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viernes, 28 de agosto de 2026

De lo pequeño hacemos causa. (Sobre autofobia y predicadores universales). Diario político y literario de FM / 26. Ágora digital agosto 2026

 

¿Qué es autofobia? De la autofobia poco se ha escrito a pesar de ser tan corriente como la xenofobia. Hay personas que rectamente se declaran en contra de la xenofobia, pero que en nada reparan en su propia sombra autofóbica. Existen los términos autoctonía, autóctono, y auto, que hacen referencia, desde su étimo griego, a lo propio; y se usa el término fobos, también heleno, con el sentido moderno (algo lato y ambiguo) de odio, rechazo, miedo o alergia; en expresiones como aporofobia (miedo al pobre), claustrofobia (a un espacio cerrado), agorafobia (a lo contrario, a un espacio abierto), y en otras muchas, generalmente de campos semánticos psico-médicos; o también, en la palabra xenofobia, cuando se vierte a lo extraño, al extranjero, al que no comparte la misma ciudadanía, o incluso al diferente (por raza, etnia o cultura).  

    La autofobia es un sentimiento que se da en individuos y grupos que comparten parecidas creencias o marcas de reconocimiento. El reconocimiento es una necesidad básica. En la "sociedad líquida" (Z. Bauman), que desarticula progresivamente al individuo respecto a sus anteriores constructos supraindividuales donde se reconocía y valoraba, la autofobia se ha manifestado en su cara más desnuda y destructiva. 

    Mientras la xenofobia se manifiesta desde una inferioridad hacia el otro (que es visto como peligroso, temible, de ahí la filiación acertada de fobos con temor, miedo, a la vez que rechazo u odio), la autofobia se practica desde una cierta superioridad hacia la víctima. (Sentimiento de superioridad, como de inferioridad en la xenofobia, que son siempre vivencias de quienes tienen una u otra actitud).

    La complejidad de ambas actitudes o mecanismos de defensa no quedará apenas explorada en este artículo, que como tal, atendiendo a la etimología del vocablo "artículo", solo quiere ser una llamada de atención, un toque con los nudillos en una puerta que me temo difícil de abrir.

 

    Todo resulta paradojal en cuanto uno explora un aspecto u otro de la autofobia. ¿Superioridad sobre los propios, sobre uno mismo? ¿No hay un evidente desquiciamiento esquizofrénico aquí? Tal vez no, si estudiáramos la autofobia desde el superyó y el yo freudianos, o si, simplemente, como dicta la experiencia, supusiéramos al ser humano, no como se quiere él ver, sino como es casi siempre, una imagen de otra autoridad a la que obedece y por la que miente, mata o vive y obtiene reconocimiento desde arriba y desde el grupo horizontal de sumisos. En nombre de esa imagen de autoridad, el sujeto puede aplicarse a sí mismo una condena y un perdón. 

 

     Nos interesa solo destacar un aspecto de la complejidad. (La autofobia incluso se resiste a ser aprehendida como concepto en la circunstancia de incertidumbre en la que vivimos, incertidumbre que se ha venido agudizando hasta hoy, en la tercera década del siglo XXI, pues aún a comienzos del siglo XXI, en que se escribe el análisis de Bauman, había conceptos (semi) claros sobre el bien y el mal, los pobres y los ricos, el tercer mundo y el primer mundo. Por ejemplo, el acceso  a las tecnologías de la información parecía aún a Bauman sólo propio del primer mundo y, como tal, un índice de poderío). 

    Si, en principio, la fobia se dirigiera a lo propio, ¿qué entendemos por lo propio? ¿La personalidad, el yo; la familia, la comunidad más cercana, la ciudadanía; la condición humana? (A principios del XXI, aun se diría: lo propio es lo que está a este o al otro lado de la "brecha": el Primer Mundo o los Pobres. Se reproducía, mecánicamente, la confrontación ideológica capitalismo versus comunismo, de décadas anteriores del siglo XX. Y lo propio en su sentido más generoso, universal, "humano", ficcionalmente en casi todos los casos concretos -salvo heroicas o ejemplares excepciones-, se hacía depender de la decisión de "sentirse del otro lado", sentirse pobre, acoger al pobre, tomar partido por el pobre. La inercia contraria no era posible, el pobre no puede acoger al rico ni sentirse humano por ese sentimiento altruista de extrañamiento, el pobre tiende a solidificar su identidad sin renunciar a la riqueza. Las piezas en el tablero jugaban a juegos distintos).

