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viernes, 29 de septiembre de 2023

Los pandas de Ueno. Un relato de Arianna Giorgia Bonazzi, traducido por Inés Sánchez Mesonero del original en italiano / Ágora-Papeles de Arte Gramático / Avance del n. 21

 

                                                            Fuente: Bosque del zoológico de Ueno, en Tokio, Japón

 

 

  LOS PANDAS DE UENO *

 

 

                    Un relato de ARIANNA GIORGIA BONAZZI

                         Traducción de Inés Sánchez Mesonero

 

 

Desde que habían nacido los niños, o quizá desde que me había registrado en las redes sociales, o incluso desde cuando el trabajo me obligaba a comunicarme de manera clara y alusiva, a hacer, en resumen, referencia a cosas conocidas en vez de inventarlas, dividía mi tiempo en tiempo real, o sea, el que podía contarme en mi «idioma verdadero», y el tiempo falso, es decir, aquel en que tenía que hablar por categorías, dentro de unos registros o por emulación de comportamientos.

Leía en las novelas sobre hombres tenaces y con fuerza de voluntad que se levantaban a las cuatro de la mañana, se daban una ducha fría y, a las seis, ya estaban atravesando la ciudad nevada con la cabeza llena de proyectos, y me daba cuenta de que, frente a estas esculturas intelectuales, era impotente, y ya no podía seguir orquestando mi vida como si fuera una obra maestra teórica.

Pensaba en estas pequeñas cosas mientras anudaba kimonos, negaba helados, discutía con mi marido sobre la velocidad del paso y sudaba bajo la lluvia en busca del camino correcto por Tokio, con la sensación de encontrarme, no en la otra parte del mundo —ese sentimiento de vertiginosa extrañeza que seguimos buscando en vano tras los viajes juveniles—, sino en una pesadilla veraniega con pandas incluidos.

Nos dirigimos a lo que parecía una pequeña agencia turística de madera blanca, en los límites del parque de Ueno y, moviéndonos con la circunspección de un clandestino, todo lo contrario a ciertos aventureros desenvueltos de mochila sobresaliente, hurgamos en los expositores para acabar llevándonos un ramillete de abanicos blancos de papel en forma de nenúfar con el mapa del parque impreso en él. Y empezamos, con la misma torpeza, a seguir por el mapa el símbolo del panda.

Como no sabíamos si los abanicos eran de regalo o estaban en venta, aligeramos el paso. Los niños siempre patinaban o demasiado atrás o demasiado delante, con los impermeables encima del yukata que el hotel ofrecía como pijamas, pero a los que no nos habíamos podido resistir, y dos caretas de plástico sobre la cabeza que creaban, encima del pelo, un invernadero pequeño y húmedo.

Alrededor, en un silencio devoto, la práctica totalidad de los respetuosos parroquianos avanzaba a ciegas por las avenidas con grandes teléfonos negros alzándolos al cielo o bajándolos hasta entre los arbustos, como bastones de rabdomantes, a la caza de Pokémon. Para ahorrar —algo absurdo, teniendo en cuenta el precio del viaje—, habíamos decidido renunciar al internet de los teléfonos y aprovechar solo el wifi de los ryokan, los hoteles de estilo tradicional con puertas de arroz y futones en los que nos hospedábamos en cada etapa.

Acababan de lanzar la aplicación Pokemon Go y nuestros hijos, viendo a todos esos adultos serios perseguir criaturas invisibles entre los arbustos, sufrían en silencio. Quizá, justo aquel día, era el cumpleaños del niño. En cualquier caso, demasiado adelantados o demasiado rezagados, los pobres niños, húmedos por el sudor y por esa llovizna ascendente, no paraban de rascarse la cabeza bajo las caretas que habíamos comprado en Omotesandō, ni de suspirar por las criaturas fantasmagóricas que corrían, invisibles a sus ojos, entre los arbustos de ginkgo biloba. Por desgracia, el mayor interés zoológico de nuestros hijos era por los nombres de los Pokémon. Sin embargo, los guías decían que, si viajas a Japón con tus hijos, tienes que llevarlos a ver a los pandas. Y punto.

