ÁGORA. ULTIMOS NUMEROS DISPONIBLES EN DIGITAL

Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Cánovas Sánchez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Cánovas Sánchez. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de junio de 2021

Entrevista a Francisco Cánovas Sánchez, autor del libro "Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso" (Alianza editorial). Por Fulgencio Martínez/ Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático/ Avance Ágora digital n. 10/ Dossier homenaje "Galdós, detrás de su centenario: un espejo con memoria"

 

 


 

ENTREVISTA A FRANCISCO CÁNOVAS SÁNCHEZ, AUTOR DEL LIBRO BENITO PÉREZ GALDÓS. VIDA, OBRA Y COMPROMISO

 

                                               

Francisco Cánovas Sánchez nació en 1949, en Orihuela, ciudad a la que dedicó su libro Historia de Orihuela (2015). Doctor en Historia, profesor en la Universidad Complutense de Madrid y en la Miguel Hernández, de Alicante, ha publicado destacados estudios históricos, sociales y culturales, como, por ejemplo, Los partidos políticos en la era isabelina (1981), El Partido Moderado (1982), Los Decretos de Nueva Planta en los países de la Corona de Aragón (1985), La Reina del triste destino (2005), “Yo, Manuel Azaña, tomo la palabra” (2007), y Benito Pérez Galdós: Vida, obra y compromiso (2019)

 

            



 

Quiero ante todo agradecerle, como lector, el libro Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso. (Alianza edit, Madrid, 2019). Llegué a su libro en febrero de 2020, un mes antes del comienzo de aquel “confinamiento” domiciliario para hacer una cuarentena que duró tres meses largos. Tuve tiempo de leer o de releer algunas obras de Galdós (algunas novelas y algunos Episodios) con el recuerdo de las consideraciones y enseñanzas aprendidas en su libro.

En su libro sobre Galdós hay dos aspectos que me parecieron, ya en el momento de la lectura, esenciales y muy instructivos para mí, y creo que para un lector medio que no está al tanto de la profundidad de la figura de Galdós y de la importancia de la época en que vivió.  La vinculación de Galdós con su contexto histórico, y para mí tan importante o más que ello, la “recreación” de la personalidad de Galdós, su formación artística, su talento multidisciplinar, su multitud de intereses, su gran voluntad de escritor, su realidad de un ser humano de un gran nivel de cultura: esos aspectos de la persona extraordinariamente dotada para el arte y de la persona extraordinariamente formada que en nuestra Historia se suelen descuidar, especialmente en la Historia literaria (donde casi se pasa por encima o acaso se da por descontada esa genialidad instruida). El libro lo revela con naturalidad, como corresponde al personaje Galdós. Si ha sido más destacado lo primero (por su condición de historiador) lo segundo (que también es de historiador), lo de presentar a los grandes hombres o mujeres, a grandes caracteres, también debería destacarse.

Andrés Trapiello (1) alaba en su crítica la amenidad del libro (2) y el método que usted ha elegido para escribir la biografía de un hombre y un personaje tan parco en exteriorizar datos de su intimidad: el acceso a ella a través de la obra y el contexto. A lo que se podría añadir: de la cultura, incluso de las aficiones de un “poliédrico” Galdós -como escribió María Zambrano-, quien a veces parece estar solo interesado de verdad por las mujeres.

Dice usted al comienzo del capítulo X de su libro que Galdós tenía una concepción integral de la cultura y de las artes. Resulta muy revelador esa relación de Galdós con el arte: pintura, dibujo, diseño, imagen, música, zarzuela, ópera, arquitectura, poesía, teatro, y literatura en general. Pero me ha gustado, sobre todo, una frase suya: “Como Goya, Galdós era un pensador que reflexionaba a través de sus obras” (p. 247). ¿Cree que libros como el suyo son necesarios para transmitirnos una imagen más fidedigna y admirable de Galdós?

 

—FRANCISCO CÁNOVAS: Sin duda alguna. Para conocer bien la personalidad de un escritor o de un artista (Galdós compartía estas dos facetas), hay que insertar su trayectoria biográfica en las coordenadas sociales, políticas y culturales de su tiempo. Se aprecian así detalles imprescindibles de sus actitudes y comportamientos. Por ejemplo, el gran interés que Galdós tenía por la historia contemporánea española se debe a su preocupación por la evolución histórica de España durante el siglo XIX, por los factores que estaban bloqueando su desarrollo y su progreso. Lo mismo podría decirse respecto a sus obras literarias. Su novela Gloria desvela su preocupación por la intolerancia religiosa que tanto perturbaba la convivencia. Por otra parte, en el ciclo de las grandes novelas galdosianas que transcurre entre La desheredada y Misericordia se realiza un retrato fidedigno de la sociedad de la Restauración.  Mi biografía de Galdós ayuda a contemplar todos estos aspectos.

 

Le tengo que pedir perdón porque no conozco, de su bibliografía, más que el libro que usted ha escrito sobre Galdós. Puedo decirle que al leer en su currículum bibliográfico un título como El partido moderado, me he alegrado, y me ha sonado ese nombre a algo de ciencia-ficción en España. Para poner al inicio un poco de humor en esta conversación que se nos puede ir a cosas transcendentes, ¿piensa usted que podría estar interesado en su libro El partido moderado alguna de las célebres plataformas audiovisuales (tipo Netflix) con la intención de poner de moda una nueva narración utópica de las que tanto gusta a un sector del público?

—FRANCISCO CÁNOVAS: El Partido Moderado fue la formación política más importante de la época isabelina. Dirigido por Ramón M. Narváez, Pedro J. Pidal y Joaquín F. Pacheco, su actuación política marcó el devenir de las décadas centrales del siglo XIX español, tan poco conocido por tantos. Los ingleses han hecho series históricas que han sido seguidas con interés por los espectadores. En relación con estas consideraciones, ¿por qué RTVE no hace una buena serie sobre Los Episodios Nacionales de Galdós? Estoy convencido de que tendría un gran éxito.

