Entre
las tinieblas y la luz
(Marianela
de Benito Pérez Galdós)
Por Luis
Quintana Tejera
Doctor en Letras por la Facultad de
Filosofía y Letras de la UNAM, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores
(SNI) del Conacyt
Introducción
Puede parecer un reto inabarcable, plantear el estudio
de una parte, al menos, de la obra de Benito Pérez Galdós. Su creación fue
múltiple y polifacética, la cual, desde el realismo inicial, anuncia las nuevas
corrientes literarias que ya se perfilaban en la Europa de fines del siglo XIX.
Pérez Galdós nació en Las Palmas de
Gran Canarias, el 10 de mayo de 1843, murió en enero de 1920. Durante los años
de su existencia, dividida entre su actividad literaria y la política, publica
novelas y obras teatrales (Cfr. Valbuena Prat, 2003: 319-345).
De acuerdo con lo anunciado en el
título de este artículo, nos centraremos en las novelas, en particular en Marianela
de 1874, obra que fue precedida por La sombra (1870) y Doña perfecta
(1876), sólo por mencionar las narraciones más destacadas de su primera etapa
de producción. Por supuesto, Los episodios nacionales (1872-1912)
retoman la tradición francesa de la novela total, en donde varias obras,
reunidas por el tema y la intención socio política, destacan, al igual que lo
había hecho Balzac con La Comedia Humana y el contemporáneo del maestro
español, Zola con Rougon Macquart.
El escritor aquí estudiado, se
inspiró en la pasión y entrega de Balzac a la novela, reconoció también que el
naturalismo de Zola tenía muchos puntos de contacto con sus Episodios
Nacionales.
Introducción a Marianela
El personaje central es una niña desposeída y humilde
que actúa, en la primera parte de la narración, como el lazarillo de Pablo
Penáguilas, un joven rico e invidente, con el que ella toma contacto y entre
quienes nace una tierna amistad.
Para
marcar, de alguna manera, la condición de esta humilde muchacha, su relación
con Pablo y con el doctor Teodoro Golfín, nos permitimos citar lo siguiente:
Efectivamente,
la joven se sentía y participaba en las acciones de los habitantes como un
animal más de Aldeacorba. Todos en el pueblo le manifestaban
desprecio no solo por su fealdad, sino además porque era hija de una
madre soltera, pobre y desgraciada, una
alcohólica que termina suicidándose. Salvo Teodoro Golfín y Pablo, todos contribuían
a que ella misma se percibiera como una persona poco digna
de atenciones. Jamás le dirigían una palabra afectuosa, un halago.
Por ello, sufría de un fuerte complejo de inferioridad que la llevaba a decir,
repetidas veces, que no servía para nada.
(File:///C:/Users/Luis/Desktop/0.10.%20P%C3%A9rez%20Gald%C3%B3s/(99+)%20Nombres%20YSimbolos%20En%20Marianela%20De%20Benito%20Perez%20Galdos%20_%20CArloss%20Ttipo%20-%20Academia.edu.html)
Los
prejuicios sociales prevalecen de un modo evidente, desde el momento en que la pobre muchacha resulta deshumanizada y rebajada a
la condición de un animal. Éste es el juicio de quienes parecen no tener vida
propia y sí, tiempo suficiente para juzgar al otro, a su semejante, a su igual;
aunque ellos piensan que algo los diferencia de nuestro personaje. El rechazo
proviene de su fealdad y de la condición de expósita, hija de una madre
borracha, lo que es peor, soltera. Ahora bien, el increíble doctor y el joven
ciego hacen la diferencia, aunque Marianela es orillada a pensar como sus
opositores, debido a que resulta víctima de un complejo que la sociedad le ha
impuesto.
Lo barroco como constante histórica (Cfr.
D’Ors, 2002).
Como lo sostenemos en el título, el relato se mueve
—al estilo barroco— en el contraste entre luz y sombras. Entre un ciego que
cree ver, más allá de las sombras en que habita, a una belleza incomparable, en
lugar de una mujer no muy beneficiada por los dones de la naturaleza; por otro
lado, una obediente joven, poseedora del
sentido de la vista, que no desea resignarse a distinguir la diferencia entre
un presente lleno de luz y un futuro en donde le aguarda la muerte; sufre al
imaginarse que Pablo, al verla, la rechazará; es decir, en este momento existen
uno junto al otro, pero en un futuro cercano, el amor del joven se convertirá
en indiferencia y las premoniciones de la muchacha se volverán realidad. En
reiteradas ocasiones, se ha comparado a Galdós con Cervantes, no sólo por lo
altamente representativo de la creación de ambos, sino también, porque el
primero de ellos sintió una particular admiración por Don Quijote de la
Mancha; por sus búsquedas, por su símbolo, por sus variables expresadas en
el estilo que da la antítesis, sobre todo, por ser Cervantes un escritor
barroco en pleno renacimiento (Pérez Galdós, 2003: tomo I, 9). La imagen de
Dulcinea, en abierto contraste con Aldonza Lorenzo es una antítesis que el
narrador de Galdós quiere retomar al enfocar la historia de Marianela; de las
dos Marianelas: la que Pablo sólo imagina como don Quijote lo había hecho, la
otra, la real, aquella a la que muchos rechazan.
