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martes, 9 de junio de 2026

DE LA VIDA A LA HISTORIA (Sobre el libro de Pascual Vera Nicolás "Mi profesorado favorito", Universidad de Murcia, Academia Alfonso X el Sabio). Artículo del profesor Francisco Javier Díez de Revenga

 

 


 

DE LA VIDA A LA HISTORIA

 

Francisco Javier Díez de Revenga

 

         

Pascual Vera Nicolás ha dedicado muchas horas de su tarea de escritor a la Universidad de Murcia, a la que ha servido como comunicador incansable a lo largo de toda su carrera profesional como funcionario y también como estudioso de su historia. Un nuevo libro suyo, Mi profesorado favorito, editado por la UMU y la Real Academia Alfonso X el Sabio, recoge la semblanza de 81 personas vinculadas a la historia de nuestra alma mater, la mayor parte de ellos docentes, aunque también aparecen algunos otros, mujeres y hombres que dejaron huella profunda en la historia de la enseñanza superior en la Región de Murcia.

          Lo que queda claro es que la Universidad de Murcia merecía un libro así, porque muestra el lado más humano de lo que la gran institución ha significado y significa en la historia de la ciudad y de la región. Destacar aquellos que, desde los ángulos más diversos, han mostrado en la docencia o en el servicio a la Universidad un decisivo papel a través de casi más de medio siglo, revela que la Universidad es un bien común, una institución que a todos sirve, pero al mismo tiempo es la obra de muchos de sus docentes.

          El rector José Luján, que prologa el libro, advierte que lo que consigue en este volumen Pascual Vera es un gran acto de memoria y de justicia, y es muy cierto que, desde ambos puntos de vista, el libro aporta muchos datos que son fundamentales para completar el significado histórico de nuestro primer centro docente, que si bien se funda en 1915, contó con antecedentes que muchas veces se han recordado, como son el Estudio General de Alfonso X el Sabio (1272) o las dos universidades del siglo XIX, la Universidad Literaria (1840) y la Universidad Libre de Murcia (1869), que funcionaron, aunque brevemente, como intentos de crear un centro docente superior que Murcia no consiguió hasta 1915.

          Pascual Vera lo sabe bien porque él fue el comisario de la conmemoración del 75 aniversario de la fundación en la lejana fecha de 1990 con una excelente exposición y con publicaciones que se convirtieron en referencia ineludible para la forja de la historia de la UMU. Pero no es menos cierto que, desde aquella lejana fecha de 1990, surgía en Pascual Vera la figura de un notario, de un testigo, de un cronista, que no ha dejado de dedicarse, siempre con la colaboración de Ana María Martín Luque, más que documentalista permanente, cómplice imprescindible en tantos trabajos de Pascual Vera. Ser el cronista de una institución, y también el archivero permanente de los acontecimientos más relevantes del centro docente, hacen que nuestro autor sea poseedor de un tesoro de valor inimaginable: el archivo gráfico de lo que la Universidad ha sido en las cuatro últimas décadas. Y buena prueba de ello es que las 81 semblanzas aquí recogidas van presididas por una fotografía del docente evocado, procedente de los más diversos fotógrafos locales que han alimentado a lo largo de los años el archivo gráfico de Pascual Vera y la Universidad de Murcia, al que nos estamos refiriendo.

          Hay que hacer una referencia a la calidad del tono y del estilo que Vera ha desplegado a la hora de evocar a sus profesores y profesoras favoritos, basado en el trato directo, en la evocación inmediata, muchas veces conseguida a través de la colaboración de muchos años con el evocado, o a la entrevista personal con motivo de un determinado acontecimiento. Ese es uno de los más claros valores del libro: su tono personal, cercano, directo, de manera que el personaje aparece en su plenitud redivivo, como le gustaba decir a Azorín, destacando eso sí su carácter personal, su modo de ser, pero lo que es más importante todo lo que ese personaje ha aportado desde su puesto, y en su momento, a la historia general de la UMU.

