ÁGORA. ULTIMOS NUMEROS DISPONIBLES EN DIGITAL

sábado, 16 de mayo de 2015

Barroco. Francisco de Quevedo. Soneto "¡Ah de la vida!" Nuestros Maestros

                      
  
                                               BARROCO

"La radicalización de la muerte en el "interior" del ser particular difiere de unas más "exteriores" personificaciones de la muerte medievales (...)". Fernando R. de la Flor. "Barroco" (ed. Cátedra).

 
Francisco de Quevedo

"¡Ah de la vida!"... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni a dónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.

viernes, 15 de mayo de 2015

CHAVEMOS Y OTRAS CHÁCHARAS. Diario político y literario de FM /T3·/45



 
CHAVEMOS Y OTRAS CHÁCHARAS

Al tiempo que nos enteramos de que hay algunos candidatos de Ciudadanos que proceden de la ideología falangista, nos confirma la reciente entrevista a Monedero, en “El país”, de la ideología chavista de este prohombre del partido  “Chavemos”. ¡Y no pasa nada, oiga! 

La confusión de muchos votantes se ve aumentada por estos silencios.  Asiste lo vivido, que diría el poeta Quevedo; y es necesaria la crítica preventiva para prevenirnos del oportunismo de nueva marca, tanto  como de gentes dispuestas a pescar en el río revuelto de la situación. Nada ayuda a los votantes críticos la estrategia retórica del silencio. Y menos, el hecho de que quienes deberían alzar la voz callan. Como en otros momentos pasados de la historia de España, el pensamiento se ha vuelto sordo, mudo y ciego… a la seña del dedo censor. 

Este fenómeno de eclipse intelectual, más o menos pasajero, se corresponde, en este tiempo electoral, con la irrupción de “personajes conceptuales”, es decir, de algo así como tótem puestos en las cabeceras de lista de los partidos de vieja o de nueva marca; o detrás, en los fundamentos teóricos. Es el caso de algunos intelectuales, brillantes, buenos profesionales  llenos de la mejor intención, que figuran como referencias y polos de atracción del voto y que, en realidad, son “personajes conceptuales” (utilizando esta expresión del filósofo Deleuze) tras los que “habla” el líder y su cómite de dirección de partido. Es una nueva técnica retórica del centralismo no democrático de estas organizaciones políticas que, bajo el florero de un personaje conceptual prototípico, nos lanzan sus argumentarios y programas. 

Nos encontramos, pues, en medio de una confusión de principio a fin, habitados por la sospecha de que lo que se avecine puede ser peor, y  avisados por la certeza de que se atraviesa un tiempo, quizá largo, de eclipse de la razón crítica. 

Claro que siempre alguien puede decir que a todo nos acostumbramos; más aún: puedes pensar que nunca hubo tal razón crítica y, en fin, soñar todo el mundo es bueno, etc.

Fulgencio Martínez
Profesor de Filosofía

martes, 12 de mayo de 2015

Jean-Paul Sartre. Diario político y literario de FM...T3/44



JEAN-PAUL SARTRE

Un pequeño tirón de orejas a mis queridos redactores de la sección “la cita del día” de LA OPINIÓN. El lunes 11 del corriente leo, en dicha página, un pensamiento firmado por “Jean-Paul Sartre, filósofo inglés” (sic). Como yo mismo padezco de este mal de la errata por mano propia, comprendo bastante bien el dislate, que en este caso la cita comete: nacionaliza como súbdito de su graciosa Majestad británica nada menos que a uno de los símbolos de la “grandeur” francesa. Sartre fue el filósofo del existencialismo, de la náusea,  de la resistencia antinazi;  y sucesivamente,  de la “gauche” divina, de los cafés de París de posguerra… Aún llegaría, con los estudiantes del Mayo del 68, a salir a la calle para arengar contra el capitalismo y contra el estalinismo comunista, del que se había desmarcado tras su viaje a la URSS. 

