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martes, 21 de abril de 2026

CUANDO AMADÍS NO ENTRÓ POR LA ADUANA. Por GASTÓN SEGURA VALERO. "La sonrisa de Cervantes". Revista de humor cervantino y amena erudición, intercalada en la revista Ágora- Papeles de Arte Gramático N. 38. Abril-Mayo 2026 .

 

                                                                    Amadis de Gaula portada de la edición e sevilla 1526.. Fuente Biblioteca Cervantes Virtual Univ. Alicante

  

Cuando Amadís no entró por la Aduana

 

Por Gastón Segura

 


No anda errado vuestra merced al venir hasta aquí, pues de aquí era natural el desventurado, y no menos habéis acertado al llamar a mi humilde puerta, pues yo también tomé parte en aquella trapisonda, ¡y más de lo que hubiera querido!... Sabed, caballero, que fui yo, y no otro, quien se vio en la obligación de echarle el sello al disparate de mi compadre Quejana, ¡qué buena retahíla de sobresaltos y sinsabores trajo a su sobrina y a todos sus deudos y conocidos! No me holgo de ello ni presumo, porque no hay mérito alguno en tender una celada a quien anda buscándola, ni tampoco encuentro ningún regocijo en truncar los desvaríos de un viejo ocioso que, sobre ser buen varón y mejor cristiano antes de su delirio, y aún en él, daño, lo que se dice daño, no causó a nadie; más bien lo recibió, y con adunia. Pero sepa vuestra merced que sus desventuradas andanzas se corrieron de boca en boca, sembrando el escándalo por los contornos y la vergüenza entre los vecinos de este lugar, y en llegando a este punto, cumplióme tomar cartas en la partida antes de que el desatino fuera caer en manos de corregidores o del Santo Oficio y se zanjara, lo que no era más que descarrío senil, con grilletes y laceraciones de tragedia.

        El cura, tras aquellas palabras que ribeteaban el arrepentimiento, suspiró, deshizo el ceño y descansó su espalda contra el frailero; luego, escurrió su mano sobre la escribanía y detuvo su mirada en la ventana; afuera llovía.

        Sí, aquel atardecido de otoño llovía un caldibache feo y sucio que atería las carnes e invitaba a caldear la lengua al memorioso amor del badil. No era día para salir de caza, ni tampoco época de andar en labranzas ni cualquier otro aliño campesino, porque estaba al caer la temporada de las castañas y de la matanza, cuando el cuerpo del gañán pide abrigo, sopa caliente y amena charla, mientras los campos duermen el quieto invierno. Por eso, cuando entraste en el lugar demandando razón sobre el suceso, no diste con nadie por la rúa, salvo un zagal que amaestraba un zarcerillo berrendo en rubio bajo el techo de una cuadra hosca y desvencijada como la boca mellada de un mendigo.

        —Yo, caballero, en poco os he de servir, porque poco conozco del suceso, pero sé quién os dará cumplidas noticias —contestó a tu requerimiento el muchacho con una donosura tan discreta y cortesana, que se te hizo extraña en aquel pergenio, más propio de un niño de doctrina que de un paje imperial—. Seguidme si es vuestro gusto —te invitó.

        Y los cuatro, tú y tu rocina, el zangolotino y su gozquecillo, llegasteis, bajo el amparo de los voladizos, hasta la casa rectoral. Y aunque te arrimaste cuanto pudiste a las taperas, de poco te sirvió; porque con aquella lluvia no hubo cornisa o voladizo que valiese y te calaste hasta la camisa. Y al sentir el frío rosigar tu pellejo, y la amenaza de unas esquinadas calenturas asomando las orejas, pensaste que aquel antojo tuyo de allegarte a esta perdida aldea en medio de la llanada de Montiel, demandando noticias sobre un suceso que tenía bien cumplidos los dos lustros, semejaba antes correría de orate que pesquisición de hombre cabal; y se te vinieron a las mientes los ruegos de tu mujer cuando la habías abandonado cuatro horas antes, con tu hija, a dos leguas de allí, alrededor de la lumbre, en la venta de Puerto Lápice.

        —Miguel, ¿adonde vas con este tiempo? ¿No ves que vas a caer enfermo? ¡Y sólo nos faltaba eso, Miguel, que te agarrasen unas fiebres! ¡Miguel, por Dios, asesa y detente!... Miguel, ¿es que te parecen pocos los quebrantos ya habidos?... Miguel, ¡Miguel!...

        Los quebrantos ya habidos. ¡Ay, pobre Catalina, cuánto ha sufrido con tu encarcelamiento en Sevilla! Y ahora, con vuestro ajuar, tan parco y menguado como el fardel de una bojiganga de retablillo, os veis camino de Valladolid, a casa de tus hermanas. ¡Y menudo mote tienen tus hermanas de mujeres del partido! Dime, Miguel, ¿cómo quieres que no ande desquiciada Catalina, si sólo con pensar en ellas, se le espanta el juicio? ¡Pobre Catalina!... En cambio, tú, tienes más hecho el temperamento a la desventura, y te resulta tan familiar que pocas cosas recuerdas de tu vida en las que no se halle presente la desdicha. Mas, cuando bien te contemplas, también te compadeces: manco, excautivo moro y cristiano, comediógrafo vacante, y poeta condenado a las puertas del Parnaso, sin licencia ni visos de tenerla para traspasar su umbral de fama y regalías.

        Sí, en ese aguardar desesperado e irremediable ante el vano de la celebridad, te semejas a los menesterosos que tantas veces has visto rondando por las Gradas de Sevilla, con la mirada codiciosa en las joyantes prendas que allí se subastan; ésos mismos que luego, arrebujados contra la Puerta de la Aduana, se quedan absortos, amargos y soñadores en el trajín de las galeras y de los bergantines, que en la vieja Atarazana alfonsina, receban su bastimento, mientras descargan sus tesoros coloridos y prodigiosos de esas tierras que dicen promisorias de Jaujas y Dorados en abundancia, y donde, por más que quieran, estos miserables embelesados no pisarán jamás.

Esa mirada inflamada de envidia rancia y carente del vigor fiero de la pasión que ponen los pedigüeños, los tullidos y los baldados en la dársena del Guadalquivir, esa mirada desconsolada y sabedora de que sus carnes, por más que sus almas los espoleen a embarcar, no aguantarían ni la travesía hasta las islas Afortunadas, también se te pone a ti, Miguel; bien lo sabes. Esa mirada asoma de tus ojos las noches que te desvela el reconcomio y vagas por los contornos del lecho, mientras Catalina, ¡la pobre Catalina!, ya ni se mueve, porque se ha cansado de rogarte que vuelvas a la cama y dejes de atormentarte con tu malaventura. Y cuando el alba enturbia la ventana y se te eriza el espinazo, cuando te has sangrado de rabia los labios, entonces te consuelas con la esperanza de que algún día mudará tu suerte; pero, ¿cuándo?