—Tengo sed.

—Abre la boca y deja que entre la lluvia.

—Por Dios, esta agua estará llena de hidrocarburos.

—Cierra la boca, entonces.

Y luego, al mismo tiempo:

—Busquemos un bar.

—Busquemos una fuente.

Es raro que cualquier tipo de pareja de padres responda en sintonía a las quejas de los hijos. Por turnos, estará aquel al que le parece que la cosa no es tan grave y aquel al que le parece crucial. La siguiente vez intercambiarán los papeles, y de nuevo estarán en las márgenes opuestas del río, el río acaudalado de peticiones y necesidades infantiles que divide a toda pareja que se haya reproducido en un siglo hostil para hacer de padres: el del bienestar, en que cada deseo tiene una importancia dramática.

—Oye —le digo con tono cansado a mi marido—, he leído que cerca del parque está el mercado de Ameya Yokocho, y quizá allí podríamos encontrar una sim japonesa.

Él alza el mentón.

—Esto es justo en lo que creo que no deberíamos ceder. Pero vale, ya lo había tenido en cuenta. Vámonos.

—No, no. Si no estás de acuerdo, es un error hacerlo.

—Basta con que estés contenta. Y ellos, también.

—Pero yo en realidad pienso lo que tú: que no deberíamos sucumbir.

—Meh, pues yo ahora he cambiado de idea: creo que todos estaríamos más tranquilos si ellos pudiesen jugar con los móviles.

Más tarde, en la calle principal de Yanaka Ginza, el distrito en el que «aún se respira la atmosfera de la vieja Shitamachi», impongo la abstinencia de la conexión y evitamos comprar la tarjeta telefónica. Los niños gimotean sin cesar. A los pandas ni los han mencionado, ni mientras ni tras su aparición. No hablarán de ellos nunca más.

A las dos, nos sentamos extenuados por las negociaciones en la mesita de una cadena internacional de cafeterías, en ayunas, mientras los niños hincan los dientes en unos bagels gigantes. Para los planes de la tarde, hablamos, sin interpelarlos, de ir a ver el barrio de Roppongi, pero ellos se entrometen: ya están cansados y, para cuando se haga de noche, les gustaría estar jugando a las cartas en la mesita baja del ryokan. En ese momento del recuerdo, si cedemos, intuyo que tiene que ver con el cumpleaños del varón. No entiendo cómo mi memoria se ha vuelto tan lábil, pero le atribuyo el defecto a la lengua que hablan los recuerdos: si hablan la lengua de todos, acaban apartados en un área a la cual ya no puedo acceder.

Al salir del local, decidimos dar una vuelta por el cementerio de Yanaka antes de volver al ryokan. Me confían en bloque el mazo de abanicos de la mañana y, mientras me quito la mochila, me inclino a ponerlos entre los chubasqueros de plástico y me levanto, la familia al completo ha desaparecido: el frisfrís de los monopatines ha quedado devorado totalmente por el vocerío de los vendedores de batidores para montar la nata en forma de gato. Voy hasta el margen del gentío y observo la frontera neta que divide el espacio en que la gente se abre paso a codazos del que está completamente vacío, y que me parece, por cualquier extraña razón, invisible a los demás; es obvio que están ahí para asomarse a los puestos. Sin embargo, me parece que la frontera entre la zona animada y la desierta es la marca realizada por una criatura superior que quería burlarse de la naturaleza humana.

Nunca habíamos hablado sobre el protocolo en caso de extravío, pero me parece sensato llegar hasta la próxima etapa. ¿Y si se pusiese a llover otra vez? Tengo yo los impermeables. ¿Y si necesitara mi hija el inhalador para el asma? También lo tengo yo. ¿Y si quisiese volver al ryokan? Las tarjetas del metro están en la cartera de mi marido.

