ÁGORA. ULTIMOS NUMEROS DISPONIBLES EN DIGITAL

Mostrando entradas con la etiqueta Martin Heidegger. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martin Heidegger. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de junio de 2026

LOS TIEMPOS DE LA ARQUITECTURA. Por Francisco Jarauta. Avance de Ágora-Papeles de Arte Gramático. N. 40. Nueva Colección. Verano 2026 / Textos magistrales /Ensayo breve

 

 

                                                             The Seagram Building. Manhattan.  Proyectado por Ludwig Mies van der Rohe

 

 

 

 

LOS TIEMPOS DE LA ARQUITECTURA

  

 

           Por Francisco Jarauta

 

 

 

El debate sobre la arquitectura contemporánea es cada vez más complejo. Una serie de nuevos contextos políticos, sociales y culturales relacionados con los grandes cambios que definen y caracterizan nuestra época, han determinado un cambio de dirección en la discusión actual. Y desde la arquitectura y sobre la arquitectura podemos identificar hoy nuevos problemas, más próximos a las condiciones derivadas de los cambios culturales del habitar humano que de ciertos análisis centrados en experimentos formales y estéticos de décadas anteriores. Una situación que, a su vez, debe ser pensada desde una perspectiva global acorde con las condiciones de la época, marcada por grandes tensiones y diferencias dentro de una creciente homologación planetaria. El mapa que resulta de este cambio de posición es sorprendente. La arquitectura ha pasado a ser actualmente uno de los laboratorios de análisis y discusión más activos en relación al debate contemporáneo sobre los modelos civilizatorios que la humanidad está en proceso de realizar, en el largo y complejo sistema de respuestas a las condiciones derivadas de una creciente complejidad, siendo esta apropiación de los interrogantes generales de la época el territorio por excelencia de la discusión.

 

                                                                                             Leon Battista Alberti. Más que un arquitecto

 

          En efecto, es imposible entender la arquitectura sin pensarla en relación a la ciudad, a la casa, al espacio del hombre, a las formas de habitar. Todo el pensamiento arquitectónico ha sido en sus raíces fiel a este postulado. Desde la Carta VII de Platón a las notas de Le Corbusier o de Mies van der Rohe esta idea ha sido una constante. El horizonte de la polis, de la ciudad en sus diferentes formas históricas, decidía el sentido del proyecto, de la edificación, como recordaba L.B. Alberti. Era la fascinación que Valéry supo dar a las breves pero luminosas páginas de su Eupalinos. Y a la que desde otra perspectiva el movimiento moderno igualmente buscaba responder. Todavía hoy cuando volvemos a leer algunas páginas de los años ‘30 nos sentimos directamente cuestionados. Por ejemplo, cuando Le Corbusier interrogaba en aquellos años las condiciones del hombre moderno, su forma de habitar, al escribir: “Los hombres están mal alojados. Y está en marcha un error irreparable. La casa del hombre que no es cárcel ni espejismo, la casa edificada y la casa espiritual, ¿dónde se encuentra? ¿dónde puede verse? En ningún lado, en casi ninguna parte. Es preciso, por tanto, romper el juego con toda urgencia y ponerse a construir para el hombre”. La arquitectura, para unos y otros, no tiene otra razón de ser que la de construir para el hombre desde una dialéctica que recorre en zigzag la historia de las ideas y los mapas del mundo. Una historia que se reescribe continuamente para emerger de acuerdo a lógicas no establecidas y que ninguna respuesta consigue inicialmente resolver. Lo importante es la disposición que reúne el pensar, el construir, el habitar tal como sugería la conocida conferencia de Martin Heidegger el 5 de agosto de 1951 en el marco de las Darmstädter Gespräche.[1]

