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miércoles, 27 de noviembre de 2024

LA PROBLEMÁTICA LENGUA DE LA GRACIA. COMENTARIO DE "HABLE LA LUZ", POEMARIO DE JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. Por Fulgencio Martínez. Avance de Ágora N. 31. Nueva Col. Bibliotheca Grammatica / Poesía. Estudios de poesía española

 


 

 

LA PROBLEMÁTICA LENGUA DE LA GRACIA. COMENTARIO DE HABLE LA LUZ, POEMARIO DE JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET

 

 

La editorial Olé Libros se ha apuntado un buen tanto al publicar el nuevo libro del poeta oriolano Zerón Huguet. Zerón vuelve a publicar poesía después de entregar hace un año un diario que recogía anotaciones escritas entre 2008 y 2016. (A salto de mata. ed. Frutos del tiempo, Elche, 2023). En su momento dejamos constancia de nuestra opinión sobre ese libro, calificando a su autor de uno de los mejores prosistas actuales. En 2021 Zerón había dado su hasta entonces último poemario, Intemperie (Sapere Aude, ed. Ars poetica, Oviedo), donde incluía además una primera sección de poemas (“Solumbre”) reescritos desde su temprana aparición en 1993. En los nuevos poemas de Intemperie reconocíamos la voz y la dialéctica interioridad / exterioridad propia de este extraordinario poeta; junto a símbolos, obsesiones por la habitación de un espacio que incluya al yo poético y al biográfico, pero que desde ahí avance a expresar el fondo de los seres, la palabra del ser desamparado o captado en su frágil refugio. No es otra cosa a lo que aspira la gran poesía.

Intemperie nos parecía un paso definitivo, en esa evolución del yo poético (de la experiencia interior y mundana a la exposición desnuda a la herida del mundo). Evolución preparada desde una especie de tetralogía anterior: Sin lugar seguro (2013), De exilios y moradas (2016), Perplejidades y certezas (2017) y el revelador poemario Espacio transitorio (2018).

Este nuevo poemario publicado en el otoño de 2024 supera, en nuestra opinión, a los anteriores; “supera” en sentido hegeliano (perdonad a este antiguo profesor de filosofía). Asume los cinco títulos anteriores y avanza a un recorrido nuevo y por momentos novedoso o inédito en este poeta en evolución. Hay poetas buenos, grandes, que han cerrado su obra a una edad relativamente temprana, aunque hayan seguido escribiendo y publicando. No es el caso de autores que siguen buscando y creciendo con los años, como Dionisia García (se nos viene a la mente este ejemplo, con noventa años cumplidos) o José Luis Zerón (quien hace unas pocas fechas, el 28 de octubre, cumplió solo los 59, casi la edad en la que Kant comenzó a escribir sus “Críticas”).

Hable la luz es quizá el poemario más estructurado de los publicados por Zerón, y a la vez el más testimonial: en el sentido de arriesgar un cierto mensaje o testimonio de lo que para el escritor significa su quehacer poético, su posición ante el mundo, apunte de una fe alzada desde el asombro y el fervor por la belleza y la certeza de su no permanencia: sí, una fe dañada pero que el texto poético nos entrega viva, auténtica, abierta a que el lector, sus lectores, la transiten y de algún modo la restauren con su propio testimonio. Porque es el receptor, muchas veces, quien termina de configurar el mensaje; sobre todo, cuando se trata de un libro de poesía, arte de la sugerencia y la invitación al vuelo.

 

