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domingo, 6 de marzo de 2016

"La apuesta" de Dionisia García. Crítica de Jesús Cánovas



Por cortesía de Jesús Cánovas, reproducimos una lúcida crítica publicada en su blog http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2016/03/la-apuesta.html
sobre el reciente libro de poesía de Dionisia García La apuesta.
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LA APUESTA

LA APUESTA 
DIONISIA GARCÍA
XXX Premio de Poesía Barcarola





Leer a Dionisia García es un gozo; sus libros hay que devorarlos deprisa, aunque después de esa primera y precipitada lectura debemos detenernos en ellos, pensarlos, pues bajo la aparente sencillez de un verbo que discurre sin estridencias —serena zozobra, tranquilo tumulto—, imperceptiblemente nos introducen en los dominios del misterio y de las preguntas que concita ese misterio. Tal sucede con La Apuesta (galardonado con el XXX Premio de Poesía Barcarola, 2015) donde de forma rotunda aparece una interpelación a la trascendencia, su velada certeza, tema recurrente en la poesía de la autora.
El título nos introduce de lleno en el eje que da sentido al poemario y evoca, en primer lugar, cierta antigua apuesta, la de Pascal. El pensador, a quien aterrorizaba el silencio de los espacios infinitos, propone una argumentación sobre la existencia de Dios basada en el propio interés. El esquema lógico en que se sustenta no atiende a lo a priori o lo a posteriori, al principio de causalidad o al de no contradicción, sino a la simple disyunción. Consciente de que la fe es algo más propio del corazón que de la razón —algo que alude, por tanto, a la centralidad de nuestro ser—, sabedor de que cada uno se convence de lo que quiere o de lo que está predispuesto, o no se convence, porque las elecciones que atañen a la vida y su sentido, a fuer de profundas, son viscerales, y sabedor también que nadie puede creer si ese su corazón de alguna manera no ha sido herido o mecido por el soplo del espíritu, se olvida conscientemente de cualquier argumento racional y postula la existencia de Dios como resolución de una apuesta: Dios existe o no existe, cara o cruz… ¿Qué nos interesa más, que exista o que no exista? Cada cual debe apostar, es ineludible; no querer apostar es apostar. Y tal apuesta conlleva consecuencias (Trato sobre el particular en un lejano post: http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2013/05/la-apuesta-de-pascal.html ).
Hay quienes llegan a Dios tras la caída de un caballo, de cualquier caballo del que los apean no por su gusto; otros, son tan fuertemente impactados por el mal que, por contraposición, no pueden sino creer, abrazar a Dios como última tabla de salvación; otros tantos (quizá, dadas las características de esta última época que nos ha tocado vivir, demasiado pocos), no experimentan conflicto, pues su fe se desarrolla y madura desde la infancia al igual que un árbol que crece en tierra firme y buena; sin embargo, en los más, el conflicto es patente (entre creer y no creer), adquirirá un mayor o menor grado o intensidad y durará gran parte de sus vidas. Me interesan ahora los que se acercan a Dios, según la mansedumbre o bondad de su carácter, de manera lenta y dulce, confusos ante el mal que experimentan o hiere sus ojos (que es otra forma de sentir a Dios), pero esperanzados por la belleza que les ofrece el mundo, aun con sus fuertes contrastes y disonancias, maravillados por la simplicidad de lo que existe y es real, mecidos por el devenir manso de los días, arropados por una cotidianeidad de afectos que se entrelazan firmes. Quiero pensar que Dionisia García —aunque es a ella a quien corresponde decirlo— pertenece a este último grupo; en La Apuesta nos propone un acercamiento a Dios velado por las sombras, su personal decisión en medio de una luz tenue, crepuscular aunque cálida, pero cada vez más cierta y agrandada según se sucede el camino, su propio devenir o andar.

