A propósito del centenario de García Calvo
Por Gastón Segura
El autor del artículo “acerca” el pensamiento de Agustín García Calvo a “las conceptualizaciones de Martin Heidegger y de María Zambrano”, y “a las inquietudes motrices de la poesía de Robert Graves”. El poeta-pensador ácrata, gramático, filólogo clásico y traductor de Shakespeare nació en Zamora, el 15 de octubre de 1926, y murió en esa ciudad castellanoleonesa en noviembre de 2012, a los 86 años.
En los pasados idus de octubre, don Agustín García Calvo hubiese cumplido los cien años. Y no solo por este aniversario, sino por el egotismo siniestro que ha corroído, desde los smartphones y otros ductilísimos chismes, la última década hispana y aun la occidental, vale la pena recordar su figura, que fue, hasta el último aliento, una muestra palpitante de la jovialidad y la acracia esparcidas durante aquella —luego tan traicionada— Transición; al punto que su mención suscita siempre un pensar juvenil y, ante todo, radical. O sea, una manera de inquirir sin concesiones y saludable y, si me apuran, necesaria para cualquier sociedad, como rechazada, abierta o disimuladamente, por las autoridades de cualquier época y sin excepciones de facción o credo.
Y es que García Calvo fue nuestro Diógenes de Sínope. Y, para rabia de muchos, tan aupado sobre indiscutibles estrados —una cátedra por la Universidad de Sevilla, en 1959, renovada un lustro después en Madrid— como avalado por sus proezas literarias; basta con señalar sus casi monumentales traducciones rítmicas de la Ilíada, en 1995, o del lucreciano De rerum natura, en 1997, que, además, tituló De la Realidad, enalteciendo así un concepto nuclear de su singularísima indagación más que política, ontológica.
Estos trabajos descansaban sobre una primera y constante preocupación, abordada ya en su tesis doctoral, Prosodia y métrica antiguas (1951), cuando era un joven filólogo e imberbe poeta, y en buena medida concluida con el enorme Tratado de rítmica y prosodia y de métrica y versificación (2006), ensayo que le opuso —si no sublevó por denunciador de estruendosas impericias— a tanto poetastro de esos que persiguen pingües becas y otras venales sinecuras por las mullidas galerías del Estado. Quizá por eso, cuando pienso en García Calvo, me surge de inmediato la larguirucha estampa de Robert Graves, y no solo por aquello tan evidente —su común y profundo conocimiento del Mundo Antiguo— sino por su compartida concepción del arte poético. Ambos reclamaban la poesía como palabra cantada; o sea, sujeta a un elemento esencial y embrujador: la melodía. Graves lo había aprendido de niño acompañando a su padre, mientras recogía canciones populares galesas, y García Calvo aún fue más lejos, pues desde sus años sevillanos, se prodigó en recitales, para demostrar que el poema no se lee, se escucha embaucado por su melopea; situación que el pueblo, desde la más remota antigüedad, aprecia —incluso, exige— del género. Aunque siendo la musicalidad la virtud común y originaria de toda poesía, sus ritmos —es decir, sus metros— son una peculiaridad de cada lengua y, en consecuencia, frutos de su particular prosodia; pues de ella nacieron espontáneamente, cuando sus hablantes intentaron armonizar un puñado de palabras. Y como quiera que ese primer canto resultante no pertenecía a nadie, al contrario, emanaba del habla compartida, no podía ser sino el espíritu común hecho sonoridad.
En tanto, la poesía del s. XX había emprendido, impulsada por las vanguardias, un camino que la fue alejando del viejo sendero del canto hasta caer en una prosificación de fulgurantes artificios y de muy escasa melodía, cuanto la enfrentaba a la poética de Graves y de García Calvo, enraizada en un decir popular por parte del zamorano, mientras la querencia hacia el Romanticismo era muy ostensible en los primeros poemas del mertoniano, y sobre estas no tan lejanas diferencias, ambos coincidían muy a menudo en su gusto y gracioso manejo de fórmulas arcaizantes. Por supuesto, la crítica, tan ávida de la rauda novedad, los tachará de atrabiliarios. Indudablemente, bajo ese baldón, sus obras solo iban a encontrar dificultades para editarse, ante lo que ambos, curiosamente, reaccionaron de un modo similar: crearon una empresa propia con la que divulgar impresas sus creaciones; Graves, muy tempranamente, en 1927; García Calvo, tras su regreso del destierro en París, sobre 1979. Y si la persistencia de Graves, en la «autopublicación» de sus poemarios, le granjearía con los años el formidable elogio de Auden[1], o lo que es lo mismo, el reconocimiento de toda la poesía anglosajona; García Calvo, al meditar en la lengua como una herencia histórica y en el canto como un fruto del decir comunal, atisbará los resquicios imprescindibles y sugeridores para su rechazo del Estado, de la Religión y del Futuro; o sea, de todo aquello que formulará en las paginas de su obra ensayística —también publicada en Lucina, su editorial personal— tras el abrumador concepto de Realidad.
Pues, como su semántica indica, Realidad es una circunstancia y configurante, y no solo del exterior, sino también de la conciencia, al constituir nuestra personalidad, en tanto que esta es proyección, en el porvenir, de un yo anhelado. Pero esta Realidad no es como suponemos la Totalidad, pues hubo un momento de nuestras vidas cuando experimentamos un universo previo, libérrimo y deslumbrante, apenas recordado luego. Sucedió durante aquellos años cuando aún estábamos adquiriendo las palabras y el mundo todavía no había sido categorizado —o si prefieren, clausurado— por el lenguaje; entonces es cuando nos encontrábamos ante la Totalidad resplandeciente e innominada. Por la añoranza de este momento infantil, abierto a la alegría y al juego —algo tan nietzscheano—, García Calvo ansió instalar su pensamiento en los presocráticos albores del s. V a.C., cuando la Física —como él prefería llamar, acorde con esa edad deseada, a la Filosofía— no había emprendido aún la categorización del todo; o sea, la constitución de la Realidad con su inexorable esclerotización del poetizar primitivo —y para don Agustín, genuinamente veraz— de la vida.
