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martes, 18 de noviembre de 2025

La sociedad del cansancio. Comentario del ensayo de Byung-Chul Han (Herder, 4ª reedición, 2025). Por Fulgencio Martínez / Ágora digital

 

                                                                                           Byung-Chul Han. Fuente: La Vanguardia

 

 

 

LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO

 

 


 

Byung-Chul Han

La sociedad del cansancio

Herder. 4ª ed. Barcelona, 2025

Título original: Die Müdigkeitsgessellchaft

2016, Matthes & Seitz, Berlín

 

 

Importa hacer constar de entrada la fecha (señalada arriba) en que se publicó en alemán el libro La sociedad del cansancio (2016), aunque esta data no debió ser tampoco la de su primera edición, sino la de 2010, como se hace referencia en la página final de la traducción al español que hemos manejado: “La sociedad del cansancio se publicó por primera vez en 2010”. Su último capítulo, “El tiempo sublime”, se nos informa también de que “es el texto de la conferencia inaugural de la Trienal del Ruhr de 2015” (p. 118. op. cit). No entendemos del todo bien este juego de escondite editorial. Para mejor contextualizar esta obra, colección de ensayos breves, las fechas importan, pues, como constatamos, los textos fueron escritos antes de la pandemia y de la actual situación del mundo (rearme de los bloques, guerra de Ucrania, reactivación del peligro de guerra nuclear, alarma ante el terrorismo internacional y el neoconservadurismo y las nuevas autocracias disfrazadas de hegemonías democráticas, en fin, pérdida total del control y la seguridad nacional y de las economías particulares y nacionales dependientes de nuevo de órdenes trascendentes, de la realpolitik, gas ruso por ejemplo).

Es importante hacer esta introducción para recibir este libro del filósofo coreano educado en las Universidades alemanas, y seguidor de la filosofía de Heidegger y de Gadamer, Byung-Chul Han. Casi siempre, ante el montaje abstracto de las ideas y los conceptos, volvemos a mirar el suelo que pisamos. Nos sorprende, entonces, ver cómo las ideas, por más atractivas que parezcan y bien armadas dialécticamente, se caen como hojas de otoño a nuestros pies. Lo que queda de ellas, sin embargo, es lo más interesante, la enjundia que da que pensar y reflexionar, no al margen del contexto y la circunstancia, sino desde su contexto y su circunstancia hacia la nuestra. Sin cambiarles un ápice, ni maquillarlas.

Asombra que en el lapsus corto de años, desde 2010 a esta parte, haya cambiado tanto el mundo, ese mundo que describe y penetra muy finamente el filósofo-médico (en la tradición del mejor Nietzsche) de La sociedad del cansancio.

Han detecta, desde el primer apunte del libro, que habríamos pasado, en la primera década del nuevo siglo, de la sociedad inmunológica, autoritaria, a la sociedad del rendimiento, sobresaturada de positividad. De la sociedad moderna atenta a prevenirse o rechazar la negatividad, lo peligroso, o simplemente extraño o diferente al cuerpo social (siguiendo la metáfora de la salud del cuerpo), que analizó Nietzsche premonitoriamente en la figura del último hombre (en Así habló Zaratustra), a finales del siglo XIX; Freud a principios del siglo XX, y Foucault, a mediados de dicha centuria; a la “modernidad tardía” donde se han nivelado las diferencias culturales y el individuo está, sin embargo, sometido a propia voluntad (paradójicamente) a un régimen económico neoliberal de autoexplotación por el trabajo y el consumo (incluso dentro del llamado “consumo colaborativo”). Estas nuevas condiciones advenidas con el aposento de la globalización y la nueva masificación (la de los medios, Internet, móvil inteligente) ya en el final de la primera década del siglo XXI (constatamos que esa década supuso, en términos de aceleración, como un siglo de duración en el antiguo tiempo) conllevó consecuencias psicológicas graves: cansancio, depresión, agotamiento laboral y estrés de atención; consecuencias ya de algún modo irreversibles para el autor del ensayo.

