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jueves, 14 de noviembre de 2024

Recordando a Italo Calvino. Por Francisco Jarauta. Dossier Italo Calvino. Avance de Ágora-Papeles de Arte Gramático. N. 31. Nueva Col.

 

 

 


 

RECORDANDO A ITALO CALVINO

 

         por Francisco Jarauta

 

 

Hay presencias en el mar de la memoria que regresan a nuestro encuentro con aquella manera informal de los recuerdos felices. Quiero hacer memoria, y puedo recordarlo, en Roma, Venecia, París, Sevilla... Es él, ligero, informal, distraído, protegido por una mirada curiosa que sugería siempre algo fantástico, como si la realidad no le interesara o incluso fuera un obstáculo.  Casi pícaro jugaba al juego de ver, de imaginar la otra cara de la luna; ésta la que vemos es ya conocida, la otra la podemos imaginar, esta es la parte del juego que le interesaba a Calvino. La primera conversación fue en Piazza Farnese en Roma. Fue un encuentro casual entre amigos. Luego le escribí a París, donde más le he frecuentado. Era su ciudad, le fascinaba su cultura, y aquellos movimientos literarios en los que se reconocía. Raymond Queneau y Oulipo le invitan a un territorio en el que se inventa la escritura, se suspende y hace posible el juego de la literatura. Saint Germain, Gallimard, ese mundo que ama y le divierte. De la misma forma que Torino y su Einaudi, ese mundo de libros, ediciones, crítica literaria, que desafiaba con singular courage.

Con más pausa coincidimos en Venecia en casa de Daniele Del Giudice. Lo ha escrito con atenta lucidez. La verdadera alma de Calvino era manierista, y su arte el de la fantasía, un arte visionario por oposición a todo naturalismo. Pertenece a una genealogía en la que Simbolismo y Surrealismo se corresponden. Y supone una escritura de la que no se pueden repetir  ni temas ni estilo como tampoco su singular forma de hablar, llena de pausas y silencios. Pienso en Kubin y en su Die andere Seite que le fascinaba, un mundo, un territorio poblado de seres maravillosos en su extrañeza pero que formaban parte de esa naturaleza habitada por la sombra. Allí todo era posible y el juego de los nombres multiplicaban el aparecer de nuevos seres que desafiaban toda morfología. Recuerdo las conversaciones a la búsqueda de seres imposibles que poblaban los submundos secretos y que ya habían sido  identificados en antiguas cosmogonías.

 


A finales de abril de 1984 recibo una carta de Calvino diciéndome que se había organizado un Seminario sobre "lo fantástico" en Sevilla y al que le habían invitado a participar, pero lo importante es que Borges había aceptado ya la invitación junto a otros colegas españoles. Se sentía enfermo y me pedía le acompañara en el viaje a Sevilla del mes de septiembre. Encontrarse con Borges le resultaba lo más fascinante que le pudiera ocurrir justo cuando apenas le quedaba un año de vida. Conservo algunas fotos de aquellos días y encuentro. La mirada de Calvino escrutaba los más mínimos gestos de Borges, tan investido de su autoridad. Era como un encuentro siempre deseado que por fin acontecía. De aquellos días recuerdo infinitos detalles, los paseos por el Barrio de Santa Cruz, Venerables, los cafés en el Alfonso XIII, ahí tomé la foto que he regalado a tantos amigos. Calvino deliciosamente feliz escuchando a Borges también feliz. Los dos se sabían cercanos de un viaje por mundos lejanos y fantásticos que tras tiempo de navegación habían recalado en Sevilla.

