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martes, 10 de febrero de 2026

HAMNET, ENTRE EL DRAMA FAMILIAR Y EL DRAMA HISTÓRICO. Comentarios de cine. Por Fulgencio Martínez / 2026

 

 


HAMNET, ENTRE EL DRAMA FAMILIAR Y EL DRAMA HISTÓRICO

  

No es una película sino un conjunto de piezas, de agregados, sin apenas conexión interna entre las tres partes o cuadros de la obra; que al final se desbalanza en una escena prevista desde el principio y en la que se pone todo el quid de la película. Lo orgánico de la acción, que en algunos momentos parece recuperarse, está teledirigidamente roto por esa pretensión de un final predeterminado.

 

Con cierta inocencia comencé a ver la película Hamnet, recientemente proyectada en el cine Mundo (en Huesca), que como mis lectores saben bien, es mi gran pantalla habitual. Hamnet ha sido producida en 2025; está dirigida por Chloé Zhao y coescrita por la misma directora china y Maggie O’Farrell basándose en una novela de esta; en la producción de la peli se encuentra el omnipresente Steven Spielberg. Es habitual que la propaganda nos lance un motivo de curiosidad, un cebo, en este caso: sabíamos, pues fui acompañado por mi amor, que la película abordaba aspectos de la vida del dramaturgo moderno más universal, el mismo que es sinónimo de una lengua, el inglés, la más hablada hoy en todo el mundo (que no la más ni la mejor escrita). La lengua de Shakespeare conoció en efecto, para su fortuna, mejores tiempos: no solo en escritores, poetas y dramaturgos, también en críticos, entre estos: quizá el más grande, Samuel Johnson, quien un siglo después del autor de El rey Lear, Otelo y Hamlet editó las obras completas de Shakespeare y escribió unas pocas páginas lúcidas de crítica literaria profunda que ensalzaron al autor al entorchado de la literatura de todos los tiempos. Recuerdo de nuevo aquí una observación del poeta valenciano, del 70, Guillermo Carnero: qué importante es que a un grupo de poetas, a una generación, le acompañe unos críticos de su mismo nivel. En el caso de Shakespeare, como en el de otros muchos grandes, hubo de transcurrir un siglo para que surgiera un crítico de su talla. En otros casos, en nuestra tradición española: Lope o Góngora, debieron esperar más de dos o tres siglos. Cervantes mismo fue realmente considerado como grande de la literatura moderna en 1905, en el tricentenario de la publicación de su primer Quijote: Unamuno (Vida de don Quijote y Sancho), y sobre todo, Rubén Darío en su lectura también en ese año 1905 de su poema Letanía de Nuestro Señor don Quijote en el Ateneo de Madrid. Pero no sería hasta 1914, con la aparición de Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset, cuando la obra cervantina sea entendida como paradigma del pensamiento contemporáneo, perspectivista, superando la interesante pero parcial visión noventaiochesca del quijotismo como representación del sentimiento español. Las interpretaciones tanto las de Rubén Darío como las de Azorín y Unamuno se centraban en la voluntad y en el personaje de don Quijote, no tanto en el autor Cervantes; dejando de lado otras obras del que sin duda es el mayor escritor moderno, con mucha ventaja sobre Shakeapeare  -y esta verdad se irá haciendo camino cuando los españoles lo lean más; ahora hemos tenido, recientemente, hasta el 1 de febrero, la oportunidad de ver su obra teatral “El cerco de Numancia” en los teatros madrileños del Canal de Isabel II. Estuve en la antepenúltima sesión, y gocé y sufrí con la tragedia: una maravilla, teatro en acción, más actual que la mucha palabrería y profusos monólogos para la galería en el teatro del autor isabelino (de otra reina Isabel, anglicana, aunque un Shakespeare era al parecer criptocatólico, educado en el catolicismo por su madre,* lo cual debió notarse en el papel de la mujer en su teatro, en apariencia secundario, pero siempre de carácter fuerte, prudente y mejor situado en el mundo que los fanfarrones masculinos. Pero hay otro Shakespeare que escribe sonetos homoeróticos, y otro Shakespeare “pagano”, mágico, que podría gustar a Richard Wagner, y aun otro y otro Shakespeare, violento, idílico, otro Shakespeare juguetón y malabar de la lengua, que podría enamorar a James Joyce, y así… Como hay múltiples Cervantes y múltiples Fernando Pessoa, Walt Whitman, Nietzsche, Platón, etc. "Como gustéis", diría el propio genio de Stratford).