Al sopesar esta concepción confinante de la Realidad, el pensamiento de García Calvo se nos perfila cercano a las conceptualizaciones de Martin Heidegger y de María Zambrano, y, además, a las inquietudes motrices de la poesía de Robert Graves; que no son otras que la exaltación de aquella divinidad original —la gran Diosa Blanca—, destronada durante el final de la Primera Revolución Agrícola para desdicha de los hombres, pues quedamos, a juicio del visionario de Deyá, desarraigados para lo porvenir de la Totalidad cósmica, de la que la Gran Madre era soberana y celebración.

Así pues, es esa añoranza de aquella Edad de Oro, tan cantada en la Antigüedad, cuanto impulsa y subyace a la poesía —y hasta añadiría, a la existencia— de Robert Graves. Pero este empeño que pudiera ser interpretado como un delirio, no se nos antoja tal cuando atisbamos su extraordinario parecido con el propósito primordial de Mircea Eliade, empeñado durante toda su poligráfica obra en el rescate de aquella epifanía transtornadora de su juventud y, por demás, decisiva para el resto de sus días[2]. Y ya no nos caben dudas sobre esta semejanza cuando comprobamos que ambos, Graves y Eliade, desde postulados y procedimientos metodológicos distintos, emprendieron una genealogía de las religiones[3] hasta esclarecer ese conmocionador tiempo prístino, cuando la divinidad se manifestaba en su unicidad omnicomprensiva y sin embozo alguno. Una manifestación sagrada desmembrada —según este par de autores como, a su manera, también por los otros, anteriormente citados— en hechizantes y traviesos panteones, que pese a sus bellos y conmovedores destellos, se desvanecieron a su debido tiempo por el escrutinio de la razón —del λóγος—; o dicho de otro modo, por el minucioso catalogar surgido en la Hélade con la apoteosis de los herederos de Sócrates, durante el s. IV a.C.
Momento egregio y caracterizador de Occidente, qué duda cabe; pero, como también habrán adivinado, inicio de la constitución de la llamada Realidad por García Calvo, o de la Metafísica, en tanto que «la historia del olvido del ser», por Heidegger, o de la razón discursiva por María Zambrano. Y bien invoquemos a este discurrir histórico y espiritual de nuestro mundo como Realidad, como Metafísica o como razón discursiva, su resultado es idéntico: la elevación de ese inconmovible edificio llamado ciencia —o la «cosificación» del ser (εἶναι)—, mientras el hombre, su inagotable constructor, era arrojado, con cada ladrillo que ponía, hacia una existencia «inauténtica»; cuya «redención», para este trío de pensadores, solo sería posible por una poetización de la existencia; o dicho de otro modo: por una resacralización del mundo.
Y llegados a esta ucrónica e incómoda conclusión para los tiempos y los apetitos dominantes en la actualidad, advierto que, de todos estos autores, solo Robert Graves, cuando desembarcó en Deyá, en 1929, alcanzó esta tan vaticinada poetización de la existencia, y mucho antes de que la pregonara Martin Heidegger, aún sumido en la primero enrevesada y, luego, imposible continuación de Ser y tiempo (1927), e incluso de que María Zambrano concibiese la razón poética como un bálsamo para cualquier existencia, pues se hallaba recién licenciada de la Central y buscando huecos en las páginas de Revista de Occidente. Y no debe sorprendernos la precocidad de Graves, porque, al fin y al cabo, era, como dijo Auden, un poeta genuino y, como cuantos lo han sido, poseía el don de la clarividencia.
[1] Se trata de la célebre frase de W. H. Auden en The Chatto Book of Modern Poetry (1956), de C. Day-Lewis y J. Lehmann, donde dice en su introducción sobre Robert Graves: «Ningún poeta ha estado más preocupado que Graves por la probidad poética, por ser auténtico, cueste lo que cueste, para con su verdadero yo».
[2] Véase, sobre este asunto, mi artículo, «Mircea Eliade o la añoranza del paraíso»; Ágora, nº 32, mayo de 2025, pp. 156-66.
[3] Si Mircea Eliade pasa por ser el más popular de los historiadores de la religión del s. XX con cerca de treinta títulos sobre el asunto, algunos casi imprescindibles por su amplitud como Historia de las creencias y las ideas religiosas (1976-86), la obra de Robert Graves en este terreno se aproxima, en cambio, a la decena de títulos, donde por supuesto sobresale La diosa blanca (1948) o sus interpretaciones de los mitos griegos y hebreos, de 1955 y 1964, o los estudios sobre el cristianismo primitivo con Joshua Podro, The Nazarene Gospel Restored (1954) y Jesus in Rome (1957), que tan estimulantes resultan.
Gastón Segura Valero (Villena, 1961). Novelista, editor, articulista en El Imparcial. Ha publicado recientemente Saga nostra en la editorial Drácena. Su obra literaria lleva, de forma lograda, la crónica contemporánea a la ficción narrativa, con títulos como: Ifni: La guerra que silenció Franco, Las cuentas pendientes, Los invertebrados, Las calicatas por la Santa Librada, Gaudí o el clamor de la piedra.



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