La duda existe, claro que sí, es prerrogativa de la condición humana; por ser seres racionales y libres, y también por ser débiles y porque nuestra razón se mueve entre tinieblas, dudamos; para colmo, la muerte acecha insondable y ciñe nuestra incertidumbre, línea fiel de misterioso abismo, inquietante compañía alerta y entre sombras. No puede ser de otro modo: nuestra grandeza y nuestra miseria se concitan en la duda: Quizá solo seamos pobladores confusos/esclavos de la duda, impotentes y frágiles. Optamos, pues, porque no podemos sino optar, aun sin saber que no hay otra posible elección sino la de elegir. La condena humana, según Sartre, es ésa; ahora bien, no como pasión inútil, en la corrección de Dionisia García, sino como excelencia, así queda expresado, p. ej., en Disidencias: No vengas a decir que el empeño es inútil…/ No vengas a decir que todo es nada/y en nada se convierte a nuestro paso. Si el no ser nos guiara durante la andadura,/tampoco existiría la hormiga cosechera… Sí, aunque tantas veces vivida como condena, el miedo o el temblor, la incertidumbre en afrontar una continua disyunción, una elección que nos altera, el don divino de la libertad resplandece frente al fondo de lo inefable, del no saber, de estar a oscuras; por eso Dionisia García también corrige a Cioran, el búho de la nada: El caminar impulsa en el crepúsculo/y lleva hacia otros mundos/donde puedo habitar espacios luminosos,/increíbles estancias abiertas al misterio. Y porque virtud es reconocer esta oscuridad nuestra y la consiguiente ceguera, la sed se dispara, el anhelo ferviente de la luz, el deseo, la pasión por lo que se ignora; tal eventualidad ya queda constatada en los versos iniciales de Preludio, el poema inaugural del libro: Llevar la oscuridad dentro del pecho/despierta la pasión por lo ignorado; por concomitancia, también así, en la centralidad del poemario, la exclamación de Goethe en su lecho de muerte, que Dionisia reproduce y hace suya: ¡Luz, más luz!, robusta imprecación, asombroso grito esperanzado ante los versos sucedidos:
Tal vez me falte la grandeza
de no igualar a quienes, generosos,
aceptan, aun sin ver, por las señales.
Yo preciso ese don que dulcifica,
algo que pese en las apuestas
y acaricie mis ojos maltratados.
¿Las señales? Las señales son las maravillas que se ofrecen a una mirada atenta: en primer lugar, la vida —Aletea la vida entre nosotros,/el alba asoma en pálidos azules, dice la poeta en La Voz, o, de forma lapidaria, al final de Hora Prima: Todo es sueño y verdad, milagro que acontece—; en segundo, el mundo en su conjunto: Necesitan las aves que alguien toque sus plumas,/las mariposas presumir de sus colores,/el caballo, el aire, los manzanos,/una mirada intensa, indagadora y fiel, indica en versos que no podían llevar otro rótulo sino Lo Natural. Más intensamente reafirma tal hallazgo en el bellísimo poema que lleva por título Oficio de mirar:
Asómate a las aves, al mundo de los astros.
Nadie pudo abarcar tanto prodigio…
Dueña insegura soy de certezas posibles.
La hermosura del mundo, su realidad palpable
me dice del secreto y despierta el impulso