Brevemente, diremos que el libro tiene, en primer lugar, un paratexto digno de una lectura atenta: el prólogo de la poeta Natalia Carbajosa, del que recogeremos luego unas significativas frases. Pero los paratextos no terminan ahí, dignas de mención son las citas, unas que dan pórtico al libro y otras que preludian las dos partes de Hable la luz. Destaco la primera, de la gran poeta madrileña Pureza Canelo: Hable la luz y hable el aire, por ti, por mí. Acierto también en las citas bíblicas, de Apocalipsis de San Juan y del profeta Isaías. En su conjunto, las citas presentan no solo el contenido, sino el tono, o los tonos del poemario: en la primera parte sobre todo, el tono vindicativo contra la tiniebla, el mal, la muerte; tono que se matiza y enriquece con otras citas, de clásicos castellanos, como la del genial Arcipreste de Hita, en el poema “La danza de la muerte” (pp. 19-20). Esa primera parte, titulada “Apolión” (nombre griego que se refiere al terrible Abadón, el ángel apocalíptico) contiene una velada referencia al tiempo en que fueron escritos los poemas, 2020, durante la pandemia y la amenaza existencial que supuso para la humanidad el virus chino. Tal situación existencial propicia, en coherencia, que el autor no solo adopte la posición de la propia experiencia, sino que avance, acorde con su evolución estética, hacia la expresión desnuda del ser. Ése el tono que predomina en los mejores poemas del libro, los más claros y bellos, y en apariencia, más oscuros, por tratarse de imágenes de una profunda y velada coherencia, donde el poeta se suelta (y nos quita el andador como lectores) de su propio yo. Vamos por partes.

 

Apolión

 

Hable la luz se estructura en dos partes o desarrollos contrastantes: “Apolión” y “Xenía”.

Dice con acierto Natalia Carbajosa, en el prólogo del libro (p. 10):

Si la primera parte de Hable la luz ponía al poeta frente al ángel destructor y al dios indiferente, los poemas finales nos lo muestran como un peregrino casi triunfante en la menesterosidad de su búsqueda:

                    Expuesto enteramente a la inclemencia,

                        con el paso adelantado hacia

                        el umbral, digo sí al rumor de enredaderas

                        en el seno de la luz última.

 

La primera parte, “Apolión”, comienza un poco titubeante, como una especie de misa o ritual exorcista pero que deriva en un “himno” negro que presenta la grandeza del ángel del mal (en cierto modo, es un ejecutor del castigo decidido por el Dios, la cara terrible de este). “Tu luz, tu excremento y tu sangre somos, / Apolión…”, llega a decir la última estrofa de “Introito”, en un tono casi de oración. Acierto del texto en albergar aquel titubeo ante una realidad tan ambigua y compleja como el mal, la destrucción, la enfermedad. Los lectores de San Agustín, desde el siglo V, y los del más grande filósofo medieval, Santo Tomás de Aquino, andan aún preguntándose por el mal, gran argumento ateo. Como en la novela de Albert Camus, La peste (en prosa, uno de los mejores textos escritos sobre la amenaza existencial, si bien ahí centrada en un microcosmos), es tentador afrontar el mal como un castigo mítico o de los dioses, cuando no se tienen “armas” para defenderse de él. Sin embargo, pese a los que piensan solo racionalmente, de forma simplista, la relación del mal con la humanidad, y con cada uno de nosotros, sus componentes, tanto actuales como futuros o pasados, abarca tanto lo religioso, lo poético-existencial como, obviamente, lo moral. Y esas connotaciones o rasgos no se pueden marginar cuando se quiere mirar con valentía a los ojos del problema. Si pensamos que es solo cuestión de ciencia o de técnica, estaremos viendo solo un lado.

 

La poesía de verdad tiene el valor de mirar a las cosas en profundidad y con la perspectiva más abierta posible. No se trata solo de un valor estético sino de un valor de pensamiento poético, de visión del mundo, que es previa a la calidad textual de cada poeta; sin ella, no hay en verdad un progreso en este.

Pues bien, no es fácil o como dice el poeta: “No es fácil, no, crear …[1]” (“Luz y silencio”, p. 76); pero eso es lo exigible al poeta. El acercamiento al mal se produce en Hable la luz de una forma progresiva y matizadamente compleja. No rehúye el tono religioso, consolador, de hecho tras “Introito”, el primer poema, en el siguiente (“Tiempo oscuro”) introduce una cita de Emily Dickinson, que encierra unos de los poemas religiosos más extraordinarios de la poesía moderna, y que por su brevedad reproducimos:

                              I shall know why -when Time is over

                                   And I have ceased to wonder why-

                                   Christ will explain each separate anguish

                                   In the fair schoolroom of the sky-

 

                                   He will tell me what “Peter” promised-

                                   And I – for wonder at his woe-

                                   I shall forget the drop of Anguish

                                   That scalds me now – that scalds me now![2]

                   

El tercer poema, “La danza de la muerte” (p. 19), al que ya aludimos, incorpora el tono coloquial del Arcipreste, y aún más, creemos, que desde este poema se acoge en el libro el ritmo saltarín, ligero, rápido, naturalista a veces, que es propio de la lengua española usada con hábil manejo; ese ritmo estará ya presente en los más significativos poemas de Hable la luz, incluso en aquellos poemas y momentos donde el ritmo se torna más grave y lento. Es ese ritmo del libro (junto a los matices tonales, las alusiones, la visión del mundo del autor del texto y la apertura al ser) un elemento importantísimo que enriquece la obra que comentamos.