Sartre y su compañera Simone de Beauvoir representaron símbolos patrióticos de Francia; tan emblemáticos de ese país como el mismísimo general De Gaulle, héroe de la resistencia y presidente de la República. Este,  al ser preguntado por la policía si debía detener a ese filósofo callejero, bajito y miope, que animaba a  los jóvenes a arrancar los adoquines de las calles para desenterrar el mar de la utopía, respondió: Sartre es “la France”, que es casi como decir, allí: “Sartre es la Hostia”, un imprescindible, un clásico, un animal mitológico, un intocable o intangible de la patria francesa. (Aquí, unos pocos años antes, la dictadura de Franco echaría de la Universidad a Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo y José Luis López Aranguren).

La cita en sí, en el periódico, no solo es correcta sino que viene muy al pelo en nuestros días. No es lo importante (viene a decir el filósofo) hacer lo que uno quiera, sino querer lo que uno hace. Parece un juego de palabras; pero, no. La libertad es la condición básica del hombre, hasta el punto de que es célebre aquella otra frase también de Sartre que nos condenaba a ser libres. Paradoja extrema, oxímoron tenso entre la condena y la libertad, asociadas en un mismo sintagma. ¿Lo primero, la condena, es inherente a la libertad; o, al revés, la libertad es inherente a la condena? ¿Pero qué tipo de condena? ¿La de aquella maldición bíblica, que se deriva del “pecado” original del conocimiento? Lo mismo que nos hace humanos nos condenaría, pues, a tener que elegir,  a fabricarnos una “esencia” propia, no definida de antemano por la naturaleza; y a nivel de cada uno de nosotros, nos forzaría a tomar decisiones libres, resolviendo dilemas, haciéndonos proyectivamente. Parafraseando al poeta Machado: nos hacemos camino al andar. Bendita condena, entonces, que nos daría libertad (aunque también angustia al tener que responsabilizarnos).


Pero, si vemos la hoja por el otro lado, si planteamos si va implícita en la libertad la condena, es decir: si siempre colea en la libertad su origen “maldito”, las cosas se ven de otro modo. Al modo del filósofo Baruch Spinoza, quien precisamente define la libertad como la aceptación intelectual de la necesidad. El darnos cuenta, conscientemente, de cómo son las cosas por su propia ley y peso, independientes de mi voluntad. Algo así nos dice Sartre cuando afirma que es más importante querer lo que uno hace, que hacer lo que uno quiere: esto último es una libertad ilusoria, sin cadenas. Fijaros que ni Spinoza ni Sartre nos dicen que tengamos que acatar voluntariamente, de grado, las cosas, sino solo quererlas con cierto amor intelectual, porque son así, y porque ese querer y comprender me hacen libre, un poco por encima del mero gusano que se mueve según los mecanismos de la naturaleza.

Fulgencio Martínez

miércoles, 6 de mayo de 2015

ANTE EL UMBRAL O LA POÉTICA AUREA. EXPOSICIÓN DE PEPE ALEDO. INAUGURACIÓN 7 DE mayo. ORIHUELA (Alicante). Fundación Caja Mediterráneo, Plaza de Europa.

DESDE EL JUEVES 7 DE MAYO ESTÁ ABIERTA EN LA FUNDACIÓN CAJA MEDITERRÁNEO DE ORIHUELA LA EXPOSICIÓN DE PEPE ALEDO  ANTE EL UMBRAL. MUY RECOMENDABLE.