Cierto que hay señales oblicuas, aquellas que nos confunden porque niegan y producen muerte —Desorientados vamos a la calle,/con el alma pasmada, entre recelos…—, pero también es verdad que, por contraposición, indican un rumbo diferente a nuestros ojos, otro sentido a nuestra mirada. La poeta consigna esta maldad creciente, anidada de forma proterva en nuestro tiempo, pero no se recrea en ella. Aunque dolorosa, no es real; supone sólo un contrapunto de negrura frente a la belleza del mundo. Lo verdadero no es lo negro que destella, el impacto sentido del no ser de la maldad; lo verdadero está en otra parte, en las cosas humildes y pequeñas que, en su sencillez, muestran a Dios, a ese Dios escondido en nuestras vidas,/que transita por tierra de naranjos/como ermitaño alegre en los inviernos. Deus absconditus, pues, manifestado en su obra de forma incomprensible, inabarcable para una perspectiva sesgada como la nuestra: El hombre solo acepta lo posible,/cuanto su mente acoge y ven sus ojos./Alguien fundó la luz, el firmamento,/y sabe por qué quiso la espera confiada. No ver más de aquello que se ve entre tinieblas es ceguera humana, no merma de Dios; la comprensión de tal verdad dispara la espera confiada. Mientras tanto, a la zaga de una intensa revelación, el carácter teofánico del mundo está ahí para los ojos, transido de belleza ofrecida, sea en un atardecer, en la callada labor de la naturaleza —o en la labor del artista incluso—, en el secreto bullir de los árboles, en las madreselvas que cobijan, en el instante de preñez inconmensurable:
Detente instante
en este vaso ancho
que alberga las anémonas…
Que mi pasar no quede,
pero sí la belleza de las cosas.
¿Acaso un poeta no se conmueve ante la belleza? Aun con el gusano de la muerte, el mundo es bello; la apuesta por la vida es real, constituye certeza. ¿Qué nos interesa más, que exista o que no exista Dios? Cada cual debe responder en su corazón, pero ¿habrá vestigios o señales que nos guíen en tan difícil como comprometedora elección? En otras entregas Dionisia nos las ha revelado, pero en La Apuesta cobra especial fuerza, por su magnitud, una de estas señales: La Belleza.
El milagro de lo bello, tal y como lo registra la autora, fundamentalmente es visual, pictórico, pero advierte de la inmensa teofanía del mundo en su conjunto; así, los ojos de la poeta vivencian lo bello ofrecido como reflejo de otra Belleza más misteriosa y profunda, aleteante y firme como un soplo. Por tal registro, el poemario está transido de Dios, lleno de Dios desde su primer poema hasta el último, y en consecuencia, no es propiamente un Dios oculto el que transita por sus páginas, sino un Dios tenuemente velado. En este sentido cabe resaltar la precaución con que se le alude; Dionisia con frecuencia lo menciona en tercera persona, o no lo menciona, por lo que lo nombra sin nombrarlo, y tal es así, que al no nombrarlo, emerge de forma contundente. Dios es un amor permanente en adioses de despedidas, una cita que dulcifica la misma expectativa de la muerte, anhelo perpetuo, seguridad final de toda búsqueda. El último poema del libro, Adiós, termina así:
Si libertad yo alcanzo,
seguiría la búsqueda.
                                      De Ti no me despido.

