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sábado, 14 de marzo de 2026

Notas sobre "La verdad sospechosa", de Juan Ruiz de Alarcón. Por Fulgencio Martínez / Avance de Ágora N. 38 / El Mono Gramático (Notas sobre obras de teatro español)

  


 

NOTAS SOBRE LA VERDAD SOSPECHOSA DE JUAN RUIZ DE DE ALARCÓN (Homenaje a Castilla)

 

NOTA SOBRE JUAN RUIZ DE ALARCÓN

La verdad sospechosa: es sabido que es el título de una de las comedias del autor mexicano y español Juan Ruiz de Alarcón. Hace unas semanas, en una tertulia en Madrid, comentamos la obra, especie de novela picaresca, anticipo de la novela de crítica social, Don Catrín de la Fachenda, de otro mexicano español José Joaquín Fernández de Lizardi. (Hay muy buena edición actual en Cátedra. Letras hispánicas). El novelista y "periodista" Fernández de Lizardi escribió a los principios del siglo XIX. El autor teatral Ruiz de Alarcón en las primeras décadas del XVII. 

De origen mexicano, inició Leyes en la Universidad de la capital de México, se trasladó a la corte de España aún joven, para culminar sus estudios. Allí encontró su vocación literaria y el más impresionante, a la vez que despiadado y competitivo palenque de autores; maestros, como Lope, y siempre rivales, entre los propios seguidoress de Lope, y por descontado, entre los anti-lopistas; incluso, fue objeto del atrevimiento de un tímido (en desaires, y menos aún, en insultos) como el fraile Tirso de Molina (el genial autor de El burlador de Sevilla, entre otras grandes piezas), y para qué nombrar al demonio, pues sí, del mismo Francisco de Quevedo, genio entre genios, de la malediencia y de la buena literatura. La maquineja del Jodio allí hubiérase fundido. A Ruiz de Alarcón, que era de baja estatura y chepado, llamabánle sus colegas más simpáticos "paréntesis", y Tirso le definió así, con una greguería avant la lettre: "Don Cohombro de Alarcón, un poeta entre dos platos" (¡jopé!, qué genios aquellos: he tenido que buscar en el diccionario "cohombro", especie de pepino, con forma casi de serpiente o de luna menguante).  

 

   

Ruiz de Alarcón destacó con sus comedias en un ámbito creativo en que florecían nombres como los arriba citados, y los de otros grandes literatos (como Moreto, Guillén de Castro, Mira de Amescua, Vélez de Guevara, Rojas, incluso un tal Miguel de Cervantes, en su faceta de autor para el escenario). El predominio de la escuela de Lope era tal que no había otra palabra en el teatro; hasta la siguiente generación, la de Calderón de la Barca.

Sin embargo, entre las más de veinte obras que compuso y en los dos tomos que publicó en los últimos años de su vida (Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza nació en la población minera de Tasco, posiblemente en 1580 y murió en Madrid, el 4 de agosto de 1639), una comedia se ha reeditado hasta hoy: La verdad sospechosa. 1 

A aquel joven de veinte años recién llegado a la Corte en 1600, su ascendencia "indiana" y de nuevo rico le aportaría no poca envidia (no solo en la capilla de los literatos). Su padre tenía empleo en el negocio de minas, y su madre, de la alta sociedad ilustrada del Virreinato de Nueva España. Ambos progenitores le animaron a que culminara sus estudios de Leyes en Salamanca, cuna del prestigio, notario del saber urbi et orbi (hoy casi ya no tenemos ni idea de qué era eso), faro que iluminaba allende los mares. Juan Ruiz de Alarcón volvería a México para obtener finalmente su título de Licenciado en Leyes en su Universidad y seguir carrera de profesor universitario; propósito que no logró. En el año de la primera de las Soledades de Góngora, en 1613, lo tenemos de nuevo en España, la España de las guerras literarias (entre culteranos, lopistas, conceptistas), el país de unos Titanes llamados Góngora, Villamediana y Francisco de Quevedo y Villegas. La estrella de Lope de Vega (que muere en 1635) deslumbraba en teatro, y Cervantes había publicado ya, en 1605, la primera parte del Quijote. 

Su vocación por el teatro provenía sin duda de la clase ilustrada de su medio mexicano, pero encontró su campo más propicio en la Corte. A la sazón, las dificultades económicas de su familia, cuya riqueza comenzaba a declinar, alimentaron en Juan Ruiz de Alarcón la idea de dedicarse profesionalmente a escribir comedias. Nada fácil. No fue hasta 1630, en que estrenó El mentiroso (luego llamada con el título de La verdad sospechosa), su comedia de más éxito, cuando le llegó el reconocimiento. La comedia fue publicada en 1634 (en el segundo volumen de sus obras).