          Este debate pasa igualmente por las condiciones propias del trabajo del arquitecto. No hay una sola verdad en arquitectura. Frente a una situación son posibles respuestas, soluciones diversas. La dialéctica del proyecto se basa justamente en esta tensión. Frente a un concurso complejo puede haber y hay diferentes repuestas válidas. Es un margen de interpretación que acompaña como una sombra a todo proyecto. Y los criterios de validación en última instancia tienen que remitirse al carácter abierto del proyecto mismo. Bien es cierto que en determinados momentos de la historia dichos criterios han sido preestablecidos, dando al sistema de formas fuertemente codificado el valor del canon. La fascinación de Alcibíades en el Eupalinos no es ajena a la perfección que su arquitectura comparte con la música y la matemática. Se trata de un universo regido por las leyes del modelo clásico. Pero nuestra situación se siente y reconoce regida por otros presupuestos. Igualmente, en la época del movimiento moderno se podría decir que ciertas pautas o conceptos regían el proyecto. Hoy, no. Es la condición de la arquitectura moderna. No hay una doctrina compartida, un punto de vista legitimado que imponga criterios, formas, sistemas desde los que resolver el proyecto, lo que da a la arquitectura una disponibilidad creativa nueva con la que interviene frente a una determinada situación.

          Rem Koolhaas define como junk space al espacio aleatorio en el que se inscribe todo proyecto. Por una parte, se trata de reconocer una serie de todas aquellas decisiones previas que proceden del espacio mismo, de su inscripción social y cultural. Son condiciones que están ahí y se imponen con la lógica de los hechos. Por otra parte, la máquina constructiva opone sus exigencias tantas veces innegociables. Entre una y otra, la interpretación que se constituye en el centro de la experimentación misma, de la idea que regirá el proyecto. Por eso termina siendo central identificar el lugar desde dónde se proyecta. Nos encontramos ante una situación en la que la doctrina funcionalista, su espíritu de respuesta honesta a las necesidades, no responde más. El credo funcionalista había sido una retórica de combate, había dado a la arquitectura un nuevo papel en la era de la técnica, rechazando y eliminando las máscaras decorativas. Basta recordar los alegatos de Loos contra el sistema de formas heredado. Siguiendo sus pasos, los primeros modernos habían hecho suyo un credo: la arquitectura no será en el futuro un simple ornamento, será la expresión de la belleza técnica. De Loos a Bruno Taut, a Le Corbusier o Mies van der Rohe podemos identificar un apasionado esfuerzo de ideas y proyectos que responden a esta idea, que arrastra consigo la tensión y dificultad por definir un nuevo modo de habitar, acorde con las condiciones de lo que entendían por vida moderna.

 

            

                                                                                Walter Gropius, en 1920. Creador de la Bauhaus
 

          A nadie escapa que en el corazón del proyecto pensado por el movimiento moderno está presente una posición universalista. Nadie como Gropius para defender esta forma de pensar. El proyecto debe abandonar la determinación de lo particular para ser propuesta universal. Había que pensar, escribe Gropius, en términos de humanidad y no de individuo. El radicalismo de Gropius dejaba fuera de escena todos aquellos referentes particulares que han ocupado más tarde, tras la crisis del movimiento moderno, el centro y preocupación de la arquitectura de algunas décadas atrás.

          Posiblemente tengamos hoy que volver a plantearnos estas ideas para dialogar con sus límites e insuficiencias. Se trata de reconocer una complejidad inicial en la que se dan la mano todas las variantes que subyacen al proyecto. Lo reconocía Robert Venturi al referirse a estas mismas dificultades. “Los arquitectos modernos, anotaba, simplificaron esta complejidad. Aclamaron la novedad de las funciones modernas, ignorando sus complicaciones. En su papel de reformadores, abogaron puritanamente por la separación y exclusión de los elementos, en lugar de la inclusión de requisitos diferentes y de yuxtaposiciones”. Como precursor del movimiento moderno, Frank Lloyd Wright se atrevía a defender su lema: “La verdad contra el Mundo”, dando lugar a posiciones extremas que hallarían su expresión en la mejor tradición moderna. Pero ahora nuestra posición es diferente. La creciente complejidad del mundo actual, entendida tanto en sus aspectos económicos, sociales y culturales, cuanto en lo que se refiere a la dimensión reflexiva sobre las condiciones del individuo, su identidad y sus derivaciones cada vez más complejas en uno y otro sentido, su inscripción social y los modelos de pertenencia políticos y culturales, hace que aparezca un espacio diferente, mucho más complejo y con el que la arquitectura debe trabajar.

