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sábado, 21 de diciembre de 2024

El siglo de Kafka. Por Francisco Jarauta. Avance de Ágora N. 31. Nueva Col. / Ensayo. Dossier En el año del centenario de Franz Kafka

 

                                                               Franz Kafka. 1883-1924

 

 

 

EL SIGLO DE KAFKA

 

 

POR FRANCISCO JARAUTA

                                                   

 

 

                                                           Arnold Böcklin. 1883. Die Toteninsel. III. (La isla de los muertos)

 

              

                                                                 I

 

El 3 de junio de 1924 en el Sanatorio Hoffmann en Kierling, no lejos de Viena, moría Franz Kafka. Una larga enfermedad respiratoria, que derivó en tuberculosis, precipitó su muerte. Los amigos que lo acompañan serán los testigos de su debilidad y del silencio que domina sus últimos días. Apenas podrá comunicarse mediante pequeños mensajes escritos. Dora Dymant y Robert Klopstock, que lo acompañaron de regreso de su último viaje a Berlín, para ingresarlo en el sanatorio, lo acompañarán hasta el último momento. En aquellos días últimos, Max Brod, amigo fiel, lo visitaba con frecuencia. De su mano tendremos un testimonio emocionado, paralelo al que Milena Jesenská publicara en el Národní listy de Praga en aquellos días.

Quiero imaginar la luz de aquella habitación. Abierta a los bosques de Viena dejaba entrar una luz tibia, protectora, precisamente cuando la debilidad era mayor. Me fijo en la que pudo ser su última fotografía tomada en Berlín unos meses antes para su pasaporte. Todos los gestos anuncian la enfermedad.  Hay algo de agotamiento, de final de viaje. Los ojos hundidos, lejana la mirada, los labios cerrados, mudos, acentúan el silencio. La apasionada historia que ha hecho posible una de las fabulaciones más lúcidas va con dificultad anotando sus últimas páginas. Ahí estaban sobre su cama y mesilla de noche dos de sus últimos escritos. Un artista del hambre, publicado ya por la editorial Die Schmiede. Y seguirá corrigiendo Josefina la cantante al que añadirá un segundo título, El pueblo de los ratones, para nosotros ya un testamento. La desaparición de Josefina, para unos la expresión más alta de il bel canto, para otros la consumación de aquel grito primitivo que los expresionistas habían naturalizado, sigue siendo la parábola de un final que la muerte de Kafka anuncia.

Leer hoy a Kafka se presenta como una tarea exigente. Canetti había indicado esa dificultad y tal exigencia. Por primera vez nos encontramos con un mundo en el que los procesos de escritura y pensamiento tienen una lógica particular en su desarrollo. Son laberintos que desaparecen para iniciarse de nuevo no sin sorprendentes desenlaces o suspensiones. El mundo de Kafka se organiza por parábolas siguiendo un prodigioso sistema de fabulación. Pensar y escribir a través de fábulas implica un tipo de lectura e interpretación que busca entender la resonancia significativa del texto. Blanchot ha insistido en esta condición de la escritura de Kafka. "Solo soy literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa" había escrito en sus Diarios.

Otra dificultad es la que se deriva de la recepción de su obra a lo largo del siglo XX. Ya lejanas las intenciones hagiográficas de su amigo Max Brod, la suerte de sus escritos que aparecerán al principio en ediciones alemanas sin una idea completa del corpus ha facilitado que sus lectores se aplicaran más a los títulos sueltos de la obra, que a un necesario orden del conjunto tal como una edición crítica podría sugerir. Y si Fischer Verlag [1]estableció para el lector alemán un criterio de edición y lectura, no ha sido así en otros casos hasta muy recientemente. La nueva Historisch-Kritische Kafka-Ausgabe, dirigida por Roland Reuss y Peter Staengle será sin duda alguna la referencia crítica para los estudios sobre Kafka. Sin olvidar la admirable y monumental biografía escrita por Reiner Stach, que articula ejemplarmente relatos, diarios, correspondencia y otros materiales componiendo un horizonte interpretativo de una nueva complejidad a partir de la cual la relación entre vie et oeuvre se iluminan.

