Nuestros maestros
EL ROMANCE Y LA MORADA
(Juan Ramón Jiménez, Juan de la Cruz)
Yo no quería volver
en mí, por miedo de darles
disgusto de árbol distinto
a los árboles iguales.
Los árboles se olvidaron
de mi forma de hombre errante,
y, con mi forma olvidada,
oía hablar a los árboles.
Juan Ramón Jiménez
El romance, género o subgénero creado en la tradición española, a partir de las crónicas que recogieron cantares de gesta, o como recuerdo oral y colectivo de esos hechos y formas simples de leyendas, pasó de ser una composición “tradicional” (en palabras de Menendez Pidal) a convertirse en un cauce culto, artístico, a partir del siglo XVI.
El “romancero viejo” o tradicional fluyó a través del genio de artistas del Siglo de Oro, como Lope de Vega, Quevedo, Góngora, hasta el Duque de Rivas, en el Romanticismo; o, en el siglo XX, García Lorca (“Romancero gitano”), Alberti, Antonio Machado (“La tierra de Alvargonzález”), Juan Ramón Jiménez (este poeta y teórico no solo fue genial en la praxis del romance, sobre todo en su primera época impresionista, pero incluso en uno de sus últimos libros de poesía: Romances de Coral Gables; también, como teórico, escribió el mejor ensayo sobre el romance: El romance, río de la lengua española, publicado en Puerto Rico, donde reivindica el romance como sustrato de la lengua poética española, del español y de las otras lenguas de España, desde la Edad Media hasta la modernidad, llegando a los romances escritos en la Guerra Civil, a pie de ambas trincheras; entre ellos, los más destacados, escritos por otro genial poeta: Miguel Hernández, “Vientos del pueblo”). Miguel dio también el mejor de los cancioneros líricos de su generación: "Cancionero y romancero de ausencias", escrito en la cárcel, "Llegó con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida". El poemario póstumo incluye romances líricos inolvidables, como "Antes del odio", romance sólo al par del Romance del Prisionero:
Amor, tu bóveda arriba
y yo abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor,
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.
(Ver Notas sobre un poema de Miguel. "Antes del odio". Carlos Bousoño. Texto disponible en: https://cvc.cervantes.es/literatura/cuadernos_de_agora/pdf/49_50/49_50_31.pdf)
El romance puede ser un subgénero lírico o narrativo, dada la virtualidad histórica y pragmática (comunicativa de noticia o emoción desnuda) de su esencia genérica. Y también puede incorporar la voz dialogada, lo dramático.
Suele expresarse a través de octosílabos u otro tipo de versos de arte menor, con preferencia a la rima (asonantada). Una curiosa variación del romance, con gran rendimiento métrico y melódico, sería el tipo de romance-silva, sin rima, con versos de arte menor de diverso tipo, octosílabos, pentasílabos, heptasílabos, etc, que utiliza otro gran poeta del 27, Pedro Salinas, en sus primeros libros, Fábula y signo, Seguro azar, La voz a ti debida).
Suele utilizar estructuras paralelísticas (que le dan coherencia interna) y figuras retóricas (que le dan buen color y cuerpo): de omisión (como la elipsis), o de repetición (anáforas, anadiplosis, epanadiplosis (“que por mayo era, por mayo"), los mejores ejemplos de romance, donde se encuentran reunidas todas esas cualidades, son, en mi opinión, el anónimo Romance del prisionero, el citado "Antes del odio" miguelhernandiano, y el Romance del Duero, de Gerardo Diego (poeta no menor de dicha Generación del 27), dedicado a Soria y al río de la vieja Castilla: “Río Duero, río Duero, / nadie a acompañarte baja…”; que termina con “palabras de amor, palabras”: una anadiplosis en el verso final, como un calderón en música.
Ese tono reiterativo cadencioso, lírico y a la vez distante-épico, es lo propio del romance.
La paleta amplia del mismo abarca, incluso, el tipo de poema gnómico, sapiencial, o proverbio, como los profundos y bellos Proverbios y Cantares de Antonio Machado. Recordemos uno de los más famosos, cantado por Joan Manuel Serrat (valga el homenaje al cantautor catalán, a quien siempre estaremos agradecidos los amantes de la poesía. Para escuchar al maestro Serrat: https://www.youtube.com/watch?v=CPSrNgoMBnk ).
Reiteración, anadiplosis perfecta: Todo pasa y todo queda / pero lo nuestro es pasar, / pasar haciendo caminos, / caminos hacia la mar.
O, finalmente, recordemos los poemas de Sem Tob, el rabino y maestro judío castellano, sus “Proverbios morales”, especie de romance filosófico.
Non val el açor menos
por nacer de mal nido
nin los enxemplos buenos
por los dezir judío.
