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Antonio Machado, en sus años de Soria
DOSSIER. EL
TIEMPO DEL 98. CRISIS Y CAMBIO DE SIGLO EN EL CONTEXTO EUROPEO
Eros y tánatos: Antonio Machado en su narrativa lírica

Por Francisco Javier Díez de Revenga
Universidad de Murcia
En 1906, Antonio Machado, ante la necesidad de
asegurar una estabilidad profesional, valiéndose de sus conocimientos de
francés, prepara las oposiciones a Cátedras de Instituto de esa asignatura,
para la que no era preciso ser Licenciado. Y, el 4 de abril de 1907, tras una
dura y dilatada serie de ejercicios obtendría la plaza del Instituto de Soria,
al que se trasladaría en octubre al comienzo del curso académico.
Tras la aparición la Real Orden de su
nombramiento el 16 de abril, en La Gaceta
de Madrid, Machado viaja por primera vez a Soria para tomar posesión de su
cátedra. Se hospeda en la pensión de Isidoro Martínez Ruiz y Regina Cuevas
Acebes, muy cerca del Instituto, número 54 de la calle de Collado, en el mismo
centro de la ciudad. Regresará, parece ser, otra vez en verano, ya que algunos
de sus poemas aparecen fechados en tierras de Soria en julio y en agosto.
Y definitivamente, vuelve al comenzar
el curso, a principios de octubre de 1907. Vive en la misma pensión de Isidoro
Martínez Ruiz y Regina Cuevas hasta que la cierran en diciembre de 1907. Es
entonces cuando se traslada a otra pensión, la que regentan una hermana de
Regina, Isabel, y su marido, un sargento de la Guardia Civil jubilado Ceferino
Izquierdo Caballero, en la Plaza de
los Teatinos (hoy calle de los Estudios). El matrimonio tiene tres hijas,
Leonor, de trece años, Sinforiano, de 10, y una recién nacida, Antonia, que
muchos años después haría teatro en el Instituto, en 1922, bajo la dirección
del catedrático de Literatura y joven poeta Gerardo Diego. En este mismo 1907
aparece la segunda versión de su primer libro, ahora con un título algo más
complejo: Soledades. Galerías. Otros poemas.
Incorporado a la vida cultural soriana, colabora en algunos de sus periódicos: Tierra Soriana, El Porvenir Castellano, El
Avisador Numantino.

Leonor
Izquierdo 1909 (el día de su boda
con Antonio Machado)
Machado entra en relaciones amorosas
con Leonor, pero habrá que esperar a que Leonor alcance la edad legal para
casarse, los quince años, que cumple el 12 de julio de 1909 El catedrático
cumple el 25 de julio los treinta y cuatro. La boda se celebra el día 30 de
ese mismo mes en la iglesia de Santa María la Mayor, de Soria.
Dos poemas aluden a su enamoramiento
de Leonor, «En tren» (CX):
Yo, paro
todo viaje
−siempre
sobre la madera
de mi vagón
de tercera−,
voy ligero
de equipaje.
Si es de
noche, porque no
acostumbro a
dormir yo,
y de día,
por mirar
los
arbolitos pasar,
yo nunca
duermo en el tren,
y, sin
embargo, voy bien.
¡Este placer
de alejarse!
Londres,
Madrid, Ponferrada,
tan
lindos... para marcharse.
Lo molesto
es la llegada.
Luego, el
tren, al caminar,
siempre nos
hace soñar;
y casi, casi
olvidamos
el jamelgo
que montamos.
¡Oh, el
pollino
que sabe
bien el camino!
¿Dónde
estamos?
¿Dónde todos
nos bajamos?
¡Frente a mi
va una monjita
tan bonita!
Tiene esa
expresión serena
que a la
pena
da una
esperanza infinita.
Y yo pienso:
Tú eres buena;
porque diste
tus amores
a Jesús;
porque no quieres
ser madre de
pecadores.
Mas tú eres
maternal,
bendita
entre las mujeres,
madrecita
virginal.
Algo en tu
rostro es divino
bajo tus
cofias de lino.
Tus mejillas
−esas rosas
amarillas−
fueron
rosadas, y, luego,
ardió en tus
entrañas fuego;
y hoy,
esposa de la Cruz,
ya eres luz,
y sólo luz...
