser sorprendente, sin embargo; al menos a primera vista: la poesía absorbe a la prosa y se asimila uno de sus géneros: la aforística (tópicamente, perteneciente a la prosa). Pero, más allá, a través de incorporar el fragmento que pertenecía al ensayo, otro género tópicamente encapsulado en la prosa. (El fragmento es de naturaleza romántica; usado primero por los escritores moralistas del XVII y el XVIII, fue revalorizado por la estética de Friedrich Schlegel, y magnificado por Nietzsche, Bataille y muchos de los grandes escritores del siglo XX).

          La “prosa poética” (aliada con el fragmento vertido, en la poesía, a observaciones o impresiones, como en el Diario de poeta y mar, o Diario de un poeta reciéncasado, y vinculada a lo pictórico, al “cuadro”) ya no es necesario que se adjetive como poética: es poesía sin más, "aun siendo" prosa-fragmento-cuadro. (Pero prosa cuyo contenido, curiosamente, aunque en ella se halle en segundo plano la narración o la evocación, está exento del valor de narratividad; para dejar paso a lo sugerente, a la observación profunda o a la pintura impresionista).

          La relación de la poesía con la prosa es análoga a la del flamenco con cualquier otra música: el cante tiene una tonalidad y fuerza -más allá de lo rítmico- tan potentes que, cuando se “fusiona” con otro estilo musical, este casi desaparece absorbido por la vis de la raíz flamenca.

 

Otro aspecto de la intertextualidad genérica es el que presenta Parábola del barro ya no en sus pequeños fragmentos de prosa (poesía pura), sino en sus poemas en verso, sobre todo en los poemas mayores, largos, donde el uso de la narratividad tiene una función interesante, no solo contextual o evocadora de una anécdota.

    Lo narrativo está presente y aun forma parte capital en los poemas de este libro. Sí, lo que más nos gusta no es eso. Pero es un marco, una materia plástica que será luego manejada y transformada en poesía por la reflexión.

    Esta, la reflexión, es lo que aporta la sal, que el poeta nos sirve en versos cristalinos, en fragmentos, a veces en aforismos; todo vale cuando está pasado por la mano del alfarero-poeta. La poesía es la vida que se piensa a sí misma, como sugiere en uno de sus mejores poemas Alberto Chessa, "Verania" (p. 31).

 

         Cuando acaba el verano, el terciopelo

          de las horas se arruga en forma de pregunta

          que ya hemos respondido tantas veces

           y de poco nos sirve: somos parte

           también de este silencio, pues vivir

           la vida que se piensa, la que se arguye noble

           es aguardar a que vuelva la música. 

                         


Quedan en nuestra memoria, inquietándonos, otros muchos versos de algunos de los grandes poemas de Parábola del barro:

“No basta con vivir, hay que abrirse a la savia,” (“El llanto en el balcón”).

“Amar es en esencia / descubrir lo que amamos” (“¿Qué sé yo?”).

¿Y se puede amar si no se ha soñado antes el amor …? (“A ti que eres mi luz todavía?”)

“No la carne, sino lo que la carne / aparenta sin éxito. Lo que trasunta, sí. / Lo que a la vista a plena vista– la carne esconde”. (“Lucian Freud”).

Como las palabras, la carne, para esta poética, es parábola, trasunto de otra cosa, que podríase llamar barro, “que nos hace y deshace” (“Ocurrencia final”).                                    

       ¿No será acaso la palabra una parábola,

        parábola del barro que nos hace y deshace

        como esos seres, sí, que somos,

        esos seres que fueron expulsados

        del paraíso con una única misión:

        recordarlo y también recordárselo

        a quien quisiere oírnos,

        a todo aquel dispuesto a escuchar nuestra voz,

        que es la voz de la pérdida?

                                                   (p. 70)

 

 

ELEFANTES DE NUBE. Bordones

 

El bordón cierra pero también forma parte de la construcción de los aforismos de Elefantes de nube. Me intriga ese misterio: otro caso, quizá, de intertextualidad genérica. Los breves poemas intercalados en el texto aforístico, bordones, como los llama Chessa, tienen una especial gracia lírica.

            En la forma, son breves poemitas, asonantados: soleares de cuatro versos, o soleares (cortas, de tres), peteneras, derivaciones, en suma, del romance popular; aunque también nos recuerdan a los haikus, a las coplas manriqueñas, o a las seguidillas con bordones de las famosas Nanas de la Cebolla de Miguel Hernández. 

