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domingo, 15 de marzo de 2026

En homenaje a Jürgen Habermas. "La vuelta de Habermas", artículo sobre su libro "Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa" (Ed. Trotta, 2025). Por Fulgencio Martínez

 

                                                 Jürgen Habermas. Fuente: La Vanguardia.

 

Ayer, 14 de marzo, murió el filósofo Jürgen Habermas, a los 96 años. En deuda con sus enseñanzas, damos muestra de una parte pequeña de gratitud a través del siguiente artículo, que trata sobre uno de sus últimos libros. Lo reproducimos por cortesía de la revista de Filosofía Individualia, para la cual fue escrito.  

 

 

 

LA VUELTA DE HABERMAS

 


 

 

No soy un experto en la filosofía de Jürgen Habermas, pero me han interesado siempre sus puntos de vista y, sobre todo, los temas que ha llevado a la palestra. He leído a principios de este curso Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa: un nuevo libro del lúcido filósofo nonagenario (como lo fue, hasta pasado aun su centenario de vida, otro grande del pensamiento y la literatura del siglo XX: Ernst Jünger).

El libro se publicó en Alemania en 2022 y ha sido traducido y publicado en España en este 2025 (Ed. Trotta. Traducción y epílogo de Juan Carlos Velasco).

Voy a intentar, en primer lugar, exponer brevemente el contexto y el contenido del libro; en segundo lugar, incidiré en aquellas cuestiones que me han suscitado más vivo interés; y en tercer lugar, intentaré un diálogo con las ideas del maestro Habermas, intentando saltar de los escolios y comentarios críticos o valedores de su obra, a una discusión (que no discurso como mal se traduce su filosofía), una discusión viva de las aportaciones de Habermas confrontadas con los problemas y las circunstancias del inmediato presente, y de la circunstancia española y europea tal como las vive quien escribe este texto y que osa presumir de interlocutor del filósofo.

 

El libro parte de un debate en 2021 organizado en torno a los cambios en la estructura de la “esfera pública” (die Öffentlichkeit, término clave en la filosofía de Habermas) introducidos por los nuevos media, como internet, por las cambiantes condiciones económicas mundiales y por el predominio de grandes empresas de comunicación. Ese debate, dirigido por Martin Seeliger y Sebastian Sevignagni, partía de un libro ya clásico, Historia y crítica de la opinión pública, escrito por Habermas, en 1962 (y en parte, matizado y actualizado en un prólogo a su reedición de 1990 en alemán, de 1994 en español). Hay que decir que, incomprensiblemente, el traductor al español de dicho libro ocultó ya, con su traducción del título, el término original del mismo: “Esfera pública” (el título original del libro en alemán es: Strukturwandel der Öffentlichkeit / “Cambio estructural de la esfera pública”).[1] Precisamente se escamotea, con la mala traducción al español, la pieza fundamental de la discusión. La opinión pública no es más que un término empírico sociológico, de interés casi ya exclusivamente demoscópico. Mientras que la esfera pública es un concepto normativo, político y sociológico, que tiene muchas derivadas, desde la de más calado, que afecta a la calidad democrática, hasta otras más inmediatas de percibir, que tienen que ver con la “opinión publicada” responsable, con la lectura y la crisis de los medios de información y opinión regidos por normas internas, deontológicas, e incluso con la literatura, con el oficio de escritor, de poeta, cosa que particularmente me incumbe. (Otra mala traducción que ha sufrido el pensamiento de Habermas es la tristemente famosa traducción de “Discurso”, cuando sería más bien “Discusión”, “debate”, palabras mejor adaptadas en español al significado de la filosofía y la ética habermasianas. Discurso remite -pedantemente, debo decir- a la filosofía francesa y canadiense de final de siglo, a punto de asimilar discurso con relato; de ahí, solo un paso a la actual confusión de aceptar relatos por argumentos en la discusión racional).