 

                                                                                                Dibujo realizado por Franz Kafka


Desde esta perspectiva podemos acercarnos a Franz Kafka, nacido en Praga el 3 de julio de 1883, de familia originaria de la Bohemia meridional, judío, y en una sociedad bajo el signo de la monarquía de los Habsburg en un momento en el que ya se anuncian los cambios y tensiones que desembocarán en el llamado fin-de-siècle y que hará de Viena un Gedankenexperiment, tal como Karl Kraus lo definiera en las páginas de Die Fackel. Kraus, que se reconocerá "apenas uno de los epígonos que habitan la vieja casa del lenguaje", no hace más que invocar el nuevo apocalipsis que llega bajo la forma de un mar exterminado y que se constituye en el tiempo en el que se invierten los grandes discursos de la época moderna, dando lugar al experimento que configura el arte y la cultura del siglo XX. Y si la mirada de Karl Kraus se proyecta desde el epicentro del Imperio que representaba Viena, la Praga de Kafka se nos presenta como un cruce de caminos que hacían cada vez más difícil resolver qué tipos de relación existían entre checos, judíos, alemanes... siendo el joven Frank una prueba de tal dificultad. Un mundo con fronteras que a lo largo del XIX fueron transitadas por migraciones que procedían de comunidades rusas judías y que pasaron a habitar las ciudades europeas de Varsovia a París, de Berlín a Praga y Viena... constituyendo una nueva referencia cultural, religiosa y lingüística. Venían "d'une autre Europe", decía Czeslaw Milósz; o el mismo Magris en su "lontano da dove" señalaba aquellos extremos de la otra Europa que llamaba a las puertas de la occidental. 

Klaus Wagenbach ha descrito el paisaje social y cultural de la Praga de Kafka y los años de su juventud. Las ideas y grupos literarios, las amistades, Max Brod, siempre cercano, Oscar Pollak, historiador del arte, que le iniciará en las primeras lecturas de literatura alemana, autores como Kleist, Sifter, Grillparzer... Es un contexto muy particular, son judíos checos de lengua alemana y las referencias cultas son las del Imperio y lo que representa, un cierto cosmopolitismo circunscrito a razones culturales y geopolíticas, tal como el mismo Magris estudia en su Il mito asburgico, una extraña cohabitación entre las diferentes "nacionalidades" que coexistían al interior de Estados dinásticos a través de un laberinto de determinaciones lingüísticas, religiosas, sociales o políticas. El joven Kafka se abrirá no sólo al mundo que representan los clásicos de la literatura alemana que van de Goethe, Hebbel hasta Thomas Mann o Robert Walser, sino también a nombres como Dickens, Kierkegaard, Dostoievski, Hamsum y sobre todo Flaubert. Todos ellos le resultarán familiares y serán referencias para su escritura.

 

 

 

                                                                             Dibujo por Franz Kafka

 

 

 

II

 

Faltaba una decisión que llega el 27 de enero de 1904 en carta a Oskar Pollak, dice así: "Necesitamos libros que actúen sobre nosotros como una desgracia que mucho nos aquejara, como la muerte de alguien que amáramos más que a nosotros mismos, como si fuéramos proscritos condenados a vivir en los bosques lejos de todos los hombres, como un suicidio: un libro debe ser el hacha que rompa la mar congelada en nosotros. Es lo que creo". La intensidad retórica de la carta quiere responder a conversaciones mantenidas sobre su indecisión. Ahora la decisión está tomada y su vida tendrá que ver con este empeño. El tono expresionista de la carta acentúa no sólo la decisión misma sino también el compromiso con el que hace suya tal tarea. Aquel otoño de 1904 se concentra en su primer escrito, Descripción de una lucha, que dará por concluido a primeros de 1905. Podría decirse que es la primera de sus "Kleine Prosa" y que inaugura un género en la escritura de Kafka. 

Giulio Baioni en sus estudios sobre Kafka, especialmente en su Kafka. Letteratura ed ebraismo insiste en las relaciones entre la escritura de Kafka y la tradición hebraica. Pero no en los términos que pueda sugerir la interpretación talmúdica, sino desde el punto de vista de la observación y del relato. Es un mundo que permanece vivo e inspira el imaginario de Kafka. Los pequeños relatos nacen de una tradición oral que ha permanecido viva y que Kafka transforma en una poderosa "máquina de metáforas". Todo el siglo XIX está recorrido por el "rumor silencioso del gueto" dice Canetti refiriéndose a las voces que hablan de otro lugar, cuyo nombre se ha transformado o desaparecido. Sobrevivirán en el teatro yidisch y en sus conversaciones con Jizchak Lówy. En las breves historias del teatro se restauran las voces perdidas, así entiende Kafka sus relatos, en una secuencia que abandona los restos del naturalismo para sugerir un mundo de fábulas más cercano.