¿Intentarlo?, ¡vive Dios, que lo has intentado todo! ¿Quién te lo puede reprochar?: ¿acaso no te alistaste al tercio de Moneada para ganar fama y fortuna? Y perdiste una mano. ¿Y acaso no fuiste distinguido como capitán por don Juan y por el Duque de Sessa? Y te costó el recelo musulmán y su estrecha vigilancia. ¿Y acaso, a tu regreso de Argel, no has servido a nuestro señor don Felipe, que Dios haya en su gloria, arriesgando el pescuezo como espía en Orán? Y ni siquiera te compensaron con una encomienda en las Indias cuando la solicitaste. ¿Y luego, cuando te viste con una familia que alimentar, no has probado hacerte rico lo mismo que tantos otros que, a cubierto de los blasones reales, amañan los despachos y trampean las albalás, amasando una fortuna que les permite fundar casa y dote? Sí, ya lo sé, y tus huesos dos veces dieron contra las losas del calabozo...

¿Y escribir, Miguel? ¿Por qué no vuelves a coger la pluma? Tu maestro, don Juan López de Hoyos, la ponderaba en mucho, y el cardenal Acquaviva no la consideró en menos.

¡Vuelve a la pluma y al papel, Miguel! Allí eres rey porque nada te acucia, cuando tu ingenio, palabra tras palabra, va alzando gracias y lisonjas, enredos y añascos, amores y aventuras de tablado; entonces, el mundo, esa fiera que tantos zarpazos se ha complacido en enviarte, deviene un rumorcico lejano y vagaroso, incluso, plácido y ajeno como la siesta ronroneadora de un mastín junto al lar...

Ya lo sé, Miguel, tu Galatea, que tan feliz y tan atinada se te antojó al componerla según el gusto más refinado, no te ha ofrecido los frutos que de ella esperaste; e incluso, ahora, te parece torcida, porque propone demasiado y en nada de molla concluye. A veces, te prometes redactar una segunda parte para enmendar el entuerto, pero, a penas tomas la peñola, te flaquea el seso al verte tan calamitoso; entonces, apesadumbrado y falto de voluntad, temes no arreglar nada, sino empeorar el desaguisado y cejas en tu empeño.

Pero es que lo tuyo no son ni los itálicos sonetos, ni los pastores amantísimos, Miguel; lo tuyo son las comedias. Hazme caso: vuelve a coger la pluma para los teatros; gustan más y te cuestan menos trabajos...

Ya sé: tus comedias, tampoco te aposentaron junto al gran Virués o al famoso Navarro, y menos, junto a tu admirado Lope de Rueda; además, te duele tanto que tan pocos apreciaran tu hallazgo de meter los pensamientos en escena para que los personajes cobrasen vera encarnadura. Pero, ¡ay, Miguel!, la mosquetería no está por las sutilezas, se place tan sólo con la risa; y ahí es donde estás desacordado con los tiempos. A ti no te bastaba con las bagasas, la soldadesca, los mercaderes y los demás ministriles que llenaban los patios; tú querías que tus escritos te granjearan el favor de los poderosos, y con esa intención, venga de meter hazañas y proezas en la escena: que si Numancia, que si Lepanto, que si los caballeros españoles penados en los baños argelinos; ¿qué más te quedó, Miguel?, porque ellos, los poderosos, ni caso...

Aun así, Miguel, las comedias te reportaron escudos para comer caliente y mudar de camisa las fiestas de precepto; cierto que eran pocos, cicateros de cobro y trabajosos de pluma, pero, ¡qué bien te sabían, Miguel! ¿Por qué no vuelves a las comedias, ahora que ni para pagar hospedaje tienes?

No me lo repitas, ¡que bien fresco lo tengo! Ya sé que no cuentas treinta años, sino unos fatigosos cincuenta, y que no andas libre y desenvuelto como entonces, sino que acarreas una familia; y una cosa y otra, tu edad y tu condición, son las cormas que te impiden volver a la birlonga de vivir entre comediantes, cazando autores prietos de escarcela... Pero escribir, Miguel, se te da de molde y te sobra ingenio, ¿o ya no crees que te sobre ingenio para conquistar los tablados?

Bajo estas tristes cavilaciones cabalgaba embozado en su pobretón herreruelo este fallido poeta bajo un aguacero sucio, gris y frío. Su jumento cabeceaba y su mirada se perdía por los eriazos y los barbechos pardos y enfangados; la lluvia, una pesadumbre; el horizonte, un páramo deshabitado; su destino, un lugarejo desconocido.

Y hoy, ¿qué locura te ha entrado, Miguel? ¿O acaso no lo es, ir a demandar razones a una aldea que ni conoces, ni sabes si es de allí hijo, aquel espantajo que, viajando a Sevilla, ha una gruesa de años, te sorprendió con sus desatinos y sus legislaciones caballerescas, en esa misma venta de Puerto Lápice donde acabas de dejar a Catalina? Sí lo es, y sin un adarme de duda. ¿Y qué esperas sacar de allí? Tampoco lo sabes. ¿Resolver esa novela que has empezado por lo menos diez veces? ¿No ves, Miguel, que esa novela siempre te pone al borde del delito? ¿No ves que ese escrito te ha hecho abominar de tu afición a las letras?

        Sí, ya lo sé: desde que estuviste en la trena, esa novela se ha ido acomodando en tus meninges y desbaratando cualquier otra empresa; nada te obsesiona más que ella, y a ella sólo fías tu suerte. ¡En mala hora fue parida por su majestad Monipodio! ¿No adviertes, Miguel, que nada bueno puede salir de ahí?... Una idea de Monipodio, ese emperador del garbeo, ese príncipe de los bajones, ese mariscal de los palanquines, ese canciller de los avispones, ese chambelán de los floreos, ese síndico general y gran auditor de todo hurto, galima y suceso avieso que, a intramuros y a so capa, alterase la vida sevillana… No, veo que no lo adviertes. Todo lo contrario; ¡bien vivo y respetado lo tienes en el magín!

Todavía lo recuerdas allí, en tu celda, tumbado sobre el fardo de bálago, displicente y refregándose ora el bandujo y ora las vergüenzas, hasta dejarse bien saciadas las picazones de ambos vientres; mientras tú, pegado al ventanuco, tratabas de aliviar aquella postración, atisbando un retal del trasiego de la calle Sierpes; pero era un retal tan chico que no daba más que para conscipar los alcorques y las espuelas, las alpargatas y los chapines, los escupitajos y las boñigas; aunque, de vez en cuando, surgía el milagro: el gracioso pregón de un mielero o de un lañador; y te sabía tan de dulce que, por un momento, te figurabas estar también en la calle, libre, viéndolos anunciar sus géneros.

        Y fue tras uno de aquellos alivios, cuando don Monipodio dejó de hurgarse las asaduras y te preguntó:

—¿Así que voaced os disteis a la poesía antes que a las cecas y los setes que, de un revés, os han traído hasta este aposento tan regalado?

—Sí, en tal oficio anduve por Madrid, hace ya algunos años...

—¿No se os debió dar muy de perlas eso de peñolear versos en la corte, si os mudasteis aquí, a Sevilla, y tomasteis un menester tan lejano a los rimados, como es ese de andar entre escribanos y almojarifes? —e interesado como estaba en la plática, el patrón de la fullería se incorporó del jergón.

—Sabed, maese Monipodio, que yo siento tanta afición por ese arte, que aún me considero poeta. Pero la poesía, siendo oficio de grande sustancia para el alma, es de poco sustento para el cuerpo, y en tomando esposa, me pareció más prudente buscar una ocupación que procurase antes el alboroto de la cocina, que el sosiego del espíritu. Y, en cuanto a la lejanía entre uno y otro oficio, considerad que tan distantes no son, porque ambos gastan las mismas herramientas: pluma y papel, y su labor se fija del mismo modo: la pulida caligrafía.

