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domingo, 15 de marzo de 2026

En homenaje a Jürgen Habermas. "La vuelta de Habermas", artículo sobre su libro "Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa" (Ed. Trotta, 2025). Por Fulgencio Martínez

 

                                                 Jürgen Habermas. Fuente: La Vanguardia.

 

Ayer, 14 de marzo, murió el filósofo Jürgen Habermas, a los 96 años. En deuda con sus enseñanzas, damos muestra de una parte pequeña de gratitud a través del siguiente artículo, que trata sobre uno de sus últimos libros. Lo reproducimos por cortesía de la revista de Filosofía Individualia, para la cual fue escrito.  

 

 

 

LA VUELTA DE HABERMAS

 


 

 

No soy un experto en la filosofía de Jürgen Habermas, pero me han interesado siempre sus puntos de vista y, sobre todo, los temas que ha llevado a la palestra. He leído a principios de este curso Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa: un nuevo libro del lúcido filósofo nonagenario (como lo fue, hasta pasado aun su centenario de vida, otro grande del pensamiento y la literatura del siglo XX: Ernst Jünger).

El libro se publicó en Alemania en 2022 y ha sido traducido y publicado en España en este 2025 (Ed. Trotta. Traducción y epílogo de Juan Carlos Velasco).

Voy a intentar, en primer lugar, exponer brevemente el contexto y el contenido del libro; en segundo lugar, incidiré en aquellas cuestiones que me han suscitado más vivo interés; y en tercer lugar, intentaré un diálogo con las ideas del maestro Habermas, intentando saltar de los escolios y comentarios críticos o valedores de su obra, a una discusión (que no discurso como mal se traduce su filosofía), una discusión viva de las aportaciones de Habermas confrontadas con los problemas y las circunstancias del inmediato presente, y de la circunstancia española y europea tal como las vive quien escribe este texto y que osa presumir de interlocutor del filósofo.

 

El libro parte de un debate en 2021 organizado en torno a los cambios en la estructura de la “esfera pública” (die Öffentlichkeit, término clave en la filosofía de Habermas) introducidos por los nuevos media, como internet, por las cambiantes condiciones económicas mundiales y por el predominio de grandes empresas de comunicación. Ese debate, dirigido por Martin Seeliger y Sebastian Sevignagni, partía de un libro ya clásico, Historia y crítica de la opinión pública, escrito por Habermas, en 1962 (y en parte, matizado y actualizado en un prólogo a su reedición de 1990 en alemán, de 1994 en español). Hay que decir que, incomprensiblemente, el traductor al español de dicho libro ocultó ya, con su traducción del título, el término original del mismo: “Esfera pública” (el título original del libro en alemán es: Strukturwandel der Öffentlichkeit / “Cambio estructural de la esfera pública”).[1] Precisamente se escamotea, con la mala traducción al español, la pieza fundamental de la discusión. La opinión pública no es más que un término empírico sociológico, de interés casi ya exclusivamente demoscópico. Mientras que la esfera pública es un concepto normativo, político y sociológico, que tiene muchas derivadas, desde la de más calado, que afecta a la calidad democrática, hasta otras más inmediatas de percibir, que tienen que ver con la “opinión publicada” responsable, con la lectura y la crisis de los medios de información y opinión regidos por normas internas, deontológicas, e incluso con la literatura, con el oficio de escritor, de poeta, cosa que particularmente me incumbe. (Otra mala traducción que ha sufrido el pensamiento de Habermas es la tristemente famosa traducción de “Discurso”, cuando sería más bien “Discusión”, “debate”, palabras mejor adaptadas en español al significado de la filosofía y la ética habermasianas. Discurso remite -pedantemente, debo decir- a la filosofía francesa y canadiense de final de siglo, a punto de asimilar discurso con relato; de ahí, solo un paso a la actual confusión de aceptar relatos por argumentos en la discusión racional).

