Alberto Chessa
Intertextualidad y rupturas dentro de la obra más reciente de Alberto Chessa
Por Fulgencio Martínez
Alberto Chessa (Murcia, 1976) ha publicado en los últimos meses tres obras: dos poemarios: Parábola del barro (Huerga y Fierro editores, Madrid 2026) y Sonetontos con ton y son (Premio Góngora y Quevedo de poesía satírico-burlesca, Arch-letras libros, Madrid, mayo 2026) y un libro de aforismos: Elefantes de nube. Bordones (La nube de piedra. Murcia, noviembre 2025).
Parábola del barro, del alfarero Alberto Chessa, es una pieza maestra en su conjunto. Poesía plena de nexos interiores (con esa coherencia, no superficial, que es un signo de la verdad poética de un texto), poesía cercana (de verbo y asunto cotidianos en sus mayores poemas), y, a la vez, abierta a la interpretación lectora (parábola), y a la comunicación (puesta en claro de un ser humano que es y no es exactamente, en todos sus términos, el que firma el libro y el que ha vivido o vive bajo el nombre de su autor). De entre sus virtudes, destacaría a bote pronto una: la polivocalidad, que plantea una fuga de perspectivas y de sugestiones que enriquecen el texto literario (poético, en este caso).
Entraré, o mejor, reentraré en el libro contigo, lector, tratando de aportar un juego de interpretación, como quien cree llevar en mano un juego de llaves. Con otro libro, quizá, podría estar seguro de que nos sirve la copia de ellas que nos facilita su atenta lectura. Sin embargo, ante éste, me temo que sus puertas seguirán siendo inexpugnables. Tanto es lo que presupone su dominio, la inquieta piscina de signos a que sus poemas nos invitan, pero que resumen en uno: barro.
En Parábola del barro el poeta sugiere dos temáticas principales, a mi entender. La primera, nuclear, gira en torno a la comunicación y, en concreto, a la que es propia comunicación de la poesía. La segunda, abierta, pende de la metáfora bíblica del barro y el alfarero, e indaga sobre el sentido del ser humano.
No quiero hacer un ensayo, sino que voy a referirme a lo visto y gozado en los poemas de Alberto Chesa, en esta tarjeta poética que es Parábola del barro, cuya lectura se cruza con otro de los textos publicados recientemente por el autor, Elefantes de nube (Bordones), un libro de aforismos. En este podemos encontrar estas pistas:
“La cotidianidad, en poesía, no está para ser dicha, sino para ser desafiada. Lo contrario es no decir nada (de nada).” (p.39).
“El yo es el resultado de otros muchos que nada tienen que ver con él”. (p. 17)
“No siempre elijo bien la voz con la que hablo a solas.” (ibidem).
En la mayoría de los poemas del libro de Chessa se parte de una anécdota, evocada, traída por la memoria (de quién); predomina el discurso narrativo en su inicio; pero lo importante ya, en ese arranque de los poemas como también en su desarrollo y final, son los signos evocadores (como, por ejemplo, en el primer poema: balcón, llanto). En esos signos se condensan el asombro poético, la perla que el autor da a su lectura. Vuelven en el poema, con cierta recurrencia, como ocurre con la palabra balcón, cuatro veces en el primer poema del libro, “Llanto en el balcón”.
Sin embargo, tras lo narrativo y lo simbólico, hay un tercer tiempo, el de la reflexión e interpretación (que a veces se condensa con el segundo de las metáforas y símbolos expresivos de la emoción que transmite el poema).
En ese tercer tiempo, como en un río profundo, el poeta pesca sus mejores hallazgos. Sorprende relativamente al lector con un giro hacia las profundidades del propio poeta, del mismo acontecer del poema o de la condición del existente. Y deja, al fin, el poema abierto (gráficamente, incluso, no se cierran los poemas con un punto y final).
La condición de la memoria es constantemente puesta en tela de juicio, y con ese preguntar el propio yo que es múltiple. Las vivencias evocadas son reinterpretadas por quién, se podría preguntar el lector; como también el mismo poeta ha puesto en cuestión al sujeto que vivió la anécdota original.
Es como si, tras la lectura de cada poema, debiéramos quedarnos con la sensación de que toda la vida, todos los signos mentados y escritos, son un continuum, un fluir abierto, maleable, deconstruible, reinterpretable, resumible, en fin, en la metáfora del barro, pero no sabemos por mano de quién (¿estamos en la posmodernidad o en la transmodernidad -a la que alude el poema "Ocurrencia final"; donde lo subjetivo ha muerto y con ello asumimos la inseguridad de otro que nos maneja).