—Cierto, sor Miguel... —el jayán se rascó la barba meditabundo y dio dos o tres vueltas a la ergástula, y cuando tuvo los raciocinios bien acomodados, volvió sobre el asunto— ... ¿Y las comedias? ¿No probasteis suerte en este género? Porque yo tengo sentido que sus poetas se ganan bien el yantar; sus autores, para qué contarle a voaced; y en cuanto a mi gremio, nunca he escuchado queja de las córralas; todo lo contrario, son lugares generosos y pródigos como pocos.

—Muy distintas, maese Monipodio, resultan las comedias a nuestros pareceres y ocupaciones: mientras que, para vos, son un montón de bolsas bien dispuestas a acabar en vuestra capilla; para mí, suponen la persecución ingrata del autor, quien, tras mucho ruego y mucha queja y no pocos días de ayuno, tiene a bien aflojar las correas de su faltriquera.

—¡Válame Cristo, sor Miguel! En estando nosotros en el siglo, no debíais haber penado tanto; basta con una pequeña limosna para nuestra cofradía, y el autor prieto, generoso se torna.

—Conozco vuestras artes de persuasión, y no son de mi acomodo, maese Monipodio...

—¡Guardaos esos remilgos, sor Miguel, que se cuentan en muchas las gentes que me están muy agradecidas, y a las que zurcido muchos sietes, cuando ni guros ni justicias se dignaba siquiera a escucharlas!

—No lo dudo, maese Monipodio, que, en este mundo, la justicia es bien escaso y tan raro que, a menudo, se obra por manos muy extrañas a ella como son las vuestras.

—¡Ah, sor Miguel, las ayudas sean bien recibidas, vengan de donde vengan! —sentenció contento el hampón.

—Dependen de su precio.

—¡Contra, sor Miguel, siempre sobra en vuestras palabras la cautela!

—¿La cautela decís? ¡Ay, amigo, la que sobra en mis palabras, se echa en falta en mis actos, porque ya veis dónde y cómo me hallo!

Entonces, te viste tan horro de fuerzas que te sentaste en rincón; tenías las lágrimas al borde mismo.

—¿Me permitís una conseja?

—La venia tenéis —suspiraste.

—Se me antoja que voaced debiera haber alumbrado un romance de esos llamados de caballerías que tanto gustan a los nobles y a los ministriles por imitación d’éstos. Seguramente, si el seso y el metro no os flojean como decís, os hubiese llovido fama y prebendas desde las alturas, y a estas horas, ¿quién sabe?

—Sí, maese Monipodio, de haberlo pensado sin pasión y por amor sólo de los numos, debiera haber tentado este género tan vetusto y reconocido pero, ahora, todo mi menester literario es agua pasada que no ha de mover ni un tantico así mi presente tártago...

—¡No os acongojéis, sor Miguel, que es cosa contagiosa en esta coyuntura, y mal saldremos de ella si todos enflaquecemos el ánimo!

¡Cuánta razón llevaba don Monipodio!, ¿verdad, Miguel? Si hubieses compuesto un relato a semejanza del Tirante de Martorell o del Orlando de Ariosto, que con tanto provecho leíste en tu juventud, quizás ahora los laureles coronarían tus sienes en vez de calvo bonetillo, y, cuanto menos, lucirías relumbrante venera en el pecho y no este de herreruelo tiñoso que malcubre tu espalda, y bolsa cubierta y lustrosa colgaría de tu pretina, en lugar de esos cuarenta reales que te suenan tan huérfanos como huidizos. Pero no; no se te ocurrió porque esas novelas, los Amadises y su parentela de Esplandianes, Belianises, Palmerines, Olivantes, Florismartes, Galaores, Lancelotes y Galvanes y todas sus cortes de Artuses y Carlomagnos juntas, te parecieron a tu vuelta a España tan enrevesadas y falsarias, como embaucadoras de imberbes jovenzuelos que, como tú, corren a alistarse a la primera asonada de tambor, figurándose que volverán del combate de acontiados duques de la Arcadia, muy peripuestos para pedir la mano de una princesa.

¡Ay, Miguel, qué gran desengaño! En tus carnes puedes ver las glorias del botín de la caballería: de tomar mano blanca de princesa, te tomaron la siniestra con un arcabuzazo negro y berberisco, y de volver duque cristianísimo y espejo de heroicidades, a esclavo de un baño turco y a palestra de corbacho, te viste arrojado...

Ya lo sé, no refunfuñes: nada hay en ti más digno de respeto que tu zurdo muñón, sostén de tu hidalguía en los peores y más feroces momentos con que la vida te ha envestido. Aunque viéndote, como en aquella ocasión sevillana, reo de mazmorra, pensaste que de qué te vale servir a Dios y al rey hasta caer herido y exhausto, si acabas con las carnes tronchadas y desamparado, como tantos otros vueltos de Flandes que enseñan sus lisiaduras de claustro en claustro, de torno en torno, de atrio en atrio como única y malhadada forma de acallar los rugidos de sus tripas, sin merecer cobijo de la corte y ni del rey, al que defendieron estragando su propio cuerpo.

Y no creas que me contradigo al darle ahora la razón al barbián de Monipodio, no. Monipodio llevaba razón al demandarte un libro de caballerías, porque él la concebía tal como se conocen, y no ese extraño barrunto tuyo que, por más que empiezas, no sabes continuar sin presentir cerrarse a tu alrededor la siniestra sombra de la cárcel. Pero, ¡ay!, Monipodio dejó escurrir una idea malévola, y tú, odiando como odias esas novelucas, y desengañado como estás de la pompa y sus vanidades, la cazaste al vuelo; ¿te acuerdas, Miguel?

—Sabed, sor Miguel —prosiguió Monipodio por ver de levantar tu ánimo—, que a mí se me antoja que un Lanzarote de ésos tan relamido como los que muestran los libros de caballerías no le dura a mis Doce Pares ni el decir de un credo: en menos que se piensa lo dejamos sin caballería, orden y armas; y si a mucho llega su descuido, le almonedamos la ínsula y el castillo en las Gradas.

—Veo que estáis versado en dicha literatura.

—¡Y tanto, sor Miguel, y tanto! Antes de priostar el gremio murcio, fui criado de casa muy principal, donde buenas horas tuve que escuchar en voz de los jóvenes Guzmanes, Enríquez y Cobos, por no entrar con familias de menor prosapia, que pretendían a las hijas de mi señor, toda esa ristra de disparates y sandeces de la caballería, porque aquellos galanes tenían por costumbre leerles estos novelorios en el estrado para deleitarlas. Y observe voaced una cosa, que aún hoy, me tiene asombrado: a ellas, toda esa reata de mentiras y pamplinas, en vez de aburrirlas o antojárseles ridículas, les ponían los ojos igual de transidos que a mis protegidas, la Cariharta o la Escalanta, se los pone la turbación rijosa.

—¡Válame Dios, qué cosas decís, maese Monipodio!