Habermas lee con atención las conclusiones del debate publicadas. Acepta el reto de repensar su teoría sobre la esfera pública y la política deliberativa, sometiéndola a una puesta al día y a una poda autocrítica. Sin embargo, se afirma en la validez de las condiciones normativas que ha de satisfacer el uso público de la razón. Evidentemente, Habermas se apoya en Kant para sostener su modelo de “esfera pública”, la cual, aunque se compone de elementos de mayor complejidad, básicamente consiste en el flujo abierto, con las menos restricciones posibles, de opinión publicada, para que se pueda formar, con la mayor garantía y amplitud posibles, la voluntad ciudadana que ha de ejercer, en las democracias constitucionales, su derecho al voto y a través de este, su derecho político.  Habermas nos resume su principal interés por la esfera pública (más allá del de formar la voluntad popular o de incluso justificar el poder en los tiempos modernos, a partir del siglo XVIII, cuando decae la justificación divina del mismo) en esta frase: “La función que cumple la esfera pública (es) de garantizar la subsistencia de la comunidad democrática”.  Así dice taxativamente Habermas, nada más iniciar su reflexión, en el primero de los tres textos que se incluyen en el libro (“Reflexiones e hipótesis sobre un nuevo cambio estructural de la esfera pública política”. (Los otros dos textos son: uno, el resumen de una entrevista, y el otro, una aclaración de algunas ideas).

 

           

¿Está en peligro la democracia? Es curioso que la reflexión de Habermas no otee para nada el poder de los nuevos imperios del siglo XXI (la Rusia de Putin, la China del Partido Único comunista), solo llega a hacer referencias al primer mandato de Trump en EE.UU.  Su reflexión se sitúa en el contexto inmediato post-pandémico, el cual aún se miraba en el contexto de los años pandémicos donde se reforzó el auge de las redes sociales y los medios de internet parecerían fagocitar a la antigua opinión publicada filtrada por editores de periódicos; redes y plataformas donde cada usuario se convierte en autor y lector, más aún: en crítico y experto en cualquier materia, con un simple “like” o un improperio, y como un emperador en el circo, con su pulgar, puede emitir un juicio supuestamente racional.

El libro se centra en dos peligros básicos que afectan seriamente a la democracia: las noticias falsas, las fake news, introducidas con voluntad aviesa. Las noticias falsas no son solo peligrosas por sí desde el punto de vista del compromiso con la verdad que ha de suponerse en la esfera pública. Lo verdaderamente alarmante es que el ciudadano ya no pueda distinguir las noticias falsas incrustadas en una información u opinión.   En un mundo (…) de “fake news” que ya no pudieran imaginarse como tales, es decir, que ya no pudieran distinguirse de la información verdadera, ningún niño podría crecer sin desarrollar síntomas clínicos”.

El otro peligro es la fragmentación de la esfera pública en “nichos” o, como les llama Habermas: “cámaras de eco blindadas”, donde rebota y se refuerza la sola opinión del grupo y la fuerza de este rechaza cualquier disidencia. Esta visión casi de quesitos incomunicados, de “nichos” de usuarios que publican sus opiniones o escritos leídos y valorados por “iguales” no críticos, denuncia, por un lado, el narcisismo que afecta a buen número de ciudadanos que se acercan no a un espacio público sino al ámbito, que Habermas describe como semipúblico, de las plataformas digitales (Aunque con apariencia de ser público, abierto, este espacio de las plataformas y redes es, en realidad, un ámbito privado, donde prima el interés egoísta de las grandes Corporaciones, pero donde estas no se hacen responsables de lo publicado o vertido a través de ellas, al no considerarse legalmente editores sino solo receptáculos o repositorios; sin embargo, a través de los algoritmos pueden dirigir en un sentido u otro la relevancia de los contenidos a mostrar, por tanto, hacen de cripto-editores sin responsabilidad civil ni penal).