 

Dice usted (p. 165): “Galdós escribió los episodios en dos etapas, entre 1873 y 1879 creó las dos primeras series, y entre 1898 y 1912, las tres últimas. Esta circunstancia cronológica es importante, ya que entre la creación de unas series y de otras transcurrieron varias décadas, que le concedieron al escritor una perspectiva histórica que le ayudó a ponderar los hechos relatados”.

Me interesa mucho hacerle esta pregunta, porque estoy actualmente en medio de la lectura de la totalidad de los Episodios Nacionales (sé que otros lectores también están en ese empeño).

¿Qué opinión profesional, si quiere, como historiador, tiene de la pintura de Galdós de los hechos históricos en los Episodios Nacionales?

—FRANCISCO CÁNOVAS: Decía Mesonero Romanos que si alguien quería conocer los entresijos del siglo XIX español tenía que leer los Episodios Nacionales de Galdós. Indudablemente Galdós tenía una buena formación histórica, pero su perspectiva de escritor, que combinaba la historia y la ficción, le permite incorporar detalles, colores y aspectos que enriquecen el relato histórico. La gran galería de personajes que protagonizan sus novelas desvela, mejor que cualquier libro académico de Historia, las circunstancias, los anhelos y los desgarros de los españoles de aquellos tiempos. Las últimas series de los Episodios las escribió a partir de 1998, cuando se produjo la crisis colonial y se desplegó el debate regeneracionista. Abordó entonces episodios que había conocido personalmente, pero la perspectiva del tiempo transcurrido le ayudó a perfilar sus relatos.

 

Decía Joyce (con cierta soberbia o con cierta ingenuidad propias ambas del genio) que, si de pronto Dublín desapareciera, se lo podría reconstruir gracias a su libro Ulises. (Parece que la vida supone siempre cambio y que el arte es perspectiva, por más que intente ser una reproducción realista, ¿y la verdad también es perspectiva?…; dejémoslo ahí).  ¿Podríamos decir lo mismo de Galdós respecto a su obra y a la realidad del siglo XIX español?

— FRANCISCO CÁNOVAS: Así es. Las grandes novelas y episodios de Galdós ofrecen una excelente fotografía de la realidad española del siglo XIX, de la pirámide social, la dinámica de clases y las condiciones de vida, algunos de cuyos aspectos se proyectan en la realidad actual.

 

Mi pregunta anterior partía de dos o tres supuestos que solo a la vanguardia del siglo XX no le parecieron monstruosos: de la posibilidad de que una obra (un libro, un cuadro) o en su versión más light el conjunto de la obra de un autor o artista, pueda dar la perspectiva total de un mundo; de que exista esa perspectiva simultánea y total y, por último, de que ese mundo no cambie o cambie solo superficialmente y sea reconocible para varias generaciones que no lo vivieron originalmente.     

Mi pregunta ahora es si usted cree que Galdós puede ser un espejo de su tiempo solo con su obra de ficción, o puede serlo sí principalmente a través de sus obras de ficción (novelas, cuentos, Episodios nacionales, teatro) pero también a través de sus discursos y escritos culturales, críticos, políticos, periodísticos, de los que usted, con acierto, da al lector una selección en el apéndice de su libro (hecho que nos ha parecido muy destacable); y además con libros como el suyo.

  (Me interesa la opinión de usted como historiador sobre la ficción como recreación de los hechos y mentalidades históricos, y de la necesidad de la historiografía para la actualización de una obra literaria).

—FRANCISCO CÁNOVAS: Tal como he indicado la obra literaria de Galdós nos ayuda a conocer muy bien la realidad española de los siglos XIX y XX. Si además consideramos su importante labor periodística, bastante menos conocida, y sus artículos y discursos políticos, ese conocimiento será mucho más completo y preciso.

 

Ese aproximación, que es la que usted implícitamente propone con su libro, ¿no sería la más correcta, ya que asumimos como lectores del XXI aquella concepción monstruosa de la vanguardia; y cuando digo correcta, digo, por un lado, coherente (con lo que hoy esperamos de todo gran libro, de todo gran autor, incluso de uno como Cervantes, pues el arte lo vemos en gran medida documento y arqueología de nuestros valores actuales) y por otro lado, sospechosa, demasiado cómplice de la perspectiva actual para ser ya admisible como perspectiva total, a diferencia de aquella ingenua y verdadera apuesta de la vanguardia histórica de principios de siglo?  ¿Correcta, coherente y sospechosa de un prejuicio bien actual?

—FRANCISCO CÁNOVAS: Aquellos que piensan que la realidad actual no tiene que ver con el pasado, que vivimos en una época enteramente nueva, se equivocan completamente. La realidad actual hunde sus raíces en el pasado inmediato. Las ideas, los escritos y los valores de Galdós, de Francisco Giner de los Ríos, de Antonio Machado o de Manuel Azaña mantienen hoy plena vigencia.

 

 Usted llama, en el epílogo de su obra, a Galdós contemporáneo nuestro. Se supone que Galdós escribía para sus contemporáneos.  Me gustaría que nos recordara por qué Galdós es nuestro contemporáneo.

— FRANCISCO CÁNOVAS:  Galdós es contemporáneo nuestro. Hoy, en el siglo XXI, las ideas y los valores que Galdós defendió en los libros, en la tribuna y los periódicos están plenamente vigentes. La tolerancia, la democracia, la justicia, el laicismo, la emancipación de la mujer, la crítica de la corrupción y la exigencia de políticos honestos continúan siendo esenciales para construir una sociedad más digna.