Tal final requiere ulteriores consideraciones, pero las dejo para el desocupado lector. Ahora, y para ir acabando, quiero detenerme en una pregunta que la autora lanza al término de un poema nombrado, ¡Luz, más luz!:
Me avengo a preguntar
a estas alturas,
¿somos sólo palabra?
¿Somos sólo palabra?, repito con Dionisia y me abro al diálogo. La palabra, en sí misma, es un don. Si fuéramos sólo palabra, ya seríamos algo, porque seríamos palabra, aun pronunciada por Otro, que pronuncia: palabra que recrea o cocrea, por consiguiente. Tal característica supone poder; poder de signar los seres y, al signarlos, llamarlos a la existencia desde las sombras difusas que no se nombran, desde la nada. La palabra es símbolo, pues conjunta signo y significado para designar, nombrar una realidad y, al nombrarla, constituirla en ser, idéntica en sí misma, diferente de cualquier otra. El hombre, dirá Pascal, es una caña movida por el viento, sí, una caña movida por el viento, pero una caña que piensa, y porque piensa, habla, y porque habla, nombra y signa las cosas, y éstas, porque son signadas, adquieren sentido, toman el ser. La grandeza humana se conjunta con su miseria. El hombre se sabe nada si contempla la extensión de su ignorancia, el abismo de su vacío; pero al contemplar tal extensión, la sabe; al contemplar su vacío, tiembla. Ahora bien, saber su ignorancia, experimentar el temblor, lo constituyen en el ser más grande del universo, porque sólo de esta forma se dispara su sed de plenitud, su anhelo de infinito; el hombre se sabe nada, fuga, camino, mas por esto mismo, porque se sabe que no es sino un tránsito continuo pronto a disolverse, busca a Dios, única posibilidad de su completud. Se dispone así a una espera confiada, a una indagación en el misterio con el fin de colmar su nada.
 La sensatez no indica otro modo de actitud, y Dionisia, a quien, armada de sinceridad, no le falta la grandeza, no puede sino abrazarla, pues sabe o intuye —y ya lo deja escrito en los primeros poemas de La Apuesta—, que es la única resolución digna de lo humano. De esta forma comienza Preambula fidei: Arar es lo primero, hacer tierra propicia;/saber que es buena el agua que nutrirá en lo hondo, poema que desarrolla la temática del anterior, El arte de escarbar:
Él sabe que sin ver, hondo es el pensamiento
y hay que escarbar en el yo que redime
en intento de abrir, con el mayor sigilo,
una puerta entornada y esperar que esta ceda;
entrar sin hacer ruido.
                                      Saber quién nos aguarda.
La actitud contraria sería indecencia, estupidez, mala conciencia. Tal ocurre en el tiempo duro que nos ha tocado vivir, donde se potencia el olvido de Dios: Tan terco y tan oculto, ahora que se dice/de tu nombre olvidado en el cruce de épocas,/de tu divinidad tan entredicha,/como si fuera fácil olvidarte en la historia… De este olvido se desprenden dos actitudes. Aparece con fuerza la actitud satánica de los muchos, esto es, el intento estúpido de disolución en la exterioridad; otros, los menos, adoptan la actitud luciferina del encastillamiento soberbio en el yo y despliegan una mirada escéptica de voyeur sobre las cosas, una sonrisa congelada donde habita el terror. Son actitudes contrapuestas y extremas, sin posible resolución y estériles en sí mismas, que abocan a la destrucción. La sed de infinito sólo se puede aplacar, tras el anhelo de un ser infinito, con el descanso en un ser infinito. Sin embargo, este Dios que colma —el de la fe del cristiano— no es un Dios distante, diferentemente otro, inaprensible, perdido en su infinitud, y en este sentido, imposible y absurdo para la razón. Es un Dios encarnado, hecho hombre, contingente en cuanto histórico, y por eso mismo mediador, verdadero Pontífice. Este Dios es Cristo Jesús, el nazareno, que anduvo por las tierras áridas de Judea y ha dejado un rastro en la historia, unas huellas visibles, palpables, Véase Comienzos:
No puedo presentirte en las praderas.
Sólo en la tierra árida,
en los montes y lomas
de un seco territorio.
Allí donde Dios pudo
dejar su huella humana
con la pesada carga del prodigio.