Posiblemente es en el contexto de una "crisis de lenguaje" como fue entendida la época del fin-de-siècle que aparecerán como respuesta tanto el Expresionismo como Kafka, pero con decisiones radicalmente diferenciadas, aunque las convergencias y reconocimientos hayan sido explícitos por parte de ambos. La literatura al igual que las artes, música o pintura, abandonan los restos del naturalismo y de su representación. Nace un espacio para el silencio que inaugura una nueva forma de composición y escritura.  De hecho, las afinidades son cada vez mayores y pintura y música, Kandinski y Schönberg suscribirán los mismos principios estéticos. Es cierto que en el mundo alemán la fuerza adquirida por el Simbolismo llega a primeros del siglo XX con una decisión poderosa de construir un universo como el que Alfred Kubin imaginara en su Die andere Seite y que Kafka lee con entusiasmo. La suspensión del naturalismo arrastrará la pérdida de las evidencias, como decía Musil, y la aparición de un pensamiento hipotético que hallará en Kafka un intérprete de excepción. Y si se suspende el primado de la evidencia queda suspendido también aquel orden de seguridades que nos protegen y guían. Y esto sirve tanto para el mundo de la naturaleza como para el mundo moral. De la Descripción de una batalla a La condena Kafka inaugura un tiempo en el que la incertidumbre ocupa el horizonte de la vida. 

Y es la vida, su vida, la que comienza a jugar un papel crucial en el viaje de su escritura. Las circunstancias han ido cambiando. Ha aceptado el trabajo en "Assicurazioni Generali", compañía de seguros. Multiplicará los viajes, frecuentará ambientes literarios cercanos a Franz Blei y Carl Stermheim, de la mano de su amigo Brod, y hasta participará en el "Club Mládych", organizando actos y conferencias recordando los días de la Comuna de Paris. Todo comienza a adquirir un mayor nerviosismo e intensidad, es como si la vida exigiera otra escritura, y así nacen las primeras páginas de sus Tagebücher (Diarios), que lo acompañarán con breves intervalos hasta 1923, un año antes de su muerte.

 

 

                                                                                       Dibujo por Franz Kafka
 

Ha sido de nuevo Canetti quien más ha insistido en el efecto hermenéutico que tienen los Diarios en la obra de Kafka. Todo ahí se potencia y abre un campo de relaciones que articulan escritos y prosas, correspondencia y Diarios, dando a su obra una resonancia nueva que, como ha mostrado Reiner Stach en su admirable estudio, orientan de forma decisiva la lectura actual de la obra de Kafka. Podría decirse que el deseo inicial de encontrar un camino propio, abierto a las tensiones de su tiempo y a las suyas propias ha hallado su forma de expresión. Los Diarios de los dos primeros años son como un cuaderno abierto de notas en las que se refleja todo su mundo interior. Y es así que su escritura se expande, son años decisivos. Rowohlt publicará Betrachtung (Contemplación) en diciembre de 1912. Tras su encuentro e inicio de su relación con Felice Bauer todo se precipitará. En El otro proceso de Kafka, Canetti insiste en la importancia que para Kafka supone el encuentro con Felice y que se refleja en su correspondencia. "Se trata de un epistolario que está al servicio de su creación literaria". Pero hay algo más, el horizonte de su obra sale a su encuentro, aquella búsqueda de una fabulación absoluta que buscará construir y que se alzará en lugar del mundo que le rodea, se le impone como destino. "Solo soy literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa", afirma en sus Diarios.

Si leemos los Diarios de 1912 a 1915 podemos identificar una tensión nueva y una escritura que se acentúa en su parte expresiva y gestual. Hay una deuda con el Expresionismo y de nuevo el mundo de Kubin con sus figurantes de la noche aparecerá cada vez más cerca. Del 22 al 23 de septiembre escribirá Verurteil (La condena), un texto que reconocerá como fundamental y que lo escribe en apenas ocho horas, desde las diez de la noche a las seis de la mañana. Y con el mismo ímpetu escribirá Verwandlung (La metamorfosis) entre noviembre y diciembre y que Kurt Wolff publicará en noviembre de 1915. Ningún texto anterior tuvo una recepción tan entusiasta. Era ya una obra maestra y posiblemente, dirá Borges, autor de una de las primeras traducciones al castellano, hacen de Kafka el más grande escritor clásico de un siglo tumultuoso y extraño. Todo comenzaba así en una noche cargada de premoniciones y en la que se produciría la gran revelación. "Al despertar Gregor Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia". ¿Qué había sucedido a Gregor Samsa, era un sueño? No, no soñaba.



[1] Casa editorial alemana. (Nota del E.)

 

El artículo "El siglo de Kafka", de Francisco Jarauta, lo ha publicado anteriormente, en su número de diciembre 2024, Le Monde diplomatique, en español. Lo reproducimos por gentileza de su autor.

Con este texto culminamos una serie dedicada al año de la muerte de Franz Kafka, que ha venido publicando Ágora en varios números de 2024.



                                                Francisco Jarauta Marion (final del siglo XX) . Fuente: La Opinión.