 Por otro lado, Habermas denuncia otra disfunción democrática, que proviene en parte de la invasión de lo digital en la esfera pública: la polarización. Hay aquí dos matices que se han apuntado a la visión negativa de Habermas sobre las redes: uno, que la polarización proviene ya del mundo real, y está favorecida en los últimos tiempos por el predominio de unas opciones políticas totalitarias (en el fondo, así hay que definirlas sin complejos) que confunden el debate racional en la esfera pública y política con la falta de respeto y al extremo la cancelación del adversario. El feminismo de segunda ola, a final del siglo XX, ya adoleció de esa enfermedad adolescente de excluir cualquier otro logos sino es el propio (como, luego, ocurrió con los populismos de izquierdas que asesoraron a dictadores y golpistas en Hispanoamérica y que estuvieron en auge en la segunda década del siglo XXI. En España esas tendencias se fundieron). Sobre aquel feminismo: Nadie se atrevía entonces, y me temo que ahora muy pocos, a decir su opinión crítica argumentada. La ausencia de coacción es una de las condiciones del dialogo racional, según Habermas. Tachar de machista al adversario en el debate racional sobre el conjunto de una filosofía, o sobre un punto concreto, era una violencia admitida en esa época, como en otras anteriores la violencia de algunos hombres sobre las mujeres. (Por ejemplo, un caso vivido por mí: como profesor de Ética en un instituto, no veía justo que mecánicamente se aplicara el criterio de discriminación positiva a una alumna, frente a un alumno, para conceder matrícula de Honor. Sin embargo, a una compañera, de Literatura, que circunstancialmente ese año impartía Ética en mi Departamento, le parecía obvio, fuera de discusión, supongo, no sé, porque no hubo debate, por algún derecho histórico de la mujer que trascendía a aquella niña alumna y marginaba de paso al alumno). De aquellos polvos a estos lodos. Un presidente de Gobierno falta al respeto a los votantes que no piensen y voten lo que él propone, y tilda de fachoesfera a la opinión publicada contraria, incluso una parte de los periodistas tachan a otros de “irse a la fachoesfera” (basta que un insulto se repita por unos cuantos para que se normalice y no se advierta su vileza), los partidos se lanzan a competir por encontrar insultos que hinchen la violencia y el odio entre los ciudadanos, el mismo delito de odio se ha banalizado tanto, que el evidente filtro contra el odio que se genera en las redes sociales casi ya parece un juego de niños, comparado con el último tuit de un ministro….

 

Los dos peligros básicos (uno: cognitivo: la expulsión de la “verdad”, de su búsqueda en común, de la esfera pública y política democrática; dos: la fragmentación de dicha esfera y de la sociedad en su sentido de comunidad, que conlleva, a su vez, dos males para la democracia y para los individuos: el narcisismo y la simplificación binaria, polarización) están claros en la exposición de Habermas. Pero, ¿por qué el narcisismo es fatal para la democracia sana? Básicamente, porque, piensa Habermas -en cierto modo, ingenuamente, si lo juzgas a nivel realista; de modo regulativo, normativo, si lo piensas como parte de las condiciones mínimas democráticas-, el ciudadano de una democracia tiene, como tal ciudadano, derechos subjetivos (al respeto a sus libertades, al uso de los placeres) pero como sujeto activo de un derecho político que ejerce mediante el voto en una democracia representativa tiene la obligación de formarse (enterarse de lo que hay) y de recibir (y exigir) una información no tergiversada adrede, y a la hora de votar ha de plantearse el compromiso o equilibrio entre su interés particular y el bien común. Las fake news destruyen y horadan su derecho a formarse una opinión, que cuente en su deliberación y finalmente en su decisión de voto. Pero. también el hombre narcisista, meramente egoísta, fragmentado y sin visión más allá de sus narices, de su cámara de eco, se rebaja a pre-ciudadano democrático (el idiota, dirían los griegos) que se mantiene siempre en la esfera privada (o semipública/ privada de las redes) incluso cuando es llamado a ejercer su derecho a voto en el ámbito político, lo público en sentido fuerte del término. Además, si es incapaz de dialogar, de debatir con el otro, si teme incluso intercambiar opiniones (por efecto de la polarización binaria, y más al fondo, de la sectarización, tanto de las fuentes de información, como del propio discurso interior de los ciudadanos previamente secuestrado por un partido), nos hallamos ante un déficit en el homo democraticus, que puede ser fácil presa de cualquier viento corrosivo de la democracia.