Han achaca a Nietzsche no saber de economía (y, sin embargo, casi hace un comento literal de su análisis del último hombre, en el Zaratustra, y de su pedagogía, en Crepúsculo de los ídolos). Necesitaríamos aprender a mirar, a pensar, a leer y a escribir. Son las tres reglas básicas que aporta el pensador de Sils-Maria, y que básicamente repetiría cualquier pensador de ayer o de hoy (incluso cualquier pedagogo que no haya pasado por la tontuna de la Facultad de Ciencias de la Educación).

Han podría haber avanzado más en su obra, si, en vez de darle esa pequeña patadita a Nietzsche a costa de Marx (pero sin citar a este nunca en la obra, ni exponer en qué supuestos marxistas o neomarxistas se basa el autor coreano), hubiera leído La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset.  Aunque no emplea exactamente la expresión “hombre masa” orteguiana, a su vez inspirada en el último hombre del filósofo visionario suizo-alemán, el Nietzsche alpino (pues esas visiones zaraústricas le surgieron en la cumbre de la montaña suiza), Han sigue de algún modo los análisis de su maestro Heidegger en Ser y tiempo: existencia inauténtica, el “man” (el “se” de la existencia vulgar y alienada).

Lo importante, creemos, para este lector al menos, es el énfasis que pone Han en lo psicológico. El cansancio no es solo un achaque del nihilismo reactivo, de la vitalidad decadente, es un arma de doble filo y tiene dos caras intercambiables, lo cual le hace por ello muy peligroso cuando se instala en el cuerpo y el alma, como un bicho parásito para que el no tenemos ya defensas (pues ¡no estamos ya en la sociedad inmunológica!, vaya). El cansancio se presenta ambiguamente, como desgaste vital, falta de metas, de sentido; pero también como des-tensión, relajación. 

El cansancio, en su primer y mal aspecto, está analizado magistralmente en el capítulo dedicado a Bartleby, el héroe pasivo de la novela de Melville; recuerden: “preferiría no hacerlo”. Ese capítulo es excelente, lo mejor del libro de Han, analiza los “mitos” sobre Bartleby para deshacerlos y volver a mirar con realidad lo que significa el personaje de Bartleby, auténtico icono de la sociedad del cansancio, después de la lectura penetrante que hace Han, frente a la interpretación ontológica de Giorgio Agamben, interesante por otra parte. Escribe Han sobre este héroe del aburrimiento que es Bartleby: “Es un personaje que no entabla relación consigo mismo ni con nada. Es un personaje sin mundo, ausente y apático. Sería una hoja en blanco, en el sentido de que está falto de toda referencia al mundo y de que su vida carece de todo sentido. Ya la mirada triste y cansina de Bartleby desmiente la pureza de la potencia divina que supuestamente encarnaría” (p 61). Pues, en efecto, se la ha llegado a llamar héroe gnóstico, de la nada, de la rebeldía negativa ante la creación (el trabajo, la producción como metáfora de la creación divina y el mundo).  Es interesantísimo retener en ese pasaje la expresión “mundo” (“falto de toda referencia al mundo”, podemos imaginar a un jugador virtual, a un gamer, o a nosotros mismos cada vez más encerrados en nuestros mundos virtuales, en lo que también ha denunciado Habermas, en esas cámaras cerradas, de eco, en que se vive “el mundo” a través de internet y las redes sociales, que nos devuelven nuestra propia imagen de Narciso). Precisamente, en las páginas últimas del libro de Han La sociedad del cansancio, en el capítulo titulado “El tiempo sublime. La fiesta en tiempos sin festividad”, que es otro gran texto a destacar en esa obra, se dice: “Parece que lo tengamos todo, pero nos falta lo esencial: el mundo. El mundo ha perdido la voz y el habla. Incluso ha perdido el sonido. El ruido de la comunicación ha sofocado el silencio. La proliferación y la masificación de las cosas han desbancado al vacío. Cielo y tierra están repletos de cosas. Este mundo de mercancías no es para habitar.” Con eco, es evidente, de Heidegger, se nos habla de la pérdida de la morada. Incluso, añadimos otro “incluso”, nosotros mismos no somos sino mercancía que se expone (en Internet, en nuestros currículos y portafolios, en nuestros “comentarios” y valoraciones de mercancías y servicios…).