—¡Por Cristo que no miento, sor Miguel, que aquello era muy digno de verse! Aunque a veces, grandes trabajos me costara aguantar la risa, al escuchar el coro de desazonados suspiros con que acompañaban mis damitas cada declaración de amor de este Palmerín o de aquel Galván...

Y como por arte de magia, la faz de aquel gran garduño se endulzó con la evocación de sus años mozos. Sus pasos juanetudos llevados de ésta y otras vivencias de cuando aún no administraba gremios y cofradías, le hicieron medir la celda dos o tres veces hasta que, con una sonrisa tan bonancible como rara en su rostro ferino, añadió:

—¿Se imagina, sor Miguel, a un paladín de ésos de la altisonante caballería, entrando por la Puerta de la Aduana con el muy esforzado propósito de encauzar esta dislocada Sevilla hacia el recto gobierno?

—No, maese Monipodio, pero de suceder, sería cosa admirable, que pondría al descubierto y en fuga a muchos fariseos...

—¡Ca, sor Miguel, qué fugas ni qué fariseos! Si el famoso Amadís entrase en esta ciudad, por más de Gaula o Maula que sea, no llegaría vivo ni al toque de oración, y de llegar, ¡vive Cristo!, que sería más por obra de milagro que por industria de armas y arrojos de su valor. ¿No adivina voaced que si el Santo Oficio no lo metía antes por majadero en alivios de verdugo, en menos que se piensa, lo dejaban mis Doce Pares tan baldado y desposeído, que ni en la orden de los capigorrones encontraría asiento?... ¡Ah, sor Miguel, seréis muy docto en componer piezas de tablado, pero aún andáis doctrino en la comedia de la vida!

—Al escucharos, tal me parece, pero decidme: ¿quiénes son vuestros Doce Pares a los que tan infalible fortaleza atribuís, maese Monipodio?

—Son la flor de mis trámeles, ¡qué digo trámeles!, son mis hijos más amados, y aun más, mis oídos, mis ojos, mis manos y mis pies, que en todas las esquinas, tabernas y ferias velan, para que nada del negocio escape a mi tutela; en ellos descansa mi vida y fortuna, y tanta estima les tengo, que no pasa día que no diga una oración a Nuestra Señora para que los libre de caer en estas setenas en que voaced y yo nos vemos.

—¡Veo que mucho les debéis y no con poco les pagáis!

—¡¿Qué decís, sor Miguel?! ¡Que por ahí me herís! —exclamó mientras su rostro demudaba en espanto.

—¿En algo os he faltado, maese Monipodio?

—¡Sí, y gravemente! Pues debe sabed voaced que en cuestiones de pagos, es donde mis Pares y yo siempre estamos desacordados.

—Os pido mil perdones, maese Monipodio, por mis sandias palabras.

—Bien recibidos son, y no mencione voaced más las sumas y restas que en mi cofradía son asunto enojoso y mi actual tormento, porque estando aquí celado y mi rebaño sin pastor, el mal de la coima lo acecha como lobo carnicero... ¡Ay, sor Miguel!, solamente porfío en que aguarden a mi llegada para ajustar ganancias... Por las noches, cuando dormís, velo penando que si, acuciados por alguna apretura, saldan cuentas sin mi ecuánime presencia, no sería raro que brotase entre ellos la cizaña, y de resultas, la cofradía se deshiciese, ¡Dios no lo quiera! —y alzando los ojos al techo, se quejó— ¡La obra de toda mi vida, el sustento de mi vejez, convertida en cenizas volanderas!...

—Sosegaos, maese Monipodio, que pronto, si ese escribano al que abrigáis con tanto cuidado el riñón no os falla, en la calle estaréis.

—-¡Dios escuche vuestras santas palabras, sor Miguel! —y sacó un pañizuelo bisunto y tieso como un muerto, con el que secó sus lagrimones y donde descargó con abastanza las napias.

Y cuando viste retornar la serenidad a su cara, si tal estado podía hospedarse en aquel rostro barbinegro, cejijunto y de mirada escondida, que sólo asomaba para refulgencias terribles, preguntaste otra insensatez:

—Maese Monipodio, ¿cómo no se os ocurrió dejar un rabadán al cargo de la majada para evitaros estas tribulaciones?

—¡¿Rabadán decís?! ¿No sería mejor llamarlo cuatrero? ¿O acaso no se os ha ocurrido que al verse cualquiera poseedor de mi cayado, no dudaría en apoderarse del pesebre?

—No, cómo les dispensáis tanta confianza...

—A todos juntos y en concilio, sí; pero no a uno en solitario, por más que de albacea se presente... Sabed que así se vigilan unos a otros, y los reales van todos a la tinaja común hasta que yo llegue, para proceder a las particiones; ¡qué no es operación fácil! Hay que escuchar a las partes y sopesar los trabajos empleados en su ganancia, luego pedir conformidad a los presentes y sofocar las querellas que salten, y una vez todo el mundo bien desembarazado de pleitos, proceder con la soldada.

—Me sorprendéis, maese Monipodio: si el gobierno es tan justo y administrado como lo pintáis, ¿por qué habría de truncarse?

—¡Porque son muchos, el tiempo pasa y la tajada es gustosa!

—¡Razón os sobra, maese Monipodio! En habiendo tiempo, hay mudanza de pareceres!

—¡Y sequía de caudales, sor Miguel!

Entonces, aquel gran sacre se apoyó contra el muro y sus ojos buscaron el pedazo de calle que se colaba por el ventanuco; suspiró aligerando en algo el pesar de sus cuitas y se quedó corrido, meditabundo y tácito. Al verlo así, flojeándole la barbacana, pensaste que era el momento propicio para tirarle de la lengua, porque su alma y tu curiosidad te lo agradecerían.

—Me placería, maese Monipodio, conocer los nombres de vuestros Doce Pares y algo de sus aventuras, porque estoy persuadido que han de resultar muy sabrosas para argumento de comedia, y, ¿quién sabe si no ha de ser uno de vuestros hábiles ahijados, quien atraiga a Fortuna junto a mi vera, con la representación de las mismas artes que utiliza para poner a la casquivana diosa a vuestro servicio?

—Debéis de saber, sor Miguel, que me está prohibido revelar estos pormenores por juramento de cofradía, porque a nadie escapa que lo que dice la lengua paga la gorja; pero tratándose de voaced, cuya discreción me ha quedado más que probada durante toda esta gemonía, me permitiré alguna licencia perjura. No mucha, es cierto; pero la suficiente para que os resulte inspiradora en vuestro menester, que si sois ducho en las letras y no os falta ingenio, ya sabréis apañaros con mi limosna. Os daré los remoquetes y las especialidades de mis doce paladines, que doce son y maestros en su oficio; aunque, sor Miguel, respetad que no entre en trabajos particulares por si las paredes tienen oídos, y, en cuanto a sus veros nombres y linajes, no se toman en el libro de la hermandad, ni resultan provechosos para los cofrades hacer uso de ellos; por tanto, los desconozco.

—En mucho considero vuestra merced, sabiéndola quebranto de vuestra sagrada ordenanza, y en deuda os quedo de por vida.

—Descuidad que en su momento os la demandaré.

—Y gustosamente será saldada.