En cierto modo, sorprende que todo el debate en el libro (el prólogo de Habermas está fechado en enero de 2022) no tenga en cuenta ya los nuevos imperialismos chino (sobre todo) y ruso. El poder de contaminar las opiniones públicas, la esfera pública de cada país, hace que sean dudosas las elecciones democráticas, la misma democracia da juego a partidos que pueden estar dopados con el dinero de tiranías (Irán, Corea del Norte, Venezuela, Rusia, China). No es necesario que estas potencias extranjeras -pongamos el caso de su actuación hipotética en España- se infiltren en un partido mayoritario; basta con hacerlo en partidos minoritarios, a veces de implantación solo local, pues la fragmentación, polarización, diseminación de la esfera pública y política ha derivado en parlamentos y gobiernos sensibles, cuando no presos del micropoder “absoluto” de las minorías. Esto enseña que un pequeño poder que no tiene en cuenta su validación ante el bien común de una comunidad no es democrático, sino absoluto, y que la suma de pequeños poderes absolutos no da una base de gobierno legítimo si hablamos de democracia verdadera.

 

Resumiendo, para este lector, lo más impactante del libro no es tanto su crítica de la inestabilidad de la estructura de la esfera pública y política, es su advertencia a futuro (quizá a un futuro no muy lejano) sobre el peligro existencial que se cierne sobre la misma democracia que hemos conseguido. Que no ha caído del cielo, como repite Habermas.

También me ha parecido muy significativo el análisis psicológico-médico (en la gran línea de la filosofía política, desde Platón y Aristóteles, el filósofo es médico social) y la descripción de los síntomas que ha introducido la nueva era de Internet y de las falsas noticias (qué decir cuando la IA y la CIA y los chinos nos pongan delante todas las posibilidades de lo virtual). Enfermedades como el insomnio, la falta de empatía a lo real, la despersonalización, ese síntoma que el poeta T.S. Eliot atribuía a los hombres huecos, ya se dan en los niños. Me ha impactado la frase citada arriba, y las consecuencias para el crecimiento sano de un niño o de una niña privados de la distinción entre verdad y mentira. Me acuerdo de la película “El pequeño salvaje”, aquel niño, aún no educado, la mentira es lo primero que detecta al hacerle una trampa adrede su educador para comprobar si había adquirido sentido ético natural. Por tanto, no solo lo cognitivo (la confusión entre verdad y mentira) sino lo ético y la salud (lo físico-psicológico) están en peligro con los usos torpes de la tecnología. Habermas para uso de pedagogos: Además, el filósofo avisa de la extensión de otras enfermedades psico-morales, como el narcisismo, todo para uno mismo, y la demonización del otro (qué bien se vive en un cámara de eco, qué listo se cree uno y muy leído por sus iguales, sin que se deje entrar ninguna opinión diversa, ya no adversa. Cámaras de ecos, en las redes sociales, pero en lo real, partidos que cada vez más son sectas, etc).

Vuelve Habermas a dar qué pensar.

 

Fulgencio Martínez



[1] Esta información está expuesta con mucha claridad en una nota del Traductor, Juan Carlos Velasco, que escribe también el epílogo al libro de Habermas de 2022, que comentamos. (Se trata de un breve texto esclarecedor de la historia interna de las posiciones de Habermas a lo largo del tiempo, y también de las aportaciones de la crítica a su idea de la esfera pública).

 

Agradecimientos a Paco Fernández Mengual y a la revista Individualia por la cortesía de permitir la reproducción del artículo en Ágora

sábado, 14 de marzo de 2026

Notas sobre "La verdad sospechosa", de Juan Ruiz de Alarcón. Por Fulgencio Martínez / Avance de Ágora N. 38 / El Mono Gramático (Notas sobre obras de teatro español)

  


 

NOTAS SOBRE LA VERDAD SOSPECHOSA DE JUAN RUIZ DE DE ALARCÓN (Homenaje a Castilla)

 

NOTA SOBRE JUAN RUIZ DE ALARCÓN

La verdad sospechosa: es sabido que es el título de una de las comedias del autor mexicano y español Juan Ruiz de Alarcón. Hace unas semanas, en una tertulia en Madrid, comentamos la obra, especie de novela picaresca, anticipo de la novela de crítica social, Don Catrín de la Fachenda, de otro mexicano español José Joaquín Fernández de Lizardi. (Hay muy buena edición actual en Cátedra. Letras hispánicas). El novelista y "periodista" Fernández de Lizardi escribió a los principios del siglo XIX. El autor teatral Ruiz de Alarcón en las primeras décadas del XVII. 

