Texto citado de la página de Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes,
Universidad de Alicante:
https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-trovador-drama-caballeresco-en-cinco-jornadas-en-prosa-y-verso-su-autor-don-antonio-garcia-gutierrez--0/html/
«El Trovador»
Drama
caballeresco, en cinco jornadas, en prosa y verso. Su autor don Antonio García
Gutiérrez
Mariano José
de Larra
[Nota
preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la
posibilidad de consultar la edición facsímil de El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales, n.º 125, viernes 4 de marzo de 1836, Madrid.]
Con placer
cogemos la pluma para analizar esta producción dramática, que tanto promete
para lo sucesivo en quien con ella empieza su carrera literaria, y que tan
brillante acogida ha merecido al público de la capital. Síganle muchas como
ella, y los que presumen que abrigamos una pasión dominante de criticar a toda
costa y de morder a diestro y siniestro, verán cuán presto cae de nuestras
manos el látigo que para enderezar tuertos ajenos tenemos hace tanto tiempo
empuñado.
El autor de El
Trovador se ha presentado en la arena, nuevo lidiador, sin títulos
literarios, sin antecedentes políticos; solo y desconocido, la ha recorrido
bizarramente al son de las preguntas multiplicadas: «¿Quién es el nuevo, quién es
el atrevido?»; y la ha recorrido para salir de ella victorioso. Entonces ha
alzado la visera, y ha podido alzarla con noble orgullo, respondiendo a las
diversas interrogaciones de los curiosos espectadores: «Soy hijo del genio, y
pertenezco a la aristocracia del talento». ¡Origen por cierto bien ilustre,
aristocracia que ha de arrollar al fin todas las demás!
El poeta ha
imaginado un asunto fantástico e ideal y ha escogido por vivienda a su
invención el siglo XV; halo colocado en Aragón, y lo ha enlazado con los
disturbios promovidos por el conde de Urgel.
Con respecto
al plan no titubearemos en decir que es rico, valientemente concebido y
atinadamente desenvuelto. La acción encierra mucho interés, y éste crece por
grados hasta el desenlace.
Sin embargo,
no es la pasión dominante del drama el amor; otra pasión, si menos tierna, no
menos terrible y poderosa, oscurece aquélla: la venganza. No hace mucho tiempo
tuvimos ocasión de repetir que es perjudicial al efecto teatral la acumulación
de tantos medios de mover; en El Trovador constituyen verdaderamente dos
acciones principales, que en todas las partes del drama se revelan a nuestra
vista rivalizando una con otra. Así es que hay dos exposiciones: una
enterándonos del lance concerniente a la Gitana, que constituye ella por sí sola
una acción dramática; y otra poniéndonos al corriente del amor de Manrique,
contrarrestado por el del conde, que constituye otra. Y dos desenlaces: uno que
termina con la muerte de Leonor la parte en que domina el amor; otro que da fin
con la muerte de Manrique a la venganza de la Gitana.
Estas dos
acciones dramáticas, no menos interesantes, no menos terribles una que otra, se
hallan, a pesar de la duplicidad, tan perfectamente enclavijadas, tan
dependientes entre sí, que fuera difícil separarlas sin recíproco perjuicio; y
en el teatro sólo así daremos siempre carta blanca a los defectos.
De aquí
resultan necesariamente tres caracteres igualmente principales, y en resumen
ningún verdadero protagonista, por más que, refundiéndose todos esos intereses
encontrados en el solo Manrique, pueda éste arrogarse el título de la obra
exclusivamente. Pero si nos preguntan cuál de los tres caracteres elegimos como
más importante, nos veremos embarazados para responder; el amor hace emprender
a Leonor cuanto la pasión más frenética puede inspirar a una mujer: el olvido
de los suyos, el sacrificio de su amor a Dios, el perjurio y el sacrilegio, la
muerte misma. Hasta aquí parece difícil que otro carácter pueda ser el
principal; sin embargo, la Gitana, movida de la venganza, empieza por quemar su
propio hijo, y reserva el del conde de Luna para el más espantoso desquite que
de su enemigo puede tomar. Don Manrique mismo, en fin, movido por su pasión,
por el amor filial y por el interés de su causa política, no puede ser más
colosal, ni necesitaba el auxilio de otros resortes tan fuertes como el que le
mueve a él para llevarse la atención del público.