Conviene recordar que muchos de estos artículos fueron dados a conocer de manera sistemática y semanal en la prensa, a través de artículos del diario murciano La Opinión, de manera que adquieren una cualidad añadida: la de la inmediatez, la de la sugerencia de una lectura rápida de una semblanza, por su propia manera de publicarse, que necesariamente ha de ser sucinta y directa. Y esa cualidad, ese valor indudable no ha decaído en ningún momento: y el personaje ha vuelto a renacer como lo hizo un día cualquiera de un verano no muy lejano, en las páginas de un periódico amigo. Al reunirse todos en un espléndido volumen, el acto de memoria y de justicia ha logrado su propósito y su fin.

 

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El artículo de Francisco Javier Díez de Revenga se publicó el viernes 5 de junio de 2026 en el periódico La Opinión, de Murcia. Lo reproducimos en Ágora por gentileza de su autor, catedrático emérito de la Universidad de Murcia.

martes, 12 de mayo de 2026

Una enciclopedia de poesía (Sobre "Sonidos de otras lenguas", de Jaime Siles. Ed. Huerga y Fierro). Por Gastón Segura Valero. Bibliotheca Grammatica / Ensayo. Ágora-Papeles de Arte Gramático. Nueva Colección. N. 38. Mayo 2026

 

 

                                              Jaime Siles. Fuente: Cultura clásica.

 

Una enciclopedia de poesía

                    (Sobre Sonidos de otras lenguas, de Jaime Siles. ed. huerga y fierro)

 

Por Gastón Segura

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jaime Siles

Sonidos de otras lenguas                                                                                                                    

Editorial Huerga y Fierro

Colección: Rama dorada ensayo.

Madrid. 2026

https://huergayfierro.com/sonidos-de-otras-lenguas/

  

 

Las páginas periodísticas padecen fatalmente de urgencia. Su destino es perecer sepultadas en las hemerotecas. Luego, raramente resucitan en una antología sobre su autor o en una crónica sobre el caso que las ocupó hace décadas, o en las siempre sugerentes notas al pie de un ensayo, donde, constreñidas por su codificación académica, presentan, para mi fastidio, la adusta apariencia de una esquela; por lo que no hay forma de que los escritos para un diario se sacudan de encima el fúnebre sello de la caducidad. Bueno; esto sucedía antaño, en la actualidad, con la proliferación de los periódicos digitales, ignoro dónde se archivan las gacetillas y los artículos para la posteridad, pero seguro que las eminencias de Sillicon Valley ya lo tienen resuelto. Ahora bien; cuando estas páginas perecederas son redivivas en compendios, siempre cobran un sentido novísimo y, además, del todo aleccionador; básteme citar como ejemplos la inmensa mayoría de los títulos del maestro Azorín o las correrías y averiguaciones que procuraron la manduca a ese zascandil socarrón que fue Josep Pla.

          Sin ser de semejante urdimbre a las compilaciones de estos prohombres de nuestra prensa, Sonidos de otras lenguas, de mi amigo Jaime Siles, pertenece al mismo género: la recopilación de artículos; pues lo constituye cerca de un cuarto de siglo de reseñas, aparecidas en su mayoría en el suplemento cultural del diario ABC, dando noticia de las traducciones de poemarios en los más diversos idiomas; desde el chino y el japonés, hasta los eslavos y el árabe, abundando, naturalmente, los más próximos –las provenientes del anglogermano, o del italiano, o del francés, o del catalán, y, por supuesto, de nuestros maestros ancestrales, el latín y el griego–.

          Como supondrán, anunciar ponderadamente una novedosa versión al español encierra mucho de azaroso, porque deja escaso margen a la elección: el crítico se halla al albur de cuanto le brinda el momento y, a menudo, bajo la indicación del director de la sección. Sin embargo; estos más de trescientos artículos, al agruparse en este tomazo de mil cien hojas, cobran una singularidad independiente de su ocasional y hebdomadario origen; es más, Sonidos de otras lenguas, con su recién ganada unicidad, conquista el venerable e ilustrado timbre de enciclopedia.