Un ritmo arrítmico (si se nos permite la paradoja), ligero, desbordado y como fuera del control del propio autor, pero esto solo en apariencia, puesto que está sujeto siempre a la suave mano del poeta (de lo contrario, la poesía deviene una retórica indigesta, una prosa sin ritmo ni resonancias).

“La danza de la muerte” es, por otra parte, un ejemplo de poema monoestrófico, éstos destacan en el libro por su menor presencia (frente a los poemas en estancias) y en algunos casos, por su rara calidad y simbolismo. (Es el caso, por ejemplo, de “La hora de la culebra” -p. 21-, “Ahora, el instante 1" -p. 22-, poema donde hallamos estos dos versos maravillosos: “Todo cuanto ahora es planto, / mañana será himno”, planto e himno que son las formas de comunicación que finalmente adopte el poemario; y, ya en la segunda parte, “Locus amoenus”, uno de los mejores poemas del conjunto).

Si los poemas monoestróficos, en los que se nos da una corriente de conciencia, son deliciosos en su mayor parte, los poemas con más tendencia al himno o a la meditación moral o filosófica, desarrollados en estancias o estrofas de diverso número de versos, son el meollo del libro, donde se alcanza la cima y también, en algún caso, donde hay una caída en intensidad. Es un riesgo que el poeta valientemente adopta, la extensión de estos poemas suele contrastar con la de los poemas monoestróficos, casi siempre breves. El juego de contrastes enriquece finalmente el libro en su unidad y desarrollo temático.

Azar y tiempo” y sobre todo “Canto de la vida breve” (estamos aún en la primera parte, en “Apolión”) son dos excelentes ejemplos de poemas largos. El primero de ellos nos da pie para comentar la importancia del léxico en esta poesía; del léxico propio. “Garriga”, “roquerío, “zafre”, “alcaraván”, “aduja” son palabras del poema “Azar y tiempo” y forman parte como otras también del mundo rural geográfico, marino, animal y vegetal del universo semántico del poeta ya desde sus libros anteriores: expresan su posición de desamparo y arraigo a la vez en un vocabulario de resonancias familiares infantiles.

                    En este paisaje se reúnen

                        la derrota del hombre,

                        la aduja de la serpiente,

                                       (Azar y tiempo”), fragmento. p. 24.

 

En el poema largo “Canto de la vida breve” (pp. 28-30) es donde cuaja el tono de cántico del libro y el ritmo rápido y dolorido, pues como luego veremos, Hable la luz no quiere quedarse en lo plúmbeo del dolor, en la horizontalidad de la pena (parafraseando a Vallejo); sino que aspira nada menos que a dar suelta a la lengua de la gracia. De nuevo, la cita es bien traída; en este caso, de Francisco Umbral: “El hombre es sólo testigo momentáneo de tanta belleza sin motivo”.

                    Si he de morir, ¿por qué

                        la vida aún deslumbra

                        mis ojos?

 

                        ….

           

                        Solo soy alguien, solo alguien

                        que huye buscándose en el camino

                        del instante,

 

                        ….

                        alguien insignificante que ha de morir,

                        y que, como tú, me pregunto

                        si seré capaz de mantener viva

                        la llama que se extingue

                        y hallar en las sombras, como desearía,

                        las aladas semillas de la luz,

 

                        ….

 

                        Solo soy alguien como vosotros,

                        expuesto a la codicia

                        de tanta belleza sin motivo.

 

                                   (“Canto de la vida breve”), fragmento.

