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| Moratín pintado por Goya, con quien compartió exilio en Burdeos |
LA ELEGÍA
A LAS MUSAS,
DE LEANDRO FERNÁNDEZ
DE MORATÍN
Andrés Acedo
Leandro Fernández Moratín
escribió dos poemas cuyo tema es la despedida.
Uno de ellos tiene ese motivo en
su título, se trata del soneto que dice:
Nací de
honesta madre: dióme el Cielo
fácil ingenio en gracias, afluente:
dirigir supo el ánimo inocente
a la virtud, el paternal desvelo.
Con sabio estudio, infatigable anhelo,
pude adquirir coronas a mi frente:
la corva escena resonó en frecuente
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.
Dócil, veraz, de muchos ofendido,
de ninguno
ofensor, las Musas bellas
mi pasión fueron, el honor mi guía.
Pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido
culpas; adiós, ingrata patria mía.
(“La despedida”)
Sin embargo, en otro poema de Moratín, la
“Elegía a las Musas”, el motivo de la
despedida entrega una resonancia que transciende al sujeto poético - un yo
héroe literario incomprendido en su patria, de cuyo retrato se ocupa el primer
poema, el soneto, que termina, en unos versos elegíacos, despidiéndose con
amargura de la ingratitud de su patria-público.(Un final
imprecatorio, de teatro, nada feliz, bastante atípico, por cierto, en una
elegía clásica. A esa rebeldía del poeta Moratín frente a la univocidad de los
géneros nos asomamos ya en ese soneto, obra mucho menos conseguida y menos
compleja que la "Elegía").
La lectura de la “Elegía a las Musas” nos deja una inquietud
y desazón más honda –que el sentimiento reactivo de dolor por el desdén o la
ingratitud del mundo. El retrato ocupaba un plano central en el soneto (retrato
allí exterior, por las obras-hazañas, lugar común del "recuerdo" de
la imagen que causa el planto, y valor de contraste con el tema de la
ingratitud). En la "Elegía" es esquivado por medio de una cálida
presencia, en confesión, que se dibuja al fondo de todo el poema; y que
acompaña el narrar de otra galería; se consigue, así, un retrato más
existencial, más creíble poéticamente, se nos da el testigo de un tiempo
histórico y del propio vivir del poeta. No quiere ello decir que la "Elegía"
no cumpla con la condición de presentarnos un retrato (¿cómo, si no, funcionaría la empatía con un ser concreto, propia del género elegía?). Al
contrario, se presenta una etopeya más cercana al lector.
Estaríamos
equivocados
si, como se suele leer, se le leyera como un poema biográfico, de
exilio. Tampoco como una palinodia, ni como una fe de fracaso
existencial. Hay,
sí, en la "Elegía" un fondo de desesperación, pero, como un color que
se apunta al final de su lectura, deja asomar un aura de satisfacción,
de
orgullo, de vida cumplida. De forma un tanto inexpresable, el poema
revive un “carmen”, un canto, casi de victoria, epinicio o encomio, al
sujeto que vivió,
sufrió, tomó partido, fracasó y se alzó sobre cualquier fortuna y
partidismo. El
papel de interlocutor cambia en la “Elegía” respecto al soneto –todo
poema es
comunicación, o ensayo de ella, en primer grado, con un interlocutor
interno, y
en segundo o tercero, con el propio autor y con un lector-; el primer
interlocutor del soneto era la patria, en la “Elegía” parece ser el
destino –el destino de un hombre. Ese trueque comunicacional del poema
afecta a la función
en él de la “patria”, que aparece ahora como una especie de Dios –de un
Dios
para un ilustrado no creyente, como era Moratín, quien midió su vida por
el
afán de servir a esa Divinidad de su Nación. Ese Dios podría ordenar por
encima
del fatum humano, de desgracias personales y políticas, y no lo
hace, ni es justo en reconocer méritos. Pero ya no tiene ningún sentido
quejarse ante
Él. Más bien, el silencio de ese Dios aplaza solo la última palabra de
la
Historia, que vencerá al destino –leído el poema desde aquel color de
serena
satisfacción, y de cierto orgullo, que resuena tras su lectura.
El
motivo
de la despedida casi siempre lo modulan los poetas en torno elegíaco, y
se
aboca, pues, pero no necesariamente, al género de la elegía; (¡puede
haber otro
tono subdominante en un poema elegíaco, un matiz gozoso y de serena
expresión
de orgullo!). Ese motivo puede ser tratado, en el poema, en tiempo
actual o en pretérito, y en cada uno de estos tiempos puede estar el
tono en pasado o en un
presente actual desde el sentimiento. Las célebres Coplas de Jorge
Manrique lloran una pérdida reciente, actual en el ánimo, la del padre; aunque
el tiempo de la voz narrativa en el poema sea el pasado, ya que finó el
interlocutor al que se dirige el poeta: ese interlocutor es ya un muerto, una
ausencia física, aunque esté presente en la emoción.