Pero de aquellos días, una tarde de septiembre en la terraza de una casa de la calle Gloria, "desde la que se divisaban atardeceres sublimes", así lo comentó el anfitrión sin atender a la ceguera de Borges, resultó memorable. Sigo oyendo los golpes de su bastón, cargados de ira bíblica, mientras subía los peldaños hasta la azotea. Al llegar, todo silencio, Borges irritado, decide y precipita el ritual del momento. Nos sentamos. Sus manos apoyadas sobre su bastón, a su derecha Calvino, yo a la derecha de Calvino...los amigos, ahí presente Torrente Ballester, maestro de sombras y gozos. Y de pronto la voz imperiosa de Borges: "Vd., Calvino, que ha visto tantas cosas, ¿de qué color son los ojos de los tigres?" Silencio, desconcierto, era un desafío...Todos miran a Calvino que con gesto sorprendido pero informal, responde "¡He visto tantos! El primero...el segundo...el tercero...." y así hasta diecisiete. Así discurrió la media hora más mágica de aquellos días. Con voz pausada, cargada de matices e intensidades que acompañaba las manos de Calvino que iba dando entrada a sus diecisiete tigres que había visto en su vida y cuyos ojos había observado. La curiosidad primera se había transformado en admiración. Sabía Calvino que era el momento más especial de su vida, poder narrar a Borges y los amigos aquella insólita aventura de un naturalista extraviado por las selvas de Bengala. Al terminar el relato, el asentimiento de Borges, sus manos sobre el bastón, su cabeza un tanto alzada para poder divisar mejor la fascinante secuencia de sus tigres. "Tantos eh tantos" comentó Borges. Y sigo sintiendo en mi pie izquierdo el zapatazo que me dio Calvino mientras me decía: "lo he conseguido". Tras Sevilla, una y otra vez la historia de los tigres fue siempre el momento mágico de su vida.

Unos meses más tarde, coincidimos por última vez en el otoño de París. Café de Flore, la misma mesa de siempre. Hablamos, recordamos Sevilla. Borges en la atmosfera de aquellos días maravillosos. Sonreía al recordar los diecisiete tigres y el color de sus ojos, sin duda alguna verdes dorados. Me contó que todo su empeño estaba en avanzar el texto para las Charles Elliot Norton Poetry Lectures a las que había sido invitado por la Universidad de Harvard para el curso 1985-1986. y que no pudo impartir, falleció en el verano de 1985. Sus Seis propuestas para el próximo milenio, también editadas con el título de Lecciones americanas, siguen siendo para mí un texto fundamental, una mirada visionaria sobre lo que iba a ser nuestro siglo. Escritas con una precisión extrema, amaba la figura musiliana de monsieur le Vivisecteur, son el mapa intelectual que nos augura a continuar con nuestro viaje. Siempre han estado vigilantes sobre mi mesa de trabajo.

 

 

 

                                                Francisco Jarauta. Fuente: El Noroeste Digital



Francisco Jarauta (Zaragoza, 1941) ha publicado en 2024 Poéticas del fragmento (ed. Artsolut, Murcia). Catedrático de Filosofía en la Univ. de Murcia. Profesor invitado en universidades europeas y americanas. Desde la filosofía, ha dedicado su atención a la literatura europea y al arte contemporáneo, a la arquitectura, en primer lugar, como marcador del espacio político: Conversaciones sobre la arquitectura (2007); y ha dirigido exposiciones internacionales, como Arquitectura radical (2002), Micro-Utopías. Arte y Arquitectura (2003), Desde el puente de los años. Paul Celan – Gisèle Celan-Lestrange (2004), Matisse y La Alhambra (2010), Colección Christian Stein (2010), El hilo de Ariadna (2012), Colección IVAM. XXV Aniversario (2014). 

Se ha interesado especialmente por pensar la época de la globalización y por la escritura, con títulos como: Globalización y fragmentación del mundo contemporáneo (1997), Escenarios de la globalización (1997), Mundialización / periferias (1998), J. Ruskin: Las piedras de Venecia (2000), Poéticas/Políticas (2001), S. Mallarmé: Fragmentos sobre el libro (2001), Teorías para una nueva sociedad (2002), Desafíos de la Mundialización (2002), Nueva economía. Nueva sociedad (2002), Después del 11 de Septiembre (2003), Oriente-Occidente (2003), Gobernar la globalización (2004), Escritura suspendida (2004).