Incidiré ahora más en la intertextualidad dentro de la propia obra de Alberto Chessa. Parábola de barro, publicado en la colección Signos de Huerga y Fierro, y el libro de aforismos, Elefantes de nube. Bordones, editado por La nube de piedra, se enriquecen por la interpelación y complicidad de uno con el otro. El autor nos presenta en una obra aforística poemas breves (que llama bordones, con gran acierto). Y por otro lado, en su libro de poemas, Parábola del barro, desde casi el inicio pero sobre todo en el tercer tiempo, se incrustan versos que son aforismos, que son sentencias; también, prosas (como ha destacado el profesor Díez de Revenga en su artículo (1). Algunas de esos fragmentos de prosa (¿prosa poética?, pero quizá ya no sea necesario etiquetarla así para la innovadora poética de Chessa), algunas de esas pequeñas prosas, decíamos, contienen algunas claves relevantes del poemario (también destacadas por el citado catedrático murciano). “Me llamo Barro, aunque mi piel se asombre”. (p. 51 Par), que parafrasea el verso de Miguel Hernández: Me llamo Barro, aunque Miguel me llame. Precisamente Miguel, Alberto, Nadie, remiten a una de las preguntas esenciales del libro: quién escribe, bifurcada en quién soy; y barro remite a la pregunta por lo que somos: greda, arcilla, barro, tierra (posibilidad, dynamis, potencia aristotélica para ser todo o casi todo, si esto lo complicamos con la parábola del barro y el alfarero que remite Jeremías, 18, (lo siento, es necesario ese confronto) pues tendríamos la pregunta también por qué es el ser humano, y en resumen los términos poliédricos y tan esquivos como resina que son las luces largas del libro Parábola del barro.
Lo novedoso de la poética de Chessa consistiría en romper las fronteras y cápsulas entre prosa y poesía, entre poema y aforismo; los dos libros que comentamos de continuo se desbordan en una y otra comarca (en el fondo, la misma comarca poética: la de la “palabra exacta” para cada cosa, que diría Juan Ramón Jiménez). El resultado no deja de ser sorprendente, sin embargo, al menos a primera vista: la poesía absorbe a la prosa y se asimila uno de sus géneros: la aforística (tópicamente, perteneciente a la prosa). Pero, más allá, a través de incorporar el fragmento que pertenecía al ensayo, otro género tópicamente encapsulado en la prosa. (El fragmento es de naturaleza romántica; usado primero por los escritores moralistas del XVII y el XVIII, fue revalorizado por la estética de Friedrich Schlegel, y magnificado por Nietzsche, Bataille y muchos de los grandes escritores del siglo XX).
La “prosa poética” (aliada con el fragmento vertido, en la poesía, a observaciones o impresiones, como en el Diario de poeta y mar, o Diario de un poeta reciéncasado, y vinculada a lo pictórico, al “cuadro”) ya no es necesario que se adjetive como poética: es poesía sin más, prosa-fragmento-cuadro: (pero prosa cuyo contenido, curiosamente, está exento de narratividad; para dejar paso a lo sugerente, a la observación profunda o a la pintura impresionista).
La relación de la poesía con la prosa es análoga a la del flamenco con cualquier otra música: el cante tiene una tonalidad y fuerza -más allá de lo rítmico- tan potente que, cuando se “fusiona” con otro estilo musical, este casi desaparece absorbido por la vis de la raíz flamenca.
Otro aspecto de la intertextualidad genérica es el que presenta Parábola del barro ya no en sus pequeños fragmentos de prosa (poesía pura), sino en sus poemas en verso, sobre todo en los poemas mayores, largos, donde el uso de la narratividad tiene una función interesante, no solo contextual o evocadora de una anécdota.
Lo narrativo está presente y aun forma parte capital en los poemas de este libro. Sí, lo que más me gusta no es eso. Pero es un marco, una materia plástica que será luego manejada y transformada en poesía por la reflexión.
Esta, la reflexión, es lo que aporta la sal, que el poeta nos sirve en versos cristalinos, en fragmentos, a veces en aforismos; todo vale cuando está pasado por la mano del alfarero-poeta. La poesía es la vida que se piensa a sí misma, como sugiere en uno de sus poemas Alberto Chessa.
Quedan, inquietándonos, estos versos de algunos de los grandes poemas de Parábola del barro:
“No basta con vivir, hay que abrirse a la savia,” (“El llanto en el balcón”).
“Amar es en esencia / descubrir lo que amamos” (“¿Qué sé yo?”).
¿Y se puede amar si no se ha soñado antes el amor …? (“A ti que eres mi luz todavía?”
“No la carne, sino lo que la carne / aparenta sin éxito. Lo que trasunta, sí./ Lo que a la vista -a plena vista- la carne esconde”. (“Lucian Freud”).
