HUERTO DE CRUCES
Gabriel Miró
A media mañana principia a removerse el entierro de Manihuel por el camino del Calvario. Las piteras están en flor, tortas de flor amarilla y apretada como girasoles. Zumban las avispas. Cantan los gallos en los estercoleros. La máscara de la quijada de cabrón deja su risa entre las revueltas de los escarabajos.
Trae la cruz parroquial un mozo labrador de sotana corta y alpargatas nuevas. Los monacillos alzan los ciriales como follajes frescos, y el sacristán, con gafas de mal lector y cráneo moreno, calvo y español, lleva el acetre de bronce en el brazo como un cesto de fruta; en el puño, el libro de los responsorios, y de su belfo le mana el caño de un Requiem.
Detrás, en los hombros de cuatro jornaleros, se tuerce el ataúd negro como una barca vieja, hundida en el azul.
Resplandor amarillo de las vestimentas de oro pobre y felpa de luto. El párroco, con antiparras de mendigo, se abre los alones de la capa pluvial y se pisa el alba. El vicario, rojo, sudando bajo su sombrilla, se para, se enjuga, se asoma al valle, un alfoz verde de almendros y de higueras. Y el tercer capellán... ¿Quién sería el tercer capellán? Sigüenza se queda mirándole, mirándole. Lo recuerda y no lo reconoce.
(Había de ser entierro de tres capellanes, y, por la fiesta de San Pedro y San Pablo, toda la clerecía de la vall estaba obligada a sus parroquias. En el apuro se buscó a un alpargatero que sabe de letra y de solfa, y con la dalmática de subdiácono a cuestas, cantaba y oraba, añudándose mejor el cíngulo como si se apretase la faja.)
La gente va remansando en el portalillo del cementerio. Aparece Gasparo Torralba, y destapa el ataúd.
El sol se aprieta como un jugo en la nariz de Manihuel. Una abuelita arranca la almohada del difunto para llevársela a la familia sin mullir la huella helada de la cabeza. Gasparo, Sigüenza y los jornaleros se quedan solos en el huerto de cruces.
Pasan cuatro cuervos. Parece que abran el azul con el corte de las alas. Se remontan croando. No dan pesar de cementerio. Son pardales de buen mal humor, y en medio de la mañana ahondan y hacen más agreste la soledad.
Gasparo se ríe, llamándoles galopos. Nunca cometieron aquí daño los negros compadres. Se posan en el último tapial mirando las higueras ahora que se regañan las brevas con rajas blancas y huelen de maduras. Acuden de Aitana. Bajo sus ojos redondos van pasando los campos calientes; de algún derrumbadero quizá les sube el husmo de una carroña; en un muladar aldeano puede que fermente el bandullo de una res; en algunas tierras secanas y enjutas hay un rodal de gleba removida, crasa del unto profundo de haber enterrado un jumento. Todo lo adivinan los buenos pardales que se ponen a volar encima redondamente. Pero su regocijo se lo trae el verano con sus higueras verdes, olorosas, de todas las castas mejores que se crían en los bancales tranquilos, escalonados al pie del camposanto. Porque ellos saben que aquello es un camposanto, y que lo cuida Gasparo Torralba, y saben también que es día de fiesta y no hay labriegos en los huertos.
—¡Ay, los galopos! —dice Gasparo.
Los galopos apeonan brincando por las tapias como dueñas que se arregazan el faldellín para sus albricias y carantonas. Por cuervos jóvenes que sean, parecen viejos. Se asoman; tienden las alas coronando las cruces, graznan como si se asustasen y se fuesen, y, de improviso, se precipitan, y los brevales se abollan y retiemblan. Los pámpanos, las ramas, el tronco, se apiltrafan de brevas rasgadas; todo se impregna de un olor de confitura tibia y agria.
Las moscardas vienen a chupar en la cara de Manihuel. El sol de junio acerca a Sigüenza la impresión del paño de invierno de las ropas duras del difunto. La piel y el hueso de sus pulsos hundidos exhalan un frío mojado bajo la temperatura y el azul estival. A veces llega una respiración salina y le mueve una greña seca a Manihuel y le alborota a Sigüenza su cabello; a los dos.