—¡Ea, no nos enredemos más en cortesías y vaya ahí el catálogo de mis hijos muy amados! Comenzaré por Tagarete, centinela de mi casa, búho de mis sueños y mi sombra a todas horas del día; seguiré con Manifierro, que tal nombre tiene por gastar de este metal la zurda desde que se le quedó a cercén puesta en picota, para ejemplo de vecinos y caminantes; es hábil con los pistoletes y certero en la esgrima y, a oscuras, luce estocada mortal que todavía no conoce burlador. Detrás del siniestro de hierro, tengo en rango al gran Chiquiznaque, secutor de cuchilladas silenciosas y raudas como flama de tea, y os juro que en toda Andalucía no se encuentra quien comparársele pueda en el arte del chirlo. En sus encargos gusta acompañarse de Desmochado, cuyos golpes con clava son dignos de Hércules, y muchos son los lisiados de esta ciudad que os darán testimonio del cumplimiento de sus trabajos. Tras estos bravos, mi estima recae en Repolido, vigilante de las casas llanas, llamado por mis izas el Marinero de Tarpeya o el Tigre de Ocaña por su cólera desatada, cuando son pilladas escamoteando un maravedí a la caja de la hermandad. Repasados ya mis bizarros, toca el turno a mis avispones, a cuya cabeza se aúpa Narigueta, mote que le viene de su apéndice, que no es romo porque ni existe: gástalo de cuero, pues perdiólo de novicio cuando fue sorprendido con un retén en la manga, y recibió como triunfo un tajo que sacóselo de la cara. Narigueta de coro conoce las esquinas y los cornijales de la ciudad, para tender encuentro o salir de naja sin ser sentido y ni tan siquiera visto, y además, tiene tal memoria que no hay casa grande ni palacio que resista su nocturno inventario. Síguenle en poderes y sabidurías, Centopiés y Renegado, cuya labor se fabrica en las hospederías y postas, y cuyo arte es el embeleco de los tunos que van para las Indias o de los peruleros que vuelven de ellas, y tal es su olfato y vista que rara es la ceca que, de paso por Sevilla, no tienten y caten, tomando como alcabala lo que sea menester para las arcas de la cofradía. En estos mismos terrenos y aun hasta las marismas, labora Lobillo con su naipe cargado de artimañas, que, viendo mercader desavisado, tráemelo con falsas ganancias hasta la misma puerta de mi obrador, donde rinde el santo portazgo por su pecadora codicia y sale penitenciado y en paz con Dios. No piense voaced que son los mercados terrenos de pecheros para nuestra orden; desde la Carnicería a San Salvador, pasando por las Gradas, los jueves por la Feria y los viernes por la Pescadería y la Costanilla, tiene presencia nuestra hermandad con Ganchuelo y sus esguízaros, cuyos estipendios se cobran por lo menudo con el arte bajamanero. En cuanto a la dársena y la Torre del Oro, son distritos compartidos por Rinconete y Cortadillo el Bueno; el primero es clavel del floreo, lince para el humillo, lobezno en boca de lobo y jabalí para el colmillo, que compone un tercio de chanza tan del gusto del de Córdoba, que hasta hoy no se le conoce muro sin astillar. Otro canto gasta Cortadillo, pues usa del atentado mete dos y saca cinco, disimulado con plañideras bernardinas, tan ingeniosas y de tanto efecto, que a las damas y a los navegantes dejan partido el corazón y la escarcela boquiabierta; también gasta oídos de lechuza y marca los géneros en la bodega sin haber tomado tierra. Y hasta aquí llega, sor Miguel, la relación de mis Doce Pares que por contrato apuntado y sin grandes costas, os remediarán todo lo que tenga remedio, y aun más, porque también la cofradía cuenta con hermanas torneras y hermanos legos duchos en alcahueterías del virgo, santidades numismáticas y alquimias judaicas.

Quedaste tan admirado de su reino, que todavía sus palabras te brincan por la sesera, y le tomaste tal confianza y afecto después de su sabroso catálogo, que los dos días más que compartió contigo calabozo, se te pasaron raudos y divertidos en sus recuerdos del gremio y sus enseñanzas del naipe burlador. Con una baraja zarrapastrosa y maltrecha, le viste hacer miles de trampas, preparaciones y conchabeos, que tú repetías con tus torpes, nuevas y fervorosas manos de aprendiz, y que si no has usado en los momentos de mayor apretura, ha sido porque Dios no te adornado con la presteza de pulso que tal oficio, como el del músico, requiere.

Pero, ¡ay!, la segunda mañana, sin aviso, se presentaron los corchetes y se lo llevaron. Aunque antes, mientras le ponían los cepos, te dijo:

—Sor Miguel, hágame caso: componga un Palmerín o un Florismarte que tanto gustan al vulgo y a la nobleza, y verá como tal caballero le saca a lanzazo limpio de la necesidad. Sólo le ruego que si voaced sigue mi conseja, métame en la novela vestido de rey Artús o de mago Merlino, para que no se borre mi nombre con el polvo de los cementerios.

—¡Vamos, que el verdugo con afán te aguarda! —le empujó un guro.

—¡Quedad con Dios! —sopló mientras te daba la espalda.

—¡Él os guarde! —le respondiste afligido.

Y su corpachón, entorpecido por las cormas, se perdió por el vano tenebroso seguido de los esbirros; tras ellos, el portazo y el chirrido de los cerrojos. Entonces no lo sabías, pero nunca más lo volverías a ver.

Días después, liberado de la cárcel real, buscaste a Ganchuelo por los mercados. No pocas averiguaciones te costó dar con él: todos los placeros fingían no conocerlo; sin embargo, siempre lo tuviste delante, y tropezaste con él no menos de tres veces, mientras preguntabas en este puesto o en aquel bochinche. Tal precaución, primero te incomodó, luego, te inquietó; pues bien a las claras se veía que, uno tras otro, los dueños de los puestos te mentían y lo ocultaban con temor. Así que cuando el mismo Ganchuelo se te presentó bien resuelto, te sobrecogió y diste un respingo.

No era más que un mozo, pero no un mozo cualquiera, su mirada, ¿verdad, Miguel?, era tan impasible, aguda y rápida como la de los berberiscos más sanguinarios que conocieras en Argel, y su gesto displicente, perezoso, gatuno y al momento, tenso como un arco de combate, te atemorizó durante todo aquel breve encuentro.

Al principio, Ganchuelo se requebró en melindres y divagó sobre esto y aquello; luego, emprendió una curiosa plática, que embozaba un minucioso interrogatorio sobre cuáles eran tus intenciones; y, finalmente, seguro de que tu pesquisa concernía sólo al paradero de tu antiguo compañero de celda, te hizo saber la noticia: Monipodio no soportó el primer desconcierto, y en el potro se quedó más tieso que un leño.

—¡Quién se lo podía imaginar! —pensaste echándote para atrás— ¡Aquel gigante tremebundo!, ¡aquella fortaleza se derrumbó como las murallas de Jericó, sin presentar resistencia!... ¿Y si estuviera corroído por un mal que guardaba para sí? Seguramente, y de ahí su renuncia constante a nombrar los tormentos...

Entonces, el postrero mentar monipodiesco del cementerio te supo a premonición, y el corazón te dio un vuelco y la piel erizósete toda.