    Cualquiera de aquellas tres instancias, intercomunicadas y jerarquizadas nocionalmente en tiempos aún próximos, se ha vuelto problemática. Al menos en Occidente, el yo es visto como un gen egoísta, la ciudadanía (lo propio de un ciudadano de un Estado) ha sido rebajada a una palabra vacía, que usan a barato los políticos; o en todo caso, la ciudadanía es algo abstracto, que remite a una Constitución, nunca a un sentimiento y a una paideia, como antes; hablamos de un plexo de sentimientos: de igualdad, dignidad y pertenencia, de libertad, felicidad, de seguridad que tienen como contrapartida un sentimiento "natural" de protección hacia los iguales; no hablamos de mera emotividad patriótica, fácil de ser satirizada por los conductores de la ciudadanía (palabra que utilizan en su discurso hueco los anti-ciudadanos para dirigirse a los que ellos consideran su gleba; ojo, sin nombrar nunca una ciudadanía o concreta, como por ejemplo la ciudadanía del España, o el ciudadano español, o la expresión abreviada, español); anti-ciudadanía que casa bien en aquellos predicadores de la iglesia global con la presunta autorrepresentación como "ciudadanos del mundo": o sea, portadores del espíritu universal y de los derechos presuntos de tal condición (que en su día fue divisa filosófica, y hoy vacante de deberes con ninguna patria concreta, con la protección de ningún igual pero sí con la detentación de toda la supuesta o presunta legitimidad ética de los seres superiores "apátridas"). 

    Y, por ultimo, lo universal, lo humano ha sido reinterpretado como culpabilidad y borrado de todo el trabajo de dignidad propia, artesana, colectiva, de país, ciudad o barrio. Lo universal de los Derechos del Hombre ha sido invertido, es lo particular de unos grupúsculos o colectivos que el poder anticiudadano dirige y utiliza (supuestos "desheredados", supuestos sujetos colectivizados, desprendidos de todo rango humano propio: que todos se juntan en el mántrico término "vulnerables". Hasta en el interior de un país y de una Constitución, como son España y la Constitución democrática del 78, que instaura casi por primera vez en esta nación la isonomía o igualdad ante la ley, los Gobiernos, cada vez más Partidos particulares, dirigen las leyes, las ayudas o subvenciones teniendo en cuenta no la igualdad ante la ley de todos, sino la pertenencia a un colectivo al que se desea compensar por su pasada o futura adhesión y apoyo electoral. La contradicción es que se ejerce ese mal hábito con dinero de todos, y pervirtiendo, como en otros muchos casos, valores en principio positivos, como la equidad, pues no es aquello sino otra forma de caciquismo o de voto cautivo).

    El odio y rechazo a lo propio, al país, a la ciudad propios, tiene una sublimación o justificación teledirigida de antemano: esos anti-ciudanos miran por el humanitarismo particular de los colectivos vulnerables, y en su supuesto nombre, por toda la humanidad; siguen el espíritu de los tiempos, se autoproclaman, a la orden del día de hoy y del progreso. Si usted, si cualquiera de ustedes, o yo mismo, eleva una objeción y les señala su autofobia, les dirán que no miran por lo humano, o que no han elevado la vista a la tercera realidad, el mundo del relato de los ciudadanos del mundo. Dirán, coherentemente con su falsa óptica, que usted y yo odiamos el mundo humano, los extraños y los vulnerables (hay tantos donde escoger), en fin, dirán de nosotros que somos xenófobos. 

    No pueden decir otra cosa de ellos, con más razón.

 

    La autofobia es el verdadero rostro de esos calumniadores y anticiudadanos, montados en un relato desquiciado y desquiciante; mas cubiertos con una máscara hipócrita que pocos se atreven a arañar siquiera (tiene dureza y pincha....); han hecho creer a generaciones enteras que hay ciudades en la nada; acusan de insolidaridad a sus adversarios, cuando ellos no son solidarios con los derechos de los suyos. ¿Pero quiénes son los suyos? 

    Son antiempáticos, autófobos y xenófobos, pues incluso los suyos (salvo quizá su YO y su círculo intimo) quedan por debajo de ellos. Los demás ni cuentan.

    Así que el término "humano" y portador de derechos humanos solo se aplica particularmente, a unos "vulnerables" (ej. niños, o preferentemente niñas, abandonados de sus padres y madres irresponsables, y usados para obtener, como hacían antiguamente los mendigos, el pan de la limosna del Estado que se ve en obligación moral de acogerlos; premiando, de este modo, su artimaña y propiciando que aumente el número de padres indeseables dados a vivir del prójimo, en un caso, como el que se ha visto en Ceuta desde el día 30 de julio hasta hoy, ese prójimo es el ciudadano español. Solidaridad, respeto a los derechos humanos, salvo para los propios, para los ciudadanos de Ceuta, o, toco madera, de mi tierra, Cartagena. La parroquia global (pues son los mismos buitres adonde mires), parroquia que no Iglesia, falta a la solidaridad con los españoles porque no tiene solidaridad con ningún ser humano concreto, menos con ningún ciudadano o país, y menos aún, con la Humanidad.  

    Nosotros... De lo pequeño hacemos causa.

 

Fulgencio Martínez

Murcia, 28 de agosto 2026 

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