En el portalillo, los rapaces del pueblo piden que abran. Gasparo se amohína. Un labrador intercede. Está siempre cerrado el cementerio. Hoy no hay escuela, y hay entierro. Es un gozo y una ansiedad que no pueden resistir los chicos. En fin, les abre, y pasan a botes atropellándose, como si saliese una lluecada a picar en un lebrillo de afrecho.
Vuelven los cuervos tan cerca que se les ve el buche gordo de alimento blando y dulce de viejos; y en el filo de los muros se mondan el pico pringoso de la granula encarnada y pastosa de las brevas.
Los chicos corren apedreándolos desde las tumbas. Y Manihuel sigue fermentando bajo el sol y el campaneo glorioso de San Pedro y San Pablo.
Una mata de pasionarias sube colgando por el nicho donde han de sepultar a Manihuel. En cada flor hay una abeja que late gorda, llenándose de jugo de los clavos del Señor. Gasparo Torralba quiebra con su escardillo la corteza de yeso y adobes, y saca entre los follajes un ataúd estrecho, blanco y andrajoso. En seguida lo rodean los muchachos para mirar por las rajaduras.
—¡Es Lluiset, es Lluiset!
—Sí que es Lluiset —dice Gasparo. Lluiset, nieto del difunto, era monaguillo de la parroquia. Un carro de estiércol le chafó una rodilla. La criatura penó mucho para morir. Se enrollaba, y se le quedó la pierna hinchada y horrenda como una pata de buey viejo.
Los chicos le atendían devorando el ataúd con los ojos. Y Sigüenza lo abre.
Está Lluiset con su sotanilla podrida y sobrepelliz que parece de recortes de papeles; un pie, el de la pierna intacta, se le ha caído entero en un rincón, y el otro sigue cuajado en la pata deforme de bestia.
Todavía hay que bajar otro ataúd despellejado, muy grande.
—Aquí está la suegra de Manihuel —dice Gasparo Torralba—. Murió a los noventa y siete años.
Los chicos rebotan de gozo por la golosía de mirar.
Es una vieja corpulenta; toda, hasta la mortaja y las calzas plegadas, es de barro cocido. Le cuelga en el seno una bolsica tiesa. Gasparo se la toma, y le descubre un sapo seco, liso, de manecillas primorosamente miniadas.
—Esto lo ponían de remedio contra los aojos —Y lo deshace entre sus uñas hembras. De súbito, se revuelve, y arroja del hortal a los rapaces, y atranca la puerta.
Riéndose del susto que les dio, se llega a la desenterrada, y principia a catarla con su pulgar remachado desde los hombros a la calavera, que aun tiene en el hueso la mueca de la agonía.
Entran en el nicho la caja de Lluiset; encima, la del abuelo; y han de aupar, en lo último, el ataúd de la vieja. Pero Gasparo mide con el legón el cadáver. Ni destapado ha de caber. Le sobra la calavera, y se la desgaja, llevándose un sartalejo de vértebras de cartón, y la envía rodando al fondo de la sepultura.
A fumar junto a la muerta descabezada, que no parece una muerta. Los bordes del cuello tronchado se llenan de sol y de brisa. Lo que menos se le ocurre a Sigüenza es decir lo que todos hemos dicho alguna vez: «¡No somos nada!». Porque «aquello» era precisamente algo que no se relacionaba ni con nuestra carne ni con la nada. Carne y nada que nos hacen prorrumpir en exclamaciones ascéticas, «no somos nada, no somos nada», pensándolo, casi siempre, cuando no lo creemos de verdad.
Y se levanta Sigüenza y se asoma a la tapia. Los montes desnudan hoy gloriosamente su forma; forma pensada de la escultura del paisaje. El mar remoto es de piedra azul, y en medio, inmóvil, con las alas rectas arde toda blanca la anunciación de un falucho. Dentro del hortal suena un ruido fosco, decrépito; después, golpes frescos, joviales, de vendimia. Es que Gasparo y los labradores arrastran el ataúd de la abuela y lo tunden a patadas en el nicho. Se dobla un poco el cadáver contra la bovedilla. Desde un rincón, la calavera se miraba todo su cuerpo, y así para siempre, porque el nicho ya está en colmo. Y lo cierran. Mediodía. Se quedan solos Gasparo y Sigüenza. Plenitud de junio. Se hincha el valle respirando y Sigüenza recibe el olor y el tacto de la calma de los árboles calientes. Campanas de San Pedro. Años y años subirían los campaneos de las fiestas, acostándose quietecitos entre las cruces.