Sin internet ni datos en el teléfono, solo puedo esperar encontrarlos en la entrada del cementerio. ¡Sí! Ahora estoy segura: hoy es el cumpleaños de mi hijo y yo lo estoy malgastando en la peor de las maneras, lejos de él, ¡después de que me rogara de rodillas un bocadillo perforado!

A la entrada del cementerio, dos padres jóvenes con el pelo cortísimo y caras iguales caminan con un hijo acurrucado en un portabebés. Tras largos instantes de indecisión, vuelvo sobre mis pasos: quizá mi familia aún no ha llegado. ¿Mi familia? Pero ¿qué estoy diciendo? Mi cerebro está dominado por el léxico del tiempo falso. Los dos padres veinteañeros, esos sí que están donde deberían estar, ¡piel con piel con su hijo! Dios mío, ¿y si, cuando los he perdido, mi marido hubiese perdido a los niños entre el gentío? ¿O quizá solo a uno de los dos? ¿Y si estuviese ahora mismo con el móvil, desesperado, enseñando a extraños que no hablan inglés fotos de nuestros hijos? Y apenas le queda batería…

Decido adentrarme en el cementerio. Al principio, no observo ni las tumbas ni la vegetación. Busco solo las manchas en movimiento de las pocas personas que se recortan sobre las piedras. De vez en cuando, veo sombras bajas, como los yokai japoneses de las litografías de madera que tengo en la mesilla de noche en Milán: niños. Se deslizan de lápida en lápida en un escondite de fantasmas desdeñosos. Están envueltos en tejidos que crujen, amarillos y rojos como los chubasqueros de mis hijos, y las salsas que goteaban en su mentón cuando todavía estaban vivos, piel con piel conmigo, y no los pensaba. ¿Existen, de verdad, estos gnomos que saltan entre las piedras fúnebres, o los estoy imaginando? Siempre pienso que son los míos, pero, tras varios avistamientos, me doy cuenta de que yo tengo sus cazadoras: ese es el peso que siento a la espalda, o quizá la tensión entre los hombros, una pinza que tira al pensar en ellos. Pero entonces, si los hombros me tiran, están vivos, están bien.

Mis hijos. Recuerdo que me encontraba en una fiesta en el Corsera, un centro social que financiaban los jubilados del Corriere della Sera, al norte de Milán, con una colega que escribía en una revista oscura llamada Cemento, Memento o Fomento, y ella llamaba a sus hijos al grito de «¡niños!», como si fueran niños genéricos. Había estallado en carcajadas. Nunca había pensado en mis hijos como niños. Pero me di cuenta de que era la única que se estaba riendo: de que todos, a mi alrededor, estaban gritando ese sustantivo masculino plural genérico y, sin embargo, cada uno de ellos conseguía pillar a un niño singular y específico. Así que yo también empecé a llamar: «Niños, niños, vamos, ¡que cierra el Corsera!». Y ellos no aparecieron enseguida, porque claramente no estaban acostumbrados, pero luego llegaron y, desde entonces, llegaron cada vez más rápido y se reconocieron y se vieron sometidos por mí a una categoría metafísica.

Me voy a un área apartada del resto y poso los ojos en estatuas, bajas, redondas, con los ojos estrechos por la grasa y la sonrisa. Algunas llevan un sombrero y un babero de tela roja que resplandece, avivado su tono por la humedad. El ruido lejano de un taladro parece trabajar intensamente para abrir más y más el aire celeste y hacer caer a la tierra su color. Se me aclara la vista: las manchas rojas no eran los impermeables de mis hijos. No obstante, estoy segura de que están bien ahora.

El cementerio es muy extenso; en la lejanía, un puentecillo tibetano se aventura bajo los cables de alta tensión sujetos por troncos de madera, y vibra suspendido sobre una vía de tren. Hay un hombre grácil de pie en el centro del puente, con un cubo en la mano, que mira en la dirección de la que podría llegar un tren. Es uno de esos señores enigmáticos sin edad que podría, al mismo tiempo, ponerse a mear desde el puente sobre el tren en marcha o sacar del sombrero un animal parlante.