 

De nuevo, volvemos a encontrarnos, en otros dos grandes poemas, un acercamiento al himno religioso -cristiano, aun tejido con referencias paganas, de la poesía latina, elegíaca y amorosa, desde Catulo y Propercio a Virgilio; base de himnos de la extraordinaria música religiosa que ha generado la fusión de la poesía latina y el canto católico. Así, el poema “Kyrie Eleison” y, sobre todo, “Stabat Mater” con referencia a la música compuesta por Giovanni Battista Pergolesi. Este poema puede ser para el lector uno de los poemas más conmovedores del libro. Es un poema que transpira sinceridad, hondura, despojamiento, pero a la vez consuelo, amor. Quizá por su sencillez y ritmo merece estar en antología (y no solo en una antología poética religiosa). Consuelo será la palabra clave al final de esta primera parte. Amor es otra palabra que se afinca en este poema. Es una elaboración sutilísima de la poesía catuliana, en cuanto a la hondura de este poeta latino y su expresión directa, pero quizá mejor de la melancólica tristeza amorosa properciana; el lector lo verá.

El poema es, en cierto modo, un diálogo con el anterior que mostraba la cita de Emily Dickinson, y la visión de un Cristo Alfa y Omega que revela y explica cada angustia. Este poema se centra en el dolor de la Madre y en la incomprensión frente al dolor y la muerte de cualquier ser representado por el sufrimiento y muerte de un Cristo humano:

 

                    ¿Qué te permite ver

                        aun tan ciega de dolor

                        cuando ya no queda nada?

 

                       

 

                        Solo si el mal

                        ya no existiera,

                        te diría convencido

                        que estamos vinculados

                        a quién sabe qué.

 

                              (“Stabat Mater””), fragmento, pp. 44-45

 

No se puede decir más claro y hondo esa imposibilidad de la fe, dañada por el mal. Sin embargo, el hombre, que somos cada uno de los hombres por venir, ha de vivir día a día, ha de confiar en una reposición y vuelta de las estaciones, de la luz y la sombra, en que el mundo a pesar de todo sigue siendo habitable. Ya que somos huéspedes de él, hemos de procurarnos una buena acogida a nosotros mismos. Este es el espíritu que anima la segunda parte del libro, titulada “Xenía”, expresión que en griego significa hospitalidad. (Por cierto, una localidad alicantina La Zenia quzá tenga algo que ver con esa etimología helena. Localidad costera, cercana a Orihuela, la cuna del poeta Zeron Huguet).

 

Xenía

 

En el cruce mágico de las cartas el poeta, en esta segunda parte, la más extensa y lograda, hace pasar lo temporal (de la progresiva salida de la situación de crisis pandémica) por lo existencial e intemporal de la condición humana en el mundo.

Solo podemos detenernos ya a comentar algunos pasajes de “Xenía”. Muchos de los poemas de este segundo desarrollo del libro son poemas largos, y son éstos, extraordinarios, no sólo en cuanto se refiere a forma, léxico, ritmo y tono, y coherencia con el pensar del mundo del autor y la intención de apertura al ser; sino también porque introducen avances inéditos o novedosos en el desarrollo del libro. Si nos referimos a esos poemas largos, en estancias, destacaríamos “La mirada del otro”, “Acto de fe”, que contiene uno de los mejores arranques poemáticos (p. 51):

                    Las praderas por las que caminábamos seguros

                        son ahora marjales.

 

                        ¿Qué vuelve a nacer sino la humedad?

 

 

El poeta se orienta hacia una fe humana, en búsqueda del otro y de un cierto sentido pagano de la confianza y la seguridad en el estar en el mundo, asumida su condición efímera y mezclada. Interesante la aparición de un léxico nuevo, en parte, que desarrolla una dialéctica propia: “refugio”, “tierra”, “semilla” frente a “noche”, “dolor”, “abismo”, que en este poema –“Acto de fe”- se solapa aún, curiosamente, con otros términos de procedencia religiosa, sacrificial: “abrazo”, “crucifixión”, “muerte”.

Como una rara y bella excepción, el poeta se permite en algunos poemas el testimonio más personal: “Hablo con mi padre”, que nos parece el mejor ejemplo de esta voz intimista. Aunque este y otros poemas en esa línea (como el poema titulado “Con Ada en la azotea”) nos produzcan asombro ante la belleza y la verdad que el poeta ha conseguido reunir con su palabra sencilla casi dicha al oído, sin embargo son los poemas “Alianza”, “El mundo en mi habitación”, “Las fronteras de la memoria” “Lo perecedero”, “Luz y silencio”, “El centro y los márgenes”, “Mirada y palabra”, “Las primeras brumas” y “El camino de vuelta”, aquellos que preferimos, por ser donde el poeta arriesga más y cala en la poesía del desamparo. La poesía de las simientes, si la vemos desde otro punto de vista; de aquello que expuesto requiere, por tal, confianza.