 

Hay palabras clave en su obra: compromiso, perspectiva, actitudes, tolerancia. Confieso que me ha sonado muy bien la primera de esas palabras cuando se ha entendido con la amplitud que usted lo hace. Se refiere usted en Galdós a un compromiso cultural “tal como lo concebía Francisco Giner de los Ríos” (p. 393. op. cit). Y a un compromiso ético y cívico, político, nacional (con el avance de la libertad, el progreso del Estado, de la Nación española) y de un compromiso con lo humano y social, con la emancipación de la clase obrera, de la mujer, con la educación de la juventud y del pueblo español. Le pido que comente ese sentido generoso del compromiso de Galdós, en su obra y en su talante, que usted fundamenta tan bien en su libro.  Y, por otra parte, no pudo dejar de preguntarle por la relación de Galdós con Giner de los Ríos y, en general, con el krausismo. (Hoy, sobre este, como filosofía y como espíritu regenerador de España, siguen existiendo vivas polémicas).

—FRANCISCO CÁNOVAS: Giner, Galdós y Cajal postularon el compromiso de los intelectuales, los escritores y los artistas en la resolución de los problemas de España. Haciendo gala de esa convicción, Galdós no fue un espectador neutral de la sociedad de su tiempo, sino que se involucró en ella y se comprometió con la democracia, la tolerancia y la justicia. A los 64 años, cuando era el escritor español más importante, dio un paso al frente en la política activa y fue diputado republicano y presidente de la Conjunción Republicano-Socialista. En aquella etapa, recorrió los pueblos de España enarbolando la bandera del cambio democrático, el laicismo y el republicanismo. Federico García Lorca le escuchó cuando era un adolescente y le consideró la voz más profunda de España.

 

Ambas cuestiones, cultura y compromiso (o compromiso cultural) y krausismo (en cierto modo, y en general, liberalismo y progresismo en la España del XIX y principios del XX) van ligadas por contraste con el tema de la tradición y de la Iglesia. En mi opinión, personal, Galdós (quizá junto con Unamuno) es lo más próximo que ha habido en España a un Goethe o Nietzsche, a pensadores que han pensado en el conjunto de la cultura de un pueblo, de una nación, en cualquier sentido, incluso, como en Nietzsche, para oponerse. Quizá lo pudo ser también Giner de los Ríos, pero la tendencia a desquitar y no pensar (incluso para mal) en la otra mitad de la cultura española, la católica, la tradicional, la despótica y amante de las “caenas”… Personalmente, no estoy por cargar al krausismo, ni a las ideologías republicanas más tarde, toda la culpa, pero sí la crítica de que no fueran capaces de pensar en el todo, igual que la otra parte tradicional, monárquica, tampoco lo hizo. ¿Qué opina sobre la posición de Galdós ante este problema pendiente aún? ¿Problema de sectarismo, de las dos Españas, o más bien, déficit en la ambición de la cultura española de pensarse y autorrepresentarse en su totalidad, incluso con las perspectivas menos favorables a una cierta Modernidad que empezaría siendo progresista y acaba siendo autocorrectora y ejerciendo la autocensura de su pasado que le regresa?

 

—FRANCISCO CÁNOVAS: Galdós era muy consciente de la gran incidencia que tenía la Iglesia católica en la vida comunitaria. Criticó la integración de la jerarquía eclesiástica en el bloque de poder, la precaria formación de muchos sacerdotes y su proximidad a los intereses materiales. En sus novelas y obras de teatro aparecen religiosos de precaria moralidad y, también, quienes, como Nazarín, mitad Jesucristo, mitad Quijote, predicaron un cristianismo mucho más consecuente. Galdós postulaba la libertad de ideas y creencias, la tolerancia y el respeto entre unos y otros.

 

Si comparamos con la de Galdós la perspectiva de Joyce (crítica, mordaz, nihilista, despiadada aunque en algún momento punteada de ternura, humor, bilioso, e ironía) respecto a Irlanda y las posiciones nacionalistas o probritánicas, y respecto a las tradiciones, vemos la gran diferencia entre los dos escritores. La perspectiva de Galdós es tolerante, quizá como la persona tolerante que fue el escritor canario. Ambos, Joyce y Galdós, no dan la razón a ningún partido. Dan voz y a menudo razones a todos; no eligen un solo punto de vista. Joyce los destruye todos, Galdós los conserva, en la lengua. Galdós convierte en lenguaje a todos los puntos de vista (incluso a aquellos personajes que representan lo que personalmente más odia: el despotismo, la reacción que apuesta intencionadamente por la incultura y el atraso del pueblo). La diferencia se explica, en mi opinión, por el lenguaje, por el español. Joyce utiliza el inglés, no tiene debajo una lengua común a todos sus puntos de vista. Joyce parodia el inglés y el intento de recuperar el irlandés como señal de una nueva nación. Curiosamente, Joyce es considerado hoy día entre los británicos como uno de los dos o tres más grandes escritores ingleses. Galdós hoy casi ha de hacerse perdonar por escribir en español. En general, los ingleses valoran ese tour de force sobre su idioma que desarrolló el escritor irlandés; en cambio, no hay mucho interés en toda España por profundizar en el español de Galdós. En enseñar su rico vocabulario, sus expresiones, su toponimia, como Gerona… que se va olvidando en los colegios y en los medios españoles.

—FRANCISCO CÁNOVAS: La tolerancia es, sin duda alguna, el principal rasgo de la personalidad de Galdós. Fue amigo de Clarín, Giner de los Ríos, Oller, Pardo Bazán, Marañón, Azcárate, Menéndez Pelayo y Pereda, que tenían ideas y valores muy diferentes. A su juicio, el fanatismo perturbaba gravemente la convivencia. William Shoemaker afirmó que la esencia humana de Galdós era la integridad de su carácter.

Una característica destacable de las novelas de Galdós es la atención que presta al lenguaje empleado por los personajes, el habla correcta y medida de los políticos y cortesanos, la expresión cursi de los señoritos, el habla castiza de los chulapos, la jerga masónica del Gran Oriente, la penetración de galicismos, las expresiones tabernarias… “El verdadero maestro del hablar –afirmó Galdós- es el pueblo”. Luis Cernuda, rechazando las críticas de algunos escritores de la generación del 98,  resaltó el interés de esta opción literaria.