A partir de aquella tenida con Ganchuelo, el consejo que te diera Monipodio de escribir un romance de caballerías, te fue creciendo y creciendo, y persiguiendo cada vez que tomaste la pluma; incluso te entorpeció el soneto para el túmulo de nuestro señor don Felipe que tanta consideración te ha traído:

—¡Una novela de caballerías! ¡Escriba voaced una novela de caballerías, sor Miguel! —oías su voz en los silencios de tu casa, en los despachos, en todas partes donde tu pluma se hundía en la tinta.

¿Pero cómo vencer tu repulsión a ese género tan embaucador y falsario? ¿Y cómo convertir a Monipodio y sus Doce Pares en los paladines de la Mesa Redonda?...

Pasaste semanas con el seso azuzado por esa obsesión, pero al fin, creíste dar con la respuesta. Tomaste de tu biblioteca un libro que en mucho consideras, a pesar de lo peligroso de su lectura, y que te venía de molde para añudar un mundo con el otro: la caballería con el garbeo. Era la meritoria Tragicomedia de Calisto y Melibea, donde los amores cortesanos y las artes truhanescas entran y salen como Pedro por su casa, en tan buena armonía y tan acertada combinación, que no hallarías mejor guía para tu propósito. Y así, conducido por la Tragicomedia, decidiste componer una novela donde Monipodio sería tal cual, y Amadís como quedó escrito, y la liza entrambos mundos no cedería ni un adarme del ensueño de Monipodio: Amadís entraría en Sevilla con el fin de enmendar todo entuerto que hallase en la ciudad, pero se encontraría con la cofradía de la galima, y tal sería su desventura, que tras pasar por la oficina del verdugo, acabarían sus quebrados huesos en un hospital de pobres.

No se te escapó nunca que algo parejo al fracaso de tu propia vida encerraba la peripecia del caballero, aunque la compondrías tan fabulada, jacarandosa y alborotada que cualquier lector sacase una enseñanza, fuera cual fuera su condición y su saber. ¡Ah!, ¿y el endecasílabo? Por primera vez, decidiste expulsarlo de tu pluma, y con él, a los pastores y a las selvas melodiosas: la aventura del Amadís en Sevilla sonarían tal como la tragicomedia está escrita; en la lengua que se escucha por las calles, las tabernas, los azoguejos, los estrados y las cortes, sin florituras ni recursos, sencilla y ajustada a la alcurnia del personaje que hablara. Y para cumplir tal empeño, por costanillas enrevesadas, por callejones tenebrinos, por corsarios bulliciosos y por ramerías salaces, sitios todos tan caros todos a la madre Celestina y donde ella fue maestra admirable, pusiste a trajinar y a escuchar a tu imaginación y a tu oído.

Pero he aquí que metido en la redacción de la novela bufa, aunque con una lengua menos escarnecedora que la usada por su modelo, la Tragicomedia, te diste con la iglesia y con el rey. Sí, a poco que tu pluma y tu ingenio galopaban a sus anchas por rincones oscuros y tapias azarosas, casi como corceles por la dehesa, el pudor los frenaba y engallaba, porque cada pasaje de tu novela te conducía desbocado hacia lecciones tan amargas y descreídas, que podían llevarte ante el Santo Tribunal por hereje y vituperador del rey, y verte de nuevo entre rejas, pero esta vez con la loba cerrada del sambenito.

Entonces vi como, una y otra vez, arrojabas las hojas al fuego enrabiado porque si la belleza del discurso no era alta y admirable, sí lo era su enjundia, y osadas, a fuer de justas, sus consecuencias. Durante aquellas cóleras tuyas, yo te susurraba, una y otra vez, lo mismo que hoy: Miguel vuelve a los tablados, que allí simularás mejor lo que aquí tan claro expones. En las comedias, mediante líos y burlas de amantes torticeros, maridos cornudos y justicias sobornados, todo discurrirá más ligero sin perder un ápice de las muchas y sabrosas lecciones que pretendes dar. Pero tú, no; tú volvías con renovados bríos sobre tu novela para nada, para decir siempre que en el combate entre lo justo y lo injusto, sale malparada y lisiada la bondad, y premiada y reconocida la trapacería; y que nadie en el reino escapa a este malévolo juego. Y, entonces, vuelta a arrojar los papeles al fuego.

Y así, preso del argumento monipodiesco, y devanándote los sesos sin encontrar cauce sutil y discreto para sus consecuencias, has pasado dos docenas de meses sin escribir nada y dándote, de nuevo, por poeta difunto, hasta hoy; cuando te ha asaltado, junto al hogar de la venta, el recuerdo de aquel hombre seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos disparatados, que os salió al paso a tu familia y a ti, aquí mismo, en Puerto Lápice, viajando, hace doce años por el camino contrario hacia Sevilla, para tomar posesión de tu cargo de proveedor real de la Armada. Y su figura enjuta y contristada se ha apoderado de todo.

¿Acaso crees que sea la solución a tus cuitas?... Quizás, me contestas, y con esa respuesta tan vaga, te das por conforme, y sigues cabalgando hacia ese lugar donde no es seguro que ya nadie lo recuerde.

Pero tú sí lo recuerdas, Miguel: aquel tagarote que se te antojó un Godofredo de Bouillon o un san Bernardo de Claraval, aposentado en el corazón de la Mancha. Estaba aquí, en el mismo patio de la venta, donde acabas de dejar a Catalina llena de súplicas para que contuvieras tus intenciones; estaba aquí sentado sobre un escabel, rodeado de arrieros que le seguían la chanza regocijados. A su lado se apilaban sus armas en buen orden: adarga, almete, lanza y coselete, mientras la espada le pendía de la charpa casi llegando al suelo; delante tenía el bufetillo con el recado necesario para levantar una leva, que era, ni más ni menos, lo que estaba haciendo.

—Es el hidalgo Quejana, vecino de una aldea de los contornos —te respondió el ventero—, que le ha dado por fundar una orden de caballería, como la de Calatrava, para defender estas tierras de la invasión de los herejes, que, según él, en breve veremos aparecer por el horizonte.

—¿Y son los arrieros a quienes inscribe en su orden como si fuesen hijosdalgos, condes y duques?

—¡Y a quién si no va encontrar por estos parajes! —te respondió de nuevo el ventero cachazudo.

—En verdad que son los únicos, salvo los porqueros, que por aquí se atisban.

—Y sepa vuesa merced —prosiguió el ventero espoleado por tu cara de curiosidad—, que el retablo no queda en pluma y papel de alistamientos; de amanecida, les toma juramento y los nombra caballeros en medio de grandes y devotos rezos. ¡Quédese, vuesa merced, a pasar la noche y verá que no miento sobre la chanza!

—¡Válame Dios, qué disparate!... ¿Y los arrieros, cómo se lo toman?

—Como los tengo advertidos, porque la ocurrencia dura semanas, pues a burla; pero no crea vuesa merced, que al principio del descarrío, aparecieron unos mercaderes murcianos que traían prisas y no estaban para pantomimas, y ante la insistencia altiva y desafiante del orate, se armó una zaragata de palos para dar y sobrar, y que dejaron al hidalgo Quejana dispuesto para los óleos.

—Y después de tal tunda, ¿ha seguido pertinaz en su empeño?

—Allí lo tiene vuesa merced, y eso que lo llevamos hasta su casa y les prevenimos que lo tuvieran vigilado, pero a la semana apareció de nuevo con el mismo disfraz de cuando la toma de Granada, afirmando a voces que está era su Jerusalén y fortaleza, donde fundará la más heroica, y no sé cuántas cosas más, orden de caballerías que han visto los siglos desde el Temple.

