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jueves, 6 de marzo de 2025

Las primeras 144 páginas de "El mejor libro del mundo" de Manuel Vilas. Comentario de Fulgencio Martínez. Bibliotheca Grammatica / Novela. Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático

 


Las primeras 144 páginas de "El mejor libro del mundo" de Manuel Vilas

 

En la página 144 abandono. He llegado con paciencia a la frase "Yo lo que quiero es escribir el mejor libro del mundo." Me ha sido arduo leer hasta el punto que cierra la frase y el capítulo ("Herejías", pero da igual el título). Tenía expectativas de disfrutar con esta nueva "novela" de Manuel Vilas, que me había deslumbrado con Ordesa. Aunque cuando leí esa novela ya pensé que me había gustado por ser un retrato social, generacional, costumbrista a su modo, más que por las razones que la crítica presumía: autoficción, ejercicio de desnudez y verismo desgarrado. Nada de eso es lo que me atrajo. 

    Ocurre que hay ciertas novelas contemporáneas (Patria, de Fernando Aramburu, entre las que yo he leído, claro) en que, unido a un cierto nivel de calidad literaria (del que carece la mayoría de las "novelas" que he intentado leer entre las publicadas en España) se da el acierto de dar voz a una problemática, a un silencio, o a una generación o promoción más bien; a veces de modo inesperado para el propio autor, y gratamente sorpresivo para los lectores que reconocen en esa narración su libro, lo que para ellos se debía haber escrito pero que nadie hasta entonces lo había hecho. (Y hablo de lectores sin distinción de sexo, que no viene al caso). Sucede que el éxito de esas novelas -éxito de público, pero también, lo he reconocido antes, de escritura lograda- no es susceptible de convertirse en fórmula; si se me admite la paradoja: ese éxito no es comercial, más que en el momento, la primera vez, y si se repite se convierte en un remedo triste y falso. Es la condena de una obra buena, su éxito es poco o nada comercial. Sin embargo, lleva al escritor a otra condena: la de tener que volver a intentarlo, y sufrir por poner en las editoriales su carnet de escritor al día. Los segundos o siguientes libros de esos escritores no suelen ser nada buenos, aunque la promoción literaria les ayude (premios, "críticas", recomendaciones, etc) a venderse. A lo sumo el éxito les vale dos o tres libros más. Es cierto que algunos escritores remontan esa deriva, consiguen saldar su éxito no comercial y llegan a escribir algún otro libro de valor.



        No se trata tanto de escribir "el mejor libro del mundo" sino un libro bueno, de los que da gusto leer y releer. Si Francisco Umbral solo hubiera escrito Las ninfas, o La noche que llegué al café Gijón, o Mortal y rosa, o cualquiera de sus libros sobre Madrid, y no hubiera publicado La forja de un ladrón, o, sobre todo, Un ser de lejanías, obras que escribió el madrileño en su última etapa, nos hubiera privado de una aventura y un gozo literario que sin duda nos merecemos los sufridos lectores de novela española. Lo mismo se podría decir de Galdós, de García Márquez, y de algunos escritores más, que han producido más de una o dos grandes novelas que, para su tiempo y sus lectores, fueron éxitos no comerciales (paradoja de la literatura que el escritor ha de asumir), es decir, irrepetibles como fórmulas. Incluso cuando fueron un tiempo por un camino (por ejemplo, Galdós con sus Episodios o sus tipos de novela, de tesis, realista, histórica, contemporánea, idealista) cambiaron el paso e iniciaron otro empeño que les pudo llevar al fracaso o a un nuevo logro sin "precedentes". 

                  

 
 Manuel Vilas


    Hay, por aceptación o imposición mediúmnica, una corriente actual que dice que un escritor ha de alcanzar el éxito de lectores y crítica con una sola novela, y lo demás se le dará por añadidura. Es decir, la editorial le seguirá promocionando. ¿Os fijáis en que lo importante ya de un libro no es su contenido sino su portada? El mejor libro del mundo, de Manuel Vilas, está publicado por la editorial Destino en su colección Áncora y Delfín, la antigua colección de libros del Premio Nadal que otorgaba esa editorial, que venía de Plaza y Janés, luego asumida por Planeta, y donde estaban libros como Las Ninfas, y Mortal y rosa, de Umbral, o Extramuros, de Jesús Fernández Santos, y otras grandes novelas que yo leí en la mítica biblioteca del profesor Antonio de Hoyos en la Diputación de Murcia; de pastas duras elegantes y sin más diseño de portada que el emblema -que no logotipo, fea palabra- de dos elementos mágicos: áncora y delfín, símbolos complementarios en su oposición.