          En efecto, un proyecto puede definirse como una invención para responder a un problema habitacional sea cual sea su dimensión y tipología. Y es a la hora de establecer la propuesta de un proyecto concreto que entran en conflicto las diferentes variantes en juego. Para unos, la arquitectura debe producir nuevos espacios, debe entenderse como un ejercicio utópico, un fragmento del futuro que acontece sin respetar la ruta del tiempo. Para otros, el proyecto debe mediar entre las diferentes circunstancias, debe ser quien articule los distintos contextos en los que el espacio se inscribe, respondiendo a las condiciones de uso e incluso al sistema de funciones previstas. Se trata de un equilibrio mesurado, inteligente, en el que se encuentran la pasión cívica, junto al juego creativo, a la idea.

          Se construye con ideas, pero éstas deben cruzarse con el mapa de aquel espacio sobre el que se edifican. Esta dificultad ha sido interpretada de maneras bien distintas a lo largo de la historia. De ahí la necesidad de una relación crítica con la tradición, con la historia, con la teoría de la arquitectura, con la cultura del proyecto. Relación crítica que, por otra parte, debe ayudar a interpretar desde las condiciones actuales la complejidad que acompaña a las formas del habitar. Hoy el edificio no es ya más un cuerpo, como imaginaba Leon Battista Alberti, sino que, después de haber sido una máquina, tal como lo había pensado el movimiento moderno, ha pasado a ser un corps immateriel, inmerso en el universo de flujos sígnicos, del que habla Paul Virilio. De la misma forma que la ciudad ya no es ni responde a los modelos heredados de la historia ni a los sueños utópicos representados por la città ideale, sino que se presenta hoy como la ville générique configurada como lugar de coexistencia de grupos sociales, culturas, géneros, lenguas, religiones, etc diferentes. La ville générique pasa a ser el nuevo laboratorio de relaciones, miradas, reconocimientos, tolerancias que confrontan directamente el modelo heredado de la antigua ciudad, dominada por la memoria de un tiempo sobre el que se construía la historia de una identidad. El nuevo cuerpo social, como escribiera Foucault, se presenta ahora desde las marcas y signos de diferencias múltiples, reunidas apenas en el provisional y frágil modelo de las nuevas relaciones sociales, dando lugar a una representación práctica de la complejidad latente de lo social.

          Creo que es en el contexto de este nuevo marco de problemas que la arquitectura debe establecer su reflexión y práctica. Es acertadísima la opinión de Jeffrey Kipnis al insistir en la pertinencia de considerar el valor social y cultural de la libertad como una de las metas de lo individual y lo colectivo. Una frontera que resulta, políticamente hablando, cada vez más problemática. Ideas como las propuestas por Rem Koolhaas, Stefano Boeri y Sanford Kwinter entre otros hace ya unos años en Mutations, o la más reciente propuesta de Bruno Latour y Peter Weibel en Making Things Public, en el ZKM, podrían ser los referentes problemáticos para una discusión abierta sobre estas cuestiones.

          Lo importante es construir una nueva forma de pensar, acorde con las condiciones de la nueva complejidad. Hoy, por ejemplo, la ecología nos obliga a pensar la ciencia y la política al mismo tiempo. Es la debilidad de ciertos discursos sobre la sostenibilidad, que terminan siendo un inútil pliego de buenas intenciones. Si nos situamos en esa perspectiva, todo lo que tiene que ver con la cultura del proyecto debe ser repensado. John Berger lo recordaba recientemente. La primera tarea de cualquier cultura es proponer una comprensión del tiempo, de las relaciones del pasado con el futuro, entendidas en su tensión, en la dirección en la que convergen contradicciones y esperanzas, sueños y proyectos. Comme le rêve le dessin! Sí, como el sueño, el proyecto, en esa extraña relación en la que se encuentran las ideas y los hechos, la tensión de un afuera que la historia transforma y el lugar de un pensamiento que imagina y construye la casa, la polis.



