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lunes, 6 de abril de 2026

De Fráncfort a Blade Runner. Por Gastón Segura Valero. Dossier en homenaje a Jürgen Habermas (Escuela de Frankfurt).

 

                                                                                            J. Habermas

 

 

De Fráncfort a Blade Runner

 

                      Por Gastón Segura

 

 

“¿qué papel juega la vasta y compleja obra de Habermas, tan lastrada de eticidad y universalismo en un tiempo envuelto de arriba abajo por una incesante espiral de simulaciones, percibida, a menudo fervorosamente, desde la más caprichosa individualidad, cuando no, desde el más hermético egotismo? No es fácil de responder a esta cuestión.”

 

 

Por la magnitud de sus indagaciones y propósitos, me gustaría recordarles, aunque sea mediante este frugal par de páginas, al recién fallecido Jürgen Habermas; el más eminente continuador de la Escuela de Fráncfort —o también conocida como la Teoría Crítica—, que fue una revisión desengañada del marxismo desde los años treinta, cuando, casi de inmediato, sus integrantes tuvieron que hacer las maletas y salir de naja de la ciudad del Meno.

  A grandes trazos, aquellos pensadores no pretendieron sino recuperar la actitud de la Ilustración. No en balde, encontraban en la Iluminación —pues así se dice en alemán: Aufklärung— dieciochesca tanto un momento previo al enajenante maquinismo capitalista como una postura ecuánimemente crítica con la que oponerse al autoritario y anulador bolchevismo moscovita, tan extendido en aquella Europa entre los movimientos obreros, como a su embriagador y beligerante rival, el recién surgido fascismo. Pues, según ellos, aquel espíritu analítico del Setecientos había arrumbado todas las subyugaciones que atenazaban el pensamiento humano hasta entonces, como, a su vez, había abierto la posibilidad, con el criticismo kantiano, para cumplir, por fin, una atávica aspiración humana: la emancipación. ¿O acaso tanto Adorno, como Horkheimer, Fromm o Marcuse no persiguieron con sus reflexiones, a veces demasiado procelosas, pero siempre agudas y provocadoras, otra cosa que no fuera la liberación consciente y vigorosa del hombre?

 


  Y emancipación; ¿de qué? ¿De lo material, como en el marxismo clásico; del lenguaje, con su centenaria e imborrable carga semántica; o de las ambiciones con el egoísmo «objetualizante» que comporta?

  Y no una de estas facetas, sino todas, con mayor o menor amplitud, fueron materia de las dilucidaciones de aquellos integrantes del Instituto de Ciencias Sociales de Fráncfort. Sin embargo; cuando Habermas se incorpora a estas investigaciones, allá por mediados de los cincuenta de la pasada centuria, lo hace con una visión más porosa y abarcante, pues incluyó de forma sustancial tanto las perspectivas de otras escuelas filosóficas del s. XX, ajenas al marco socioeconómico que había ocupado a sus predecesores en la Teoría Crítica, como el neopositivismo y la hermenéutica, sin dejar de empaparse de otras nuevas disciplinas como la lingüística y, especialmente, de la gramática generativa. Así, Habermas fue componiendo una crítica bien trabada a las sociedades del postcapitalismo —o también llamado capitalismo tardío— con una propuesta denominada la «democracia deliberativa». Este concepto y la construcción teórica que encierra, formulada paso a paso desde su libro más significativo Conocimiento e interés (1968), hasta su Teoría de la acción comunicativa (1981), con jalones tan ejemplares como Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973), pretende regenerar las democracias representativas con que nos gobernamos, y para ello propugna un modus operandi —esto es: un debate— igualitario, imprescindiblemente racional y necesariamente comprensivo, donde el ciudadano vuelva a recuperar activa y decisivamente el ejercicio político, para disolver la deslegitimación producida al delegar la gestión de las cuestiones comunitarias —es decir, del poder— en la mal llamada clase política —o según la despectiva denominación italiana: la casta—, como sucedía —y sigue sucediendo— en nuestras sociedades desarrolladas; cuya consecuencia, como ya señaló nuestro autor en su discurso ante el Congreso de los diputados, en 1984, era —y es, añado yo— tanto un recelo e incluso desdén hacia los políticos, cuanto la emergencia y hasta preferencia de los votantes por opciones radicales, propugnadoras de soluciones tan tajantes como milagrosas; es decir, el hoy llamado populismo.

  ¿Y no les recuerda todo esto a la principal reivindicación que animó aquel ilusionante e ingenuo 15-M, que acampó, hace ahora exactamente tres lustros, en algunas de las más señeras plazas de nuestro país? Desde luego; pues en su lema, «no nos representan», latía mucho de las denuncias de Habermas, pero, desgraciadamente, carecía de la solidez intelectual de su propuesta. Pues la mayoría de los reunidos en aquellas manifestaciones era de una candidez —como escenifiqué en mi novela Los invertebrados (2021)— digna si no de sonrojo, al menos de la fraterna compasión; mientras que una minoría de avispados, encaramada oportunísimamente en Podemos, vio la ocasión para granjearse un holgado y hasta suntuoso modus vivendi, con lo que aquel saludable estallido sucumbió, avergonzado hasta los tuétanos, en un chabacano chalet de Galapagar.

  En cuanto a nuestra actualidad, inmersa en la Galaxia Digital, que nos arroja a una representación del mundo e incluso de la misma condición humana, ¿qué papel juega la vasta y compleja obra de Habermas, tan lastrada de eticidad y universalismo en un tiempo envuelto de arriba abajo por una incesante espiral de simulaciones, percibida, a menudo fervorosamente, desde la más caprichosa individualidad, cuando no, desde el más hermético egotismo? No es fácil de responder a esta cuestión; pero me atrevo a decir que Habermas aqueja, en este ámbito, una cierta miopía, heredada de la obra de Theodor Adorno, al concebir la instrumentalización de la técnica por los intereses dominantes, sin interiorizar, al contrario de cuanto vislumbró Heidegger en 1938, que la técnica convertida, en nuestra época, en tecnología encierra una inercia transformadora de sí misma que no solo escapa a quienes estamos sumidos —si no es ya sojuzgados— por ella, sino también a quienes la dominan; es decir, la tecnología se desarrolla y revitaliza desde sí y en neta competición consigo, y el hombre, a la inversa de cuanto nos pudiera parecer, ya no es su creador y dueño, sino su mero subordinado. Escalofriante, ¿verdad?

 

 Gastón Segura Valero (Villena, 1961). Es editor, periodista, ensayista y escritor de relatos y novelas. Su más reciente, Saga nostra, publicada por Drácena.

 

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* Ágora agradece al autor del artículo su reproducción (con leve corrección textual) para nuestros lectores. El texto fue publicado originalmente en el diario digital El Imparcial (30-3- 2026):

 https://www.elimparcial.es/noticia/295534/opinion/de-francfort-a-blade-runner.html

 


 

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