António Lobo Antunes. Fuente: Hoja del Lunes, de Alicante
Ha muerto el continuador de Faulkner 1
Por Gastón Segura
Miren que lo han pretendido muchos, no digo convertirse en sus divulgadores, esos sumamos legión; no, me refiero a aquellos que intentaron seguir la traza tortuosa que William Faulkner imprimía a sus relatos como un lamento irreparable de quejas y rencores que, en su atrabiliaria miseria, se emborrascaba de leyenda, y, la verdad, ninguno que haya conocido lo consiguió, salvo António Lobo Antunes; como ya sabrán, fallecido hace unas cuantas de semanas.
Todavía recuerdo cuando supe por primera vez de su existencia. Fue una noche de hace unos cinco lustros, en una de aquellas Mandrágoras (1997-2001) que dirigía, para la televisión estatal, Félix Romeo, entre un obtuso decorado de sofás rescatados de un chamarilero y neones de colorín para darle un toque de estridente actualidad, cuando apareció, sentado sobre una de aquellas aparatosidades de felpa un hombre rubianco, de mirada fatigada y de un laconismo renuente, tras la credencial de novelista portugués. Y contra cuanto normalmente me sucedía y me sucede, que apenas escucho un par de termodinámicas y pretendidamente ingeniosas respuestas del entrevistado, pierdo cualquier gana por saber qué publicó y por supuesto de cuanto le quede por publicar, aquel hombre mereció mi atención, pues se expresaba con la desgana propia de quien ha palpado demasiadas piltrafas de humanidad como para no verter, línea tras línea, la larga y repetida cuenta de los sórdidos errores de sus congéneres desde los días en que Dios, creado el mundo y sus criaturas, se retiró a descansar.
De inmediato, no solo memoricé su nombre, sino cuando tropezaba con uno de sus títulos recién editado, pasaba las manos por sus cubiertas como si en el manojo de hojas que encuadernaban se encontrasen los arcanos más veraces y pesarosos de nuestras almas. Y, por supuesto, las páginas de cuantos de estos tomos fui leyendo a salto de mata, nunca me defraudaron, porque sus personajes atorados, como la mayoría de nosotros, en un renuncio estruendoso del pasado, deambulaban por la tristeza o, aún peor, por un hastío sin redención posible. Era algo tan faulkneriano como el otro elemento casi constante de sus novelas: las posesiones africanas y sus guerras de independencia, donde Lobo Antunes había servido como oficial médico en Angola, y donde descubrió el problema de la sumisión del negro, a la vez provocador de la mala conciencia cuanto enemigo acechante en las entrañas de la selva, y de cuya presencia en la memoria de tantos combatientes como él mismo, Portugal ya no podría desprenderse ni aunque hubiese abandonado aquellas inmensidades australes como un vetusto imperio, y tan derrotado que su dictadura, de casi medio siglo, se desplomó una madrugada de abril, con una alegría tan contagiosa y popular que dejó estupefactos a los jerarcas de este lado de la raya.
De modo que lo racial con sus aversiones y sus culpabilidades, o el desmoronamiento de un Estado de altisonantes proclamas sobre una escombrera de pobretería y analfabetismo, o las consiguientes utopías de un signo u otro condenadas luego, por el trantrán inexorable de los calendarios, al desván polvoriento de los ayeres traicionados, siendo asuntos constantes en Lobo Antunes, no se me antojaron sino la traslación a este lado del Atlántico de aquel derrumbe del Dixie, que tanto había subyugado a William Faulkner como para dedicarle toda su narrativa, excepto esas dos primeras novelas, que si no fuera porque viene impreso su nombre en la portada y por su conocida y fracasada experiencia como piloto de combate, nadie se atrevería a atribuirle.
Claro que con los argumentos y sus devaneos, sean sórdidos o esplendentes, no basta; se precisa de un tipo peculiar de expresión, y como en Faulkner, Lobo Antunes recurrió a la voz —normalmente a varias— que nos van desvelando en su decir un corazón arrepentido u ofuscado que se retuerce acosado por sus heridoras claudicaciones o por sus secretísimas crueldades, e incluso que busca astutamente nuestra caridad en la justificación obsesiva de sus fechorías. De ahí que Lobo Antunes mantuviese su desinterés por las peripecias y su preferencia por los sentimientos como los grandes motores de toda narración; es decir, como los verdaderos impulsores del personaje; a fin de cuentas, dueño absoluto de una novela cuando merece llamársela cabalmente así. Y entre los sentimientos, sin duda, Lobo Antunes reparó siempre en los más pérfidos por su ineludible y avergonzadora flaqueza y por su mácula indeleble para lo que resta de vida. ¿No les suena todo esto a cuánto nos estremeció en Mientras agonizo (1930), en Luz de agosto (1932), en ¡Absalón, Absalón! (1936), en Desciende Moisés (1942)…?
Entonces; ya me dirán si no debo considerar a António Lobo Antunes el más esforzado continuador de una forma de relatar practicada incesante y, a la vez, proteicamente por William Faulkner. Una manera admirable, pues si empleaba cuantos recursos el arte narrativo acababa de ensayar durante el recién nacido s. XX, lo hacía con la singular habilidad de retrotraer al relato a la más elemental experiencia del contar; aquella que paladeamos al pronunciar los primeros libros bíblicos o los grandes poemas épicos que los precedieron, donde el decir memorioso es tan ineludible como la exigencia de un auditorio turbado por los hechos que se van a evocar, dado que el argumento, por variadas vicisitudes que presente, no será sino la conciencia de los desdichados límites del hombre y de cuantos quebrantos acarreó todo intento por superarlos; ¿o acaso conocen otra preocupación más genuinamente humana?
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Nota del Ed. 1. El artículo originalmente se publicó en El Imparcial (15-3-2026).
https://www.elimparcial.es/
Lo publicamos por cortesía de su autor, Gastón Segura Valero, quien hizo una modificación actualizadora sobre el original publicado en el periódico.
António Lobo Antunes murió el 5 de marzo de 2025, en Lisboa, a los 83 años de edad. Fue uno de los grandes maestros de la prosa portuguesa. Autor, entre otros libros traducidos al español, de La última puerta antes de la noche y En el culo del mundo, un relato autobiográfico sobre su vivencia como médico en Angola.
Gastón Segura Valero, escritor, articulista y editor. Ha publicado recientemente la novela Saga nostra, editada por Drácena.
Nació en Villena (Alicante), en 1961. Se licenció en Filosofía por la Universidad de Valencia. En febrero de 1990 se instaló en Madrid con el propósito de ser escritor. También ha publicado, entre otros libros, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, 2011; y las novelas Stopper, 2008; Las cuentas pendientes, 2015; Un crimen de Estado, 2017; Las calicatas por la Santa Librada, 2018; Los invertebrados, 2021; además de la compilación del blog Los cuadernos de un amante ocioso, 2013.
Escribe habitualmente en El Imparcial.

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