 

 
 

Francisco Jarauta (Zaragoza, 1941) ha publicado en 2024 Poéticas del fragmento (ed. Artsolut, Murcia). Catedrático de Filosofía en la Univ. de Murcia. Profesor invitado en universidades europeas y americanas. Desde la filosofía, ha dedicado su atención a la literatura europea y al arte contemporáneo, a la arquitectura, en primer lugar, como marcador del espacio político: Conversaciones sobre la arquitectura (2007); y ha dirigido exposiciones internacionales, como Arquitectura radical (2002), Micro-Utopías. Arte y Arquitectura (2003), Desde el puente de los años. Paul Celan – Gisèle Celan-Lestrange (2004), Matisse y La Alhambra (2010), Colección Christian Stein (2010), El hilo de Ariadna (2012), Colección IVAM. XXV Aniversario (2014). 

Se ha interesado especialmente por pensar la época de la globalización y por la escritura, con títulos como: Globalización y fragmentación del mundo contemporáneo (1997), Escenarios de la globalización (1997), Mundialización / periferias (1998), J. Ruskin: Las piedras de Venecia (2000), Poéticas/Políticas (2001), S. Mallarmé: Fragmentos sobre el libro (2001), Teorías para una nueva sociedad (2002), Desafíos de la Mundialización (2002), Nueva economía. Nueva sociedad (2002), Después del 11 de Septiembre (2003), Oriente-Occidente (2003), Gobernar la globalización (2004), Escritura suspendida (2004).

 

 

Más información sobre la obra de Francisco Jarauta publicada recientemente, Poéticas del fragmento:

 https://editores.artsolut.es/producto/poeticas-del-fragmento/

 

 

domingo, 9 de junio de 2024

¿Qué es para mí Kafka? En el centenario de la muerte de Franz Kafka. Por Fulgencio Martínez. Avance de Ágora n. 28. Nueva Col. Verano 2024. Tercera Parte

 


 

 

            ¿QUÉ ES PARA MÍ KAFKA?

 

               En el centenario de la muerte de Franz Kafka

 

El 3 de junio de 1924 murió el escritor, de tuberculosis, con apenas 40 años.



                     por Fulgencio Martínez

 

 

¿Qué es para mí Kafka? ¿Qué me ha enseñado? Estas preguntas me fuerzan a tratar de recordar cuándo comencé a leerlo y en qué épocas de mi vida he vuelto a acudir a su lectura.

Tengo el recuerdo preciso de que la primera vez que oír el nombre de Kafka fue de labios de una profesora de Literatura del instituto donde cursaba los primeros años de bachillerato, que se llamaba María (no recuerdo su apellido). A los adolescentes como yo que nos gustaba escribir y que habíamos intentado alguna redacción presentada a un premio en la provincia, nos recomendaba a un tal Kafka como modelo. Años después, a los catorce o quince, junto a diálogos sencillos de Platón (Fedón, Apología, Fedro), sonetos de Miguel de Unamuno y novelas de Pío Baroja, leía La metamorfosis. Y más tarde, en plena rebeldía adolescente, la Carta al padre, El proceso, Un médico rural, Un artista del hambre. Las Cartas a Milena cerraron este primer ciclo de lecturas kafkianas (No había leído aún la obra magna, El castillo).

 


 

Las Cartas a Milena y el Diario de un seductor, de Kierkegaard, dirigido a la prometida de este, Regine Olsen, como las del escritor de Praga a su amor epistolar Milena Jesenská, se alternaban en mi continuada lectura de los ensayos de Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida, Vida de don Quijote y Sancho. El existencialismo es a veces la mejor cura del desengaño de amor en la juventud. Aunque leí también el Werther, de Goethe, por fortuna para mí ya se había inventado la medicina existencialista (¡gratitud eterna a Sören Kierkegaard, Unamuno, Kafka y Heidegger, del que también leíamos su Introducción a la metafísica y aquellas páginas que podíamos entender de Ser y tiempo, y, claro, al iniciador, al maestro del pesimismo: Arthur Schopenhauer! ¡Cuánto suicidio se ha evitado desde entonces a acá gracias a esos trágicos modernos!).

De todas aquellas lecturas adolescentes y juveniles de Franz Kafka retengo una frase, que no juraría sea literalmente tal como la recuerdo: "Todo hombre está perdido en el tiempo." La idea de que hagamos lo que hagamos, en algún momento de nuestras vidas caemos en la cuenta de estar perdidos en el tiempo, como el que está dentro de una nave solo navegando por el espacio infinito, esa idea se me hizo carne y herida vital pasados unos años.

No volví a leer a Kafka hasta mis treinta. En esa década de mi vida me había separado, y claro es, tras la crisis consiguiente a perder a mi familia y mi antiguo yo, traté de refugiarme en una inagotable búsqueda de una nueva identidad, me entusiasmé con los libros de Kafka. Esta vez, sí, leí El castillo, me zambullí en apnea en esa obra tan profundamente laberíntica y maliciosa. Como toda gran literatura moderna, desde Baudelaire, estamos ante las entrañas del mal y volvemos a veces más inseguros tras leer esas obras. Como ocurre cuando uno siente que se le acaba la juventud, casi a los cuarenta, me dio por la moda adolescente de las camisetas con mensajes, como no había hecho ni siquiera me hubiera pasado por la imaginación en mi seria adolescencia.