¿Diremos al
llegar aquí lo que francamente nos parece? Todos los defectos de que la crítica
puede hacer cargo a El Trovador nacen de la poca experiencia dramática
del autor; esto no es hacerle una reconvención, porque pedirle en la primera
obra lo que sólo el tiempo y el uso pueden dar sería una injusticia. Ha
imaginado un plan vasto, un plan más bien de novela que de drama, y ha
inventado una magnífica novela; pero al reducir a los límites estrechos del
teatro una concepción demasiado amplia, ha tenido que luchar con la pequeñez
del molde.
De aquí el que
muchas entradas y salidas estén poco justificadas; entre otras la del proscrito
Manrique en Zaragoza y en palacio, en la primera jornada; la del mismo en el
convento en la segunda; su introducción en la celda de Leonor en la tercera,
cosa harto difícil en todos tiempos para que no mereciera una explicación.
Tampoco es natural que el conde don Nuño, que debe desconfiar mucho de las
proposiciones tardías de una mujer que ha preferido el convento a su mano, la
deje ir al calabozo del Trovador, y más cuando no es siquiera portadora de
ninguna orden suya para ponerle en libertad, sin la cual seguramente no puede
bastar ni servir de nada la concesión lograda. No somos esclavos de las reglas,
creemos que muchas de las que se han creído necesarias hasta el día son
ridículas en el teatro, donde ningún efecto puede haber sin que se establezca
un cambio de concesiones entre el poeta y el público; pero no consideremos
tales justificaciones como reglas, sino como medios seguros de mayor efecto;
evitemos por su medio, siempre que la verosimilitud lo exija, que el espectador
tenga que invertir en pedirse razón de los sucesos el tiempo que debería
atender a las bellezas del desempeño; y todos convendrán conmigo en que es
indispensable preparar y justificar cuanto pueda dar lugar a la menor duda.
La exposición
es poco ingeniosa, es una escena desatada del drama; es más bien un prólogo;
citaremos, por último, en apoyo de la opinión que hemos emitido acerca de la
inexperiencia dramática, los diálogos mismos; por más bien escritos que estén,
los en prosa semejan diálogos de novela, que hubieran necesitado más campo, y
los en verso tienen un sabor en general más lírico que dramático: el diálogo es
poco cortado e interrumpido, como convendría a la rapidez, al delirio de la
pasión, a la viveza de la escena.
Pero ¿qué son
estos ligeros defectos, y que acaso no lo serán sólo porque a nosotros nos lo
parezcan, comparados con las muchas bellezas que encierra El Trovador?
Las costumbres del tiempo se hallan bien observadas, aunque no quisiéramos ver
el don prodigado en el siglo XV. Los caracteres sostenidos, y en general
maestramente acabadas las jornadas; en algunos efectos teatrales se halla
desmentida la inexperiencia que hemos reprochado al autor: citaremos la linda
escena que tan bien remata la primera jornada, la cual reúne al mérito que le
acabamos de atribuir una valentía y una concisión, un sabor caballeresco y
calderoniano difícil de igualar.
De mucho más
efecto es el fin de la segunda jornada, terminada con la aparición del Trovador
a la vuelta de las religiosas; su estancia en la escena durante la ceremonia,
la ignorancia en que está de la suerte de su amada y el cántico lejano,
acompañado del órgano, son de un efecto maravilloso; y no es menos de alabar la
economía con que está escrito el final, donde una sola palabra inútil no se
entromete a retardar o debilitar las sensaciones.
Igual mérito
tiene el desenlace del drama, que tenemos citado más arriba, y en todos estos
pasajes reconocemos un instinto dramático seguro, y que nos es fiador de que no
será este el último triunfo del autor.
Como modelos
de ternura y de dulcísima y fácil versificación, citaremos la escena cuarta de
la primera jornada entre Leonor y Manrique.