Mostrando Image (73).jpg
Mostrando Image (6).jpg

Solo. Relato de Antonio Checa/ Revista Ágora digital/relatos

Resultado de imagen de solo                                                             
                        por Antonio Checa

El asfalto de la calle se llena de propaganda y detrás de ésta, una mano que la expande, y, detrás de la misma, una mente que piensa, un círculo que viene como la inesperada presencia de un tornado arrasando la tierra con su fruto a su paso. En la acera de una calle, en la ciudad de los tiempos, el hombre mal vestido y con ropa muy usada tomaba del asfalto la propaganda y en ella, la desesperada oferta de quienes no querían perder el sillón del poder. El halago de los poderosos estaba ante aquellas líneas llenas de un trasfondo casi invisible donde se pedía el voto para la presidencia del colectivo que intentaba dar la vuelta a la tortilla. Aquellos panfletos decían tácticamente que el sistema iba a cambiar igual que cambian las nubes en el cielo, mejor, en el espacio, así nos evitamos de complejas comparaciones ya que, el verbo cambio, venía de seres que no han cambiado nada en el transcurso de la vida, si acaso, se  habían emulado ellos mismos porque su inteligencia había descubierto que las otras inteligencias también habían superado su estado animal y ya se notaba en sus meditaciones, --que no en su ánimo--, que no debía haber desfases sociales, tal y como desde el milagroso panfleto, se desprendía con la benevolencia de un morboso juego ilustrado por y para  el engaño colectivo, en beneficio de la singularidad de los individuos ofertantes. 

El mendigo, no, el mal vestido, bueno… si insertamos mendigo tampoco pasa nada, parte de la sociedad consigue cada año el incremento de esta especie y no se enfadará por tan indigna palabra, al fin, en el panfleto, habían puesto tantos adjetivos de un calificado tan bello, que, si aquí ponemos la palabra mendigo dará un sentido más humano a sus lindezas divulgativas.  

  Este señor, tomaba del suelo  la hoja donde se manipulaba un manifiesto en bien del necesitado, pidiendo su voto al degradado socialmente, con el fin de que una vida mejor le llegase mediante su oferta. Este hombre, intentaba leer y casi releía, los signos donde se expresaban los deseos  del propulsor  de ideas para el bien social, pero no conseguía dilucidar el contenido: “En bien del progreso, en bien de la sociedad, pensando en las personas sin trabajo y en las educaciones religiosas así como el orden en las familiares y su ejemplo de siglos o las leyes conseguidas mediante un consenso de la Justicia de los hombres y de Dios, el partido firmante pide ese voto con el que conseguir el prometido progreso y la igualdad social entre los hombres”.   
 


    Amén de sustantivos cariñosos y emotivos de unas conciencias ofertantes. 

Leía y releía como decimos, pero su capacidad de percepción no alcanzaba a comprender todo lo que se le daba a cambio de un voto. Él, que llevaba infinidad de tiempo durmiendo en los cajeros de los bancos, debajo de los puentes, en la calle a cielo abierto no tenía opción al voto. Había tomado el panfleto por inercia, sin llegar a comprender que allí se intentaba renovar una sociedad que a él no lo admitía en ella, él tenía  pan para comer y agua de las fuentes para acompañarlo, él se veía en la calle por la injusticia de la Ley, no porque no  hubiese leyes, sino porque un representante de ellas lo puso en ese sitio y, allí estaba, deambulando como un perrillo sin amo oteando por doquier para buscar el refugio de la noche, ya que había sido echado de aquel anterior donde se cobijaba. 


La noche es dura, fría y amarga, pero sobre todo oscura, negra.

Una mujer enferma de conceptos desafortunados, llevados por una cultura de arraigos lejanos en el tiempo, apoyada por una ideología donde el aprecio humano no supo distinguir, creó al mendigo que miraba el panfleto donde se ofrecía un cambio social eminente.   

Pero, las hojas, deambulaban por la calle y más personas las tomaban del suelo, las leían y las guardaban como queriendo retener ante su pecho esa filosofía en la que la humanidad se había resguardado toda la vida. Otros, tiraban con rabia el estandarte de la mentira y se limpiaban las manos sobre sus cachetes o sus posaderas como intentando maldecir a quienes intentaban  engañarlos. 