Ruiz de Alarcón murió apenas cuatro años después que Lope. Su comedia La verdad sospechosa, sobrevive al autor, y brilla con luz propia en la magna constelación del teatro modo Lope, una de las grandes piezas de la literatura universal de todas las épocas.

 

NOTA SOBRE EL LENGUAJE Y LA POESÍA EN LA VERDAD SOSPECHOSA 

Hay un nivel de la obra que tiene especial vitalidad aún hoy: el lenguaje -unido a la poesía. La lengua y el estilo del autor de La verdad sospechosa nos pueden resultar tan admirables (si leemos con la apertura que hemos de exigirnos ante una obra clásica de la historia literaria) que nos pueden enseñar y deleitar. El léxico mismo: trazas, embarrador, brujulear...y las figuras de estilo, como la ironía: 

        "cuerpo de verdades lleno",

para decir justo lo contrario: cuerpo de la mentira. 

 Observe, señora IA, lo que no le enseñan los programadores.

    

    "Cuerpo de verdades lleno",

    con razón el tuyo llaman,

    pues ninguna sale de él,

    ni hay mentira que no salga. 

            (Acto III. Escena VIII. La verdad sospechosa). 

 

El lenguaje es fresco, ritmado, al estilo de la escuela de Lope (aun pisando en ocasiones los umbrales del conceptismo, que tendrá luego su mejor expresión en Calderón de la Barca). Ritmado, no solo porque use rima y estrofas clásicas del teatro castellano, que pintan cada acción según el modo de esta (diálogos breves o largos con réplicas interpuestas: redondillas, consonantes octosílabas; relaciones, romances asonantados; escenas graves, monólogos o parlamentos de personas de respeto: serventesios, consonantes endecasílabos); también porque en alguna ocasión anticipa el paso, o nos presenta en escenas dos acciones simultáneas, o un trozo de conversación "in media res", y finalmente, por el colorido de las evocaciones o descripciones de acciones ausentes, sobre todo, del cambio de ambiente, de las horas del día y de la noche, a las exterioridades de la ciudad (el soto del río Manzanares) a la interioridad-exterioridad de la ciudad (las calles, la Platería), a la interioridad de las casas y las familias donde se cela el quid de la comedia: el mayor bien preciado, el honor, en este caso, en su variante más noble: el de decir siempre la verdad, que nunca nadie pueda llamarte mentiroso, porque es deshonor a tu palabra. La palabra de un hombre tiene un solo valedor, el mismo hombre. Cuando se necesita otro valedor, el orden de valor del hombre decrece. Así el protagonista, don García, pierde su condición de noble y de caballero al mentir, a veces por puro ludismo y desmesura de imaginación, y siempre por defecto de cultura, educación o paidea, que no por naturaleza. No han arraigado en él ciertas consideraciones, como las arriba compendiadas. En su afán de justificarse cuando es abandonado por sus recursos imaginativos, llega (lo peor de todo) a hacer que un criado valide su palabra. Es un embarrador (término precioso, por cierto), un confusionario, de todos, pero lo primero de sí mismo. Falto de recursos cuando quiere decir la verdad: que por su boca, por boca de un mentiroso compulsivo, suena siempre a verdad sospechosa.

    Quien en las burlas miente,

    pierde el crédito en las veras.                                                                                                      

                (Fin del acto II, escena XVI) 

 

Magistrales muchas escenas, destacaría esta, entre don Beltrán (el padre de don García, y sin duda la voz mejor conseguida de la obra, una humanidad en pie, con toda su debilidad y toda su fuerza), y su hijo perdulario y mendaz, don García: (ambos caminan por una solitaria "Atocha", entonces arrabal que iba al centro de la Villa de Madrid: 

 

DON GARCÍA: 

        Ya que convida, señor, 

        de Atocha la soledad, 

        declara tu voluntad.

DON BELTRÁN: 

        Mi pena, diréis mejor.

        ¿Sois caballero, García?

DON GARCÍA:

       Téngome por hijo vuestro.

DON BELTRÁN:

        ¿Y basta ser hijo mío

        para ser vos caballero?

DON GARCÍA:

        Yo pienso, señor, que sí.

DON BELTRÁN:

        ¡Qué engañado pensamiento!

        Sólo consiste en obrar

        como caballero el serlo.