Como las palabras, la carne, para esta poética, es parábola, trasunto de otra cosa, que podríase llamar barro, “que nos hace y deshace” (“Ocurrencia final”)
“¿No será acaso la palabra una parábola.
parábola del barro que nos hace y deshace
como esos seres, sí, que somos,
esos seres que fueron expulsados
del paraíso con una única misión:
recordarlo y también recordárselo
a quien quisiere oírnos.
a todo aquel dispuesto a escuchar nuestra voz,
que es la voz de la pérdida?
(p. 70).
ELEFANTES DE NUBE. Bordones
El bordón cierra pero también forma parte de la construcción de los aforismos de Elefantes de nube. Me intriga ese misterio: otro caso, quizá, de intertextualidad genérica. Los breves poemas intercalados en el texto aforístico, bordones como los llama Chessa, tienen una especial gracia lírica.
En la forma, son breves poemitas, asonantados: soleares de cuatro versos, soleares (cortas, de tres), peteneras, derivaciones, en suma, del romance popular; aunque también nos recuerdan a los haikus, a las coplas mariqueñas, a las seguidillas con bordones de las famosas Nanas de la Cebolla de Miguel Hernández. la verdad es que lo he recogido de Internet, pues me ha incitado a buscar el significado que otorgas al término "bordón" en tu libro.
Por otra parte, cualquiera de las acepciones del termino “bordón” recogidas por la RAE pueden ser aplicables a los bordones del libro de Chessa, y le dan un cauce de comunicación polifónico y plurisignificacional. Me encanta pensar en el sentido de bastón de peregrino (bordón), un peregrino a Santiago de Compostela, que va sembrando en el camino (espiritual) y diciendo (en el físico) sus sentencias-aforismos a sus oyentes. O en el de la guitarra, cuerda, que produce son grave, bajo. Persona que guía a otra. Palabra no banal, la aforística, donde el ingenio solo se perdona si extrae agua para el beber (aun metafóricamente). Y, en fin, para no abundar más, la relación del bordón con la paremia, la sentencia, en tono coloquial, en el habla, y en la música-poesía, la repetición o la conclusión que esencializa una idea expresada en la estrofa anterior (o texto, en los aforismos del) para que la memoria la conserve y de este modo facilite el recuperar su sentido.
SONETONTOS CON TON Y SON
Los sonetontos son otro ejemplo de ruptura y de intertextualidad, en este caso más en relación con la gran tradición del soneto burlesco de Quevedo y Góngora. El conjunto en sí es asombroso y muy original. En unos el puro juego, en otros la intencionada sátira, se acercan a piezas maestras, si no lo son. Perfectos en su maestría formal, plantean también la inquieta pregunta por la función del humor en la poesía. Ocurre que a veces la gracia decae a la segunda lectura (como pasa con esas cosas graciosas de la publicidad, cuyos textos ingeniosos suelen, al repetirse, devenir fastidiosos y cursis, incluso cuando quedan en la memoria colectiva como chistes o frases hechas, de las que el escritor de verdad ha de huir como de la peste, y dejárselas al periodista, presunto escritor). Pero un poeta de verdad es quien se atreve y arriesga, la verdad del humor está en que su veneno no se neutralice tras muchas lecturas ni varios pases de lavado con lejía en la lavadora. El humor más blanco parece que no debería ser blanco. Hay una gran virtud es parecerlo, sin embargo. Eso ocurre con los sonetos mejores del libro de Chessa: "Marcado y consumido", "De los interrogantes", "De la creencia descreída" ("Gracias a Dios, ateo converso"), "Rebelde en su rebeldía", "A Petra", "Filosófico y mediojustificante...". La complicidad (con el lector), pero también la coz a su sentido común, están en el haber del humorista, y la perfección del arte del soneto, que en las manos de Chessa se vuelve, como un guante, al derecho y al revés (como en el soneto palindrómico "Especular y donjuanesco", el cual, curiosamente, en la vuelta, al leerlo da capo cobra un sonido oscuro, más grave e interesante).
He tratado de analizar algunas formas de intertextualidad en la obra de Alberto Chessa, intertextualidad acompañada de rupturas con las fórmulas previas, y que, juntas, aun nos sorprenden en su modo de destruir lo preestablecido. Como si tras la ruptura se conservasen más nítidas las partes y a su vez se tejieran hilos invisibles entre ellas: lo narrativo, lo aforístico, el fragmento puro o el pasaje reflexivo, la anécdota, el bordón, lo popular y lo culto, el verso libre o en sílabas contadas, y la prosa; y de alguna forma todo eso fuera llevado al gran molino de la poesía. En suma, a la palabra: el grano de mostaza, o el barro, anterior y posterior a toda pérdida.
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(1) Díez de Revenga, F: "Un viaje por la vida y la memoria".
https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/09/un-viaje-por-la-vida-y-la-memoria-sobre.html

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