    Ahora, El mejor libro del mundo luce en su portada una fotografía que podría rivalizar en calidad artística con las portadas de la editorial Alfaguara o Planeta (o de cualquier otro sello de grandes ventas), y hay que buscar en algún lugar de la contraportada del libro las palabras Áncora y Delfín. Ya no el emblema, como antes; pero esas palabras al menos nos aseguran un mínimum literario.

     Otra condición para el éxito prefabricado es ser catalogada la obra como "novela", lo contrario de la ironía de Miguel de Unamuno, que llamó nivolas a sus novelas. Esas de Unamuno eran cortas, estas otras puestas en la carrera del top de ventas de ficción (narrativa) suelen tener al menos 500 páginas, no son novelas en unos casos, y en otros son borradores enciclopédicos de narrativas múltiples y apelotonadas.

 


    Aun así, a veces ocurre un milagro: un escritor da una obra de calidad que llega a un amplio grupo de lectores: véanse los ejemplos arriba citados: Ordesa, Patria... El autor ha de sufrir la condena de presentar a la editorial 500 páginas - o 586, como tiene "El mejor libro del mundo"- para retomar la comunicación con su público.

 

El mejor libro del mundo es una sucesión de anécdotas, contadas desde una desazonada confidencialidad del autor con su público-espejo. Nada de novela, a pesar de que en su contraportada la casa editorial engañe al público con la manida fórmula, y con expresiones absurdas como "techo de cristal" (quien haya escrito ese texto promocional es un zoquete):

    "Nadie antes que Manuel Vilas ha explorado la vulnerabilidad de un escritor como lo hace él en su nueva novela (...) Vilas rompe el famoso techo de cristal para contar a todo el mundo quién y qué es un escritor". 

    No se puede ser más cursi. ¿Nadie antes...? ¿Qué es el famoso techo de cristal?

    Al no tratarse de una novela, ni autobiográfica ni de ficción, sino de unos apuntes de diario, articulillos intercalados, anotaciones, reflexiones, lo que se quiera, pero, ojo, sin el rigor de calidad y concisión del género "diario" (que implica selección y composición, y del que hay grandes títulos recientes, entre escritores no de exitosas novelas o timonovelas como esta), decía que al no tratarse de una novela no se le puede conceder al autor deslices o desinformación en sus asertos:

"De crío, en los colegios religiosos donde estudié (no había otros en aquella España de los años sesenta y setenta del siglo pasado).." 

    Nos quedamos a cuadros. Espero que los lectores más jóvenes se apiaden de la corta memoria de sus mayores.

    Hay frases que saltan a la vista con una pizca de ingenio: 

"Las lenguas nacieron para nombrar el fantasma."

O reflexiones que parecen sentidas:

"Hay hijos burgueses y hay hijos metafísicos. Hay hijos que nacen porque un hombre y una mujer se han casado y desde un punto de vista social necesitan un hijo. Hay hijos que nacen de otra necesidad, de la necesidad de que el amor entre un hombre y una mujer produzca materia, produzca carne (...)"

    Realmente, glorioso. Hijos burgueses (cuánto lodo traen aún los eslóganes). Hijos metafísicos (¿otra cursilada?)

    Y así. Sufriendo el escritor, hasta darle a la editorial lo que quiere para su problemático segundo o tercer éxito: 586 páginas de tocho. Y sin duda el libro, por su fotografía de portada, es interesante, o tan interesante como otro cualquiera exhibido en los escaparates de las librerías. 

    A Manuel Vilas no le pedimos los lectores el mejor libro del mundo, sino un buen libro, honesto, extenso, o mejor, breve, si puede ser, por lo que decía su paisano Gracián y que él conoce.

 

Fulgencio Martínez

Editor de Ágora

sábado, 15 de junio de 2024

LITERATURA DE LAS RUINAS. Artículo de Anna Rossell sobre "Obras completas" de Wolfgang Borchert, en traducción al español de Fernando Aramburu. / Ágora 28 Nueva Col. Apuntes sobre literatura contemporánea en alemán 2/ 3

 

                                                                                                             Wolfgang Borchert, en 1941. Wikipedia

 

 

LITERATURA DE LAS RUINAS

 

Apuntes sobre literatura contemporánea en lengua alemana 2/ 3

 

 

por Anna Rossell

           

 

 


 Wolfgang Borchert

Obras completas

Trad. de Fernando Aramburu.