Una amiga, profesora de francés, que había viajado a Praga (en los noventa del siglo XX, un destino también de moda, recién derribado el Muro), me trajo de allí una camiseta con el rostro de Franz Kafka y la leyenda: Praha, en el centro de un dibujo de la calle donde habitó el escritor. Me la puse para acudir a algunas citas, literarias o no; contento como un chaval, presumiendo (cada cual presume de la tontería que quiere) de adicto a un culto semisecreto.

Mis lecturas del maestro de Praga en esos años, entre los 33 y los 40 y pico, fueron intensas. Si tuviera, sin embargo, que recuperar de ellas ahora una enseñanza, un pensamiento, una emoción, me vería sinceramente en un aprieto, como Lope. Creo que la filosofía más honda escrita en el siglo XX la escribieron los grandes novelistas: Proust (En busca del tiempo perdido), Kafka (El castillo), Thomas Mann (Doctor Fausto), Hermann Broch (La muerte de Virgilio),  Robert Musil (El hombre sin atributos) y en español Borges (El aleph)  y Unamuno (Niebla).

No me dicen nada los tópicos o ideas generales que rehuyen enfrentarse a la complejidad de una obra y un autor. Recurrir al expediente de ver en Kafka un crítico avant la lettre del totalitarismo o de la sociedad de control en que hoy nos encontramos, es una elección, sin duda, pero no la comparto.

De Kafka me quedo hoy en día con la sensación de no haber entendido aún nada de su obra. Nada. Si acaso intuyo y sé por mi cuenta aquella idea que leí y retuve, que antes os decía: al final todos perdemos el norte en la vida, cada cual está perdido en el laberinto de su existencia. Ahora quiero recordar que, en aquella cita, empleaba Kafka el término "laberinto", y que posiblemente, esta otra versión sea más fidedigna, entre las brumas de mi memoria: Al final, todos acabamos perdidos en el laberinto de la vida. La amiga que me trajo aquella camiseta de Praga murió en un accidente de tráfico a principios de este siglo. No he vuelto a leer a Kafka desde entonces; desde mis cuarenta años (hoy tengo 63). Es como si el hombre que ahora soy no lo hubiera leído nunca (han pasado más de veinte años). Si me sorprendo cuando un escritor joven me dice sus referencias, sus lecturas, las cuales nunca son ni de lejos las mías (más aún: ni siquiera me suenan esos nombres que son maestros de autores de esta nueva generación), ahora me doy cuenta que tampoco el que yo soy actualmente ha leído a Kafka, como ellos, tal vez. 

 

Fulgencio Martínez López ha sido profesor de filosofía. Dirige y edita la revista Ágora. Es autor de un ensayo sobre Antonio Machado, también de varios poemarios y de la antología actual de poesía española La escritura plural (Ars Poetica, Oviedo, 2019).

 

La revista Ágora, n. 25, Nueva Colección, Primavera 2024, avanzó un dossier "En el año del centenario de la muerte de Kafka", con artículos del profesor José Luis Martínez Valero y de la profesora Anna Rossell.

ver:

 https://www.calameo.com/read/0028272968f1425312582?trackersource=library

 

lunes, 19 de febrero de 2024

UNA LECTURA DE FRANZ KAFKA.1883-1924. Por José Luis Martínez Valero (autor del texto y de las ilustraciones). En el centenario de la muerte de Kafka /Avance de Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático

 



 

UNA LECTURA DE FRANZ KAFKA

                            1883-1924

                              

 

     por José Luis Martínez Valero

                 (autor del texto y de las ilustraciones)

 

Estuve unos días en Praga, fue antes de la caída del muro, cuando eran muchos los trámites para entrar y también para salir: la puerta se había estrechado. En esos años de rigor comunista, Kafka era acusado de pequeñoburgués contrarrevolucionario, como consecuencia, los checos, sólo disponían de algunos textos expurgados, mientras que en la Alemania del Este, nos comentaron, ya podían ser leídas sus obras completas. Toda aquella censura no era obstáculo para que muchos se acercasen al callejón del Oro, junto al castillo, donde permanecía su minúscula casa estudio, frente a la que todos nos fotografiábamos.

Naturalmente recuerdo la Torre de la pólvora en donde, tras el trabajo, a mediodía, solía quedar con su amigo Max Brod, el puente Carolus sobre el Moldava, por el que paseaban en piragua, el Casino modernista y cómo no, el Cementerio judío; también un mercado de segunda mano que, sin mucho esfuerzo, era comparable a cualquiera de sus textos, sobre todo por su extático silencio.