 

 


 

Para más información sobre Poéticas del fragmento, de Francisco Jarauta:

 https://editores.artsolut.es/producto/poeticas-del-fragmento/

 

miércoles, 13 de noviembre de 2024

"Jurado nº2". Comentario de Fulgencio Martínez / Ágora digital / Comentarios sobre cine

 

                                                                Toni Collette, la fiscal

 

Jurado nº2 (Juror # 2), la película de Clint Eastwood estrenada recientemente en España, no creo que te pueda dejar indiferente. La dirección del director americano junto con el guion (de Jonathan Abrams) lleva adelante una cinta que, a mi parecer, es una obra maestra. He salido del cine admirado por una narrativa y una realización que te hacen redescubrir la fuerza de comunicación del cine con elementos sutilmente eliminados (como la grandilocuencia, los efectos espaciales y especiales innecesarios, la propaganda previa de asistir a una superproducción, con las expectativas casi siempre falsas de una crítica inflamada en el elogio). Había oído que esta obra, de un director correcto, nonagenario, era un interesante thriller, una película de jurados hecha con calidad de artesanía y sobriedad marcas de la filmografía de Eastwood. Pero la película supera las medidas de una peli media buena, por varios motivos, que tienen que ver con el guion y la dirección aunque parezcan ser extracinematográficos. Uno, la película tiene la habilidad de cuestionar los efectos que Aristóteles llamó, en su Poética, catarsis y "sympatheia" (juega sutilmente, hasta el fin, con ese efecto de alivio de la tensión y con los momentos fluctuantes de identificación del espectador con los protagonistas); y dos, por otro lado, salva la justicia, el sistema de justicia, a través de un héroe (o varios: un héroe colectivo, la fiscal, el policía jubilado y hasta cierto punto el mismo jurado como institución. Hacia ellos también podría dirigirse la catarsis final y la simpatía identificativa, o no). Es gran habilidad del guionista-director hacer que cuestionemos, indaguemos, concluyamos, y que cada uno saque las consecuencias y continúe las reflexiones en torno a la justicia y la culpa. ¿Quién es víctima? ¿Quién es culpable? ¿Se puede ser víctima y culpable, o ser víctima supone no haber cometido daño, ser inocente?

 

 

    Clint Eastwood

Si el cine clásico era un cine fundamentalmente de adultos, para adultos (nada que ver con esa etiqueta de porno, lo de adultos), esta peli de Eastwood entronca con esa tradición que dio una larga lista de hermosas obras, algunas de ellas grandes obras maestras. La comunicación de lo humano, en sus contradicciones, imperfecciones, riesgos, es la esencia del arte, de cualquier tipo de arte. De ahí que me atreva a considerar "Jurado nº2" como candidata a incluirse en una lista de obras maestras contemporáneas.

    Con maestría y honestidad, la película de Eastwood analiza y pone en tensión las capacidades del sistema de justicia americano a propósito de un caso concreto de atribución de culpabilidad de un crimen de violencia doméstica. Pone en valor la investigación.

    Cuando salí del cine, me acordé inmediatamente de un pasaje del primer libro de República, de Platón. Sócrates, conminado a definir qué es justicia, fiel a su método de establecer un primer punto de partida para no perderse en el nominalismo y relativismo, dice: lo justo es dar a cada uno lo suyo. Es decir, que cada uno reciba lo suyo, que a cada uno se le retribuya, restituya o cargue con aquello (mal o bien) que se merezca. Con su lote, por así decir.  En este primer límite o hito, hay que entender (creo) lo justo como aquello de lo cual cada uno personalmente ha de sentirse responsable o la sociedad debe hacer que se sienta tal, cuando se trata de quien ha ejecutado algo hostil o dañino a los demás y a las leyes. Sabemos que el Derecho romano, expresamente a partir de Ulpiano, recoge esta básica definición de justicia socrática. 