[1] Los Coloquios de Darmstadt reflexionaban sobre la cultura europea a partir de la posguerra. En el segundo de ellos, en 1951, se dio un importante debate entre Martin Heidegger y José Ortega y Gasset en torno a la condición del ser-ahí como ser que habita el mundo y lo construye (óptica de Heidegger), y sobre la condición del hombre histórico, quien se encuentra ya con una circunstancia que ha de modificar para crearse a sí mismo (óptica de Ortega). La conferencia previa de Heidegger se titula: “Bauen Wohnen Denken” (En esp. Construir, habitar, pensar). La impartida por Ortega, “Der Mythus des Menschen hinter der Technik”. (El mito del hombre tras la técnica). Nota del ed.

 

 
 

Francisco Jarauta es catedrático de Filosofía. Ha impartido recientemente un curso en la Universidad Humboldt de Berlín. 

martes, 18 de noviembre de 2025

La sociedad del cansancio. Comentario del ensayo de Byung-Chul Han (Herder, 4ª reedición, 2025). Por Fulgencio Martínez / Ágora digital

 

                                                                                           Byung-Chul Han. Fuente: La Vanguardia

 

 

 

LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO

 

 


 

Byung-Chul Han

La sociedad del cansancio

Herder. 4ª ed. Barcelona, 2025

Título original: Die Müdigkeitsgessellchaft

2016, Matthes & Seitz, Berlín

 

 

Importa hacer constar de entrada la fecha (señalada arriba) en que se publicó en alemán el libro La sociedad del cansancio (2016), aunque esta data no debió ser tampoco la de su primera edición, sino la de 2010, como se hace referencia en la página final de la traducción al español que hemos manejado: “La sociedad del cansancio se publicó por primera vez en 2010”. Su último capítulo, “El tiempo sublime”, se nos informa también de que “es el texto de la conferencia inaugural de la Trienal del Ruhr de 2015” (p. 118. op. cit). No entendemos del todo bien este juego de escondite editorial. Para mejor contextualizar esta obra, colección de ensayos breves, las fechas importan, pues, como constatamos, los textos fueron escritos antes de la pandemia y de la actual situación del mundo (rearme de los bloques, guerra de Ucrania, reactivación del peligro de guerra nuclear, alarma ante el terrorismo internacional y el neoconservadurismo y las nuevas autocracias disfrazadas de hegemonías democráticas, en fin, pérdida total del control y la seguridad nacional y de las economías particulares y nacionales dependientes de nuevo de órdenes trascendentes, de la realpolitik, gas ruso por ejemplo).

Es importante hacer esta introducción para recibir este libro del filósofo coreano educado en las Universidades alemanas, y seguidor de la filosofía de Heidegger y de Gadamer, Byung-Chul Han. Casi siempre, ante el montaje abstracto de las ideas y los conceptos, volvemos a mirar el suelo que pisamos. Nos sorprende, entonces, ver cómo las ideas, por más atractivas que parezcan y bien armadas dialécticamente, se caen como hojas de otoño a nuestros pies. Lo que queda de ellas, sin embargo, es lo más interesante, la enjundia que da que pensar y reflexionar, no al margen del contexto y la circunstancia, sino desde su contexto y su circunstancia hacia la nuestra. Sin cambiarles un ápice, ni maquillarlas.

Asombra que en el lapsus corto de años, desde 2010 a esta parte, haya cambiado tanto el mundo, ese mundo que describe y penetra muy finamente el filósofo-médico (en la tradición del mejor Nietzsche) de La sociedad del cansancio.