           Agua de fuente:

                música contrahecha,

                cristal quebrado. 

                                                    (p. 14. Elefantes de nube

 

                Tiendo la ropa.

                Entre pinzas camino

                como un sonámbulo.

 

                Tiendo las sábanas.

                De nuevo en alta mar,

                a toda vela.

                                                (p. 59. ibidem) 

 

          Por otra parte, cualquiera de las acepciones del termino “bordón” recogidas por la RAE pueden ser aplicables a los bordones del libro de Chessa, y le dan un cauce de comunicación polifónico y plurisignificacional. Me encanta pensar en el sentido de bastón de peregrino (bordón), un peregrino a Santiago de Compostela, que va sembrando en el camino (espiritual) y diciendo (en el físico) sus sentencias-aforismos a sus oyentes. O en el de la guitarra, cuerda, que produce son grave, bajo. Persona que guía a otra. Palabra no banal, la aforística, donde el ingenio solo se perdona si extrae agua para el beber (aun metafóricamente). Y, en fin, para no abundar más, la relación del bordón con la paremia, la sentencia, en tono coloquial, en el habla, y en la música-poesía, la repetición o la conclusión que esencializa una idea expresada en la estrofa anterior (o en este texto, en los aforismos) para que la memoria la conserve y de este modo facilite el recuperar su sentido.

 

SONETONTOS CON TON Y SON

 

Los sonetontos son otro ejemplo de ruptura y de intertextualidad, en este caso más en relación con la gran tradición del soneto burlesco de Quevedo y Góngora. El conjunto en sí es asombroso y muy original. En unos el puro juego, en otros la intencionada sátira, se acercan a piezas maestras, si no lo son. Perfectos en su maestría formal, plantean también la inquieta pregunta por la función del humor en la poesía. Ocurre que a veces la gracia decae a la segunda lectura (como pasa con esas cosas graciosas de la publicidad, cuyos textos ingeniosos suelen, al repetirse, devenir fastidiosos y cursis, incluso cuando quedan en la memoria colectiva como chistes o frases hechas, de las que el escritor de verdad ha de huir como de la peste, y dejárselas al periodista, presunto escritor). Pero un poeta de verdad es quien se atreve y arriesga, la verdad del humor está en que su veneno no se neutralice tras muchas lecturas ni varios pases de lavado con lejía en la lavadora. El humor más blanco parece que no debería ser blanco. Hay una gran virtud en parecerlo, sin embargo. Eso ocurre con los sonetos mejores del libro de Chessa: "Marcado y consumido", "De los interrogantes", "De la creencia descreída" ("Gracias a Dios, ateo converso"), "Rebelde en su rebeldía", "A Petra", "Filosófico y mediojustificante...". La complicidad (con el lector), pero también la coz a su sentido común, están en el haber del humorista, y la perfección del arte del soneto, que en las manos de Chessa se vuelve, como un guante, al derecho y al revés (como en el soneto palindrómico "Especular y donjuanesco", el cual, curiosamente, en la vuelta, al leerlo da capo cobra un sonido oscuro, más grave e interesante). Las dos o tres cosas juntas, complicidad incómoda y destreza técnica brillan en estos sonetos, o "sonetontos", para disfrute y felicidad de quien leyere.

 

 

He aventurado analizar algunas formas de intertextualidad en la obra de Alberto Chessa, intertextualidad acompañada de rupturas con las fórmulas previas, y que, juntas, aun nos sorprenden en su modo de destruir lo preestablecido. Como si tras la ruptura se conservasen más nítidas las partes y a su vez se tejieran hilos invisibles entre ellas: lo narrativo, lo aforístico, el fragmento puro o el pasaje reflexivo, la anécdota, el bordón, lo popular y lo culto, el verso medido o libre y la prosa; y de alguna forma todo eso fuera llevado al gran molino de la poesía. En suma, a la palabra: el grano de mostaza evangélico o el barro bíblico, anterior y posterior a toda pérdida.

 

 Septiembre, 2026

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(1) Díez de Revenga, F: "Un viaje por la vida y la memoria".

 https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/09/un-viaje-por-la-vida-y-la-memoria-sobre.html

 

 

Fulgencio Martínez es autor de Cosas que quedaron en la sombra, entre otros libros de poemas. Es editor de Ágora-Papeles de Arte Gramático