SWEENEY TODD O EL COLLAR DE PERLAS
(Palabras extractadas del postfacio a la edición de la novela en La Biblioteca de Carfax)
POR ALBERTO CHESSA
Sweeney Todd o El collar de perlas, atribuido a James Malcolm Rymer y Thomas Peckett Prest, publicado por entregas entre el 21 de noviembre de 1846 y el 20 de marzo de 1847. Primera traducción íntegra al español a cargo de Alberto Chessa, de quien son también las siguientes líneas extractadas del postfacio que preparó para la edición de La Biblioteca de Carfax, el año 2017.
Como se puede suponer, el público lector de estos penny dreadfuls no era precisamente el mismo que se instruía con las novelas de Dickens, Thackeray o las hermanas Brontë (aunque de todos ellos haya algo en Sweeney Todd). Las clases trabajadoras buscaban otro tipo de distracciones que, además de resultarles más baratas, les suministraban un amplio ramillete de historias en las que tenían que aparecer casas lóbregas, manicomios, criptas, cementerios y muchos cadáveres. Ah, y también aventuras en alta mar y un buen número de idilios subordinados a las pasiones más desenfrenadas. Era, sin duda, lo que hoy llamaríamos literatura de evasión. Pero, ojo, para quienes escribían estos relatos, evasión no era sinónimo de cerrar los ojos a lo que veían a su alrededor. Puede que sus lectores no fueran muy ilustrados, pero ellos, los autores, no solo eran cultos (en esta novela se cita a Shakespeare, a Byron, a Goethe), sino que tenían plena conciencia de las condiciones sociales y económicas del momento que les tocó vivir y no dejaban pasar la ocasión de meter el escalpelo. Aquella década de 1840 se dio en llamar la de los hungry forties, por la situación de miseria, falta de higiene y explotación laboral que azotaba a la clase obrera británica. Solo hay que revisar las páginas que en 1845 preparó Friedrich Engels (con el título poco impreciso de La situación de la clase obrera en Londres) para hacernos una idea cabal de cómo andaban las cosas en los estamentos más desfavorecidos. Por eso, hay aquí una mirada a lo social cargada de denuncia, rabia y sentimiento de clase. El narrador no solo se mofa de lo lindo de todos los que, en el desempeño de un oficio popular, se las quieren dar de artistas, ni tampoco se conforma con retorcer el colmillo del humor cuando se despacha a gusto con los usureros y, más aún, con el fariseísmo levítico. También escribe animado por un espíritu censor, y de una censura muy acerba: cuando se detiene en las condiciones inhumanas en las que malvivían los inquilinos de los frenopáticos del siglo XVIII (so capa —sospechamos— del propio XIX), se pone serio y a nosotros se nos congela la sonrisa. De hecho, no es difícil pensar que la insalubridad y las intoxicaciones por los alimentos en mal estado, tan frecuentes en una época en la que los brotes de cólera eran moneda corriente, estén detrás de ese «me comería a mi madre si hace falta» de uno de los jóvenes letrados.
Todo eso es también Sweeney Todd o El collar de perlas. Puede que estemos ante una novelucha, pero no (o no siempre al menos) ante unos escritorzuelos. Lo cual vale también para todo lo que tiene que ver con las mismas urdimbres narrativas. Junto a momentos verdaderamente grandiosos, como el capítulo dedicado por entero a contarnos los pormenores hedoríferos de la vieja iglesia de san Dunstan (donde nos es sencillo imaginarnos a su redactor en pleno éxtasis por ese despliegue de recursos refocilantes), conviven otros pasajes de una torpeza expositiva y un estilo tan desmayado como los que afean el cuento de la loca. No es lo único, desde luego, que deja poco o mucho que desear. Las parrafadas, el tono hinchado, estentóreo de demasiadas descripciones, por más que puedan escudarse en una intención irónica, hoy se nos presentan como algo inevitablemente apolillado que se nos atraganta un poco y desafía nuestra paciencia de lectores del siglo XXI. Y, por supuesto, todos son personajes romos, casi estampados con la brocha de la commedia dell’arte, en la medida en que es rara la ocasión en que escapen de una naturaleza estereotipada: el bribón, la damisela, el joven cándido, el fatuo, el justo, el marido bonachón… Pocas veces hablan: declaman. Cuando dialogan (y, sobre todo, cuando monologan), casi siempre es para aclarar algún punto al lector, para no hacerle perder el hilo o para ayudarle a retomarlo. En sus intervenciones pasan de una cuestión a otra en menos que canta un gallo, y cualquier cosa que hacen debemos deducirla por sus palabras. No había tiempo que perder en didascalias y acotaciones aclarativas. Y hubiera sido imperdonable aburrir al lector con minucias. Ahora bien, lo que se pierde de literatura elevada se gana a ratos en agilidad, en unos diálogos espirituosos, alocados, casi de screwball comedy (y aquí brilla con luz propia la conversación abracadabrante entre el primo Ben y la señora Oakley).
