UN DANTE (II)
Los gabinetes de curiosidades formaron parte de la cultura dieciochesca. Qué mal suena ese adjetivo en español, igual que el otro: decimonónico aplicado al siglo siguiente. Qué ocurre al pasar una centuria sino que la posterior ve al pasado como clausurado y muerto*, cuando no es así, sino que el tiempo es un río que se sigue continuo, y lo comprobamos tanto en lo externo a nosotros, como en lo más personal: somos una sucesión de momentos, de ayeres en una fuga sin término, nada discreta ni selectiva, acumulamos estratos, edades, experiencias, saberes e ignorancias, memorias y olvidos; y las culturas van también sucediéndose como radios que nunca se juntan en el rodar de la rueda, pero que hacen moverse a esta, no diré con certeza: avanzar.
En el Museo de Huesca, que culmina el centro histórico de la ciudad, y lugar donde en su día estuvo el estudio y la universidad jesuita, he visto este domingo un dante.
Llámase con este nombre a una especie de animal mítico, entre unicornio y rinoceronte, que como tal hubiera hecho las delicias de Ionesco.
Se presenta la imagen dentro de unas estampas, cedidas al museo, por un coleccionista de curiosidades.
La realidad no acaba nunca de estarse fija, ni la historia ni la vida se pueden remitir a una fórmula. Me asombro, más que de la pintura y del ser revelado en ella: del nombre, Dante. ¿Quién hubiera pensado que el nombre del poeta florentino se aplicara a un caso de zoología teratológica, por así decir? ¡Es magnífico el genio del idioma! Me admiro tanto del genio del idioma en versión "culta", como en su versión "popular": el de mi vendedor de los ciegos.
Fin del artículo "Hasta pronto, Huesca" (I, Hacerse un zapatero. II, Un dante)
Fulgencio Martínez
Huesca, Lunes 29 de Junio 2026
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* Si en español aún no hemos encontrado un adjetivo que distancie y deje mal el siglo XX, es porque aún no hemos salido mentalmente del anterior siglo. La lengua no miente.

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