    Los nudos de la justicia son mucho más complejos, sin duda. Pero Occidente y hasta dónde entiendo el mundo en sus multiformes culturas y códigos, nunca ha olvidado que la justicia es -simplificando, para entendernos- individual, que cada uno ha de cargar con lo suyo, por lo que ha hecho o dejado de hacer; que, en todo caso, no hay una culpa de grupo ni anónima, ni hay una culpabilidad previa mecánicamente inferida a alguien por su carácter, conducta moral, acciones morales o hábitos, sexo, género, economía, clase, etc, etc. La culpa heredada de los padres, de los primeros padres, o de Eva, era una culpa mítica, anterior al concepto racional socrático.

    Si algo nos recuerda esta película, que al fin es un canto no al sistema americano, sino a la justicia socrática, es que en Occidente el respeto a la persona, a la justicia, a la víctima misma, pasa por dirimir hasta el final, con todas las imperfecciones propias del sistema jurídico, quién es el verdadero culpable, sea este quien menos o quien más merece el castigo, sea incluso el culpable víctima a su vez del "azar", como en las tragedias griegas. La culpa no puede dirigirse a un "tipo" humano, a un colectivo. Dirimir lo aparente de lo auténtico, lo apriorístico de lo real, es no solo una cuestión metafísica, filosófica; en las determinaciones éticas, prácticas, es cuestión vital; y en los temas de justicia es imperiosa necesidad. Hoy en día, están de moda las críticas a las falsas noticias (las "fake news"), también en ello se juega en parte una cuestión filosófica: distinguir entre verdad y apariencia. Menos de moda de lo que debieran, las reflexiones críticas sobre el Derecho, la justicia. Vivimos en una sociedad desinformada y en general despreocupada, que abandona esos asuntos a los políticos, y estos a sus propagandistas y activistas. Nociones como el sesgo de culpabilidad, la tendencia a prejuzgar la culpa por la moralidad, raza, carácter, sexo o género de la persona, son asuntos que (como muestra la película, a lo largo de las sesiones de deliberación del jurado) forman parte de la vida en una sociedad como la estadounidense. Aquí en España, nos basta con prejuzgar según el bando de cada uno, siguiendo el criterio marcado.

     Detrás de las cuestiones legales o éticas continuaremos ignorando y cuestionando qué es lo justo, qué el azar, qué la culpa, qué el destino, y el por qué de la felicidad o la desgracia de los humanos; queda la compasión por las vidas de esas dos parejas de la película, víctimas inocentes.


Fulgencio Martínez

Huesca, 13 de noviembre 2024

 

martes, 12 de noviembre de 2024

"Los ojos por que suspiras". Texto de José Luis Martínez Valero. Avance de Ágora 30, Nueva Col. Homenaje a los Machado. Retrato de una convivencia entre distintos /1/ Ilustraciones de José Luis Martínez Valero

 

                                      José Luis Martínez Valero. Pensador.


 

  LOS OJOS POR QUE SUSPIRAS

 


         Los ojos por que suspiras, 

     sábelo bien, 

     los ojos en que te miras,

     son ojos porque te ven.

               Antonio Machado

 

 

                 por José Luis Martínez Valero

 

El dueño de un monte, no tiene una actitud contemplativa, no lo ve como paisaje. Calcula como puede roturar la base. El resto, árboles y prados, que darán madera y pasto. Aunque lo fundamental sea la rentabilidad, disfruta, pues le gusta el aire puro, el ruido de la fuente, el canto de los pájaros, la escasa caza.  

El excursionista sube a la cumbre, vislumbra todas las tierras que se ofrecen, y se muestra satisfecho. Reconoce que está en forma, se sienta sobre una de las piedras y, tras echar un trago de agua, quizá extraiga del macuto un sabroso bocadillo.

El pintor, una vez que está arriba, pasará un tiempo absorto, el aire es más fresco, la luz más pura, quizá esa mañana abra su cuaderno y tome unos apuntes, anotará los colores dominantes, aún no ha entrado en ese diálogo que fijará en el cuadro.

Se ha dicho que situados ante un paisaje, cada uno obtiene un resultado diferente. La mirada humana revela y oculta, hay componentes sentimentales, estados de ánimo que alterarían el objeto en sí.