Algo parecido, en este regateo entre el debe y el haber, ocurre con ese narrador (narrador solo hay uno, no lo confundamos con el autor o los autores) que nos fatiga con esa pertinacia suya en explicarlo todo, en no dejar de adelantar peripecias, de recordar otras, de subrayar, de insistir. Sí, claro, esto es un folletín, una novela por entregas, y había que refrescar la cabeza al público que hacía una semana que había dejado aparcada la lectura, al mismo tiempo que se le sembraba la incertidumbre, el suspense de lo que se podría encontrar siete días después. De ahí todas esas técnicas suasorias, como la de dejar la acción en alto o detenerla para que un personaje (como si estuviera recién salido del Decamerón) cuente una larga historia que a la fuerza ha de encajar en esa estructura de caja china que tan oportuna les resultaba a estos escritores para estirar el relato y poder consumar un nuevo fascículo. Y, sin embargo, hay también aquí un juego que a los lectores de hoy nos sigue haciendo las delicias, y es el que tiene que ver con ese narrador que entra y sale, que apela continuamente a quien le leyere, que no se ruboriza por enmendar errores o paliar olvidos sobre la marcha. Un narrador que mira a sus personajes desde una distancia saludable y, en el fondo, siente por ellos algo parecido a la piedad, aunque los maltrate (pero no es un cínico).
…¿No nos recuerda todo esto a Cervantes? Sí, Cervantes. Yo no sé si Rymer, Prest y compañía leyeron al manco, pero apostaría más de un penique a que sí habían leído a Henry Fielding. Y no sería entonces tan extraño que, por la vía del autor dieciochesco, este clásico victoriano nos recuerde a veces tanto a nuestro Siglo de Oro, con todo lo que tiene de ironía cervantina, mas también de novela bizantina, amatoria y picaresca, que no es poco (en esa morada de ladrones en donde recala Sweeney Todd un lector anglosajón ve, claro está, la guarida del Fagin dickensiano, pero nosotros somos incapaces de no acordarnos del patio de Monipodio). Incluso ese humor tan británico que espolvorea las páginas más atinadas de esta novela no anda tan lejos de nuestra literatura aurisecular en su vertiente más satírica. El célebre y aplaudido wit de los ingleses, esa agudeza ingeniosa para endulzar con mala uva una respuesta sin descomponer el gesto, es lo que en la mejor tradición sarcástica de nuestras letras se llama retranca.
Así pues, no, esto no es Dickens ni Stevenson (menos aún —no nos dejemos embaucar por los cantos de sirena de lo macabro y grotesco— Frankenstein o Drácula, que son dos obras maestras al margen de cualquier género), pero tampoco es exactamente un subproducto. Es una muestra bastante digna, y por momentos genialoide, de la literatura entendida como un placer culpable, ese que por unas horas nos regala la oportunidad de volver a ser niños, cuando la única pregunta que nos hacíamos al leer era «¿qué pasará?». Mejor dicho, la pregunta era doble: «¿qué pasará?, ¿qué pasará?».
Alberto Chessa (Murcia, 1976), tiene una ya larga trayectoria poética, en la que destacan títulos como La osamenta (accésit del premio Adonais en 2010); La impedimenta (Finalista del Premio Nacional de la Crítica y publicado en Huerga y Fierro en 2017); Un árbol en otros (La estética del fracaso, 2019); Anatomía de una sombra (galardonada con el Premio de Poesía Dionisia García en 2020 y publicado por la Universidad de Murcia en 2021).
Como traductor, ha publicado varios volúmenes, “dos maravillas”, en opinión del jurado de Ágora, que salieron a la luz en la editorial Relee en 2018: Querido Waldo, una buena introducción a Emerson y Thoreau; y Mi primer verano en la sierra, que invita a conocer lo mejor de John Muir.
Su libro de aforismos Elefantes de nube (Bordones) ha merecido el Premio de la Crítica de Ágora a la Mejor Obra de Prosa No de Ficción publicado en 2025.

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