 

¿A qué distancia estamos de Galdós hoy, cuando la Gerona ciudad episodio nacional de Galdós no existe, más que en los antiguos mapas de Geografía política de España?

¿Me podría comentar usted esa relación de Galdós con el idioma común, político, de España, y de buena parte del mundo, incluida, por supuesto, la América hispana?

—FRANCISCO CÁNOVAS: Galdós fue un estudioso de la lengua española y del habla popular. Además, concedió mucha importancia a la comunidad de habla hispana, a la riqueza cultural que representa. Piense, por ejemplo, su colaboración periodística en el periódico La Prensa, de Buenos Aires, uno de los más importantes de Argentina, donde escribió interesantes artículos sobre tema de actualidad y crítica de arte.

 


Su libro contiene una reivindicación sobre el legado literario de Galdós, que entiendo también extensible a su legado cultural, que ha de ser transmitido a las generaciones presentes y futuras por los establecimientos de enseñanza.

Dice en página 394 de su libro: “El legado literario galdosiano tiene una gran riqueza. Fomentar su lectura y su conocimiento debería ser prioritario, sobre todo en los centros educativos, para que los jóvenes tengan la oportunidad de descubrir su singular estilo narrativo, su lenguaje irónico y subversivo, su exuberante galería de personajes, así como la documentación de la vida ciudadana, las mentalidades y las circunstancias de aquellos tiempos”.

—FRANCISCO CÁNOVAS: Hay que leer a Galdós, por todas las razones expuestas. Las autoridades educativas y los profesores deberían impulsar programas de fomento de la lectura para facilitar el acceso de los jóvenes al patrimonio literario galdosiano.

 

La Historia me parece la ciencia más difícil de todas, se basa en la interpretación pero también en el rigor, en la perspectiva (o en la síntesis de perspectivas). El historiador es al fin un escritor.  No solo en cuanto tiene su perspectiva, sino también en cuanto escribe para un público determinado. En el caso, de un historiador español se supone para un público español, o sea, de una tierra donde “Partido moderado” suena de primeras a oxímoron.

¿Qué puede hacer el historiador español? Me gustaría su reflexión…

—FRANCISCO CÁNOVAS: Los buenos historiadores contribuyen a que los lectores conozcan mejor la historia de España, algo imprescindible para comprender la realidad de nuestro tiempo. Galdós, el mejor escritor del siglo XIX español, era muy consciente de ello.

 

Insistiendo en la reflexión sobre la Historia, o mejor dicho, la historiografía, le comento esta anécdota, de cuando era profesor de Filosofía, en un instituto: les decía a mis alumnos de Ciencias que, si de verdad les gustaba la ciencia, se dedicasen a la Historia, que además eran necesarios en este país, sobre todo, científicos historiadores… Me miraban raro. La ciencia era, para ellos, la ciencia. La Historia era lo que les había dicho el profesor de Historia.

Imagínese, desde los últimos veinte años, y me quedo corto, se enseña, según qué centros, la propaganda del Frente Popular o la de Franco, respecto a la Guerra (ya no quiero pensar lo que se enseña en Cataluña o en el País Vasco); se repiten como verdades absolutas lo que eran justificaciones de parte y literatura de propaganda ideológica (lo he comprobado en sus libros de texto de Historia): como que Hitler invadió media Europa porque a Alemania se le había constreñido territorialmente (doctrina del Lebensraum recuperada por el nazismo), o que las izquierdas votaron contra el voto femenino en la  Segunda República porque la mujer votaba a las derechas. La explicación y justificación de parte la admiten como perspectiva histórica en el peor sentido de la palabra, es decir, como rejustificación, desde una ideología actual, del pasado, para salvar la buena corrección política.

¿Es posible aún educar en la búsqueda de la verdad histórica, o al menos en no repetir los errores de descontextualización, en no confundir eslóganes y discursos de propaganda o justificación de los protagonistas con el discurso del intérprete y narrador historiográfico?

—FRANCISCO CÁNOVAS: Hay muchos interesados en reescribir la historia con motivos espurios. Muchas informaciones históricas que circulan por las redes sociales son falsas. Es una parte de la guerra ideológica, del sectarismo y la propaganda. Afortunadamente, si hoy deseamos conocer un tema determinado tenemos herramientas suficientes para acceder a buenos libros. Hacerlas llegar a los estudiantes debería ser una tarea prioritaria.

 

Gracias.

 

14 de junio de 2021

Entrevista a Francisco Cánovas Sánchez, autor de “Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso”. 

Por Fulgencio Martínez.

Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático (para Ágora n. 10) / Dossier Homenaje. “Galdós, detrás de su centenario: Un espejo con memoria”

 

 

______________________

Notas

1.  Andrés Trapiello: “El Galdós de Cánovas Sánchez” (El País. 2-XI-2019)

https://elpais.com/cultura/2019/10/31/babelia/1572544307_894133.html

2. José Luis Zerón abona esa opinión de Trapiello sobre la amenidad del libro, y añade: “estamos ante un libro ameno y hospitalario que puede atraer por igual al lector ocasional y no especializado y al erudito más exigente”. Ver “Radiografía de uno de los mejores escritores de la historia de España”.

     https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2021/04/radiografia-de-uno-de-los-mejores.html

 

 

 

jueves, 1 de abril de 2021

RADIOGRAFÍA DE UNO DE LOS MEJORES ESCRITORES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA. Por JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. REVISTA ÁGORA-PAPELES DE ARTE GRAMÁTICO. PRIMAVERA 2021. NUM. 9. AVANCE. DOSSIER GALDÓS, DETRÁS DE SU CENTENARIO: UN ESPEJO CON MEMORIA.

