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lunes, 31 de agosto de 2020

¿Qué era eso de la Filosofía? Homenaje al profesor Joaquín Lomba Fuentes (in memoriam). Diario político y literario de FM/ Cuaderno de vacaciones 2020/ Ágora digital





¿QUÉ ERA ESO DE LA FILOSOFÍA? Homenaje al profesor Joaquín Lomba Fuentes (in memoriam)


Estas palabras están inspiradas por el recuerdo de mi profesor Joaquín Lomba Fuentes, maestro de Filosofía de toda una generación de profesores que salieron de las aulas de la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia.
Joaquín (con el que no era requisito anteponer el don para manifestarle respeto) falleció el 5 de marzo de 2018, en Zaragoza, su ciudad natal.
A la Universidad zaragozana, adonde marchó después de su paso por Murcia, legó lo más granado de su investigación. Ahí pude volver a tratarlo, a principios de los 90, en unos cursos de doctorado; Joaquín me permitió entonces retomar con él el contacto personal que, mejor que las aulas, estimulaba a seguir aprendiendo.
Joaquín había luchado durante años en Murcia por una Facultad de Filosofía competente, antes de volver a la ciudad a las orillas del Ebro, donde creó, en 1990, la Sociedad de Filosofía Medieval, lustre internacional de su Universidad y de su tierra; allí publicó unos cuantos libros imprescindibles sobre filósofos árabes y judíos de la España medieval.
Joaquín Lomba tenía ya, en los años murcianos en que fue mi profesor (reitero, con orgullo, el “mi” posesivo de respeto y cariño) entre 1977 y 1979, una condición de filósofo por partida doble: por un lado, era un sabio en punto a erudición (en lenguas latina, griega, árabe y hebrea, y en Filosofía y en Historia) pero, sobre todo, a tenor de su contagiosa curiosidad. Quien lo respiraba o simplemente contemplaba se volvía filósofo, al menos por unos momentos. Te preguntabas cómo saca tiempo este hombre para estudiar tanto, ¿sacaré yo al menos la mitad de horas al día que él?; sí, si llegara uno a tener la mitad de su motivación y su emprendimiento filosófico.
Joaquín nos reunía en Murcia, por el barrio de santa Eulalia, a sus alumnos de filosofía (éramos tan pocos que cabíamos en su estudio- apartamento, eso sí, todos sentados en el suelo), para continuar las clases de filosofía que impartía en las aulas: en el viejo aulario de Letras, muchas veces mezclados como estábamos con otros cien alumnos más, que procedían de los estudios de Historia, Psicología o Pedagogía.
Recuerdo que, en esas clases informales, a lo Juan de Mairena, te aconsejaba de cine, de la última traducción del poeta alemán Hölderlin  (en bilingüe, en Río Nuevo), como de un concierto de música clásica que iba a celebrarse en un colegio mayor; y, por supuesto, de sus queridos presocráticos, y de Aristóteles. Siempre estábamos releyendo la filosofía, hasta tal punto que se producía con naturalidad la broma (que era también una palabra de reconocimiento entre nuestro grupo) de referirnos a lo que estuviéramos haciendo como si fuera un releer (por ejemplo, en la cafetería, si alguien se demoraba en pedir, decíamos que estaba “releyendo la carta”, antes de elegir, invariablemente, el menú económico; o, en la biblioteca, estábamos releyendo la historia de Occidente mientras en realidad leíamos Las palabras y las cosas de Foucault. Y hasta ligar pretendía ser releer la historia de la sexualidad).
Pero, entretanto, algo sí se hacía de relectura de la filosofía: La verdad era que nosotros no nos llamábamos Borges, no habíamos tenido aún tiempo de leer muchos libros y, menos, de releer, pero él, sí; el Filósofo.
(Llamo a Joaquín Lomba el Filósofo, hoy todavía con mayor respeto a la verdad y con mayor gratitud incluso que los que pude sentir en aquel ayer. Hoy que conozco una anécdota que confirma el espíritu socrático-irónico del maestro que valora a sus alumnos por encima de la condición de ambos, en la aspiración común a la Filosofía. Hace unos pocos años, mi padre me reveló que un día fue al despacho de Joaquín en la Facultad, a saludarlo como profesor de su hijo y ver cómo habría de tratarme en mi crespa personalidad adolescente. Joaquín recibió con normalidad aquella imprevista consulta, tan poco académica, y al poco de comenzar su charla me lo tranquilizó con esta frase: “su hijo es un filósofo”).
Joaquín Lomba nos atraía e implicaba en esa tarea intelectual de replantearnos qué era eso de la filosofía, eso que empezaran a hacer los griegos hacía más de 2500 años.