Ahora, cumplidos los cien años de su muerte, me gusta imaginar que Kafka está al otro lado de una fría pared de cemento, alguien golpea al otro lado y, si aplico el oído, puedo alcanzar un ritmo inestable, a veces es lento, otras, frenético. A menudo creo distinguir el tecleo de una máquina de escribir, otras es la pluma, el lápiz sobre el papel. Luego sucede un gran silencio y cesa mi lectura.

 



Kafka, quizá sin proponérselo, ha relatado la historia del siglo XX. Kafkiano se ha convertido en un calificativo que puede resumir algunos de los episodios absurdos en los que todos, como ciudadanos, nos hemos visto envueltos a lo largo de la vida, y por lo que parece, este XXI, continuará vigente.

 

¿Por qué leerlo? A menudo consideramos que basta situar a los escritores en la categoría de clásicos para que, por ese mismo motivo, debamos dedicarles unas horas a lo largo de nuestra vida. Los clásicos, han de ser leídos, si queremos entender de dónde venimos y adónde vamos. Según este criterio leer a Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Dickens, Hugo, Goethe, y tantos otros, que nos han precedido, son imprescindibles para conocer nuestro mundo, para utilizar con propiedad las palabras, para disponer de imágenes que nos asistan en los días en que damos con el vacío cotidiano, enfrentándonos a este hueco donde hemos sido instalados. Sin embargo, es muy posible que esta apreciación no sea suficiente.

Kafka nos traslada a una mañana de domingo luminoso, espléndido y frágil, que se cierra en negro, cuando encontramos a una señora desorientada, recién salida de una casa, con el rostro marcado por esa lejanía que la pérdida de la memoria concede. Habla de sus padres, cuenta que han muerto, no obstante, es necesario que acuda a su casa, porque, al estar enfermos, la necesitan.  

El escritor está destinado a hacer visible su mundo, nos asoma a algo que, como lluvia caída sobre tierra caliente, se evapora. Por eso Kafka insiste, ha venido a presentar figuras definitivas de la soledad, personajes reflexivos que caminan por ciudades donde son unos desconocidos, interiores donde aguarda lo insólito. Supo que este espacio que habitamos había dejado de ser el lugar del pensamiento para convertirse en su ausencia y piensa: un mundo que tiene por fundamento el interés, está destinado a la tiranía.

Los dioses se han convertido en imágenes para ser exhibidos en fiestas populares, sin embargo, sobre los espejos donde se miran los hombres, aún queda un resto de una llama, a punto de ser ceniza, causa de su imperiosa necesidad de escribir. Porque la palabra que no se escribe, desaparece, es en la escritura donde reside la conciencia.

A veces en un libro, abierto sin un propósito determinado, damos con lo que hemos buscado durante años, por fin el caos deriva hacía el orden. Quizá, cuando Valle-Inclán vislumbró el esperpento, resolvió la posibilidad de formular esas ideas que, como cabras dispersas habían tirado al monte, y era necesario devolver al redil.

 



    ¿Cómo leer a Kafka?  En la tradición judía, la puerta, tiene un valor simbólico, se dice que todo libro se presenta como si fuese una puerta ante la que aparece una llave, llave que no le corresponde. Tras la puerta adivinamos el enigma que ha de ser resuelto.

Hay quien pasea por una ciudad, entra en todas sus casas, deambula por los templos, recorre las bibliotecas y lo hace como si no hubiese puertas, otros, en cambio, cuando llegan a esa misma ciudad, encuentran todas las entradas bloqueadas. Kafka llama a puertas que sabe que no se abrirán, a las que es necesario golpear para nuestra supervivencia. Entonces comprendemos que la escritura es la llave que justifica la existencia de las puertas.

 

En su librito Un médico rural, que dedica a su padre, cuando se lo entrega, contesta sin emoción alguna:

—Ponlo sobre la mesilla de noche.

 

Conjunto de relatos, hay uno que titula: “Ante la ley”, donde un campesino de mediana edad pide al guardián que le deje pasar, desconocemos el motivo que le ha llevado a esa puerta, tras impedirle la entrada, le ofrece un taburete, pues la espera va a ser larga. Años después, ya viejo, a punto de morir, tras observar que ningún otro ha intentado atravesar esa puerta, le pregunta al vigilante, por qué si todos aspiran a la ley, por esa puerta no ha acudido nadie. El guardián le asegura que esa puerta era exclusiva para él. Los obstáculos que impiden obtener aquello que deseamos, podrían ser obstáculos que nosotros mismos hemos creado, también que cada uno ha de atravesar su propia puerta, que nuestra existencia está determinada desde el principio. Claro que, si esa puerta es personal, podríamos llegar a pensar que el destino impide conseguir lo que nos hemos propuesto. Este desajuste universal, este desacuerdo entre el lugar y su puerta, convierte la vida en una espera que nunca acaba.