Habermas lee con atención las conclusiones del debate publicadas. Acepta el reto de repensar su teoría sobre la esfera pública y la política deliberativa, sometiéndola a una puesta al día y a una poda autocrítica. Sin embargo, se afirma en la validez de las condiciones normativas que ha de satisfacer el uso público de la razón. Evidentemente, Habermas se apoya en Kant para sostener su modelo de “esfera pública”, la cual, aunque se compone de elementos de mayor complejidad, básicamente consiste en el flujo abierto, con las menos restricciones posibles, de opinión publicada, para que se pueda formar, con la mayor garantía y amplitud posibles, la voluntad ciudadana que ha de ejercer, en las democracias constitucionales, su derecho al voto y a través de este, su derecho político.  Habermas nos resume su principal interés por la esfera pública (más allá del de formar la voluntad popular o de incluso justificar el poder en los tiempos modernos, a partir del siglo XVIII, cuando decae la justificación divina del mismo) en esta frase: “La función que cumple la esfera pública (es) de garantizar la subsistencia de la comunidad democrática”.  Así dice taxativamente Habermas, nada más iniciar su reflexión, en el primero de los tres textos que se incluyen en el libro (“Reflexiones e hipótesis sobre un nuevo cambio estructural de la esfera pública política”. (Los otros dos textos son: uno, el resumen de una entrevista, y el otro, una aclaración de algunas ideas).

 

           

¿Está en peligro la democracia? Es curioso que la reflexión de Habermas no otee para nada el poder de los nuevos imperios del siglo XXI (la Rusia de Putin, la China del Partido Único comunista), solo llega a hacer referencias al primer mandato de Trump en EE.UU.  Su reflexión se sitúa en el contexto inmediato post-pandémico, el cual aún se miraba en el contexto de los años pandémicos donde se reforzó el auge de las redes sociales y los medios de internet parecerían fagocitar a la antigua opinión publicada filtrada por editores de periódicos; redes y plataformas donde cada usuario se convierte en autor y lector, más aún: en crítico y experto en cualquier materia, con un simple “like” o un improperio, y como un emperador en el circo, con su pulgar, puede emitir un juicio supuestamente racional.

El libro se centra en dos peligros básicos que afectan seriamente a la democracia: las noticias falsas, las fake news, introducidas con voluntad aviesa. Las noticias falsas no son solo peligrosas por sí desde el punto de vista del compromiso con la verdad que ha de suponerse en la esfera pública. Lo verdaderamente alarmante es que el ciudadano ya no pueda distinguir las noticias falsas incrustadas en una información u opinión.   En un mundo (…) de “fake news” que ya no pudieran imaginarse como tales, es decir, que ya no pudieran distinguirse de la información verdadera, ningún niño podría crecer sin desarrollar síntomas clínicos”.

El otro peligro es la fragmentación de la esfera pública en “nichos” o, como les llama Habermas: “cámaras de eco blindadas”, donde rebota y se refuerza la sola opinión del grupo y la fuerza de este rechaza cualquier disidencia. Esta visión casi de quesitos incomunicados, de “nichos” de usuarios que publican sus opiniones o escritos leídos y valorados por “iguales” no críticos, denuncia, por un lado, el narcisismo que afecta a buen número de ciudadanos que se acercan no a un espacio público sino al ámbito, que Habermas describe como semipúblico, de las plataformas digitales (Aunque con apariencia de ser público, abierto, este espacio de las plataformas y redes es, en realidad, un ámbito privado, donde prima el interés egoísta de las grandes Corporaciones, pero donde estas no se hacen responsables de lo publicado o vertido a través de ellas, al no considerarse legalmente editores sino solo receptáculos o repositorios; sin embargo, a través de los algoritmos pueden dirigir en un sentido u otro la relevancia de los contenidos a mostrar, por tanto, hacen de cripto-editores sin responsabilidad civil ni penal).