La coherencia interior, la sinceridad con uno mismo, la convergencia de las señales, la predisposición a que induce la íntima comprensión de nuestra grandeza y nuestra miseria, la ganancia segura que ofrece la elección de Dios ante la perspectiva de una vida vacía e inane, perdida o disuelta a la búsqueda del placer que nunca se satisface o encastillada en la solitud de un yo impostado, todo ello lleva a La Apuesta, a la resolución de la disyuntiva del modo más razonable porque se tiene la seguridad de que sólo así se adquiere el sentido para la vida, se colma ésta de consuelo y se plenifica poco a poco de una luz mayor. Esta es la resolución inequívoca que adopta Dionisia, pues cae por su peso, sin forzar la disyuntiva, desprendida de forma inocente o natural. Claramente aparece en el poema que lleva por título Ser y No Ser:
Apostar es la fuerza, el inocente impulso
que ilumina esa estancia de paciencias,
un refugio mayor que nos redime,
y ayuda a caminar entre consuelos.
La apuesta de Pascal no es un argumento que demuestre la existencia de Dios, esto es, no tiene poder probatorio si de razón geométrica hablamos —no digamos si habláramos de razón instrumental—, no así si aludimos al corazón, a una comprensión íntima y honda. Predispone, frente al desconcierto que supone el sentimiento de la propia finitud, la duda, las certezas posibles, a la fe; endereza el camino hacia la segura puerta tras la cual habita la resolución del humano conflicto. Al igual que Pascal, el Dios que busca Dionisia no es el Dios abstracto de los filósofos, sino un Dios cálido y cercano que se ha hecho hombre por Amor al hombre; de este modo se ha constituido en el verdadero Pontífice, mediador entre la infinitud Dios y la finitud humana, un Dios que entra en la historia y propicia el encuentro; un Dios que, precisamente por eso, en sí mismo fundamenta la fe. He leído La Apuesta de Dionisia García en clave pascaliana —hay, seguro, otras claves no menos sugerentes— porque en mi consideración no encuentro otro modo mejor para penetrar su profundidad debida. La autora no pertenece al gremio de los filósofos, lo que es una suerte; la autora es poeta, cae del lado, pues, de aquellos que aluden, interpelan y muestran a Dios, sus signos y señales, por el verbo de su boca. Ante Pascal me quito el sombrero; lo hago de forma especial con Dionisia. Quede aquí este breve apunte sobre La Apuesta, un poemario, refrendado por una experiencia transitada, de zozobra contenida, esperanzado en la noche, linterna o luz para el camino de todos aquellos que, habitados por la duda, sinceramente buscan a Dios.




                                               Todos los derechos reservados.
                                               Jesús Cánovas Martíne
                                        

Jesús Cánovas Martínez es filósofo, poeta y narrador. Ha publicado recientemente la novela El quinto camino
http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2013/11/el-quinto-camino-el-caballero-y-la-dama.html




domingo, 28 de febrero de 2016

Francisco Giner de los Ríos o dónde está el progresismo. Diario político y literario de Fulgencio Martínez




FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS o dónde está el progresismo
             Artículo publicado en LA CRÓNICA DEL PAJARITO, domingo 6-3-2016
            http://www.lacronicadelpajarito.es/domingo/francisco-giner-rios-o-donde-esta-progresismo
    Como se fue el maestro, / la luz de esta mañana /me dijo: Van tres días /que mi hermano Francisco no trabaja. /¿Murió? . . . Sólo sabemos / que se nos fue por una senda clara, / diciéndonos: Hacedme / un duelo de labores y esperanzas. // Vivid, la vida sigue, /los muertos mueren y las sombras pasan; / lleva quien deja y vive el que ha vivido. / ¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!
 
                                                           Baeza, 21 febrero 1915. Antonio Machado

Se cumplió el pasado 21 de febrero el 101 aniversario del poema de Antonio Machado “A don Francisco Giner de los Ríos”. Siempre es oportuno escuchar los versos del poeta, pero quizá lo sea más en este tiempo en que se espera una regeneración del país. No viene mal oír palabras esperanzadas y contagiosas de energía, que llaman en el mismo tono al ideal ético y al trabajo honrado, tanto el intelectual como el manual; a hacer sonar los yunques, los martillos, los libros, la ciencia, el alma constructiva del pueblo. Leído desde nuestros días, el poema dice –mejor que ningún programa político- los valores del republicanismo: La idea junto a las virtudes cívicas de la generosidad y el trabajo, vivas en la mejor tradición del pueblo, del que tanto habría de revelarnos Machado en su Juan de Mairena. (Solo hay una aristocracia: la del pueblo, llegará a decir en ese libro).