¡Todas las
mujeres bellas
fueran, como
tú, doncellas
en un
convento a encerrarse!...
¡Y la niña
que yo quiero,
ay,
preferirá casarse
con un
mocito barbero!
El tren
camina y camina,
y la máquina
resuella
y tose con
tos ferina.
¡Vamos en
una centella!
Parece
ser que el pretendiente barbero de Leonor era cierto, pero ella, gran
aficionada a la poesía, prefirió al poeta. En «Pascua de Resurrección» (CXII),
publicado en mayo de 1909, en La Lectura,
el poeta transmite el entusiasmo total ante la primavera soriana y ante su
felicidad amorosa:
Mirad:
el arco de la vida traza
el iris sobre el campo que verdea.
Buscad vuestros amores, doncellitas,
donde brota la fuente de la piedra.
En donde el agua ríe y sueña y pasa,
allí el romance del amor se cuenta.
¿No han de mirar un día, en vuestros brazos,
atónitos, el sol de primavera,
ojos que vienen a la luz cerrados,
y que al partirse de la vida ciegan?
¿No beberán un día en vuestros senos
los que mañana labrarán la tierra?
¡Oh, celebrad este domingo claro,
madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!.
Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre.
Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas,
y escriben en las torres sus blancos garabatos.
Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas.
Entre los robles muerden
los negros toros la menuda hierba,
y el pastor que apacienta los merinos
su pardo sayo en la montaña deja.

Antonio
Machado y Leonor Izquierdo el día de su boda
En 1910, Machado,
deseando salir de la vida provinciana de Soria, tal como manifiesta en la
instancia de petición, consigue una Beca de la Junta de Ampliación de Estudios
para perfeccionar sus conocimientos de la lengua francesa. El matrimonio se
traslada a París, y en la Universidad de La Sorbona asiste Antonio a clases de
filólogos muy prestigiosos como Bédier, Meillet, Le Franc, mientras que
escucha las conferencias que en el Colegio de Francia imparte Henri Bergson.
Coincide con Rubén Darío y su familia española, con quienes los esposos
Machado comparten la vida parisina. Pero una repentina enfermedad de la joven
esposa, una gravísima hemoptisis, por la que Leonor tiene que ser
hospitalizada en París, le hace renunciar a la beca y regresar a Soria, en
septiembre de 1911. Allí Leonor se iría lentamente agravando, aunque a veces
existieran esperanzadores procesos de recuperación muy débiles.
A mediados de abril de 1912, Machado
publicaría su segundo libro, Campos de
Castilla, que sería acogido muy favorablemente por la crítica. Pero tales satisfacciones
se vieron pronto ensombrecidas de forma definitiva por la muerte de Leonor, el
1 de agosto. Machado dejaría a su esposa enterrada en el cementerio del Espino
y solicitaría al Ministerio de Instrucción Pública su inmediato traslado a la
primera vacante que se publique, con lo que su etapa soriana quedaría
físicamente cerrada para siempre, aunque el recuerdo de estas tierras y de su
joven amor permanecerían en la memoria del poeta. Consiguió entonces la cátedra
de Baeza, a la que se incorpora al comienzo del curso. Su madre iría a vivir
con él a la pequeña población gienense, en la que Machado escribiría la ampliación
o segunda parte de Campos de Castilla.
En el conjunto de Campos de Castilla, en su edición definitiva, se destaca, en su
estructura, un núcleo de poemas de carácter excepcional por su tono
autobiográfico y personal, el grupo de textos formado por los que podríamos
denominar poemas del «ciclo» de la enfermedad y muerte de Leonor. Conjunto no
especificado, pero situado por el poeta con todo cuidado, respetando la
cronología y el lugar de escritura, desde Soria a Baeza. También se advierte
una evolución en el sentimiento del poeta, plenamente implicado en esta serie
de composiciones de carácter autobiográfico.
