Cartas para los hijos de mis hijos (3)
TRES VIAJES
Aquellos días yo tenía dos amigos. Como podéis imaginar era muy feliz por ello. Teníamos cuando hablo... creo que trece o catorce años.
Íbamos juntos a todo. Jugábamos al futbolín y al frontón con la mano. También a darle patadas a un taco de goma: todos contra todos; intentando acertar a meterlo en una portería hecha con las carteras del colegio. Andábamos mucho... siempre estábamos andando. También pensábamos y hablábamos mucho... Nos alegraba enormemente cuando creíamos haber alcanzado alguna verdad.
Yo estaba muy contento con mis amigos.
Una noche, en la calle Nicolás de las Peñas (antiguo gobernador civil y jefe provincial del Movimiento) ahora rebautizada como Cronista Carlos Valcárcel (padre de un antiguo dirigente de la Región y del Partido Popular)…, como decía: una noche fría y húmeda, con aroma a caña de río quemada, entramos en una panadería y compramos un pan casero redondo recién hecho y nos fuimos a ver fútbol al campo José Barnés, muy cerca de allí.
Ya en las gradas nos dispusimos a ver otro de los partidos a los que con cierta frecuencia asistíamos. Eran partidos de aficionados, trabajadores de las empresas de los polígonos industriales sobre todo. El espectáculo era tan emocionante como el mejor partido del Real Murcia pero mucho más cercano y vibrante.
El pan estaba aún caliente, la corteza bien tostada, al partirlo con las manos crujía y aún humeaba levemente... Íbamos partiendo trozos y comiéndolos enseguida, felicitándonos por lo rico que estaba. No hacía falta nada para acompañarlo. Era una pieza grande, pero nuestras ganas de pan recién hecho... eran aún mayores.
El frío húmedo del ambiente, el pan, y el partido se combinaron aquella noche e impregnaron para siempre nuestra memoria.
Fue por aquella época cuando planificamos nuestros viajes a las casas de los tres. Sí...yo tenía dos amigos e íbamos a viajar juntos.
El primero fue uno largo hasta las profundidades de la provincia de Cuenca. Era un pueblo castellano antiguo, cuyo nombre no recuerdo. La casa de la familia de Álvaro daba a la plaza y tenía un amplio vestíbulo. En el centro de aquella plaza, en una posición elevada, había un gran roble rodeado de bloques de piedra.
En esos días descubrimos el placer del descanso. Álvaro nos convenció de que una de las actividades más placenteras allí era tumbarse “a la bartola” en el ribazo, junto a la carretera, boca arriba, sobre las plantas mullidas y entre los árboles que las sombreaban. Haciendo por pensar poco... o mejor nada, dejando discurrir suavemente el tiempo. No olvidé nunca esta revelación.
Había también allí, como en muchos otros pueblos, un castillo casi derruido pero no lo suficiente como para perder su nombre. Como éramos adolescentes por aquellos días, tramar una transgresión se convertía en una necesidad. Así que compramos una buena botella de vino blanco y nos la zampamos sin ton ni son, casi de un trago, a la sombra de aquel castillo. Esto agudizó mucho el ingenio y facilitó, para mayor entretenimiento de los amigos, la exageración en la narración de nuestras historias... Después vino el dolor de cabeza.
Suelta de una vaquilla en fiestas de San Mateo en Cuenca
Estando aún allí y por fortuna ya recuperados de la borrachera, se celebraron las fiestas del pueblo. Cerraron las calles que daban a la plaza mayor, abrieron las puertas de las casas y formaron parapetos en su interior. Cuando todo estaba preparado soltaron una vaquilla o un toro pequeño, no recuerdo bien. Los más valientes la desafiaban en la plaza, otros la conducían a los vestíbulos parapeteados de las casas y allí... solo Dios sabía lo que podía ocurrir. Nosotros nos colocamos prudentemente tras los protectores de la escalera que subía al primer piso y vimos entrar a la vaquilla que daba cabezazos a diestro y siniestro contra las defensas del comedor y de una de las habitaciones, pero apenas intentó hacerse con la escalera que no obstante defendimos con pundonor en la distancia.