En el poema el llanto por el difunto se transmuta en un elogio de los valores que inspiraron al maestro. La muerte no supone derrota sino impulso para los que continúan la labor. Francisco Giner de los Ríos sintió y enseñó la dignidad de ser pueblo: y en concreto, de un pueblo español de profundas convicciones democráticas (expresadas en el dicho castellano: nadie es más que nadie), de una también honda sed de ilustración, justicia y libertad, arraigadas en el valor del trabajo (como escribiría el mismo Machado en su “Retrato”: “a mi trabajo acudo, con mi dinero pago...”), pueblo, en fin, de una fe, generosa, profunda, de inmortalidad por el bien que has hecho y lo bueno que dejas. “Lleva quien deja y vive el que ha vivido”. Los ricos de cementerio nunca comprendieron esa fe laica, la verdadera. Lo importante no es no ser casta por cuna (como dicen quienes ahora se reivindican hijos de fontaneros o de pastores de la montaña), sino no haberse acunado en la casta de los privilegios olvidando las convicciones igualitarias del pueblo.

(Y ya se ve venir a los enchufados y casposos señoritos de siempre, a los que ahora llaman asesores los nuevos partidos: el cuñado, la ex amante, el sobrino… Veremos puertas falsas giratorias de asesores ómnibus, es decir, válidos para cualquier tarea en la que solo se necesite el enchufe y la prebenda característicos de un vulgo sin autoestima, vulgo que ahora llaman “gente” como si fueran borregos mis paisanos, y no ciudadanos isónomos de un Estado político).


Necesitamos desterrar la creencia de un pueblo servil, ese del “vivan las caenas” de los que llevaron sobre sus calzones en hombros a Fernando VII. Hagámosle una higa al chanchullo, a la picaresca vida, al “si no te corrompes tú, es porque no puedes”. Esa caricatura del pueblo, que viene del antiguo régimen, sirve una coartada moral a los corruptos. Basta leer El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón. Los privilegios eran una sistema montado desde arriba, desde el alto clero y el rey hasta los funcionarios públicos, llegando a los villanos favorecidos, como el molinero de la historia (archenero indomable, por cierto; “¡a mí, que soy de Archena!”)

En este año y ante posibles nuevas elecciones importa recordar los valores que representó Francisco Giner de los Ríos para saber dónde está el progresismo. La Institución Libre de Enseñanza fue un modelo de educación acorde con un país moderno, que se respeta a sí mismo. La democracia, el Estado fundado en la igualdad y la educación. El reino de los privilegios hace súbditos, no seres autónomos: Giner de los Ríos confío a la educación la tarea de asentar esta filosofía kantiana de la igualdad, nuestra asignatura pendiente. En el ámbito de la Educación es donde mayores son los disparates. Una titulación, incluso, en los niveles de ESO, se decide por los ítems que cada centro sigue, cuando el título se supone igual en todo el territorio español y por extensión, europeo. La autonomía de las Universidades y, por deriva hermenéutica, de cada colegio no se entiende en el recto sentido económico (aquí es imposible, al no haber patronazgo privado como en Estados Unidos), sino en la mala dispersión deconstructiva. Cada quien ha de amañárselas para buscarse un privilegio, un enchufe, un poco de favor a cambio de entregar su parcela de poder “autónomo”. La divisa absolutista está bien cebada en todas las capas e instituciones: Sácale partido a tu pequeña independencia, vendiéndola cara.

Para cambiar este estado de cosas, hay que apostar por una verdadera educación pública. En otros Estados, quizá lo público pueda ser un complemento a lo privado; aquí, no, porque todavía estamos en la Edad Media europea. No hemos asimilado un modelo de Estado, en España, basado en la igualdad ante la Ley y tampoco disponemos de una cultura política y ciudadana arraigadas en la igualdad y al día en la educación en altos valores comunes de humanidad y solidaridad. Ese propósito debería ser el pan que habrían de prometer todos los partidos; ¡eso sí que está a su alcance, si no lo estuviera cumplir las promesas de trabajo y felicidad económica!