 

        ...

        Luego, si vos

    obráis afrentosos hechos,

    aunque seáis hijo mío,

    dejáis de ser caballero.  

         ...

    ¡Qué caballero y qué nada! 

    Si afrenta al noble y plebeyo

    sólo el decirle que miente.

 

            (Acto II, escena IX) 


El eco de los temas forma parte del estilo y la estructura del lenguaje dramático, así el tema de la reprensión (corrección paternal del espíritu mentiroso del hijo: en vez del de reprensión el autor usa el término caballístico "sofrenada", que es tirar, hacia atrás con fuerza o brusquedad, de las riendas de una caballería); ved ese tema en el primer acto, recién llegado Don García a Madrid, desde Salamanca, donde el pollo pasó un tiempo de estudiante (Lo que natura no da, Salamanca no presta, reza un dicho). Don Beltrán pide informes al tutor o letrado del muchacho; observemos cómo la educación de los "maestros" y de la universidad se continuaba con la familiar, de forma discreta o suave, hasta que la persona daba muestra, por sus propias obras y su palabra, de persona honorable, devenido su propio maestro, autónomo en lo moral si no, aún, en su "gobierno" material, aún no independiente hasta tener casa propia y estado (casado). Aquí, sabe el padre la flaqueza de su hijo. El padre se propondrá luego, en el segundo acto, reprenderlo para corregirlo, pero finalmente recurre al siguiente punto del programa: el matrimonio del hijo, para que éste se controle en su mentiroso proceder y de paso le libere de la mancha a su honor familiar. La búsqueda de este objetivo está ya prefigurado en esta escena, y es el motivo central de la trama, generando diversos enredos que conducen finalmente a una lección moral: el hijo obtiene un esposa de segundo plato, no la por él elegida; y esa consecuencia se sigue del enredo mismo que Don García provoca con sus mentiras disparatadas, falsa apariencia de la que él es la justa víctima, siendo siempre el culpable de pisar el honor ajeno, por sobreestima unas veces, por inmadurez juvenil, otras. Ese "justo" castigo es más verosímil dado que el joven tiene, por otra parte, cualidades personales excelentes -como la valentía-, aunque el mal de mentir le anule; por tanto, hubiera merecido -si a lo natural y a la verdad se hubiera atenido- obtener lo más, la dama que hubiera deseado.

 

        DON BELTRÁN:

        Que me diga una verdad

        le quiero sólo pedir.

        ....

        Pues como es ya don García 

        hombre que no ha de tener

        maestro, y ha de correr 

        su gobierno a cuenta mía,

        y mi paternal amor

        con justa razón desea

        que, ya que el mejor no sea,

        no le noten por peor,

        quiero, señor Licenciado,

        que me diga claramente, 

        sin lisonja, lo que siente

        (puesto que lo ha criado) 

        de su modo y condición,

        de su trato y ejercicio, 

        y a qué género de vicio

        muestra más inclinación.

 

                ... 

        LETRADO:

        No trato de las pasiones

        propias de la mocedad,

        porque, en ésas, con la edad

        se mudan las condiciones. 

        Mas una falta no más

        es la que le he conocido.

 

            ...

        DON BELTRÁN:

                ¿Cuál es? Decid.

        LETRADO:

        No decir siempre verdad.

 

        ...

        Créame, que si García

        mi hacienda, de amores ciego,

        disipara, o en el juego

        consumiera noche y día;

        si fuera de ánimo inquieto

        y a pendencias inclinado,

        si mal se hubiera casado,

        si se muriera, en efeto,

        no lo llevara tan mal

        como que su falta sea

        mentir. ¡Qué cosa tan fea!

        ¡Qué opuesta a mi natural!

        Ahora bien: lo que he de hacer

        es casarle brevemente,

        antes que este inconveniente

        conocido venga a ser.

 

                    (Acto I, Escena II)

 

        ¿Qué no daría por ver en escena, bien dichos, esos versos? Esa escala de efectos patéticos, y ese rápido y razonado sentir del padre. Maravilloso idioma de Castilla. Vaya mi homenaje a Castilla - a la que poco se honra, a la que, de Oriente a Occidente, desde Filipinas a las Américas, se le debería agradecer haber sido cuna de la lengua española. 

 

Fulgencio Martínez

sábado, 14 de marzo de 2026 

 

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1. Sigo la edición de La verdad sospechosa, en Edicomunicación, Col. Teatro, 1992, Barcelona. Prólogo de Frances-LLuís Cardona. 

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