Tractatus Lógico-Philosophicus, 1921. (Primera edición en alemán, del libro de Ludwig Wittgenstein)
¿DEBE HABER
ÉTICA EN LA POESÍA?, ¿HAY ÉTICA EN EL MUNDO? (Para iniciarse en el diálogo
interrumpido y recuperado entre el filósofo Wittgenstein y el poeta Trakl)
6.41
El sentido del mundo tiene que residir fuera de él. En el mundo todo es
como es y todo sucede como sucede;
en él no hay valor alguno, y si lo hubiera
carecería de valor.
Si hay un valor que tenga valor ha
de suceder fuera de todo suceder y ser-así. (…)
Ha de residir fuera del mundo.
6.42 Por eso tampoco puede haber
proposiciones éticas. Las proposiciones no
pueden expresar nada más alto.
6.43 Está claro que la ética no
resulta expresable. La ética es trascendental.
L
Wittgenstein. Tractatus lógico-philosophicus
Al fin
las palabras existen igual que las cosas, sería la moraleja del artículo, y mi
posición, más que justificarse como acorde con la segunda filosofía -la del
lenguaje- del genio vienés, se acerca a la vivencia de este en torno al arte.
Ludwig Wittgenstein
A estas alturas, si me pregunto por qué o para
qué escribo, me respondo: para terminar el trabajo. Hace unos pocos
lustros me hubiera atrevido a contestar que escribir conlleva un compromiso con
el futuro, con un futuro mejor, se entiende. Pues quien escribe anhela en el
fondo perdurar, el escritor está comprometido (aun sea egoístamente) con la
supervivencia del planeta y con las generaciones futuras.
Penetrando,
ahora, en aquella fe, algo kantiana, por cierto, que tenía yo en el futuro como
cierta redención de los sufrimientos del presente, a manera cuasi de una
compensación moral que nos tuviera reservada una hipotética divinidad -también
moral-, me doy cuenta de mi ilusa formación filosófica, propia de finales del
siglo XX. Era mi nostalgia kantiana un rechazo al clima posmoderno que animaba
a jugar con seriedad a juegos de azar.
Siempre
que se plantea una respuesta al por qué de pensar, o escribir, o de realizar
cualquier arte, incluso, en general, cuando se plantea el sentido del vivir
humano, se acude, con pronta sensación de alivio, a los valores. Los valores en
mi caso éticos (o religiosos y/o éticos, para otras personas) serían algo así
como la substancia del contenido que tendríamos que ir dando forma -con nuestra
praxis literaria, artística, con nuestras vidas.
Yo
me he vuelto, sin duda, cada día más menesteroso -no digo, escéptico. Me falta
cada vez más algo, me falta la fe en esos remedios fáciles e inagotables que
serían los valores éticos. Me pregunto si existen. He llegado a preguntarme, a
la altura de hoy, si existen, y he vislumbrado que sí, porque los toman y los
llevan los políticos en sus Agendas, los proclaman y los corrompen y los
vuelven a reponer en sus hornacinas legales. Son piezas de un discurso. Partes
de la oración. Palabras. O menos, o más: sintagmas, monemas, fonemas, sonidos.
(¿Gestos?). Eso son, ¡y no es poco!
……..
Al fin
las palabras (y los gestos; y en general cualquier tipo de signo) existen igual
que las cosas, sería la moraleja del artículo. Más acorde con la segunda
filosofía -la del lenguaje- del genio vienés, si entendemos esta filosofía del
lenguaje en su complejo sentido, asumiendo la tensión interna que la convierte
en un discurso amputado, incómodo en esa amputación y limitación. Consciente de
que los signos (humanos) pertenecieran a los restos de un tesoro perdido en
algún momento, por efecto de alguna catastrófica alteración que dejaría, sin
embargo, el logos ético y estético (más próximos al sinsentido, pero expresable
aún, a diferencia de lo místico).
Wittgenstein,
según testimonios de sus contemporáneos, era un gran lector de poesía. Prefería
leer poemas de algunos grandes poetas (Rilke, Trakl, Tagore,
este bastante olvidado hoy) a los textos de los filósofos, donde muchas veces
el sinsentido era de pura naturaleza verbal.