Han detecta, desde el primer apunte del libro, que habríamos pasado, en la primera década del nuevo siglo, de la sociedad inmunológica, autoritaria, a la sociedad del rendimiento, sobresaturada de positividad. De la sociedad moderna atenta a prevenirse o rechazar la negatividad, lo peligroso, o simplemente extraño o diferente al cuerpo social (siguiendo la metáfora de la salud del cuerpo), que analizó Nietzsche premonitoriamente en la figura del último hombre (en Así habló Zaratustra), a finales del siglo XIX; Freud a principios del siglo XX, y Foucault, a mediados de dicha centuria; a la “modernidad tardía” donde se han nivelado las diferencias culturales y el individuo está, sin embargo, sometido a propia voluntad (paradójicamente) a un régimen económico neoliberal de autoexplotación por el trabajo y el consumo (incluso dentro del llamado “consumo colaborativo”). Estas nuevas condiciones advenidas con el aposento de la globalización y la nueva masificación (la de los medios, Internet, móvil inteligente) ya en el final de la primera década del siglo XXI (constatamos que esa década supuso, en términos de aceleración, como un siglo de duración en el antiguo tiempo) conllevó consecuencias psicológicas graves: cansancio, depresión, agotamiento laboral y estrés de atención; consecuencias ya de algún modo irreversibles para el autor del ensayo.

Han achaca a Nietzsche no saber de economía (y, sin embargo, casi hace un comento literal de su análisis del último hombre, en el Zaratustra, y de su pedagogía, en Crepúsculo de los ídolos). Necesitaríamos aprender a mirar, a pensar, a leer y a escribir. Son las tres reglas básicas que aporta el pensador de Sils-Maria, y que básicamente repetiría cualquier pensador de ayer o de hoy (incluso cualquier pedagogo que no haya pasado por la tontuna de la Facultad de Ciencias de la Educación).

Han podría haber avanzado más en su obra, si, en vez de darle esa pequeña patadita a Nietzsche a costa de Marx (pero sin citar a este nunca en la obra, ni exponer en qué supuestos marxistas o neomarxistas se basa el autor coreano), hubiera leído La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset.  Aunque no emplea exactamente la expresión “hombre masa” orteguiana, a su vez inspirada en el último hombre del filósofo visionario suizo-alemán, el Nietzsche alpino (pues esas visiones zaraústricas le surgieron en la cumbre de la montaña suiza), Han sigue de algún modo los análisis de su maestro Heidegger en Ser y tiempo: existencia inauténtica, el “man” (el “se” de la existencia vulgar y alienada).

Lo importante, creemos, para este lector al menos, es el énfasis que pone Han en lo psicológico. El cansancio no es solo un achaque del nihilismo reactivo, de la vitalidad decadente, es un arma de doble filo y tiene dos caras intercambiables, lo cual le hace por ello muy peligroso cuando se instala en el cuerpo y el alma, como un bicho parásito para que el no tenemos ya defensas (pues ¡no estamos ya en la sociedad inmunológica!, vaya). El cansancio se presenta ambiguamente, como desgaste vital, falta de metas, de sentido; pero también como des-tensión, relajación. 

El cansancio, en su primer y mal aspecto, está analizado magistralmente en el capítulo dedicado a Bartleby, el héroe pasivo de la novela de Melville; recuerden: “preferiría no hacerlo”. Ese capítulo es excelente, lo mejor del libro de Han, analiza los “mitos” sobre Bartleby para deshacerlos y volver a mirar con realidad lo que significa el personaje de Bartleby, auténtico icono de la sociedad del cansancio, después de la lectura penetrante que hace Han, frente a la interpretación ontológica de Giorgio Agamben, interesante por otra parte. Escribe Han sobre este héroe del aburrimiento que es Bartleby: “Es un personaje que no entabla relación consigo mismo ni con nada. Es un personaje sin mundo, ausente y apático. Sería una hoja en blanco, en el sentido de que está falto de toda referencia al mundo y de que su vida carece de todo sentido. Ya la mirada triste y cansina de Bartleby desmiente la pureza de la potencia divina que supuestamente encarnaría” (p 61). Pues, en efecto, se la ha llegado a llamar héroe gnóstico, de la nada, de la rebeldía negativa ante la creación (el trabajo, la producción como metáfora de la creación divina y el mundo).  Es interesantísimo retener en ese pasaje la expresión “mundo” (“falto de toda referencia al mundo”, podemos imaginar a un jugador virtual, a un gamer, o a nosotros mismos cada vez más encerrados en nuestros mundos virtuales, en lo que también ha denunciado Habermas, en esas cámaras cerradas, de eco, en que se vive “el mundo” a través de internet y las redes sociales, que nos devuelven nuestra propia imagen de Narciso). Precisamente, en las páginas últimas del libro de Han La sociedad del cansancio, en el capítulo titulado “El tiempo sublime. La fiesta en tiempos sin festividad”, que es otro gran texto a destacar en esa obra, se dice: “Parece que lo tengamos todo, pero nos falta lo esencial: el mundo. El mundo ha perdido la voz y el habla. Incluso ha perdido el sonido. El ruido de la comunicación ha sofocado el silencio. La proliferación y la masificación de las cosas han desbancado al vacío. Cielo y tierra están repletos de cosas. Este mundo de mercancías no es para habitar.” Con eco, es evidente, de Heidegger, se nos habla de la pérdida de la morada. Incluso, añadimos otro “incluso”, nosotros mismos no somos sino mercancía que se expone (en Internet, en nuestros currículos y portafolios, en nuestros “comentarios” y valoraciones de mercancías y servicios…).

