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lunes, 3 de julio de 2023

LOS MUNDOS DE VERMEER. Por FRANCISCO JARAUTA. PUBLICADO EN ÁGORA-Papeles de Arte Gramático N. 20 (Nueva Col). Julio 2023

 

                                                                                               La vista de Delft. J. Vermeer

 

 

LOS MUNDOS DE VERMEER

 

 

por FRANCISCO JARAUTA [1]

      

 

En abril de 1921 Marcel Proust, un año antes de su muerte, le pide a su amigo Jean-Louis Vaudoyer acompañarle a visitar la exposición de arte holandés, abierta en la Sala del Jeu de Paume en las Tuileries. Ambos comparten la misma fascinación por la pintura holandesa, fascinación esta vez aumentada por la presencia de cuatro obras de Vermeer en la exposición, entre ellas La vista de Delft. Proust, que había ya contemplado esta obra en el Maurithshuis de La Haya con ocasión de su viaje a Holanda de 1902, volvía ahora a encontrase con "la pintura más bella del mundo" tal como escribe en carta a Vaudoyer de mayo de 1921. Vaudoyer por su parte ya desde su primera nota en L'Opinion del 30 de abril habla de "Le mysterieux Vermeer", motivando así la ansiedad proustiana acerca del pintor holandés al sugerir una lectura que intentaba explicar la atracción singular y profunda que sus obras ejercían sobre nosotros y que ningún otro pintor producía. El "misterio" de Vermeer residía en primer lugar en los efectos sorprendentes que sus obras producían en el espectador moderno, conocedor de las tradiciones pictóricas. Efectos derivados necesariamente de la particularidad de su técnica, sus métodos, la variación de los pigmentos aplicados, la luz, la utilización de recursos ópticos como la camera obscura que utilizaba en la composición de sus cuadros a lo largo de los 22 años de trabajo en Delft, entre 1653 y 1675.

          Daniel Arasse, en sus estudios sobre Vermeer, ha insistido en la complejidad de los procesos, en los planteamientos ópticos que servían a Vermeer como procedimientos en la composición de sus cuadros, asociados siempre a un particular tratamiento de la luz y a una poética que da a su obra la fascinación misteriosa que Proust señalara. Como más tarde podremos observar en las admirables páginas de la Introduction à la peinture hollandaise que Paul Claudel publicara en 1935.

          Las condiciones culturales de la Holanda del siglo XVII, afirma Claudel, hacen posible una mirada que recorre por igual los momentos más íntimos y aquellos otros que dan cuenta de la vida doméstica, llevada a la expresión feliz de una sociedad que dibuja ya su lugar en el mundo. Hals, Rembrandt, Vermeer... representarán los momentos más significativos de una historia en la que Vermeer ocupará un lugar singular. Su obra posee una estructura propia que nos muestra un sistema particular de equivalencias que hace que todos los momentos del cuadro indiquen la misma desviación, tal como observa Merleau-Ponty en La prose du monde al hablar de una structure Vermeer.

          En efecto, podríamos decir que Vermeer significa esta singular forma de entender la pintura, inscrita en las prácticas pictóricas de su época, pero derivadas hacia una nueva manera de pensar y representar un mundo que se ilumina, dirá Paul Claudel, en un esplendor incomparable.

          Pocas obras representan mejor esta fascinación del mundo de Vermeer como La vista de Delft. Este tipo de pintura es inhabitual en la obra del artista. La mayor parte de sus obras -34 ó 35 cuadros- reproducen interiores discretamente ordenados en los que se muestran un buen número de objetos de la vida familiar del artista. La vista de Delft es una temática distinta. Se trata de una vista particular de Delft, vista desde el sur, proyectada al norte.

          Frente al triángulo de agua que ocupa el primer plano se elevan las puertas de Schiedam y de Rotterdam. La puerta de Schiedam con su torre del reloj y la de Rotterdam con sus torres gemelas. Las nubes amenazantes oscurecen el primer plano del cuadro, por el contrario el centro de la ciudad se ve iluminado por una luz intensa. Los tejados de tejas rojas de las casas que bordean los canales de Delft brillan intensamente al igual que la torre de la Nieuwe Kerk. Estamos en Delft en la primavera de 1660.