Decía
el filósofo Wittgenstein sobre la poesía del padre del simbolismo-expresionismo
alemán: “No entiendo
la poesía de Trakl,
pero su tono me deslumbra, y nada
hay que me dé mejor idea del genio”. Ayudó a Trakl económicamente. En enero
de 1913, murió el padre de Wittgenstein, por lo que este pudo heredar una
copiosa fortuna, que empleó en gran medida en favorecer al gran arte. El filósofo vienés compartió con el poeta
salzburgués un diálogo a través de cartas cruzadas entre ellos, y el 5 de
noviembre de 1914, a pocos meses de iniciada la Primera Guerra Mundial, se
desplazó al hospital de Cracovia donde esperaba encontrar interno al poeta. No
llegó a tiempo por poco más de cuarentaiocho horas. Trakl, que desde octubre de
ese mismo año sufría episodios de locura y pánico causados por las escenas
vividas en el primer frente de la Guerra, se había suicidado con una dosis de
cocaína el 3 de noviembre.
Georg Trakl
Wittgenstein
participó como enfermero en la Guerra, y en el frente escribiría su primera
gran obra, aquel Tractactus que citamos bajo el título de este artículo
y que generó tanta polémica cuando se publicó (1921). Para unos, era el fin de
la filosofía y un adiós total a la indagación sobre el sentido del mundo, por
este libro la metafísica, la religión y la ética quedaban canceladas; para
otros, incluso, para el propio Wittgenstein a partir del fin de la Guerra
(según la correspondencia privada del autor mientras lo terminaba de redactar),
era un libro “ético” que situaba los límites en que tenía sentido volver a
hablar o escribir (hacer arte, o afirmar valores éticos) en el territorio más
allá del sentido lógico de los hechos, pero aún dentro del territorio lógico: en
una especie de interregno entre el sentido lógico y el no sentido absoluto, el
gran silencio.
Compleja
es la filosofía del genio vienés, pero sin duda apasionante para cualquiera que
se acerque a este pensador, siempre en evolución y revisión crítica. Sin duda
los problemas de que se ocupa, el sentido, los valores, el arte, la religión,
la misma filosofía, la muerte (no en abstracto, la muerte del padre, la de los
seres más próximos a la identidad personal, y la muerte personal) así como el
amor (como se ha revelado póstumamente, fue muy importante su experiencia del
amor, en su caso hacia un hombre más joven) son problemas que se planteó el
filósofo desde la raíz de su propia existencia.
Nos
importan sus ideas tanto como aquellas vivencias que las sostienen, el contexto
de su vida no es un mirador de su obra, sino un pasadizo o camino para recorrer
esta en su evolución. Y en cualquier etapa, tanto si nos referimos a su obra
como a su vida, Wittgenstein frecuentó la pregunta por el arte, y por el
sentido de la poesía, el cual nos sugirió buscarlo más cerca de lo inexpresable
que de la realidad computable, reductible a hechos y datos.
Será
un desafío para el próximo milenio la actitud de Wittgenstein, a quien se debe
en parte la filosofía más apropiada al mundo de la computación universal (donde
todo se desmenuza y compone en dígitos y datos; debido a una lógica para la que
no hay en efecto sujetos ni cosas estables, sino solo flujos de estados y
hechos o sucesos traducidos a un lenguaje lógico-matemático, ideal para la
computación y el dominio de la información y de las mentes), y por otro lado,
ese Wittgenstein que, desde la investigación y la experiencia personal sobre el
límite de la lógica y sus lenguajes, abona el territorio “salvaje” del arte, la
poesía, la ética, como lo verdaderamente importante para transitar como
humanos.
Fulgencio
Martínez
Tarazona, Moncayo, 21 de septiembre 2023
Terminado en Tarazona, 9 de Enero 2024
Fulgencio Martínez (Murcia, 1960).
Dirige y edita Ágora-Papeles de Arte Gramático.