"Mercedes Formica". Vicente Viudes
CENTENARIO DEL PINTOR MURCIANO VICENTE VIUDES (1916-1984)
NOTAS DE UNA VISITA A UNA EXPOSICIÓN DE VICENTE VIUDES
FUNDACIÓN CAJAMURCIA. CENTRO CULTURAL LAS CLARAS. MURCIA
Por José Luis Martínez Valero
Cuando entramos en la exposición de Vicente Viudes[1], descubrimos un silencio que calma. Nuestra impresión está marcada por esa hora del día en la que se ha impuesto el descanso. Todo convive tan lento que el aire parece muy quieto.
El visitante tiene la sensación de ingresar a un mundo privado. En estos cuadros reposa ese pacto de silencio donde parece que los pájaros enjaulados también duermen. Hay un mar pequeño, evocado por la caseta, muy cerca de la orilla, prolongación de la casa, provista de una escalerilla, que se hunde en el agua. Las tablas resecas con la huella húmeda de los pies descalzos. Las bañistas parecen dispuestas a reposar entre las cálidas aguas transparentes.
"La siesta". Vicente Viudes
Es la siesta y todo está parado, como si aguardase no sabemos qué. Ocurre que, la angustia, el conflicto, esa desazón, que acompaña la existencia, se hubiesen excluido de este oasis que conforma el tiempo. Nada se mueve, el perro descansa, los gatos, pura elasticidad, permanecen en reposo.
Los cuadros recogen ese momento en el que el mundo permanece detenido, no significa que haya desaparecido el ritmo que marca la vida. La casa, la ciudad, el trabajo, quedan lejos, puertas afuera, instante que el pintor atrapa.
¿El espectador, qué ve aquí? Las telas tienen apariencia de flores diversas, estancias, terraza, frutos, objetos personales, todo ralentizado. Asistimos a ese instante que precede a la quietud, cuando la mano se abre y deja caer, sin voluntad alguna, el objeto olvidado, como si su propio peso descubriese el abandono de la conciencia.
El diálogo entre la serenidad, reposo absoluto, y, el espectador, que es movimiento, distracción, olvido y memoria, comienza a producirse.
Vicente Viudes
La palabra y el silencio que convocan, dice y calla, ahora, nos llevan frente a la luz que exaltan estos cuadros, el interior, que no vemos, también es luminoso. La realidad se parece a una granada recién abierta, en la que sus mil granos brillan como granates. Estas flores, perros y gatos, la mujer que duerme, poseen un enigmático interior, especie de prólogo que nos asoma a un misterio menor, aunque misterio, próximo y lejano, puerta entreabierta, libro cerrado.
En esta exposición encontramos el carro, los burros y mulas que con la madrugada han atravesado el Puerto de la Cadena, homenaje a aquellos huertanos que limpiaban su cuerpo en un Novenario. La mujer, agotada descansa al pie de una palmera, al frente las islas. De este mismo autor, hay un pequeño cuadro que quiero recordar, se expone en el Museo de Bellas Artes de Murcia, titulado “Murcia en la Guerra del 36”, muestra una cuerda de la que penden camisas blancas.
Sin duda estamos en la huerta, hay palmeras al fondo, con el pie en la acequia, bancales sembrados. No vemos a nadie, no hay casas, se define por lo que no hay. Ningún labriego trabaja esta tierra. Las camisas infladas por la brisa, muestran el vacío, el hueco de los que se han ido, parece que reclamasen a sus dueños. Estas camisas blancas, convocan a aquella de Goya en el Fusilamiento del 3 de mayo. Sin duda. es un símbolo. El pintor ha eliminado restos de bombardeos, armas y soldados, víctimas. La guerra ha sido la causa de esta soledad, la angustia de estas camisas, cuyos dueños están lejos. Quien ha hecho este cuadro, sabe que la alusión es más elocuente. Ha eliminado elementos para dejar lo esencial, de ahí que, el espectador, tenga la impresión de que se quiere relatar más, que, sin duda, dice, ¿qué sea?, corresponde a los atentos visitantes.
Si tuviese que compararlo con algunos libros, cuya presencia también es quietud, silencio, reposo, quizá me inclinaría por una poesía clásica, nuestros escritores renacentistas, elegiría a Garcilaso, endecasílabos y heptasílabos recién descubiertos, claro que, sin duda, pasaría a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de León a Santa Teresa. Porque en ellos el lector respira otro aire, en el que los objetos parecen flotar, como si hubiesen encontrado el lugar donde, cansados de sí mismos, descansasen.
Ocurre que, si estos lienzos fuesen textos, seguro que harían referencia a un abandono de lo humano para dar con otra cosa. La fragmentación que caracteriza a todo lo que el hombre tiene a su alcance, se ha transformado en reposo, y, su estabilidad, ha soldado lo que está a nuestro alcance y le ha concedido una unidad. Alcanzamos esa duermevela por la que superamos la distracción en la que vivimos para dar con estas flores exactas, como si fuesen resultado de una operación matemática, ecuación perfecta. Nada falta ni nada sobra.
Algunos de estos cuadros nos remiten a la vida retirada de Fray Luis, aquel huerto próximo a Salamanca, donde sitúa “De los nombres de Christo”:
“Era por el mes de junio, a las vueltas de la fiesta de San Juan, al tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios…”
Hay unas composiciones, marcadas por la presencia de perro y gatos, uno de ellos, cazador impenitente, atento al pájaro enjaulado, cuya altura quizá lo salva del salto mortal.
La luz se produce por una fusión de colores ajenos a la oscuridad y es percibida por el espectador, también la que subyace en el interior, recuerda a la noche oscura, aquella en la que, alcanzada la perfección, “sin otra luz ni guía”, traspasamos la frontera del propio cuadro y descubrimos otra unidad.
El pintor se aleja de reproducir los objetos como piezas que podemos tocar, no es el tacto su sentido dominante. Ofrece lo que ve, sublimado, intensificado por la quietud y el color. Estamos ante objetos que conocemos, con los que hemos convivido, entramos en esa “eternidad” que aparentan los seres vivos, captados, atrapados, en la quietud enigmática, misteriosa, en la que viven, porque mientras permanecen representan una dimensión doméstica, lejos de la gloria, de la desmesura, representan la humildad, la casa sosegada, el beato sillón, este mundo que tenemos a nuestro alcance.
Bodegón Homenaje a Archimboldo
[1] Nota del Ed. Vicente Viudes Martínez nació en Murcia en 1916 y murió en Marbella (Málaga) en 1984. Pintor, escenógrafo y figurinista, también muralista e interiorista. Es una de las figuras sobresalientes del arte de la posguerra española. Se formó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Su pintura destaca por el color y la viveza de las formas, así como por la maestría del retrato y por captar el ambiente a modo de expresión anímica del modelo retratado. El poeta José Hierro definió así su pintura: “un arte hecho de mesura, de sosiego, de equilibrio, para salvar de su fugacidad las cosas serenas”. Trabajó como pintor, escenógrafo y figurinista para los teatros María Guerrero y El Español, y para el director y empresario teatral Luis Escobar, entre otros; y también realizó murales para el Teatro Real de Madrid, para cines de la capital y palacios de autoridades de varios países africanos. Sus obras están expuestas en galerías europeas y americanas, y se encuentran en las más importantes colecciones privadas.
[2] Más información en estos enlaces:
. Murcia Empresa:
https://www.murcia.com/empresas/noticias/2025/12/11-el-alma-de-color-de-vicente-viudes-revive.asp
. Museo de Bellas Artes de Murcia (Comunidad Región de Murcia, España):







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