          La vista de Delft pertenece a una tradición de pintura topográfica, frecuente en la tradición holandesa, atenta a representar sus ciudades. Normalmente en este género domina el énfasis arquitectónico, una vez que la arquitectura añade un valor simbólico a la historia. En segundo lugar, quedan las referencias a las actividades comerciales y tradicionales.

          Al pintar La vista de Delft Vermeer se aleja de este punto de vista topográfico. Una diferencia fundamental reside en la manera expresiva con la que Vermeer ejecuta la obra. Ningún pintor topográfico hubiera situado el primer plano del paisaje urbano en sombra, tal como Vermeer hace, y no sólo para sugerir la inmensidad del cielo, sino para atraer la atención hacia el centro soleado de la ciudad. Ningún artista topográfico hubiera ido más allá de un cierto realismo descriptivo para crear una atmósfera sugerente sobre la historia y el carácter de la ciudad.

          La precisión en la ejecución del trabajo -todavía más visible tras la restauración de 1994- nos muestra cómo La vista de Delft es no sólo una excepción en el conjunto de la obra vermeeriana, sino que representa un momento fundamental de sus planteamientos. La presencia física, la serenidad y la belleza de Delft están ahí para ser admiradas, pero desde lejos. Es imposible acercarnos a la ciudad desde el lugar que Vermeer ha elegido para pintarla. La línea de sombra y las puertas de Schiedam y de Rotterdam recuerdan la historia de Delft. La luz que llena el centro de la ciudad le da una dimensión a la vez simbólica y cultural.

          El acento más poderoso, sin embargo, es el que Vermeer señala al iluminar de forma particular la torre de la Nieuwe Kerk, símbolo de la ciudad. No sólo está situada en uno de los extremos del amplio mercado, centro de la vida comunitaria de Delft, sino que es en la Nieuwe Kerk donde descansan los restos de Guillermo, expresando así los lazos estrechos de Delft con la Casa de los Orange.

          La vista de Delft es, además, el escenario fantástico en el que Vermeer situará todas sus historias, las figuras que trazan la secuencia de sus interiores, las mujeres que esperan un mensaje lejano o un billete de amor, o todos aquellos elementos y curiosidades que Vermeer expondrá con admirable discreción y que hacen referencia a la importante vida comercial y económica de Delft. Ahí están presentes los almacenes de la Oost-Indisch Huis, la Casa de las Indias orientales, centro de una vasta red de intercambios comerciales que hizo de Delft una ciudad floreciente. Como también será en Delft donde se sitúen todas aquellas historias suspendidas, que vendrán imaginadas a partir de todos aquellos viajes que la rica cartografía que Vermeer convierte en motivos decorativos de sus interiores, señalando así aquellas distancias lejanas recorridas por los mercantes holandeses en clara competencia con los portugueses a los que pronto superarán.

          Y será en Delft donde acontezca ese momento en el que Vermeer afirme el extraño reconocimiento de la singularidad, produciendo una atmósfera en la que lo privado se transfigura dando lugar a una pintura que ha pasado a la historia acompañada de su propia leyenda. Fueron las ya lejanas anotaciones de Eugène Fromentin en su Les Maîtres d'autrefois las que sugirieron una curiosidad nueva por los temas principales de la pintura holandesa. Atención que por lo que a la obra de Vermeer se refiere se concretó en los estudios de Thoré-Bürger hacia 1866, quien propuso el primer catálogo razonado de la obra de Vermeer. O hasta el trabajo más cercano a nosotros de John Michael Montias al establecer ejemplarmente la biografía y contextos culturales de Vermeer.

          En todos ellos dominará la misma fascinación, el singular enigma, la emoción misteriosa y excepcional que acompaña su obra y que hallará en el testimonio de Proust, tras la visita a la exposición de 1921, aquella extrema emoción, que quedará siempre asociada a la muerte de Bergotte en La Recherche: Petit pan de mur jaune, refiriéndose al muro iluminado de La vista de Delft, y que Proust admirará como una preciosa obra de arte chino.         