Y es hora, en fin, de exigir los ciudadanos españoles a los partidos que cumplan con la igualdad en el acceso a cualquier empleo público o función pública, en cualquier territorio administrativo del Estado, y sin prebendas y filtros separadores que manipulan las lenguas vernáculas para uso de afines ideológicos. No puede haber vertebración del Estado sin ese flujo de los mejores y más preparados en cualquier tarea y servicio público, especialmente en la educación de un país. Supuesto que entendamos que el problema que tenemos hoy por delante los progresistas es reconstruir España, no satisfacer a una cuota de su población.


Fulgencio Martínez
Profesor de Filosofía y escritor




jueves, 25 de febrero de 2016

Poemas de Fulgencio Martínez en Letralia


POEMAS DE FULGENCIO MARTÍNEZ EN LETRALIA
Poemas

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          como un huésped
procedente de un país donde todo es silencio.

                 Guillermo Carnero
Desde ahora
Hablaré suavemente
como el lagarto rubio en la cima del cielo,
o como croa la luna inquieta
en la charca, mientras dura la noche.
Palabras como un pegaso de cartón
que cruza ligero el mar de nunca.




¿Tu país?

Tu país, ¿cómo se llama?
¿Existe, en tu país, el capvespre,
esa riqueza de luz, de matices,
esa gloria que espera
hasta el final para mostrarse
entre las ruinas del día?




Noche de Hispania

Identidades imposibles,
números transracionales,
miniaturas del Universo
en un tenderete de souvenirs:
el toro y el matador
que son el mismo antebrazo
(abrazados en un pase de pecho),
la última potencia que tiene el agua
antes de dormirse en un balde,
entre viejas hojas de periódico,
como un paraguas desencuadernado
que ya ninguno viene a abrir.

Lecciones de cosas a la deriva
en una historia triste,
en una tierra oscura
    donde se abre, cada día, la flor
del enigma, y se deshoja.




Construyendo España

Un tormento de grúas es su cielo
que anuncia una tormenta futura
de todo el litoral construido,
de uno a otro confín.




Cementerio de palomas


El servicio de limpieza del Ayuntamiento ha retirado las palomas
muertas, por veneno, bajo la fachada de la Catedral.

                         Diario de Murcia

Qué desaliento el de la paloma
envenenada bajo la gran torre.

Cómo se apagan las cuerdas que, un día,
iluminaron nuestro paso triste
por aceras y plazas y jardines
polvorientos de esta ciudad.

                                                Extrañas
se han vuelto nuestras huellas
aquí,
          como un aleteo,
una vida que pasó hace mucho.




Gracias, poesía


Gracias a la Arquitectura, porque me ha permitido conocer
el mundo con sus ojos.

              Rafael Moneo

Gracias, Poesía,
porque me haces vulnerable,
porque, de pronto, en plena vigilia,
me despiertas.

Gracias
por la resurrección que prometes:
por ese lejano anuncio
de la vida verdadera,
que señalas con leves signos.

        Gracias,
porque me diste a conocer el mar
        y la palabra de la calle,

porque, cuando me cercan las dudas,
me enseñas el valor
siempre de buscar bajo los gruñidos
de las ilusiones enterradas,
a Ulises de eterno coraje.




En la calle de agosto...


        I
En la calle de agosto
la golondrina
que volvió antes de tiempo.



       II
(La sola presencia de la luz
remite a la honda escucha
de lo abierto).

                        Cuando abrí mi balcón,
la perdí; las nubes la llevaban
en su red tupida,
las palabras, más que una vida robándome,
no la pudieron retrasar, ni un momento.

Ella, a la tierra,
al aire, al más allá. A la tierra.




La ignorancia de los que aman

Las potencias del idioma
y el fuego con su candor varïable.
El golpe de unos dados. La desnudez
de tu cuerpo fundido con el mío:
toda esa noche encendida
no me basta
para cerrar la puerta
a las negruras diarias.

Por el día se vengan
los mismos cuerpos
que deshacemos en la luz.

Y la ignorancia
no vuelve más,
con su capa de mago,
a escondernos el mundo.




http://www.letralia.com/224/letras05.htm