Autofobia
"Autofobia" en nombre de Derechos Universales y violencia contra la propia ciudadanía.
Los derechos de los ciudadanos, de "los iguales ante la ley" en una Constitución democrática, están siendo pisoteados por gobiernos de aspiraciones autoritarias, como está ocurriendo en España. Gobernantes de este perfil, como Pedro Sánchez, se amparan en un discurso de defensa de los Derechos Humanos, enfrentándolos y anteponiéndolos, para su interés propio, a la democracia y a los derechos de los ciudadanos de un Estado democrático.
Un ejemplo de esta deriva es la violencia contra los ciudadanos españoles de Ceuta. Contra los mayores y los niños de Ceuta privados del disfrute de sus Derechos Humanos y de sus derechos y libertades constitucionales, aún en el día de hoy.
El artículo esboza el análisis de las actitudes autofóbicas de odio o rechazo a los iguales o isónomos, en suma, a los propios conciudadanos o gobernados, en nombre de una supuesta superioridad ética propiciada por el amparo de los Derechos universales del Hombre, convertidos en instrumento de poder y propaganda de un neodiscurso fascista de izquierdas que desprecia ahora y siempre la democracia tal como ésta ha venido definiéndose en Grecia, en la Europa moderna y en América.
¿Qué es autofobia? De la autofobia poco se ha escrito a pesar de ser tan corriente como la xenofobia. Hay personas que rectamente se declaran en contra de la xenofobia, pero que en nada reparan en su propia sombra autofóbica.
La autofobia es un sentimiento que se da en individuos y grupos que comparten parecidas creencias o marcas de reconocimiento. El reconocimiento es una necesidad básica. En la "sociedad líquida" (Z. Bauman), que desarticula progresivamente al individuo respecto a sus anteriores constructos supraindividuales donde se reconocía y valoraba, la autofobia se ha manifestado en su cara más desnuda y destructiva.
Mientras la xenofobia se manifiesta desde una inferioridad hacia el otro (que es visto como peligroso, temible, de ahí la filiación acertada de fobos con temor, miedo, a la vez que rechazo u odio), la autofobia se practica desde una cierta superioridad hacia la víctima. (Sentimiento de superioridad, como de inferioridad en la xenofobia, que son siempre vivencias de quienes tienen una u otra actitud).
La complejidad de ambas actitudes o mecanismos de defensa no quedará apenas explorada en este artículo, que como tal, atendiendo a la etimología del vocablo "artículo", solo quiere ser una llamada de atención, un toque con los nudillos en una puerta que me temo difícil de abrir.
Todo resulta paradojal en cuanto uno explora un aspecto u otro de la autofobia. ¿Superioridad sobre los propios, sobre uno mismo? ¿No hay un evidente desquiciamiento esquizofrénico aquí? Tal vez no, si estudiáramos la autofobia desde el superyó y el yo freudianos, o si, simplemente, como dicta la experiencia, supusiéramos al ser humano, no como se quiere él ver, sino como es casi siempre, una imagen de otra autoridad a la que obedece y por la que miente, mata o vive y obtiene reconocimiento desde arriba y desde el grupo horizontal de sumisos. En nombre de esa imagen de autoridad, el sujeto puede aplicarse a sí mismo una condena y un perdón.
Nos interesa solo destacar un aspecto de la complejidad. (La autofobia incluso se resiste a ser aprehendida como concepto en la circunstancia de incertidumbre en la que vivimos, incertidumbre que se ha venido agudizando hasta hoy, en la tercera década del siglo XXI, pues aún a comienzos del siglo XXI, en que se escribe el análisis de Bauman, había conceptos (semi) claros sobre el bien y el mal, los pobres y los ricos, el tercer mundo y el primer mundo. Por ejemplo, el acceso a las tecnologías de la información parecía aún a Bauman sólo propio del primer mundo y, como tal, un índice de poderío).
Si, en principio, la fobia se dirigiera a lo propio, ¿qué entendemos por lo propio? ¿La personalidad, el yo; la familia, la comunidad más cercana, la ciudadanía; la condición humana?