    Pues bien, el cine americano actual no sabe de mundos y escritores de problemático y rico espesor. Sabe mucho, en cambio, de filtros ideológicos, vivimos aún en la era post-woke y claro si usted decide ver una película actual, tanto en cine como en Netflix, ha de saber de antemano lo que le están vendiendo y metiendo por los ojos. Por encima de una obra de arte o entretenimiento, le meten ideología.

    Es evidente desde el inicio de Hamnet que el punto de vista de la narración es un personaje, Agnes (nombre que equivoca también el nombre de la esposa de Shakespeare, Anne, quien casó embarazada con 26 años con el joven William Shakespeare que apenas había cumplido a la sazón los 18, cuando el futuro talento tenía todo por demostrar). El esquema de esa pareja podría no ser en principio propicia a la manipulación post-woke (que incide en el sentimentalismo bobo), pero se conoce, por testimonios y alusiones indirectas del propio Shakespeare, que el matrimonio no fue un idilio, a pesar de las imágenes tipo La casa de la Pradera que la guionista y el director de Hamnet nos presentan en una primera parte del film. ¿Dónde buscar el enganche con un público sensible y previamente adocenado por el woke? En la ira de la señora Agnes contra su esposa, ira justa, justificada en la película, por estar ausente Shakespeare cuando muere el hijo de ambos que da nombre a la película en cuestión.

    La película exhibe torpezas gloriosas, realmente patosas, como la escena en la que el actor que interpreta a William Shakespeare, tras ser maldecido por la ira de su esposa y tras recibir su descarga sádica que lo responsabiliza prácticamente de filicidio involuntario, vuelve con pensamiento de suicidio a la ribera del Támesis y allí, entre pena y pena, decide declamar textualmente el monólogo de Hamlet: to be o not no be….

    Pero más grave que esos injertos extraños en el guion de la obra es la falta de organicidad de la película. Este es un defecto que ya hemos resaltado en otras películas birrias de la última producción hollywoodiense, baste citar “Una batalla tras otra”. No hay una sino varias películas, varios cuadros agregados. Si vemos, por comparar, aunque dicen que toda comparación es odiosa, películas clásicas como “Río bravo” o “Casablanca” o cualquiera otra película no tan conocida ni lograda, vemos que la acción sigue, nunca es previsible, se sucede como una historia que progresa desde una situación, pasión o conflicto-fuerza germinal (a partir de ese desarrollo como natural, como la vida misma, tienen sentido lo que Aristóteles llama peripecias, rupturas o catástrofes que intensifican o marcan un rumbo o giro diverso, pero todo parece como natural no escrito como una sucesión de pantallas, como por agregados).

    Ese defecto no importa menos en una mala peli como “Una batalla tras otra”, que no tiene más interés que la violencia de las imágenes y la interpretación bizarra de los grandes actores mal aprovechados en la misma.

    Pero en Hamnet, que es una película que tiene interés, por el tema y la tensión en algunos momentos, y  que,  a pesar de su fondo intencional ideológico demasiado evidente, presenta muchas facetas emocionantes, no previstas en el mando final de la obra (de las que luego hablaré) el mal guion entorpece la historia y hace que la película no sea en general verosímil. No son los datos equivocados o equívocos que utiliza la guionista, no es la ucronía (la presentación del bosque y sus escenas de sabor medieval pagano, incluido el halcón y la chica amazónica), no. Tampoco es el desprecio a los valores católicos, o religiosos en general, el orgullo o hybris de Agnes ** enfrentando sus poderes a la vida y la muerte, ella está siempre empoderada ante el nacimiento de sus hijos y lo pretende ante la muerte de Hamnet, de ahí, de su fracaso, el odio derivado a su marido, esa especie de culpa vicaria que le adjudica y que a punto le lleva al marido al suicidio… si no fuera por el teatro, en cuya emotiva función se salvan todos… ¡ridículo!….

