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lunes, 28 de diciembre de 2020

Entre las tinieblas y la luz ("Marianela", de Benito Pérez Galdós). Por Luis Quintana Tejera. Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático. Ágora 9- Agora digital- dossier Homenaje a Galdós.

Marianela", Galdós | Duncan grant, Arte en lienzo, Arte

Entre las tinieblas y la luz

(Marianela de Benito Pérez Galdós)

 

Por Luis Quintana Tejera[1] 

Doctor en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Conacyt

 

 

Introducción

 

Puede parecer un reto inabarcable, plantear el estudio de una parte, al menos, de la obra de Benito Pérez Galdós. Su creación fue múltiple y polifacética, la cual, desde el realismo inicial, anuncia las nuevas corrientes literarias que ya se perfilaban en la Europa de fines del siglo XIX.

Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canarias, el 10 de mayo de 1843, murió en enero de 1920. Durante los años de su existencia, dividida entre su actividad literaria y la política, publica novelas y obras teatrales (Cfr. Valbuena Prat, 2003: 319-345).

De acuerdo con lo anunciado en el título de este artículo, nos centraremos en las novelas, en particular en Marianela de 1874, obra que fue precedida por La sombra (1870) y Doña perfecta (1876), sólo por mencionar las narraciones más destacadas de su primera etapa de producción. Por supuesto, Los episodios nacionales (1872-1912) retoman la tradición francesa de la novela total, en donde varias obras, reunidas por el tema y la intención socio política, destacan, al igual que lo había hecho Balzac con La Comedia Humana y el contemporáneo del maestro español, Zola con Rougon Macquart.

El escritor aquí estudiado, se inspiró en la pasión y entrega de Balzac a la novela, reconoció también que el naturalismo de Zola tenía muchos puntos de contacto con sus Episodios Nacionales.

Introducción a Marianela

El personaje central es una niña desposeída y humilde que actúa, en la primera parte de la narración, como el lazarillo de Pablo Penáguilas, un joven rico e invidente, con el que ella toma contacto y entre quienes nace una tierna amistad.

         Para marcar, de alguna manera, la condición de esta humilde muchacha, su relación con Pablo y con el doctor Teodoro Golfín, nos permitimos citar lo siguiente:

Efectivamente, la joven se sentía y participaba en las acciones de los habitantes como un animal más de Aldeacorba. Todos en el pueblo le manifestaban desprecio no solo por su fealdad, sino además porque era hija de una madre soltera, pobre y desgraciada, una alcohólica que termina suicidándose. Salvo Teodoro Golfín y Pablo, todos contribuían a que ella misma se percibiera como una persona poco digna de atenciones. Jamás le dirigían una palabra afectuosa, un halago. Por ello, sufría de un fuerte complejo de inferioridad que la llevaba a decir, repetidas veces, que no servía para nada. 

 

 

(File:///C:/Users/Luis/Desktop/0.10.%20P%C3%A9rez%20Gald%C3%B3s/(99+)%20Nombres%20YSimbolos%20En%20Marianela%20De%20Benito%20Perez%20Galdos%20_%20CArloss%20Ttipo%20-%20Academia.edu.html)

 

        Los prejuicios sociales prevalecen de un modo evidente, desde el momento en que la pobre muchacha resulta deshumanizada y rebajada a la condición de un animal. Éste es el juicio de quienes parecen no tener vida propia y sí, tiempo suficiente para juzgar al otro, a su semejante, a su igual; aunque ellos piensan que algo los diferencia de nuestro personaje. El rechazo proviene de su fealdad y de la condición de expósita, hija de una madre borracha, lo que es peor, soltera. Ahora bien, el increíble doctor y el joven ciego hacen la diferencia, aunque Marianela es orillada a pensar como sus opositores, debido a que resulta víctima de un complejo que la sociedad le ha impuesto.

 

Lo barroco como constante histórica (Cfr. D’Ors, 2002).