Cuando me da la espalda y se pone a caminar, tambaleándose a la par que el cubo, decido seguirlo e ir al otro lado, donde tengo la impresión de que hay otro tiempo, no aquel del que habla el guía, «la atmósfera de la vieja Yanaka y de sus casitas de madera», sino un verdadero tiempo diferente, donde los Pokémon todavía no se han inventado y nadie conoce a Obama. ¿Quizás estoy durmiendo? Pero ¿dónde, sobre una tumba? Ahora la luz del sol es ocre y velada. Cuando una cree que está durmiendo, el truco es contarse los dedos de las manos: lo consigo. Y, para asegurarme, como llevo sandalias, me cuento también los de los pies. Mi hija decía, hace años, que «todo el mundo» tiene un pie bueno y uno malo. Hay que tapar al malo, siempre, día y noche, con un calcetín feo, para que no respire. Me parece que la anciana silueta está cojeando, al fondo.

Estoy sola con mis palabras ahora, las escuchadas y las sacadas del pozo. Cuando estoy envuelta en las palabras, nadie puede obligarme a salir del capullo para pronunciar cosas aceptables. La suerte de aquella familia está fuera de mí. Estoy segura de que están prosperando: quizá la menor ha rezado una oración en verso al dios zorro, porque también ella, sin mí, es libre de pensar fuera de las categorías de mis enseñanzas banales.

Atravieso el puente rodando en mi membrana sonora: la luz que dibuja los andenes bajo el abismo es ya la de los recuerdos, porque miles de gotas suspendidas en el aire le hacen de espejo. Algo se ha roto y ha empezado a correr el tiempo verdadero. Eso es lo que hay al otro lado del puente: no una reproducción del pasado, sino el presente despojado de las estructuras lingüísticas humanas para describirlo.

Visto desde el otro lado del puente, el cementerio parece de verdad estar descansando, sobresaltándose de vez en cuando por un sueño, una respiración. Por un oído que me pica me parece oír risas infantiles salir de la tierra. Me ruge la tripa del hambre. La hierba aquí es alta, quemada: se inclina levemente al paso de un tren como por respeto al ingenio humano. El hombre que parecía llamarme desde el puente ahora se ha remangado el bajo del pantalón y se ha acuclillado en la orilla de un pequeño estanque arcilloso. No sé por qué otra brujería, el lago me parece lleno de ojos, de vida. Oigo croar, oigo incluso abrirse, crujiendo, los huevos de renacuajo. Un ojo en el estanque parece de mi madre, y su voz risueña dice: «¿Has visto? ¡Me he tatuado las cejas!». El hombre extrae de una bolsa una pequeña caña de pescar y la monta, saca el cebo de una cajita y lo coloca en el anzuelo. Lanza la caña al estanque, mientras la hierba salvaje le crea la ilusión de cobijo. Y yo, espiándolo, ¿dónde me encuentro? ¿A dónde me llevan?

A una playa, en Grecia: otro viaje agotador que nos habíamos podido permitir gracias al contacto de una colaboración con una revista. El mistral aplastaba el pecho a los niños y los escollos les hacían sangrar las piernas. Luego, un día, en una playa habitada por árboles hoscos, mi hija había dicho que las hojas eran «miga mojada». Lo pronunciaba todo seguido, creo que con ge en vez de con jota. Las hojas de taray, durante horas, llovían a manojos, sacudidas. Constituyeron el alimento infinito de ese juego sin descanso, y el día se reveló el más tolerable de todo el verano. Eso es: allí también se había descorrido el velo de la ficción. Aquello era bautizar el mundo, aquello era sentir la distancia entre el nombre que estamos acostumbrados a dar a las cosas y la primera sensación que estas suscitaron en nosotros. Fuera de ahí, el mundo era un lugar de banalidades crueles, de hombres que ya sabían nombrar lo existente, y no solo eso: para hacerse respetar, simulaban también la obviedad del hecho (pero ¡claro! ¿Por quién me has tomado?).