    Todos esos ingredientes, aun mal compuestos, no hacen mala la peli. Lo ucrónico (ahora está de moda inventar ucronías sobre datos históricos, biografías como las de Shakespeare o Cervantes, por ejemplo) podría ser verosímil. Se sabe que Shakespeare se inspiró para su teatro en historias preexistentes en ciclos narrativos, no en su vida personal; pero es igual, vale el posible nexo Hamnet-Hamlet; como cuando, en el caso de Cervantes, interviene lo autobiográfico inventado pero verosímil; aunque en un caso como “El cautivo”, la mediocre producción de Amenábar, salte a contrafáctico y gruesamente manipulador desde una ideología que exalta lo gay como summum de libertad en un falso, por antihistórico, paraíso del Profeta y desde un foco presentista deformador***). El empoderamiento de la mujer podría ser un tema interesante, como también lo emotivo (realmente las escenas emotivas componen lo mejor de la película, para algunos están en la parte final, en la representación de Hamlet en el teatro The Globe londinense, para mí lo están en las escenas familiares, tipo La casa de la Pradera, de la segunda parte de la película, cuando se dan la mano y disfrutan del sol y del bosque los cinco de la familia o en las escenas de esgrima del niño Hamnet y su padre, en el cariño mutuo de hijo y padre, bien…)

 


 

    Me interesó Hamnet como drama familiar, menos como drama histórico, que no lo es, por más que digan dueñas publicitarias. La película me emocionó, a pesar todo lo dicho, como una versión actual de la televisiva serie La casa de la Pradera, versión retro-woke; aquella serie que veía por la tela en blanco y negro en la siesta de los domingos. Por momentos, en que me recordaba a ese serie, me embargó de sentimiento positivo.

    Hamnet, en mi opinión, es una película no lograda porque falla la composición, el guion y su puesta en imágenes. No es una película sino un conjunto de piezas, de agregados, sin apenas conexión interna entre las tres partes o cuadros de la obra; que al final se desbalanza en una escena prevista desde el principio y en la que se pone todo el quid de la película. Lo orgánico de la acción, que en algunos momentos parece recuperarse, está teledirigidamente roto por esa pretensión de un final predeterminado.

 

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Mary Arden -representada en la peli que comentamos por la actriz Emily Watson, que es de lo mejor del reparto.

** La tragedia ateniense, por ejemplo, se basa como elemento desencadenante en la hybris del protagonista y eso no es un punto contra la obra, sino al contrario. Tampoco lo es en Hamnet la ira y la pretensa omnipotencia de Agnes. Aunque en unos y otro caso la resolución son distintas. El héroe o la heroína griega es seguido por el pueblo y su final supone una catarsis diferente a la que la película de Zhao propone, aun remedando aquel recurso del teatro. Hay que hacer un esfuerzo, por una parte de los espectadores al menos, para empatizar con Agnes. 

*** Sería una gran obra de arte aquella que rompiera con el canon y propusiera desde el principio una lectura heterodoxa, disidente o revolucionaria de un personaje o de un acontecimiento histórico. Más aún, de una tradición cultural o literaria. Eso mismo hizo Cervantes en El Quijote con las novelas de caballerías, los romances y refranes castellanos populares y con los mismos tipos de españoles de su siglo. El Quijote sigue siendo revolucionario, como gran obra. Las obras mediocres aprovechan algún pequeño resquicio a contrapelo de la ignorancia generalizada para publicitarse y obtener sus cinco minutos de fama. 

 

Fulgencio Martínez 

Huesca, 10 de febrero de 2026 

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