Sigüenza y Gasparo caminan abriendo con las rodillas el sembrado alto de geranios, de dondiegos, de gramíneas. Y se paran mirando un herbazal tierno que se ondula, se frisa y vuelve a su quietud viva, como si acabase de hollarlo alguien invisible.
Y Gasparo se ríe. Le refiere de su oficio con su habla obscura y abrasada de fumador pobre.
En lo antiguo, aquello que pisaban no era todavía camposanto. El camposanto estaba en las últimas peñas y ruinas del castillo de moros. Todo lo nuevo —y Sigüenza lo ve tan viejecito—, todo lo nuevo ha crecido en las manos de Gasparo Torralba; él subió en serones la tierra blanda de los huertos. Habrá dos brazadas encima del espinazo del cerro.
Van pasando por un callejón de panteones. En medio está el de la familia más hacendada; la hornacina, ciega, sin imagen; el altar, rudo; la lámpara, sin vaso; todo sin acabar, como las mejores casas del pueblo, también sin acabar. Es el cansancio de las gentes de la comarca, que principian una obra, fuman, se duermen y, al despertarse, toman otro propósito y se aburren.
Una cuesta entre casillas y jaulas de sepulturas y vertederos.
Gasparo coge una piedra, tirándola como un pastor a una cabra zaguera. Allí, donde atinó, en una fosa de escombros, está enterrado un forastero. Amaneció en el hostal. Paseó por el Calvario. Rodeó las paredes del cementerio. Se paraba; se asomaba al hondo. Le veían desde todos los portales del pueblo, y él encogiose de un brinco y cayó rebotando en las rocas y piteras. Allí, en la cantonada del muro, lo puso Gasparo, sin ataúd, sin un lienzo que le separe del tacto y del peso del pedregal. No tiene ni cruz. Ruedan los años y nadie pregunta por él; y este olvido y este silencio, ponen como una lápida lisa encima de muchas leguas profundas de cadáver.
En cambio, arrimada a la tapia, cría musgo una lápida de verdad, sin tumba. Sigüenza la vuelve, y lee:
DOÑA SALVADORA PEÑALVA Y MOSCARDÓ
RIP
Ya que nos arrebata tu alma hermosa
el Dios de Abraham con su potente mano,
flores prodigarán sobre esta losa
y lágrimas un padre y un hermano.
Nació en Alberique a 25 de diciembre de 1835.
Falleció en esta villa a 19 de junio de 1858.
Primera meditación de Sigüenza:
Salvadora nació en la Navidad de 1835 y murió en junio de 1858. Tenía
veintitrés años. Yo he doblado los cuarenta años. Salvadora nació en 183.5; en
la Navidad que viene cumpliría ochenta y siete años. ¡Veintitrés... ochenta y
siete!... Ahora quizá habría muerto. Veintitrés... ochenta y siete. De modo que
ella... De modo que yo...
Necesita Sigüenza más sutilidad de pensamientos.
Segunda meditación...: «El Dios de Abraham con su potente mano»... Flores y lágrimas de un padre y de un hermano encima de una losa desde 1835... ¿Dónde está Salvadora Peñalva? Todo tan concreto: «Nació en Alberique a 25 de diciembre de 1836. Falleció en esta villa a 19 de junio de 1858». ¿Un hueso, un andrajo, algo de Salvadora tan concreto como sus fechas?
Y Gasparo Torralba se ríe, lamiendo la goma de su cigarro.
Tampoco se le ocurre a Sigüenza decirse no somos nada. Es de ella de la que no queda nada, porque ni la losa es suya; y han de arrimarla, suelta, contra un muro.
«Al sepulcro también mata la muerte».
Gasparo enciende con yesca su cigarro, y suelta el humo tupido como una lana, y da con su alpargata un azadonazo en el suelo.
—¡Por ahí estará en la tierra!
Pero no hay tierra, sino un osario molido, un entramado de raíces de un bosque de generaciones taladas; y al pisarlo crujen y salen briznas, aristas, siempre menuditas, como si nada más fueran de huesecitos de niños. En todo aquel recinto del cementerio antiguo no había más cadáver conocido que el del suicida forastero.
—Toda esta tierra y las paredes, todo lo acabé de llenar cuando el cólera —Gasparo dice «colic», y la palabra y la epidemia tienen más filo asiático, más filo convulso.