Pero, el cansancio también tiene una cara “positiva”; porque, recordemos, en nuestra era todo es positividad, se tiene alergia a lo negativo, a la duda, a lo extraño: lo que paradójicamente, nos convierte en débiles, faltos de defensas y de una respuesta inmunológica: necesitamos tanto las certezas positivas, las posibilidades que se nos ofrecen, de viajar, de consumir, de hacer y ser esto o lo otro, incluso cambiar de sexo o género a gusto particular, que morimos de positividad, de cansancio, ante el abigarrado mercadillo global que se nos pone al alcance. No tenemos tiempo ni energía discreta para decidir antes una cosa que queramos, o para no querer (la positividad e incluso la negatividad se nos imponen, prefabricadas y consumidas en serie). 

El cansancio es, en su lado malo, la respuesta de inhibición psíquica, vital, la caída en el marasmo (no confundir con la melancolía ni la tristeza, ni siquiera con esos males típicos de la era moderna, analizados por Freud, como la neurosis, la histeria, psicoanalíticas).

La relajación es la cara “buena” del cansancio, su versión positiva. Pero el “no me importa nada” sino tenderme en la playa -o ver pasar un burro por la calle en un pueblo andaluz, como dice en un texto Peter Handke- es otra de las mercancías positivas (remedios y cortafuegos) que nos vende el mercado. ¿Hay salida del círculo vicioso del cansancio? ¿El cansancio como píldora de des-tensión, o distensión, la repentina y fugaz euforia, no hacen que se suavice lo negativo, que ni siquiera nuestras alarmas se disparen ante la agresión y la manipulación? Se supone, dice Han, que el capitalismo global avanzado quiere identidades flexibles, no problemáticas, llenas de sentimientos positivos y de empatía. Cuando la libertad es la expresión más depurada de la esclavitud y la sumisión del homo laborante (y consumidor), ¿qué vamos a decir a esto, nosotros?

 

En suma, no he querido incidir, en mi comentario, sobre la inactualidad posible del libro La sociedad del cansancio. Sino resaltar y ahondar un poco en lo más filosófico del libro de Byung-Chul Han. Me ha descubierto un autor muy interesante (no había leído antes más que artículos suyos, y textos de otros sobre su obra); aunque en estas piezas ensayísticas hay muchas costuras sueltas y argumentaciones que debemos sobreentender... (además del típico recurso teatral al deus ex machina del capitalismo sea avanzado, delantero, zaguero o medio). El libro está escrito con claridad (y, además, es breve: poco más de cien páginas, con letra bien legible). Una buena lectura, recomendable para todo lector atento a este tiempo nuestro que cambia tan rápido, casi siempre dejando atrás a los libros publicados hace dos, tres o cinco años.

El autor de La sociedad del cansancio ha sido Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2025.

 

Fulgencio Martínez

miércoles, 1 de mayo de 2024

Español de todas partes. (Reflexión posterior al "lunes de Sánchez"). Diario político y literario de FM. Abril 2024

 

                       

 

 

 

 

 

 

 

 Nicolas Sakorzy fue presidente de la V República francesa y en 2021 fue condenado a tres años de prisión por delito de tráfico de influencias y corrupción. (Wikipedia).


 

ESPAÑOL DE TODAS PARTES

 (Reflexión posterior al "lunes de Sánchez")

 

He seguido la jornada del día lunes 29 de abril con auténtica expresión de español. Decía alguien que un español es lo más parecido a otro que hay en el mundo. Esta sospecha la confirmé hace algunos lustros. Estaba en Eurodisney, en París, con mi hija, entonces pequeña. Jugábamos a adivinar, entre las multitudes de turistas, qué grupos eran españoles. Antes de oírles hablar y de tenerlos cerca, mi hija y yo nos guiñábamos: mira, por ahí va una "cuadrilla", y por allí, otra. A los grupos anárquicos les llamábamos cuadrillas.