Uno de los espacios más bellos, por
auténticos y emotivos, de todo Campos de
Castilla lo constituye, en efecto, el conjunto de poemas que tratan de la
enfermedad y muerte de Leonor, que Antonio Machado situó, en la edición
definitiva, entre los poemas CXV, «(A un olmo seco)», y CXXVI «(A José María
Palacio)». Todo el conjunto constituye un ciclo en el que el poeta gradúa sus
sentimientos en torno a la tragedia, a través de la esperanza, desesperanza,
serenidad y recuerdo. Establece en cada uno de los poemas una estructura reveladora
de la aceptación de la desgracia, que se expresa en versos finales presididos
por la esperanza, gesto que Machado muestra en muchos de los poemas dedicados
al paisaje y a las gentes de Castilla. En el caso de estos versos más
personales, los finales logran una emotividad serena verdaderamente
destacable.
Pero lo cierto es que donde más se
manifiesta esa esperanza es en el poema que abre la serie, «(A un olmo seco)»
(CXV), escrito en mayo de 1912, cuando Leonor aún estaba viva y, ante una
ligera mejoría, aparece una remota esperanza de curación. Machado establece un
inteligente y expresivo paralelismo simbólico con la ya por él querida
naturaleza de Soria, representada en ese viejo olmo que deja ver, con la
primavera, algunas hojas verdes. El mismo olmo que reaparecerá con sus primeras
hojas, en el poema definitivo y último de la serie, «(A José María Palacio)»
(CXXVI). Se ha destacado que Machado utiliza la palabra milagro pero en
un tono secular y nada religioso, ya que basa su esperanza en el evolucionismo
biológico al atribuirla a la luz y a la vida en ese final patético:
Mi corazón espera
también, hacia la
luz y hacia la vida,
otro milagro de la
primavera.
Los restantes poemas están escritos in morte de Leonor. Todos ellos se crean
en la lejanía, a muchos kilómetros de la ahora amada tierra castellana, en
Andalucía, y ya trascurridos algunos meses desde la muerte de la esposa. Y
todos y cada uno de ellos están presididos por algunos de los símbolos predilectos
de Antonio Machado.
La primavera, que habíamos advertido
con su lección de esperanza, en el poema «(A un olmo seco)» vuelve a
representar el mismo papel, y es, en efecto, la protagonista de los poemas
siguientes: «(Recuerdos)» (CXVI), donde se concluye el poema, escrito «en
tren, en abril de 1913» honestos versos:
En la desesperanza y
en la melancolía
de tu recuerdo.
Soria, mi corazón se abreva.
Tierra del alma,
toda, hacia la tierra mía,
por los floridos
valles, mi corazón te lleva.
«Al
borrarse la nieve, se alejaron» (CXXIV),
Al borrarse la
nieve, se alejaron
los montes de la
sierra.
la vega ha verdecido
al sol de abril, la
vega
tiene la verde
llama,
la vida, que no
pesa;
y piensa el alma en
una mariposa,
atlas del mundo, y
sueña.
Con el ciruelo en
flor y el campo verde,
con el glauco vapor
de la ribera,
en torno de las
ramas,
con las primeras
zarzas que blanquean,
con este dulce soplo
que triunfa de la
muerte y de la piedra,
esta amargura que me
ahoga fluye
en esperanza de
Ella...
y
«(A José María Palacio)» (CXXVl).
El sueño, superador de la muerte, con
un papel aún más rico que el atribuido en Soledades,
preside, con su protagonismo, otras composiciones: «Allá, en las tierras altas»
(CXXI):
Allá, en las
tierras altas,
por donde
traza el Duero
su curva de
ballesta
en torno a
Soria, entre plomizos cerros
y manchas de
raídos encinares,
mi corazón
está vagando, en sueños...
¿No
ves, Leonor, los álamos del río
con sus
ramajes yertos?
Mira el
Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y
paseemos.
Por estos
campos de la tierra mía,
bordados de
olivares polvorientos,
voy
caminando solo,
triste,
cansado, pensativo y viejo.
«Soñé que tú me llevabas» (CXXII):
Soñé
que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano
en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu
mano,
en sueños, tan verdaderas!...