El hombre que inicia ese diálogo, piensa que lo que ve es mudo, establece una relación de dominio. Cree que lo que se opone al sujeto es el objeto, sin embargo, cabe pensar de otro modo y reconocer a la naturaleza como un tú, es decir otro yo, con el que convivimos.

No es un juego de malabarista este intercambio de papeles, sino reconocimiento de una realidad, donde todos los elementos que integran el mundo están dotados de una identidad, desde la piedra al árbol. No es un descubrimiento, una revelación, es otra disposición por la que aceptamos el ser y la modalidad expresiva que acompaña aquello a lo que antes hemos considerado meras cosas bajo la orgullosa superioridad de nuestra humanidad.

Aceptamos que, el mar o la mar, hablan. Contemplar esa gran cantidad de agua en movimiento continuo, cuyo color es tan variable, el sereno deslizamiento sobre la arena o el golpe y espuma contra la roca, equivalen a un diálogo. El mar no es el pelma que aburre con su discurso, por el contrario, acompaña, podemos pasar horas y horas y no cansa. Estamos ante un decir que no necesita palabras. ¿Una invención gozosa por la inmensidad de este espectáculo?  ¿Pura metáfora?

 ¿Toda comunicación se produce por palabras? Es verdad que para transmitirla nos servimos de ellas. Es más fácil. Una sábana al viento, la ola, el ritmo de la canción, también comunican. La palabra es una abstracción, válida para comunicar, no siempre para emocionar. La sábana, el agua de la ola, la melodía, quizá nos lleguen más, porque aproximan la emoción y el recuerdo. Hemos entreabierto la puerta y reconocemos. 

 

                                                              José Luis Martínez Valero. Nube

 

Las nubes que, desde niños, hemos identificado con gatos, perros, caras, objetos, que vemos como algo conocido y al instante han desaparecido. Las de tormenta son oscuras, apenas si se nos ocurre descubrir a qué se parecen, se trata de un muro oscuro que la lluvia o el granizo confunden en una masa. Entonces nos atraen el trueno, el relámpago o el rayo, esa cohetería eléctrica de las tormentas.

¿Nos ven las cosas que vemos?, cuando entramos en el bosque, pasados las primeras líneas de árboles, todo cambia, la luz, el olor, las plantas que pisamos, los ruidos, el silencio. Nuestra soledad, nuestra insignificancia y abandono, parecen más cercanos. Ocurre como si estuviésemos siendo observados por alguien que no vemos, ¿habremos trasladado ese temor ancestral a un sentirnos vigilados?

Se dice que los árboles no nos dejan ver el bosque. El bosque es resultado de una abstracción, ¿es invisible? Entonces quizá pensemos que nos ve, porque no lo vemos. Sin embargo, esa entidad que hemos llamado bosque, está compuesta de algo más que árboles, hay ardillas, zorros, lobos, osos, aves, serpientes, lagartos, insectos, conjunto que sintetizamos en ese ojo que nos vigila. No sólo produce en quien recorre el bosque una sensación de temor confuso, el deseo de encontrar un claro para que el cielo y su luz vuelvan a confortarnos.

Luego, si el agua del mar o del río, la nube y los bosques, la naturaleza en su plenitud, montes y valles, las ciudades que nunca descansan se convierten en nuestros interlocutores, por qué no pensar que están ahí, para acompañar, establecer un diálogo.

Hay cuadros que son el testimonio de este encuentro. En las casas hay cosas que parecen perdidas y vuelven a aparecer, como si todo hubiese sido un juego. Por qué no pensar que, mar y ríos, montes y valles, nubes, el bosque que dejamos abandonados, porque nada nos dicen, es resultado de un falso conocimiento, una torpeza que nos ha hechos sordos y ciegos.  