 

                     

 

                                                       Señora escribiendo una carta con su criada (detalle) Jan Vermeer 

           

        Si la mirada de Vermeer se había orientado a registrar con atención los momentos más luminosos de Delft, sus interiores, sus mujeres, sus hombres galantes, las lecciones de música o aquellos otros temas que como la lechera, la bordadora, le servían para ensalzar los trabajos más sencillos, es ahora, en torno a 1668 y 1669, que Vermeer acomete el trabajo de dos cuadros fundamentales en el conjunto de su obra y que pueden ser considerados como complementarios: El Geógrafo y El Astrónomo.

         

                                                                      El Geógrafo. J. Vermeer

 

            El siglo XVII es una época de descubrimientos que amplía los ya realizados a lo largo de los dos siglos anteriores. Estos descubrimientos y la correspondiente navegación comercial que los acompaña estimuló la idea de la construcción de una cartografía del mundo, ajustada a los nuevos conocimientos. No sólo viajeros y comerciantes, sino también geógrafos y astrónomos coincidían en este proyecto. En efecto, la historia de la cartografía nos muestra cómo en un breve periodo de tiempo entran ricas colecciones de mapas que pasan rápidamente a ilustrar los interiores burgueses holandeses, tal como aparecen en un buen número de cuadros de Vermeer. Sobre los muros una y otra vez uno y otro mapa que rápidamente señala el destino de un viaje, la espera paciente o ansiosa, distancia sólo superada por el maravilloso recurso a las cartas que interrumpen el tiempo de la espera con el perfume de aquellas Indias orientales que ya eran paisaje familiar para los viajeros holandeses.

          En aquellos años las casas de edición de Amsterdam como Houdius, Blaeu, Visscher y otras ponían a disposición del gran público importantes colecciones cartográficas que en su conjunto tenían la función de apaciguar la ansiedad del tiempo de la misma forma que confirmaban la idea de tener a la mano las medidas de la tierra y, pronto, las leyes que la gobiernan.

          El Geógrafo de Vermeer es ante todo un sujeto excitado por la curiosidad intelectual. Rodeado de mapas terrestres y marinos, de libros y de un globo terráqueo, mira hacia la ventana con un gesto de observación atenta, teniendo en su mano izquierda un libro y en la otra un compás de punta seca. Sobre la mesa desplegado un mapa marino posiblemente. Vermeer pinta no tanto las cuestiones que pueden inquietar al Geógrafo sino su actitud intelectual, su gesto dominado por una profunda curiosidad.

          La composición decidida por Vermeer no descuida ningún detalle y las variaciones y correcciones que establece, todas están orientadas a conseguir el efecto deseado. La iluminación en diagonal da al cuadro una tensión añadida que se complementa con la distribución de aquellos objetos que le acompañan. La carta marina que decora el muro del fondo muestra todas las costas marinas de Europa y fue compuesta por Willem Jansz. El globo terrestre fue publicado en Amsterdam en 1618 por Jodocus Hondius y al parecer era propiedad del mismo Vermeer. 


          Como tampoco habría que olvidar la riqueza de las telas, la dignidad con la que Vermeer interpreta tanto a Geógrafo como a Astrónomo. Este último cuadro, firmado en 1668, nos permite identificar un tratamiento sofisticado de los instrumentos cartográficos y libros, al igual de la figura que interpreta tanto a uno como a otro. Fue sin duda Anthony van Leeuwenhoeck, el famoso constructor de microscopios de Delft y que más tarde será designado como administrador de la herencia de Vermeer, quien despertó en el pintor esta especial curiosidad por el mundo científico y por la óptica en particular. Las afinidades personales, su larga amistad dan hoy por seguro que el modelo que sirvió para interpretar al Geógrafo y al Astrónomo fue el mismo Van Leeuwenhoeck.