En el primero de ese impar ramillete de poemas, se encuentran estos dos versos, que, en nuestra modestísima opinión, son una cifra de la intención del libro:

                    Es gracia y no pesar la lengua

                        que profanó el silencio.

 

                              (“Alianza”), p. 65.

 

 

¿Merece la pena “profanar el silencio” si no es para hacerse lengua de la gracia?

¿Qué sea esta “gracia”, término que volvemos a encontrar después de la experiencia cristiano-pagana, no lo sabemos? Pero de ello, sin duda, nos habla el poeta.

 

Hable la luz será presentado, el viernes 29 de noviembre en Orihuela, por José Antonio Torregrosa Díaz, Alberto Zerón Huguet y el propio autor del libro.

 

 

Comentario de Fulgencio Martínez

27-11-2024



[1] El mandato expresado en el titulo “Hable la luz” es la máxima expresión de la voluntad creadora.

 

[2] Sabré por qué  -cuando el Tiempo se acabe—

Y haya dejado de preguntarme por qué-

Cristo explicará por separado cada angustia

En la hermosa sala de estudio del cielo

 

Él me dirá lo que Pedro prometió –

Y yo -por asombro ante su dolor-

Olvidaré la gota de Angustia

Que me escalda ahora- ¡que me escalda ahora!

 

(versión recogida de internet).

jueves, 21 de diciembre de 2023

EL SECRETO DEL MAGO, CINCO ESCALAS. Comentario del poemario de Luis Alberto de Cuenca "El secreto del Mago" (Visor, Madrid, 2023) . Por Fulgencio Martínez. Ägora digital, avance n. 25. Bibliotheca Grammatica

 

                                                              Luis Alberto de Cuenca. (El Mundo)

 

 EL SECRETO DEL MAGO, CINCO ESCALAS

 

Comentario del poemario de Luis Alberto de Cuenca El secreto del Mago, XXXIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma (Visor, Madrid, octubre de 2023) 

 

                          Por Fulgencio Martínez López

 

 


 

El secreto del Mago es el reciente libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca. (El poemario ha merecido el prestigioso Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma en su edición de 2023). Para los que desde tiempo y vidas amamos la poesía de este gran poeta, madrileño como don Francisco de Quevedo, y tan español y universal como argentino y universal lo fuera Jorge Luis Borges (del que aquí me acuerdo, leyendo otro libro que acabo de abrir, Poesía completa, vol. 1, de Jon Fosse, premio Nobel de Literatura 2023. Editorial Sexto Piso), el nuevo poemario nos proporciona el placer de confirmar el magisterio nunca desmayado que mantiene el poeta sobre el ritmo, el alejandrino, la soleá (cosa curiosa, en un poeta culto, esta afición al ritmo por excelencia del flamenco y de la canción popular). El ritmo alejandrino, en español, no es fácil, cuando no se hace de forma mecánica y tatachín, con la raya en medio de la cesura de los dos hemistiquios. Luis Alberto de Cuenca, que tiene el don de la palabra y la gracia y amenidad, a la vez que la sugerencia profunda, sortea siempre ese escollo, en todos y cada uno de sus libros anteriores. Y en este nuevo libro.

En El secreto del mago, ya en su primera pieza, titulada "Elogio de ilusionismo", regala al lector con una maravillosa evocación, en ritmo de catorce sílabas, del mundo de la magia (en todas sus facetas) que ha conservado en el adulto la inocencia y la admiración propias de la niñez. Entre el relato que evoca la siempre viva curiosidad por ese mundo del ilusionismo y la fantasía, el poeta sorprende como suele hacer en casi todos sus poemascon un giro, una genial adjetivación, cuando no con una presentación diferente y alusiva de otro tema. Así en esta secuencia versal:

        ...