Análisis de Marianela
El narrador. Realismo vs romanticismo (Cfr.
Valdearcos, 2008).
En Pérez Galdós podremos observar como el romanticismo
que puede constatarse en su novela La sombra, persiste en él en varias
producciones posteriores, su estilo —marcadamente realista— va cediendo lugar,
poco a poco, al naturalismo y al simbolismo. De
este modo, el genio de Benito Pérez Galdós permite que en su obra se entable un
verdadero diálogo entre diversos movimientos literarios. Parte, por supuesto,
del realismo que se vivía en su época, se siente tempranamente atraído por el
naturalismo de Zola (Morelle, 1976: 337-357), maneja antítesis barrocas como lo
había hecho Cervantes, anuncia algunas pautas de lo que habría de ser el
simbolismo europeo (Cfr. Gros, 1976: 488-517).
El narrador es un focalizador cero
según Gérard Genette (Cfr. 1989: 245-248), desde su postura omnisciente,
todo lo sabe y va ofreciendo a su lector aquello que el susodicho lector debe
conocer. Empieza diciendo:
Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la
noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra
soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a
medida que avanzaba la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el
césped traza el constante pisar de hombres y brutos, y subía sin cansancio por
un cerro en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guindos, hayas y
robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de España.) (Pérez Galdós, 2020: 39)
Estéticamente
se trata de una bella presentación de paisaje, en donde los recursos retóricos
prevalecen. Es un atardecer, en el contexto del “breve crepúsculo”, el arribo
de la noche, personificada en su aparente condición humana, es definida por el
narrador como tranquila y oscura; el primero de los adjetivos justifica el
grado de personificación ya mencionado, al mismo tiempo que lo de “oscura” se
asocia con el metafórico “negro seno”, de esta nocturnidad. Simultáneamente,
predominan las antítesis y los datos sensoriales de diferente valor: en el
marco de las primeras, la noche ocupa el lugar que el día ha dejado vacío, los
rumores de la jornada que termina son sustituidos por el silencio de lo
nocturno. En el contexto de las sensaciones, prevalece lo visual —“oscura
noche”, lo auditivo —“últimos rumores”. Otra personificación se impone, cuando
habla de “la tierra soñolienta”, permitiendo ahora el ingreso de la anónima
figura humana, que aparece de pronto y de quien se ofrecerá en seguida un
pormenorizado retrato: es Teodoro Golfín, el médico que hará el milagro de
devolverle la vista a Pablo Penáguilas.
El
movimiento narrativo corresponde a las características de estilo del realismo,
porque hay una pormenorizada descripción, una pausada manera de ver el paisaje
y un detallismo descriptivo verdaderamente genial, a través del cual se
enumeran los “pintorescos grupos de guindos, hayas y robles”. Es la naturaleza
que habla en su propio lenguaje, es la naturaleza que forma parte de la
añoranza romántica del narrador de Galdós.
Realismo
y romanticismo comienzan a convivir en el relato, como lo habíamos mencionado
líneas antes; son parte de la manera de ver el cosmos, a cargo de la voz que
cuenta los hechos. En lo tocante al primero, los minuciosos pormenores nos
permiten asomarnos a la vida tal cual es; por otro, en lo que tiene que ver con
el segundo, la sensibilidad de esta corriente decimonónica le proporciona al
escritor y a sus personajes, una manera particularmente pesimista y escéptica,
para ver al mundo real en el que todos se encuentran. Más allá del estilo que
el realismo impone, paulatinamente el romanticismo irá prevaleciendo, no sólo
en la emoción y la alegría, sino también en el dolor, la tristeza, la soledad y
la muerte.
Sin
perder de vista la diégesis de la novela, encontramos en Marianela una niña
semi abandonada, que ha hallado refugio en Socarte, se ha acercado al joven Pablo,
poco a poco va surgiendo una amistad entrañable entre ambos, que no tarda en
evolucionar del encantamiento al amor. Pablo está privado de la vista, necesita del
apoyo de alguien que sea su incondicional compañía; esa figura estará
representada por la entrañable Nela, por la muchacha olvidada por la sociedad,
que ve en ella prácticamente a una pordiosera que sólo merece compasión y
misericordia. Pablo, en cambio, se enamora de la voz de esta jovencita; por
supuesto, no puede verla, sus ojos ausentes son sustituidos por el traicionero
sentido del oído. La escucha y al escucharla se va identificando con ella.
