Stendhal, el gran novelista francés, se inspiró en el proceso de cristalización de la sal para crear su certera y hermosa metáfora que describe el enamoramiento. Supe del libro Del amor (1822) de Stendhal y de la teoría de este sobre la cristalización como un estado de encantamiento que se produce de repente, un salto de una forma a otra forma, que altera la misma estructura molecular-psicológica del enamorado, por otro libro, al que llegué en mis años juveniles: Estudios sobre sobre el amor, del filósofo José Ortega y Gasset, editado en la célebre colección de bolsillo de Austral, de Espasa-Calpe. El libro de Ortega se publicó en 1939, y recoge artículos publicados en prensa entre los años 1926 y 1927. Hay una edición moderna, de 2018, muy recomendable, en la colección de bolsillo de Alianza Editorial, que reúne, bajo el título "Del amor", el ensayo homónimo de Stendhal y el artículo de Ortega "Amor en Stendhal" entresacado del volumen orteguiano citado.
La lectura del libro de haikús, Yodo en los labios, de Juan Pablo Zapater, recién publicado en este 2026 por La Garúa, me ha traído el recuerdo de esas páginas formativas. Pero, Yodo en los labios no solo me ha hecho pensar en la poesía, en el amor, pues ambos van tan unidos en este libro, como luego abordaré; también en la condición de la sensibilidad, o para ser más exactos, en las condiciones modernas de la sensibilidad.
La poesía es un estado de enamoramiento de lo real. Para darse cuenta de ello, basta pasar las primeras páginas de Yodo en los labios. Qué lejos se halla esta poesía de inventar mundos paralelos o mundos exóticos. Y por eso, con acierto de intención, el poeta valenciano Juan Pablo Zapater, su autor, recurre a la forma "haiku", de origen chino y de espléndida tradición japonesa; una tradición de poesía que, muy al contrario de la pretensión de impresionarnos con algo exótico, chic o rebuscado, es lo más natural, la mirada más "inmediata" y natural a las cosas desde la sensibilidad de un gran poeta. Este puede que haya nacido y vivido hace 400 años en Japón, como el maestro Basho, o como un haijin más moderno, en el siglo XX, casi contemporáneo de nuestra sensibilidad: Usuda Aro. Y un gran autor de haikús puede ser un autor español vivido junto al Mar Mediterráneo, como Vicente Gallego o como el autor de Yodo en los labios: Juan Pablo Zapater. Precisamente Usuda y Vicente presiden con sendos haikus la primera parte del libro que comentamos. No quisiera postergar la mención a mi autora de haikús preferida, Susana Benet, sin duda una de las más exquisitas poetas en este estilo y género poético. También es quien firma el prólogo de Yodo en los labios (y no es casualidad su presencia en el libro de Zapater).
En el prólogo de Susana Benet se recogen algunas claves que sitúan el género poético del haiku y la peculiaridad de su escritura por Juan Pablo Zapater:
No es precisa ninguna formación previa sobre el haiku (...) para saber apreciar lo que ofrecen estas páginas. No hay artificiosidad en ellas, no hay pedantería. Zapater regala instantes vividos y vivientes que conservan y evidencian el poder del asombro. (p. 7. op. cit.)
Junto a la "inmediatez", expresión que he mencionado antes y que he extraído de las breves y enjundiosas páginas del prólogo de Susana Benet ("Las imágenes que nos propone posen un fino realismo, una gran inmediatez", p. 6, op cit), el vitalismo ("El haiku se ocupa solo de la vida", dice Susana Benet, citando al profesor Rodríguez-Izquierdo); Benet destaca en las composiciones de Zapater la condición de viveza e intensidad ("instantes vividos y vivientes") y, sobre todo, pues este es el fin que ha de producir un buen haiku, el asombro: ese golpe del asombro es como el golpe de la mano en la madera, de un sonido en la conciencia, de un ser vivo (árbol, ola, mar) ante la contemplación, o, en lo retrospectivo e interno, de la presentización de un recuerdo nítido en la memoria, un recuerdo de infancia o de una realidad vivida ausente y cargada de emoción desde la ausencia. El asombro es como el golpe que despierta en la música y en la filosofía zen. De ahí, tal vez el nexo entre la poesía, el haiku y el zen.