Pero, por
esta parte de la "Elegía" de don Leandro las cosas no se apañan a ese
esquema. La despedida es de un viviente, quien sin embargo se ve a sí mismo
como ya pasado. Si es una elegía del tipo heroico, trata de un héroe
incompleto, pues le falta la épica, además de cierto lustre en la opinión de su
patria y de sus contemporáneos.
El tiempo
del poema es un presente, "in fieri", biográfico, pues el poeta se
despide, se va, en la realidad del poema y en su vida. Y, sin embargo,
extrañamente, la voz habla como si todo instante vital hubiera pasado; la
inspiración, el numen con que le favorecieron las Musas -submotivo de la
gratitud a las Musas, en contraste con la ingratitud hacia el héroe; ese motivo
de gratitud a la poesía vence todo resentimiento, y compensa y supera la espina
del soneto "La despedida"-. Y el "horror" de la historia
también ha pasado; ha encontrado -dice en el poema ese pájaro o sujeto poético-, ha encontrado "descanso y vida" el "oprimido ánimo"
en "región
extraña" (no es esta solo un lugar físico, una ciudad extranjera donde
continuar la vida del destierro; ese tema del exilio también está
superado)...¡"Descanso y vida"!, sugiere esa "y" una continuación,
a modo de versión del tema de la vida perdurable... ¿en el mismo vivir? (la vida
continúa, como dice con verdad el pueblo; la vida siempre se ha de continuar haciéndose);
o, quizá, ¿vida en una estación del ánimo, que solo la sugiere el poema; acaso
en una convicción moral, o en la vuelta al seno de aquel Dios patrio desde la
misión cumplida y el autoexamen con final absolutorio, y la autoaprobación?
Si es una
elegía del tipo patriótico -lectura alegórica que puede hacerse del poema,
tomando la vida de Moratín como modelo del infortunio de España- esa modalidad
elegíaca está aun trascendida. El treno por la "patria infeliz" no es
tampoco el resplandor final que nos deja la lectura del poema.
Ni elegía
funeral (a sí mismo), ni elegía política, patriótica; ni elegía heroica, que
conlleva siempre una justificación o reivindicación. (Y todo eso, también) ¿Qué
nos deja, finalmente, este poema, tan rico en intertextualidad genérica, y un
más de vacío, de inclasificable?
Lo
específico poético escapa, pues, al intento
de remontarnos en la comprensión de un poema a sus fuentes literarias,
al uso
de géneros codificados, etc. La “desautomatización” que para el
formalismo es el signo de un texto literario anida más allá de la forma
literaria, y de los
cauces o cruces de cauces genéricos en que se vierte el poema. Ese “don
del
estilo”, que diría Fray Luis de León,
ese saber decir, intuimos que procede de un anterior “saber pensar y
saber
sentir” íntimo al poeta. Los tres planos (sentir, entender lo que se
siente y saber
decirlo) se dan, a veces, felizmente conjuntos y logrados: en los
grandes
poemas.
La
“Elegía a las Musas” es la obra maestra de Moratín, su legado para nuestra
historia de la poesía. Hemos de aprender sus valores –literarios, humanos-.
Además de inclasificable (desde la teoría literaria; lo cual no sería un mérito en sí del poema) la elegía es y no es misteriosa. Cela
un secreto. Nos aproximamos a él -solo nos aproximamos- al reparar en
la estrofa última: hay un doble "rito funeral": un enterramiento
("tumba", "Mármoles"), que se hace o dispone para el cuerpo; y una
incineración ("ocultad entre flores mis cenizas"), ruego que
tiene por objeto el alma, o en concreto, la poesía, ya identificada con
la vida humana. Desde ahí cobra total sentido la dedicatoria "A las
Musas", que huyeron con la senectud. A ellas se dirige la petición final
del poema. Comenzamos por leer este, antes de seguir comentando. Lo que
he querido
compartir contigo, lector, quizá lo encuentres tú, de otra manera, a tu
manera. Perdóname este comentario. No se puede empezar la casa por el
tejado de la crítica, que no te puede ayudar a saber sentir.
ELEGÍA.
A LAS MUSAS
Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
fuera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.*
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
solo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar... Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella... Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.
Leandro Fernández de Moratín
Comentario de Andrés Acedo
Bibliografía- webgrafía:
Recomendable
la página:
Y el
artículo:
El primer enlace da una amplia muestra de la
bibliografía de Moratín. El segundo es un ensayo de Paz Díaz-Taboada ("La
despedida, moderno subgénero de la elegía") publicado por la revista SIGNA
(núm 6, 1997).
REVISTA ÁGORA DIGITAL DICIEMBRE 2013