El hombre, sin  hacer ni una arruga a la hoja del mensaje, caminaba con un pequeño carro de la compra donde llevaba todo su equipaje y el total de su poder económico, pero no dejaba la hoja llena de promesas, la llevaba como si aquello le despertase una conciencia dormida y un mirador de ideas que lo ponía a pensar en su propia vida, en esa existencia que la naturaleza te da y que tú te debes a ella luchando por conseguir ser un actor más de la misma. Veía los coches por las calles casi llenando las aceras y él  con su carrito caminando por ellas sin un fin determinado, sin una meta a conseguir, sin una casa donde decir a una familia: ya he venido. Sin nada, sólo con aquel carrito del que se desprendía un olor a  viejo y, en su mano, esa hoja sin arrugar esperando encontrar un banco para leerla mejor, para llenarse los ojos de letras en las que se pedía un apoyo condicional para cambiar la vida, para hacer de ella una cosa mejor que la apreciada.
Se esperaba a la tarde un agua dormida en los negros nublos que deambulaban por el cielo, y, en  la brisa sonora de estridencia, la herramienta contundente para limpiar las hojas de los álamos de la avenida. No eran álamos, eran castaños que adornaban con su sombra la calle principal de aquella ciudad de todos los tiempos, lo que ocurre, es que el nombre, de uno gigante que sobresalía ante los demás, en su descripción, agrupa con sobrenombre a toda la flora (el árbol) grande donde anida el pájaro, ese que ni entiende de panfletos ni de leyes, salvo las de la Naturaleza de la que forma parte y  comparte la belleza de los tiempos.

Cayeron unas gotas negras. Grandes, insolidarias. El hombre caminaba con su “cuartilla” entre su mano sin querer doblarla y la metió en su pecho para que no se mojase.  Miraba al cielo y a los grandes bancos que se encontraba, esperando ver un cajero deshabitado para guarnecerse de esas gotas negras portadoras de belleza pero también de miedo para el mendigo, y; miró un cajero que en aquel momento estaba ocupado por una señora que atada a la cadena de un potente perro, extraía dinero mirando al animal para que no se mojase, la mujer manejaba su vocabulario regañando al potente mastín  para que lo respetase, sus palabras, dulces como la miel detonaban amor si mesura hacia el animal y éste, ya sumiso a su cuido, atendía como comprendiendo a la mujer que lo llenaba de mimos. Las nubes, cada vez más oscuras sacaban de sus vientres el estrepitoso ruido del trueno y algo de luminosidad sobre el espacio. Se fue la señora con su perro, el cajero automático quedó desocupado dando la bienvenida al hombre que en su mano llevaba la noticia del cambio de la sociedad por otra más importante y humana.

Unos cartones tendidos como alfombra, permitieron al hombre preparar su lecho, y al amparo de aquella luz que no era suya sino prestada hasta que lo desalojasen, empezó a leer de nuevo aquellas letras que le habían puesto en las manos y ante su curiosidad, como forma de lectura, intentaba quitarse de encima unos minutos de la vida en la que ni era sujeto ni objeto, era simplemente un lector de objetos, donde el sujeto expandía los ideales más luminosos de su inteligencia.

“En bien del progreso, en bien de la sociedad, pensando en las personas sin trabajo y en las educaciones religiosas así como el orden en las familiares y su ejemplo de siglos o las leyes conseguidas mediante un consenso de la Justicia de los hombres y de Dios, el partido firmante pide ese voto con el que conseguir el prometido progreso y la igualdad social entre los hombres”.  

No decía en ningún momento que el hombre era necesario al mismo hombre.