De origen mexicano, inició Leyes en la Universidad de la capital de México, se trasladó a la corte de España aún joven, para culminar sus estudios. Allí encontró su vocación literaria y el más impresionante, a la vez que despiadado y competitivo palenque de autores; maestros, como Lope, y siempre rivales, entre los propios seguidores de Lope, y por descontado, entre los anti-lopistas; incluso, fue objeto del atrevimiento de un tímido (en desaires, y menos aún, en insultos) como el fraile Tirso de Molina (el genial autor de El burlador de Sevilla, entre otras grandes piezas), y para qué nombrar al demonio, pues sí, del mismo Francisco de Quevedo, genio entre genios, de la malediencia y de la buena literatura. La maquineja del Jodio allí hubiérase fundido. A Ruiz de Alarcón, que era de baja estatura y chepado, llamabánle sus colegas más simpáticos "paréntesis", y Tirso le definió así, con una greguería avant la lettre: "Don Cohombro de Alarcón, un poeta entre dos platos" (¡jopé!, qué genios aquellos: he tenido que buscar en el diccionario "cohombro", especie de pepino, con forma casi de serpiente o de luna menguante).  

 

   

Ruiz de Alarcón destacó con sus comedias en un ámbito creativo en que florecían nombres como los arriba citados, y los de otros grandes literatos (como Moreto, Guillén de Castro, Mira de Amescua, Vélez de Guevara, Rojas, incluso un tal Miguel de Cervantes, en su faceta de autor para el escenario). El predominio de la escuela de Lope era tal que no había otra palabra en el teatro; hasta la siguiente generación, la de Calderón de la Barca.

Sin embargo, entre las más de veinte obras que compuso y en los dos tomos que publicó en los últimos años de su vida (Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza nació en la población minera de Tasco, posiblemente en 1580 y murió en Madrid, el 4 de agosto de 1639), una comedia se ha reeditado hasta hoy: La verdad sospechosa. 1 

A aquel joven de veinte años recién llegado a la Corte en 1600, su ascendencia "indiana" y de nuevo rico le aportaría no poca envidia (no solo en la capilla de los literatos). Su padre tenía empleo en el negocio de minas, y su madre, de la alta sociedad ilustrada del Virreinato de Nueva España. Ambos progenitores le animaron a que culminara sus estudios de Leyes en Salamanca, cuna del prestigio, notario del saber urbi et orbi (hoy casi ya no tenemos ni idea de qué era eso), faro que iluminaba allende los mares. Juan Ruiz de Alarcón volvería a México para obtener finalmente su título de Licenciado en Leyes en su Universidad y seguir carrera de profesor universitario; propósito que no logró. En el año de la primera de las Soledades de Góngora, en 1613, lo tenemos de nuevo en España, la España de las guerras literarias (entre culteranos, lopistas, conceptistas), el país de unos Titanes llamados Góngora, Villamediana y Francisco de Quevedo y Villegas. La estrella de Lope de Vega (que muere en 1635) deslumbraba en teatro, y Cervantes había publicado ya, en 1605, la primera parte del Quijote. 

Su vocación por el teatro provenía sin duda de la clase ilustrada de su medio mexicano, pero encontró su campo más propicio en la Corte. A la sazón, las dificultades económicas de su familia, cuya riqueza comenzaba a declinar, alimentaron en Juan Ruiz de Alarcón la idea de dedicarse profesionalmente a escribir comedias. Nada fácil. No fue hasta 1630, con El mentiroso (luego llamada con el título de La verdad sospechosa), cuando le llegó el reconocimiento (paradójico, con la publicación de la obra, pero atribuida a Lope de Vega junto con otros títulos de este). La comedia de más éxito de Ruiz de Alarcón cuando se estrenó hacia 1623, fue publicada al fin con su propio nombre en 1634 (en el segundo volumen de sus obras). 2

Ruiz de Alarcón murió apenas cuatro años después que Lope. Su comedia La verdad sospechosa, sobrevive al autor, y brilla con luz propia en la magna constelación del teatro modo Lope, una de las grandes piezas de la literatura universal de todas las épocas.