El mundo se rompía cada vez menos, y siempre requería más fuerza.

La página de Wikipedia del parque de Ueno, leída distraídamente por la mañana, como gesto automático y necesario, decía que, cuando abrieron el Museo del Arte Occidental en el parque de Ueno, en la segunda mitad del siglo xix, tuvieron que acuñar la palabra «museo» para capturar el concepto occidental. Este hecho me parece poco creíble, pero lo que sí es cierto es que la estética como disciplina formal, a pesar de la abundante producción artística japonesa, se desarrolla solo a finales del siglo xix: se codifican conceptos de belleza como el yūgen, la «profundidad misteriosa», o la shibusa, la combinación de refinamiento y aspereza. De algún recoveco surge la imagen de mí de niña que grita «¡áspero! ¡áspero!», pensando que era un insulto, y recuerdo que mi adjetivo personal se refería al parapeto bajo y tosco del balcón de una habitación, que me raspaba los muslos.

Dice Ingemor Bachmann que, en cuanto se está en un lugar durante un cierto tiempo, uno aparece bajo demasiadas formas y cada vez va teniendo menos el derecho de referirse a uno mismo.

Y yo, ¿dónde estaba, hasta ayer por la tarde? ¿Dónde está la justificación escrita sobre esta prolongada ausencia de mí misma? No, no es cierto. A espasmos, como un faro, reaparezco a veces en mi corazón. Ahora me parece que, al fondo de la noche, mi hija me ha zarandeado por un sueño; había un verdugo en su sueño y una fila de niñas. El verdugo preguntaba a las niñas: «¿Cómo te llamas?». Y si el nombre de la niña era «extraño», le cortaba la cabeza y la daba de comer a los cerdos. El sueño se acabó cuando cayó su cabeza: le dio justo el tiempo de verla.

Por visiones símiles, pensé que estuviéramos vivas, y después, por la noche, me volví a echar, sumergiendo lentamente la conciencia en el olvido.

Esto y otras cosas juntas pienso, con confusión y con nitidez, mientras dejo al pescador atrás y cruzo el puente. Y, sobre el puente, cuyas cuerdas resplandecen y crean la ilusión de desaparecer en el cielo, me encuentro con un personaje mío: es una mujer con una falda plisada azul desteñido, una mujer que nunca ha fumado un cigarrillo en su vida. Sé, porque es una criatura mía, que tiene unas ganas inexplicables de saciar su hambre fumando a bocanadas profundas un cigarro larguísimo, de quizá veinte o treinta centímetros, un cigarrillo inventado a propósito para ella, que se consume junto al día y, en el mientras, ella quiere deleitarse con la vista inmóvil del cementerio de Yanaka, que ronronea secreto.

Desandando el camino en sentido contrario, en un ligero descenso, un aroma a masa frita me alcanza saliendo de los rincones empapados de la ciudad. El primer estímulo real desde que me perdí.

Cuando parece que mis pies ya están nadando, para seguir la mente que se desliza como una barca sobre el osario, he aquí que, bajo el arco de la entrada, donde los había esperado con ansia, me encuentro de nuevo al hombre con barba y dos niños con cascos rubios claro.

—¡Niños!

—No somos niños —dice mi hija, como si nuestras mentes, a distancia, se hubieran expandido y tocado—. Somos zorros.

Me miran tristes, como si me hubiese muerto y vuelto desde los infiernos. Los miro y los veo crecidos, envejecidos. Siento que nos separan años de amorosa y serena falta.

Pregunto:

—¿Qué hora es?

—Las tres y cinco.

—¿Tan pronto? Bueno, ¿os ha gustado el cementerio?

—Sí… Sí… En realidad, los niños te han estado buscando casi todo el tiempo.