El romance está también en la poesía teológica del místico San Juan de la Cruz, quizá el más grande espíritu de España: Romance sobre el pasaje evangélico “In principio erat Verbum”, acerca de la Santísima Trinidad.
Repárese en la dificultad de explicar cómo la Segunda Persona no ha sido creada, sino engendrada. San Agustín ya se las vio y deseó con el asunto, que el místico resuelve con plena gracia de poesía. (Ser creado por Dios implica ser creado de la nada, como cualquier cosa contingente, animal, árbol, roca, usted o yo, como todo: hijos de nada y de luz; en cambio, Cristo-Verbo es nacido de Dios, no creado; porque, según el místico, Dios no es tanto una persona-unidad como una morada- de amor, que implica uno-y-otro, una relación, una familia; el místico supera, incluso, lo que Abel Martín-Machado denominó la esencial alteridad del ser: ser uno implica ser otro, o al menos aspirar a ser otro, con el consiguiente fracaso metafísico, para Abel Martín. En cualquier caso, solo cordialmente se puede entender que Dios es una morada*; hay morada allí donde el amante es el amado, el padre (símbolo de progenitor- cuidador) es el hijo (símbolo de lo engendrado- cuidado) y el amor el nudo que une y revierte los signos, el hijo cuida al padre, el amado al amante)
En el principio moraba
el Verbo, y en Dios vivía,
en quien su felicidad
infinita poseía.
El
mismo Verbo Dios era,
que el principio se decía;
él moraba en el principio,
y principio no tenía.
Él era el mismo principio;
por eso de él carecía.
El Verbo se llama Hijo,
que del principio nacía;
hale siempre concebido
y siempre le concebía;
dale siempre su sustancia,
y siempre se la tenía.
Y así la gloria del Hijo
es la que en el Padre había
y toda su gloria el Padre
en el Hijo poseía.
Como amado en el amante
uno en otro residía,
y aquese amor que los une
en lo mismo convenía
con el uno y con el otro
en igualdad y valía.
Tres Personas y un amado
entre todos tres había,
y un amor en todas ellas
y un amante las hacía,
y el amante es el amado
en que cada cual vivía;
que el ser que los tres
poseen
cada cual le poseía,
y cada cual de ellos ama
a la que este ser tenía.
Este ser es cada una,
y éste solo las unía
en un inefable nudo
que decir no se sabía;
por lo cual era infinito
el amor que las unía,
porque un solo amor tres tienen
que su esencia se decía;
que el amor cuanto más
uno,
tanto más amor hacía.
Andrés Acedo
2-2-2026
Retrato de San Juan de la Cruz por Jean Baptiste de Wael. Biblioteca Nacional de España
* "Juan de Yepes Álvarez (San Juan de la Cruz) nació en el seno de una familia pobre y humilde de origen toledano. El padre, Gonzalo Yepes, falleció a los tres años del nacimiento de Juan, dejando a su esposa, Catalina Álvarez, con tres niños: Francisco, mayor que Juan, y Luis, el menor, que murió a los pocos años. La familia apenas disponía de lo necesario para sobrevivir trabajando en un elemental telar de buratos. Catalina Álvarez buscó ayuda entre los parientes del difunto marido, trasladándose con sus hijos a los lugares toledanos de origen (Torrijos, Gálvez), pero no halló el apoyo esperado, por lo que al cabo de año y medio regresó a Fontiveros. Allí moría Luis, el menor de los hijos, en fecha desconocida. En busca de solución para sacar adelante a los otros dos, emigró a otros pueblos del contorno, estableciéndose a partir de 1548 en Arévalo (Ávila). Tampoco encontró allí salida para la extrema pobreza que atenazaba a la familia. No mejoró la situación al contraer matrimonio Francisco Yepes, el mayor de los hermanos, con Ana Izquierdo, también de familia humilde.
Cuando Juan rondaba los diez años, la familia realizó el intento definitivo para remediar la emergencia crónica que venía arrastrando. Se trasladó en 1551 a Medina del Campo, donde existían mayores posibilidades no sólo económicas, sino también para la formación de Juan. Efectivamente, al poco tiempo de instalarse la familia en Medina, éste era admitido en el Colegio de los Doctrinos, anejo al convento de la Magdalena. Junto con otros compañeros del mismo centro, Juan tenía que asistir a los servicios religiosos de la iglesia y de la casa y recoger limosnas para el monasterio; éste, por su parte, le procuraba alojo, alimentación, estudios elementales (...) ".
Recogido de la Real Academia de la Historia. Más sobre la vida de Juan de la Cruz:
https://historia-hispanica.rah.es/biografias/25137-san-juan-de-la-cruz


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