Como lo sostenemos en el título, el relato se mueve —al estilo barroco— en el contraste entre luz y sombras. Entre un ciego que cree ver, más allá de las sombras en que habita, a una belleza incomparable, en lugar de una mujer no muy beneficiada por los dones de la naturaleza; por otro lado,  una obediente joven, poseedora del sentido de la vista, que no desea resignarse a distinguir la diferencia entre un presente lleno de luz y un futuro en donde le aguarda la muerte; sufre al imaginarse que Pablo, al verla, la rechazará; es decir, en este momento existen uno junto al otro, pero en un futuro cercano, el amor del joven se convertirá en indiferencia y las premoniciones de la muchacha se volverán realidad. En reiteradas ocasiones, se ha comparado a Galdós con Cervantes, no sólo por lo altamente representativo de la creación de ambos, sino también, porque el primero de ellos sintió una particular admiración por Don Quijote de la Mancha; por sus búsquedas, por su símbolo, por sus variables expresadas en el estilo que da la antítesis, sobre todo, por ser Cervantes un escritor barroco en pleno renacimiento (Pérez Galdós, 2003: tomo I, 9). La imagen de Dulcinea, en abierto contraste con Aldonza Lorenzo es una antítesis que el narrador de Galdós quiere retomar al enfocar la historia de Marianela; de las dos Marianelas: la que Pablo sólo imagina como don Quijote lo había hecho, la otra, la real, aquella a la que muchos rechazan.

 

Análisis de Marianela

El narrador. Realismo vs romanticismo (Cfr. Valdearcos, 2008). 

 

En Pérez Galdós podremos observar como el romanticismo que puede constatarse en su novela La sombra, persiste en él en varias producciones posteriores, su estilo —marcadamente realista— va cediendo lugar, poco a poco, al naturalismo y al simbolismo. De este modo, el genio de Benito Pérez Galdós permite que en su obra se entable un verdadero diálogo entre diversos movimientos literarios. Parte, por supuesto, del realismo que se vivía en su época, se siente tempranamente atraído por el naturalismo de Zola (Morelle, 1976: 337-357), maneja antítesis barrocas como lo había hecho Cervantes, anuncia algunas pautas de lo que habría de ser el simbolismo europeo (Cfr. Gros, 1976:  488-517).

El narrador es un focalizador cero según Gérard Genette (Cfr. 1989: 245-248), desde su postura omnisciente, todo lo sabe y va ofreciendo a su lector aquello que el susodicho lector debe conocer. Empieza diciendo:

Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el césped traza el constante pisar de hombres y brutos, y subía sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guindos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de España.) (Pérez Galdós, 2020: 39)[2]

        Estéticamente se trata de una bella presentación de paisaje, en donde los recursos retóricos prevalecen. Es un atardecer, en el contexto del “breve crepúsculo”, el arribo de la noche, personificada en su aparente condición humana, es definida por el narrador como tranquila y oscura; el primero de los adjetivos justifica el grado de personificación ya mencionado, al mismo tiempo que lo de “oscura” se asocia con el metafórico “negro seno”, de esta nocturnidad. Simultáneamente, predominan las antítesis y los datos sensoriales de diferente valor: en el marco de las primeras, la noche ocupa el lugar que el día ha dejado vacío, los rumores de la jornada que termina son sustituidos por el silencio de lo nocturno. En el contexto de las sensaciones, prevalece lo visual —“oscura noche”, lo auditivo —“últimos rumores”. Otra personificación se impone, cuando habla de “la tierra soñolienta”, permitiendo ahora el ingreso de la anónima figura humana, que aparece de pronto y de quien se ofrecerá en seguida un pormenorizado retrato: es Teodoro Golfín, el médico que hará el milagro de devolverle la vista a Pablo Penáguilas.

            El movimiento narrativo corresponde a las características de estilo del realismo, porque hay una pormenorizada descripción, una pausada manera de ver el paisaje y un detallismo descriptivo verdaderamente genial, a través del cual se enumeran los “pintorescos grupos de guindos, hayas y robles”. Es la naturaleza que habla en su propio lenguaje, es la naturaleza que forma parte de la añoranza romántica del narrador de Galdós.

            Realismo y romanticismo comienzan a convivir en el relato, como lo habíamos mencionado líneas antes; son parte de la manera de ver el cosmos, a cargo de la voz que cuenta los hechos. En lo tocante al primero, los minuciosos pormenores nos permiten asomarnos a la vida tal cual es; por otro, en lo que tiene que ver con el segundo, la sensibilidad de esta corriente decimonónica le proporciona al escritor y a sus personajes, una manera particularmente pesimista y escéptica, para ver al mundo real en el que todos se encuentran. Más allá del estilo que el realismo impone, paulatinamente el romanticismo irá prevaleciendo, no sólo en la emoción y la alegría, sino también en el dolor, la tristeza, la soledad y la muerte.