Cualquiera de esas tres instancias, intercomunicadas y jerarquizadas nocionalmente en tiempos aún próximos, se ha vuelto problemática. Al menos en Occidente, el yo es visto como un gen egoísta, la ciudadanía (lo propio de un ciudadano de un Estado) ha sido rebajada a una palabra vacía, que usan a barato los políticos; o en todo caso, la ciudadanía es algo abstracto, que remite a una Constitución, nunca a un sentimiento y a una paideia, como antes; hablamos de un plexo de sentimientos: de igualdad, dignidad y pertenencia, de libertad, felicidad, de seguridad que tienen como contrapartida un sentimiento "natural" de protección hacia los iguales; no hablamos de mera emotividad patriótica, fácil de ser satirizada por los conductores de la ciudadanía (palabra ciudadanía, la ciudadanía, que utilizan en su discurso hueco los anti-ciudadanos para dirigirse a los que ellos consideran su gleba; ojo, sin nombrar nunca una ciudadanía concreta, a un ciudadano concreto o al conjunto de los iguales cuyos derechos cívicos reconoce y ampara una Constitución concreta). Anti-ciudadanía que casa bien, en aquellos predicadores de la iglesia global, con la presunta autorrepresentación como "ciudadanos del mundo": o sea, portadores del espíritu universal y de los derechos presuntos de tal condición: “ciudadanía del mundo”, que en su día fue divisa filosófica (idea estoica), y hoy está vacante de deberes con ninguna patria concreta, con la protección de ningún igual pero sí defiende beligerante la autoapropiación de toda la supuesta legitimidad ética que supone a los seres superiores "apátridas".
Y, por ultimo, lo universal, lo humano ha sido reinterpretado como culpabilidad y borrado de todo el trabajo de dignidad propia, artesana, colectiva, de país, ciudad o barrio. Lo universal de los Derechos del Hombre ha sido invertido, es lo particular de unos grupúsculos o colectivos (vasos comunicantes de los partidos) que el poder anticiudadano dirige y utiliza (supuestos "desheredados", supuestos sujetos colectivizados, desprendidos de todo rango humano propio: que todos se juntan en el mántrico término "vulnerables". Hasta en el interior de un país y de una Constitución, como son España y la Constitución democrática del 78, que instaura casi por primera vez en esta nación la isonomía o igualdad ante la ley, los Gobiernos, cada vez más Partidos particulares, dirigen las leyes, las ayudas o subvenciones teniendo en cuenta no la igualdad ante la ley de todos, sino la pertenencia a un colectivo al que se desea compensar por su pasada o futura adhesión y apoyo electoral. La contradicción es que se ejerce ese mal hábito con dinero de todos, y pervirtiendo, como en otros muchos casos, valores en principio positivos, como la equidad, pues no es aquello sino otra forma de caciquismo o de voto cautivo).
El odio y rechazo a lo propio, al país, a la ciudad propios, tiene una sublimación o justificación teledirigida de antemano: esos anti-ciudanos miran por el humanitarismo particular de los colectivos vulnerables, y en su supuesto nombre, por toda la humanidad; siguen el espíritu de los tiempos, se autoproclaman, a la orden del día de hoy y del progreso. Si usted, si cualquiera de ustedes, o yo mismo, eleva una objeción y les señala su autofobia, les dirán que no miran por lo humano, o que no han elevado la vista a la tercera realidad, el mundo del relato de los ciudadanos del mundo. Dirán, coherentemente con su falsa óptica, que usted y yo odiamos el mundo humano, los extraños y los vulnerables (hay tantos donde escoger), en fin, dirán de nosotros que somos xenófobos.
No pueden decir otra cosa de ellos, con más razón.
La autofobia es el verdadero rostro de esos calumniadores y anticiudadanos, montados en un relato desquiciado y desquiciante; mas cubiertos con una máscara hipócrita que pocos se atreven a arañar siquiera (tiene dureza y pincha....); han hecho creer a generaciones enteras que hay ciudades en la nada; han manipulado y domesticado al servicio de una ideología particular los valores y Derechos universales, reconocidos en la Carta Magna; han convertido los términos humanidad y humanitarismo en un oprobio a los mismos valores humanos (creando la paradoja de un humanitarismo amoral, por no decir inmoral, a su interés propio) y en fin, acusan de insolidaridad a sus adversarios, cuando ellos no son solidarios con los derechos de los suyos. ¿Pero quiénes son los suyos?
Son antiempáticos, autófobos y xenófobos, pues incluso los suyos (salvo quizá su YO y su círculo íntimo: su Yoesfera) quedan por debajo de ellos. Los demás ni cuentan.
Tal parroquia, parroquia en realidad, que no Iglesia, falta estos días a la solidaridad con los españoles de Ceuta, porque no tiene solidaridad con ningún ser humano concreto, menos con ningún ciudadano de cualquier país, y menos aún, con la Humanidad. Son heces del nihilismo, y en España gobiernan con mentiras pero en el orden de la cultura y en la escena política global han hundido sus garras a un grito o eslogan: despierta (woke).
Fulgencio Martínez
reedición, 16 de octubre de 2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario