EN HOMENAJE A LA POETA DIONISIA GARCÍA Y AL CATEDRÁTICO DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA
Por ALBERTO CHESSA
El autor del siguiente texto, el poeta Alberto Chessa, ha tenido la gentileza de permitirnos la publicación en Ágora de estas palabras en agradecimiento y homenaje a Dionisia García y al Catedrático Francisco Javier Díez de Revenga. Fueron pronunciadas en el acto de recepción del Premio de poesía “Dionisia García” instituido por la Universidad de Murcia. Ofrecemos, pues, los fragmentos que el mismo autor ha seleccionado de su “discurso de aceptación”.
DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO DIONISIA GARCÍA
POR ANATOMÍA DE UNA SOMBRA
Rectorado de la Universidad de Murcia,
Edificio de la Convalecencia, 23 de abril de 2021
(…)
La Universidad tuvo hace ya unos cuantos años la feliz idea de hospedar un premio de poesía de ámbito internacional. A una feliz idea, como digo, solo le faltaba una denominación acertada, y cuál mejor que la de Dionisia García. Maestra, es un honor para mí llevar su nombre en un libro mío. Desde que leí Mnemosine por primera vez con 18 años, no he dejado de admirar el vigor léxico de sus versos, el pulso firme en el trazo de cada poema: «y abandoné la estancia, evitando los pasos». Después, en obras como El engaño de los días (¡menudo título!) o La apuesta, aprendí que somos en igual medida nuestros olvidos como aquello que recordamos. Todo acaso depende de ese «Oficio de mirar», como también reza el epígrafe de una de sus composiciones. «Todo es sueño y verdad, milagro que acontece», nos ha ilustrado usted, Dionisia. Y permítame asimismo una pequeña confesión (la segunda de hoy): le he robado una palabra. Ya conoce que los poetas podemos ser muy vampiros. En nuestro caso, el mismo día que le leí un vocablo que presumo muy de su gusto (lo emplea con sospechosa frecuencia) decidí que no tenía más remedio que succionarlo para uso y disfrute en mis propios versos. Me estoy refiriendo a lentecer, que, como usted bien sabe pero yo ignoraba, nada tiene que ver con lo lento y sí todo con lo blando, lo muelle, lo esponjoso.
(…)
Y quiero, por último, dar las gracias a Javier Díez de Revenga. No solo en calidad de presidente del jurado, que ya es (de hecho, fue él quien me llamó por teléfono para darme la alegría de un año necesitado de ellas). Tampoco solamente en su condición de reseñista de todos los libros que ha ido publicando un servidor (¡ni una sola vez ha faltado a la cita!). Ni siquiera en tanto que presentador del libro que hoy nos reúne y para el que ha tenido palabras tan agudas y generosas (escribo esto antes de que se celebre el acto, claro está, y por tanto no puedo saber cuáles son las palabras exactas que habrá pronunciado ya Javier, pero él siempre es agudo y generoso). No, no solo por todo eso, que no es poco, quiero darle las gracias. Mi mayor gratitud hacia ti, Javier, es como profesor mío que fuiste. He omitido hasta ahora, con toda la intención, que este Premio Dionisia García de la Universidad de Murcia es para su receptor un doble o triple premio, pues esa Universidad de Murcia que lo convoca fue y es también la mía. Y si nemo propheta acceptus est in patria sua, ya te ocupas tú, Javier, de desmentir el latinajo y hasta la propia palabra de Dios.
Va a hacer exactamente veintiún años que me licencié en la Facultad de Letras de esta casa, especialidad en Filología Hispánica. No fui lo que se dice un estudiante ejemplar. Sí, conseguí completar un expediente notable (esto último, con literalidad), más que nada gracias a promediar las notas buenas y alguna excelente en las materias que me entusiasmaban con las ramplonas calificaciones en las asignaturas que aborrecía (aunque aún sigo sin creerme aquella matrícula de honor en Lingüística Aplicada, nada menos; ¡chúpate esa, Chomsky!). No obstante, ni siquiera aquellas disciplinas dignas de mi arrebato tenían garantizada mi asistencia a clase, no al menos con la regularidad que les hubiese correspondido. Ya entonces bromeaba en serio acerca de cuáles eran los dos campus donde me hallaba yo cursando la carrera: uno, claro, el de la Merced; el otro, el café-librería Ítaca, verdadero epicentro de escritores en ciernes (alguno nos acompaña también hoy aquí) y al que solo un alma luciferina se le pudo ocurrir ubicarlo a tiro de piedra del aulario humanístico. Cuando ahora pienso en todas las lecciones magistrales que me perdí, a mi conciencia le entran ganas de salir descalza en procesión y sin olvidarse de cargar con tres cruces en cada flanco (suponiendo que las conciencias tengan flancos, que es mucho suponer, pero metáforas más tontas han salido de poetas más listos que uno). En cualquier caso, de poco sirve ningún tipo de atrición, contrición o resto de palabras gruesas que terminen en -ción, incluidas litiscontestación y electrocoagulación. Cuando pensaba entonces en lo mismo, la conciencia tampoco se libraba de una buena lapidación (ya estamos), pero servía todavía de menos. No hablo de oídas; en todo caso, de vistas, pues he vuelto a leer, tras una eternidad, una suerte de carta abierta que, en el año del Señor de 1997, escribí a mi profesor de «Poesía del Barroco: textos» (así se llamaba la asignatura en cuestión), don Francisco Javier Díez de Revenga Torres. Si no recuerdo mal, él nos había pedido una memoria del curso. Como, por los motivos ya aducidos, mi memoria al respecto era, más que frágil, guadianesca, resolví optar por un escrito de naturaleza algo diferente. Rescato para todos (tercera confesión del día) los fragmentos menos sonrojantes:
«Por fin, llegamos al asunto de las clases. Y aquí tengo dos cosas que decirle: por un lado, que me perdone «lo que llaman en el mundo ausencia» [otra vez Lope, añado yo hoy] y, en el español de las perífrasis, «falta de asistencia» (a clase, claro está); por otro, que, aun no habiendo asistido mucho, tengo una idea cabal, y creo que justa, de su configuración. El desarrollo del primer punto sería largo, trabajoso y hasta supongo que ―perdone la cacofonía― infructuoso. Únicamente le diré que, si de mí hubiera dependido en mayor medida de la que dependió, usted tendría una perfecta asimilación entre mi nombre y mi rostro, y no habría tenido que buscar mi ficha al empezar a leer esta memoria, como supongo que habrá hecho.
»El segundo punto merece una pequeña pausa para la meditación. Es difícil, y sé que lo sabe, abordar el tema sin que esto parezca una dedicatoria de libro del Siglo de Oro; así que me andaré con cuidado. (…) Mis más sinceras felicitaciones, Dr. Francisco Javier Díez de Revenga, por haber roto (es de los pocos, de los únicos) con el esquema tradicional de impartir las clases; por haber hecho realidad un, a priori, misterioso título de asignatura («¿Poesía del Barroco: textos?», era el comentario general al oír lo recién escrito), dando cuerpo a una verdad sobre la que se ha mentido mucho, y es que antes del crítico, antes del manual, antes del estudioso y del estudio, está la obra, el texto, el poeta y el poema. Mis más sinceras felicitaciones por habernos descubierto los tópicos barrocos del tiempo, de los contrarios, de las apariencias, partiendo de un ejemplo concreto; porque uno, viciado por tantos años de estudio académico, se hace un lío y llega a pensar que Quevedo escribió lo de «solamente lo fugitivo permanece y dura» porque está en el punto 3 de los apuntes, y no al contrario, me explico».
Aquel muchacho que llevaba «tantos años de estudio académico» acababa de rebasar por uno la veintena. ¡Qué largo se nos hace el pasado cuando solo tenemos ojos para el futuro! Lo más admirable de esas líneas, en cualquier caso, es que, a pesar de las dos décadas que distan con respecto a estas de hoy (y a pesar, claro está, de todo ese narcisismo apenas disimulado, que ahora me avergüenza), dicen, vienen a decir exactamente lo mismo que en la actualidad determina mi relación con la lectura, con la Literatura. Sigo, para mi inmensa satisfacción, disfrutando de los textos, sí, los textos; «de la musique avant toute chose», que diría le poete (maudit); sin que eso represente óbice alguno, todo lo contrario, para aplicar a continuación una mirada rigurosa, filológica, escrutadora, que, al cabo, multiplica el placer de la lectura. Y esto que estoy diciendo se lo debo en buena parte a algunas de las personas que están en esta sala, cuyo magisterio de letras y de vida (¡qué gozo cuando se confunden!) atesoro como oro en paño.
Y hasta aquí los agradecimientos.
Alberto Chessa (Murcia, 1976) ha publicado recientemente los poemarios Parábola del barro, y Sonetontos con ton y son; y el libro de aforismos Elefantes de nube. (Bordones). Otros libros de poemas suyos son La osamenta, La piel, La impedimenta, Anatomía de una sombra, Un árbol en otros, y Non finito.
Anatomía de una sombra (2021), de Alberto Chessa, mereció el "XVIII Premio de Poesía Dionisia García-Universidad de Murcia", cuyo jurado estuvo compuesto por el Catedrático Francisco Javier Díez de Revenga Torres, los poetas Eloy Sánchez Rosillo, José María Álvarez, Aurora Luque y Juana Castro, y la coordinadora del Aula de la Universidad de Murcia, Isabelle García Molina.



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