   

 

                                                                                                El Astrónomo. J. Vermeer

 

          El Geógrafo y El Astrónomo dan a la obra de Vermeer una nueva dimensión. La precisión con la que decidió todos los detalles en su Vista de Delft transformaba el espacio de la ciudad en un lugar en el que, por una parte, acontecía todo lo cotidiano y, por otra, esta misma cotidianidad se transfiguraba en aquellos momentos en los que la realidad supera sus límites objetivos para ser otros mundos posibles. La Holanda del XVII vivía esa tensión maravillosa que la curiosidad y el deseo aunaban en sus diferentes empresas. Cuando Descartes pasa por Amsterdam en 1631, la ciudad le parecerá un inventaire du possible. Todo era posible en aquella ciudad que había pasado a ser el emporio al que regresaban los grandes mercantes de las Indias orientales. Perlas, porcelanas, tejidos... se sumaban no sólo a la sensual curiosidad de los ciudadanos de Amsterdam o de Delft, sino que al mismo tiempo transformaban sus gustos y formas de vida.

          Pero hay algo más y es justamente la reflexión que Vermeer introduce con los cuadros de El Geógrafo y El Astrónomo. El siglo XVII es el siglo del globo terráqueo, es decir, del globo que describe la relación entre tierra y agua en el sistema de los continentes y de los océanos, regidos ahora por aquellos límites o fronteras que los viajeros y exploradores han descubierto. Y es entonces que nace la figura del geógrafo moderno a quien se le encarga el trabajo de construir aquellas representaciones que puedan ser no sólo contrastadas en su certeza sino que también sirvan para los nuevos viajes y rutas que ya en el siglo XVIII recorrerán todos los océanos.

          Desde la ciudad de Delft, Vermeer recorrerá los dos mundos que desde el inicio se encontraban en el espacio de su ciudad. Una geografía afectiva de sujetos que se transfiguran en sus telas mostrando la tensión de quien ha descubierto otros mundos posibles. Y aquella otra que tiene que ver con el orden del mundo y su representación.

 

 

                                                                 F. Jarauta. Festivalfilosofía

 

 

 

Francisco Jarauta. Filósofo. Catedrático de Filosofía en la Univ. de Murcia. Profesorinvitado por universidades europeas y americanas, es especialista en historia de las ideas, filosofía de la literatura y arte. Su primera obra fue sobre Kierkegaard: Los límites de la dialéctica del individuo (1975). Se ha interesado especialmente por pensar la época de la globalización y por la escritura, con títulos como: Globalización y fragmentación del mundo contemporáneo (1997), Escenarios de la globalización (1997), Mundialización / periferias (1998), J. Ruskin: Las piedras de Venecia (2000), Poéticas/Políticas (2001), S. Mallarmé: Fragmentos sobre el libro (2001), Teorías para una nueva sociedad (2002), Desafíos de la Mundialización (2002), Nueva economía. Nueva sociedad (2002), Después del 11 de Septiembre (2003), Oriente-Occidente (2003), Gobernar la globalización (2004), Escritura suspendida (2004). Ha estudiado en profundidad el arte contemporáneo, y la arquitectura en primer lugar, como marcador del espacio político: Conversaciones sobre la arquitectura (2007); y ha dirigido exposiciones internacionales, como Arquitectura radical (2002), Micro-Utopías. Arte y Arquitectura (2003), Desde el puente de los años. Paul Celan – Gisèle Celan-Lestrange (2004), Matisse y La Alhambra (2010), Colección Christian Stein (2010), El hilo de Ariadna (2012), Colección IVAM. XXV Aniversario (2014). En abril de 2023, inauguró en Vigo las 39 Jornadas sobre Filosofía con una conferencia sobre arte.

 



[1] Agradecemos a Francisco Jarauta la publicación este texto escrito con motivo de la exposición del Rjksmuseum. Publicado primero en La Opinión de Murcia, 8-3-2023.