 

 

 

RADIOGRAFÍA DE UNO DE LOS MEJORES ESCRITORES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

 

Benito Pérez Galdós, vida obra y compromiso. Francisco Cánovas Sánchez. Alianza Editorial. Madrid, 504 páginas.

 

 

 

JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET

 

 

(NOTA DEL EDITOR: El texto fue leído por su autor durante la presentación de la biografía de Galdós de Francisco Cánovas en el auditorio de La Lonja de Orihuela, el 23 de noviembre de 2019. En el acto, moderado por Francisco Muñoz, también intervinieron el autor del libro, el profesor de Literatura Mariano Abad y José Rayos, doctor en Estudios artísticos y Culturales.)

 

 

El profesor Francisco Cánovas Sánchez ha escrito una excelente biografía que inserta la trayectoria vital y literaria de Galdós en las coordenadas históricas, sociales y culturales de su tiempo. Un acontecimiento editorial muy oportuno, pues el año que viene se cumple el centenario de la muerte del escritor canario.  

La biografía está muy bien estructurada y escrita. El autor transmite al lector su entusiasmo por el personaje radiografiado con una prosa fluida, precisa y eficaz (sin concesiones a la pirotecnia retórica ni a las jergas especializadas), una documentación exhaustiva y un rigor histórico encomiable, sin aspavientos hagiográficos ni artimañas que busquen la polémica ventajista y epatante. Creo, y lo digo sin asomo peyorativo y sí como elogio, que estamos ante un libro ameno y hospitalario que puede atraer por igual al lector ocasional y no especializado y al erudito más exigente.

Yo fui un apasionado y voraz lector de Benito Pérez Galdós; lo fui, sobre todo, durante mi adolescencia y juventud. En mi casa había varios libros de Galdós y mi abuelo materno, que tenía una buena biblioteca y era admirador de «don Benito», como él lo llamaba, había reunido una gran cantidad de libros de este autor. Poco a poco leí los cuatro tomos de Los Episodios nacionales editados con lujosa encuadernación. No recuerdo la editorial y no sé exactamente si esos volúmenes contenían las cuarenta y seis novelas divididas en cinco series (yo diría que sí) o era solo una antología. Lo que sí recuerdo es que me adentré en aquellas páginas con fervor. Yo tenía entonces 15 años y latía con fuerza mi interés por la Historia y las novelas de aventuras. Y los Episodios, a pesar de su rigor histórico, me parecieron unas magníficas novelas de aventuras.

Entre los 15 y 16 años fui alternando la lectura de los Episodios con Fortunata y Jacinta. Unos años más tarde, leí otras siete novelas galdosianas. En este orden si no recuerdo mal: Marianela, Misericordia, Miau, El abuelo, Nazarín, Tristana y Tormento. También leí una selección de artículos de Galdós en una edición antigua que mi padre había heredado del suyo. Pero dejé de leer a Benito Pérez Galdós cuando cumplí 22 años. Dejé de leerlo por agotamiento y porque comprendí que era un escritor tan prolífico que resultaba inabarcable. Pero nunca renegué de su obra y siempre la tuve en gran estima. Su prosa me resultaba rica y acogedora (Blasco Ibáñez dijo que «su obra es grande y amable»), el mensaje de sus novelas valiente y comprometido, sus personajes muy veraces y plenos de matices.

Cuenta Muñoz Molina en un artículo publicado recientemente en el diario El País que en su etapa de estudiante los prejuicios de la época obligaban a hacer parodias de Galdós y a despreciar su escritura sin haberla leído, y que fue años después cuando él la descubrió y valoró en toda su magnitud. En mis años de juventud Galdós me caía simpático y para nada me parecía un autor rancio, como pregonaban algunos papanatas prendados de la narrativa vanguardista de Joyce, Faulkner, Cortázar, de los representantes del movimiento noveau roman francés (entonces en boga), y de otros novelistas con una marcada voluntad de estilo, a los que llamaría orfebres del lenguaje, como son Miró, Valle-Inclán, Proust, Nabokov o Virginia Woolf.  Autores, he de aclararlo, que yo también admiraba y que convivían con la figura de Galdós en mi dilatada y ecléctica lista de preferencias literarias. Yo veía en el autor de los Episodios nacionales muchos valores como para osarme siquiera a cuestionarlo. Él me enseñó la Historia del siglo XIX, me ayudó a observar la realidad y a retener su infinidad de matices. También a comprender mejor a los desheredados o desclasados, a las víctimas del poder –sea este político, eclesial o financiero–, y asimismo me condujo a otros escritores que jamás habría leído.

 

La crítica tiende a considerar a Galdós un escritor costumbrista o postcostumbrista, pero, en mi opinión, su obra literaria poco tiene que ver con dicho ismo. Galdós no es nada de vulgar ni ramplón. Su realismo, heredero de La celestina, la novela picaresca y la escritura de Cervantes, nunca me ha parecido ni costumbrista ni pedestre, pues no incurre en lo pintoresco, lo simple y lo barroco (características del costumbrismo más cosmopolita) ni pone en alza la identidad nacional a través de los valores tradicionales (en el caso de los costumbristas menos viajados). Incluso cuando se acerca al naturalismo no es un naturalista en el sentido pleno del término, me refiero al naturalismo francés que encabeza Zola. La prosa naturalista es fría, metódicamente objetiva, sin apenas matices emocionales, cruda hasta llegar a lo morboso, mientras que Galdós, sin dejar de retratar las zonas oscuras de la realidad, se muestra tierno y compasivo con sus personajes, no solo con los más nobles, también incluso con aquellos cegados por los prejuicios, las convenciones y la hipocresía. Crea personajes con matices, relieve y claroscuros, y profundiza en el análisis psicológico de los mismos. Los más nobles, transparentes y dignos no son absolutamente buenos ni del todo intachables; y los más áridos, codiciosos, cínicos y siniestros no son completamente abyectos y también tienen sus contradicciones interiores. En los personajes galdosianos abundan las dudas, los miedos, el dilema ético entre seguir los dictados de la conciencia o los que marcan las convenciones sociales, y estos suelen andar confusos entre la ilusión y la ficción. Coincido con las palabras de Coradino Vega en su artículo «Elogio de Galdós» (revista literaria Estado crítico, 2013): «No ha habido novelista español que haya sabido observar mejor la realidad que Galdós, mirar hacia fuera, integrarlo todo: escribir una obra tan completa y vivificante».