Vive, esperanza,
¡quién sabe
lo que se traga la tierra!.
y
el ya citado «Al borrarse la nieve, se
aleja» (CXXIV):
El camino, símbolo del devenir vital,
no está ausente, y más que un elemento del paisaje de gran belleza, vuelve a
adquirir su fuerte poder simbólico, aunque ahora se evidencia más que se configura
como un camino de soledad. Así en el ya
recordado y transcrito «Allá en las tierras altas,» (CXXI) y en el poema
«Caminos» (CXVIII), fechado en Baeza, en noviembre de 1913:
De la ciudad
moruna
tras las
murallas viejas,
yo contemplo
la tarde silenciosa,
a solas con
mi sombra y con mi pena.
El
río va corriendo,
entre
sombrías huertas
y grises
olivares,
por los
alegres campos de Baeza
Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las
rojas cepas.
Guadalquivir,
como un alfanje roto
y disperso,
reluce y espejea.
Lejos, los montes duermen
envueltos en
la niebla,
niebla de
otoño, maternal; descansan
las rudas
moles de su ser de piedra
en esta
tibia tarde de noviembre,
tarde
piadosa, cárdena y violeta.
El
viento ha sacudido
los mustios
olmos de la carretera,
levantando
en rosados torbellinos
el polvo de
la tierra.
La
luna está subiendo
amoratada,
jadeante y llena.
Los caminitos blancos se cruzan y se
alejan, buscando los
dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya, no
puedo caminar con ella!
Y, finalmente, los
recuerdos serán el medio de evocación del pasado en casi todos los poemas, pero
consoladores lo serán especialmente en «(Recuerdos)» (CXVI), ya trascrito, y, sobre todo, en «(A José María Palacio»)
(CXXVI). «En estos campos de la tierra mía» (CXXV) amplía el campo de la
memoria, recuperando a los recuerdos de la infancia y del «patio de Sevilla»,
fechado en Lora del Río, el 4 de abril de 1913:
En estos
campos de la tierra mía,
y extranjero
en los campos de mi tierra
—yo tuve patria donde corre
el Duero
por entre grises
peñas,
y fantasmas
de viejos encinares,
allá en Castilla, mística y guerrera,
Castilla la gentil, humilde y brava,
Castilla del desdén y de la fuerza—,
en estos campos de mi Andalucía,
¡oh tierra en que nací!, cantar quisiera.
Tengo recuerdos de mi infancia, tengo
imágenes de luz y de palmeras,
y en una gloria de oro,
de lueñes campanarios con cigüeñas,
de ciudades con calles sin mujeres
bajo un cielo de añil, plazas desiertas
donde crecen naranjos encendidos
con sus frutas redondas y bermejas;
y en un huerto sombrío, el limonero
de ramas polvorientas
y pálidos limones amarillos,
que el agua clara de la fuente espeja,
un aroma de nardos y claveles
y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena,
imágenes de grises olivares
bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
y azules y dispersas serranías
con arreboles de una tarde inmensa;
mas falta el hilo que el recuerdo anuda
al corazón, el ancla en su ribera,
o estas memorias no son alma. Tienen,
en sus abigarradas vestimentas,
señal de ser despojos del recuerdo,
la carga bruta que el recuerdo lleva.
Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,
los cuerpos virginales a la orilla vieja.
Muy interesante es
la actitud de Antonio Machado a la hora de mostrar la identidad de la amada.
Sus referencias a Leonor, que, indudablemente es la protagonista de todos los
poemas, son de una delicadeza y discreción absolutamente asombrosas, ya que en
toda la serie, tan sólo una vez la nombra directamente, y lo hace porque se
dirige a ella. Se trata de uno de los poemas más emotivos, CXXI:
¿No ves,
Leonor, los álamos del río
con sus
ramajes yertos?
En el resto de las
composiciones, la presencia de Leonor se reducirá al pronombre «Ella», en la
línea del romanticismo y de su maestro Bécquer. Así, en «Caminos» (CXVIII), en
«Al borrarse la nieve se alejaron» (CXXIV) o en CXX:
Dice la
esperanza: Un día
la verás, si
bien esperas.
Dice la
desesperanza:
Sólo tu
amargura es ella.
Late,
corazón... No todo
se lo ha
tragado la tierra.
O
a algún apelativo cariñoso («niña» la llama en «Soñé que tú me llevabas»
(CXXII) y «Mi niña» en «Una noche de verano» (CXXIII). También utiliza para
nombrarla la perífrasis expresiva («lo que más quería», en CXIX):
Señor, ya me
arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios
mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo,
Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos
solos mi corazón y el mar.
