Qué inventada, jolín. Nihilismo y verdad. Su inversión en "tiempos líquidos"
para mi profesor de Filosofía Francisco Jarauta
contra el calor, este recuerdo de la Filosofía indómita o indoeuropea
"Qué inventada, jolín", fue la frase cursi que pronunció el boss Pedro Sánchez cuando se enteró por la prensa de los primeros novísimos de su corrupción.
En su expresión, en la que faltó el "jolín", tal vez cortado del total, pero no el gesto divino pijo, tal vez copiaba Pedro Sánchez el lenguaje de la basca de Lagasca, aquella pijotería que ocupaba los bares de uno de los barrios más bonitos y vivos de Madrid, el barrio del banquero y marqués de Salamanca. En los 80' cuando yo estudiaba allí a las niñas del barrio casi todas me parecían bonitas; aunque ninguna llevara calcetines blancos ni trenzas: atuendo y geranio ridículo para aquella panda de pijos.
Muchos años después -y con ello confirmo mi interpretación de la forclusión lacaniana por otras vías-, el mal del lenguaje infectado de cursilería y represión semántica que anunció el psiquiatra y ensayista francés, se ha extendido como un veneno endémico, que no mata pero atonta, al ritmo de lo que, después de Jacques Lacan, en la primera década del siglo XXI, denominó "Epoca de incertidumbre" (ver: Tiempos líquidos[1]) el sociólogo Zygmunt Bauman.
Pero la literatura y la filosofía tienen otras palabras más fuertes: nihilismo, por ejemplo, o verdad, palabra que sigue siendo imprescindible pareja de esa otra. La filosofía va, poco a poco, saliendo de su crisálida postmoderna y anti-postmoderna; atravesando el desierto mental del wokismo abonado en los últimos casi treinta años y subido a la ola feroz de la globalización.
Globalización negativa, como la llama Bauman; o su haz positiva dinamizante, unificante del mundo, del comercio y la comunicación mundiales: la Globalización uniforme, con sus dos lados, iguales en imponernos un discurso único, cerrado y excluyente de la más mínima crítica, no solo al sistema ideológico que proyecta con superioridad moral, sino excluyente de cualquier mínima crítica a uno mismo, es decir, de autocrítica, pues de haberla sobre sí el sujeto se situaría, según ese discurso dominante, ipso facto en el lado oscuro de la historia, fuera del presente (en la nada).
De modo que el wokismo reinterpetró en el fondo las dos palabras clave, y repartió sus papeles. La nada (de "nihil") es el territorio de los opositores a la verdad ("aletheia", "veritas", el espíritu de la época cuasi hegeliano representado por la inmensa marea de la globalización, que arrasaría al final las marcas nacionales, las culturas identitarias, el solipsismo europeo y occidental, y en cambio entronaría los Derechos Humanos -incluso en nombre de aquellas sociedades que nunca ni para qué los han defendido: China, países exsoviéticos, Cuba de los Castro, Irán del terror, Venezuela chavista, Brasil del condenado corrupto Lula).
En esa confusión aún estamos. Y aconsejo al lector leer, o volver a repasar, después de veinte años de su primera publicación, el libro de Bauman. Interesante siempre revolver a los libros-síntomas para tomar conciencia del presente desenfocado.
Hay quien repite como un loco la idea de que los hechos, los hechos, los hechos, son lo más importante. Facts, hechos, datos. Mentira. Lo importante son otras clase de hechos, especiales, sin duda, no animalescos: las palabras. Las palabras, los discursos, las interpretaciones, son los "hechos" que determinan el mundo, su rumbo a la larga, y a la corta sus giros y disputas a veces de mera estrategia política o sofística.
Nietzsche, el profeta del nihilismo, a finales del XIX pronosticó un ciclo de doscientos años del nihilismo en su fase agónica y más peligrosa, pues, pasaría desapercibido, se confundiría con nuestros hábitos, rutinas, valoraciones, como vio bien el nietzscheano Ernst Jünger.
Así que he soñado, anoche, en una pesadilla, que Rodríguez Zapatero, Zapatón, me decía (como al oído, como tomándome por fiel asesor), pero amigo me condenan los hechos (lo que me han encontrado ya y lo que me encuentren).
¿Qué hechos, qué son hechos?, me sorprendía respondiéndole con susurros (recrudecida mi pesadilla) poniendo voz de Pedro Sánchez, y matiz "interesante", actoral, sin el deje aquel pijo que le sale a ese ante los micrófonos de la prensa.
No existen los hechos.... Sólo existen.....
¡Qué! - oía, impaciente, a Zapatero...
Ahí, en ese momento, con angustia ajena, me desperté. Por fortuna, me di cuenta al instante de mi vida, no era ninguno de esos bad boys, ni tampoco un sayón de marca de los que le deben asesorar para salvar otro escándalo.
Mi consejo, que incluye reflexión y autocrítica, está dirigido a la Oposición honesta y democrática. A los “patriotas constitucionales” (sin perdón); usando este término habermasiano:
No fiéis en hechos (se diluyen con las interpretaciones, las palabras astutas). Sobre todo, no fiéis en hechos que supuestamente os favorezcan a vuestra labor de limpieza de la mafia que gobierna España, pero que también tiene un gran peso en Europa y en el mundo. Empezad ya a mostrar vuestras cartas, vuestros discursos y programas, sin querer ser vistos como buenos chicos; partir el balón con un punterazo y empezar a relatar y cumplir vuestras medidas higiénicas. Antes que os corrompáis también… a su debido tiempo.
Al menos sabemos que los que vengan no quieren pasar por santos. Yo los voy a votar contra esta basura moral y política que puso más de 150 mil muertos en el cajón y los tiró al mar. Y siguieron y siguen “pescando”.
Ningún afiliado al PSOE ni vertebrado en sus filas debería estar ya exento de revisar su cómplice amparo del catrín de la Moncloa. Ya casi que no queda tiempo para esconder la viga del PSOE a completas ante la Justicia.
[1] Baugman. Z. Tiempos líquidos. Vvir en una época de incertidumbre. 2007, ed. original. Liquid Times. Living in an Age of Uncertainty. Aconsejable la más reciente edición en español, en Austral, Libros de bolsillo, junio 2026, ed. Planeta.

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