He dicho que dejé de leer a Galdós cuando cumplí 22 años y no es cierto. Volví a su escritura hace unos años, cuando leí Memorias de un desmemoriado. Admito que me sentí decepcionado, ya que no encontré en este libro la mejor prosa de Galdós ni tampoco me desveló misterio alguno, aunque en su descargo he de decir que el autor no lo escribió de su puño y letra, sino que lo dictó y supongo que de manera desganada, pues estaba viejo y casi ciego cuando emprendió esta tarea.

Y es que la biografía de Galdós hay que rastrearla precisamente leyendo sus obras de ficción. En ellas encontramos las claves para entrar en las zonas de penumbra o menos frecuentadas de la vida del autor. Y Francisco Cánovas lo ha dejado muy claro en su libro.

Galdós no era proclive a exhibirse, pues era un hombre tímido, celoso de su intimidad, cordial pero austero y nada amigo de los fastos socioculturales de la época. Los amigos respetaron su carácter discreto y ninguno de ellos escribió un gran retrato de su persona. Pero he aquí la paradoja: siendo Galdós tan reservado, hasta el punto de que poco se conoce de su vida privada, alcanzó una gran notoriedad pública y llegó a ser la conciencia nacional de una España convulsa. 

 

 

El escritor canario, circa 1863.

 

Galdós era delgado, alto, moreno, con el pelo alborotado en su juventud (posteriormente se lo cortaría al rape), ojillos ratoniles y un bigotillo que con el tiempo iría creciendo hasta ser casi mostacho. También nos cuenta Cánovas que era fumador empedernido y vestía de manera sencilla e incluso con ropa muy usada. Que pasó apuros económicos durante gran parte de su vida y a pesar de ello era desprendido. Que fue afectuoso con los niños. Que padecía de migrañas. Que fue amante de varias mujeres, entre ellas nada menos que Emilia Pardo Bazán, pero no se casó y tuvo una hija, María Galdós Cobián, fruto de su relación con Lorenza Cobián, una destacada modelo analfabeta (Galdós la enseñó a leer y escribir). María vivió con su madre hasta que esta se suicidó y entonces formó parte del grupo de mujeres con las que su padre convivía en su hogar (su cuñada Magdalena y sus hermanas Concha y Carmen). También nos cuenta Cánovas que era muy observador y tenía una memoria prodigiosa. Viajó mucho, sobre todo como corresponsal de prensa. En la página 140 se reproducen unas palabras de Galdós que constituyen un breve pero certero autorretrato psicológico:

«Pereda no duda. Yo sí. Él es un espíritu sereno y yo un espíritu turbado, inquieto. Él sabe a dónde va, parte de una base fija. Los que dudamos mientras él afirma, buscamos la verdad y corremos hacia donde creemos verla hermosa y fugitiva. Él permanece quieto y confiado, viéndonos pasar, y se recrea en su tesoro de ideas, mientras nosotros siempre descontentos de los que poseemos y ambicionándolas mejores, corremos tras otras, y otras, que una vez alcanzadas tampoco nos satisfacen».

Galdós carecía de creencias religiosas, rechazaba la unidad católica y defendía el laicismo y la libertad de cultos. Admirador del krausismo, siempre creyó en la educación como la mejor herramienta para transformar la sociedad y erradicar la violencia. Fue, pues, un intelectual demócrata, tolerante, progresista y comprometido con su tiempo. Nada que ver con el tópico del escritor aislado en su torre de marfil. Sin embargo, y a pesar de sus férreas convicciones, fue un hombre generoso y tolerante hasta el punto de contar entre sus amigos a escritores de distintas ideologías como Pereda, Menéndez Pelayo, Pardo Bazán, Clarín, Marañón, Giner de los Ríos, Blasco Ibáñez etcétera.

En un principio fue un burgués demócrata y liberal y se afilió al partido Progresista de Sagasta. En 1986 fue diputado por Guayama (Puerto Rico) en las Cortes. En su madurez evolucionaría hacia el activismo republicano. En los inicios del siglo XX ingresó en el Partido Republicano y en las legislaturas de 1907 y 1910 fue diputado a Cortes por Madrid por la Conjunción Republicano-Socialista; en 1914 fue elegido diputado por Las Palmas. Galdós explicó los motivos que le llevaron a abrazar la causa republicana en una carta abierta dirigida a Alfredo Vicenti, director del periódico El Liberal. Cánovas reproduce un fragmento de esta carta en las páginas 335 y 336 de su libro.

«Los que me preguntan la razón de haberme acogido al ideal republicano, les doy esta sincera contestación: tiempo hacía que mis sentimientos monárquicos estaban amortiguados; se extinguieron absolutamente cuando la ley de Asociaciones planteó en pobres términos el capital problema español; cuando vimos claramente que el régimen se obstinaba en fundamentar su existencia en la petrificación teocrática. Después de esto, que implicaba la cesión parcial de la soberanía, no quedaba ya ninguna esperanza. ¡Adiós ensueños de regeneración, adiós anhelos de laicismo y cultura! El término de aquella controversia sobre la ley Dávila fue condenarnos a vivir adormecidos en el regazo frailuno, fue añadir a las innumerables tiranías que padecemos el aterrador caciquismo eclesiástico… Es una vergüenza no ser europeo más que por la geografía, por la ópera italiana y por el uso desenfrenado de los automóviles. Las deserciones del campo monárquico no tendrán fin: los desaciertos de la oligarquía serán acicate contra la timidez; sus provocaciones, latigazos contra la pereza.»