¿Quiérese otro
ejemplo de la difícil facilidad de que habla Moratín? Léase el monólogo con que
principia la escena cuarta de la jornada tercera, en que el poeta además pinta
con maestría la lucha que divide el pecho de Leonor entre su amor y el
sacrificio que a Dios acaba de hacer; y el trozo del sueño contado por Manrique
en la escena sexta de la cuarta, si bien tiene más de lírico que de dramático.
Diremos en
conclusión que el autor, al decidirse a escribir en prosa y en verso su drama,
adoptaba voluntariamente una nueva dificultad; es más difícil a un poeta
escribir bien en prosa que en verso, porque la armonía del verso está
encontrada en el ritmo y la rima, y en la prosa ha de crearla el escritor, pues
la prosa tiene también su armonía peculiar; las escenas en prosa tenían el
inconveniente de luchar con el sonsonete de las versificadas, de que no deja de
prendarse algún tanto el público; y luego necesitaba el poeta desplegar algún
tino en la determinación de las que había de escribir en prosa y las que había
de versificar, pues que se entiende que no había de hacerlo a diestro y
siniestro.
Tanto esta
libertad como la frecuente mudanza de escena no las disputaremos a ningún
poeta, siempre que sean, como en El Trovador, indispensables, naturales
y en obsequio del efecto. Sólo quisiéramos que no pasase un año entero entre la
primera y la segunda jornada, pues mucho menos tiempo bastaría.
En cuanto a la
repartición, hala trastocado toda en nuestro entender una antigua preocupación
de bastidores; se cree que el primer galán debe de hacer siempre el primer
enamorado, preocupación que fecha desde los tiempos de Naharro, y a la cual
debemos en las comedias de nuestro teatro antiguo las indispensables relaciones
de dama y galán, sin las cuales no se hubiera representado tiempos atrás
comedia ninguna. Sin otro motivo se ha dado el papel del Trovador al señor
Latorre, a quien de ninguna manera convenía, como casi ningún papel tierno y
amoroso. Su físico, y la índole de su talento, se prestan mejor a los
caracteres duros y enérgicos; por tanto le hubiera convenido más bien el papel
del conde don Nuño. Todo lo contrario sucede con el señor Romea, que debiera
haber hecho el Trovador.
Por la misma
razón el papel de la Gitana ha estado mal dado. Ésta era la creación más
original, más nueva del drama, el carácter más difícil también, y por
consiguiente el de mayor lucimiento; si la señora Rodríguez es la primera
actriz de estos teatros, ella debiera haberlo hecho, y aunque hubiese estado
fea y hubiese parecido vieja, si es que la señora Rodríguez puede parecer nunca
fea ni vieja. El carácter de Leonor es de aquellos cuyo éxito está en el papel
mismo; no hay más que decirlo: una actriz como la señora Rodríguez debiera
despreciar triunfos tan fáciles.
Felicitamos,
en fin, de nuevo al autor, y sólo nos resta hacer mención de una novedad
introducida por el público en nuestros teatros: los espectadores pidieron a
voces que saliese el autor; levantose el telón y el modesto ingenio apareció
para recoger numerosos bravos y nuevas señales de aprobación.
En un país
donde la literatura apenas tiene más premio que la gloria, sea ése siquiera lo
más lato posible; acostumbrémonos a honrar públicamente el talento, que ésa es
la primera protección que puede dispensarle un pueblo, y ésa la única también
que no pueden los gobiernos arrebatarle.
El Español, núms. 125 y 126, 4 y 5 de marzo de 1836. Firmado: Fígaro.
[Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección
de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed.
Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 480-485; Artículos,
ed. de Enrique Rubio, Madrid, Cátedra, 1982, pp. 362-368; Artículos de
crítica literaria y artística, ed. José R. Lomba y Pedraja, Madrid,
Espasa-Calpe, 1975, pp. 190-209; Artículos, ed. Carlos Seco Serrano,
Barcelona, Planeta, 1981, pp. 502-507; Obras completas de D. Mariano José de
Larra (Fígaro), ed. Montaner y Simon, Barcelona, 1886, pp. 492-493.]