 

miércoles, 15 de marzo de 2023

COLOR Y LÍNEA, LA MAJA DESNUDA. Ensayo de José Luis Martínez Valero /Ut pictura/ Avance de Ágora n. 17/ Marzo 2023


                                             


 

COLOR Y LÍNEA, LA MAJA DESNUDA

 

por José Luis Martínez Valero

 

 

En el arte siempre hay un carácter anticipatorio, sería excesivo decir profético, página y cuadro siempre advierten. Me limitaré a decir las cosas que he visto en algunos autores de los primeros años del siglo XX. Quiero referirme a dos novelistas, Blasco Ibáñez y Gabriel Miró, cuyo origen levantino quizá no sea indiferente. Agrego algunos textos poéticos, que estimo representativos, para dar cuenta de estos cambios. 

¿Qué vieron los primeros espectadores en Picasso, Juan Gris, Lissitzky, Kandinsky, Malévitch,…?  Sin duda, algo que pertenecía al futuro. Los nuevos tiempos hacen desaparecer los salones recargados del XIX, con grandes paredes, altos techos y las casas singulares modernistas. Sin embargo, en ese momento, cuando el paisaje, el árbol, el río, el rostro, la figura humana se convierten en mero pretexto, las obras exigen otro diálogo y aparecen distorsiones, puntos, cuadrados, triángulos, manchas, colores sin referente reconocible. ¿Es la ciudad y su vértigo? ¿Ese espacio en el que conviven espectadores y lectores, donde las obras y las vidas de sus autores transcurren?

Juan Ramón había admitido en El diario de un poeta reciéncasado, 1917, que Nueva York había creado otra naturaleza, en la que era fácil confundir la luna del anuncio y la luna celeste, el relámpago con el chispazo que reiteradamente se repite, el día y la noche. Transmutación que convierten al hombre en esa masa que lo llena todo: los que van al trabajo, quienes vuelven del trabajo. Federico García Lorca con Poeta en Nueva York, 1929-1930, ofrece una imagen surrealista, indaga en el alma sufriente de las gentes que habitan una ciudad cuyas dimensiones sobrepasan lo humano.  ¿Estas novedades son suficientes, por sí mismas, para provocar una ruptura? Lo reconocible desaparece y, sin embargo, el pintor sigue ahí, el color y la línea continúan siendo elementos esenciales, tal como debió ocurrir cuando se introdujo la perspectiva, cuando la luz cenital bañaba parte de la composición, cuando apareció el abismo en las pinturas negras de Goya.

Pronto los modelos, el objeto, dejaron de ser materia básica en el diálogo que se establece con el cuadro y su temática. El espectador se sorprende como si descubriese otro mundo, ha de buscar el resorte que le ponga en comunicación con este objeto que es ahora color y diferentes líneas sobre un plano, enmarcado en la pared, al que reconoce como cuadro.

La obra no se entrega directamente, exige otra manera, más reflexiva, no conmueve. Quizá porque no encontró otro término más impactante, Ortega, habló de la deshumanización, que algunos han estimado como si el nuevo arte fuese ajeno a lo que la tradición entiende como humano, como si desconociese que las figuras esquemáticas de las pinturas prehistóricas no hubiesen existido. De ahí que considerara que era más mental que sensual. Exigía una interpretación, un esfuerzo intelectual, se trataba de una pregunta a la que habría que responder.    

Blasco Ibáñez escribe La maja desnuda, en 1906. El protagonista, Renovales, pintor de origen modesto, especialmente dotado, apasionado por La maja desnuda de Goya, ha recibido su formación en Madrid, Roma, París y Venecia. Tras obtener importantes premios, se convierte en el más apreciado, ocurre en una sociedad madrileña ramplona, donde domina el caciquismo, el favoritismo, el aparentar antes que el ser, con un cotilleo, maledicencia, que forma parte de esta orientación, alejada de la libertad creativa.

Entre tanto, en ese mismo Madrid, se concretan otras actitudes, resultado de La Institución Libre de Enseñanza que, poco después, cristalizarán en la Junta para Ampliación de Estudios y la creación de la Residencia de Estudiantes.

Por algunos antecedentes: capacidad especial para el dominio de la composición, manejo del color, la luz, se pudo inspirar en la figura de su amigo Sorolla; otros piensan que también podría ser José Benlliure, ambos nacidos como él en Valencia, ambos figuran como referentes iniciales en la carta-confesión que dirige en 1927 a Isidro López Lapuya, para dar cuenta de su infancia y adolescencia. Sin embargo, más acertado sería pensar que, a modo de trasposición pictórica, es el mismo Blasco Ibáñez a quien descubrimos bajo el “atrezzo” de pintor.