 

 

_________________

* I panda di Ueno (Título en el original en italiano)

 

 

                                                                          Arianna Giorgia Bonazzi. Fuente: CELA

 

Arianna Giorgia Bonazzi es autora de novelas cortas y de libros de literatura infantil. Su libro más reciente en este género es Le rime di Mariù (Mondadori). Durante los últimos casi 20 años ha trabajado como periodista cultural, editora, traductora literaria, guionista y profesora de escritura creativa. Entre sus proyectos de traducción, encontramos obras de autores conocidos a nivel mundial como Ali Smith, Jonathan Coe and Dave Eggers; también ha realizado investigaciones sobre superventas como Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes y colaborado en proyectos editoriales para jóvenes sobre temas relacionados con la guerra y los derechos humanos para EMERGENCY NGO. Ha trabajado con grandes editoriales italianas como Rizzoli, Feltrinelli y Mondadori; sus artículos trataban temas como sociedad, paternidad, literatura... 

Ver: Le rime de Mariù (Mondadori):

 https://www.amazon.es/rime-Mari%C3%B9-Arianna-G-Bonazzi/dp/8804702419

 

 

 

                                                                      Inés Sánchez Mesonero. Fuente: CELA

 

Inés Sánchez Mesonero (Salamanca, 1994) es traductora literaria, correctora, redactora y profesora de idiomas; también imparte talleres de traducción de cómic, especialmente a institutos. Vivió en Salamanca hasta que finalizó sus estudios en Traducción e Interpretación (USAL) y desde entonces ha residido en Italia, Francia y, ahora, Zaragoza. Sus lenguas de trabajo son el castellano, el italiano, el francés y el inglés, aunque también estudia portugués y rumano. Su campo de especialización es el cómic y el álbum infantil ilustrado; además, trabaja con novela y poesía. Teresa Radice, Joann Sfar, Mathieu Bablet y Jim Bishop son algunos de sus autores traducidos. Por otra parte, forma parte del proyecto europeo de traducción literaria CELA como traductora del italiano y, en sus ratos libres, escribe poesía y relato y pinta con acuarela.

Para leer otros textos traducidos por Inés Sánchez Mesonero y la trayectoria de esta traductora y escritora, ver las páginas:

https://www.cela-europe.com/publications/i-panda-di-ueno-es/

https://www.cela-europe.com/participants/ines-sanchez-mesonero/

 

 ÁGORA DIGITAL / RELATOS / SEPTIEMBRE 2023

viernes, 28 de mayo de 2021

EL TIEMPO DE BLECHER. artículo de INÉS MESONERO. ÁGORA-PAPELES DE ARTE GRAMÁTICO/ avance Ágora n. 10. Nueva colección/ Dossier Poesía de Max Blecher-2



        

EL TIEMPO DE BLECHER

 

 

por INÉS MESONERO

 

 

Admiro a Max Blecher por su capacidad de dar corporeidad a aquello que ya estaba conceptualizado, a volver carne un atardecer, a hacernos sentir los elementos de la naturaleza como si fueran nuestro propio cuerpo, una extensión de nosotros mismos.

En estos poemas, Blecher nos muestra ciertas ideas surrealistas que están, en realidad, perfectamente orquestadas. Ante todo, quisiera recalcar que la gran expresividad y las altas capacidades del poeta no dependen de su condición física, aunque sí están en relación con la misma: cada uno interpreta la realidad desde sus carnes, pues, como decía Ortega y Gasset, somos nosotros y nuestras circunstancias. Blecher simplemente nos narra el mundo a través de sus dolores, de la gravedad intensa que siente sobre su alma y sus tejidos. Consigue haciendo uso del espacio-tiempo lo que pretende la literatura: narrar una vivencia común, una historia que se repite de mil maneras diferentes que nos une como si fuéramos la misma persona. El arte es expresión y también el reconocerse y sentirse parte de la humanidad. Las experiencias de Blecher despiertan en nosotros sensaciones escondidas y nos explican de cero aquello que entendemos.

 

Uno de los primeros poemas del libro* publicado por Hermida editores es «Eternidad»:

 

Los pasos conocen nuestro abismo

El cuerpo pasea nuestro cielo

La tormenta va dejando pedazos de carne

Cada vez más difusa cada vez más lejana

Hay un principio de azul

En este paisaje terrestre

Y otro vindicador

Como un dedo amputado

Tan sólo ves una mujer dando vueltas

Como un huso

Y copiando su delta

En el delta de las aguas.

 

Blecher consigue crear una burbuja de eternidad en este poema. Todo en él es un casi, un final abierto. «Hay un principio de azul / En este paisaje terrestre». El poeta nos sugiere el monótono azul de la existencia como un inicio, como una esperanza, como un horizonte. Un dedo amputado, que fue, pero no es, señalando sin señalar. El giro eterno del planeta, el incesante ciclo de la vida, hilando continuamente, pues no hay final y, mientras no haya final, hay esperanza.

Nos pasea por dimensiones desde nuestra inactividad: nos lleva al abismo, negro; nos lanza al cielo con el cuerpo; nos devuelve a la tierra con pedazos de carne de seres que han sido o serán. Esta descripción atemporal, presente en todo el ya mencionado espacio-tiempo, nos regala un dinamismo a la vez que un momento estático, un fotograma fresco y caliente.

En el afán de Blecher de asir el tiempo, no solo lo congela, sino que lo descose. En «[por un momento]» nos deshace el tiempo, o hace el destiempo. Nos deshilvana la realidad, para que esta vuelva a su pureza, para que no sea lo que es, para que sea ligera, pues fluye quitándose lastres.

 

por un momento. por un solo momento la existencia del mundo se detiene y se desarrolla en el pasado como una película de cine que se proyectase desde el final al principio. el humo vuelve a entrar en las chimeneas. lo alto cae. los pasos me llevan hacia atrás. miradas lanzadas que vuelven como los dedos de un guante cuando se le da la vuelta. el corazón de un fruto se simplifica se aplasta se petaliza. el fruto se vuelve flor. mi corazón retrocede hacia la noche del feto y se transforma en sexo.

 

No hay pausa, no hay casi latido, en la descripción del corazón del fruto. Así refuerza la fluidez. Además, en una bella comparación, el corazón de un fruto se simplifica tanto que «se aplasta se petaliza» en una máxima expresión de delicadeza («petaliza», por cierto, hermoso término). Se vuelve al inicio, hasta tal punto que lo último, que es en realidad lo primero, vuelve a ser el placer. El placer como significación de la vida. El sexo como un momento. «El» momento.

Cabe remarcar la imagen del guante: en esa desprogresión cotidiana, decide incluir un elemento con tanto detalle como una prenda de vestir. Esto nos aporta una corporeidad que nos hace sentir milímetro a milímetro, dedo a dedo, esa inversión del mundo, y es la única imagen posible de toda la enumeración. El poema nos regala un paseo onírico, pero nos da también una pista de nuestra realidad para entender.

En «Viejo vals» representa un baile muerto, la vida muriente, que es y no es, como una pesadilla que pretendía ser ternura y ante esta oposición es etérea, es real pero imposible. En otras palabras, parece narrarnos una boda que para él es tan tediosa y falsa que en realidad nadie en ella tiene vida.

 

Viejo vals la novia muerta yace entre los velos cubiertos de polvo

Guirnaldas de muchachas blancas con vestidos de espuma

Con caballeros de espadas vagan por alamedas enlutadas

Y esparcen en el aire un impreciso perfume de arcilla

 

Está el cementerio en la luna, las acacias reinas de las sombras

Como invitados ilustres asisten y murmuran

Entre misteriosos panteones amantes de corazón sombrío

Testimonian su amor con gestos adormecidos

 

Viejo vals parejas de cera se elevan por los aires

Y en el salón de la noche bailan vertiginosas

Me rodean cosas demasiado normales, me da miedo

Despacio cruje el viento y el vals delira

 

Es la boda de la que antaño en vida

En su boda viva murió en flores de sangre

Su blanco rostro se estremece como un espectro

Cuando el vals lentamente gira, cuando el vals diríase que llora.

 

El blanco boda, que representaría la pureza en nuestro imaginario colectivo, supone aquí la palidez, el peso inerte, el sin vida, la profundidad: «Viejo vals la novia muerta yace entre velos cubiertos de polvo». Constantemente nos engaña con la ambigüedad, haciéndonos creer que la boda palpita de vida, cuando en verdad sucede en un espacio tan inerte como la luna, nos habla de «acacias reinas de las sombras», de «imprecisos perfumes de arcilla». Son todo fantasmas que existen como polvo y aire, entre los que lo único que se oye son los murmullos de las almas y, sobre todo, el crujir del viento. El viento como protagonista, aire en movimiento generado por los pasos de baile flotantes, que giran y giran sin darse cuenta de que no existen, al ritmo de un vals probablemente casposo.

          Pero es que esa mortalidad no es más que la aburrida y simple normalidad. La normalidad, la banalidad, es aquello que atemoriza a Blecher en esta pieza. Y es entonces cuando nos revela que hubo una boda viva, en la que corría la sangre, pero ahora solo palidece, languidece, llora.

Y en contraposición a la carne que se vuelve arcilla blanca, Blecher da vida a las estatuas, como si sus venas fueran las ramas en «Huida»; de nuevo, el corazón-pétalo. El mármol crece y palpita, la vida se enreda entre los pétreos muslos, y nos explica el poeta cómo una rústica amapola es, en realidad, sedosa, potente y delicada como el sexo, «incluso después de la muerte». «las esculturas de la vida muerta / donde se paró la sangre (árbol de ramas secas)».

 

Sobre veinte mujeres petrificadas, crecidas

            en el jardín como orquídeas de mármol,

un tanto pálidas, cadáveres,

acá y acullá una flor silvestre se enreda

            entre los muslos

y una rústica amapola roja adormece sedosa

            sobre el sexo ensortijado incluso después de la muerte,

huida afilada en i,

sobre encaje de plantas,

una tarde soleada, tranquila y aburrida,

yo, solamente yo sé el milagro de estas

            piedras de marfil,

las esculturas de la vida muerta

donde se paró la sangre (árbol de ramas secas),

en un cuerpo oculto, como las cintas en cajas opacas. 

 

El poeta nos evoca la vida como una contradicción, que no es sin la muerte. El peso no existe sin la vaporosidad, aquello que constantemente está porque le falta. Nos muestra sus anhelos, los anhelos de las almas que narra, sus ansias de ser, en cuerpo y espíritu.

Las mimadas aliteraciones de Blecher, reproducidas al castellano por el traductor Joaquín Garrigós, nos hipnotizan hasta el final de la obra: la selección de palabras nos gobierna aun habiendo cerrado el libro, controlando nuestra visión del mundo durante y tras ese lapso de tiempo que somos uno con su puño y letra. 

 

 

* Poesía completa de Max Blecher. Edición bilingüe de Joaquín Garrigós. (Hermida Editores, Madrid, 2020). 

 

Inés Sánchez Mesonero (Salamanca, 1994) es traductora literaria, redactora y profesora de idiomas. Sus lenguas de trabajo son el castellano, el italiano, el francés y el inglés. Vivió en Salamanca hasta que finalizó sus estudios en Traducción e Interpretación (USAL). Ha residido en Aix-en-Provence, Florencia y Ruan y actualmente se encuentra en Zaragoza. Sus primeras traducciones literarias consisten en obras infantiles (la serie La Patrulla Gatuna) y novela gráfica (La tierra, el cielo, los cuervos, Mercedes, Espíritu de campamento, La inmersión, Carbono y Silicio...); próximamente, aparecerá la traducción del poema de Lord Alfred Douglas, Una plegaria, en La casa de las ventanas de color naranja, de Ion Minulescu y traducido por Joaquín Garrigós. Por otra parte, forma parte del proyecto europeo de traducción literaria CELA y, en sus ratos libres, escribe poesía y relato.

 


 

 

REVISTA ÁGORA DIGITAL/Mayo 2021/ AVANCE ÁGORA N. 10 / BLECHER 2