Pero, el cansancio también tiene una cara “positiva”; porque, recordemos, en nuestra era todo es positividad, se tiene alergia a lo negativo, a la duda, a lo extraño: lo que paradójicamente, nos convierte en débiles, faltos de defensas y de una respuesta inmunológica: necesitamos tanto las certezas positivas, las posibilidades que se nos ofrecen, de viajar, de consumir, de hacer y ser esto o lo otro, incluso cambiar de sexo o género a gusto particular, que morimos de positividad, de cansancio, ante el abigarrado mercadillo global que se nos pone al alcance. No tenemos tiempo ni energía discreta para decidir antes una cosa que queramos, o para no querer (la positividad e incluso la negatividad se nos imponen, prefabricadas y consumidas en serie). 

El cansancio es, en su lado malo, la respuesta de inhibición psíquica, vital, la caída en el marasmo (no confundir con la melancolía ni la tristeza, ni siquiera con esos males típicos de la era moderna, analizados por Freud, como la neurosis, la histeria, psicoanalíticas).

La relajación es la cara “buena” del cansancio, su versión positiva. Pero el “no me importa nada” sino tenderme en la playa -o ver pasar un burro por la calle en un pueblo andaluz, como dice en un texto Peter Handke- es otra de las mercancías positivas (remedios y cortafuegos) que nos vende el mercado. ¿Hay salida del círculo vicioso del cansancio? ¿El cansancio como píldora de des-tensión, o distensión, la repentina y fugaz euforia, no hacen que se suavice lo negativo, que ni siquiera nuestras alarmas se disparen ante la agresión y la manipulación? Se supone, dice Han, que el capitalismo global avanzado quiere identidades flexibles, no problemáticas, llenas de sentimientos positivos y de empatía. Cuando la libertad es la expresión más depurada de la esclavitud y la sumisión del homo laborante (y consumidor), ¿qué vamos a decir a esto, nosotros?

 

En suma, no he querido incidir, en mi comentario, sobre la inactualidad posible del libro La sociedad del cansancio. Sino resaltar y ahondar un poco en lo más filosófico del libro de Byung-Chul Han. Me ha descubierto un autor muy interesante (no había leído antes más que artículos suyos, y textos de otros sobre su obra); aunque en estas piezas ensayísticas hay muchas costuras sueltas y argumentaciones que debemos sobreentender... (además del típico recurso teatral al deus ex machina del capitalismo sea avanzado, delantero, zaguero o medio). El libro está escrito con claridad (y, además, es breve: poco más de cien páginas, con letra bien legible). Una buena lectura, recomendable para todo lector atento a este tiempo nuestro que cambia tan rápido, casi siempre dejando atrás a los libros publicados hace dos, tres o cinco años.

El autor de La sociedad del cansancio ha sido Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2025.

 

Fulgencio Martínez