O
incluso a la simple mención por medio del adjetivo posesivo, «donde está su
tierra», en «A José María Palacio» (CXXVI).
Integrado en el conjunto de la
enfermedad y muerte de Leonor se encuentra el poema «(Al maestro Azorín por su
libro Castilla)» (CXVII), en el que, sorprendentemente, no se lleva a cabo tan
sólo un elogio del admirado escritor levantino, al que en efecto evoca de una
manera sutil, al imitar la peculiar prosa lacónica y el gusto por lo vulgar y
las cosas pequeñas que distinguió a José Martínez Ruiz. Hay además una
presencia personal del propio Machado, que no es otro que el enlutado que,
encerrado en su dolor de reciente viudo, espera la diligencia para abandonar
las tierras castellanas, «la mano en la mejilla» como el caballero de uno de
los relatos del libro azoriniano glosado, mientras el tiempo avanza, desde la
tarde triste y sombría hasta la noche cerrada, con la llegada de la diligencia
esperada.
Por último, en el conjunto de poemas,
comparece también la peculiar «religiosidad» machadiana, convertida en oración
imprecatoria (como la que el campesino dirige al «Dios ibero»), aunque cerrada
con un resignado y espectacular verso último, en el que reaparece el más
genuino símbolo de la muerte para Machado, el mar (CXIX):
Señor,
ya estamos solos mi corazón y el mar.
En pleno centro del
ciclo de Leonor, la muerte llegará a estar presente en un poema (CXXIII),
personificada, de acuerdo con la tradición legendaria más castellana,
siguiendo el sereno ejemplo de Jorge Manrique en las «Coplas a la muerte de su
padre», entrando en la casa (aunque sin «llamar a la puerta» ya que por ser
verano ésta y el balcón estaban abiertos) y rompiendo el hilo, heredado de las
Parcas clásicas, aunque sin perder en ningún momento el tono de intimidad y
autenticidad que, sin duda, preside todo el conjunto. Separándose del resto, se
halla este poema presidido por un tono narrativo muy evidente, al que
contribuye el romance utilizado:
Una noche de
verano
estaba
abierto el balcón
y la puerta
de mi casa―
la muerte en
mi casa entró.
Se fue
acercando a su lecho
ni siquiera
me miró―
con unos
dedos muy finos,
algo muy
tenue rompió.
Silenciosa y
sin mirarme,
la muerte
otra vez pasó
delante de
mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no
respondió.
Mi niña
quedó tranquila,
dolido mi
corazón.
¡Ay, lo que
la muerte ha roto
era un hilo
entre los dos!
Obra excepcional dentro de este
conjunto es el poema «A José María Palacio» (CXXVI):
Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las
ramas de los chopos
del río y los
caminos? En la estepa
del alto Duero,
Primavera tarda,
¡pero es tan bella y
dulce cuando llega!...
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas
nuevas?
Aún las acacias
estarán desnudas
y nevados los montes
de las sierras.
¡Oh, mole del
Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de
Aragón, tan bella!
¿Hay zarzas
florecidas
entre las grises
peñas,
y blancas margaritas
entre la fina
hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido
llegando las cigüeñas.
Habrá trigales
verdes,
y mulas pardas en
las sementeras,
y labriegos que
siembran los tardíos
con las lluvias de
abril. Ya las abejas
libarán del tomillo
y el romero.
¿Hay ciruelos en
flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores,
los reclamos
de la perdiz bajo
las capas luengas,
no faltarán.
Palacio, buen amigo,
¿tienen ya
ruiseñores las riberas?
Con los primeros
lirios
y las primeras rosas
de las huertas,
en una tarde azul,
sube al Espino,
al alto Espino donde
está su tierra...
Baeza,
29 de abril 1913.