Benito Pérez Galdós falleció el 4 de enero de 1920 en Madrid, la ciudad a la que estuvo ligado más de cincuenta años y en la que transcurren la mayoría de sus grandes novelas, y tuvo un entierro multitudinario con numerosos honores póstumos. No murió olvidado, como nos había hecho creer una parte de la bibliografía galdosiana.

El compromiso valiente de Galdós, y especialmente sus críticas a los políticos caciquiles y a la Iglesia Católica, le pasó factura en su tiempo; el rechazo que suscitó entre muchos intelectuales y las numerosas diatribas que se vertieron contra él todavía resuena en nuestros días. Como consecuencia de su compromiso inequívoco con la construcción de una España moderna, tolerante, democrática y justa, fue vetada su entrada en la Real Academia Española hasta en seis ocasiones, y fue vetado principalmente por los jesuitas, como le ocurrió a Gabriel Miró. Entonces la academia estaba dirigida por el general Juan de la Pezuela y Ceballos de extrema derecha e ideas carlistas, al que Cánovas del Castillo le concedió el cargo de director de la RAE para que dejara de conspirar.

Finalmente Galdós sería admitido en la RAE el 7 de febrero de 1897.

También fue boicoteada su candidatura al Premio Nobel de 1912 cuando Pérez de Ayala, Benavente, Ramón y Cajal, Echegaray y otros 500 firmantes entre escritores y periodistas promovieron su nombre con apoyos de periódicos liberales de la época. Pero los neocatólicos lanzaron la candidatura alternativa de Marcelino Menéndez Pelayo y la Iglesia mandó a la Academia Sueca numerosas cartas y telegramas contrarios a Benito Pérez Galdós. Se creó así un ambiente de disensión nada favorable para el escritor canario, que se quedó sin el Nobel.

Esa corriente de desprecio a Galdós ha llegado a nuestros días, y si bien hay un gran interés por su obra en otros países extranjeros, especialmente en estados Unidos, en España todavía es una figura cuestionada. Pese a todo, contó con la admiración de María Zambrano (es de sobra conocido su libro La España de Galdós) y de otros grandísimos escritores y artistas como Machado, Aleixandre, Lorca, Max Aub, Buñuel, Octavio Paz (el poeta mexicano lo nombró con admiración en su discurso de recepción del Premio Cervantes) y especialmente Luis Cernuda. Precisamente un hombre tan crítico, susceptible y lleno de rencores dijo las mejores palabras sobre el gran novelista canario y le dedicó, entre otros homenajes particulares, la segunda parte del poema «Díptico español», titulada «Bien está que fuera tu tierra» (Desolación de la quimera, 1962). Aunque Galdós tiene actualmente una cuerda de intelectuales y escritores de reconocido prestigio que lo valoran (Andrés Trapiello, Luis Alberto de Cuenca, Marta Sanz, Almudena Grandes, Muñoz Molina, etcétera), insisto en que todavía prevalecen los tópicos que lo denigran, como el famoso apelativo de «garbancero» que Valle Inclán puso en boca de su personaje Dorio de Gódex en Luces de Bohemia. Este dardo envenado de don Ramón a través de su personaje teatral tuvo que ver con un hecho que nos cuenta Francisco Cánovas: el comité de selección del Teatro Español, cuya dirección artística ejercía Galdós, rechazó en 1913 la comedia bárbara de Valle El embrujado porque Matilde Moreno, empresaria y primera actriz de la compañía, tras estudiar la obra del dramaturgo gallego, le manifestó a Galdós su negativa a representarla.

También resuenan todavía las andanadas contra Galdós de Juan Benet y Francisco Umbral, o las palabras del poeta José Ángel Valente referidas «a la falta de estilo y la prosa raseante, torpe o meramente informativa» del autor de Fortunata y Jacinta. En este grupo de destacados fustigadores de la obra de Galdós habría que incluir a José Manuel Caballero Bonald. El escritor jerezano lo excluye de su canon personal. En una entrevista concedida a Gorka Lejarcegui con motivo de la aparición de su libro Examen de ingenios reconoce «su importancia histórica y su condición de archivo documental del devenir de la comúnmente zafia novela realista española de los siglos XIX y XX, pero su prosa reseca, su pobreza lingüística cercana a la inteligencia, su desvencijada sintaxis, su estilo pedregoso (…) me indispusieron sin mayores titubeos con una obra tan válida para costumbristas y afines, pero tan alejada de mis más perseverantes gustos literarios». Y en otra entrevista, esta concedida a Ángel Juristo, dice también refiriéndose a Galdós: «Verá, no es que desdeñe a esos escritores, es que sus obras no concuerdan para nada con mi concepto de la literatura. La prosa narrativa realista solo tiene para mí un valor informativo, de ahí no pasa. El estilo, el funcionamiento artístico de las palabras, la belleza del texto, son los únicos ingredientes posibles para que la literatura merezca ese nombre». Es de agradecer la sinceridad de Caballero Bonald, en mi opinión uno de los grandes poetas novelistas y ensayistas vivos en lengua castellana, pero me pregunto si realmente ha leído a fondo a quien critica. Yo creo que no. De lo contrario, no se entenderían, salvo que buscara reforzar su heterodoxia instalándose cómodamente en los tópicos prejuicios antigaldosianos, unas palabras tan injustas. A todos los que cuestionan la modernidad de las grandes novelas galdosianas podríamos responderle con estas palabras de Luis Cernuda extraídas de su artículo titulado «Galdós». Con las que Cánovas cierra el capítulo IX de su libro:

«Cuántas veces resuenan en ellas el eco histórico y es en ocasiones elementos de la trama. Sin embargo, lejos en el pasado aquella época, cambiada la sociedad, sus novelas siguen siendo vivas y actuales, como si el tiempo no se hubiera movido».