En la familia materna, compuesta por solitarios, tímidos, silenciosos, el hermano mayor, Alfred, llegó a ser director general de los ferrocarriles españoles… Eran sus cualidades: obstinación, impresionabilidad, sentido de la justicia e inquietud.

En la del padre: fuerza, salud, apetito, potencia de voz, talento oratorio, autosatisfacción, superioridad mundana, perseverancia, presencia de ánimo y cierta amplitud de miras.

Más parecido a la madre, Kafka, nombre de origen checo, significa grajo, era uno de los treinta mil judíos de habla alemana en territorio checo que, además se servían del checo y solían conocer el hebreo. Desde muy pronto tuvo voluntad de escribir, en una de las cartas a Milena declaraba: No diga que dos horas de vida valen más que dos páginas escritas, la escritura es más pobre, pero más clara.

Sus estudios de Derecho lo capacitaron para convertirse en un excelente funcionario de seguros. El trabajo lo ocupaba hasta las tres, y le permitía disponer del resto para escribir. No sintió la urgencia de publicar, lo que hará a instancias de su amigo Max Brod, albacea testamentario al que ordenó quemar todos sus manuscritos, es a él a quien debemos la publicación de sus obras póstumas, diarios y cartas. No fue muy afecto a la sinagoga, ni sionista, le gustaba el teatro popular judío, y realiza estudios de hebreo. Las consideraciones que se han hecho sobre si su obra obedece a una relación tormentosa con el padre, y como consecuencia especie de terapia freudiana, sólo las apuntaré.

 

El conflicto queda expuesto en Carta al padre, confesión del fracaso de un hombre, se trata de un detallado estudio sobre la frustración. Si se compara con lo que en otro tiempo hubiesen sido los tratados de educación de príncipes, éste constituiría una distopía, aunque el padre, aparece como representante de la sociedad, creo que viene a ser un resumen de todas las cortapisas, obstáculos, que se han de vencer para vivir en sociedad. La puerta está ahí, también está cerrada.

 

 

Es cierto que, cuando leemos El Proceso, El Castillo, presenta una realidad cuyo orden entra en conflicto con el individuo que los protagoniza, podrían recordar la estructura familiar, controlada por un padre rígido.  

 

La complejidad que presenta se parece a la crisis permanente que descubrimos cuando nos aproximamos al siglo XX. Destacaré algunos fragmentos de El Proceso:

 

—Admite que no conoce la ley, y al mismo tiempo afirma que es inocente.

—Lo deduzco del hecho de que estoy acusado, pero no puedo encontrar la menor falta de la que me pueda acusar. Pero también es accesorio, la cuestión principal es: ¿quién me acusa? ¿Qué órgano instruye el procedimiento? ¿son ustedes funcionarios?

—“¿Cómo voy a ir al banco si estoy detenido?”. “Ah”, dijo el inspector que estaba en la puerta, “me ha entendido mal. Está usted detenido, desde luego, pero eso no debe impedirle ejercer su profesión. Tampoco debe verse estorbado para hacer su vida habitual”. “Entonces estar detenido no es muy grave”, dijo K. acercándose al inspector. “Nunca he dicho otra cosa”, dijo él.

 

He establecido diferentes planos que muestran las dificultades para abordar la complejidad de la novela:

- Razón: J. K. se defiende, argumenta, analiza.

- El poder: obedece a no se sabe bien qué cosa, los trabajadores, el juez, el inspector, los guardias que anuncian su condena.

- Humano: o primario, relaciones sexuales, necesidad de comer, corrupciones.

- Los mirones: ancianos de la habitación de enfrente, empleados.

- La vida normal: que ocurre en un lugar que parece reservado a las clases pudientes. El director del Banco.

 

El protagonista y el lector, no encuentran motivo alguno para que sea declarado culpable, como consecuencia, el vivir mismo se convierte en posible materia de culpa. El delito, como en Calderón, es haber nacido.    

        Las dilaciones de que es objeto el acusado, el no saber absolutamente nada, desconoce por qué se le acusa, ignora los tramites del proceso. Todo apunta a una morosidad semejante a la que sufrirá el personaje de Larra, “Vuelva usted mañana”, quien, por su condición de extranjero, renuncia a unas leyes o normas que no son las suyas.  Sin embargo, a J. K. no le será posible abandonar y, poco a poco, el conflicto externo se convierte en un asunto de conciencia, otra puerta que no se abre.

Todo ocurre en un paisaje gris, suciedad, interiores laberínticos con múltiples escaleras, aire viciado, habitaciones inverosímiles, niños raquíticos, mujeres desvalidas que practican sexo frenéticamente.