Este juego lo continuamos en las calles céntricas de París. Mirando las terrazas de los cafés, adivinábamos dónde había españoles; o por donde habían pasado. Las mesas y sillas en desorden; un parroquiano mirando al norte y otro al sur, uno frente a otro o incluso encima de otro. En cambio, el mobiliario de la terraza del café estaba en perfecto orden de revista cartesiana allí donde no había españoles (o no habían aún pasado paisanos míos); los parisinos (y turistas asimilados a la civilizada Lutecia) solían estar sentados codo con codo, a respetable distancia entre codo y codo, en filas que miraban al frente, al paseo, como en contemplación del espectáculo cotidiano de París; a los ojos míos de español, parecían público de un teatro, más que contertulios o tertulianos de café. Nada de estar revueltos y enfrentados unos y otros. Y nada de dirigirse al camarero para pedir un servicio como...un café con hielo, silvuplé.  (Oiga, se lo digo en español, hablando claro).  En el país donde se inventó el surrealismo, ese servicio era impensable, literalmente un contrasentido. Un café solo, caliente (no glacé, no un café helado) y un hielo para enfriarlo, café caliente y hielo, hierro de madera (diría Heidegger, un francés de Alemania, de la filosofía cristiana; pensamiento navarro, diría Baroja: otro ejemplo de contradicción en los términos: Pío Baroja). Claro es que donde impera la cultura cartesiana se necesitaba el invento del surrealismo. ¡Qué buen sitio encontró Salvador Dalí para ser acogido! Hay que ir a París y asomarse a sus terrazas para entender por qué ellos "descubrieron" el surrealismo, mientras que en otras partes el surrealismo se mamaba desde chicos. (En España, y quizá en lo más parecido a España, en Rusia, según Cioran, pueblos de carácter trágico, y cómico a la vez; o sea, tragicómicos, surrealistas avant la lettre).

Los españoles somos cuadrilla, nos gusta reconocernos en la "burbuja" de la cuadrilla, y, sobre todo, lo que más nos mola, somos de una cuadrilla contra otra cuadrilla; de una burbuja contra las demás. Hacer de una cuadrilla un equipo eso es una tarea costosa, difícil. Pero hacer de un equipo, un país, un nación, un Estado, es casi quimera.

Pero, por más diferentes que seamos, las cuadrillas, todas han nacido en la piel de toro (y no hay que avergonzarse de ello, si Europa es vaca mitológicamente, ¿por qué ha de sentirse menos el español que el resto de los hijos de la vaca Europa, que el europeo no español?)

Sin embargo, hay dos maneras de tomarse esto: una, simplemente, pasando de lado por algunos problemas que acarrea ese panorama de cuadrículas, cada una con su gesticulante modo y sus señas de identidad, sus insignias y sus rangos, su historial de méritos y trofeos en competición con otras cuadrículas (ridículas, y valga el juego de palabras, ya que desde tres líneas anteriores cambié el nombre de cuadrilla por el de cuadrícula, que es a lo que tiende toda cuadrilla en un movimiento centrípeto que se dirige a la unimismidad, por así decir; lo contrario también es verdadero, el movimiento centrífugo, de expansión, en un intento de agraciarse con más número de puntos y juntar miembros semejantes y "abrirse" de la pandilla a cuadrilla, a bandería, a partido, frente, equipo, club, región, regimiento, división, ejército...). La otra manera de tomárselo, es... a lo Kierkegaard, con temor y temblor. (Y ya estoy pensando y hablando como cuadrilla...En la cuadrilla está uno solo y nuestras reacciones ante el peligro fluctúan entre el miedo y la ira.)

Yo mismo, me reconozco a veces cuadrícula cero, mónada, un yo solo; otras veces cuadrícula par y cuadrícula impar; otras, las menos, cuadrilla de unos cuantos y así, hasta nación con un solo Estado o un Estado compuesto de varios cantones "independientes" (en el país de Baroja, ya saben que esa contradicción no es tal).

Pues decía, al principio de este parlamento, que pasé el día lunes 29 como un español. No atónito. En mi salsa, disfrutando del disparate del espectáculo mediático del Presidente Sánchez. (Entre nosotros, creo que todo ese fingimiento del Presidente y el aturullo que ha despertado -regeneración democrática, etc- esconden el miedo a que un juez le llame a él mismo a declarar por futuras causas abiertas a su persona.  ¡Cómo se atreven, los jueves, digo, los jueces! No estamos en la Francia de Sarkozy).