          Y en absoluto es un vacuo halago; es mera y abrumada conclusión tras su lectura. Al punto que su copiosidad en nombres, herencias y escuelas me impele no solo a calificarlo de tesauro, sino a emparentarlo, tantos siglos después, con las orientadoras doxografías de Teofrasto y sus peripatéticos menores o con la inspiradora Biblioteca (s. II a.C.) de Apolodoro, pues, como aquellos cartapacios helénicos, más que una intrincada selva donde extraviarse, es un inagotable portulano para emprender las más sugestivas sendas por el arte lírico.

          En efecto; Sonidos de otras lenguas presenta el neto aire de vademécum dispuesto para cualquier novel y entusiasta poeta, porque las reseñas de Siles, sobre el cotejo erudito de la traducción en cuestión con las editadas anteriormente en español, y las más o menos breves notas biográficas del autor y hasta del traductor, señala lo más valioso: la estética exhibida por el poemario en su lengua original; acotación indispensable para sopesar el acierto de la versión, mientras engarza, al tiempo, algo muy sustancioso y tentador para un liróforo novato: la relación del texto y su creador con otros versificadores —de quienes fue legatario o sobre quienes influirá—, reparando con atención en los deudores en nuestra lengua. En estas constataciones y ligaduras se halla la inapreciable invitación para acceder a otros tonos que procuren la exacta expresividad a quien, sintiéndose poeta y obsesionado, ronda, acecha, paladea, pero todavía no alcanza.

          No es mi caso por mi torpeza para cualquier ritmo, pues bien sé que, desde Enheduanna de Ur —y ya han llovido sus cuarenta y tantas centurias—, la poesía no es sino palabra cantada; a pesar de las obnubilantes ingeniosidades de aquellos termodinámicos vanguardistas, empeñados en convertirla en encantadoras mangas y celestes capirotes, cuando Europa aún usaba el salacot para visitar sus colonias y el jazz era un frenesí traído en discos de pizarra, pues de la melodía —o sea, del sutil manejo de las tónicas y de sus pautas estróficas— emana el embrujo ancestral del poema y cuanto procuró que, durante milenios, los pueblos alabasen —y sigan alabando— a la divinidad, y hasta recordasen, con los ojos inflamados de lágrimas, quienes eran y de dónde venían. Tanto es así que, en la ingenua sublevación de la emoción, se halla la tarea esencial del poeta. Y aun cuando con el devenir de los tiempos, la poesía se haya enmascarado de coqueta, de divertida, de rijosa y hasta de hermética, ese anhelo de «volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo», como escribió Hölderlin, permanece inconmovible. Y en concordancia con Martin Heidegger y María Zambrano, Jaime Siles, desde su acendrado conocimiento de exquisito poeta y de enorme filólogo, lo sabe, y tal es el criterio que, bajo el torrente de datos, ahorma secretamente esta portentosa summa.

          Y resulta paradójico descubrir que esta remotísima e inmarcesible verdad nos retorne entre las páginas efímeras de los diarios, por la crítica de unos cientos de traducciones y, en su mayoría, sobre escritores más bien recientes; o quizá se deba a que, como sentenció Heráclito, los dioses habitan en el lugar más insospechado; entonces, solo debería saberse cómo invocarlos. Ah; pero eso ya es potestad del poeta.


Gastón Segura Valero (Villena, 1961). Es editor, periodista, colaborador habitual en El imparcial, ensayista y escritor de relatos y novelas. Su más reciente, Saga nostra, está publicada por Drácena.

 

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El artículo de Gastón Segura fue publicado en El Imparcial, el domingo 10 de mayo de 2026. Lo reproducimos en Ágora por gentileza de su autor.

https://www.elimparcial.es/noticia/297086/opinion/una-enciclopedia-de-poesia.html