Las creencias que sustentaron al mundo se han evaporado, y sólo queda algo parecido a una costra de sal, como una segunda piel que impidiese transpirar al nuevo cuerpo. Dios, Justicia, Caridad, han desaparecido, reina el interés, sin embargo, pervive esa aureola de humedad, a punto de desaparecer, que suele rodear a la sal, el sentido de culpa. No es respuesta, sino pregunta.  Se interroga continuamente por el sentido que late bajo las mil formas con que se disfraza la zozobra, la angustia de existir. Las preguntas nos presentan la realidad como tierra desconocida, recupera su ser agreste y lo cotidiano se vuelve inseguro.  

        Estamos siendo alguien en un mundo en el que somos nadie, se trata por tanto de un ser inútil. El hombre se constituye como sujeto intrascendente, arrojado a la trascendencia, de tal modo que sólo en la caída descubre su autenticidad.

En última instancia, la palabra, dado que no nos pertenece, siempre permanece cerrada, herencia que estamos obligados a administrar, de ahí nuestro irrenunciable deseo de descubrir lo que hay tras la puerta. 

  



La Metamorfosis, también traducida como La Transformación, para evitar el carácter clásico, que inclina a una visión mítica. Escrita en el otoño de 1912, editada en 1915. Es la primera obra de Kafka traducida al español, 1925, un año después de su muerte, Revista de Occidente números 24/25. En la misma revista, 1927, apareció El artista del hambre.

 



El argumento de La Metamorfosis podría ser este: existe una deuda del padre que debe ser saldada. Este compromiso recae sobre el hijo, Gregor, e impide su proyecto vocacional. Se ve obligado a trabajar como viajante de comercio, con una doble responsabilidad, la derivada del trabajo mismo, y la que supone el aplazamiento de la deuda paterna. En cinco años jamás ha faltado, ha sido siempre puntual, mantiene a la familia, les ha proporcionado una vida cómoda, de tal modo que, ni el padre, ni la madre, ni la hermana, ya con diecisiete años, trabajan, asimismo disponen de cocinera y criada, mientras Gregor Samsa viaja continuamente, siempre en habitaciones de hotel, y pendiente de los horarios de trenes. Situación que se ve interrumpida bruscamente el día que despierta convertido en un extraño.

La obra analiza las relaciones familiares desde una perspectiva de extrema lucidez. Es curioso que ocurra al despertar, cuando se supone que finalizan las pesadillas: Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.

Narración breve, dividida en tres partes. Navokof en su Curso de literatura europea, las equipara a tres actos que, divide en escenas. Presta especial importancia al espacio, una casa de la época, y en él, sobre todo, puertas y ventana.

La obra comprende unos meses hasta la próxima primavera. El personaje mantiene cierta capacidad reflexiva y un alto grado de afecto y reconocimiento a la familia. La hipérbole del escarabajo nos propone una inversión causa efecto, no es la realidad de los otros la que vemos distorsionada, sino a nosotros mismos.

Durante más de un mes le duele la manzana que mantiene incrustada y podrida en la espalda. ¿Qué significa? Quizá remite a la manzana de Eva, expulsión del pequeño paraíso que ha sido la casa y la familia. Una manzana si está a la espalda, podría tratarse del pasado y podrida, alude a un tiempo y una sociedad que ha contribuido a la falsificación de la historia. 

En este libro, Kafka, pone de manifiesto la imposibilidad de ser héroe, la cotidianidad arruina los buenos propósitos, la rutina y la costumbre facilitan el olvido. La madre, la hija, el padre se cansan. Gregor, que ha sido hijo y hermano, estorba, es un obstáculo para su existencia e impide el desarrollo económico. No pueden tener huéspedes, no salen, viven sometidos a la tiranía de su presencia, de ahí la liberación que sienten tras su muerte. Progresivamente los lazos de afecto que les unen van cediendo, se trata de algo con quien es imposible toda relación. La familia tradicional se muestra ahora al desnudo, la presenta como institución que conserva una apariencia afectiva armónica, mientras todo marcha bien, pero tan frágil que todo puede derrumbarse. Una vez muerto, Gregor no es sino otro trasto inservible, que la criada puede arrojar a la basura. 

 


 

Kafka elige un fragmento de la realidad y lo analiza minuciosamente, como consecuencia, su presentación, deja de pertenecer al objeto o rincón que muestra y pasa a ser el interior de nosotros mismos, ¿qué descubre? Quizá la ausencia, el hueco, la orfandad en la que sobrevive el hombre.  

 

 


 

José Luis Martínez Valero nació en Águilas, en 1941. Es catedrático emérito de Literatura. Poeta, narrador, ensayista. Ha publicado, entre otros libros: Poemas (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007), Plaza de Belluga (2009), La isla (2013), El escritor y su paisaje (2009), Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019) y Otoño en Babel (2022, ed. La fea burguesía, Murcia). Ha sido guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia. También es un notable aguafuertista e ilustrador.