Marianela lo acepta, aunque sabe que la sola posibilidad —aparentemente lejana—
de que el joven recupere la visión, los alejará para siempre. Tanto le han
dicho que es humilde, fea, andrajosa y carente de virtud alguna, que termina
por creer que es cierto. No sostenemos que la verdadera belleza sea espiritual
tan sólo, únicamente nos detenemos a pensar que en todo es necesario un
equilibrio, que en toda situación que involucre al odioso ser humano,
se requiere de cada una de las partes; si falta una de ellas, el paraíso soñado
se derrumba; esto es lo que sucedió a Pablo cuando recuperó la visión.
El romanticismo oscuro del final
Simbolismo dominante
Al mismo tiempo, tal situación se
encuentra expresada en las postrimerías de la obra, cuando el romanticismo de
la muerte y el símbolo del dejar de ser sin aparente justificación resulta
expresado de un modo desconcertante y patético, cuando Pablo vive su propia
anagnórisis al encontrarse con —digámoslo de esta manera— la otra Marianela.
Pablo alargó una mano hasta tocar aquella cabeza que le parecía la
expresión más triste de la miseria y desgracia humanas. Entonces la Nela movió
los ojos y los fijó en su amo. Pablo se creyó mirado desde el fondo de un
sepulcro; tanta era la tristeza y el dolor que en aquella mirada había. Después
la Nela sacó de entre las mantas una mano flaca, tostada y áspera y tomó la
mano del señorito de Penáguilas, quien al sentir su contacto se estremeció de
pies a cabeza y lanzó un grito en que toda su alma gritaba (230).
Los verdaderos antagonistas de esta tragedia se encuentran por fin. Pablo
quizás llegue a comprender algún día, que ver
realmente es algo más que lo que él ha podido contemplar hasta este momento. Ha
visto la luz, la belleza de Florentina —su injusta prometida—, la vitalidad de
la naturaleza, la diferencia entre lo hermoso y lo feo; ha contemplado en el
espejo del cosmos lo que sus ojos enfermos no habían llegado a observar aún; ha
contemplado la belleza del sol y la candidez de la luna; pero en el fondo de
todo esto, él no entiende nada. Tiene ante su persona a un ser que se extingue poco
a poco y no sabe por qué, no sabe que él es el verdadero causante de tal
desgracia.
Los
oscuros movimientos románticos se ofrecen con todo su rigor cuando Pablo se
creyó mirado desde el fondo de un sepulcro. Y mientras la Nela agoniza ante los
ojos de todos, el alma romántica, que ha heredado el narrador, se regocija decadente
ante el misterio de la muerte.
Llega
el instante del reconocimiento, de la impactante anagnórisis que habíamos
señalado líneas antes. El narrador continúa:
Hubo una pausa angustiosa, una de esas pausas que preceden a las
catástrofes del espíritu, como para hacerlas más solemnes. Con voz temblorosa,
que en todos produjo trágica emoción, la Nela dijo:
-Sí, señorito mío, yo soy la Nela (231).
Pablo consternado no puede creer lo que
sus ojos redivivos le muestran; por eso dice:
“-Eres
tú... ¡Eres tú!” (231).
Pero
si éste había sido un reconocimiento doloroso, lo será más todavía aquella otra
anagnórisis que lo conmueve en sus entrañas:
Después le ocurrieron muchas cosas, pero no pudo decir ninguna. Era
preciso para ello que hubiera descubierto un nuevo lenguaje, así como había
descubierto dos nuevos mundos, el de la luz, y el del amor por la forma. No
hacía más que mirar, mirar y hacer memoria de aquel tenebroso mundo en que
había vivido, allá donde quedaban perdidos entre la bruma sus pasiones, sus
ideas y sus errores de ciego (231).
En el marco de “sus errores de ciego” quedará oculta la promesa
implícita que él mismo le había hecho a su lastimoso
lazarillo. Florentina, por ser bella, la sustituirá en los brazos del joven.
Las
palabras del científico piadoso, del doctor Golfín, la despiden para siempre: “—“Mujer,
has hecho bien en dejar este mundo” (236).
Al
moverse en el territorio simbólico, las representaciones abstractas completan
los contrastes ya señalados; ya lo había dicho el mismo Golfín: “Como la Nela
hay muchos miles de seres en el mundo. ¿Quién los conoce? ¿Dónde están? Se
pierden en los desiertos sociales” (223).
Conclusiones
En el contexto final, sólo nos queda
recapacitar sobre los tormentos de la existencia, que estriban, entre otros
muchos fenómenos, en las diferencias sociales y en el destino trágico de un ser
que no podía ser amado a pesar de su nobleza y entrega. Marianela muere víctima
de un sueño que no se cumplió. Ella deja de ser ante la mirada asombrada e inconscientemente
cruel de Florentina. Pablo la amó hasta donde su naturaleza humana se lo
permitió. La amó desde las sombras, pero al regresar a la luz la terminó de
aniquilar con su indiferencia.
Bibliografía
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Valdearcos, E. (2008). “Romanticismo y realismo”, en Clío 34, 2008.
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