Por eso, y como soy ya mayor y percibo

cada vez más cercana la remota niñez, 

                                (pp. 13-14. El secreto del mago. "Elogio del ilusionismo")

 

Cercano lo remoto es una acertada paradoja, que no puede reflejar mejor la perplejidad humana cuando se cumplen los años de la biografía y se hacen más próximos los recuerdos y vivencias marcadas a fuego de los primeros años y de la juventud. La poesía da testimonio de una verdad existencial, que quizá solo pueda conocer el que la ha vivido, o está próximo a vivirla.

Esto es, estamos de nuevo ante el Luis Alberto existencialista, como hemos comentado en alguna otra ocasión. Estoy más cerca de este poeta de alto alcance, desnudo en la comunicación existencial, con menos ropajes en cada uno de sus últimos libros; más cerca que del poeta lúdico y culto, del que Luis Alberto no reniega, sino, al contrario, cultiva con mejor puente de comunicación, cada libro más próximo al lector.

El secreto del Mago es un catálogo de poemas, dividido en cinco escalas o secciones; Cuaderno de bitácora, Oficio de difuntos, Aristónico y otras Antigüedades, Por Soleares, y Creo en ti.

Aunque los temas y obsesiones de un poeta se repiten en casi todos sus libros, y este es el caso también en Luis Alberto de Cuenca y en El secreto del Mago pues, quizá, la clave se encuentre en que el poeta no quiere nunca agotar el misterio, el secreto, con la explicación (como bien se dice en el citado poema, "Elogio del ilusionismo"), os invito a repasar cada una de esas salas temáticas del libro.

En la primera, "Cuaderno de bitácora", el poeta, a modo de Juan Ramón Jiménez en su viaje en barco hacia América (Diario de poeta y mar, o, antes, Diario de un poeta recién casado), anota las memorias y reflexiones que le sugiere la trayectoria del vivir (la metáfora de la nave se apoya, como luego nos dice el poeta, en un viaje real, en barco, por la costa amalfitana, durante unas vacaciones de verano).

La infancia evocada, no como paraíso, ni con el acento triste de la nostalgia imposible, que suele ser tópico en la poesía, sino como una vivencia presente, que acompaña, que alienta y mantiene viva la mirada del poeta y del hombre curioso y ávido de conocimientos y experiencias (eco de Kavafis), es el tema dominante, aquí.

Esta sección contiene cuatro o cinco de los mejores poemas del libro: el ya citado primer poema del libro, más "El fin es el principio", " El secreto del mago", "Sueño de la tribu feliz", y -en mi opinión- lo mejor: la soléa en tres versos, titulada "Habla el poeta".

Las soleares en tres versos suelen ser las soleá más de raza popular, con cierto descaro expresivo y casi siempre dirigidas a un receptor (amante o mujer perdida) al que increpan con gracia. "Ayí no hay naíta que bé / Porque un barquito que había / tendió la bela y se fue". Apenas me resisto a citar algunos más de estos poemas populares, os recomiendo leer esta selección:

 https://prensahistorica.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=2000646689

 

Luis Alberto de Cuenca anticipa aquí una soleá renovada en registro culto, con un título, lo que nunca se da en las soleás populares. Pero es la misma magia (seguimos en el terreno de la magia, ahora profundizada por la poesía y el eco del canto hispano popular) en la soleá "culta" y "en la "popular".

            

             HABLA EL POETA


           Voy navegando

            despreocupadamente

            rumbo al silencio.

 

El metro usado en los versos 1 y 3 (pentasílabos), y el heptasílabo central, nos recuerdan a un haikú. Y es que entre la soleá andaluza y el haikú hay puentes, podemos decir ya, de ida y vuelta.

 

"Oficio de difuntos", la segunda sección de El secreto del Mago, nos introduce definitivamente en el tema elegíaco, el llanto, en concreto, por un gran amigo del poeta, José Luis Chousa. Un amigo de infancia y de vida del poeta. El tema de la infancia enlaza, pues, con el tema elegíaco, pero ahora la infancia no es percibida solo como gozo y vis del ánima del hombre adulto y en trance a la muerte, sino como una región ya clausa e imposible.