Laetoli. Villatuerta (Navarra), 2007. 359 págs.

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                             

El nihilismo existencialista de Borchert enlaza con Sartre y Heidegger, el grito desgarrador de su lenguaje expresionista encuentra su correlato pictórico en el de Munch.

                                      

 

La publicación en 2007 de las Obras completas de Wolfgang Borchert (Hamburgo 1921 – Basilea 1947) en traducción española de Fernando Aramburu fue un acontecimiento digno aún hoy de rememorar. Dar a conocer como es debido y en traducción de calidad a este extraordinario autor, un clásico de las letras alemanas a pesar de una exigua creación literaria que cabe en 350 páginas, era una cuenta editorial pendiente hasta la publicación de estas Obras completas que esperábamos impacientes quienes seguimos de cerca la literatura alemana del siglo XX. De Borchert se conocía en España su única pieza teatral Draußen vor der Tür -traducida libremente con el título La calle sin puertas-, incluida en una colección de Teatro Contemporáneo (Aguilar, 1965), la antología de cuentos An diesem Dienstag –en versión catalana, Aquest dimarts- (Eumo, 1992) y una selección de poemas a cargo de Jorge del Arco, Un andar solitario (Betania, 2003). La editorial Laetoli pone fin a esta dispersión, que transmitía una idea distorsionada de un autor cuyo nombre ha pasado a la historia de la literatura por sus cuentos y su obra teatral y no por sus poemas, género con el que inició sus balbuceos literarios a los quince años y que siguió cultivando sin alcanzar la brillantez que consiguió en los otros dos, donde se ganó merecidamente la categoría de clásico. De su extensa producción lírica el propio Borchert sólo consideró catorce poemas dignos de ver la luz, los únicos que se editaron como libro en vida del autor, bajo el título de Laterne, Nacht und SterneFarol, noche y estrellas-.

 

         La publicación de Laetoli tiene el valor añadido de dar a conocer a uno de los representantes más destacados de la generación joven de la literatura alemana, generación perdida nacida en los años veinte, cuya infancia y adolescencia quedaron atrapadas entre guerras, y que, desconfiando de sus mayores y de toda ideología, tuvo que hacerse a sí misma y despojar la lengua alemana del interiorizado lastre nacionalsocialista. De este período literario alemán de la posguerra inmediata -1945 a 1948, año de la fundación de las dos Alemanias-, apenas se conocen en español ni autores ni textos, y ello es lamentable puesto que esta primera fase echó los cimientos de una literatura que cristalizó en el Grupo 47, impulsado por Hans Werner Richter, y marcó la evolución literaria alemana de la República Federal hasta finales de los años sesenta. Alfred Andersch, Wolfdietrich Schnurre, Günter Eich, Robert Wolfgang Schnell, Luise Rinser, Franz Josef Schneider o textos de esta época de autores de renombre como Heinrich Böll, entre otros, no se conocen en español. Ellos forjaron la que se ha dado en llamar “Literatura de las ruinas” o “Literatura de la hora cero”, por su voluntad de romper radicalmente con la tradición que les había llevado al nacionalsocialismo y a la guerra y de volver a empezar de nuevo, de establecer un antes y un después, manteniendo vivo el recuerdo del horror para no recaer en él.

 

         Los textos de Borchert están impregnados de la devastación y los sufrimientos de la guerra y de sus consecuencias. Él, cuyo sueño fue ser actor y gustaba de ironizar y parodiar, fue detenido en 1940 por la Gestapo. En 1941 fue llamado a filas y enviado al frente del este donde le encarcelaron varias veces acusado de autolesionarse con el propósito de ser repatriado y de ofensas al Estado alemán. Su salud se vio profundamente afectada por ello. La difteria y la hepatitis que contrajo ya no le permitirían recuperarse jamás. Cuando, en 1943, por fin consiguió un permiso para viajar a su querida ciudad natal, los bombardeos de los aliados, de los que había sido objeto, la habían dejado reducida a escombros. Su nuevo encarcelamiento en 1944 por parodiar al ministro de propaganda Goebbels agravarían aún más su estado. Enviado otra vez al frente, ya al final de la guerra, su compañía, hecha prisionera por el ejército francés, es llevada al cautiverio del que él consigue escapar. Los seiscientos kilómetros que tendrá que recorrer, enfermo, para llegar a Hamburgo hacen el resto. Sus esfuerzos por reanudar su carrera teatral después de la guerra serán vanos: las frecuentes hospitalizaciones y la fiebre lo relegan a la vida del desahuciado que sabe que le queda poco tiempo, tiempo que aprovecha hasta el último minuto en un pulso contra la muerte. Escribe toda su obra en prosa y su pieza teatral Draußen vor der Tür, (Fuera, delante de la puerta), en 1946 y pocos meses de 1947, hasta su muerte en un hospital de Basilea en noviembre del mismo año.