Otro día, contentos y satisfechos, dejamos esa Cuenca para siempre.
Al siguiente verano nos encaminamos al pantano “El Vicario”, muy cerca del pueblo Las Casas, en la provincia de Ciudad Real. Llegamos tras una terrible tormenta a un verdadero paraíso...campos inmensos de cereales, establos con vacas, un cortijo con un gran patio, un pantano y una barca con remos.
Fueron unos días grandiosos. Jaime, el padre de José Luis vino con el hermano pequeño de la familia, también Jaime, y estuvieron con nosotros. Nos reímos mucho con las ocurrencias de unos y otros. Comimos todo un saco de cortezas de cerdo y bebimos alguna cerveza. En aquellos tiempos la sociedad era muy permisiva con el tema del alcohol y los adolescentes, se consideraba iniciático en el camino a la edad adulta.
En la barca que os he contado disfruté una experiencia deliciosa e inesperada. Vino a vernos una prima de José Luis de nuestra misma edad o algo mayor. Tras un buen paseo por donde estaban las vacas nos acompañó a nuestra barca. Era verano y hacía calor a pesar de que íbamos con los bañadores. En cierto momento me dijo si le podía poner un poco de crema en la espalda. La espalda de aquella chica... me ha parecido siempre lo más hermoso y suave que he acariciado nunca. Después ella me puso a mí.
Otro día fuimos a cazar. Nos preparamos para ello concienzudamente pero, cuando ya estábamos para coger las escopetas, nos formaron en línea y nos dieron buenas piedras e inesperadas instrucciones.
La orden era muy clara, había que avanzar en línea, chocando con fuerza una piedra contra la otra al tiempo que emitíamos gritos amenazantes. Esta labor era de la máxima importancia para el éxito de la cacería porque permitiría ahuyentar las posibles presas hacia la línea de fuego de los tiradores.
Entre carcajadas aceptamos el papel que nos había tocado. También nos reímos bastante con un niño señorito y rubito... tan orgulloso con su traje y escopeta y nosotros: con las piedras. Os voy a recomendar una película que tiene que ver con lo que digo: La Regla del Juego, de Jean Renoir.
Al otro verano, ya el último juntos, encaminamos nuestros pasos a mi campo en la Parroquia de la Matanza. Mi padre nos acogió con los brazos abiertos y una buena sonrisa, y preparó unos camastros en la barraca que estaba algo alejada de la casa principal.
Ellos ya conocían el Campo, pero tener la barraca para nosotros solos era un lujazo. Nos íbamos haciendo mayores y empezábamos a dejar muchas cosas atrás. Nuestros juegos se iban haciendo, como más tranquilos... Con las bicicletas exploramos y descubrimos nuevos caminos de tierra. También pasamos muchas horas en la piscina y por supuesto en el campo de fútbol, aunque ninguno de los tres éramos grandes futbolistas.
La barraca nos cobijó aquella noche que transcurrió en vela casi completa, en la tarea de arreglar el mundo, discrepando entre nosotros a la luz de los candiles de aceite.
Cuando tuvimos que despedirnos... sabíamos que al siguiente verano ya seríamos otros. A pesar de los buenos deseos el paso de los años, la distancia y el devenir de la vida nos irían alejando. Hace mucho que apenas los veo, pero sé que están bien.
Su recuerdo me viene junto al de otras cosas buenas de mi vida... imágenes de una época, la del comienzo, la de la amistad incondicional, la de los buenos amigos que ayudan a entender y a disfrutar la vida.
José Gálvez Muñoz
José Gálvez Muñoz (primero, por la izqda.,), foto de grupo en Collioure.
José Gálvez Muñoz es médico reumatólogo, jubilado del Servicio Nacional de Salud. Ha dedicado sus años jóvenes al estudio y creación de literatura médica, ahora dedica su tiempo y humanidad al cultivo de la escritura, de la filosofía, el arte y la literatura y su divulgación. Reside en Murcia.



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