Renovales, que ha pasado muchos años en Italia y en Francia, vuelve al Prado, de nuevo se enfrenta con La maja desnuda, asistimos a este encuentro:

-¡La maja de Goya!...¡La maja desnuda!... 

El pintor contempló con delectación aquel cuerpo desnudo, graciosamente frágil, luminoso, como si en su interior ardiese la llama de la vida, transparentada por las carnes de nácar. Los pechos firmes, audazmente abiertos en ángulo, puntiagudos como magnolias de amor, marcaban en sus vértices los cerrados botones de un rosa pálido. Una musgosa sombra apenas perceptible entenebrecía el misterio sexual; la luz trazaba una mancha brillante en las rodillas de pulida redondez, y de nuevo volvía a extenderse el discreto sombreado hasta los pies diminutos, de finos dedos, sonrosados e infantiles.

Era la mujer pequeña, graciosa y picante; la Venus española, sin más carne que la precisa para cubrir de suaves redondeces su armazón ágil y esbelto. Los ojos ambarinos, su malicioso fuego, desconcertaban con su fijo mirar; la boca tenía en sus graciosas alillas el revuelo de una sonrisa eterna; en las mejillas, los codos y los pies, el tono de rosa mostraba la transparencia y el fulgor húmedo de esas conchas que abren los colores de sus entrañas en el profundo misterio del mar.

 

El núcleo de la novela lo constituye el rechazo de la esposa del artista ante su propio desnudo, quien, tras haber servido como modelo, revela toda su belleza, la plenitud de su cuerpo. Mientras el pintor ve en el cuadro el triunfo del color, de la forma, de la luz, una armonía que la convierte en su mejor obra; ella, por el contrario, descubre el mal, convierte al cuadro en el objeto donde han cristalizado sus prejuicios, piedra de escándalo, donde a través de su cuerpo se ha hecho visible todo lo pecaminoso. Este miedo al desnudo, producto de una educación represiva, propio de una sociedad hipócrita, le inducen a romper en mil pedazos la obra, asistimos a un auto de fe que socava los lazos matrimoniales. 

El hombre y la mujer en nuestra tradición judeo-cristiana descubrirán el desnudo, cuando son expulsados del Paraíso y buscan con qué cubrirse. ¿Qué significa? los exiliados echan de menos aquel encuentro virginal del mundo, el desnudo había sido un hábito sagrado.

El desnudo, como expresión de lo bello se muestra en la poesía de la época ¿Puede ayudarnos a comprender el nuevo arte? Se trata de recuperar la emoción primera, elemental. Trata de mostrar el cuerpo tal como es, sin que nada entorpezca su conocimiento, supone lo oculto, invisible. Podríamos decir que ese cuadro, que la mujer del pintor destruye, víctima de prejuicios, representa la creatividad, quitar el velo, tal como ocurre en ese hermoso cuento donde el rey va desnudo, en el que alguien ajeno hace ver a todo un pueblo la verdad y lo libera de ese respeto a las normas anticuadas, que suceden como obediencia ciega.  

En el poema prólogo de Cantos de vida y esperanza,1905, Rubén Darío, nos dice: El alma que entra allí debe ir desnuda, / temblando de deseo y fiebre santa, / sobre cardo heridor y espina aguda:/ así sueña, así vibra  y así canta. 

La desnudez supone aquí la pureza, libre de toda atadura, el alma, esto es, el ser mismo, ha de entrar en el mundo de la poesía, cuando se ha despojado de toda ambición, el poeta se ha emancipado de ese yo, donde el orgullo, la soberbia, hacen creer que se trata de algo que le corresponde. La desnudez se convierte en un acto de humildad. 

Poco después agrega: Por eso ser sincero es ser potente; / de desnuda que está, brilla la estrella; / el agua dice el alma de la fuente/ en la voz de cristal que fluye d´ella.