Miraba la lectura como queriendo penetrar en ella. Las letras grandes, llenaban todo un escrito solamente con el testo y el nombre del Partido, el reverso blanco y sin una arruga ni una gota de agua de la caída en esa tarde gris en la que, resguardado antes del tiempo, observaba su entorno donde tras el invento de la caja automática, estaba el dinero junto con el poder económico, en la calle, la temida presencia del otro poder que lo desvalijaba de lo que tomó como elemento construido para protegerse del agua, del frío y de la noche venidera que vendría en cualquier momento. Tras esa imagen, una incipiente miopía se esforzaba con su desgastado cerebro en leer y analizar el testo que de la calle, había tomado como elemento primordial del día, de ese día como otro, en el que veía la vida a través de su silencio y el paso del tiempo con la mirada perdida en el ir y venir de peatones por la  ciudad de todos los tiempos.

Era todo un sin fin de conceptos al analizarlos: al lado de la materia intentaba leer el compromiso ofertado, el miedo al desalojo era constante en él y, él, que quería enterarse de aquello escrito era observado por los transeúntes como el vagabundo que habituado al  anarquismo forzado, entorpecía la entrada a un servicio puesto al alcance del hombre, para que fuese más cómoda una forma clara de concebir la inteligencia a la hora de  crear beneficio económico: el cajero, la caja común de todos con un solo dueño: el banco, pero con un inquilino molesto a todo aquel que lo mirase.

Leyó y releyó el testo. Tenía en su entrecejo un rictus de interés nacido de no sé donde, que lo acercaba a ese contenido de letras inventadas y párrafos concisos llegando   a él como si él fuese un hombre común y no un hombre físico. Empezó a recordar cuando  votaba en su barrio y debatía con amigos el bien común del voto, el equilibrio social que ostentaba el ser votante de un determinado partido político para aupar las ideas personales donde el sentido social a él le subyugaba, solamente porque estaba inmiscuido en esa sociedad de la que partía. Pero, algo había cambiado en su persona para que pasase de ser activo a la inactividad que da el dormir en un cajero automático al lado del dinero pero sin poder tocarlo, al lado de un  sistema plural donde cabían los más fuertes, los débiles como él sólo tenían cabida bajo un puente, en ese cajero en el cual estaba, o en el quicio de cualquier sitio al resguardo de las ratas o de los desaprensivos. “¡Dios! cómo he llegado hasta aquí” se dijo para sí, y siguió con la misiva hasta llegar al punto final no sin la fatiga óptica por la imparable miopía a la que combatía con su silencio. Algunos mendigos si hablan, hablan solos, y cuando lo hacen, ven reflejada en su voz otra voz perdida, otro intento de entrar tras ella en la inteligencia imperiosa del estambre social de su tiempo.

La noche entró de lleno mientras leía y releía aquello de: “En bien del progreso, en bien de la sociedad, pensando en las personas sin trabajo… pero, no, no le entraba, había algo que lo confundía, que lo llenaba de zozobra. ¿Él pertenecía a esa sociedad? No se veía dentro de aquella hoja que le invitaba a votar por ellos para que el hombre tuviese las mismas oportunidades, no, él era un ser lleno de incongruencias y de mendicidad.

Miró las luces de la avenida y sostuvo en su retina la belleza de la noche en la ostentosa iluminación de los escaparates y el rectángulo de los luminosos encima de las puertas donde se expendía el avance de la inteligencia del hombre, el surtido de elementos allegados al espejismo de los sueños. En el cajero no hacía frío, ¡si tuviera suerte! No tendría que abandonarlo a media noche ante la amable invitación de cualquier agente del orden, pero si no,  leería la hoja donde el hombre pedía un voto para cambiar el mundo.

Un mendrugo de pan con mortadela sostuvo entre sus manos para la cena, una botella con agua de una fuente cualquiera, engulliría, o ayudaría a engullir el reseco pan y la insípida mortadela, después, esa noche, un sabroso plátano dejaría su sabor del postre concebido como manjar para sus posibilidades.

Y tomó de su bolsillo un bolígrafo encontrado en la calle para escribir en la parte posterior del mensaje político algo que llevaba mucho tiempo en su mente: el concepto de un vagabundo que por culpa de una ley errónea construyó un ser sin derecho  a voto ya que no tenía domicilio ni estaba empadronado en el sitio requerido para ejercer su derecho a votar como cualquier ciudadano. 