            Sin perder de vista la diégesis de la novela, encontramos en Marianela una niña semi abandonada, que ha hallado refugio en Socarte, se ha acercado al joven Pablo, poco a poco va surgiendo una amistad entrañable entre ambos, que no tarda en evolucionar del encantamiento al amor.  Pablo está privado de la vista, necesita del apoyo de alguien que sea su incondicional compañía; esa figura estará representada por la entrañable Nela, por la muchacha olvidada por la sociedad, que ve en ella prácticamente a una pordiosera que sólo merece compasión y misericordia. Pablo, en cambio, se enamora de la voz de esta jovencita; por supuesto, no puede verla, sus ojos ausentes son sustituidos por el traicionero sentido del oído. La escucha y al escucharla se va identificando con ella. Marianela lo acepta, aunque sabe que la sola posibilidad —aparentemente lejana— de que el joven recupere la visión, los alejará para siempre. Tanto le han dicho que es humilde, fea, andrajosa y carente de virtud alguna, que termina por creer que es cierto. No sostenemos que la verdadera belleza sea espiritual tan sólo, únicamente nos detenemos a pensar que en todo es necesario un equilibrio, que en toda situación que involucre al odioso ser humano[3], se requiere de cada una de las partes; si falta una de ellas, el paraíso soñado se derrumba; esto es lo que sucedió a Pablo cuando recuperó la visión.

 

El romanticismo oscuro del final

Simbolismo dominante

 

Al mismo tiempo, tal situación se encuentra expresada en las postrimerías de la obra, cuando el romanticismo de la muerte y el símbolo del dejar de ser sin aparente justificación resulta expresado de un modo desconcertante y patético, cuando Pablo vive su propia anagnórisis al encontrarse con —digámoslo de esta manera— la otra Marianela.

Pablo alargó una mano hasta tocar aquella cabeza que le parecía la expresión más triste de la miseria y desgracia humanas. Entonces la Nela movió los ojos y los fijó en su amo. Pablo se creyó mirado desde el fondo de un sepulcro; tanta era la tristeza y el dolor que en aquella mirada había. Después la Nela sacó de entre las mantas una mano flaca, tostada y áspera y tomó la mano del señorito de Penáguilas, quien al sentir su contacto se estremeció de pies a cabeza y lanzó un grito en que toda su alma gritaba (230).

 

Los verdaderos antagonistas de esta tragedia se encuentran por fin. Pablo quizás llegue a comprender algún día, que ver realmente es algo más que lo que él ha podido contemplar hasta este momento. Ha visto la luz, la belleza de Florentina —su injusta prometida—, la vitalidad de la naturaleza, la diferencia entre lo hermoso y lo feo; ha contemplado en el espejo del cosmos lo que sus ojos enfermos no habían llegado a observar aún; ha contemplado la belleza del sol y la candidez de la luna; pero en el fondo de todo esto, él no entiende nada. Tiene ante su persona a un ser que se extingue poco a poco y no sabe por qué, no sabe que él es el verdadero causante de tal desgracia.

         Los oscuros movimientos románticos se ofrecen con todo su rigor cuando Pablo se creyó mirado desde el fondo de un sepulcro. Y mientras la Nela agoniza ante los ojos de todos, el alma romántica, que ha heredado el narrador, se regocija decadente ante el misterio de la muerte.

       Llega el instante del reconocimiento, de la impactante anagnórisis que habíamos señalado líneas antes. El narrador continúa: 

Hubo una pausa angustiosa, una de esas pausas que preceden a las catástrofes del espíritu, como para hacerlas más solemnes. Con voz temblorosa, que en todos produjo trágica emoción, la Nela dijo:

-Sí, señorito mío, yo soy la Nela (231).

Pablo consternado no puede creer lo que sus ojos redivivos le muestran; por eso dice:

        “-Eres tú... ¡Eres tú!” (231).

      Pero si éste había sido un reconocimiento doloroso, lo será más todavía aquella otra anagnórisis que lo conmueve en sus entrañas:

Después le ocurrieron muchas cosas, pero no pudo decir ninguna. Era preciso para ello que hubiera descubierto un nuevo lenguaje, así como había descubierto dos nuevos mundos, el de la luz, y el del amor por la forma. No hacía más que mirar, mirar y hacer memoria de aquel tenebroso mundo en que había vivido, allá donde quedaban perdidos entre la bruma sus pasiones, sus ideas y sus errores de ciego (231).