En esta segunda aparición, la referencia al desnudo es paralela a la sinceridad. El poema es el espacio de lo auténtico, de algún modo se busca la verdad, no valen falsos atajos. El poeta se sitúa ante el poema desde la escasez de que dispone y también desde la abundancia de aquello que nos hemos propuesto. Estamos en el Modernismo, la lucha contra una retórica acabada. Los modernistas van a escandalizar a los viejos.

Juan Ramón Jiménez, amigo, admirador de Rubén Darío, en su libro Eternidades, 1917, quinto poema: Vino, primero, pura, reflexiona sobre el cambio producido en su poesía. Frente al lujo, la riqueza, aboga por una poesía sencilla, desprovista de todo adorno, triunfo de lo esencial, búsqueda de la brevedad. Quizá convenga recordar el poema completo:

Vino, primero, pura,/ vestida de inocencia. / Y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo/ de no sé qué ropajes. / Y la fui odiando, sin saberlo.

Llegó a ser una reina, / fastuosa de tesoros…/ ¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

…Mas se fue desnudando. / Y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica / de su inocencia antigua. / Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica, / y apareció desnuda toda…/ ¡Oh pasión de mi vida, poesía / desnuda, mía para siempre.

 

Tras el proceso ascético, supresión de elementos que tientan a los sentidos, pero apartan de la verdad, de la auténtica poesía, parece que se hubiese alcanzado un estado en el que nada se desea, porque ya se vive la contemplación, estamos en la vía unitiva, donde todo cesa. Si se pone en relación con la manera de ver el nuevo mundo pictórico, deducimos que el conocimiento del arte requiere otra disposición, serán otros los elementos que valoremos, como también otra la composición.

Emilio Prados en Cuerpo perseguido, 1927-1928, poema segundo de Memoria del olvido, dice así: Cerré mi puerta al mundo; / se me perdió la carne por el sueño…/Me quedé, interno, mágico, invisible, / desnudo como un ciego. / Lleno hasta el mismo borde de los ojos / me iluminé por dentro. / Trémulo, transparente, / me quedé sobre el viento,/ igual que un vaso limpio / de agua pura/ como un ángel de vidrio/ en un espejo.

Desnudo como un ciego es un verso estupendo. El ciego debe contemplar el mundo desnudo, desprovisto de todo ropaje, en toda su pureza, nos lleva a una nueva plenitud de goce artístico.  

Jorge Guillén en su extenso poema: Salvación de la primavera, octubre de 1931, publicado en la Revista de Occidente, CXIII, 1932, incluido en el segundo Cántico, 1936. Primera parte, primeros versos:

Ajustada a la sola / Desnudez de tu cuerpo, / Entre el aire y la luz / eres puro elemento.

¡Eres! Y tan desnuda, / Tan continua, tan simple / Que el mundo vuelve a ser / Fábula irresistible.

En la primera cuarteta asonante destaca la desnudez que la considera puro elemento, es decir, principio básico, parte esencial, naturaleza. No hay otra trascendencia que el reconocimiento de su elementalidad. La segunda estrofa declara que el mundo vuelve a ser conocido, reconocido porque es fábula, palabra. La realidad de ese mundo puede ser contado. Más aún, si es fábula irresistible, significa que la maravilla que resulta al ser formulado, convierte la realidad de este encuentro en irresistible.

El origen de esta manera de contemplar las artes plásticas y la poesía probablemente esté en el primer desnudo, después de haber vivido la plenitud paradisíaca; el artista y el poeta trabajan para recuperar un contacto puro, la comunión que se establece entre obra y lector. Porque, como diría Jorge Guillén, los ojos no ven, saben.

Finalmente quiero recordar el poema Cuadro cubista, que pertenece a Jacinta la Pelirroja, 1929, obra de José Moreno Villa, poeta y pintor, dice así: Aquí te pongo guitarra, / en el fondo de las aguas/ marinas, cerca de un ancla. / ¿Qué más da / si aquí no vas a sonar? / Y vas a ser compañera/ de mi reloj de pulsera / que tampoco ha de marcar / si es hora de despertar. / Vas a existir para siempre/ con la cabra sumergida, / la paloma que no vuela, / y el bigote del suicida./ Tiéndete bien, entra en forma, / sostén tu amarillo pálido/ y tu severa caoba; /conserva bien las distancias / o busca la transparencia. / Lo demás no me hace falta. 