 

NOTA SOBRE EL LENGUAJE Y LA POESÍA EN LA VERDAD SOSPECHOSA 

Hay un nivel de la obra que tiene especial vitalidad aún hoy: el lenguaje -unido a la poesía. La lengua y el estilo del autor de La verdad sospechosa nos pueden resultar tan admirables (si leemos con la apertura que hemos de exigirnos ante una obra clásica de la historia literaria) que nos pueden enseñar y deleitar. El léxico mismo: trazas, embarrador, brujulear...y las figuras de estilo, como la ironía: 

        "cuerpo de verdades lleno",

para decir justo lo contrario: cuerpo de la mentira. 

 Observe, señora IA, lo que no le enseñan los programadores.

    

    "Cuerpo de verdades lleno",

    con razón el tuyo llaman,

    pues ninguna sale de él,

    ni hay mentira que no salga. 

            (Acto III. Escena VIII. La verdad sospechosa). 

 

El lenguaje es fresco, ritmado, al estilo de la escuela de Lope (aun pisando en ocasiones los umbrales del conceptismo, que tendrá luego su mejor expresión en Calderón de la Barca). Ritmado, no solo porque use rima y estrofas clásicas del teatro castellano, que pintan cada acción según el modo de esta (diálogos breves o largos con réplicas interpuestas: redondillas, consonantes octosílabas; relaciones, romances asonantados; escenas graves, monólogos o parlamentos de personas de respeto: serventesios, consonantes de metro endecasílabo); también porque en alguna ocasión anticipa el paso, o nos presenta en escenas dos acciones simultáneas, o un trozo de conversación "in media res", y finalmente, por el colorido de las evocaciones o descripciones de acciones ausentes, sobre todo, del cambio de ambiente, de las horas del día y de la noche; de las exterioridades de la ciudad (el soto del río Manzanares) a la interioridad-exterioridad de la ciudad (las calles, la Platería), a la interioridad de las casas y las familias donde se cela el quid de la comedia: el mayor bien preciado, el honor, en este caso, en su variante más noble: el de decir siempre la verdad, que nunca nadie pueda llamarte mentiroso, porque es deshonor a tu palabra. La palabra de un hombre tiene un solo valedor, el mismo hombre. Cuando se necesita otro valedor, el orden de valor del hombre decrece. Así el protagonista, Don García, pierde su condición de noble y de caballero al mentir, a veces por puro ludismo y desmesura de imaginación, y siempre por defecto de cultura, educación o paideia, que no por naturaleza. No han arraigado en él ciertas consideraciones, como las arriba compendiadas. En su afán de justificarse cuando es abandonado por sus recursos imaginativos, llega (lo peor de todo) a hacer que un criado valide su palabra. Es un embarrador (término precioso, por cierto), un confusionario, de todos, pero lo primero de sí mismo. Falto de recursos cuando quiere decir la verdad: que por su boca, por boca de un mentiroso compulsivo, suena siempre a verdad sospechosa.

    Quien en las burlas miente,

    pierde el crédito en las veras.                                                                                                      

                (Fin del acto II, escena XVI. op. cit.) 

 

Magistrales muchas escenas, destacaría esta, entre Don Beltrán (el padre de Don García, y sin duda la voz mejor conseguida de la obra, una humanidad en pie, con toda su debilidad y toda su fuerza), y su hijo perdulario y mendaz, Don García: (ambos caminan por una solitaria "Atocha", entonces arrabal que iba al centro de la Villa de Madrid: 

 

DON GARCÍA: 

        Ya que convida, señor, 

        de Atocha la soledad, 

        declara tu voluntad.