        En el marco de “sus errores de ciego” quedará oculta la promesa implícita que él mismo le había hecho a su lastimoso lazarillo. Florentina, por ser bella, la sustituirá en los brazos del joven.

      Las palabras del científico piadoso, del doctor Golfín, la despiden para siempre: “—“Mujer, has hecho bien en dejar este mundo” (236).

            Al moverse en el territorio simbólico, las representaciones abstractas completan los contrastes ya señalados; ya lo había dicho el mismo Golfín: “Como la Nela hay muchos miles de seres en el mundo. ¿Quién los conoce? ¿Dónde están? Se pierden en los desiertos sociales” (223).

 

Conclusiones

 

En el contexto final, sólo nos queda recapacitar sobre los tormentos de la existencia, que estriban, entre otros muchos fenómenos, en las diferencias sociales y en el destino trágico de un ser que no podía ser amado a pesar de su nobleza y entrega. Marianela muere víctima de un sueño que no se cumplió. Ella deja de ser ante la mirada asombrada e inconscientemente cruel de Florentina. Pablo la amó hasta donde su naturaleza humana se lo permitió. La amó desde las sombras, pero al regresar a la luz la terminó de aniquilar con su indiferencia. 

 

 

Bibliografía

. D’ Ors, Eugenio (2002). Lo barroco, prólogo de Alfonso E. Pérez Sánchez, Barcelona, Tecnos.

. Genette, Gérard (1989). Figuras III, traducción de Carlos Manzano, Barcelona, Lumen.

. Gros, Bernard (1976). “El simbolismo” en La literatura, obra realizada bajo la dirección de Bernard Gros, Bilbao, Ediciones Mensajero.

. Hobbes, Thomas (2013). Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, trad. y prefacio Manuel Sánchez Sarto, 29ª. reimpresión, México, F.C.E. [Sección de obras de política y derecho].

. Morelle, Paul (1976). “El naturalismo” en La literatura, obra realizada bajo la dirección de Bernardo Gros, Bilbao, Ediciones Mensajero.

. Pérez Galdós, Benito (2020). Marianela, 10ª. Edición, edición de Elisa Hernández, Madrid, Cátedra. [Colección dirigida por José Mas y Ma. Teresa Mateu].

. ________________ (2003). Obras completas, VII tomos, Introducción, notas, biografía y personajes por Federico Carlos Sainz de Robles, Madrid, Aguilar.

. Valbuena Prat, Ángel (1963). Historia de la literatura española, 4 volúmenes, 7ª. Edición, Barcelona, Gustavo Gili. [Volumen consultado: III].

Páginas de Internet

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. Valdearcos, E. (2008). “Romanticismo y realismo”, en Clío 34, 2008. http://clio.rediris.es. ISSN 1139-6237

 


biografia_web

[1] Luis Quintana Tejera, escritor y profesor mexicano, nacido en Uruguay (1947), es doctor en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Conacyt. Se desempeña como profesor de literatura en la Facultad de Humanidades de la UAEM e imparte las materias de “Narrativa breve” y “Tragedia” en la Licenciatura de esa Facultad. Ha publicado libros y artículos de crítica literaria en numerosas revistas especializadas. Su participación en el área de la investigación tiene que ver con la obra narrativa y con los aportes que en ese contexto se han ofrecido desde el XIX hasta el siglo actual. 

En mayo de 2016 fue distinguido con el Premio a Obra Publicada 2016, otorgado por la Universidad Autónoma del Estado de México y la FAAPAUAEM; en reconocimiento a la amplia trayectoria de Luis Quintana Tejera y,  específicamente, por la publicación de su libro Literatura y Contemporaneidad 2, bajo el sello de la Editorial Patria Cultural de México.

Blog de Luis Quintana Tejera:

 http://luisquintanatejera.com.mx/

[2] En las citas siguientes que correspondan a esta obra sólo señalaremos el número de la página que corresponda.

[3] No olvidemos a Hobbes y su máxima: “El hombre es el lobo del hombre”, en donde se deja al desnudo la verdadera condición del individuo humano. (Cfr. Hobbes, 2013).

 

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