¿Y, la tierra? Los pequeños montes y los suelos secos con barrilla, tápena y esparto. Bajo su aspecto mísero esconde la galena argentífera, el hierro, el zinc…Su explotación ha sido rentable, se han abierto pozos, colocado maquinarias para eliminar las aguas del subsuelo, para bajar y subir mineros, para desenterrar el mineral. Ha sido necesario extraer toneladas de tierras y piedras, que se amontonan, tierras de color rojo, porque son de almagre, un rojo intenso sobre el pergamino de los terrenos arcillosos. Una gran mancha roja cercada por amarillos de diversos tonos, de diversas alturas. Terreras, restos de minas. Los mineros y los años han dado otra identidad a estos suelos.

El minero, cuando abandona la luz y el cielo, golpea con el pico, coloca barrenos, abre galerías, traga polvo, traslada el mineral, piedras de galena que contienen plomo y plata, grises, de esquirlas oscuras azuladas y brillantes, pequeños cubos, a veces piedras como borbotones sólidos que recuerdan cuando fueron magma, pura tierra fundida que luego sería roca.   

El paisaje nunca se queja, sus historias si acaso son legendarias. Frente al niño abandonado del cuento, recordad como marca con las migas de pan de su último bocadillo el camino de vuelta, aunque no ha contado con los pájaros que acabarán comiendo esas migas. Tras este primer fracaso, el niño descubrirá las piedras blancas del río y así nunca se perderá. Hay un ser inocente frente a una naturaleza desconocida, luego su inteligencia elegirá esas piedras y la ruta permanecerá con las indicaciones suficiente para que no se pierda.

Sin embargo, hay un paisaje que es como una llaga abierta en la corteza del planeta, los árboles han sido eliminados, las plantas de todo tipo han desaparecido, nada verde queda excepto el que resulta de una mezcla de ácidos, tóxica, que huele a distancia. Hay una balsa roja o gris, la roja compite con el ocaso, la gris está compuesta por una pasta donde todo desaparece. Vista desde lejos ambas son hermosas, contrastan con el suelo reseco, los pequeños montes formados por escombreras que han ido creciendo.

El ser humano capaz de crear cosas hermosas, también puede convertir la belleza en algo terrible. Portmán, que pertenece a La Unión, pueblo minero, al que los romanos llamaban Puerto Magno, una bahía natural que abrazaba el agua con sus espléndidos montes, en unos años fue colmatada por los desechos del lavadero de mineral conocido como “Roberto”, el más grande de Europa y quedó convertida en un inmenso campo de fútbol, donde era imposible cualquier juego. En los poblados mineros basta salir a unos metros del poblado y encontraremos estériles, ruinas, pozos donde las piedras responden con un eco de angustia, terreras con apenas vegetación, lagunas sin peces. No obstante, son hermosas ruinas, junto a almacenes abandonados, oficinas, maquinarias en desuso.

Los mineros amaron esas tierras, sufrieron y gozaron al descubrir y extraer los minerales, quizá creyeron que aquel plomo, aquella plata, aquel hierro, seguiría durante varias generaciones, pero llegó un momento en el que, aunque no se había agotado, ya no era rentable la extracción y, los empresarios, fueron cerrando minas y muchos mineros se fueron con el hambre a otra parte. Entonces volvieron las lluvias, los vientos, el abandono, las ruinas.

Los restos de un castillo son legendarios. Para un niño es la frontera, la batalla, la defensa. Conservan un pasado que quisiéramos ver como glorioso. Los hombres y mujeres que aquí vivieron repelían ataques. De aquella valentía aún permanecen estos restos, la sangre de aquellos antepasados luchadores corre por nuestras venas. Las ruinas de una fábrica no tienen leyenda alguna, se cierran las puertas y los muchachos irán destruyendo lentamente, pintarán las paredes, romperán todo tipo de botellas, harán una hoguera con los escasos papeles de la contabilidad…

Estas ruinas son ciegas, nos miran con sus ojos blancos, quemados por el sol y los ácidos, habituadas a la oscuridad de las galerías han perdido la visión, la explosión de los barrenos las han dejado sordas. Permanecen ahí como una inmensa boca abierta que grita. Un grito que nadie oye. 