“Amigo: ¿Te acuerdas cuando me dejaste sin casa y sin mis hijos y me lanzaste por mi debilidad a la mendicidad? “No, no te acuerdas. Yo trabajaba en una institución bancaria  como ésta y ante La ley inventada por el hombre, me vi sin el derecho al trabajo, y tras la ruina de verme como perro vagabundo buscando otra nueva oportunidad, en mi casa entraron personas que, a escondidas, hacían mi trabajo de  esposo y me tomaste de nuevo echándome la culpa por ser hombre ante el llanto femenino y me quedé sin hijos y sin abrigo del hogar formado porque así lo deseé” No, no te acuerdas, yo sí.” 
Los ojos le dolían y dejó de escribir, pero en su mirada estaba una incógnita apremiante ¿cómo le había dado por escribir aquello después de casi veinte años sin tomar un lápiz amoldado a la vida en que se había refugiado? 

Miró lo escrito y sonrió como pensando que regresaba a la vida, a esa vida donde decía cuando existía como persona que el hombre debía de estar inmiscuido en todo el concepto social que le circundase. Pero pasó el tiempo, ese tiempo irreverente al que se llega por el deterioro de la vida social que siempre defendió como individuo. Hoy le pedían su voto para cambiar el mundo. Andaba en su cerebro el rastro de aquella octavilla y se miraba el desaliño de su ser como   epitafio de creencias, como rastro de un desengaño a ese hombre que le pedía su voto.

El cajero le daba calor al resguardo del frío de la calle y luz para ver lo que el hombre a través de su inteligencia creaba bajo el peso controlado de la misma. Vio a personas correr por el asfalto, hombres, muchos hombres, detrás, otros hombres corriendo tras los primero intentando cazarlos con la inercia de unos palos largos y negros como la misma noche bajo un puente, esos puentes que él tanto conocía. Otras octavillas vio revolotear por las aceras y sin miedo a nada, como insertado, como otro más aunque con una barba grande y mal cuidada que lo denunciaba al resto de los hombres,  tomó del suelo una de ellas, eso sí, sin doblarla, con la ética de tener entre sus manos algo realizado por el hombre con el sentido de enfrentarse al mismo hombre. 

Se amoldó de nuevo en el cajero y leyó muy poco a poco porque la letra era más pequeña, sin la rimbombancia de la primera misiva: “No los creáis, la política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres con el pretexto de proteger a unos de otros”. Y firmaban los manifestantes como testo anónimo, los que corrían delante, los que más corrían. El en su cajero trató de dormir, sabía que esa noche lo dejarían descansar como si estuviese en su casa, en el Banco perdido por la  ley del hombre, en la casa perdida por  el llanto de una mujer, en el concepto social que los primeros promulgaban y en el desacuerdo de los segundos. Pero sonrió pensando en el día que dio a luz esa parábola que hoy se tiraba por los suelos como  anónimos: “la política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres con el pretexto de proteger a unos de otros”. Se rió para sí y pensó en su miseria, esa miseria de no ser nada donde su degradable estado no le permitía tener un voto entre su sociedad. 