 

 


 

 

Algo que Magritte, ese mismo año, resumió en: “Esto no es una pipa”. En el poema de Moreno Villa los objetos, animados o inanimados que forman parte de la obra, han perdido toda funcionalidad fuera del cuadro, son reducidos a formas y colores, de ahí que el espacio donde se dispongan sea tan inadecuado como la reunión de ese conjunto, El artista como un pequeño Dios conforma su mundo, de ahí que finalmente se diga: Lo demás no me hace falta.   

Gabriel Miró compone La novela de mi amigo, 1908, donde conocemos la pobre vida de un pintor, cercado por unas circunstancias ajenas al mundo del arte. En el capítulo tercero que titula Proteo asistimos a un episodio que marca la disposición metamórfica de la pintura. El pintor muestra a su amigo el último trabajo que dice ser una hermosa muchacha que ha descubierto en sus andanzas por los campos. Tiene cierto sabor kafkiano:

Al escuchar las últimas palabras me alcé, aterrado, para mirar el apunte.

- ¿Qué le pasa?- gritó mi amigo.

- No me ocurre nada…¿Pero eso que usted ha pintado no es un fraile?

- Fraile, fraile es.

- ¡Si usted dice que su modelo fue una moza!

- Y es cierto. Moza era; pero la fui viendo fraile, y me gustó hacer un lego en faena huertana. Esto me sucede con frecuencia. No es informalidad artística; tampoco inquietud. Todo modelo delante de mí se modifica en un proteísmo irresistible…, y además, he pintado ya muchas campesinas, y como usted tiene ya otro asunto así… ¿No le resulta más esto? ¿Qué le parece? ¿Puedo modificarlo fácilmente si quiere?...

Y mi amigo se redujo, se hundió de nuevo en su encerramiento de cortedad y tristeza de mercader hebreo. Y como yo, gustaba más de sus exaltaciones encontradas y pintorescas cuando decía sus andanzas, le pedí que se sentase, aplaudiéndole la visión del fraile.

 

Dice Juan Gris que el artista compone el cuadro con una idea, significa que, el proyecto, definitivamente, es lo que importa. La realidad de la obra es un cuarto oscuro que el pintor sorprende, cuando abre la puerta. A menudo lo real sería un obstáculo que hay que superar, desnudar. En esta visión, la moza se ha convertido en un fraile, porque quizá es la mejor expresión que puede encontrar para que se muestre el sentido religioso del trabajo que durante siglos siempre ha sido el mismo, y el sexo, la vestimenta carecen de importancia.

Que Miró en estos primeros años del siglo trate estos “caprichos” del pintor protagonista, supone que está al día en esta distorsión de lo figurativo, en la ruptura de la fidelidad al modelo, sea persona, paisaje u objeto. Ese “proteísmo irresistible”, obedece a la voluntad de la idea, está en consonancia con la revolución que las vanguardias van a provocar en la mirada. El descubrimiento de una realidad, que seguro ha estado ahí siempre, pero que, ahora, desnuda, suprime elementos y ofrece otra visión más acorde con la abstracción, que supone la vida urbana. 

 

 

 


JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO nació en Águilas, en 1941. Es catedrático emérito de Literatura. Ha publicado, entre otros libros: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007), Plaza de Belluga (2009), La isla (2013), El escritor y su paisaje (2009), Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019) y Otoño en Babel (2022, ed. La fea burguesía, Murcia). Ha sido guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia. También es un notable aguafuertista e ilustrador. 

Ágora le ha dedicado, en su n. 14 (Nueva Col. diciembre 2022), un homenaje a propósito de su libro Otoño en Babel. Ver:
 

 

Nota: La foto del autor está extraída de la web de La Opinión de Murcia.

 

REVISTA ÁGORA DIGITAL / UT PICTURA/ ENSAYO / Marzo 2023