Se trata de uno de los más bellos
poemas de Antonio Machado, incorporado a la segunda edición de Campos de Castilla. El poema está
escrito en Baeza, según la versión definitiva, en la edición de 1933 de Poesías
completas, el día 29 de abril de 1913. En sus dos primeras versiones (en Poesías completas −de 1917 y de 1928−
llevaba la fecha de 29 de marzo). En todo caso es un poema escrito en la
primavera del año siguiente a la muerte de Leonor Izquierdo, la joven esposa de
Antonio Machado, desde la ciudad andaluza a la que Machado ha trasladado su
cátedra de Instituto: Baeza. Es un poema que tiene la configuración de una
carta, dirigida a José María Palacio, empleado de Hacienda de la Delegación
Provincial de Soria, amigo y contertulio de Antonio Machado, casado con una prima
de Leonor. Palacio era además periodista y dirigió el periódico de Soria El Porvenir Castellano, donde este poema
vería la luz por primera vez el día 8 de mayo de 1916, tres años después de ser
escrito.
El amor está presente en el recuerdo y
en la memoria de la mujer amada, muerta, a cuyo recuerdo está este poema indudablemente
dedicado. La presencia sobre todo el poema de la amada es pura sugerencia y
sólo un adjetivo posesivo, su, en su tierra se refiera directamente a
ella. Sin duda, el poema se desarrolla en el marco del recuerdo familiar e
íntimo (Palacio, como Machado, también estaba casado con una mujer de la misma
familia), y basta una sola y muy leve alusión, ya al final del poema, para que
se comprenda el sentido total de esta composición que nace como algo familiar,
pero cuya trascendencia hace que el sentimiento del amor en el recuerdo se
universalice. Tres años permanece la composición en el seno de la intimidad
familiar, porque nace como un poema confidencial, como un poema que recupera
símbolos muy vinculados a la historia de Leonor y a la historia del amor de
Machado por su joven mujer. El viejo olmo reverdeciendo, que había sido signo
de esperanza en los últimos momentos de la vida de Leonor, comparece, con toda
su fuerza en este paisaje que el poeta, por otro lado, había glosado, en
ausencia, en algunos poemas de esta época, como el citado «(Recuerdos)», en el
que se produce una similar recuperación en la memoria de la primavera de Soria,
ya lejana en el espacio y en el tiempo. Pero ahora, en el poema «(A José María
Palacio)» esa meditación tiene una vinculación muy personal a su amor, y a la
muerte de su amor.
Lirios y rosas para la amada muerta
nos introducen también en el tema de la muerte, implícito en la dedicación a
Leonor que este poema contiene y presentido en todas las referencias al tiempo
que antes hemos glosado. La muerte es el fin de la temporalidad de nuestro
transcurrir vital y el tiempo, con su paso, avisa constantemente de ello,
aunque, frente a la decadencia del hombre, la naturaleza se renueva, como
ocurre en este poema, cada año con la llegada de la primavera, tópico que
adquiere en Machado una intensidad emotiva diferente del tratamiento anterior
de este tema literario.
Un poema, en definitiva, construido
con materiales muy ricos que Machado ya había utilizado, pero que adquieren, al
introducir la meditación del tiempo y la naturaleza en la propia emoción
personal e íntima, la lección de lo auténtico que caracterizó siempre a su
poesía, y que, en estos años, vinculada al recuerdo de Soria y, sobre todo, de
Leonor, refleja vivencias que logran una validez universal, que ha permitido
que el poema mantenga toda su inicial emotividad. El tono conversacional, casi
confidencial e íntimo, el sereno sentimiento de nostalgia y el recuerdo de
emociones ante la naturaleza, fuera ya de su entorno vital para siempre, pero
perfectamente memorizadas, completan la riqueza de un poema que ha sido
destacado como uno de los más hermosos de toda la poesía española del siglo XX.
FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA es catedrático emérito de Literatura Española en la Universidad de
Murcia. Editó y publicó una "Introducción" a la novela de Galdós
Miau, en ed. Cátedra, 2000, y más recientemente, Azorín, entre los
clásicos y con los modernos (Real Academia Alfonso X el Sabio,
Murcia, 2021) y Carmen Conde desde su edén (2020, Murcia).
Correspondiente en prestigiosas instituciones, como la Real Academia de la
Historia, la de las Buenas Letras de Sevilla, o la Alfonso X de Murcia.
REVISTA ÁGORA DIGITAL/ MAYO 2022/ DOSSIER EL TIEMPO DEL 98.