Apunta, en este movimiento negativo, otro tema de compensación, la esperanza en la desesperanza. Así en el poema-soneto dedicado al amigo ausente, que comienza "José Chouza, hermano, amigo mío" y termina con estos dos versos emocionados y emocionantes: "Deja que me refugie en esta vana / sensación de creer que hay algo eterno". Para percibir mejor estos versos, habría que haber por mi parte presentado mejor el poema y el poemario que lo contiene: una virtud del mismo es (en este caso, sí lo es) la cercanía a la vivencia presentada en el texto poético. (De modo que el mismo guarda la impresión de un diario. Cada día me convence más el tipo de literatura menos elaborada, o me parece tan importante como la otra, elaborada y conceptualizada cuando ha muerto la impresión o se ha vuelto lejana y gris).

Los poemas de esta sección están escritos en tiempo de duelo.

Para compensar, el sutil aedo que es Luis Alberto nos da una sección lúdica, a continuación: "Aristónico y otras Antigüedades". Uno, ciertamente, no se cansa de gustar y enamorarse de estos poemas a lo Arcipreste de Hita, pues, pese a que a algunos culturalistas de segunda clase les suene a sacrilegio y poco respeto a su sapiencia casi siempre pedantona, el mejor de nuestros poetas cultos y humorísticos, Luis Alberto de Cuenca, siempre nos ha parecido un Arcipreste de Hita redivivo, del siglo posmoderno que regresa por detrás del Siglo de las Luces. Lo posmoderno toca con el humor tardomedieval, o cuasi ya renacentista, del Libro del Buen Amor.

El más grácil de los poemas de esta sección, "La cura del Faraón" es un prodigio de humor celebratorio del eros, antítesis del sentimiento de muerte y decrepitud. La temática faraónica es casi de zarzuela, y está tan bien traída que nos produce una risa sana y no reprimida. Vaya a usted a reír, sería el denuesto e imprecación que hoy día (época de canceladores e inquisidores amargados) habría que hacer frente a mucho prójimo con dichos y cara de acelga. 

 

"Por soleares" es la cuarta sala de nuestra panorámica. Contiene poemillas, soleares de tres versos, todos ya en la métrica del octosílabo, como suele ser la pauta de este ritmo.

Se agrupan las soleares en cinco series, correspondientes con cinco títulos en su encabezamiento. (Hay una resonancia en el cinco de esta sección y de las cinco partes del conjunto del libro). ¿Cuál de las cinco series prefiero? Difícil elegir, porque en todas están los temas predilectos del poeta -el cine, el mar, también el viaje en barco, el real y el metafórico del transcurrir vital, y la cultura, Platón-. Pero, a fuer de caprichoso, me quedaría con "Soleares de la muerte amorosa". Hay aquí poemillas que podrían ser anónimos, y no quiero con ello significar que valgan más que las soleares "cultas", pero sí que me apetece mucho leer estos versos, cuando sé que los ha escrito Luis Alberto de Cuenca, doctor en Filología y académico de la de la Historia:

            "Se que te fuiste con otro.

            Y sé que sigo queriéndote,

            mi vida, a pesar de todo."

La poesía es una verdad muy sencilla y rara como una perla verdadera. Además, está hecha para memorizar, no es lo que se lee en un tratado ni en un códice. Eso son testimonios de cultura, no poemas vivos. Creo que en el acierto de las pausas, puntos, versos, y ese "mi vida", está el secreto mágico del poemaEl secreto del Mago, para hacernos que se nos grabe la poesía. Lo demás queda entre tanto rumor de cosas dichas, y la poesía emerge como una palabra viva en la memoria de quien la lee y guarda el poema oído en su alma.

La última sección, "Creo en ti", es, quizá, la más personal. Se compone de una serie de plegarias, de "oraciones", ya anunciadas en el poema "Oración (I)", de "Oficio de difuntos" (recordemos que era esta la segunda sección, de tema elegíaco). Contiene, además, una vuelta a la evocación de la infancia (el mejor poema, quizá, de esta sección y del libro: "La caseta") y culmina el pliegue de sus temáticas con un poema amoroso, "Creo en ti", que da precisamente nombre a la sección, y que junto con el último de estos poemas ("Amor perpetuo") vuelven a presentar a Luis Alberto como un poeta del amor, más en concreto, del sentimiento del amor compartido como experiencia vital que enfrenta la muerte y la vejez.