Entonces faenaba de noche, sin farol, para que las gentes, en acecho, no se sobresaltasen.
Fue con su mulo a recoger dos muertos de una masía: padre y un hijo. Pero llegó muy pronto. Aun vivía el hijo, y se sentó a fumar en el portal hasta que le dijeron: «Ya están los dos». Y los ató juntos en el albardón del macho.
—Cuando vine aquí era la madrugada; y en lo más fondo me salió... ¿a que no lo adivina?
Gasparo se ríe subiéndose la faja.
—Me salió una raposa. Se golpeaba de reconcomio. Los dos nos embestimos. Yo con el legón le arranqué una oreja; ella me mordió en el hombro. Yo me cogí de su rabo y tiré; ella se revolvió; se me quedó todo el pelo entre los dedos como si fuese barbas de avena; y la galopa botó en mis costillas y de mis costillas al tapial, y se fue con el muslo desollado y sangrando...
Por la brega se olvidó de los dos difuntos; sus cajas resonaban de carreras y chillidos de ratas, y con las ratas dentro tuvo que enterrarlos. Desde lejos las sentía pelearse.
Gasparo no podía remediarlo. No paraba por veredas, por barrancales; de heredad en heredad, con su mulo, cargando y descargando muertos.
Bien le preguntaría Sigüenza: «Oiga, Gasparo Torralba, ¿y entre todos esos huesos, ya tan escomidos y frágiles, no los habrá de algún enterrado vivo?». Pero no, no se lo dice porque sería sospechar de su pericia de enterrador.
Gasparo le coge confidencialmente de un codo, y le muestra los herbazales. Entre la frescura va pasando una vibración de lumbre. Otra vez se imagina Sigüenza que se deslicen las pisadas de alguien, de una aparecida invisible.
Y añade Gasparo:
—No había nicho donde no criaran las ratas. Mordían las raíces y los tronchos de los geranios, de las malvas, de las rosas y hasta la leña de las cruces. Una perdición. Yo las acabé sin cepos. Yo tengo mi gato, el único gato que aquí hace bondad. ¡Ahora lo verá!
A brincos se precipita retumbando en el bancal de sepulturas; se sume y escarba en la hierba, y saca de la cola una sierpe que se tuerce húmeda y dulce al sol.
—¡No hay animal tan manso y agradecido!
La pone en el muro, y la sierpe vislumbra como un tisú; sin moverse, su latido le va renovando la piel. Hierve fría y multiplicada en la piedra; y la traspasa, la cala, como si la piedra fuese tierna, de esponja, y se la embebiese.
En fin, Sigüenza se decide a preguntar:
—Gasparo, ¿no habrá en el cementerio viejo algún enterrado vivo? En casi todos los camposantos viejos los hubo. Las epidemias traen precipitaciones...
Gasparo, sin reparar en esas disculpas, vuelve junto a Sigüenza, y se queda cavilando.
—Yo me creo que a nadie enterré vivo... Pero aquí hay muertos de dos «colics». ¡Yo sé nada más lo que vi cuando abrimos nichos y capillas y paredes para llevar las cajas a lo nuevo! Mire lo que vi...
Gasparo se aparta chafando una geología de vértebras, de costillajes combos, de goznes, de nudos y cabezuelas de cal. Se recuesta en un socavón de los derribos acodándose en la argamasa, y entorna los ojos. Adquiere una actitud de elegancia. Tiene un fondo lejano de graciosos oteros con arbolillos finos; nubes blancas, barrocas; y los huesos fosilizados, que revientan bajo sus alpargatas, resultan emblemáticos. Todo semeja un fragmento de una estampa, de un cuadro que no recuerda Sigüenza si es de Víctor Carpaccio.
—Así como yo me pongo —dice Gasparo— estaba uno, un difunto; así se nos presentó, sentado y entero, cuando volcamos la pared vieja.
Luego busca otra rebañadura del tapial y la palpa muy calmoso.
—Aquí encontramos tres cajas, una encima de otra, y de la de en medio salía un brazo que se agarraba a la tapa de la de arriba.
...Ya principia a venir la tarde. La claridad es más azul; el aire más oloroso de campo íntimo, y el cementerio, con reposo, con silencio cerrado de «descansen en paz». Reposo y silencio «para siempre, siempre, siempre», dentro de la permanencia de la vida tan de nosotros, sin nosotros, sin nada de nosotros, como de Salvadora Peñalva.