—¡El Señor nos coja confesados!

—Eso me digo yo, porque con los locos nunca se sabe, y un día se le tuerce el genio y la emprende a mandoblazos con la concurrencia como con los murcianos, y de ésa dejamos todo este valle de lágrimas sin tiempo siquiera para persignarnos.

—Y a fe que parece pacífico y entretenido en peñolear.

—Porque vuesa merced no lo ha visto dando voces y cabalgando por la llanada, ¡que da tales lanzazos al aire, os lo juro, que espantarían al mismísimo Duque de Alba! Aunque estos arrebatos le cogen muy de vez en vez, sobre todo, cuando sopla el viento y se levanta la polvareda; entonces dice que la tolvanera es el ejército de Miramamolín y del gran Solimán que viene ya, y que no sé qué pacto mantienen con la gran meretriz de Inglaterra para arruinar a nuestro señor don Felipe y a la Cristiandad entera, meternos a todos cautivos y después tornar Roma en Sodoma.

—¡Jesús, qué blasfemias!

Pero como en la venta no había aposentos para hacer noche, seguiste tu camino hacia Sierra Morena; no sin antes intercambiar, bien fuera por curiosidad, bien por cerciorarte que el ventero no mentía, unas palabras con aquel raro y descarriado cruzado; ¡y vive Dios que no mentía ni un tantico así el hospedero!

Simulaste ante el loco ser el canciller de su majestad cristianísima don Felipe. Al oír tal título, se alzó de su escritorio de reclutamiento y te saludó con una reverenciosa zalema; tras la que te dijo:

—Agora sabed y comunicar a nuestro rey, señor chanciller, que gracias a mi nueva orden de caballeros, ni hombre ni ejército pisará estas tierras de ninguna manera hasta que rinda pleitesía y juramento a Nuestro Señor y a su majestad, porque mis caballeros muy custodiados tienen todos los pasos, puertos y caminos de la Mancha: desde la polar al mediodía y desde el orto al ocaso, a su ojos, oídos y armas, nada escapa; y en cuanto a su valor, nadie puede torcerlo porque tienen ofrendado juramento a Dios Nuestro Señor, que antes han de morir en el empeño que abandonar su vigilancia.

—¿Y en tan grande peligro estamos para tomar tan celosas precauciones?

—¡En mucho y muy grave! Sepa vuestra ilustrísima que yo he conocido, ha meses y por una casualidad, el desastre que nos tiene preparado el Gran Turco.

—¿Cómo fue saber tan grande revelación? —preguntaste al orate.

—Reposaba yo en la taberna de mi aldea con un cuartillo de vino delante —comenzó su relato el hidalgo muy confianzudo pero no falto de cierta solemnidad en su acento—, cuando sentí un conciliábulo de dos espiones en la mesa de al lado; ambos debían ser réprobos elches, porque en nada se advertía su condición morisca. Y escuchando atentado lo que el uno al otro confesaba, colegí la tropelía que ha urdido el gran Solimán. Lo diré de un modo breve para no fatigar a vuestra ilustrísima: estando avisado el Gran Turco que nuestra armada zarpará pronto contra Inglaterra y nuestros mejores tercios se hallan de campaña en Flandes y en Italia, desembarcará por Levante pillando desprevenido al reino de Murcia o Valencia, que decidido aún no lo tenía, y luego avanzará por la desarmada Castilla con un gran ejército hasta la corte, donde dará muerte a nuestro señor don Felipe, y, aprovechando el desconcierto, quedará dueño de España.

—¡Oh, qué gran bellaquería! —exclamaste satisfaciendo sobremanera al loco Quejana.

—¡Vive Dios que lo es! Espero que prevengáis al rey y al gran almirante de Castilla de lo que se prepara, para que fortifiquen los puertos y las plazas de Levante, no zarpe la armada y regresen los tercios.

—¡Descuidad que presto envío correos dando alarma!

—Mientras, yo seguiré aquí reclutando caballeros cruzados, porque ya habréis adivinado que por aquí, por la Mancha, han de pasar obligadamente y, aquí, en tanto nos reste una gota de sangre y un soplo de aliento, les hemos de contener hasta la llegada de nuestros ejércitos, que eso hemos jurado poniendo a Dios por testigo y nuestra salvación eterna como prenda de nuestra empresa.

—¡Tan alto es vuestro servicio que no encuentro cómo podrá corresponderos España, el rey y la Cristiandad! —le elogiaste abrazándolo y haciéndole una grandísima reverencia.

Y como respuesta a tu agasajo, cayó de hinojos y con los brazos en cruz exclamó:

—¡Nada para mi quiero, sino para mi recién fundada orden de caballerías! ¡Os ruego pidáis la merced a su majestad y al Papa de que la reconozcan, para que todos mis caballeros, que como andantes están por su voto ya dado, pasen a profesar de regular a la vista de los hombres, que a los ojos de Dios ya lo hacen! —y de dentro de su ropilla extrajo un manojo de papeles donde estaba redactada la Muy Cristiana Regla de los Caballeros de Montiel.

Tras ojearla, no sin jocunda curiosidad, le tendiste la mano alzándolo del suelo y, tras abrazarlo, le contestaste:

—La aprobación de esta justa regla y un maestrazgo para vos he de solicitar en la corte, y sabed que en esta tarea tan principal comprometo mi honor de caballero, ¡antes moriré que no recompensaros cumpliendo lo que he prometido! ¡Empeño ante vos mi palabra, don Alonso!

Y viste como una lágrima regateaba por su pómulo seco y afilado; el corazón se te estremeció y te avergonzaste hondamente por llevar la farsa hasta aquel extremo.

Sin duda fue por esa mala conciencia con que quedó grabada esta comedieta en tu mollera, por la que tentaste borrarla de tu memoria, o cuanto menos, no mencionarla nunca más; porque, sobre su locura, reconociste en aquel hombre la virtud que tanto escasea en nuestro mundo.

Y ya ves, Miguel, hoy al pasar por aquí de nuevo, camino de Valladolid, te ha asaltado su recuerdo y el de tu palabra empeñada en aquella quimérica promesa. Y en ambas cosas, en tu mentira y en su bondad, has presentido la solución a tus cuitas novelescas; y sin mediar palabra ni explicación, has ensillado el jumento y has cruzado los campos de Montiel bajo un aguacero inclemente y traidor. Sí, hoy has reconocido en aquel hidalgo al Palmerín, al Florismarte, al Amadís de nuestro tiempo que será zaherido por Monipodio y sus Doce Pares. ¿O mejor sería decir trece? Porque tú, Miguel, sumas el decimotercero, ¿Acaso no te aprestaste como bellaco a la chanza hace una docena de años? ¿Acaso no empeñaste falsamente tu palabra en la aprobación de su regla? ¿No pretenderás ahora que esa novela, que no empiezas porque no sabes cómo continuar, sea también el modo de cumplir tu palabra?