Pero la naturaleza y la física irrumpieron en su cuerpo ausentes de todo lo que se fabricaba en la noche, esa noche de gotas grandes de agua y silencio, de cajeros con pasos ligeros de hombres corriendo. Su vientre, removió la mortadela, seguramente pasada de fecha, y unos retortijones irrumpieron –también corriendo—haciéndole dejar el cajero por unos instantes para evacuar en cualquier esquina oscura aquella obligación natural de su cuerpo. Una vez hecho el requerimiento intestinal, debía limpiar su parte púdica para no oler, para parecerse algo a sus principios, y, atrapado, sin querer, en cuatro trozos por la parte escrita, le fue dando el uso imprescindible de un papel un poco recio, hasta que quedó en el suelo el obstáculo de su vientre, allí dejó lo leído  lo último de sus últimos veinte años de apatía, miró a los cielos y regresó a su cajero automático, le fue imposible entrar, un intruso le había usurpado su cama, su resguardo  nocturno, y como el que se sabe de memoria la lección, abandonó el sitio aquel con su carrito de la compra, y siguió su camino. El ruido de una ambulancia le informó que estaba en la urbe, rodeado de gente, solo.  No sabía que un aprendiz de visionario lo había seguido y que, en otra libreta, en otra mente, le dio forma a la percepción donde se respira la pesadez de la inteligencia y el derruido motor de las conciencias.


                       Baeza, un día en el que miré a la vida miserable del poder.

                                               ANTONIO CHECA

REVISTA ÁGORA DIGITAL MAYO 2015/ relatos

martes, 5 de mayo de 2015

INDICIOS DE SÉPTIMO ALBA Y OTRO POEMAS DE FULGENCIO MARTÍNEZ

                     
                                                         Indicios de séptimo alba

                                                                Fulgencio Martínez

De la vejez

Encontré, anoche, tres heridas en mi camisa:
tres agujeros sin energía, tres avisos
de multas sobre mi cuerpo cansado de andar.

La vejez no la asocio con el invierno
ni con los viejos zapatos de lobo
que me regaló mi madre en su testamento.
Ya no sé, como antes, decir anciano.
La pradera se ha curvado de niebla verde
encogida al ras del suelo en cualquier estación.

Acaso, hasta anoche,
siempre la había visto desde fuera
como un término y como una extensión
donde se arrodillaban los acordes de la fiesta...
nada más que con un interés siempre aplazado.

Ahora mismo no estoy seguro
de que no sea un rayo
que baja a herir a los otros.

Una dimisión general
que permite excepciones,
como yo...
                      porque sigo sin entender
la posición del alma eterna en el tablero...

Porque si el jugador decidiese el juego
nunca arriesgaría la reina,
porque envejecemos, envejecemos
con los alfiles en la posición replegada,
defendiendo un rey vestido de aire.

...

Perdí en el espejo la gracia,
el brillo de la ingenuidad:
arrugas en las pestañas, colores
de junco seco en ciertos ángulos
del rostro, algo más de estaño en el bronce
que apunta una ligera palidez;
leves alarmas que no me preocupan.
En fin son signos de la edad.
Temo, sin embargo, otras arrugas
otros colores de derrota;
temo más las heridas que no vi,
las instrucciones de la experiencia
que no sigo, y vienen
sin saludar, a mi paso, y acechan
encontrar asiento en mi trapecio.

(poemas del libro Cosas que quedaron en la sombra)


II

Por una pensión


    A la guerra me lleva
    mi necesidad:
    si tuviera dineros,
    no fuera en verdad
.


        Miguel de Cervantes


¡Quién fuera
tan previsor!

Los años en que serví
las banderas del trabajo
codo a codo
con el ángel del Sudor
en la frente,
la Fatiga y el Dolor
de engendrarme cada día
saliendo a ganar el pan,
no se perdieron;
                          ¿o sí?

Miro mi hoja de servicios:
cuelga de un clavo en el baño.
Hace ahí bien su papel
de rollo higiénico, sí.

    (poema del libro Canciones y rimas burlescas [Cancionero de Acedo])

lunes, 4 de mayo de 2015

INVITACIÓN A UNA EXPOSICIÓN: ANTE EL UMBRAL O LA POÉTICA ÁUREA, DE PEPE ALEDO


INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN DE PINTURAS DE JOSÉ ALEDO. Ante el umbral o La poética áurea. Se inaugura el día 7 de mayo, en la sala de exposiciones de Caja Mediterránea, Plaza de Europa s/n, ORIHUELA (Alicante).