 Por otro lado, Habermas denuncia otra disfunción democrática, que proviene en parte de la invasión de lo digital en la esfera pública: la polarización. Hay aquí dos matices que se han apuntado a la visión negativa de Habermas sobre las redes: uno, que la polarización proviene ya del mundo real, y está favorecida en los últimos tiempos por el predominio de unas opciones políticas totalitarias (en el fondo, así hay que definirlas sin complejos) que confunden el debate racional en la esfera pública y política con la falta de respeto y al extremo la cancelación del adversario. El feminismo de segunda ola, a final del siglo XX, ya adoleció de esa enfermedad adolescente de excluir cualquier otro logos sino es el propio (como, luego, ocurrió con los populismos de izquierdas que asesoraron a dictadores y golpistas en Hispanoamérica y que estuvieron en auge en la segunda década del siglo XXI. En España esas tendencias se fundieron). Sobre aquel feminismo: Nadie se atrevía entonces, y me temo que ahora muy pocos, a decir su opinión crítica argumentada. La ausencia de coacción es una de las condiciones del dialogo racional, según Habermas. Tachar de machista al adversario en el debate racional sobre el conjunto de una filosofía, o sobre un punto concreto, era una violencia admitida en esa época, como en otras anteriores la violencia de algunos hombres sobre las mujeres. (Por ejemplo, un caso vivido por mí: como profesor de Ética en un instituto, no veía justo que mecánicamente se aplicara el criterio de discriminación positiva a una alumna, frente a un alumno, para conceder matrícula de Honor. Sin embargo, a una compañera, de Literatura, que circunstancialmente ese año impartía Ética en mi Departamento, le parecía obvio, fuera de discusión, supongo, no sé, porque no hubo debate, por algún derecho histórico de la mujer que trascendía a aquella niña alumna y marginaba de paso al alumno). De aquellos polvos a estos lodos. Un presidente de Gobierno falta al respeto a los votantes que no piensen y voten lo que él propone, y tilda de fachoesfera a la opinión publicada contraria, incluso una parte de los periodistas tachan a otros de “irse a la fachoesfera” (basta que un insulto se repita por unos cuantos para que se normalice y no se advierta su vileza), los partidos se lanzan a competir por encontrar insultos que hinchen la violencia y el odio entre los ciudadanos, el mismo delito de odio se ha banalizado tanto, que el evidente filtro contra el odio que se genera en las redes sociales casi ya parece un juego de niños, comparado con el último tuit de un ministro….

 

Los dos peligros básicos (uno: cognitivo: la expulsión de la “verdad”, de su búsqueda en común, de la esfera pública y política democrática; dos: la fragmentación de dicha esfera y de la sociedad en su sentido de comunidad, que conlleva, a su vez, dos males para la democracia y para los individuos: el narcisismo y la simplificación binaria, polarización) están claros en la exposición de Habermas. Pero, ¿por qué el narcisismo es fatal para la democracia sana? Básicamente, porque, piensa Habermas -en cierto modo, ingenuamente, si lo juzgas a nivel realista; de modo regulativo, normativo, si lo piensas como parte de las condiciones mínimas democráticas-, el ciudadano de una democracia tiene, como tal ciudadano, derechos subjetivos (al respeto a sus libertades, al uso de los placeres) pero como sujeto activo de un derecho político que ejerce mediante el voto en una democracia representativa tiene la obligación de formarse (enterarse de lo que hay) y de recibir (y exigir) una información no tergiversada adrede, y a la hora de votar ha de plantearse el compromiso o equilibrio entre su interés particular y el bien común. Las fake news destruyen y horadan su derecho a formarse una opinión, que cuente en su deliberación y finalmente en su decisión de voto. Pero. también el hombre narcisista, meramente egoísta, fragmentado y sin visión más allá de sus narices, de su cámara de eco, se rebaja a pre-ciudadano democrático (el idiota, dirían los griegos) que se mantiene siempre en la esfera privada (o semipública/ privada de las redes) incluso cuando es llamado a ejercer su derecho a voto en el ámbito político, lo público en sentido fuerte del término. Además, si es incapaz de dialogar, de debatir con el otro, si teme incluso intercambiar opiniones (por efecto de la polarización binaria, y más al fondo, de la sectarización, tanto de las fuentes de información, como del propio discurso interior de los ciudadanos previamente secuestrado por un partido), nos hallamos ante un déficit en el homo democraticus, que puede ser fácil presa de cualquier viento corrosivo de la democracia.

