Cruyff antes de sacar un córner, en La Condomina, durante el Real Murcia-FC Barcelona (4-11-1973)
Cartas a los hijos de mis hijos (2)
Mis campos de fútbol
por José Gálvez Muñoz
Enfrente de nuestra casa de la calle Mar Menor, en los bajos de un edificio ya algo antiguo, estaba la Academia de Don Miguel. Alrededor del edificio habían venido a parar, para nuestro disfrute y para provocar alguna que otra herida, montañas de escombros de las numerosas obras en marcha en el barrio de Santa María de Gracia, a mediados de los años 60.
Sin embargo, detrás del edificio había un pequeño descampado. Allí comencé, con apenas seis años, mi brillante vida de futbolista. Yo estaba entre los más pequeños. El partido no era más que una carrera continua detrás de la pelota. Era muy difícil centrarse, pero de vez en cuando conseguía dar una patada al balón.
Todo comenzaba con el ritual de pedir jugadores. Los dos capitanes se ponían frente a frente, a cierta distancia el uno del otro, e iban aproximándose colocando un pie justo detrás del otro hasta encontrarse. El último que conseguía meter un pie, ganaba. Primero elegían a los mejores o a los más amigos y para el final quedaban los más pequeños; los “palomica suelta”. Aprendí mucho de cómo correr con cierta soltura aquellos días.
Con lo que ya había entrenado comencé a correr entonces por los campos de fútbol del colegio. Desarrollé entonces una fina capacidad para adivinar a dónde iría el balón y para anticiparme a los adversarios. Pero como quiera que esta nueva habilidad se combinaba con cierta ansiedad creativa, que me ha acompañado siempre: una especie de amontonamiento de ideas y capacidades ante la necesidad perentoria de resolución, terminé por hacerme defensa lateral izquierdo y despejar sin contemplaciones y sin más complicaciones.
Mi siguiente experiencia en terrenos de juego también me enseñó cosas muy útiles. Y es que a veces se utiliza a las personas para ciertos fines. El caso es que un día fuimos a la Condomina para participar en una especie de Demostración Sindical de las que organizaba el Régimen, pero de niños. Durante semanas ensayamos con música cómo dar saltos sincronizados o formar perfectas figuras geométricas con nuestros cuerpos. La puesta en escena fue un éxito y yo lo hice lo mejor que pude. El blanco de los uniformes quedaba muy bien sobre el verde del césped. Las autoridades se mostraron satisfechas.
Años más tarde volví por segunda vez a La Condomina. Esta vez de espectador. Real Murcia-San Andrés. Era todo extraordinario a los ojos de un niño. Ver jugar en carne y hueso a jugadores de verdad no tenía parangón. Las camisetas, el sonido del balón, los encontronazos, las oportunidades, los árbitros de negro….
Aún volví una tercera vez a La Condomina, esta vez para resarcimiento de la primera. Fue en junio de 1977, pocos días antes de las primeras elecciones generales democráticas. Un gran mitin socialista llenaba el estadio. Aunque yo aún no podía votar, ver a los demócratas pisar del terreno de juego emocionaba hasta a los más escépticos.
Fue precisamente a inicios de esos años 70 cuando ocurrieron dos hechos relevantes para mi vida. A comienzos de ese verano, un día del Corpus, mi padre comenzó con dolor de abdomen y fiebre. Los días de fiesta no eran buenos para ponerse uno malo y Murcia no contaba con tan avezados clínicos como ahora. A lo largo del día se fue haciendo evidente que tenía apendicitis. Por las demoras del diagnóstico o por la severidad del proceso, el apéndice se perforó y el cuadro se agravó. Se intervino, pero ya había pus en el peritoneo. La cirugía fue complicada.
Afortunadamente comenzaban a funcionar aquellos días en España las famosas UVIS. Estuvo ingresado en la del Hospital la Vega muchos días. Mis recuerdos son los de un niño tomando algo con mi madre en su cafetería, que olía a hospital, o mirando por la ventanilla del autobús al edificio que quedaba al fondo, entre triste, preocupado, también esperanzado, a punto de rezar. Finalmente, mi padre salvó la vida.
La otra cosa que ocurrió aquel verano es que también por aquellos días estaba previsto que pasara un mes en la Residencia de los Maristas en Guardamar. Iba a hacer una especie de campamento de verano y aprender francés. Aunque siempre existió la sospecha de que pudiera ser captado por la Orden, allí estudiamos francés, jugamos a las cartas y al parchís, hicimos excursiones a las pinadas y a las playas cercanas y ¡jugamos al fútbol!
Como parece que no estaba en los planes de la Providencia que yo siguiera el camino de una Orden Eclesial ni el del fútbol de élite, pronto volví al campo de la almendra y a mi padre convaleciente. El cual con mucho baño de sol y violeta de genciana iba curando su anfractuosa herida abdominal.
En El Olivarico, nuestro campo, y gracias a la previsión de quien ya sabéis, había desde el principio y aún sigue estando, un pequeño campo de fútbol de tierra pisada entre pinos y limoneros. Casi todo estaba allí pensado para los niños. Así ese insólito terreno de juego espera que también vosotros os animéis a correr detrás de la pelota.
Fue allí donde hice mis últimos esfuerzos por enderezar mi carrera deportiva. Para ser sinceros, lo más deslumbrante era la indumentaria. Una camiseta de un blanco zinc luminoso, con largas mangas, anchos calzones y las medias bien estiradas el mismo color. El 11 de Paco Gento al dorso y las botas reglamentarias. Sin embargo, siempre me ha inquietado un poco en el recuerdo aquella ostentación indumentaria de niño bonito. En ocasiones venían algunos niños de la Parroquia de la Mantanza a jugar con nosotros.
Otras veces, venían ellos con sus maestros a jugar o a celebrar el día de la Mona. Lo cierto es que, ahora sabemos, esos niños ahora adultos, disfrutaron como nosotros de aquel mini-campo de fútbol, recuerdan ahora con simpatía aquellos días y además con la satisfacción de los grandes futbolistas.
José Gálvez Muñoz es médico reumatólogo, jubilado del Servicio Nacional de Salud. Ha dedicado sus años jóvenes al estudio y creación de literatura médica, ahora dedica su tiempo y humanidad al cultivo de la escritura, de la filosofía, el arte y la literatura y su divulgación. Reside en Murcia.

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