¿Por qué dialogar con esa tierra que parece humana como el rostro de un pescador envejecido, quemado por los soles y las aguas? Hay quien las aplasta, convierte en llano, y tras haber borrado toda esa historia, levanta una urbanización. Luego, sus vecinos, se sentirán habitando sobre una plancha anónima que surfea sobre el tiempo. El pasado queda ahí como una maleta abandonada.

    

  

 

José Luis Martínez Valero nació en Águilas, en 1941. Es catedrático emérito de Literatura. Poeta, narrador, ensayista. Ha publicado  últimamente Antología del 27 en Murcia (Ed. La fea burguesía). Es también autor de, entre otros libros, Poemas (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007), Plaza de Belluga (2009), La isla (2013), El escritor y su paisaje (2009), Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019) y Otoño en Babel (2022, ed. La fea burguesía, Murcia). Ha sido guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia. También es un notable aguafuertista e ilustrador.

 

 

lunes, 11 de noviembre de 2024

Activismo político antiespañol, a propósito de la manifestación en Valencia contra el impresentable de Mazón. Diario político y literario de FM. Por Fulgencio Martínez

 

                                            Felipe V. Restaurado en Játiva

 

Activismo político antiespañol, a propósito de la manifestación en Valencia contra el impresentable de Mazón

 

 

                              Manifestación contra Mazón convocada por Acció Cultural, el 9 de noviembre 2024 en Valencia.


Mientras siguen recuperando cuerpos de fallecidos a consecuencia de la riada en Valencia, el número de personas desaparecidas continúa sin precisar, la electricidad y el agua aún no se han restablecido totalmente y el barro continúa aplomándose en calles impidiendo la normalidad, los políticos catalanes separatistas han puesto su fuero en Valencia por medio de la Acció Cultural del País Valencià, asociación convocante de la mani contra Mazón el pasado día sábado. La manifestación fue indudablemente (altercados aparte) un éxito de público y de repercusión mediática. La efigie de un Mazón, cabezón abajo, presidía la pancarta central de los organizadores, entre los que también se contaban, como gente de bien, los anarquistas de la CNT y la Intersindical. La verdad, qué paisaje, qué país nos ha quedado. ¿Qué opciones nos quedan?

    Estos no están por ayudar ni por solucionar, sino por ganar virtualmente la guerra civil, que perdieron. Dieron cuantos golpes se les antojaron a la Segunda República, los anarquistas robaron el Banco de España, varias veces, no una. Los separatistas catalanes proclamaron la república catalana unilateralmente, los socialistas dieron su golpe en el 34 en Asturias (claro, sus historiadores lo llamaron a esto "revolución", siguiendo el lexicón soviético afin al líder golpista, Largo Caballero, el "Lenín español"); y el propio Azaña tuvo que decir aquello, al final de la guerra, de "Paz, piedad, perdón". Los jóvenes anarquistas con alpargatas, y mirar inocente, entraban en los cementerios católicos y en los camposantos de los conventos y sacaban las calaveras de los muertos para azotarlas y mofarse, no tanto de los huesos, como para hacer burla del sentido religioso. Eso estaba bien visto entre cierta izquierda que se escandalizaría con los campos de concentración nazis, como lo volvió a estar con la novia de Errejón, cuando entró en la capilla de la Complutense para burlarse del oficio, no el suyo, el religioso, que allí se estaba celebrando. 

    Recuerdo a Voltaire: no estoy de acuerdo con tus ideas pero estoy dispuesto a morir para defender tu libertad de expresarlas. Algo así decía el padre de la tolerancia, seguidor de John Locke. Imprescindibles más que nunca los textos: "Carta sobre la tolerancia" (Locke), "Tratado sobre la tolerancia" (Voltaire); textos que debieran ser leídos en las sedes de los partidos y en las escuelas no de los partidos, sino públicas.