 

 

30 de abril 2024

Fulgencio Martínez

jueves, 2 de noviembre de 2023

El rumor de las cosas, y las profundidades de la experiencia humana. Reseña de Eduardo Rojas sobre el libro "El rumor de las cosas", de Linda Morales Caballero. Ágora-Papeles de Arte Gramático. N. 22. (Nueva Colección). Otoño 2022 II Parte / Bibliotheca Grammatica / Poesía

  

        Linda Morales Caballero

 

El rumor de las cosas, y las profundidades de la experiencia humana

 

                                                                                              Por Eduardo Rojas                        

En el vasto universo de la poesía, hay ocasiones en las que una voz singular se alza para explorar los misterios más profundos de la existencia humana. Tal es el caso de Linda Morales Caballero[1] y su poemario, El rumor de las cosas. En esta obra, la autora nos invita a emprender una travesía poética que se entrelaza con la filosofía, revelando las sutilezas y los enigmas que se ocultan detrás de la realidad cotidiana.

El rumor de las cosas es una obra que nos sumerge en un mundo donde las palabras se vuelven puentes entre el ser y su esencia y en el que la escritora teje cuidadosamente un tapiz de imágenes y metáforas que nos llevan más allá de las apariencias, conduciéndonos hacia las profundidades de la experiencia humana.

“Lo que admitimos como natural es, presuntamente, lo consuetudinario de un largo habito, que ha olvidado lo insólito de donde se originó. Sin embargo, lo insólito asaltó una vez al hombre como algo extraño, asombrando su pensamiento”. El origen de la obra de arte, Martín Heidegger (1950), p.43.

 

 

Desde un enfoque filosófico, este libro nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la existencia y la forma en que nos relacionamos con el mundo que nos rodea. Morales Caballero, al igual que los grandes filósofos, nos insta a cuestionar nuestras percepciones, nuestros pensamientos arraigados y nuestras certezas preestablecidas.

A través de sus versos, la autora despliega una sensibilidad que nos permite vislumbrar la esencia misma del ser. Sus palabras invitan a adentrarnos en los misterios del tiempo, del amor, del dolor y de la búsqueda de sentido. Cada poema nos sumerge en la belleza de lo trascendental explorando la conexión profunda que existe entre nuestra existencia individual y el cosmos.

El poemario es un canto a la contemplación, la búsqueda de la verdad. A medida que avanzamos por sus páginas, nos encontramos con un diálogo silencioso entre la poesía y la filosofía, en el cual se entrelazan los hilos del pensamiento y la emoción. Es a través de ese diálogo que podemos ampliar nuestra percepción y descubrir nuevos horizontes de significado en nuestra propia experiencia de vida. En cada poema, hallamos una ventana hacia la comprensión de la condición humana. A veces melancólica, otras veces, esperanzadora.

Los poemas de Linda Morales nos llevan de la mano por los laberintos de la vida, guiándonos hacia una mayor conciencia y sabiduría. En sus versos escuchamos el rumor de las cosas, captamos su esencia y descubrimos la belleza oculta de cada momento.

El rumor de las cosas es una obra que trasciende los límites de la poesía convencional, sumergiéndonos en una exploración filosófica del ser. Es un testimonio de la capacidad del lenguaje poético para descubrir verdades profundas y para abrir nuevos caminos hacia el conocimiento y la comprensión. De esta manera, Morales Caballero nos brinda un regalo invaluable con su poesía, invitándonos a reflexionar sobre nuestra existencia.



[1] Linda Morales Caballero es una escritora peruana residente en Nueva York. El autor del artículo cursa estudios de Filosofía. El rumor de las cosas está publicado por Nueva York Press, en edición en español.


Juan Eduardo Rojas es un amante de la filosofía, gran lector de todo tipo de textos y un
escudriñador de la mente y comportamiento humanos. Ha cursado estudios en Ingeniería
Pesquera en la Universidad del Callao en Lima, Perú, y estudia filosofía a distancia en la
prestigiosa Universidad de Edimburgo por donde pasaron personajes como Graham Bell,
Darwin, Hume, Conan Doyle, entre muchos.

REVISTA ÁGORA DIGITAL / DIARIO DE LA CREACIÓN / OCTUBRE 2023