         No es de extrañar que el tema recurrente de su literatura sea el sufrimiento, el hambre, el miedo, la nostalgia, el frío en el frente de Rusia, la locura en la reclusión de la cárcel, el insomnio y las pesadillas del soldado, la soledad y la incomprensión del que regresa a Alemania y comprueba que no tiene hogar ni familia, que ha perdido el norte y sigue sin saber a dónde va cuando más lo necesita y la gente a su alrededor ha reconstruido su vida de la noche a la mañana y olvidado el horror vivido como si de un simple paréntesis se tratara: “nadie sabe adónde vamos. Pero todos viajan. [...]. Y ninguno sabe adónde vamos. Y todos viajan. Y ninguno sabe... y ninguno sabe... y ninguno sabe...” (A lo largo de la calle larga, larga). Su mundo literario es un mundo en ruinas, de muerte y de mutilados de cuerpo y alma, en el que Dios ha dejado de existir y cuya dolorosa ausencia es sin embargo omnipresente. El desamparo del individuo es absoluto, su pregunta vital queda sin respuesta: “¿Dónde está el hombre viejo que se hacía llamar Dios? ¿Por qué no habla? / ¡Responded! / ¿Por qué calláis ¿Por qué? ¿Nadie, pues, responde? / ¿Nadie, pues, responde? ¿Nadie?” (Fuera delante de la puerta).

         Ya hace mucho que los estudiosos de la literatura alemana de la posguerra inmediata saben que aquella intención programática de la generación joven -cortar radicalmente con los modelos literarios anteriores a la última catástrofe bélica mundial- quedó en una declaración de principios bienintencionada. El nihilismo existencialista de Borchert enlaza con Sartre y Heidegger, el grito desgarrador de su lenguaje expresionista encuentra su correlato pictórico en el de Munch. Con todo, sus textos, a pesar de la desolación existencial que habita en ellos, dejan a veces un pequeño resquicio de esperanza. En sus cuentos y en su obra teatral encontramos con frecuencia un yo escindido, un yo y un otro, que encarnan respectivamente la desesperación y el consuelo, la voz que anima a la supervivencia. El hecho de que escribiera en una carrera desenfrenada contra el tiempo que le quedaba de vida es signo de que Borchert no perdió del todo la esperanza. No es casual que el último texto que escribiera fuera su manifiesto pacifista ¡Entonces sólo hay una salida!, donde, con el estilo repetitivo que le caracteriza, exhorta a todos y cada uno a decir no a la guerra y describe con palabras devastadoras, que arrancan de lo más profundo del dolor de quien lo ha vivido en carne propia, el desolador paisaje humano y material que nos espera, si esto no sucede.

En Luftkrieg und Literatur (Sobre la historia natural de la destrucción) W. G. Sebald arremete contra los escritores e historiadores alemanes acusándoles de no haber dejado constancia de la destrucción a que se vieron sometidas las ciudades alemanas por los bombardeos aliados. Entre las poquísimas excepciones que menciona está el cuento de Borchert Nachts schlafen die Ratten doch (Pues claro que las ratas duermen de noche). Sin embargo, no es éste ni mucho menos el único texto de Borchert que da testimonio de las ruinas, como tampoco es él la excepción que las documentó. Sebald olvida esta época de la literatura alemana de la posguerra, 1945-1948, en la que muchos autores cultivaron el cuento y sobre todo el reportaje -un género que floreció en estos años- llevados precisamente por esta necesidad.         

 


Anna Rossell (Mataró, Barcelona, 1951) es poeta, narradora, filóloga alemana, traductora y crítica literaria. Ha publicado recientemente Poesia per al nostre temps (2024, InVerso edicions de poesia).  Doctorada en Filología Alemana. Profesora de literatura alemana en el Departamento de Filología Inglesa y Germanística de la Universidad Autónoma de Barcelona. Blog de la autora:

 http://www.annarossell.com/blog