¿Pero estamos en condiciones actualmente de recibir esa paz o esa inquietud de relámpago de la poesía?
Susana Benet incide también, en las primeras líneas del prólogo a Yodo en los labios, en la importancia del tiempo, del presente pero también de la pasado (el pasado de la evocación) en los haikús en general, y especialmente en los haikús de este libro de Zapater. La sensibilidad dispersa ha de ser atrapada, como una mosca, por esa trampa lírica que es el haiku, para que se produzca la virtualidad de este, el asombro. (No confundir con épater, con epatar, anecdótico y adjetivo).
En el caso de este libro de Juan Pablo Zapater, percibimos que sus versos están vivos, aunque algunos de ellos jueguen con el tiempo y nos hablen de sensaciones, imágenes y emociones de momentos ya pasados. Pero también lo hacen de su presente, logrando que todo se interconecte en un atractivo fresco. (p. 5)
Ese discurso, interconexión de tiempos, presente-pasado que es presente, es lo que hace también al libro de Zapater "una especie de diario". (dice S. Benet).
Para mi gusto, este es uno de los grandes aciertos de esta obra.
La misma prologuista, que nos ha servido la mejor introducción y análisis de este libro, presenta brevemente su estructura: el libro se compone de dos partes, la primera titulada "Yodo en los labios", como el título general de la obra; y la segunda, "Los tallos ciegos". Ambas partes recogen colecciones de haikús diferentes, en la primera predominan el mar y las huellas como símbolo; en la segunda, el jardín y las flores. En ambas el paso de las estaciones, más demorado en la segunda parte, y de fondo, el sentir dolorido del tiempo.
La clave del libro, quizá por propia deformación, la encuentro personalmente en el último haiku, uno de mis preferidos:
Plantar un árbol
que no verás crecer.
Eso es el tiempo.
(p. 134)
YODO EN LOS LABIOS
En la primera parte, hay una secuencia de haikus extraordinaria, que se sucede como una secuencia casi cinematográfica (los haikus se enlazan unos a otros, de forma natural y narrativa, pero a la vez se potencian unos a otros en su sentido poético; de lo que luego daremos ejemplo con dos haikús consecutivos):
Esa primera secuencia arranca de un todavía difuso amanecer (ejemplar la cita pórtico, de Usuda Aro: ("Desde lo oscuro / acometen las olas / la fresca playa").
El protagonista es el mar, desde luego. Símbolo romántico de lo infinito, de la aventura odiseica, también símbolo del más allá de la muerte, y de lo ignoto, para los simbolistas y para Antonio Machado. El mar tiene muchas caras y muchas escrituras vertidas ante su arriscada imagen, difícil de encerrar en palabras y en poesía. Así empieza Juan Pablo Zapater, con este hermoso haiku metapoético, si me perdonan la pedantería. Es un momento crucial, porque nos presenta al mismo poeta, su figura reflexiva que pronto va a abrir la sensibilidad a lo real presente. Más que lo metapoético, que está en un segundo plano, menos interesante sin duda, cobra importancia aquí lo figurativo y performativo:
El mar no cabe
en diecisiete sílabas.
Cabe su instante.
(p.15)
No solo describe, sino que realiza, es performativo este haiku. Pero vean que su realización -perfecta por cierto, según los cánones: 5-7-5- introduce la paradoja. También la radical insatisfacción del poeta, o el anhelo de perfección imposible. "Cabe su instante", es la conclusión que la sensibilidad extrae y que a partir de ese primer haiku se desarrolla en distintas fotografías o captaciones de vivencias inmediatas, que se suceden -lo hemos ya destacado- de forma magistral, acompasadas como una secuencia, desde el despertar del día, tras una noche de insomnio vivida en la casa frente al mar, hasta la inmersión en las aguas, y aun después, la indagación sobre las huellas en la arena, el tiempo de la infancia ido, etc...
Noche de insomnio,
las olas infinitas
tampoco duermen.
(p. 16)
La luz primera,
llave de la mañana,
umbral del mundo.