        Y compungido por estas cavilaciones y azotado por el agua y por el frío, entró el escritor en el lugar. Atravesó la primera calle; estaba desierta y con candados echados; más en la segunda, dio con un muchacho que amaestraba un gozquezuelo ceniciento y rubio al abrigo de un muladar. Y ambos, tras un breve coloquio, se encaminaron a la casa del bachiller Pero Pérez, cura de la aldehuela y compadre del hidalgo Quejana, aquél que quisiera fundar, hacía doce años, una orden de caballerías para defender Castilla de la invasión del Gran Turco.

        Y ya estaban allí, en el zaguán de la casa rectoral. El zagal miró al escritor con su rara sonrisa helgada. Se le notaba satisfecho por el servicio prestado; apenas estaba mojado. Muy al contrario, el escritor chorreaba por todo su jubón y sus calzas; le había dado su flaco herreruelo de buriel al ama del cura para que se lo pusiese junto a la lumbre por ver de secarlo, y ésta, le había traído una manta para que remediase, en lo que pudiese, las calenturas que le amenazaban.

El cura tardaba, lo habían pillado en la siesta.

—Muchacho, ¿cómo te llamas? —preguntó el escritor por acortar la espera.

—Andrés me dicen.

—¿Y tienes oficio?

—Sí, caballero; antes era hatero de la majada, pero este año me ha puesto rebaño mi señor don Juan Halduno, que es el varón más rico de la aldea.

—¿Y estás contento con ese oficio?

—Sí, porque don Juan, aunque es hombre picajoso y sufre de malos humores, paga bien y en su tiempo. Aunque yo quisiera partir a las Indias para hacer fortuna. Dicen, señor caballero, que allí, sobre hacerse uno rico aína, se ven prodigios fantásticos y se viven aventuras bonísimas y provechosas.

—Sí; eso dicen —suspiró con lástima el escritor, recordando una frustrada intentona suya.

—¡Ya está aquí el señor cura! —exclamó el muchacho.

Asomó por el zaguán el licenciado Pérez aún abotargado y preocupado por las urgencias que le había metido el ama en su despabilar. Estas razones, más o menos, venían a decir que un caballero forastero y de buenas maneras preguntaba por don Alonso de Quejana, a quién conoció en la venta de Puerto Lápice, cuando le entró la locura aquélla de la venida de los sarracenos. El cura, al escuchar a su ama parlotear sobre un caso tan antiguo, se figuró lo peor: una cuenta vieja que debían de saldar los deudos del orate, y bajó la escalera entre el sueño, la prisa y la precaución, por ver de atemperar las pretensiones del imaginario acreedor, que para allegarse a la aldea, en un día tan desabrido como aquél, debían de ser urgentes y contumaces.

El cura se quedó pasmado al contemplar como el forastero, chupado por la jupitaina, barbirrucio, mellado y reseco de ayunos, lo miraba desde su nariz aguileña con un gesto más cercano a la demanda de caridad que a la exigencia altanera. Al principio se le antojó un morisco, o peor, un judío, porque el escritor componía una figura moruna, todo tapado y sentado, asomando sólo su rostro por un hueco de la frazada. Tras las presentaciones, el cura rogó al caballero, o lo que fuese, que lo acompañase hasta su retrete. Allí se aposentaron, mientras don Pero ordenó a la menegilda que les sirviese un vino dulce, seguramente, por aquello de que lisonjeando el paladar, se aplaca el ánimo, y también que diese un zatico de pan y un pellizco de abadejo a Andresillo en pago por sus cumplidos servicios.

El licenciado Pérez fingía peor que Ganchuelo, y en su cara reinó un hosco recelo hasta que no vio al forastero tomar un sorbo del licor y desprenderse de la manta, enseñando ropas en todo cristianas. Y ya no guardó ningún pelo en la gatera, cuando el escritor expuso que todas las obligaciones contraídas por el difunto hidalgo, se reducían a haber avivado su curiosidad de ocioso hombre de letras, y que ninguna carta de crédito guardaba entre sus bolsillos. Entonces, el rostro de Pero Pérez perdió su adustez; poco a poco, y con las cortesías y miramientos debidos a un desconocido, entró en la relatoria de la vida y milagros del finado loco tal como le solicitaba el escritor.

Sí, don Alonso había muerto hacía ya siete años, encerrado y huraño en su casa, mas no cuerdo del todo, pues, de vez en cuando, demandaba a su ama noticias sobre los puestos de vigilancia de sus caballeros. Pero era tan de tarde en tarde, y de una forma tan lastimera, que incitaba antes a la compasión que a la reprimenda. Y es que su sobrina, cuando el cura con la ayuda de varios aldeanos le tendieron una trampa y lo trajeron enjaulado como una fiera africana, mandó llamar a un cirujano de Toledo para poner remedio a sus fantasías. El galeno le recetó unas bizmas y unas triacas, que administradas todos los días, le retiraron los furores, y lo dejaron manso como un buey viejo y amodorrado. Estado que el cura y la sobrina aprovecharon para hacer un escrutinio de su casa; en sus aposentos hallaron, dentro de una cancelada alacena, más de treinta florestas de caballerías.

—¿Novelas de esas tan fantasiosas? —brincó el escritor de su asiento.

Sí, Miguel, acabas de encontrar la solución a tus cuitas sobre el Amadís sevillano: ¡un loco por leer libros de caballerías!

—Alguna había, don Miguel —le contestó el cura—, pero no eran éstas el género más abundante. Mi compadre Quejana, al parecer, gustaba más de los doctrinales como El árbol de honor del caballero Turell, el Tratado de caballería del rey don Pedro III, o el Doctrinal de los Caballeros del docto Cartagena y, por supuesto, del Libro de la orden de caballería del sabio Lulio, padre de todos éstos, y de los otros muchos que allí se hallaban sobre heráldica, batallas y justas, que de los Amadises y el resto de paladines. Estos que le he nombrado, los tengo frescos porque me los regaló la sobrina y los guardo aquí, en ese estante, a espaldas de vuesa merced. Los otros tratados, las novelas y unos pocos libros de poesías, que allí había, queríamos quemarlos por culpables de la locura del bueno de Quejana; pero intervino el barbero del lugar, maese Nicolás, quien tras apalabrar un trato con la sobrina del desdichado, los echó en sus alforjas y se los llevó a lomo de borrico hasta Alcalá, para venderlos en la puerta de la universidad a sabios y bachilleres, a los que con el seso más curtido en latines y teologías, tanta indigestión de blasones no nublaría el juicio. Y así fue, y parece que con buen provecho para todos, según me dijeron...

Pero tú Miguel ya no le atendías; se te había hecho la luz en el seso y sólo tenías un pensamiento: ¡un loco por leer libros de caballerías! No un paladín encarnado, sino alguien que se figura un Amadís o un Lanzarote, y tan fingido y ridículo resultará como, a la postre, lo son esas novelas embaucadoras y dañinas. La llamarás novela ejemplar por mostrar como el exceso de virtud conduce a la ceguera; porque la virtud incontenida es locura, y, a veces, falta tan grave como su carencia; pues nada aligera más el triunfo del vicio y de la mentira que la locura virtuosa; ¿y qué son, si no eso, las novelas de caballerías?

¡Ojalá, esta vez, Fortuna se ponga de tu lado!

 

 

 Gastón Segura Valero (Villena, 1961). Es editor, periodista, ensayista y escritor de relatos y novelas. Su más reciente, Saga nostra, publicada por Drácena.

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