    Franco, aparte de hacer construir la obra del desvío del Turia en Valencia, que ha hecho que no aumente el caos y la muerte en esta riada, fue un dictador que cometió crímenes de guerra que debieron ser juzgados por las naciones aliadas tras la Segunda Guerra Mundial. Posiblemente si Stalin lo hubiera impuesto a los americanos. Stalin y el comunismo internacional se reservó esa baza, como otras, para a través del antifranquismo seguir actuando en España. Putin no ha olvidado ese propósito y sigue apoyando los separatismos regionales, los partidos populistas, de extrema derecha o de extrema izquierda (tanto monta...), todo para debilitar a una nación y a un Estado como España.

    Franco parece que hizo algo bien. Adolfo Suárez hizo mucho bueno. Hasta Felipe González hizo algo bien. Estos rompetechos de ahora que tenemos por políticos no han hecho bien nada, hasta el momento. Quizá, por ser positivos, lo único medio bueno que se les puede adjudicar es que aún no han terminado con la nación, aunque poco a poco han disuelto el Estado. Pero no salimos los españoles del bucle, de una historia que se repite, o nos la hacen repetir, como el ajo y la caspa.

     En junio de 2014, cuando abdicó el Rey Juan Carlos, por sus escándalos domésticos y financieros, hubo una gran manifestación en Murcia, como también la hubo en otras muchas ciudades españolas. Se reivindicaba la Tercera República. 

    Asistí, lo confieso, gozoso, ingenuo, como aquellos jóvenes anarquistas inconscientes de ser unos asesinos iguales o peores que los nazis (¡lo que hace sentirse moralmente superior, hasta el extremo de justificar cualquier violencia incluso la más vil y cobarde: la ejercida contra los muertos indefensos!). No era consciente, entonces, con qué compañeros iba a la vendimia, no había estudiado qué fue aquello de la Segunda República (algo bueno tuvo, sí, en educación para el pueblo, en las Misiones Pedagógicas, etc, etc; como Franco, también la República que se apropiaron los partidos socialistas-comunistas-regionales separatistas, tuvo algo bueno). 

    Al final de aquella manifestación por las calles de Murcia, unos listillos con banderas catalanas y valencianas se apropiaron del micrófono, para comenzar los discursos con los que culminaría el acto; pronunciaron vivas a la república catalana y se dedicaron a reivindicar la liberación de los "països catalans" oprimidos por la monarquía y la democracia españolas. Justo, lo contrario, pensé ipso facto, en mi entonces radical republicanismo: precisamente han vivido muy bien estos con la monarquía de Juan Carlos I, les han dado todo lo que han querido, empezando por una Constitución de la Nación porosa a la cuña separatista. Si estos son republicanos, serán republicanos de otras repúblicas que no son la mía: la que une a todos los ciudadanos españoles, y fomenta la diversidad cultural dentro de un marco común, legal, político y económico: Un Estado moderno (no un combo de estaditos). 

    Juan Carlos I hizo también algo bueno, en esa línea de la República, de Franco, de aquellos que han hecho al menos algo bueno por la Nación española (sería un error avergonzarse de ello, por no estar de acuerdo con sus ideas y con el resto de sus conductas; ese error da alas a los antiespañoles, y no me da la gana).

    Aquel día en Murcia, en aquella reivindicación pro-republicana instrumentalizada por las asociaciones catalanistas me volví escéptico del republicanismo. Luego he sabido con cuánto dinero riega la Generalidad catalana (como también el Ayuntamiento de Valencia, antes y no sé si ahora también) a Ómnibus y a otras pseudoasociaciones que so pretexto de cultura reciben millones de euros para su activismo político antiespañol. *

    La manifestación anti-Mazón afloró las aguas del subconsciente separatista catalán, que siguen bajando con rencor y resentimiento (desde Játiva, desde la batalla de Almansa, ganada por Felipe V, el primer Borbón que pacificó España, y bajo cuyo reinado se creó la Real Academia Española de la Lengua, esa que ellos tardaron siglos en perseguir).


Fulgencio Martínez 

11-Noviembre-2024

día de San Martín 

 

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* https://www.lasprovincias.es/valencia-ciudad/ayuntamiento-reparte-900000-20220502005411-ntvo.html