(p. 18)
La secuencia continúa con otros haikús. Destaco este, excelente, de lo mejor de la colección, por su larga imagen que asocia dos "castillos" y dos contemplativos (el que mira sin ver ya la princesa y el que canta bajo la almena)
Junto a la orilla
un castillo de arena
sin su princesa.
(p.25)
Y el contemplativo entra en el mar:
Entras al mar
y vuelves a sentirte
pez en el agua.
(p. 27)
Yodo en los labios,
el sabor de las algas
dulce y salado.
(p. 28)
Vuelvo a ser niño,
floto en mitad de un sueño
sin hacer pie.
(p. 38)
Y también estos dos bellísimos haikús, donde el poeta nos cede su mirada a distancia. Observen en el segundo la original introducción del término contemporáneo "avión" en un haiku de factura clásica.
Desde la arena
ladra el perro a la nube
que se le escapa.
(p. 52)
Un avión borda
la tela azul del cielo
con hilo blanco.
(p. 53)
El paso de las estaciones, del verano al otoño, es inminente:
Aires de otoño:
Las playas se desnudan
de sus sombrillas.
(p. 67)
Las marinas que componen estos versos de la primera parte no han estado faltas de evocaciones, donde, como dijimos, se asocian tiempo presente y tiempo pasado vuelto presente. También las cosas -zapatos, sombrillas, pala, rastrillo de jugar en la arena - están cargadas de significación temporal y sentimental.
Pala y rastrillo
tirados en la arena,
¿serán los míos?
(p. 37)
LOS TALLOS CIEGOS
La segunda parte del libro, intitulada "Los tallos ciegos", nos devuelve de nuevo a la noche, otro de los símbolos. La noche como silencio e incertidumbre, pero también como anticipo de la extrañeza de que ahí fuera haya algo, un mundo que cantar, una realidad presente, maravillosa y a la espera de ser recogida en su instante, único, fugaz, por esta poesía.
Las citas que, a modo de epígrafe, abren esta nueva narración-secuencia lírica, que transcurrirá por el presente y el recuerdo de jardín y de flores (de distintos nombres, jacintos, lirios, que recuerdan el motivo poético de la fugacidad) son de dos grandes cultivadores del haiku contemporáneo: Borges y Susana Benet, a quien ya conocemos. La cita de Borges nos remite a la palabra-motivo: noche. ("La vasta noche"), la de Benet nos evoca la perplejidad de los jardines y los estanques donde se reflejan las ramas de un árbol. ("El viento agita / el reflejo de un árbol / dentro del agua"). Estamos ante un mundo de perplejidad, a modo del país de Alicia, o en ese mundo infantil de espejos, apariciones y sustos que es el tren de la bruja. Ambos mundos son el mismo mundo, como queda reflejado en el sintagma "Los tallos ciegos".
Ser un jardín,
recogerse de noche,
vibrar de día.
(p. 77)
Esta segunda parte, que contiene más haikús (o haikai) que la primera, es también más compleja que aquella. El paso de las estaciones se torna ahora moroso, desde la primavera rezagada pero avasalladora, transformadora y vitalizante de todo:
Aunque invisibles,
hasta en los tallos ciegos
crecen las rosas.
(p. 79)
Y este doblete de haikús que se refuerzan en su sentido poético, hasta el punto que (como hemos comprobado en su lectura seguida), un verso en uno, "En primavera", puede prestarse al inicio del otro que sigue:
En primavera La mano tierna
los jacintos parecen de un niño arranca un lirio.
recién pintados. Delito impune.
(p. 108) (p. 109)
hasta el depresivo otoño, en los compases finales:
Las hojas secas
crujen a nuestro paso
con tonos tristes.
(p. 132)
El poemario acaba, no obstante, con una apuesta, en el haiku que hemos ya citado y que cierra el libro y resume lo mejor de su indagación, sostenida por el poeta con aliento de gran poesía, que creemos quedará entre los poemarios de su generación. "Plantar un árbol / que no verás crecer. / Eso es el tiempo").
Fulgencio Martínez
Huesca, 17 de febrero 2026