Y en tanto que lo pensaba Sigüenza, como si lo pronunciase su frente, su frente con sensación de campo, de montes y de mar, iba leyendo lápidas de labradores, de señoras, de hidalgos viejecitos, tendidos desde mil ochocientos...; todos ellos, en ese día ancho de verano, día de San Pedro, saldrían a pasear por sus huertas, con sus mejores ropas, las mismas ropas ya estrujadas detrás de esas lápidas.
Al abrir el portalillo para marcharse se les ofrece bajo todo el pueblo en la falda del alcor.
Desde el pueblo no se puede mirar al cielo sin presentir cada uno su fosa. Las cruces se clavarán en los ojos, las cruces de los difuntos de cada familia.
Gasparo dice:
—¡No se les clava nada! El camino es un muladar. No quedan cipreses; no queda Calvario. Ni vienen ni miran, y si miran, no ven.
Es verdad. Tienen encima sus muertos; pero la muerte, la muerte está más allá del horizonte de nuestros pensamientos y de nuestros ojos.
Capítulo de Años y leguas (1928), de Gabriel Miró.
*
DOSSIER 7. Años y leguas, de Gabriel Miró. Premió El Arco de la Aurora-Jorge Guillén a un libro re-clásico. Premios Cervantes de Ágora o de La sonrisa de Cervantes 2026.
El jurado premió Años y leguas, del escritor oriolano Gabriel Miró, por reconocerla como una de las mejores obras en prosa de nuestra lengua y por ser una obra que no ha perdido vigencia gracias a su carácter híbrido, entre la crónica periodística, el poema en prosa, la estampa lírica y la novela fragmentario.
El mismo jurado ha querido también reconocer la obra novelística en su totalidad de Gabriel Miró, aunque, por las características del Premio El arco de la Aurora-Jorge Guillén, la distinción se concrete en la novela Años y leguas. Como se dice en el Acta:
"Sea ese libro camino para aventurarse en sus obras completas pasando, si acaso, antes, por una novelita corta: Niño y grande, auténtica joya. Está publicada en Castalia. De Años y leguas hay muchas ediciones recomendables".
El premio que lleva en su nombre el homenaje al maestro de la Generación del 27 Jorge Guillén y a su huella en Murcia, donde fue catedrático de su universidad ("El arco de la aurora" lleva el nombre aún de la calle donde vivió don Jorge), se instituyó en 2025, a sugerencia de José Luis Martínez Valero. Quiere el premio enfocar una obra que merece ser revisitada, o leída por primera vez, dada su vigencia y su, por así decir, condición de obra re-clásica. La pasada edición recayó el premio en la novela Teresa, de Rosa Chacel.
GABRIEL MIRÓ FERRER nació en Alicante en 1879. Moriría en Madrid en 1930. Alumno interno de los jesuitas en el Colegio de Santo Domingo de Orihuela, donde comenzó su formación literaria y sus primeros conatos como futuro escritor. Estudió, más tarde, en el Instituto de Alicante y cursó la carrera de Derecho en las Universidades de Valencia y de Granada, donde se licenció en 1990.
En 1908 ganó el Premio de novela organizado por la publicación El cuento semanal. A partir de ahí fue en aumento su prestigio como prosista. Su obra, por edad y temperamento quizá también, no se adscribe a la de la Generación del 98 (Baroja, Unamuno, Azorín, Antonio Machado, etc), sino a la del 14 o generación de Ortega (también llamada novecentista).
Entre sus obras destacan: Las cerezas del cementerio (1910), El abuelo del rey (1915), Figuras de la Pasión del Señor (1916-1917), Libro de Sigüenza (1917), personaje autobiográfico que reaparecerá en otras obras de Miró, en especial en la obra premiada, Años y leguas, y en el fragmento escogido por Ada Soriano y José Luis Zerón Huguet, dos de los doce miembros conjurados de los Premios Cervantes de Ágora en la edición de 2026.
Otras obras de madurez de Miró son El humo dormido (1918), la premiada Años y leguas, que publicó en 1928, sólo dos años antes de su fallecimiento. Las novelas El obispo leproso (1921) y su continuación, Nuestro Padre San Daniel están ambientadas en Orihuela, ciudad a la que el escritor estuvo muy vinculado.
Niño y grande es un relato corto publicado en 1922.


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