En cierto modo, sorprende que todo el debate en el libro (el prólogo de Habermas está fechado en enero de 2022) no tenga en cuenta ya los nuevos imperialismos chino (sobre todo) y ruso. El poder de contaminar las opiniones públicas, la esfera pública de cada país, hace que sean dudosas las elecciones democráticas, la misma democracia da juego a partidos que pueden estar dopados con el dinero de tiranías (Irán, Corea del Norte, Venezuela, Rusia, China). No es necesario que estas potencias extranjeras -pongamos el caso de su actuación hipotética en España- se infiltren en un partido mayoritario; basta con hacerlo en partidos minoritarios, a veces de implantación solo local, pues la fragmentación, polarización, diseminación de la esfera pública y política ha derivado en parlamentos y gobiernos sensibles, cuando no presos del micropoder “absoluto” de las minorías. Esto enseña que un pequeño poder que no tiene en cuenta su validación ante el bien común de una comunidad no es democrático, sino absoluto, y que la suma de pequeños poderes absolutos no da una base de gobierno legítimo si hablamos de democracia verdadera.

 

Resumiendo, para este lector, lo más impactante del libro no es tanto su crítica de la inestabilidad de la estructura de la esfera pública y política, es su advertencia a futuro (quizá a un futuro no muy lejano) sobre el peligro existencial que se cierne sobre la misma democracia que hemos conseguido. Que no ha caído del cielo, como repite Habermas.

También me ha parecido muy significativo el análisis psicológico-médico (en la gran línea de la filosofía política, desde Platón y Aristóteles, el filósofo es médico social) y la descripción de los síntomas que ha introducido la nueva era de Internet y de las falsas noticias (qué decir cuando la IA y la CIA y los chinos nos pongan delante todas las posibilidades de lo virtual). Enfermedades como el insomnio, la falta de empatía a lo real, la despersonalización, ese síntoma que el poeta T.S. Eliot atribuía a los hombres huecos, ya se dan en los niños. Me ha impactado la frase citada arriba, y las consecuencias para el crecimiento sano de un niño o de una niña privados de la distinción entre verdad y mentira. Me acuerdo de la película “El pequeño salvaje”, aquel niño, aún no educado, la mentira es lo primero que detecta al hacerle una trampa adrede su educador para comprobar si había adquirido sentido ético natural. Por tanto, no solo lo cognitivo (la confusión entre verdad y mentira) sino lo ético y la salud (lo físico-psicológico) están en peligro con los usos torpes de la tecnología. Habermas para uso de pedagogos: Además, el filósofo avisa de la extensión de otras enfermedades psico-morales, como el narcisismo, todo para uno mismo, y la demonización del otro (qué bien se vive en un cámara de eco, qué listo se cree uno y muy leído por sus iguales, sin que se deje entrar ninguna opinión diversa, ya no adversa. Cámaras de ecos, en las redes sociales, pero en lo real, partidos que cada vez más son sectas, etc).

Vuelve Habermas a dar qué pensar.

 

Fulgencio Martínez



[1] Esta información está expuesta con mucha claridad en una nota del Traductor, Juan Carlos Velasco, que escribe también el epílogo al libro de Habermas de 2022, que comentamos. (Se trata de un breve texto esclarecedor de la historia interna de las posiciones de Habermas a lo largo del tiempo, y también de las aportaciones de la crítica a su idea de la esfera pública).

 

Agradecimientos a Paco Fernández Mengual y a la revista Individualia por la cortesía de permitir la reproducción del artículo en Ágora

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