DON BELTRÁN: 

        Mi pena, diréis mejor.

        ¿Sois caballero, García?

DON GARCÍA:

       Téngome por hijo vuestro.

DON BELTRÁN:

        ¿Y basta ser hijo mío

        para ser vos caballero?

DON GARCÍA:

        Yo pienso, señor, que sí.

DON BELTRÁN:

        ¡Qué engañado pensamiento!

        Sólo consiste en obrar

        como caballero el serlo.

 

        ...

        Luego, si vos

    obráis afrentosos hechos,

    aunque seáis hijo mío,

    dejáis de ser caballero.  

         ...

    ¡Qué caballero y qué nada! 

    Si afrenta al noble y plebeyo

    sólo el decirle que miente.

 

            (Acto II, escena IX. op. cit.) 


El eco de los temas forma parte del estilo y la estructura del lenguaje dramático, así el tema de la reprensión (corrección paternal del espíritu mentiroso del hijo: en vez del de reprensión el autor usa el término caballístico "sofrenada", que es tirar, hacia atrás con fuerza o brusquedad, de las riendas de una caballería); ved ese tema en el primer acto, recién llegado Don García a Madrid, desde Salamanca, donde el pollo pasó un tiempo de estudiante (Lo que natura no da, Salamanca no presta, reza un dicho). Don Beltrán pide informes al tutor o letrado del muchacho; observemos cómo la educación de los "maestros" y de la universidad se continuaba con la familiar, de forma discreta o suave, hasta que la persona daba muestra, por sus propias obras y su palabra, de persona honorable, devenido su propio maestro, autónomo en lo moral si no, aún, en su "gobierno" material, aún no independiente hasta tener casa propia y estado (casado). Aquí, sabe el padre la flaqueza de su hijo. El padre se propondrá luego, en el segundo acto, reprenderlo para corregirlo, pero finalmente recurre al siguiente punto del programa: el matrimonio del hijo, para que éste se controle en su mentiroso proceder y de paso le libere de la mancha a su honor familiar. La búsqueda de este objetivo está ya prefigurado en esta escena, y es el motivo central de la trama, generando diversos enredos que conducen finalmente a una lección moral: el hijo obtiene un esposa de segundo plato, no la por él elegida; y esa consecuencia se sigue del enredo mismo que Don García provoca con sus mentiras disparatadas, falsa apariencia de la que él es la justa víctima, siendo siempre el culpable de pisar el honor ajeno, por sobreestima unas veces, por inmadurez juvenil, otras. Ese "justo" castigo es más verosímil dado que el joven tiene, por otra parte, cualidades personales excelentes -como la valentía-, aunque el mal de mentir le anule; por tanto, hubiera merecido -si a lo natural y a la verdad se hubiera atenido- obtener lo más, la dama que hubiera deseado.

 

        DON BELTRÁN:

        Que me diga una verdad

        le quiero sólo pedir.

        ....

        Pues como es ya don García 

        hombre que no ha de tener

        maestro, y ha de correr 

        su gobierno a cuenta mía,

        y mi paternal amor

        con justa razón desea

        que, ya que el mejor no sea,

        no le noten por peor,

        quiero, señor Licenciado,

        que me diga claramente, 

        sin lisonja, lo que siente

        (puesto que lo ha criado) 

        de su modo y condición,

        de su trato y ejercicio, 

        y a qué género de vicio

        muestra más inclinación.

 

                ... 

        LETRADO:

        No trato de las pasiones

        propias de la mocedad,

        porque, en ésas, con la edad

        se mudan las condiciones. 

        Mas una falta no más

        es la que le he conocido.

 

            ...

        DON BELTRÁN:

                ¿Cuál es? Decid.

        LETRADO:

        No decir siempre verdad.

 

        ...

        DON BELTRÁN: 

        Créame, que si García

        mi hacienda, de amores ciego,

        disipara, o en el juego

        consumiera noche y día;

        si fuera de ánimo inquieto

        y a pendencias inclinado,

        si mal se hubiera casado,

        si se muriera, en efeto,

        no lo llevara tan mal

        como que su falta sea

        mentir. ¡Qué cosa tan fea!