Muchos de nosotros, yo así lo siento al menos, hemos crecido preguntándonos qué es eso de la filosofía, haciendo relecturas, y ahora, con el tiempo y unas horas más de estudio, debemos responderle con toda humildad al maestro, y mostrarle lo que cada uno pueda de convencimiento. Sí. Hemos sacado la idea de que el mundo, por más que finja honrar a la filosofía, no ha logrado desarmarla, ni mucho menos, cuando la ha atacado directamente y sin fingimiento, ha podido doblegarla.
Que es esa cosa una fuerza rebelde, que ninguna ideología puede contener ni reprimir y que la ciencia solo puede acompañar. El amor a la verdad, quizá sea uno de sus nombres, y las ideas, palabras de un poema de amor a la verdad.
Que hay diferencia entre ideología y utopía: los filósofos han parido utopías para que se realizaran, y han creído en ellas de forma ingenua; la ideología, no. La ideología hace como que tiene ideas, las utiliza contra otras ideologías pero su fin es conseguir el poder para un bando que se autorepresenta como el de los buenos, frente a los malos. No hay cosa que aburra más a un filósofo que el maniqueísmo, provenga de izquierdas o de derechas, siempre con un tranco preparado para golpear sobre la cabeza que piense.
Él, Joaquín Lomba, hablaba mucho de un tal Aristóteles, se preguntaba si la suya era “una filosofía u-tópica”. Llamar a la filosofía aristotélica utópica no acababa uno de entenderlo; entonces no, y algunos no todavía. El Aristóteles metafísico que no acaba de cerrar su filosofía por arriba, tenía que descender al Aristóteles ético y político, para ver su condición de no cierre, de ucronía y utopía. Pero, para entenderlo, había que esperar a hoy, y releer al Aristóteles de las virtudes: las éticas (la moderación, la generosidad, la valentía, etc) pero sobre todo las dianoéticas o intelectuales, como la ciencia, el arte, la prudencia o la misma sabiduría.
¿Qué querrá decir hoy, en este mundo que, en una colocación inquietante, se acompaña siempre del apodo de “digital” (en este universo digital donde parece al fin realizarse la imperfecta aspiración a la unicidad del cualquier universo o mundo de otrora), qué querrá decir la virtud de la ciencia, o la virtud del arte o de la prudencia en la vida personal y en la política? La información está hoy a precio de saldo tirada en los supermercados de Internet, basta buscarla, cogerla y devorarla al momento: la ciencia hoy no puede hacer hombres de ciencia, con las disposiciones de honestidad intelectual, objetividad, rigor, amor a la verdad, curiosidad, etc, que esperamos en un hombre así. Los muchos títulos no dan sabiduría, ni la mucha información virtud y buen juicio. ¿Es posible cerrar las Universidades y abolir de paso la era digital? No. Pero en parte sería deseable. Pregúntate, al menos, por qué esa reserva.
Si de algo servía a fin de cuentas el saber era para formar al ser humano en determinadas disposiciones o hábitos llamados virtudes de la inteligencia; así el arte formaba en el amor a la obra bien hecha, en el trabajo, en el valor de la oportunidad y la innovación que surge de una feliz idea, en el reconocimiento de la creatividad; la prudencia formaba el alma deliberativa, que reflexiona y estima varias alternativas antes de tomar decisiones. 
En nuestro mundo (¿solo en nuestro mundo?) la filosofía de Aristóteles se ha vuelto utópica, porque atiende a lo final y lo final ha sido reemplazado por el cortoplazismo o por la inmediatez. La Universidad no solo era transmisora de saber sino un co-laboratorium donde se forman almas de ciencia, almas que acogían las virtudes apreciables en un hombre científico.
Eso era el saber “práctico” de los antiguos, un saber que Joaquín Lomba poseía y de cuya alma emanaba, no fue casualidad el hecho de que Joaquín fuera uno de los que hicieron más porque la Universidad de Murcia tuviera facultad de Filosofía propia.  
¿Qué diría hoy Joaquín cuando viera que la propia Universidad de Murcia decidió, hace años, no exigir como requisito de admisión a sus alumnos el conocimiento de la Historia de filosofía, para que el espíritu filosófico impregne la condición de universitario?  Ya no es necesario que el futuro universitario la estudie más que un año en Bachillerato. Aprendiendo la virtud en tiempo récord. Lo mejor requiere tiempo. ¿De qué sirve la petición de que vuelva a ser obligatoria la Filosofía en todos los cursos de Bachillerato si luego la Universidad no valora la filosofía en su aportación imprescindible para el nivel formativo al que aspira?  Esas ideas finales de la ciencia, del arte, de la prudencia y de la sabiduría son, quizá, lo que quienes han dirigido y dirigen las Universidades no han querido ni quieren ver, perdidos en su estadísticas y compromisos.
Peor aun en los institutos de Secundaria donde se puede seguir el bachillerato de investigación, sin filosofía, lo cual no es ni Bachillerato ni investigación, pues donde no hay formación en filosofía no hay propiamente nivel de bachillerato (al no haber asentamiento de las competencias críticas y lógico-conceptuales que la filosofía aporta), ni hay investigación, pues la formación del investigador requiere saber lo que es la virtud del científico, el saber práctico-ético e intelectual que enseña Aristóteles, y enseñaba y encarnaba Joaquín Lomba, tanto por su curiosidad como por su humanidad acogedora.

FULGENCIO MARTÍNEZ
Profesor de Filosofía y escritor

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