Y si volvemos hacia atrás, habría que leer atentamente el discurso de Marcelino Menéndez Pelayo en respuesta a la entrada de Galdós como académico de la RAE. Aunque Menéndez Pelayo rectifica las opiniones sobre el amigo vertidas en su libro Historia de los heterodoxos españoles (un acto aparente de conciliación que Dámaso Alonso calificó de palinodia) en mi opinión, el discurso de respuesta contiene muchos dardos envenados contra Galdós y su obra. Pullas escondidas pero hirientes, sutil ironía punzante con la que el veterano académico parece disculparse sin hacerlo realmente. El escritor santanderino siempre se mostró siempre inmisericorde a la hora de juzgar la obra de su colega canario. En una conocida carta dirigida a Juan Valera dice: «Soy menos indulgente que usted para los novelistas que se proponen demostrar tesis y enturbiar la limpieza del arte con propósitos segundos y de propaganda, y más si son tan aviesos y mal nacidos como los de Galdós».

Si leen las páginas de esta biografía asistirán a la voladura de todos los tópicos galdosianos. El autor resalta la figura polifacética de Galdós (fue narrador, dramaturgo, artista plástico, aceptable pianista y crítico literario y de arte. Creyó firmemente que había una interconexión entre la música, el arte y la literatura), cuya escritura compleja, versátil y accesible se cimenta en diversos registros y recursos narrativos. Destaca igualmente la magnitud política del prolífico autor canario, su altura de miras, su nobleza y su compromiso con una España más libre y solidaria.

 

Por último, destacaré de manera irremediablemente esquemática, pues no hay espacio para más, tres facetas de Benito Pérez Galdós que se abordan en el libro de Cánovas.

          Primera. El tratamiento de igualdad del hombre y la mujer en sus obras. Galdós defendió con ahínco la emancipación de la mujer; los personajes femeninos son los más importantes de su obra. Francisco Cánovas hace un análisis sintético y certero de las mujeres galdosianas reforzado por estas palabras de María Zambrano (página 122): «es el primer español que introduce a todo riesgo las mujeres en su mundo. Las mujeres múltiples y diversas; las mujeres reales, y distintas, ontológicamente iguales al varón. Y esta es la novedad, esa es la deslumbradora conquista».

Segunda. El autor de Tristana transmitía un gran amor por la naturaleza en general en una época en que se trataba muy mal a los animales y no existía la noción de conservacionismo. Era antitaurino y sentía un cariño franciscano hacia todas las criaturas De hecho solía posar en las fotografías con gatos y perros. Marañón comentó que el amor de Galdós hacia los árboles era casi una religión. Podríamos decir que en su interés por la naturaleza, fue un adelantado a su tiempo, un ecologista (incluso animalista) avant la lettre. Y es curioso que sus admirados Tolstói, Dickens, Chejov y Dostoiesvski también sintieran un profundo afecto hacia lo animales.

Veo en el amor que Benito Pérez Galdós sentía por la naturaleza una corriente de confluencia con los trascendentalistas Emerson y Thoreau, ahora que estoy leyendo la correspondencia entre los dos escritores norteamericanos. No sé hasta qué punto Galdós dominaba la lengua de Shakespeare y si llegó a tener conocimiento de estos dos autores que menciono. Quizá llegó a leerlos en alguna traducción de la época.

Tercera. Su interés por el arte escénico en su condición de escritor, crítico, adaptador y programador. Admito que hasta leer el libro que comento pensaba que la creación dramática de Galdós era escasa y tangencial. Todo lo contrario. Las obras de teatro de nuestro autor gozaron de gran éxito, pero también sufrieron las diatribas de la crítica retrógrada. Escribió un teatro preocupado por la dramaturgia moderna, y en su etapa como director artístico del Teatro Español trató de modernizar la esclerotizada escritura teatral de los dramaturgos españoles y su forma de escenificarla. En sus obras escénicas hay dos vertientes: una próxima al teatro simbólico del entonces muy polémico Ibsen y otra comprometida y muy crítica con los atavismos de la sociedad española de su tiempo, que en cierto modo se adelanta al teatro épico y dialéctico de Bertolt Brecht. Hoy sus obras dramáticas ya no se representan. Apenas se conocen. Sin embargo, es uno de los escritores que más y mejor han sido adaptados al cine y la televisión. Son innumerables los cineastas que se han inspirado en obras de Galdós: desde Buñuel a José Luis Garci, pasando por el oriolano Angelino Fons. También hay varias obras del escritor canario que fueron llevadas a la televisión, pero solo nombraré Fortunata y Jacinta, la célebre mini serie de diez capítulos dirigida por Mario Camus y emitida por Televisión española en 1980. Y también quiero mencionar la influencia indirecta de Galdós en numerosas películas y series televisivas, por ejemplo la celebérrima Cuéntame cómo pasó.

Es mucho lo que me ha enseñado este libro de Francisco Cánovas y no encuentro las palabras necesarias para agradecérselo a su autor. No sé si estamos ante la biografía definitiva de Galdós. No me atrevo a ser tan rotundo, pero no me cabe duda de que a partir de ahora será una referencia insoslayable no solo para todos los galdosianos, también para cualquier lector que decida acercarse a la vida y la obra del autor de Fortunata y Jacinta.

 

 

José Luis Zerón Huguet. (Orihuela, 1965). Cofundador y codirector de la revista Empireuma.  Sus últimos libros de poesía son Sin lugar seguro (Germanía, 2013), De exilio y moradas (Polibea, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, 2018).  Ha sido incluido en varias antologías, y también en La escritura plural. Antología actual de poesía española (Ars Poetica, 2019). Ha colaborado con ensayos, artículos, cuentos y poemas en revistas nacionales e internacionales.

 

 

revista ÁGORA DIGITAL ABRIL 2021