
Instrucciones para llegar a ser
un perfecto Quijote
José Javier Alfaro Calvo
Conviene recordar que la primera norma
para llegar a ser un perfecto Quijote
es ponerse a leer. Sin más, pues se supone
que usted ya superó aquella parvulez
de “la eme con la a” de forma repetida
para decir mamá.
La posición lectora,
téngalo muy en cuenta, es en sumo importante
y admite variaciones: de pie, sentado en silla
o en cama o en sofá o en taza de retrete,
son formas habituales, pero no lo son menos
otras más arriesgadas. El seso no se seca
ya que, antes al contrario, es la falta de letras
la que trae sequías; pero, si tiene dudas,
puede leer tumbado o incluso de cogote
para que ayude al riego la ley gravitatoria
que descubriera Newton.
En principio no importa
lo que lea, aunque siempre es bueno aconsejarse
entre sus semejantes, para evitar fracasos
y raudas rendiciones. Tal vez salga tundido
de algún escribidor. No dude, en estos casos,
en aparcarlo al fondo de cualquier anaquel,
no sea que la cosa acabe como el “miau”,
que huye del agua fría tras una escaldadura.
Cuando del ejercicio de la lectura buena
haya hecho costumbre y hasta necesidad,
notará sensaciones nunca descritas antes
en tratados o ensayos. Y empezará a sentir,
y a ejecutar tal vez, todas aquellas cosas
que sintiera el Quijote. ¿Cómo no convertir
en dulce Dulcinea a la persona amada?
Si a su hijo le apasiona la carrera poética,
como le sucediera al del Verde Gabán,
¿sería tan borrico de hacerle estudiar leyes,
ciencias o dedicarlo a la fontanería?
¿Alguien acaso duda de que Alifanfarón
o Brandabarbarán eran esos gigantes
que, vistos a lo lejos, semejaban molinos?
¿No es cierto que un Airbús jamás nos llevará
tan lejos como pueda llevarnos Clavileño?
Llegados a este punto del valor de la duda,
le pueden llamar “raro”, que es la manera leve
de decirle “majara”. Pero le dará igual,
porque ya será entonces un perfecto Quijote
y engrosará las filas de esa Caballería
Andante, que comienza su diaria aventura
con la loca costumbre de ponerse a leer.
José Javier Alfaro Calvo nació en Cortes (Navarra) en 1947. Reside en Tudela. Maestro de Matemáticas y Licenciado en Filología Española. Ha dirigido varios “Talleres de escritura creativa”. Forma parte del Consejo de Dirección de TRASLAPUENTE, Revista Literaria de la Ribera de Navarra Ha publicado 14 libros de poemas y uno de microrrelatos, y obtenido másde un centenar de premios literarios. Con Asfalto y piel ganó el Premio a la Creación del Gobierno de Navarra y con Maneras de quitar el polvo el Premio Ateneo Jovellanos de Gijón. En relato ha conseguido, entre otros, el “Premio La Felguera” en 2006.y el “Premio de cuentos Fundación Fernández Lema de Luarca” en 2008.
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