        ¡Qué opuesta a mi natural!

        Ahora bien: lo que he de hacer

        es casarle brevemente,

        antes que este inconveniente

        conocido venga a ser.

 

                    (Acto I, Escena II. op. cit.)

 

        ¿Qué no daría por ver en escena, bien dichos, esos versos? Esa escala de efectos patéticos, y ese rápido y razonado sentir del padre. Maravilloso idioma de Castilla. Vaya mi homenaje a Castilla - a la que poco se honra, a la que, de Oriente a Occidente, desde Filipinas a las Américas, se le debería agradecer haber sido cuna de la lengua española. 

 

Fulgencio Martínez

sábado, 14 de marzo de 2026 

 

________

 


 

1. Sigo la edición de La verdad sospechosa, en Edicomunicación, Col. Teatro, 1992, Barcelona. Prólogo de Frances-LLuís Cardona. 

2. Ver la adenda al final de la lectura del comentario.

 

 

ADENDA 

NOTA SOBRE EL TÍTULO DE LA COMEDIAEl cambio de título de esta, de El mentiroso a La verdad sospechosa, nos hace pensar en una vuelta de tuerca al tema de la obra: ya no tanto la crítica de la mentira como la puesta en cuestión de la verdad, para, de modo paradójico, mostrar su valor casi excepcional y raro.

"Encuentro que es difícil comprender a la gente que dice la verdad", constata una de las protagonistas de la novela de Forster Una habitación con vistas. (Traducción de Marta Pessarrodona. 1992, Barcelona, RBA. Narrativa actual).

 

JACINTA: 

"Que la boca mentirosa

incurre en tan torpe mengua,

que, solamente en su lengua,

la verdad es sospechosa.

 (Acto tercero. Escena sexta. Diálogo de JACINTA, amada de DON GARCÍA. op. cit.)

 

Pero, más allá de ese desengaño al oír al mentiroso (a aquel que tiene fama de serlo) y de sospechar tanto cuando puede estar diciendo verdad como cuando claramente miente, Ruiz de Alarcón llega a cuestionar en esta obra que existan las condiciones sociales para creer al que dice la verdad. Las convenciones, acaso estén preparadas para rechazar la mentira, más aún, la mentira patológica (el desvarío imaginativo, o, figuradamente, el moral), pero no para reconocer y aceptar la verdad. Tal grado de corrupción -no saber ya qué palabra o quién tiene el perfil de veraz- afecta al propio carácter de los personajes -no solo del personaje en principio objeto de la crítica, el joven Don García. Todos se acomodan a un parecer.

La obra abre perspectivas de crítica moderna, muy interesantes, aparte de su planteo del bucle de la verdad-mentira. Corneille la consideraba la mejor obra que había leído en español. La obra admite varias lecturas, solo aparentemente contradictorias, desde la lectura como crítica de un carácter "desviado" de la norma (lectura moralista sensu stricto), o como crítica moderna, social, de las convenciones de todos los personajes (crítica cercana a la Ilustración y a la post-Ilustración marxista o nietzscheana); o dado y aceptado que no hay verdad y todo es convención, la lectura conservadora (en el buen sentido), de una ética basada en el honor y entendida como estilo o estética de clase; la cual mantiene el valor de la convención de decir la verdad siempre, como signo de su identidad, poder y superior condición, ante el plebeyo, quien también reconociendo la fealdad de la mentira, en ocasiones ha de ceder a ella... salvo algunos plebeyos del pueblo, como los del teatro de Lope (Fuenteovejuna) y de Calderón posteriormente (El alcalde de Zalamea) que son nobles por no transigir y mantener el valor de la convención que tanto caballeros como villanos nobles consideran honesta verdad. Hoy, diríamos: integridad, ejercicio moral e intelectual de ponerse siempre en el lugar de los contrarios términos de una polémica, huir del sectarismo y el apriorismo ideológico... sabiendo, no obstante, que está en su apuesta rodeado de ecos, falacias, promesas e ilusiones, como quien se encuentra en el fondo de un laberinto.